Capítulo 28
Amor platónico.
—¡Vamos Quinn, despierta, despierta ya! Dormilona.
Los golpes de Dave contra la lona de la carpa sacaron de quicio a la rubia, que a duras penas conseguía abrir los ojos en el interior de la tienda de campaña.
Hacía calor. Mucho, de hecho, lo que indicaba que el sol ya llevaba varias horas sobre su cabeza. Una cabeza que aún giraba, y dónde un punzante dolor se instalaba de manera continua en su interior.
Rachel no estaba a su lado. Como cada mañana, había despertado casi antes del amanecer, y lo hizo junto a ella, en el exterior de la carpa y aún con las estrellas como testigo. Fue entonces cuando Quinn decidió adentrarse en la tienda y continuar el sueño a cubierto, evitando que el amanecer la pillara por sorpresa.
Trató de recomponer todo lo que había sucedido durante la noche, y, de nuevo, la vergüenza volvía a adueñarse de ella. No solo por el beso, sino que también lo hacía al recordar cómo había cometido la estupidez de beberse media botella de ron, y llegar al estado al que llegó frente a ella.
No se lo perdonaba, como tampoco perdonaba la insistencia de Dave por despertarla de aquella manera que tan malhumor le regalaba.
Su rostro lo decía todo al salir al exterior. Ni siquiera Miller, que pasaba en aquel instante por allí, se atrevió a darle los buenos días.
—Vamos primita, que hay que recoger el campamento —espetó sonriente.
—¿Qué parte de, no me despiertes así nunca más en tu vida, no entendiste? —le recriminó.
—Puff, tan temprano y ya de mal humor. Quinn, vas a tener que hacer algo por las noches para alegrarte un poco la vida. Deberías… Hey, ¿dónde vas?
—A ducharme, idiota —masculló alejándose de él.
—Pero, te estoy hablando. ¿Dónde has dejado la educación, señorita Fabray? —le replicó divertido, y Quinn se limitó a lanzarle una desafiante mirada a modo de respuesta.
No. No iba a darle el privilegio de que pudiera reírse de ella en aquel instante, ni en su estado. No estaba para sus bromas, y mucho menos para sus indirectas con doble sentido. Lo único que tenía en su mente era el poder recuperarse, aunque fuese un poco de su malestar. El solo hecho de pensar que tenía que recoger todo el material de la acampada, lo aumentaba. Más aún tras ver como Rachel no parecía estar predispuesta a ello. Ni siquiera estaba en el campamento, o al menos eso pudo deducir tras intenso escrutinio del mismo antes de colarse en las duchas.
Una ducha y un café lo suficientemente cargado como para despertar a un zombi. Eso fue todo lo que necesitó para recuperar un poco su maltrecho estado, y permitió que su mente comenzara a fluir con más rapidez.
—Hey, ¿dónde está Rachel? —Melanie no dudó en cuestionarla tras verla empezar su tarea de aquella mañana. Vaciar el colchón y envolver los sacos de dormir, iba a ser el primer paso, antes de desmontar por completo la tienda de campaña.
—Pues no tengo ni idea. Pero se ve que no tiene intención de recoger su tienda — espetó malhumorada.
—Bueno, ya te ayudo yo.
—¿No tienes que recoger tus cosas?
—Ya tengo todo listo, solo la falta la tienda, y Dave se encarga de ordenar los mástiles y esas cosas. Dice que prefiere hacerlo él, que es más ordenado.
—Es un maniático, no sé si te has dado cuenta.
—Sí, me he dado cuenta —respondía sonriente—. Hablando de Roma, mira quien viene por allí —añadió Melanie lanzando una mirada hacia el sendero que las llevaba directamente al lago.
Quinn se giró siguiendo las indicaciones de la chica y descubrió a una sonriente Rachel que caminaba tranquilamente hacia ellas, observando con curiosidad la pantalla de su móvil. Hecho que hizo creer que aquella sonrisa era probablemente culpa de Finn.
Una extraña sensación de malestar se unía a la ya mermada estabilidad de la rubia aquella mañana.
