Capítulo 29

Kagura se levantó inmediatamente de su sillón y caminó hacia el umbral de arco que separaba la sala con el pasillo de la cocina.

Tenía su mano en su rostro, indicando que algo andaba mal. No podía entender lo que su esposo quería decirle, ¿por qué insistía tanto en lo mismo? ¿Era ella quien estaba mal? ¿Era ella la que estaba obsesionada con la empresa y no podía ver más allá de lo que le ofrecían sus ojos?

— ¿Kagura…? — su voz se estaba volviendo triste. ¿Era esto alguna clase de rechazo? ¿Sougo era el único que se sentía insatisfecho con todo esto? ¿Quién de los dos estaba mal con esta situación?

Kagura se había tapado la boca con la mano y reposaba su codo en su otro brazo.

— No tiene caso, Sougo… — dijo finalmente dándole la espalda— es la voluntad de Gin…

No, no tenía que hacerlo, él no quería molestarse, pero no aguantaba, ¿su esposa no podía ver más allá?

La tomó fuertemente de los brazos y la volteó para que ella lo viera directamente a los ojos. Kagura estaba impresionada, él nunca la había tratado así.

— ¡Kagura! ¡¿Es tan difícil entender que no quiero seguir asesinando porque quiero tener una familia contigo?! ¡¿En serio la voluntad de Gintoki está por sobre nuestro matrimonio?!

— ¡No lo entiendes, Sougo! — se zafó de su agarre con fuerza y lo miro a los ojos desafiante. — ¡Tenemos que cuidar esa empresa!

— ¡Tu eres la que no entiende! — le respondió finalmente, dejando a Kagura sin habla — No nos estamos cuidando… Quizás él te encargó la empresa, pero en mi caso, mi deber era protegerte y cuidarte… ¡Y ni siquiera lo estoy haciendo! ¡Nos estamos exponiendo!

— ¿Y vienes a decirme eso ahora cuando ya mataste a un montón de gente por mi? No seas hipócrita, Sougo. — Soltó venenosa, esta pelea ya le estaba hartando.

— No estoy siendo hipócrita. ¡Darse cuenta de la realidad que te rodea no es ser hipócrita! Por favor, Kagura. Entiendo que quieras cuidar esa empresa, ¿pero no crees que Gintoki se hubiera sentido más feliz si hubiéramos sido nosotros quienes se hicieran cargo de su hijo? ¡En nosotros depositó toda su confianza!

— Lo único que me das son críticas y críticas, ¿pero soluciones? ¿Cómo voy a salvar la empresa si no sigo robando? ¿Eh? ¡Necesito que sigamos con esto, mientras no encuentre otra solución, no habrá forma de que este plan se acabe! — ya estaba harta. Quería entender a su esposo, pero no podía. ¿De verdad su felicidad y la de él podría estar en cuidar a un niño en vez de atender el pedido de Gin? ¡Eso no estaba en los planes!

— ¿Entonces quieres una solución? — dijo serio Sougo. ¿Acaso tenía alguna?

— Dudo que puedas ayudarme en esto… — ¿Qué acababa de decir? ¿Desconfiaba de las ideas del castaño? Realmente escuchar a Kagura decir eso fue un golpe demasiado bajo para Sougo, le había dolido. ¿Que dudaba de su ayuda? ¡La había estado ayudando durante todo este puto tiempo!

— Hablas desde el orgullo, Kagura. No dejaré que tus inconscientes palabras repercutan en mi idea — Aun así se mantenía firme.

— ¿Qué quieres decir con eso? — comenzó a tomarle atención, de cierta manera era curioso cuando su esposo le llevaba la contraria. No sucedía mucho y era una faceta nueva e interesante que estaba viendo en él.

— El hierro de las armas puede tener muchos usos… — Kagura tomó asiento en el sillón de la sala y lo escuchaba expectante — ¿sabes que los juguetes de madera podrían pasar de moda en algún momento? — la cara de sorpresa y duda de la bermellón se hicieron presentes. ¿Juguetes?

— ¿Hablas de transformar la empresa en…?

— Una fábrica de juguetes.

Sougo mantenía una mirada seria y firme, sin embargo, la sorpresa de Kagura en un instante pasó a burla.

— ¿Te volviste loco? — decía en tono jocoso mientras no podía evitar soltar unas carcajadas — ¿Mi empresa? ¿Una empresa que se ha mantenido gracias a tus asesinatos y robos transformada en una fábrica para el disfrute de niños? Ay, Sougo, — no podía creer nada de esto — creo que deberíamos usar tu sentido del humor para ganar di…

— Kagura — llamó la atención de su esposa — hablo en serio.

