Era impresionante ver cómo los árboles brillaban luego del desfiladero. La vegetación era algo espectacular, jamás visto por ningún hombre en ningún reino. Ni toda la riqueza era comparable al hermoso jardín. Los árboles tenían frutas de oro, las flores eran brillantes, llena de diamantes e hilos de plata y las hojas de esmeralda reflejaban el sol del atardecer.
Adelante de aquel bosque se abría un camino hacia un pequeño pueblo y cerca, la brisa marina indicaba que el mar del olvido bañaba las costas de esta prodigiosa tierra.
Gilgamesh al salir del desfiladero sintió la debilidad en su cuerpo. Tuvo que detenerse unos instantes para sopesar su situación.
Recordó con dolor aquella copia de Enkidu que lo persiguió en el desfiladero. Enojado, se sentó en una roca y suspiró superado.
Se mordió las paredes internas de sus mejillas y tragó para suavizar el nudo en la garganta. Su mirada estaba perdida en una piedra sumamente brillante que desprendía un destello. Una única lágrima cayó sobre el dorso de su mano y la limpió con rapidez, temiendo que alguien le viera en aquel estado tan denigrante. Pensar en Enkidu luego de días (quizás semanas o meses, ya había perdido la cuenta en aquel lugar que parecía atemporal), era doloroso. No se había permitido sentir lástima de ningún tipo ni mucho menos recordar a Enkidu de ninguna manera.
—No volveré a llorar por ti nunca más Enkidu. Esta aventura deberíamos estar viviéndola los dos y me has dejado aquí como un maldito y estúpido sensible—se juró, mirando al suelo, escondiendo sus ojos tras su cabello.
Luego de calmarse caminó entre la belleza del jardín. Sabía que estaba en la antesala del reinado de los dioses, porque las leyendas y los relatos contaban que la fruta era de metal precioso, las flores de lapislázuli y las hojas de millones de piedras preciosas. El camino destellaba pequeños brillos que parecían piedras de diamante diminutas, logrando un aspecto elegante y exquisito.
Continuó el camino arrastrando una pierna adormecida a duras penas hasta acercarse a las primeras casas de aquel lugar. Se preguntaba qué clase de gente podía vivir en lugares tan modestos en el reinado de los dioses. Quizás los sacerdotes más apasionados, las mujeres y hombres vírgenes, los héroes anónimos. Se imaginó que la antesala del reinado de los dioses estaría cubierto de palacios y enormes estructuras piramidales de increíble arquitectura; sólo al horizonte se veían enormes palacios cubiertos por una neblina ensoñadora.
Hubo un momento en que su cuerpo no pudo más y se dejó caer sin energías frente a una construcción pequeña. El sueño le ganó y dormitó un largo periodo de tiempo, escuchando las aves graznar y pasos a lo lejos.
Gilgamesh despertó sobresaltado cuando una mujer gritó al verle en el suelo. Se incorporó a duras penas y de un portal apuntó una daga en dirección al grito.
Era una mujer rarísima. Tenía el cabello rojo como el fuego, los ojos verdes intenso y la piel blanquísima. Levaba un vestido humilde y un velo en su cabeza. Parecía aterrorizada de ver al vagabundo que parecía Gilgamesh y se aferraba a la puerta de la pequeña casa en donde cayó. Después de mirarlo unos segundos, con voz temblorosa, ella habló:
—Qué demacrado te ves, hombre ¿Por qué tu piel está quemada? Deja de mirarme con tanta frialdad ¿Qué ocurre contigo? Pareciera como si hubieses realizado un viaje largo y extenuante: ¿Quién eres?
Gilgamesh miró desanimado a la mujer sin ganas de contestar sus preguntas. Suspiró y finalmente lo hizo:
—Soy Gilgamesh, rey de Uruk. He venido a ver a Utnapishtim para encontrar las respuestas que Ereshkigal me pidió que buscara.
La mujer cambió de expresión y ahora una mirada lamentable forjaba sus ojos. Ella negó suavemente y susurró:
—Oh Gilgamesh, eres tú, sé quien eres. Has sufrido la muerte de tu amigo Enkidu por castigo de los dioses. Hemos oído la noticia por todo el reino. Ven a mi taberna, encontrarás un baño y comida. Te ayudaré porque tu dolor es tangible, lo llevas plasmado en tu rostro; es como si tu poder fuese suficiente para llevar a tus sombras a todo quién mire tus ojos.
