Capítulo 39
Miedo
—¡Vaya Azul, es maravilloso! —proclamó Ereshkigal, juntando las palmas de sus manos con una animosidad extraña para la reina de las tinieblas.
Enkidu logró que una llovizna agradable cubriera Kur y las plantas casi muertas agradecían en golpeteo suave en sus hojas resecas. Enkidu alzó su rostro hacia los cielos, manteniendo los ojos cerrados y dejando que las gotas se deslizaran por su rostro, conforme sus ropas se humedecían. Lirio corría por las escaleras del palacio de Kur, riendo como la pequeña niña que era, completamente llena de vida, cosa irónica dada su condición.
Enkidu se permitió sonreír. Hace mucho no se sentía tan bien. Recordaba que cuando su espíritu experimentaba una emoción fuerte, la lluvia y los rayos se apropiaban de los cielos; tantas veces en las que se encontraba íntimamente con Gilgamesh, la lluvia ocultó sus suspiros sugerentes del oído de los demás, resguardando el secreto de ambos como un manto impenetrable, sellado como una bóveda increíblemente valiosa. Abrió los ojos conforme un suspiro abandonaba sus labios y se volteó a ver a Ereshkigal.
—¿Ves? Es fácil hacer de Kur un lugar mejor. Las plantas crecerán y las calles se llenarán de…
—¿De vida? —interrumpió Ereshkigal con una enorme sonrisa en el rostro— ¡Já! Quisiera verlo.
Una risita aguda se escuchó a través de la reverberación de las paredes de piedra y luego fue acallada por un rayo que cruzó su reino de punta a punta. A pesar de que Kur se encontraba dentro de una especie de montaña que descendía al inframundo, las nubes contestaron la llamada de Enkidu y se materializaron a la orden de su amo.
El cabello corto de Enkidu estilaba ya empapado de aquella lluvia esperanzadora. Llevó las manos a la nuca para estilarlo, extrañando lo largo que eran antes. Tentó por su pecho y un deseo inminente le invadió.
A pesar de que Lirio corría cerca de él, se desnudó, mostrando su cuerpo andrógeno sin vergüenza alguna. Se sentó en los escalones y Ereshkigal fue tras él.
—¿Te gusta estar así? Puedes permanecer desnudo dentro de tu jaula, no te lo negaré.
—Sí—contestó Enkidu, apartando los mechones que caían por sus ojos—, siempre me gustó estar desnudo, lo estuve gran parte de mi vida. Me llevó tiempo adecuarme a la ropa y los lujos, pero he de decir que los extraño.
—La comodidad es parte de los lujos—indicó Ereshkigal, señalando sus propias joyas—, pero si te hace sentir cómodo estar desnudo, te daré el lujo de estarlo. En mi palacio no falta nada, quiero que hagas de este lugar tu hogar.
Enkidu giró la cabeza para enfrentar a la diosa: su cabello rubio era precioso, el rubí de sus ojos contrastaba con la piel blanca.
Pensó en Gilgamesh, era obvio que estaba emparentado con los dioses.
Ereshkigal le pareció bonita a pesar de su parecido con Ishtar. La amabilidad e inocencia de sus actos la convertían en una mujer adorable. Nadie creería que esa joven desterrada de los dioses, condenada a reinar un lugar lúgubre y desesperanzador era realmente una persona animada, de corazón noble y de sinceros sentimientos.
Llevaba al menos seis meses muerto. Él sabía que Gilgamesh se encontraba en una aventura por sí mismo, muy lejos de Uruk, lo que preocupó a Enkidu ya que el reino quedaba despojado de un mandatario que guiara el concilio de sabios, sin embargo, nada podía hacer desde Kur, ni tampoco tenía el deber.