—Por fin… ¿Te lo has pasado bien por ahí mientras nosotras terminamos de recoger tú tienda? —Melanie no dudó en recriminar a la morena su absoluta pasividad.
—Nadie te ha pedido que lo hagas —le respondió sin perder la sonrisa, y Quinn no tardó en cuestionarla con la mirada.
—¿Así agradeces que te ayude? —le replicó Mel.
—Es Quinn la única que tiene derecho a recriminarme algo. Al fin y al cabo, ella es mi compañera de carpa —soltó, y la rubia volvía a sorprenderse. No solo por la respuesta, sino por como lo dijo.
—Ok. Pues ya que ni siquiera me agradeces que esté aquí, recogiendo tus cosas, mejor me voy a disfrutar de las últimas horas en el campamento —añadió Melanie, que en ese preciso instante soltaba uno de los sacos de dormir, y se alejaba de ellas sin volver a mirarlas. Algo que tampoco hizo Rachel. La morena simplemente guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón corto, y tomó el lugar de la chica, ignorando también a Quinn.
Ni una sola palabra durante el tiempo que duró el desmontaje de la tienda. Casi una hora completa en silencio mientras desanclaban, doblaban y ordenaban todo el material para que quedase perfectamente embalado. Y Quinn lo agradeció. No el hecho de que la ignorase, pero si el silencio. No necesitaban hablar para llevar a cabo la tarea que tenían entre manos, pero el malestar que le aquejaba por culpa de la resaca, y el intuir que el buen humor de Rachel se debía a una posible llamada de Finn, hicieron que aquel momento de silencio fuese un verdadero regalo para ella. Lógicamente, el silencio no iba a ser eterno.
Rachel recuperó el habla justo cuando no tenían mas remedio que acercarse la una a la otra. Quinn sostenía la bolsa donde Rachel pretendía guardar el saco de dormir, que previamente había doblado a la perfección.
—¿Cómo estás? —preguntó sin siquiera mirarla a los ojos, y llevando a cabo la tarea.
—Bien. Me va a explotar la cabeza, pero sobreviviré.
—Supongo, si sobreviviste a la caída que tuviste, no creo que tengas problemas por superar un dolor de cabeza —soltó adueñándose de la bolsa una vez que introdujo el saco en su interior.
—Lo siento —masculló Quinn recordando la escena.
—¿Lo sientes?
—Siento haberte hecho pasar ese momento —respondió tragándose el orgullo.
—No lo sientas por mí, eres tú la que estaba ahí.
—¿Estás bien? —preguntó al notar como de nuevo, su actitud realmente era distante.
—Si, ¿por?
—No sé, te noto extraña. Acabas de prácticamente echar a Melanie solo porque me estaba ayudando, y ahora respondes así. ¿Te sucede algo?
—No, estoy perfectamente —respondió tratando de mostrar una sonrisa. Una sonrisa que apenas pudo dejarse ver en su rostro al alzar la mirada y cruzarse con la de Quinn.
—¿Finn?
—No.
—¿No? ¿No te ha llamado?
—Sí, lo hizo anoche, y creo que te lo comenté. O no sé, no recuerdo —masculló quitándole importancia.
—¿Todo bien?
—Más o menos. Hemos quedado en hablar el martes, cuando él regrese.
—Oh. Bien…Me alegro.
—Gracias —respondía alejándose, dispuesta a recoger varios utensilios más de la tienda que ya permanecía perfectamente doblaba en el interior de su bolsa.
No sabía que más decir. Rachel estaba extraña en aquel instante, pero no parecía estarlo cuando la vio aparecer por el bosque, completamente feliz e ilusionada observando su móvil, y llenándola de curiosidad. Pero no quiso destruir la pequeña tregua que parecía darse entre ellas, y decidió no insistirle.
—Hey chicas —Miller interrumpía a ambas—, estamos decidiendo si comer antes de regresar a Lima o bien detenernos en el camino. ¿Vosotras que opináis?
—A mí me da igual, dudo que vaya a comer mucho con el dolor de cabeza que tengo.
—¿Aún te duele?
—Sí, pero está bien…Ya me relajo en el autobús y se va.
—Ok. ¿Y tú Rachel? ¿Qué dices?