Dejó la cara burlona y lo miró a sus carmines ojos. Se cruzó de piernas y posó su mejilla en la mano de la cual su codo se mantenía apoyado en el antebrazo del sofá.

Se quedó un minuto en silencio, observando cada reacción del castaño, algo que le diera a entender que no hablaba en serio, pero no. Es que simplemente esa idea era descabellada viniendo de él.

Luego comenzó a reflexionar sobre todo lo que había dicho… ¿Una vida tranquila? ¿Expiar sus culpas? ¿Vivir el amor como es debido?

— Kagura… — le dijo, esperando respuesta.

La ojiazul se levantó de su sofá, tomó su abrigo y se dirigió a la salida.

— ¿A dónde vas? — preguntó preocupado. ¿Acaso se iría de casa?

— Necesito ir al hospital psiquiátrico…

— Querida mía, no estás loca… — comenzó a pensar en lo peor, ¿para qué iría allí?

— Yo no… pero Kamui sí…

— Espera, déjame acompañarte. Está nevando, será mejor que yo maneje.

— Está bien — le sonrió tranquila y serena.

Sougo tomó su abrigo y se dispuso a acompañar a Su Señora. Abrió la puerta del carro y la dejó en el asiento del copiloto. No sería un viaje largo, pero tampoco muy corto. El hospital se encontraba a treinta minutos de la mansión Sakata.

No hubo palabra alguna durante el viaje. Kagura solo pensaba, pensaba y pensaba. Su vista se mantenía en el camino y sus ojos reflejaban preocupación. Una preocupación que Sougo nunca había visto, pero que Kagura si había sentido antes. La preocupación de no saber que iba a ocurrir con Sougo y ella. La preocupación que había experimentado tan a flor de piel cuando se enteró que Sougo había desaparecido en la guerra.

— ¿No traes fósforos? — le dijo ella mientras sacaba un cigarrillo de su cartera.

— ¿Vas a fumar? Pensé que habías dejado ese mal hábito cuando volví a la mansión. — se le escuchaba preocupado y extrañado.

— Te pedí fósforos, Sougo. No una interrogante… Además, necesito pensar…

— Estás enojada, ¿no es así? — le dijo para luego extenderle una caja de cerillos que había sacado del bolsillo de su abrigo.

— No es eso… Es solo… estoy confundida. Eso es todo. — Prendió su cigarrillo y dio su primera bocanada de humo. — Kamui decidirá sobre nuestro futuro.

— … ¿Cómo…? — Trataba de no dejarse sorprender. Estaba manejando, el camino era resbaloso y no podía distraerse.

Sin embargo, su mujer no le contestó nada en los quince minutos que quedaban de camino. Quizás los quince minutos más largos de su vida.

El hospital psiquiátrico era un lugar lúgubre. Quizás más tenebroso que el mismo sótano de la mansión Sakata.

En ese lugar las personas vivían en una constante pesadilla de la que ni la misma muerte podía dar solución. Hombres que escuchaban voces, mujeres que aún creían estar embarazadas de ese hijo que ya habían perdido. Todos los rasgos que aludieran a un fallo mental podían encontrarse en ese hospital.

— Acompáñame, Sougo — le ordenó en cuanto el auto se estacionó frente al establecimiento.

El castaño podía notar el como su esposa se apretaba levemente el brazo en señal de nerviosismo y como sus cejas se arqueban denotando preocupación.

— No es necesario que lo ordenes. Lo iba a hacer de todos modos.

— No se que es lo que veré allá adentro. — terminó por decir en cuanto se bajó del auto y el castaño le seguía el paso.

Se veían rodeados de paredes blancas y la gente los miraba con ojos abiertos.

Ancianos y jóvenes. Hombres y mujeres, la locura no tenía edad ni género.

Escuchaban gritos, pero eso no los asustaba, estaban acostumbrados a ellos, a los rostros desesperados, al saber que no habría un mañana para esas caras que siempre les imploraban misericordia pero que, aquel matrimonio, simplemente no se la daban.

Kagura se sentía nerviosa por otra cosa, y esto era por el estado de Kamui.

¿Realmente estaba tan loco como para tener que internarlo en un manicomio o simplemente estaba exagerando?