Aunque Enkidu se juró que sólo tuvo un amigo en la vida, terminó creando una amistad con Ereshkigal y Lirio. Sentía mucho respeto por la diosa y agradecía cada día que transcurría su amabilidad. A veces la acompañaba a vagar por las calles de Kur, mirando los puestos vacíos de mercaderes, las plazas sin odaliscas, los niños desprovistos de la alegría inocente de la juventud. Enkidu se sentaba a oír lo que las almas en pena tenían que decir y se percató que aquello aliviaba sus pesares, cosa que Ereshkigal supo que podría ayudar a iluminar su tenebroso reino: si las personas hablaran unas con otras, podrían despojar a Kur del aura depresiva que se apropiaba de sus rincones y hacer de la muerte una estadía agradable, donde rememorar los mejores recuerdos de la vida, donde perdonar y agradecer, para decidir en su momento arrojarse al mar del olvido y descansar en paz.
Un día, donde Enkidu dormitaba dentro de su jaula, tapado en exquisitas mantas, Ereshkigal llamó a su puerta.
—Enkidu—susurró, apretando los barrotes. Se agachó a nivel del suelo y miró como Enkidu se giraba bostezando—, te necesito.
—¿Qué ocurre?
Ereshkigal no contestó. Su rostro sombrío fue suficiente como para que Enkidu se incorporara y mirara a la diosa algo preocupado. Ereshkigal abrió la puerta y se abalanzó hacia Enkidu, abrazándolo con fuerzas. Enkidu quedó estupefacto, sin saber como reaccionar ante la situación. Alzó los brazos torpemente y correspondió el abrazo algo incómodo. Ereshkigal lloraba en su pecho desconsoladamente, balbuceando palabras ininteligibles.
—No te entiendo, ¿Qué ocurre? —preguntó Enkidu, alzando el rostro de Ereshkigal, apoyando el pulgar en su mentón.
—Lirio—susurró ahogada—, se ha arrojado al mar.
Enkidu abrió los ojos conforme lo oía de Ereshkigal.
La diosa llevó las manos a su rostro y gimoteó con un hipido algo infantil. Intentaba apartarse el cabello varias veces y sólo lograba que este cayera sobre su rostro una y otra vez. Enkidu alzó la mano para ayudarle y ella descubrió su rostro.
—¿Por qué lo ha hecho? He sido mala amiga, quizás debí ser una madre más que una amiga, ¡Lo he hecho mal!
Ereshkigal limpiaba sus lágrimas constantemente. Sus dedos blancos se humedecieron rápidamente y sus pestañas áureas se apegaron unas a otras. Enkidu tomó con delicadeza uno de los brazos de Ereshkigal y la sacó fuera de la jaula. Caminaron un trecho sólo roto por el sollozo de la reina. Llegado un momento, Ereshkigal no pudo continuar y se sentó en el suelo. Enkidu se agachó a su nivel y colocó las manos sobre sus propias rodillas, sin saber que decir.
Ereshkigal de un momento a otro abrió los ojos de par en par y los posó con fiereza sobre Enkidu.
—No te vayas de mi lado—dijo Ereshkigal—, no puedo vivir sola, me aterra, me da miedo quedarme sin nadie a mi lado.
Enkidu meditó aquellas palabras y sonrió tristemente. Recordó a Gilgamesh con ello: sabía que su miedo era el mismo, quedarse solo.
—Es el miedo de muchos, Eresh—Enkidu se sentó cruzando sus piernas, acomodando sus pantalones—. Algún día tendrá que pasar.
—No—masculló Ereshkigal, dejando que una pesada lágrima descendiera hasta el suelo pulido—, no lo voy a permitir. Te quedarás conmigo para siempre te guste o no.
Enkidu quedó perplejo.
Quizás por eso Lirio se arrojó al mar: seguramente antes de la llegada de Enkidu, Lirio fue amenazada indirectamente por Ereshkigal y aprovechó que ahora eran dos quienes la acompañaban para por fin descansar en paz. Enkidu tragó con dificultad y se alejó con prudencia de Ereshkigal.
—No me iré de tu lado por ahora. En algún momento lo haré, pero cuando estés lista. cuando ya no me necesites. Me iré cuando ya nadie me necesite—dijo, intentando calmar la situación.