—Lo que quiera la mayoría, pero, si nos vamos a ir antes de comer, prefiero que me digas sobre qué hora.
—¿Hora? Pues no sé, imagino que sobre las 11.
—Pero, son las 09:30 —se quejó.
—Sí, el tiempo de terminar de recoger todo y salir, ¿por qué?
—No, por nada, solo quería saber la hora.
—Bien, pues lo voy a comentar a los demás a ver que dicen. Lo mejor es que terminéis de recoger y nos quitamos ese problema sea la hora que sea cuando salgamos. ¿Ok?
—Sí, ya está todo, solo nos faltan los utensilios de la tienda, y estaremos listas.
—Perfecto, pues ahora os digo —respondió antes de alejarse.
—Quinn, ¿puedes acompañarme un momento? —cuestionó tras ver como el profesor retrocedía sobre sus pasos.
—¿Acompañarte? ¿Dónde?
—A un lugar. Quiero que veas algo. Pensaba mostrártelo luego, pero si nos marchamos en una hora y media, tengo que enseñártelo ya.
—¿El qué?
—Vamos, termina de recoger eso y me acompañas —le ordenó, y Quinn la miró confusa. No entendía el cambio de actitud, ni lo que pretendía. Pero la sombra del beso de la noche anterior, y las preguntas que le hizo cuando se la encontró bebiendo, regresaron de nuevo a rondar por su mente.
No estaba dispuesta a verse sometida por otro cuestionario, porque no sabía cómo responder ni qué responder. Ni siquiera ella tenía claro por qué había hecho lo que hizo, ¿cómo se lo iba a explicar a Rachel? La única respuesta sensata era un "no sé por qué lo hice", y sabía que eso no iba a sonar convincente para la chica.
—Vamos, date prisa —añadió Rachel, que había comenzado a impacientarse, sin saber que Quinn estaba alargando la tarea a consciencia. Todo por el miedo, por la incertidumbre que le empezaba a crear aquel extraño cambio de planes.
No pudo excusarse mucho más tiempo. Rachel se esmeró en terminar lo que ella parecía no querer hacer, y apenas unos diez minutos después de que el profesor les confirmara la hora de la marcha, Rachel volvía a acercarse a él con la intención de informarle del pequeño plan que había armado, y que estaba a punto de llevar a cabo junto a ella. Junto a Quinn, que había empezado incluso a sudar por culpa de los nervios.
La obligó a seguirla, a caminar detrás de ella por el mismo sendero que apenas 1 hora antes la había visto aparecer, y el temor a que estuviese provocándole una encerrona para cuestionarla por lo que le dijo, e hizo, la noche anterior, convertía su estado en un revuelo de nervios que incluso le dificultaban el paso. Porque no tenia ni idea de lo que le iba a decir para responderle. Más aún cuando pudo intuir hacia donde se dirigían.
—No nos podemos alejar tanto, Rachel —dijo en un vago intento por acabar con el suplicio que sentía—. No podemos perder mucho tiempo.
—Tranquila, no vamos a tardar demasiado. Aunque me temo que cuando lo veas, no vas a querer volver —respondía tratando de ocultar la sonrisa. Una sonrisa que volvía desconcertar a Quinn.
Rachel era consciente de ello. Y empezaba a divertirle. Definitivamente su humor había cambiado por completo, pero solo con Quinn.
Aquella mañana se había despertado con la rubia entre sus brazos, aún con el malestar producido por la ingesta de alcohol, pero con la inocencia, la dulzura que desprendía la rubia cuando era totalmente inofensiva. Tras ayudarla a que se adentrase en la tienda y continuase con el sueño, ella comenzó la rutina que había marcado cada despertar en aquel campamento.
Una ducha a solas, un café preparado por Miller, y el resto de galletas que aún conservaba de aquella segunda caja que Quinn le regaló días antes. La larga noche hizo que casi todos los chicos del grupo durmiesen hasta más tarde, y Rachel aprovechó aquellas primeras horas del día para pasear, para visitar por última vez el lago, perderse por el bosque a consciencia, y disfrutar del rincón mágico de Quinn, sin su consentimiento. Porque también se había convertido en suyo. Lo que no esperaba era encontrarse con lo que descubrió por pura suerte.