—No siento nada, estoy bien—murmuró Gilgamesh con una voz extrañamente tranquila.
Se puso de pie y aceptó la invitación de la mujer.
Gilgamesh se adentró a la taberna y los presentes le echaron una ojeada despectiva. Frunció el ceño ante la negativa de recibimiento, pero por extraño que parezca, aquellos arranques de rabia que tenía hace mucho tiempo se redujeron a un desánimo general. No alzó la voz, no gritó por el atrevimiento, simplemente se limitó a avanzar y ser guiado por la tabernera hasta una habitación con una humilde tinaja.
—Aquí es—dijo, después de entregarle ropa nueva y limpia—. Te indicaré como llegar a Utnapishtim luego de que estés presentable. No puedes ir donde un dios en esas condiciones. Luego podrás saciarte en cerveza y pan.
—¿Por qué haces esto por mí? —preguntó en voz baja Gilgamesh, completamente tranquilo.
La tabernera suspiró y le sonrió.
—Hijo de Ninsun. Eres tres cuartos divino y un cuarto humano. Esta es la taberna de los dioses, aquí comen, se divierten y beben hasta el hartazgo todo aquel que tenga sangre de los dioses en sus venas, todo aquel que sea digno de pisar el paraíso. Tú eres uno de ellos.
Dicho esto, la mujer dejó caer las cortinas que apartaban el baño de la taberna y Gilgamesh se quedó a solas.
La tinaja estaba llena de agua fría y rodeada de un par de velas. Gilgamesh comenzó a lavar su rostro, ya que probablemente el sudor estaba marcado en su polvorienta piel. Luego, con ayuda de un paño, comenzó a asearse. El agua fue tiñéndose de siena conforme continuaba su baño. Su piel dañada y enrojecida ahora se perfumaba con aceites modestos, que cualquiera pensaría que jamás tocarían la piel del rey. Las ropas parecían de un campesino pobre que logró comprarse lo que mejor pudo su escaso dinero.
Aún así, Gilgamesh no protestó.
Salió a la taberna y buscó un asiento apartado de los hombres que ahora reían a carcajadas.
La mujer se acercó a su mesa y dejó una enorme jarra de cerveza, pan, queso y frutas de cáscara dorada y rubí. Gilgamesh tomó una de ellas, deseando llevarse una para su tesoro personal. La giró para ver como destellaba la superficie de ésta a la luz de las antorchas. Sonrió pensando como reaccionaría sus consortes o el consejo de sabios al ver aquella fruta tan particular. La llevó a su boca y descubrió un sabor jamás experimentado: era más dulce y sabrosa.
Comió como un desesperado, recordando de súbito que hace muchísimo tiempo no probaba bocado alguno. Llenó su boca de pan y uvas, tomó dos jarras de cerveza y tragó queso como nunca. Su estómago se contentaba con la comida y su espíritu se recuperaba, aunque fuese un poco.
—Hey tú—dijo uno de los hombres que llevaba una enorme hacha en su espalda— ¿Qué es lo que haces aquí? Me llamo Salerr ¿Cuál es tu nombre?
—Gilgamesh—contestó de mala manera, mordisqueando un trozo de pan—. Soy el rey de Uruk.
Los hombres se expresaron sorprendidos y alzaron sus vasos.
—Oh, el rey que perdió a su amigo. Ven aquí con nosotros, rey de Uruk. Alegra tu corazón roto con nosotros.
—No me mezclo con la gente común—dijo con cierto tono engreído, bebiendo cerveza.
Pareciera que todos estuviesen al tanto de la tragedia. Le molestaba que aquellos que le viesen creyeran que se encontraba completamente colapsado y abandonado al dolor, cuando de hecho, podía jurarse a olvidarse de Enkidu y continuar con su vida como si nada.
Enkidu era algo pasajero. Fue una época de su vida increíble, pero nada que no pudiese ser superado por un montón de mujeres jóvenes en su cama, oro, joyas, armas y alcohol. Aquello era más que suficiente para borrar su recuerdo.
Miró la superficie espumosa de la bebida y pensó en cuánto gustaba del alcohol Enkidu.
Se enojó consigo mismo por traicionarse de esa manera, justo cuando pensaba en olvidarlo.