—Yo siempre te necesitaré así que estarás aquí, en tu jaula, día tras día, a mi lado—gimoteó Ereshkigal, ahogada, levantando un dedo amenazador que tiritaba producto de sus espasmos.
Enkidu quedó genuinamente sombrío. Prefirió prestar atención a un tragaluz cubierto de plantas parásitas para luego soltar un suspiro.
—No estás sola, tienes ciento de almas a tu lado.
—¡No! —gritó Ereshkigal, tomando una de las muñecas de Enkidu—, nadie es como Lirio, nadie es como tú.
—Pero Ereshk…
—¡Odio este reino! ¡Odio mi labor!, quisiera ver el sol, ver las flores de rubíes y esmeraldas del jardín de los dioses. Quisiera caminar por pastos tiernos, beber agua fresca de vertientes alimentadas por la lluvia. ¡Odio ver el último destino de todas las almas que pisan este desdichado lugar!
—Ereshkigal, alguien debe tener esta labor.
—¡Pero no quiero ser esa persona!
Los ojos enrojecidos de Ereshkigal combinaban lamentablemente con sus iris. Se limpió sus lágrimas con sus pequeñas manos de mujer y se arrodilló. Enkidu hizo lo mismo y se mantuvo en silencio.
—No me abandones Enkidu—susurró Ereshkigal—, si te vas, me sumiré en dolor y vagaré como un alma más.
Ereshkigal alzó la mano para acariciar el sedoso cabello de Enkidu. El desliz de sus dedos llegó a su mandíbula y terminó por rozar delicadamente sus labios. Ereshkigal pestañeó con lentitud y unas últimas lágrimas cayeron sobre su regazo.
Enkidu sonrió de medio lado con una congoja casi tangible.
—Eso que sientes tú es lo que siento yo. Abandoné, traicioné y nada puede curar ese dolor. Así es la muerte, la ingratitud a la vida, a todas las promesas que hicimos, a nuestros propios secretos y sueños. La muerte no es más que el recuerdo de que no somos nada.
Ereshkigal se abrazó a sí misma, como si sintiera frío. Su expresión de desesperanza le daba un aire depresivo, combinando con el lugar perfectamente.
—Enkidu…—musitó Ereshkigal— Me gustaría que algo sucediera.
—¿Qué cosa?
La diosa fue los brazos de Enkidu y se acunó entre ellos. Sus manos se aferraron de las ropas sencillas y encogió las piernas.
—Me gustaría ser querida. Ser tan bonita y atrayente como Ishtar, ser la reina del paraíso como ella. Nadie ha pensado en mí, me han desprovisto de mi belleza, de mi amor por la vida. No quiero odiar ni envidiar a Ishtar, pero conforme pasan los días mi corazón se contamina con esos sentimientos.
Enkidu cerró los ojos soltando un suspiro. También era su deseo, pero jamás fue concedido. Acarició el cabello de Ereshkigal distraído, pensando en lo que reverberaba en su mente cuando decidió contestarle:
—Yo no puedo cumplir tu deseo, Eresh—dijo Enkidu, hablando con suavidad—, debería vagar por las calles de Kur lamentando mi destino. No puedo nombrarte reina del paraíso, pero puedes ser reina de Kur. Depende de ti convertir en este lugar en lo que te gustaría que fuese. Yo puedo ayudarte con ello, conocí el paraíso antes de ser arrojado a la tierra y las flores de Kur son tan hermosas como las de Ishtar.
—Gilgamesh no supo jamás lo que tuvo en su momento—Ereshkigal se incorporó ya serena, con las nubes de tormentas cargadas en sus ojos—, él es un idiota y te perdió sin develar lo que él mismo se negó hasta el final.
—Gilgamesh no tenía nada que decir—le recordó Enkidu.
—Era mentira. Tú también eres un idiota. Ambos fueron destinados a conocerse y acabar con el otro y así fue, él te rompió y tú a él. Ahora los dos sangran todas sus penas.