— ¿Que se le ofrece, Señorita? — escuchó decir de un doctor de bata blanca que se le presentó frente a ella.

— Vengo a ver a Kamui Yato.

— Lo siento, pero la hora de visita… — no pudo continuar de hablar en cuanto vio el fajo de billetes que la bermellón había sacado de su cartera y se lo había ofrecido.

Sougo la miró impresionado. No se esperaba esa respuesta de su esposa.

— ¿Con esto bastará para tener una atención especial de 5 míseros minutos?

El médico tomó el dinero y los guió a la habitación del pelirrojo.

Llegando al lugar, era una habitación cerrada. Cuatro paredes blancas y acolchadas, una ventanilla pequeña y redonda y dentro, un joven de cabellos desordenados, envuelto en una camisa de fuerza y con la mirada completamente perdida.

— No lo dejamos salir, en cuanto sale pierde los sentidos e intenta suicidarse. Tratamos de darle nuestros medicamentos más fuertes pero no hay resultado.

Kagura lo miraba anonadada desde esa ventana pequeña. Recordaba su cabello tomado en una trenza, su sonrisa resplandeciente y su porte de la alta alcurnia que siempre se mostraba tan característico. Él lo tenía todo, pero sus errores lo llevaron a la nada, a la decadencia.

— ¿Puedo entrar? — preguntó con rostro afligido.

— No creo que sea conve…

— Tome — otro fajo de billetes se posó sobre el pecho del doctor.

Abrió la puerta con la llave que poseía en el bolsillo de su bata y se dignó a abrir la puerta. Kagura entró y Sougo la siguió, pero ella lo detuvo con sus manos en su pecho.

— No, Sougo. Es mejor que lo haga sola.

— ¿Y si intenta hacerte daño?

— No lo hará — le sonrió tiernamente y depositó un beso en sus labios — Quédate tranquilo.

En cuanto entró a la habitación, la puerta se cerró tras de ella y Sougo estaba atento a todo lo que ocurría mirando desde la ventanita. Obviamente el doctor también estaba allí.

— Miren… quien… llegó… — la voz de Kamui sonaba lenta y sin vida. — Hermanita querida… — Una sonrisa lunática se posó sobre él mientras la miraba con sus ojos llenos de ojeras y bolsas. Realmente se veía mal y más pálido de lo que ya era.

— Kamui… — solo logró decir eso y su rostro se mostraba preocupado, después de todo era su hermano.

— Hermanita… ¿no escuchas…?

— ¿Escuchar qué?

— ¡Las voces! — su voz había tomado más fuerza y viveza — ¡Voces voces y voces! ¡Están en todos lados! — Respiraba fuertemente haciendo que su garganta sonara — ¡Son muchas…! Muchas… ¡JA… JA, JA, JA…! ¡SON MUCHAAAAS! — Miraba hacia todos lados tratando de encontrar el lugar de donde provenían — ¿Sabes que están diciendo ahora…?

— ¿Qué dicen…?

— Zorra… ZORRA… ZORRA, ZORRA, ZORRA… QUE ERES UNA ZORRA… ¡JA, JA, JA, JA! ¡Y YO, YO, YO! Yo… Yo soy un malnacido… Eso dicen… ¿Las escuchas? ¡SOY UN MAL NACIDO, JA, JA, JA! ¡SOY UN LUNÁTICO HIJO DE PUTA! ¡Y tú!, hermanita… Las voces me lo dicen… hiciste que mi vida se hiciera pedazos… ah… aaah… ja, ja… ¿Sa...bes…? ¿Qué es lo peor…?

Kagura escuchaba todo con un rostro realmente preocupado. Pero… ¿le preocupaba Kamui? Llegó a la conclusión de que no. Lo que le preocupaba era ella.

¿Ella también podría perderlo todo si continuaba con su capricho? Perdería a Sougo, perdería su vida. Se veía entre cuatro rejas cuando miraba a Kamui. ¿Y a quién le echaría la culpa de sus desgracias? ¿A Gin? ¿A Sougo? ¿A Dios…? No, Dios no tenía nada que ver en esto. Ella misma se buscó ese camino, ella fue la que se alejó de lo divino y se adentró en la inmundicia del ser humano. La única culpable era ella.

— Ya vi suficiente. — Manifestó en un tono serio que ya no reflejaba ninguna preocupación ni cariño por su hermano. — Gracias por mostrarme la realidad, Kamui. — Se acercó a él y le tomó de la barbilla. Una sonrisa macabra se presentó en sus labios y unos ojos llenos de sadismo miraban a los azules orbes de su hermano. — Ahora púdrete entre estas cuatro paredes blancas…

Lo soltó con brusquedad y se dirigió nuevamente a la puerta dándole la espalda a su consanguíneo.