De pronto, como si todos fuesen igual a él, a nadie le importaba que Gilgamesh era un rey. Fue reducido a un ciudadano más que caminaba por los jardines, vestido con una túnica sencilla sin nada de oro, sin sus copas, sin sus mujeres. Aquello le desagradaba completamente. Nunca en la vida se sintió tan despreciado, en una simple taberna con gente que se burlaba de él.
Aunque él no lo admitiese, no tenía fuerzas suficientes para nada. Su miseria traspasaba todo lo creíble y se expresaba en su rostro, en sus acciones, en el semblante serio y mortal que traía encima.
Se levantó de la mesa y una vez satisfecho y se encaminó a la salida, cuando la tabernera lo detuvo.
—Gilgamesh—dijo, después de dejar una bandeja de uvas donde los hombres—. Aún no te indico como llegar donde Utnapishtim. Por favor, espera un momento.
—Lo haré afuera—contestó, saliendo del lugar.
Se sentó en un tocón amplio al lado de un hacha. Apoyó los codos en las piernas y llevó las manos al rostro, con la vista fija en un punto sin realmente mirarlo. El sol descendía ya por el horizonte, dejando que el cielo mostrara un precioso camino lleno de diamantes nocturnos. La brisa agradable despeinaba su cabello y se colaba por sus vestimentas.
—Gilgamesh—dijo la mujer de pronto, saliendo de la taberna, secando sus manos con su delantal—. He de decirte que el camino hacia Utnapishtim es difícil y accidentado. Debes ir con Urshanabi, el barquero de Utnapishtim. Se encuentra en la bahía con su barco anclado, esperando por la llamada de su señor.
"Debes saber que ningún mortal a atravesado las aguas del olvido sin encontrar la muerte y el abandono en la profundidad de sus océanos. Sólo Shamash y Urshanabi puede cruzarlo sin sufrir los estragos de sus aguas, incluso los dioses agotan su poder en esas aguas. Los mortales han sido creados y nacidos de Aruru con el destino marcado por Ereshkigal. Debes asumir tu futuro, Gilgamesh.
—Si he de cruzar el mar, lo haré. No te incumbe si asumo o no mi destino—contestó Gilgamesh, manteniendo la mirada fija en la lejanía—. Si no lo logro, vagaré por siempre en los montes hasta que Ereshkigal haga lo que quiera con mi maldita vida.
La joven chasqueó la lengua y asintió.
Gilgamesh se levantó y vio en la bahía el único barco donde las velas flameaban al viento. Comenzó a caminar cuando se detuvo en seco y pensó en Enkidu. Él creía en su bondad, creía que realmente había cambiado. Trago con cierta dificultad y aunque le costó un momento, finalmente lo dijo:
—Gracias.
La mujer asintió nuevamente y se adentró a la taberna, dejando a Gilgamesh solo.
El pequeño pueblo era hermoso. Uruk jamás luciría así de próspero y maravilloso. Las casas eran adornadas por joyas y telas entretejidas con hijos de oro que destellaban con las luces de las antorchas encendidas a un lado de las edificaciones. Las flores tenían joyas en sus pétalos, los animales pelajes de colores extravagantes, tan hermosos como un pavo real. Conforme descendía hacia la bahía, la noche cayó sobre el jardín y las casas dieron paso a un pequeño bosque con una ladera que guiaba hasta la playa. Gilgamesh colocó los pies en la arena y vio a lo lejos el barquero, quien desplegaba su melena negra al viento. A su lado dos enormes golems de piedra descansaban sentados. Se acercó y se cruzó de brazos hasta que el joven se volteó a verle.
—¿Eres Urshanabi? —preguntó sonando más como una orden.
El hombre lo miró y arrugó el entrecejo. Llevaba una caña y jugaba con el anzuelo. El agua bañaba los pies de Urshanabi, completamente inmune a su despreciable propiedad.
—Así es—contestó, dejando de lado la caña de pescar— ¿Tú quién eres?
—Gilgamesh—dijo, ya aburrido de repetirlo tantas veces—. Rey de Uruk.
—Ya veo—dijo, regresando su mirada al horizonte—. ¿Qué haces aquí? ¿No corrompiste por el dolor que asola tu alma? ¿Cómo es que has dado conmigo?