Enkidu transformó su inanimada expresión lentamente: parecía irónicamente molesto, como si hubiese aprendido aquella faceta arrogante de Gilgamesh. Tal como el rey lo haría, bufó engreído y su mortal seriedad se apropió de sus ojos.
—Gilgamesh nunca se rompería porque siempre me dijo la verdad.
—¡Cállate Enkidu! —gritó Ereshkigal—, tú viviste lo que soñé toda mi vida.
—Era una mentira—dijo tajantemente.
—Era la mentira más hermosa y real que he visto.
Ereshkigal se incorporó para salir de su palacio en tinieblas. Se volteó una última vez y murmuró con tristeza:
—Si tan sólo Gilgamesh hubiese dejado su orgullo de lado, tendrías tu corazón intacto.
—No, eso no es cierto—contestó Enkidu—, Ishtar se hubiese enfurecido más aún, todo hubiese sido peor. Está bien así, jamás sabré si era verdad, al menos que Gilgamesh en persona me lo diga.
—Creí que leías los actos de él mejor que las palabras—continuó Ereshkigal, apoyada en el borde de la puerta—, él no habla, él expresa.
Enkidu meditó un momento y finalmente dictaminó:
—Lo único seguro que tenía era un corazón y un alma, rotos.
Enkidu consideró seriamente arrojarse al mar del olvido, pero los ojos de piedad de Ereshkigal le hicieron retractarse de la idea. Ya estaba harto de todo, quería descansar, aunque Gilgamesh le necesitara.
Quedó a solas en el silencio quejumbroso del palacio. Decidió vagar por Kur, a ver si encontraba algo de interés con lo qué distraerse: flores, personas, rocas, lo que fuera.
Caminó y sus pasos rebotaban en las paredes, produciendo un sonido seco. Elevó su cabeza hacia el cielo y suspiró, pensando en cómo sobreponerse al aburrimiento. Finalmente, se fue hacia el pórtico y cuando estuvo a punto de atravesarlo, Ereshkigal le miró desde los escalones con una furia increíble.
—¿A dónde crees que vas? —pregunto con ponzoña en su voz, levantándose.
Su mirada era lejana a la amable y dulce que siempre mostraba, su postura tensa manifestaba adversidad, como si se prepara para pelear. Enkidu se encogió de hombros y habló con suavidad:
—Pensaba pasear un momento, me asfixio en este lugar.
Ereshkigal se detuvo en seco y abrió los ojos sutilmente.
—¿No te es suficiente con todas las comodidades que puedo darte? ¿Qué más quieres?, Eres insaciable.
Enkidu, con su ya habitual expresión inanimada, titubeó ladeando la cabeza de un lado a otro y finalmente le contestó:
—No malinterprete mis actos. Sólo saldré a merodear, nada extraño.
Dicho esto, Enkidu comenzó a bajar las escalinatas, pero Ereshkigal le detuvo por el brazo.
—No irás a ningún lado, Azul. Lo siento mucho.
—No me arrojaré al mar, descuida. Sólo iré a pasear.
Ereshkigal cerró levemente los ojos y le soltó.
Enkidu bajó las escaleras y se perdió entre las calles y casas.
—Ven, lacayo espectral—vociferó bajo Ereshkigal.
Un fantasma apagado, como si se le hubiese quitado el alma, apareció a un lado de la diosa y alzó la cabeza, lánguido.
—Mi señora—contestó la aparición, sosteniendo una lanza.
—Sigue a Enkidu y si hace algo extraño, tú y tu armada deben atacarlo. Yo iré a tu llamado.
—Entendido—el fantasma colocó una mano en el pecho en señal de devoción y se esfumó como una vaporosa ilusión.
Enkidu caminaba por las calles desiertas de Kur, mirando un punto fijo, como un zombi. Apartó el cabello del rostro y miró la palma de sus manos, recorriendo las líneas hasta sus dedos. Suspiró y continuó con la caminata.
Se agachó para recoger una flor y llevarla a su nariz. Olía suave, como un perfume barato, pero era agradable y fresco. La colocó entre sus cabellos y continuó con su marcha.