— Kagura… — le decía el muchacho, con un leve tono de cordura en su voz — No juegues con fuego, te puedes quemar…

La bermellón abrió sus ojos y dirigió nuevamente su mirada hacia atrás para ver a su hermano con las piernas cruzadas en el suelo mirando hacia abajo.

Era segunda vez que le decían aquello, pero con significados completamente diferentes. ¿Quizás Kamui había recobrado un poco la cordura por unos leves segundos?

Salió de allí, sin ningún peso sobre ella. Con la mente en claro y los pensamientos tan calmos como una taza de leche.

Le arrebató los fajos de dinero al médico, el cual se encontraba contándolos con cara de avaricioso y Sougo se impresionó nuevamente por su actitud.

— ¡Oiga, usted me dio eso! — le gritó el hombre mientras intentaba alcanzar a la chica.

— No querrás que tus superiores se enteren de que aceptaste sobornos, ¿no es así? — Solo una mirada hacia atrás y el doctor había caído en cuenta de que lo mejor sería no llevarle la contraria a esa hermosa pero letal mujer.

Finalmente cruzaron la puerta que los dirigía nuevamente a ese frío de invierno que calaba sus huesos.

— ¿Kagura…? — le dijo Sougo un poco anonadado con todo lo que había ocurrido al salir del hospital. — ¿Qué fue todo eso?

— Tenemos que hablar, Sougo. Por favor, sube al auto.

No hizo ningún gesto de desobediencia, le abrió la puerta a Kagura para que se subiera y luego él se sentó en el asiento de piloto para manejar.

Pasados los minutos, su esposa aún no le daba ningún indicio de que fuera a aclararle algo o de que fuera a decirle algo. Ni siquiera comentaba el cómo los paisajes se habían vueltos blancos por la nieve.

De vez en cuando miraba de soslayo, observando cada fibra de cabello de su amada el cual estaba cuidadosamente cepillado y tomado.

Ya pasados quince minutos, la chica se dignó a hablar.

— Estaciónate, Sougo

— ¿En plena carretera? — Le parecía todo muy extraño.

— Sí, este es el lugar perfecto para hablar.

El castaño frenó el auto, sacó las llaves y bajó el freno de manos. Vio a su amada directamente a los ojos y esperó su habla.

Pero ella no habló.

Pasó sus dedos lentamente por el rostro de su esposo y comenzó a tocar sus labios. Sougo no sabía por qué tan de repente hacía eso, pero le gustaba.

Delineaba cada poro de su boca, su barbilla. Pasaba lentamente por sus mejillas, llegaba hasta su oreja y acariciaba con delicadeza, como si estuviera leyendo braille sobre su piel.

El corazón del castaño latía fuertemente. Tomó la mano de su amada y depositó tiernos besos en sus dedos para luego llevar su mano nuevamente a su rostro.

— ¿Ocurre algo, querida mía?

Ella se acercó lentamente a los labios de su amado y lo besó con ternura y a la vez anhelo.

— No quiero perderte… Sougo… — le dijo en un susurro cerca de los labios de su esposo. — Al ver a Kamui me di cuenta que no quería perder nada de lo que se me ha confinado hasta ahora. — lo miró a los ojos, penetrando en aquellos orbes carmesí y depositó nuevamente un beso en sus labios. — Te amo.

El castaño le correspondió con otro beso, ahora uno un poco más apasionado y comenzó a acariciar el cabello de su esposa, haciendo que esas finas hebras rojizas se alborotaran y salieran de ese peinado que llevaba.

Con su otra mano, comenzó a acariciar las blanquecinas piernas de su amada para luego levantar aquel vestido, recorriendo ese camino de nieve con sus yemas y depositando en la memoria de su piel cada sector de ella.

Kagura acariciaba el cuello de su marido y jugueteaba con su lengua, sacando leves suspiros y sintiendo cada vez más calor. Le quitó el abrigo a Sougo y desesperada buscaba como delinear esos pectorales que tanto amaba.

Los vidrios del auto comenzaron a empañarse, ciertamente el calor que emanaban aquellos cuerpos era por sobre todo más ardiente que las llamas del infierno.