—Eso no importa—dijo con prepotencia—. Llévame donde Utnapishtim. He sido enviado por Ereshkigal por el secreto de la inmortalidad. Es una orden.
Urshanabi torció el gesto y Gilgamesh juró que había sonreído.
—Creo que la bella y nefasta Ereshkigal te ha tendido una trampa, rey de Uruk—dijo, volviendo a jugar con el anzuelo—. Ningún mortal atraviesa estos mares sin morir. Una sola gota reducirá tu vida en días de vida. Sé que eres un semidiós. Los mortales comunes y corrientes mueren al instante.
—No importa—repitió, algo más imperante—. Quiero ir donde Utnapishtim. Llévame.
—Bueno—comenzó Urshanabi—para ello debes montarte en mi barca y atravesar el océano hasta llegar a la isla del dios. Él vive con su sagrada esposa en solitario, desarrollando su profunda sabiduría. La travesía no es larga, pero si arriesgada como te he comentado. Antes de ello, necesito que cortes unos troncos, porque mi barcaza sufrió daños en el último viaje.
Gilgamesh, creyendo que era una broma, miró fijamente a Urshanabi, pero él no se inmutó. Gilgamesh se echó a reír como hace mucho tiempo no reía.
—¿Tú crees que yo estaré cortando troncos para ti? ¿Quién te crees que eres? Tu insolencia has de pagarla con el castigo.
Urshanabi cerró los ojos mientras sonreía y lanzó el anzuelo al mar.
—Soy Urshanabi, el único que puede atravesar estos mares. Si no quieres cortarme los troncos, no zarparemos. Es tu decisión.
—¿Por qué no lo haces tú y en vez de pescar en un mar infértil como este?
—Porque no quiero hacerlo.
Gilgamesh se enojó. Abrió uno de sus portales y apuntó una espada en dirección a Urshanabi. El barquero quedó sorprendido de la habilidad del rey y abrió los ojos de par en par, observando el halo dorado. Dejó su caña de lado y alzó una mano.
—Cálmate. No es nada del otro mundo, ve a cortar los troncos y te dejaré montarte en mi barca.
—No lo haré—repuso Gilgamesh, apretando los puños—, si no me llevas, mataré a tus golems.
Urshanabi cambió su jovial expresión a una seriedad lacerante. Se puso de pie y tiró la caña lejos.
—Gilgamesh—dijo el barquero, sin el cuidado que los súbditos del rey tenían con él—. No te atrevas a hacer tonterías en la tierra de los dioses. Te irá muy mal si decides hacer lo incorrecto. No seas necio y obedece.
Gilgamesh castañeó los dientes con fuerza y con el movimiento de una mano, la espada salió en dirección de Urshanabi.
El arma rozó su brazo y un río escarlata emanó de la herida. Los golems despertaron y se dispusieron a pelear con Gilgamesh, cuando la armería personal del rey comenzó a aparecer por los portales. Las lanzó como proyectiles en contra de los golems, pero estas revotaban debido a su piel de piedra. Urshanabi apretaba su brazo con fuerzas cuando uno de los gigantes se interpuso y lo defendió.
—¡Gilgamesh! —gritó Urshanabi iracundo—maldita sea, sólo te estoy pidiendo lo que yo no puedo hacer. ¡Sólo soy un barquero, no un semidiós como tú!
Gilgamesh al oír aquello detuvo la lluvia de armas que se desvanecieron en un polvillo dorado y el silencio regresó a la playa. Urshanabi respiraba entrecortado, adolorido, con el rostro manchado de sangre.
—Me has dicho que no querías hacerlo—Gilgamesh se acercó con una espada hasta el capitán y la alzó para apuntarlo con ella—. ¿Por qué ahora dices que no puedes?
—Realmente no puedo hacerlo. No tengo fuerzas para ello. Mi barcaza esta dañada, no puedo llevar provisiones para Utnapishtim. Ayúdame y te llevaré a él.
Gilgamesh resopló con rabia. Ni siquiera ayudó a Enkidu cuando él construyó la balsa para llegar a Uruk y ahora tenía que reducirse a auxiliar a un barquero idiota.
—¿Y tus estúpidos golems tienen las manos atadas? Yo no cortaré tus troncos.