—¿Dónde vas? —preguntó Quinn al ver como se desviaba del sendero antes de llegar a donde ella pensaba que se dirigían.
—Ven, está aquí —indicó a la vez que cruzaba entre varios arbustos—. Vamos, ven.
Quinn volvía a dudar de sus pasos, pero ver la decisión de la morena al cruzar hacia aquella zona, le hizo tomar una gran bocanada de aire y llenarse de valentía, dispuesta a lidiar con lo que fuese que estuviera por suceder.
Jamás lo imaginó. No supo si se quedó hipnotizada por la sonrisa que mostraba Rachel, o por el pequeño jardín que se expandía ante ella, con decenas, centenas de flores amarillas. Flores que reconocía a la perfección a pesar de no haberlas visto nunca en vivo.
—¡La orquídea! —exclamó completamente sorprendida— ¡Es la Yellow Lady!
—Lo sé, por eso te dije que tenías que venir.
—¡Oh dios! Estaba aquí todo el tiempo, y yo sin verlas.
—Es complicado verlas si siempre venimos de noche, ¿no crees?
—Cierto —respondía tomando su móvil del bolsillo y acercándose a alguna de aquellas flores, dispuesta a sacar todas las capturas que fuesen necesarias. Olvidándose del malestar, del dichoso dolor de cabeza, de los nervios por no saber lo que pretendía, y por supuesto, de la vergüenza que seguía sintiendo cada vez que cruzaba la mirada con ella.
Y Rachel sonrió satisfecha al verla recuperar su actitud. Por fin habían encontrado a la dichosa flor y lo había hecho ella. Verla caminar por el pequeño jardín silvestre, deteniéndose en cada flor que aparecía ante ella y sacando fotografías, le hizo bien.
Volvía a ser la misma Quinn Fabray que cuando llegaron a aquel lugar, no la de la noche anterior, la que huía de ella y se emborrachaba para no tener que darle una explicación sobre el beso.
Algo que ella, por supuesto, aún necesitaba comprender.
—Es hermosa, ¿verdad?
—Es genial. No te haces una idea de la de veces que intentamos encontrarla el año pasado. Y este ya, ya me había dado por vencida. Se había convertido en una obsesión —respondía completamente ensimismada en una de ellas—. Ahora no te escapas. Estabas aquí todo el tiempo…— le habló divertida a la flor mientras trataba de enfocarla con la cámara del teléfono— Ya eres mía.
Rachel no pudo evitar sonreír, pero su sonrisa comenzó a esfumarse cuando algo en su interior comenzaba a removerse, tratando de ordenar las palabras adecuadas.
—¿Sabes cómo la he encontrado?
—¿Cómo? — preguntó sin perder de vista la flor.
—Quería visitar por última vez tu rincón mágico, y me perdí de nuevo — respondía sonriente.
—¿Por qué será que no me extraña que te hayas perdido?
Rachel lo agradeció. Que Quinn bromease le daba opción a lanzarse sin miedo a algún reproche.
—¿Sabes por qué quería ver tu rincón por última vez?
—No. ¿Por qué? ¿Querías sacar alguna fotografía del lago?
—No, quería asegurarme de que de verdad existía.
—¿Cómo? No te entiendo —cuestionó buscándola con la mirada, y Rachel no lo dudó.
—Quería saber que lo que sucedió anoche no fue un sueño —soltó, y Quinn palideció. Allí estaba, Rachel había sacado el tema de conversación del que rehusaba hablar, y lo hizo justo cuando le miraba a los ojos, cuando trataba de comprender a que se refería con aquella sentencia, algo que no le permitió desviar la atención hacia otro lugar o buscar una excusa para no responderle—. Quería asegurarme de que no ha sido una ilusión de mi mente. ¿Por qué lo hiciste, Quinn? —cuestionó tratando de sonar con dulzura, y la rubia desvió la mirada— No quiero que te sientas mal, pero entiéndelo, yo necesito que me digas por qué lo hiciste. No, no sé, dime que fue un impulso o que te confundiste, o incluso acepto que me digas que fue una broma, como el del otro día, pero dime algo. Dime por qué estás así. ¿Por qué tanto cambio por un simple gesto?