Doblando por una esquina, se encontró con una mujer sosteniéndose el vientre. Lloraba desconsoladamente y los hipidos alzaban su pecho en espasmos. Enkidu, algo cansado de las escenas de ese tipo, se mentalizó para ir a su lado y asistirla.
—¿Qué ocurre? —preguntó, sentándose y quitando la flor de su cabello.
—Me he alejado de mi bebé, he muerto apenas nació—dijo entre sollozos la mujer, limpiando sus lágrimas.
Enkidu no cambió su expresión. La frialdad se apropió de él hace mucho, cuando la deprimente aura de Kur comenzó a cubrir su corazón de hielo. Entregó la flor a la mujer y se levantó del lugar.
—Lamento tu muerte—dijo, colocándose frente a la mujer—, sin embargo, era tu destino descender al inframundo.
La mujer levantó la cabeza y se sorprendió al ver a Enkidu.
—Eres muy extraño—musitó, intentando no se grosera—, qué cabello más colorido, vistes de blanco, eres como una aparición.
—Soy un fantasma como tú, nada particular—contestó Enkidu. La brisa despeinó su cabello y ocultó sus ojos—. Un muerto más.
—¿Estará bien mi bebé? —dijo la mujer, mirando con piedad a Enkidu.
—Esa respuesta no puedo dártela yo. Lo único seguro es que algún día vendrá a Kur.
La mujer no parecía más tranquila luego de oír aquello.
Enkidu dio media vuelta y continuó su marcha sin sentido. Pisoteó las rocas con sus pies descalzos, y vio, bajo el camino pavimentado, las puertas del inframundo. Caminó con seguridad hasta que se detuvo, al ver un trozo de tela flameando con el viento. Sus dedos la recogieron y acarició la superficie. Era suave, tan fina.
—Gil…—susurró Enkidu.
Abandonó el trapo a un costado del camino y dio media vuelta.
—Sé que estás ahí—habló alto—. No necesitas esconderte.
Nadie contestó.
Enkidu sabía que alguien le perseguía. Su percepción del entorno era tan aguda que captaba las almas moviéndose a su alrededor. Sabía que la entidad tenía una energía suficiente como para darle batalla un buen tiempo. Una gota de sudor rodó por su frente y tragó, preparándose para lo que ocurría.
Levantó una mano e hizo aparecer sus cadenas. La disparó hacia el espacio donde sentía la energía y esta surgió al agarrar la cadena con fuerzas. Enkidu sonrió, satisfecho de su descubrimiento e hizo desaparecer los eslabones en el polvillo dorado característico. La presencia flotó y apartó las manos. Un sinfín de esqueletos espectrales emergieron de la tierra, portando lanzas y espadas y se precipitaron sobre Enkidu.
Enkidu rápidamente materializó su propia lanza y de varios portales dispuestos a su alrededor, las cadenas surgieron a una velocidad vertiginosa hacia los fantasmas. Varios de ellos desaparecieron, no obstante, el ejército fantasmagórico era tan vasto que los esqueletos llegaron a las piernas de Enkidu y posteriormente a sus caderas y su torso, sus manos y brazos, hasta comenzar a hundirlo en un mar de huesos. Enkidu levantó la mano pidiendo auxilio, pero nadie concurrió a su lado. Aunó fuerzas para expandirla a través de su cuerpo y liberarse, pero una pesada cadena de un material extrañísimo se enroscó alrededor de su cuello y fue tensada. Entre calaveras y fémures, la cadena le ahorcaba y finalmente decidió rendirse; no tenía ganas de pelear.
—Enkidu—dijo Ereshkigal, apareciéndose—. Tendré que obligarte a ir a mi lado. Tal como tu ataste a Gilgamesh, yo te ataré a mí y así sabré en cada momento dónde estás, qué es lo que haces y qué es lo que planeas.
Ereshkigal lo miraba desde su altura con arrogancia, mezclada con un poder insospechado: toda esa aura de diosa del inframundo escapaba de su cuerpo.
Con un movimiento de su mano, el tumulto de esqueletos desapareció y Enkidu cayó al suelo.