—Gilgamesh—insistió Urshanabi, rasgando parte de su camisa para hacerse una venda—. Mis golems no saben de proporción. Ya lo intenté, astillan los árboles con su fuerza y quedan irregulares. Necesito troncos iguales y cortados a la misma altura. Nadie me ha ayudado en este pueblo porque me han dicho que tú debes hacerlo. Sólo hazlo y llegaremos donde Utnapishtim.
Gilgamesh tenía cara de pocos amigos. Las fosas nasales se abrían conforme sus bufidos eran más intensos. Lanzó una última espada lejos y asintió.
—De acuerdo, pero apenas repares tu porquería, partiremos a la isla de Utnapishtim.
Urshanabi asintió y se levantó de malas ganas, para ir en busca de una venda más útil.
Gilgamesh vio el bosque que colindaba la playa. Sacó un hacha de sus portales y caminó en pos de terminar su trabajo lo más rápido posible. Al llegar al primer árbol, taló con fuerzas, viendo que realmente el trabajo no era tan difícil, sin embargo, su orgullo se encontraba roto.
"Qué gente más altanera" pensó Gilgamesh "Estoy aquí talando árboles como un imbécil, vestido con estos trapos, espero que lo que sea que Ereshkigal me ha preparado no sea una trampa, porque si es así, seré el estúpido más grande de la historia".
Llegado el amanecer, Gilgamesh había talado suficientes árboles como para reparar el daño en el barco. Urshanabi se puso a ello apenas el sol tocó las tierras y Gilgamesh se sentó a comer una manzana. Miraba al barquero trabajar y recordó aquel viaje por los afluentes con Enkidu.
Aquel viaje era especial para él. Estuvo a punto de decirle lo inconfesable cierta noche apasionada. Suspiró al recordar el rostro de Enkidu, completamente entregado a él. Miró la manzana y negó levemente.
—Jamás te perdonaré Enkidu—volvió a hablar—. Jamás.
Ya para el medio día, después de dormir una siesta, Urshanabi despertó a Gilgamesh.
—Mi barco está listo. Podemos partir ahora mismo. Me estoy aburriendo de esperar un viaje por el mar.
Gilgamesh se incorporó y caminó hacia la barcaza.
Los gigantes de piedra despertaron de su letargo y se montaron en el barco, el cual no cedió ante el peso de los dos golems. Urshanabi extendió una rampa para que Gilgamesh se montara y procuró de no tocar ni una gota de agua.
Las velas fueron alzadas en pos del viento y Urshanabi gritó de júbilo. Su cabellera era arrastrada por el viento y sus ropas simples combinaban con las estropeadas velas del barco.
"¿En serio esto es parte de Utnapishtim, un dios?" Se preguntó Gilgamesh, acomodándose sobre un barril "Ya todo es deplorable por aquí"
La embarcación comenzó a dar galopes a través de las olas, alzando y descendiendo peligrosamente, salpicando el agua por todos lados. Un par de veces el agua tocó la piel de Gilgamesh, pero él no sucumbió producto de su sangre de semidiós.
—¡Hey, Gilgamesh! —llamó Urshanabi, descaradamente—, entra a la escotilla, ahí no llegará agua.
Gilgamesh obedeció y se sentó en un pequeño banquito modesto.
Los gigantes de piedra ayudaban a encausar la nave hacia la isla, moviendo con sus enormes manos las velas para guiarse por el viento favorable. Urshanabi se encontraba completamente humedecido y parecía disfrutar el viaje, mientras que Gilgamesh se hallaba incómodo, algo mareado por el vaivén de la nave, pero por sobretodo ansioso.
Por un momento, Gilgamesh pensó que llegaron a la isla de Utnapishtim, pero era sólo una pequeña porción de tierra. La nave de Urshanabi se estancó y con ellos, Gilgamesh salió del interior para percatarse que la noche estaba pronta a llegar.
Urshanabi arregló las velas y sacó algo de comida de una portezuela que daba a una especie de subterráneo de la nave. Descendió a la arena y buscó unos maderos para encender una fogata.
—¿Por qué no continuamos? La noche está despejada—dijo Gilgamesh, sentándose.
—Quiero comer en paz—contesto Urshanabi—, además tuve un problema con una de las velas. Comemos y volvemos a la marcha.
Después de un momento en silencio, Urshanabi compartió un pan con pescado y algo de cerveza con Gilgamesh.
—¿Cómo es que Ereshkigal te mandó aquí? —preguntó Urshanabi, calentando sus manos en la fogata.