— Sougo… — Suspiraba jadeante. Bajó su mano hasta los pantalones del ojicarmín y contorneando se topó con ese erecto miembro que ya había reaccionado ansioso ante sus caricias. — Está… tan duro…

— Tócalo todo lo que quieras, Kagura… — Le decía suspirando para luego dirigirse al blanquecino cuello de su amada y saborearlo con deseo. Desabrochó el vestido se su esposa y lo bajó lentamente para encontrarse con sus hermosos y redondos senos los cuales yacían cubiertos por la tela de su sostén, aunque eso no impedía que aquellos pezones se marcaran a través de su ropa interior.

Comenzó lamiendo la piel de sus senos, aquella que sobresalía de esa prenda a la vez que una de sus manos se dirigía a la entrepierna de su esposa.

Kagura se abrió de piernas y dejó una de ellas arriba de la pierna del castaño mientras seguía acariciando ese duro miembro y gemía con la voz entrecortada. En aquel auto ya no hacía nada de frío.

— Ah… Aaah… — sus gemidos comenzaron a hacerse más fuertes en cuanto sintió como los dedos de su esposo jugaban con su clítoris y su boca bajaba lentamente su sostén para reposar su lengua en uno de sus pezones, lamiéndolo lujuriosa y rápidamente, dibujando círculos con ella y succionando de vez en cuando.

Kagura había desabrochado por fin el pantalón de Sougo y sacó a relucir su palpitante pene, el cual veía con deseo mientras se relamía los labios.

Retiró a su esposo de ella para acto seguido bajar su cabeza hasta el miembro erecto del castaño. Se lo echó a la boca, primero lento, lamiendo su glande de maneras circulares haciendo que su marido gimiera con esos movimientos.

— K-Kagura… — decía con la voz en un hilo y entrecortada. Acarició sus cabellos rojos y dejó que su amada comenzara a chupar su falo de arriba hacia abajo.

El calor de su boca lo estaba volviendo loco. Arqueaba su espalda en el asiento del piloto y miraba hacia el techo, tratando de aguantar esos gemidos roncos.

No aguanto más y reclinó su asiento haciendo que llegara hasta la parte trasera del auto.

Tomó la cintura de su amada y le hizo un ademán para que dirigiera su pelvis a su cara mientras ella seguía lamiendo y chupando su miembro.

Él, quedando frente a frente con su vulva, le bajó la ropa interior y con sutileza comenzó a lamer su clítoris de manera desvergonzada, para luego introducir su lujuriosa lengua en la vagina de su esposa y hacer y deshacer con ella lo que quisiese.

Kagura sentía que no aguantaba. Esa electricidad y desesperación que recorría su cuerpo hacía que chupara con cada vez mayor intensidad el falo de su esposo, mientras lo masajeaba con sus blanquecinas manos.

¡No podía dejar de experimentar tantas sensaciones exquisitas! ¡Es que no aguantaba! Ante la lengua de su cónyuge ella se venía rápido, demasiado rápido.

Y sentía como ese líquido que expulsaba recorría su vagina. Y sentía como ese líquido que expulsaba era tragado por el joven de castaño cabellos. Y ella seguía, y él no paraba. ¡Es que no paraba! Ella ya se había venido una vez… pero con Sougo bajo su intimidad lograba hacerlo, dos, tres, cuatro veces seguidas.

Pero ella se mantenía, chupando ese falo, gimiendo a más no poder. Llenando de ese vaho caliente la intimidad de su esposo.

Él sentía la electricidad recorrer su miembro, su espalda. ¡Oh Dios mío, qué exquisitez aquella!

— A-Ah… S-Se siente tan bien… — Decía él sintiendo como su pene se llenaba de la caliente saliva de su esposa. Era una sensación tan exquisita que no quería que nunca terminara.

Dejó de lamer la vagina de Kagura y le dio unas palmaditas en las nalgas para indicarle que se acomodara nuevamente.

Ella se dio la vuelta, quedando frente al castaño para besarlo con pasión mientras con una mano seguía acariciando la intimidad del ojicarmín.

— Hagámoslo… Ya… — Le imploraba la chica, adoptando la posición idónea para ser penetrada y dirigiendo la sexualidad de su amado a la de ella. — No importa cuánto tiempo pase. Quiero ser tuya todas las veces que sean necesarias…

— Amada mía… Y yo seré tuyo hasta que no haya un mañana… — La besó, juntando su lengua con la de ella y apretando su cuerpo con el de él.