—No lo sé —interrumpió el sermón de la morena—. No tengo ni idea Rachel, no sé por qué lo hice ni por qué lo volvería hacer…
—¿Lo volverías a hacer? —cuestionó sorprendida. Quinn alzó la vista, tratando de asimilar aquellas palabras que habían salido de su boca sin su consentimiento.
—No lo sé Rachel, supongo…Que se yo —se lamentó.
—Pero Quinn, ¿tú…?
—Rachel, no sé lo que me pasó —la interrumpió de nuevo—. Yo, yo estaba bien, estaba a gusto contigo, esperando los fuegos artificiales, y de pronto tú me regalaste ese beso en el cuello… Y yo, yo perdí por completo el control. Dejé de pensar y simplemente actué.
—Ok. Quinn, yo sé que lo que hice no estuvo acertado. Yo solo pretendía agradecerte lo que hacías por mí. De hecho, pensaba darte ese beso en la mejilla y sin saber por qué, quedó ahí…en tu cuello. Debí haberme disculpado, pero te quedaste tan callada, que pensé que no le ibas a dar importancia.
—Ese fue tu error…Y el mio. Ni siquiera pensé nada Rachel, solo sentí tu beso y me perdí. Lo siento —se disculpó.
—No…no tienes que sentirlo.
—Me estás pidiendo explicaciones. Si tengo que disculparme.
—Pero no tienes que lamentarlo. Yo…yo en realidad solo quiero saber por qué, no te estoy culpando de nada, ni necesito que te disculpes por eso. Recuerda lo que me dijiste en el parque infantil, cuando no sabía si venir o no —se detuvo—. Me dijiste que no podía tener miedo a hacer lo que desease hacer. Bien, pues lo mismo tú. Tú no tienes que tener miedo de haber hecho lo que hiciste y pedirme disculpas. Yo solo quería saber por qué lo hiciste.
—Pues no puedo contestarte con claridad, solo sé que lo hice y no pude evitarlo.
Rachel bajaba la cabeza. Trataba de procesar toda la información que Quinn le estaba entregando, pero le era imposible.
—Pero…Quinn tú…
—¿Yo qué?
—Tú sabes que yo, yo estoy enamorada de…
—No, no… —la interrumpió rápidamente— No pienses que yo estoy enamorada de…ti.
—¿No?
—No, claro que no —respondía completamente confusa.
—Ok… ¿Ves? Así si aclaramos cosas, porque yo ayer después de ver tu reacción pensé que algo sucedía y que no te atrevías a…
—No, no ni hablar, Rachel. A mí no me gustan las chicas…
—Lo sé, pero me dijiste que te enamorabas de las personas, y quizás por ahí lo tomé como…
—Es cierto, quiero decir, me enamoro de las personas, pero por ahora no me he enamorado de ninguna chica. Y menos de ti. Quiero decir, no es que tú no lo merezcas, pero….
—Vale, vale —interrumpió—, para Quinn, hablas demasiado deprisa.
—Ok, ok, calma —masculló tratando de tranquilizarse.
—Si. Vamos a calmarnos. Solo quiero que me aclares algo. ¿Yo te gusto?
—Sí.
—¿Sí?
—Sí, pero como amiga. Ya sabes, tú me gustas como amiga igual que yo a ti, ¿no?
—Sí, cierto.
—Pues eso. Me gustas como amiga, pero…no…no estoy…enamorada —Quinn comenzaba a pausar sus palabras.
Hubo un momento, un instante en el que perdió por completo la noción del tiempo, del lugar en el que se encontraba y de lo que estaba diciendo, por culpa de la intensa mirada a la que le estaba sometiendo Rachel.
—Como amigas —balbuceó Rachel.
—Como amigas. Ya sabes…
—Sí. Yo, yo te dije que estaba enamorada de ti, pero como algo platónico —le repitió Rachel.
—Onírico —recalcó dejándole ver que recordaba las palabras exactas de aquella extraña confesión.