—Dijo que Utnapishtim tenía la solución a la inmortalidad. Intento huir del destino de Enkidu.
—Enkidu… —repitió Urshanabi, mirando al horizonte—. El arma de los dioses. Qué lamentable historia.
Gilgamesh guardó silencio, sin ganas de continuar con aquella charla.
Luego de comer algo de queso, Urshanabi y Gilgamesh volvieron a montarse en la barca para navegar durante toda la noche. Las estrellas guiaban la marcha de la nave. El mar era tranquilo, con el viento a favor, como si los dioses ayudaran a Gilgamesh a llegar sano y salvo. A lo lejos se veía una especie de corredizo alto y lúgubre, cubierto con una densa aura negra. Una montaña imponente era bañada por las aguas del mar del olvido.
—Kur, el reino de Ereshkigal—dijo Urshanabi, como adivinando los pensamientos de Gilgamesh—, el último camino de los mortales.
—¿Qué ocurre ahí?
—No sé con exactitud, pero una vez que llegas ahí, las almas vagan en pena al menos que se arrojen a las aguas del olvido.
—¿Ereshkigal supervisa esa misión?
—No—repuso Urshanabi—, las almas rotas lo deciden, para ser olvidadas por siempre.
Quizás si Enkidu hiciera aquello, Gilgamesh podría vivir en paz.
Algo le produjo un revoltijo en el estómago: ¿Realmente estaba dispuesto a perder sus recuerdos?
Una nube de tristeza cruzó por su rostro. Probablemente Enkidu vagaba por las calles de Kur, siendo torturado por sus pesares. Quizás era un acto de misericordia permitir que Enkidu se arrojara a las aguas y descansara en paz.
Gilgamesh quiso olvidar el asunto y acurrucarse para dormir.
Abrió los ojos.
Ya era de mañana y el sol comenzaba a aparecer lentamente, bañando la superficie del negro mar con sus rayos dorados. Urshanabi silbaba despreocupado, cruzado de piernas, mirando la isla que ya estaba muy próxima.
—Vaya Gilgamesh, has dormido dos días. Mira que cansancio traías encima.
Urshanabi frunció los labios. Los gigantes de piedra se encontraban uno al lado del otro, todos mirando hacia el horizonte.
—Qué desesperanza—Urshanabi indicó el corredizo de Ereshkigal que se encontraba más cerca que los días anteriores—, lástima que la isla de Utnapishtim quede tan próxima a esa montaña lúgubre. Que bueno que no tocaré esos suelos jamás… eso creo.
—Creí que eras el único mortal que podía atravesar las aguas del mar del olvido.
—Sí, soy mortal, pero mi vida depende de Utnapishtim. El día que no me necesite más, pereceré. Creo que me arrojaría al mar del olvido, me da miedo pensar en mi alma torturada por Ereshkigal.
"Bueno… ya llegamos, sólo debemos encauzar mi querido barco unos cuartos de horas más y tendrás a Utnapishtim frente a ti.
—Apúrate—ordenó Gilgamesh, tapado con una manta—. Ya he esperado suficiente.
—¡Qué humor! —reprochó Urshanabi, mientras sus golems se ponían de pie—, relájate. Utnapishtim es una persona amable y tranquila, no creo que vaya con una personalidad como la tuya. Debes oírle con calma o al menos inténtalo.
Gilgamesh rodó los ojos, pero no soltó ningún insulto.
Urshanabi comenzó a mover las velas para acercar la nave a la isla que, conforme pasaban los minutos, se hacía cada vez más grande. El barquero inició con una cancioncita pegajosa, silbando alegremente. Gilgamesh se acercó a los bordes de la embarcación y vio como las aguas eran cada vez menos profundas. Más temprano que tarde, llegaron a un pequeño muelle construido con humildes maderas y la nave se detuvo.
Gilgamesh miró a su alrededor completamente desolado. Creyó que se encontraría con un palacio digno de un rey, lleno de riquezas, con oro y lapislázuli por doquier, pero sólo existía una casita con una pequeña finca y un par de tendederos con sábanas blancas. Gilgamesh se decepcionó ante aquella visión y no se dio por enterado cuando Urshanabi descendió de la barcaza para sacar la rampa.
—Baja Gilgamesh, rey de Uruk. Hemos llegado a la modesta morada de Utnapishtim.