La sensación envolvente de su virilidad en la feminidad de ella era tan atrapante, tan cálida, asfixiante pero deliciosa.

Comenzó a cabalgarlo, a sacar y meter ese miembro dentro de ella mientras disfrutaba y se erguía, dejando al castaño ver como esos grandes senos rebotaban al compás de los saltos que ella daba.

El chico se sentó y comenzó a chupar esos apetecibles pechos mientras con una mano estimulaba el clítoris de su amada, haciendo que la experiencia sexual fuese más sublime de lo que ya era.

Afuera hacía frío, ¿pero adentro? ¡Los asientos estaban en llamas! Si algún auto pasase por al lado de ellos nadie notaría que pasaba allí dentro porque los vidrios estaban tan empañados que ni ellos mismos podían ver hacia afuera.

— ¡Aah…! ¡Oh, Sougo…! — Gemía, sentía como cada estocada tocaba hasta lo más profundo de su ser, el como la carne se complementaba con su calor. Esos indicios electrizantes que le decían que en cualquier momento se iba a venir. Se volvía loca.

Mordía su dedo, se tomaba el pelo, tocaba el techo del auto con su mano para seguir y se empujaba para sentir cada vez más adentro la intimidad de su amado.

Sougo la tomaba de las caderas, le tocaba las nalgas. De vez en cuando saboreaba su cuello y sus labios Quería comerse esos labios, morderlos, lamerlos. Que ese festín fuera eterno y esa danza sublime.

— ¡Más… más…! — pedía incesante la mujer de bermellones cabellos. Y él cumplía su petición, le daba más y más. Tanto hasta hartarse, hasta cansarse, aunque tenían más vitalidad que un quinceañero.

Decidieron cambiar de posición y Kagura se puso en cuatro, alzando sus posaderas y moviéndolas de lado a lado, coqueteando con Sougo e invitándolo a entrar nuevamente en ese jugoso y caliente lugar.

— ¡Nnngh…! — comenzó a penetrarla y a mover sus caderas sensualmente, haciendo que ella sintiera como su miembro entraba y salía, llegando hasta su punto más álgido mientras Sougo le respiraba en su cuello y tiraba levemente de sus cabellos. — Kagura… Eres mía…

— Soy… tuya… — le contestaba, interpretando un rol de sumisión y deseando que su amado fuera un poco más rudo. — Completamente… tuya…

Sougo tomó el cabello bermellón de su amante y la alzó levemente mientras lamía detrás de su oreja. ¡Pero qué estaba haciendo! Kagura estaba a punto de venirse solo por sentir ese gesto de parte de él. Aquella rudeza bastante sensual y excitante que la hacía gemir más aún.

—S-Sougo… — La mano del castaño envolvió el delgado cuello de la chica y presionó levemente haciendo que su amada sintiera cosas inexplicables y demasiado lujuriosas. — ¡Ah…! ¡A-Aaah…!

— ¿Te gusta…? — le dijo con voz ronca mientras seguía moviendo su cadera para meter y sacar su falo. — Te ves tan sensual… Kagura…

Soltó su cabello y su cuello y la abrazó desde sus senos para besar y olfatear su sudorosa y blanca espalda.

— Maldición… Sougo… ¡A-Aah…! — Ya no aguantaba más, se iba a venir. Ya ni recordaba cuantas veces se había venido, pero lo iba a hacer nuevamente.

Sougo también iba a acabar. Toda esa lujuria hacia que su cabeza diera vueltas y que sus mejillas estuvieran tan rojas como el cabello de su amada.

Y fue entonces que él la besó, viniéndose por consiguiente junto con ella. Era una sensación tan exquisita y única.

Kagura le hizo espacio a Sougo para que se recostara en el asiento y ella no lo pensó ni dos segundos para recostarse arriba de él, abrazándolo y compartiendo su calor.

El castaño se sentía satisfecho y acariciaba el cuerpo y el cabello de su esposa.

— Al final lo hicimos en el auto… — le dijo él sacando una leve sonrisa de la bermellón.

— Sougo — le llamó, mirándolo a los ojos — Tengo que decirte algo.

—… ¿Esperaste a que hiciéramos el amor para decirlo? — Sonaba un poco jocoso y burlón.

— Quería procesarlo mejor con tu cuerpo junto al mío — le sonrió traviesa. El chico depositó un tierno beso en sus labios y la dejó continuar. — Ya tomé una decisión.

De repente el corazón de Sougo se paralizó y sintió miedo. ¿La decisión sobre la empresa?