—Como un sueño, cierto —respondía—. Sabes lo que significa ¿no?
—Sí, o eso creo…Si me lo explicas mejor estaría bien, porque es extraño.
—Ok. Yo, yo hacía referencia a lo que eres Quinn, a ese halo que te envuelve que haces que todo a tu alrededor termine acercándose a ti, como si tuvieses un imán que todo lo atrae. Y yo me he sentido vulnerable.
—¿Vulnerable?
—Sí, porque hasta ahora, mis únicos amores platónicos habían sido estrellas de cine, cantantes, ya sabes gente famosa con la que sueñas conocer algún día, y ahora resulta que también puedes sentir eso por alguien que está a tu lado, que es de carne y hueso y…Te sonríe, y te muestra cosas hermosas…—Rachel desviaba la mirada. Trataba de hacerle entender que todo era admiración, pero de su boca solo salía la palabra enamoramiento, algo que sabía perfectamente que iba más allá de la simple admiración hacia un ídolo. Por eso trataba de explicárselo, pero le resultaba complicado entenderlo hasta a ella—. Creo que me estoy liando —balbuceó tras un sonoro suspiro.
—¿Te gusto?
—Sí, creo que esa es la palabra —espetó con rotundidad.
—Pero amas a Finn, ¿cierto?
—Ajam…
—Ok. Todo claro.
—¿Seguro?
—Seguro. No… no habrá más confusiones, te lo aseguro.
—Entonces, el resultado de todo esto es que…ambas nos gustamos —repitió Rachel como si de aquella forma lograse convencerse de lo que estaba diciendo.
—Eso parece —murmuró Quinn tratando de sonreír, pero la tensión en su rostro no se lo permitía.
—Pero nos gustamos como amigas.
—Sí…así es.
—Bien, entonces…Tu reacción después del beso de anoche fue… ¿por?
—No lo sé, quizás me asusté por haber hecho eso. Sí, me asusté sin duda.
—Por miedo a mi reacción, ¿no?
—Más bien me asusté de mí misma. Jamás, jamás pensé que pudiese hacer algo así y bueno, realmente no, no consigo entender aún…
—Ok, ok, está bien —la interrumpió—. Creo que ya ha quedado todo bastante claro. Yo te besé en el cuello por inercia y tú lo hiciste en mis labios…—tragó saliva al recordarlo— También por inercia.
Quinn asentía sin apenas ser consciente, y sin percibir un pequeño detalle que estaba produciéndose entre ellas pero que ninguna parecía ver.
Poco a poco, lentamente, ambas fueron acercándose, destruyendo la escasa distancia que las separaba en aquel jardín hasta quedar frente a frente, casi con la posibilidad de tocarse la una a la otra con las manos.
—No, no volverá a suceder, te lo prometo —espetó tratando de sonar convincente.
—Ok. De todas formas, tampoco es que haya sido un suplicio. Dudo que nadie pueda quejarse de algo así —dijo, se lamentó. Rachel se maldecía por haber soltado aquellas frases y no haber sido capaz de callárselo.
Algo que Quinn entendió como un halago, o al menos eso quiso entender para no confundir aún más su mente acerca de enamoramientos platónicos, gustos y amistad.
—Gracias…—respondía un poco más relajada— Yo debería decir lo mismo de ti, pero entonces no sería Quinn Fabray.
Por fin una sonrisa. El rostro de Rachel se relajó por completo tras aquella pequeña broma de la rubia, y provocó también la tranquilidad en Quinn, que veía como poco a poco, la tensión del momento comenzaba a desaparecer.
—Ok. Entonces, una vez que todo está claro entre nosotras. Será mejor que regresemos, no estaría bien que nos dejasen aquí, ¿no crees?
—No me iba a quejar demasiado —susurró Quinn—. Esto es el paraíso, pero sí, es cierto, debemos regresar.
Una pequeña duda invadió a ambas que, tras un vaivén, acertaron para salir de allí en fila, una detrás de la otra, sin volver a repetir más ni tratar de recordar todo lo que había sucedido. Algo que les iba a resultar imposible.