—Ereshkigal—Enkidu intentó liberarse de la cadena y un grillete de oro se constituyó en su cuello—, no quiero irme, déjame libre.
—Esto es producto de tus actos.
—¡¿Qué actos?! —gritó Enkidu, arrodillado—¡No he hecho nada!
—Sé que planeas huir, como Lirio. No lo permitiré.
—Eres paranoica.
Enkidu estaba agitado. Vio que metros más allá, la mujer del parto mortal observaba con una mano en su boca, horrorizada de lo que acababa de ver. Dio unos pasos atrás y salió arrancando calle arriba.
Después de unos instantes, Ereshkigal suspiró y se acercó donde Enkidu para ofrecerle una mano. Enkidu desistió y se paró por sus propios medios.
—No eres una amiga—sentenció Enkidu, con la voz más grave de lo usual—, eres una obsesiva. Todos los dioses se burlan de mí, todos no hacen más que divertirse a mi costa. Un día los maldeciré a todos.
Ereshkigal descendió la mirada y acarició su brazo. La cadena desapareció y habló con suavidad:
—Vuelve al palacio Azul.
—No quiero. Me quedaré vagando por Kur como todos.
—No. Vuelve al palacio.
Enkidu perforó los ojos de Ereshkigal con los propios y en ese momento la aborreció, pero tan rápido como lo pensó, sus malos sentimientos se disolvieron en su mente. Negó con suavidad y dejó caer sus brazos, derrotado.
—No puedo sentir rabia. Es más, siento lástima por ti. Desolada, triste y abandonada. Siempre he dicho que puedo ser utilizado y tú me estás utilizando para no quedarte a solas.
—Más que eso. Gilgamesh aún te necesita.
Enkidu comenzó a caminar con dirección al palacio, completamente arruinado.
—Es cierto—murmuró, apartando su cabello—, pero me esta dejando de importar. Es más, comienzo a olvidar.
Ereshkigal abrió los ojos con sutileza y negó suavemente.
—No es cierto, lo recuerdas día a día.
"Vuelve al palacio. Estoy muy triste y necesito tu compañía.
Enkidu asintió sin realmente quererlo y caminaron hasta el palacio en un mortal silencio.
En la cena, el silencio continuaba separando a Ereshkigal de Enkidu. Este último miraba un trozo de cordero fijamente sin realmente desearlo. Era tan espeluznante la visión, que parecía que estuviese hechizado.
—Come—ordenó Ereshkigal, ofreciendo los dulces de dátil que tanto amaba Enkidu.
Enkidu no se movió ni un centímetro, sólo se limitó a pestañear con sopor.
Ereshkigal se apenó. Al parecer su paranoia no hizo más que romper la relación que le costó forjar con Enkidu. Dejó su comida de lado y se levantó de su puesto. Enkidu no le siguió, se quedó estático, con la espalda algo encorvada y las manos sobre el regazo.
Ereshkigal resolvió materializar la cadena y tirar de ella con suavidad. Enkidu reaccionó y se incorporó, echándole una última ojeada a la carne de cordero. Se volteó a ver a Ereshkigal y murmuró:
—No es necesario que me trates como un perro—Enkidu miró sus pies y luego continuó: —. Ya sé lo que planeas hacer conmigo. Ya sé que mi jaula está vigilada, ya lo sé todo, pero no por ello me rendiré. Lamento mucho tener que pasear vigilado por tu palacio y que nuestra amistad se tensara, sin embargo, seguiré a tu lado y te apoyaré. No planeo hacer nada en tu contra, ni mucho menos dañarte. Sólo ten en claro que mis fuerzas no son eternas.
Ereshkigal quedó perpleja. Pensó que Enkidu le daría la guerra o que la traicionaría y obtuvo todo lo contrario. Desvaneció la cadena y agachó la cabeza.
—Perdóname.
Enkidu asintió sin realmente desearlo y siguió a Ereshkigal por los pasillos hasta que finalmente fue conducido hasta su jaula y encerrado en ella, con un montón de espectros vigilándolo como si fuese una bóveda valiosa.