— Y… ¿Qué decisión tomaste? — le dijo mirándola a los ojos, esperando su respuesta.

— Iremos a buscar a Gin y convertiré la empresa en una fábrica de juguetes.

Los ojos del castaño se abrieron de par en par. ¿Estaba bien? ¿Sus oídos no lo engañaban? ¿Por qué…?

— ¿Cómo tomaste esa decisión? — preguntaba impresionado y tratando de tragar la afirmación que le había hecho.

— No quiero perder todo lo que tengo por mis errores. No quiero convertirme en Kamui.

El castaño sonrió, haciendo que su rostro se iluminase y abrazó con todas sus fuerzas a su amada, siendo correspondido al instante.

— Aunque para hacer eso tendré que invertir mucho dinero y necesitaré despedir al personal…

— ¿A Shimaru y a los demás? ¿Despedirás al viejo Gengai?

— No, desde que enfermó no ha podido trabajar bien, pero realmente no quiero despedirlo. Sabes que el viejo Gengai es como de la familia, prefiero que siga viviendo con nosotros y cuide de su salud. Sobre Shimaru… Sé que es tu mejor amigo, Sougo…

— Hablando de eso. — Le interrumpió — Shimaru me habló de sus planes antes de que les diéramos vacaciones al personal.

— ¿Planes? ¿Qué planes?

— Va a renunciar en cuanto vuelva de vacaciones

— ¡¿Qué?! — Preguntó sorprendida — ¿Y eso por qué?

— Sus sentimentalismos, nunca superó a la bastarda de Nobume y la cocina le recuerda a ella. Así que planea buscar trabajo en otro lugar. Realmente nos ahorraría la molestia de despedirlo, aunque no entiendo que le vio a esa malnacida.

— Jo… Ya veo. En ese caso, en cuanto llegue el personal de vacaciones, haremos el despido formal y les pagaremos honorarios.

— ¿Eso no costará mucho dinero?

— Je… — Kagura sonrió maliciosa y acercó su rostro a Sougo — Con todo el dinero que le robamos a esos bastardos, nos sobra para pagarles a nuestros empleados. Especialmente con la millonada que dejó el hijo de los Sakamoto.

Sougo le sonrió con esa sonrisa tan hermosa que tenía y besó los labios de su amada.

— ¿Resultará? – inquirió un poco preocupado.

— A tu lado, creo que podría tocar la cima, Sougo.

Sellaron aquel trato en otro beso un poco más duradero y lleno de alegría.

Arreglaron sus ropas y se vistieron antes de que el frío calara nuevamente sus cuerpos y se dispusieron a manejar hasta casa. Una ducha los esperaba y ¿quién sabe? Puede que Kagura al fin le dé la posibilidad a Sougo de bañarse con ella.

25 de marzo de 1953.

El sonido de una champagne destapándose sonaba alegremente en la sala de eventos de la mansión Sakata seguido de un montón de aplausos provenientes de proveedores de la empresa Sakata y familiares y amigos de Kagura.

— ¡Felicidades por lograr todo esto en un periodo tan corto de tiempo, Señora Okita! — le decía uno de los compradores más importantes de Juguetes Okita Sakata. La bermellón ya había anunciado abiertamente que se había casado nuevamente y con su empleado ¿Que hable la gente? ¡Que hable la gente! A ella no le importaban las clases sociales y estaba feliz de finalmente expresar delante de todo el mundo el gran amor que sentía por el castaño.

Por otro lado, Sougo también estaba feliz. Finalmente podía compartir con el hijo de Gin y criarlo como su tutor lo había hecho. ¡El niño se veía demasiado contento con los juegos que su nuevo tutor le ofrecía!

— Sougo, cariño — le llamó la atención su esposa mientras llegaba con un hombre de buen porte, de unos 60 años y de rostro muy alegre — Te presento a Edward Kingston, es el hombre que exporta nuestros juguetes a Estados Unidos.

— ¡Oh! — Sougo se levantó del suelo en donde yacía jugando con su hijo adoptivo e hizo una leve reverencia ante el curioso invitado — Un gusto señor Kingston. Mi nombre es Sougo Okita.

— La señora Okita me ha hablado mucho de usted. Me dijo que usted le dio la idea de transformar la empresa armamentista en una fábrica de juguetes. Realmente quiero felicitarlo por su idea tan fructífera.

— Oh no, muchas gracias — decía con modestia — La verdad, sin mi esposa, esa idea hubiera quedado en la nada. Ella es una mujer muy hábil con los negocios y la administración de empresas.