Alejarse de aquel bosque, de aquel jardín, de las secuoyas, del lago, de todo, terminaba provocando algo de tristeza en las dos chicas, que, en completo silencio, trataban de callar las voces que gritaban en sus cabezas.
Voces rememorando cada frase que se habían dicho, cada gesto contradictorio que acompañaban aquellas excusas. Porque no eran más que excusas absurdas sobre amores platónicos y personalidades que atraían.
Rachel lo tenía claro. Amaba a Finn, era el chico de su vida, o al menos lo era en aquel instante, pero no tenía duda alguna de que Quinn podría haber ocupado ese lugar en su corazón. Sin embargo, algo en su interior le indicaba que no debía seguir con aquello por su bien, y por el bien de Quinn. Mientras, la rubia se debatía en un sinfín de dudas. Dudas acerca de si lo que realmente había dicho a Rachel era cierto, o había algo más en su interior. Algo que jamás pensó que pudiese existir, algo que superaba con creces a aquel, "me gustas" al que se había aficionado como excusa.
Pero no podía aclarar más. No podía porque ella misma no lo sabía. Su conciencia estaba tranquila. Había confesado lo único que seguro sabía que exitista, que no era otra cosa más que una irremediable necesidad de tener su amistad. Pero aquellos otros sentimientos aun no salían con claridad de ella, y se prometió ser sincera si así sucedía.
Era lo menos que Rachel se merecía, total y absoluta sinceridad.
—¿Quinn? —se detuvo en mitad del sendero, minutos antes de llegar al campamento donde el resto del grupo se preparaba para salir.
—Dime —cedió sus pasos justo detrás de la morena.
—¿Qué va a pasar ahora? —cuestionó— Quiero decir, cuando lleguemos a Lima, esto…esto seguirá igual entre nosotras.
—¿Esto?
—Sí, nosotras, ésta amistad. ¿Seguiremos viéndonos? ¿Seguirás hablándome y tratándome así?
Una sonrisa comenzaba a aparecer en el rostro de la rubia que veía como Rachel, volvía a ser la Rachel Berry adorable. La que se ahogaba en un mar de dudas que no tenían sentido.
—Claro, al menos por mi parte.
—Bien, bien, me alegro, porque temía no volver a tener esta complicidad contigo.
—Te recuerdo que tenemos que dibujar un ojo…Y te prometí ayudarte.
—Cierto, puedo utilizar eso en tu contra cada vez que me trates mal —sonrió agradecía por ver como de nuevo volvía a usar su típico humor con ella.
—No volveré a tratarte mal nunca más, Rachel. Y si lo hago, tienes mi permiso para vengarte.
—¿Con globos de agua?
—Con globos, con dibujos y hasta con videos de esos que tienes en el móvil — espetó divertida.
—Oh dios, no…no…—se lamentó.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Quinn —le amenazó señalándola con el dedo—, ya me había olvidado del trauma que me supuso ver eso y ahora vas y me lo recuerdas. No vuelvas a hacer eso nunca más. Por favor.
—No seas exagerada. No seas melodramática, Berry, y vamos, sigue caminando. Nos deben estar esperando —respondía sonriente al escuchar el tono divertido de la morena.
—¿Cómo que no me puede traumatizar? Quiero sacar de mi mente esas imágenes que… O dios… ¿Por qué lo has hecho?
—Por ver tu cara —se burló—. Llevo toda la mañana con dolor de cabeza, y reírme me puede hacer bien.
—No tiene gracia —espetó recuperando el paso.
—Sí, sí que la tiene… ¿Cómo eran? ¿Cómo se llamaban?
—No te escucho —Rachel tapaba sus oídos al tiempo que le daba la espalda y caminaba hacia el campamento.
—Mmm… Dos mineros y un gran pico.
—No, no, no te escucho —comenzó a tararear.
—Un carpintero…Si, había un carpintero…
—La, la, la, la…
—Ah no…Era Jack, Jack y el capitán del Titanic…
—¡Te odio Fabray! — exclamó tapándose con fuerza los oídos.
—Y yo, Rachel —susurró viendo como aceleraba el paso para alejarse de ella—. Yo también te adoro.