Ereshkigal le vio entre los barrotes y curvó las cejas. Enkidu se limitó a desnudarse y a cubrirse con las mantas. A su alrededor había tablillas de arcilla con garabatos y dibujos, pero en ese momento sólo deseaba dormir.
—Juro que es por tu bien.
—No—susurró Enkidu, volteándose para descansar—. Esto es tu egoísmo y nada más. No importa, dormiré por hoy. Mañana estaré mejor.
Ereshkigal enroscó sus dedos en los barrotes y apoyó la frente en ellos. Luego, se alejó con cuidado y de pronto tropezó y cayó de espaldas. Los espectros no se movieron al ver su reina desplomarse y Enkidu se giró sin levantarse. Ereshkigal enrojeció de vergüenza y se paró rápidamente, para salir corriendo de aquel lugar.
Enkidu soltó una sonrisa pequeña. Ereshkigal no era realmente mala.
Resolvió cerrar los ojos y dormirse.
Al día siguiente, los recuerdos se le agolparon en la mente. Restregó sus ojos y los abrió, dejando que la tenue luz llegara a ellos. La jaula seguía vigilada por los espectros y no parecían querer bajar la guardia. Dejó caer la cabeza en la almohada y ocultó sus ojos tras su antebrazo. Seguramente se volvería a dormir, ya no quería saber nada del mundo. Dormir era su estado de paz, donde no era nadie y nadie le molestaba.
Respiró con calma, llamando al sueño nuevamente. Colocó una mano sobre su abdomen desnudo y descendió hasta su entrepierna. Miró de reojo a los guardias y aprovechó de explorarse.
Sonrió.
De pronto se sintió dichoso. A pesar de que le causaba cierta incomodidad, ahora no debía encapsularse en un rol, simplemente era él (o ella o nada en particular). No necesitaba pensar más en eso.
Una preocupación menos.
—Enkidu, es hora de desayunar—dijo Ereshkigal, con su usual voz colmada de alegría—. Hoy en la mesa está el desayuno favorito de Lirio, para rememorarla ante de que su recuerdo desaparezca.
Cuando alguien se arrojaba al mar del olvido, al poco tiempo después las personas con las que se relacionaron comienzan a perder los recuerdos hasta que un día ya no existe en sus mentes. Pocas veces sucedía que las personas recordaban un ser querido muerto y eso ocurría sólo por horas para luego disolver el pensamiento en sus asuntos de vivos.
—No quiero desayunar—contestó Enkidu, acomodándose entre sus mantas—, me dormiré de nuevo.
Ereshkigal con algo de inocencia, pateó el suelo y apuñó las manos.
—Vamos a desayunar, no te encierres en tu jaula.
Enkidu bufó y cerró los ojos.
—Entonces, ¿Para qué me tienes vigilado? Me quedaré encerrado.
Ereshkigal levantó su mano y la pesada cadena se creó hasta llegar a Enkidu. Tiró de ella con suavidad y Enkidu no tuvo más remedio que moverse.
—Por favor—rogó Ereshkigal, desvaneciendo la atadura.
Enkidu suspiró y tomó su túnica del suelo para colocársela y ponerse de pie.
Ereshkigal sonrió de felicidad y apartó con algo de brutalidad a los guardias para llegar a la puerta y abrir el candado. Enkidu salió de su jaula como un espectro y miró con sopor a Ereshkigal.
Llegados al comedor, la actitud de Enkidu no cambió, pero Ereshkigal parecía feliz. Comía animada y cerraba los ojos de pura alegría.
De pronto dejó el alimento de lado y una sombra cruzó por su rostro.
—Lirio—susurró, ya seria—. Ya pronto te olvidaré. El olvido es el verdadero descanso.
Enkidu estrechó los ojos y no intervino.
—Iré a dormir—musitó Enkidu cuando Ereshkigal terminó de comer.
Se levantó de su lugar, sin embargo, Ereshkigal fue más rápida.