— Ni que lo diga. Fíjese que en un mes alcanzó liderar las ventas de juguetes en Estados Unidos, realmente son personas muy hábiles.

— Muchas gracias. — dijo la bermellón cortésmente a la vez que daba una leve reverencia.

— ¡Oh! Discúlpenme, iré a la barra de comidas un momento. Esos aperitivos se ven deliciosos. — les decía Kingston con las mejillas completamente sonrojadas de felicidad y moviendo los dedos con gracia. Simplemente tenía la apariencia de un gordo bonachón.

— Adelante — le dijeron la pareja al unísono, un poco divertidos por la actitud de su invitado.

Kagura miraba desde aquel lugar la cantidad de invitados que habían, el cómo esa sala volvía a llenarse como en el día de su cumpleaños, pero ahora sin secretos, sin preocupaciones y con su esposo presentado como tal. Sin embargo, un aire nostálgico pasaba por sus ojos.

— ¿Qué ocurre, Kagura?

— Aún no puedo creer que el viejo Gengai se haya ido.

Debido a su enfermedad y a su vejez, Gengai había fallecido a los días después de haber transformado la empresa. Sin lugar a dudas era una instancia triste, pero los dos enamorados pensaron que ahora estaría en un mejor lugar. Había sufrido mucho en sus últimos días de vida.

— ¡Kagura! — Escuchó decir a lo lejos haciendo que la chica tomara atención — Por fin puedo saludarte. Hace mucho no nos veíamos. ¿Cómo está el pequeño Gin?

— Hola, Soyo — Le saludó alegremente con un abrazo — Gin está bien, y por lo visto… — Miró su estómago y le sonrió — Al parecer también debo preguntar cómo está ese pequeño Shinpachi o esa pequeña Soyo.

— Te iba a contar. ¿Por qué te adelantas? — le decía sonriendo y esperando a que Shinpachi llegara a su lado.

— Muchas felicidades por su bebé.

— No sabía que algún día sería padre, Señor Shimura — dijo el castaño un poco socarrón.

Simplemente, el chico de gafas se veía tan centrado en su trabajo que nunca pensó que un día podría llegar a formar una familia con alguna chica.

— Señor Okita, por favor. No soy una calculadora viviente, ja, ja. ¿Y ustedes? — Shinpachi dejó de sonreír en cuando vio, en los rostros de sus amigos, que había tocado un punto delicado. — Lo siento mucho…

— No, está bien. No lo sabías, Shinpachi. Ciertamente nosotros tampoco lo sabíamos con certeza.

— Al parecer Kagura no puede tener hijos — terminó por decir el castaño. — Se deduce que es hereditario.

— Mamá me dijo una vez que le costó mucho tenernos a Kamui y a mí. Además, está el asunto de que Soyo tuvo complicaciones cuando se embarazó de Kamui…

— Realmente lo sentimos mucho… — decía Soyo bastante preocupada.

— No te preocupes — le contestó Kagura con un felicidad y completamente satisfecha. — Tenemos a Gin.

— Este muchacho es una completa bendición para nosotros — decía Sougo a la vez que tomaba al pequeño peliplateado y lo dejaba en sus hombros. — Nos cambió por completo la vida y nos hizo ver más allá de nuestros ojos. ¿No es así, pequeño Gin?

— ¡Sí! — decía feliz y con entusiasmo — Papi Sougo y Mami Kagura son muy divertidos y puedo probar toooodos los juguetes de la empresa.

— Es nuestro principal testador a la hora de probar juguetes. Y también nos ayuda mucho a tener más ideas para la empresa. — afirmaba la bermellón mientras acariciaba la mejilla de su hijo adoptivo.

La fiesta de celebración por alcanzar la cima en ventas seguía su curso. Todo era bastante alegre. Los brindis no paraban, la comida era deliciosa y el licor una maravilla.

En ese entonces, entre tanto jadeo y felicidad, la puerta sonó.

Dos golpes, concisos y duros. Tan fuertes que se escuchaban hasta la sala de eventos.

Sougo dejó al niño en el suelo y se dirigió a abrir la puerta.

"¿Más invitados?" Pensó.

Se paró frente a ella y la abrió con una sonrisa en la cara… Sonrisa que se vería desvanecida en el mismo instante en el que esos carmines ojos chocaron con los azules del allegado.

— Buenas noches, Sougo.

— Hijikata…


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