—Vamos al jardín a plantar más flores.
—Dormiré.
—Vamos al bosque por bayas.
—Voy a dormir.
—Recorramos la biblioteca.
—No.
Ereshkigal se quedó sin ideas. Sus manos se encontraban cerca de su pecho y sus cejas denotaban tristeza.
—Azul por favor no me dejes sola, lo estás haciendo a propósito.
—Quizás.
Ereshkigal descendió la cabeza y apretó los dientes de frustración.
—Sólo quiero tener un amigo, quiero compartir con alguien, quiero una compañía. No puedo darte nada más de este infértil reino. Dime por qué me tratas así.
—Porque me privas de lo que algún día desearé.
Ereshkigal frunció los labios y con un gesto de la mano, como si apartara el aire, desafió a Enkidu.
—¿Por qué te importa tanto? ¡Yo sólo quiero que permanezcas hasta que Gilgamesh venga a Kur!
Enkidu no reaccionó ante las palabras de la diosa. Pestañeó un par de veces y se volteó.
—Para entonces, Gilgamesh no me importará y yo no le importaré.
Ereshkigal inició una pataleta infantil.
Corrió frente a Enkidu e hizo aparecer su espada de forma extraña, la empuñó hacia Enkidu y con los ojos ardiendo en rabia, gritó:
—¡Me cansa tu prepotencia! Creí que eras mas dócil y amable, ¡Sólo te quejas y desobedeces! ¡Ahora entiendo por qué ocurrió todo lo que ocurrió!
Enkidu miró el arma y luego a Ereshkigal.
—No me intimidas.
—¡Yo hago todo por tu bien!
—No te creo—contestó Enkidu, inanimado—. No puedo creerle a ningún dios. Eres mi amiga, sí, pero eso no garantiza que tenga que creer en tus palabras.
Ereshkigal quedó anonadada. Dejó caer su espada y esta se esfumó antes de tocar el suelo. Cerró los ojos con prepotencia y dio media vuelta.
—Vete a tu jaula, Azul—dijo, caminando a la salida del comedor—. No estoy de humor para perdonarte.
—Agradezco de todas formas que quieras que permanezca hasta la muerte de Gilgamesh—alzó la voz Enkidu, siguiéndola—, pero nada de eso me asegura que no sea motivo de diversión para ti.
—¿Por qué dudas de mí? —murmuró Ereshkigal.
El parecido físico de la diosa con Ishtar era casi perturbador. Ereshkigal miró a Enkidu por sobre el hombro para luego mostrar su nuca.
—Siempre le temí a los dioses—dijo, acariciando su antebrazo—, no puedo confiar en ellos… ni en ti.
—Entonces no somos amigos—dijo Ereshkigal con tristeza.
—Si así lo crees, está bien.
Ereshkigal volvió a enfrentar a Enkidu y su rostro se desfiguró.
—¡¿Cómo que está bien para ti?! —gritó, caminando con determinación hacia Enkidu.
Una vez que llegó a su lado, lo empujó y alzó la mano para golpearlo, cuando Enkidu le detuvo. Ereshkigal forcejeó con Enkidu hasta que logró soltarse. Su espada volvió a materializarse y la enterró en el suelo.
—Ya basta—vociferó Ereshkigal—. Vete a tu jaula.
Enkidu no dijo nada, sólo se limitó a obedecer. Antes de abandonar el comedor, dijo unas últimas palabras:
—Pronto las cosas volverán a ser como antes, pero dame el tiempo de asumir mi castigo.
—¡No es un castigo! ¡Volverás a ver a Gilgamesh!
—Él no pisará Kur jamás. Conozco el tipo de persona que es. Sé de lo que es capaz.
Enkidu dejó a solas a Ereshkigal y ella se sentó en una silla.
—Eres más difícil de engañar de lo que pensé—dijo para sí misma.
Ereshkigal arregló su vestido, dejó su espada de lado y se levantó de su lugar, para pasear por la tierra de los hombres y llevarse unas cuantas almas por su cuenta, sólo por diversión.
