Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO IX

Partieron, pues, para el campo de las Tres Minas el Príncipe, Candy y Elroy. Apenas se alejaron de las amenas vertientes y cercanías del monte de la Mirra apareció el desierto árido y estéril; el camino era fragoso y difícil en demasía; sin embargo, Candy y su compañera apenas se apercibían de ello; tal era el cuidado y esmero que el Príncipe ponía en aliviarlas y hacerlo más suave y llevadero: evitaba los pasos más difíciles por medio de algunos rodeos; cuando las veía fatigadas hacían alto y les formaba sombra con su propio manto. En fin, no omitía trabajo ni fatiga tratándose de procurarles algún descanso.

Elroy comparaba este camino con los que anduvo en compañía de Candy al servicio de Terrence y Eliza, en donde, bien al revés de ahora, todo el descanso era para los amos y todo el trabajo para ellas. Candy vivía absorta contemplando las finezas y ternura de que era objeto. En esto llegaron al campo de las Tres Minas. Presentóse el Príncipe como enviado del Rey, y fue recibido con grande júbilo por aquellos fieles servidores, los cuales tuvieron también a grande honor saludar y ofrecer sus servicios a la Princesa de las Luces. Les enseñaron las diferentes oficinas en que trabajaban: en una parte separaban el metal de la piedra, en otra la purificaban, y finalmente, en otra sellaban la moneda poniéndole la imagen del Rey de las Luces; en el lugar correspondiente había gran multitud de piedras preciosas, que eran trabajadas por diestros lapidarios, bellísimas y de sin par valor. Admirada quedó Candy viendo tanta riqueza; también llamó su atención la actividad de los trabajadores y la sumisión con que sufrían la rudeza de sus faenas, y se detuvo con gran complacencia en la oficina en que trabajaban las piedras preciosas. Allí vio cómo con unos delicados instrumentos labraban las esmeraldas, otros pulían encendidos rubíes, y por todas partes, con diferentes instrumentos, hacían, golpeando, saltar mil chispas como una lluvia de estrellas relucientes. Con los diamantes y con otras piedras brillantes y pulidas hacían diferentes y hermosas figuras. Los encargados de esta oficina pidieron al Príncipe su permiso para hacer un obsequio a la Princesa, y obtenido, le regalaron tres valiosas joyas: la primera, hecha de diamantes, figuraba un hermoso Árbol de los Perfumes; la segunda, de esmeraldas, representaba un áncora; era la tercera de rubíes, formando perfectamente un corazón rodeado de llamas. El Príncipe formó con estas tres preciosas joyas un hermosísimo aderezo de pecho con que adornó el de su esposa, que engalanada con éstas pareció a sus ojos bellísima. Después pasó visita a las oficinas y todos cuantos libros obraban en ellas le fueron presentados; pero como su revisión requería algún tiempo, a fin de que Candy estuviese alojada convenientemente, la condujo con Elroy a una casita que se hallaba no muy distante de aquel sitio, Candy y Elroy cuidaron de embellecer su nueva morada con flores y con varios adornos. ¡Oh, y qué placer experimentaban trabajando para el Príncipe! Amasaban el pan, aderezaban la comida, preparando los manjares que le eran más gratos, cosas todas en que las había adiestrado Rosemary, enseñándolas a conocer el gusto del Príncipe. Candy inventaba cada día nuevos modos de complacerle, y Elroy le había cobrado tal cariño, que no se hallaba contenta lejos de él, y ¡cosa sorprendente en ella!, con ser tan aficionada a golosinas, llegaba a privarse de un sabroso bocado para hacer con él un obsequio a su Señor. Cuando éste, terminados los negocios del día, tornaba a su morada, ellas salían a recibirle, le servían la mesa, y sentadas a su lado gozaban de su dulce conversación.

Una tarde, cuando el sol iba ya a desaparecer en el ocaso, estaban ambas sentadas bajo un frondoso árbol que cerca de su casita había, las dos esperaban con ansia la llegada del Príncipe a quien no veían desde que partió por la mañana. A cada instante pensaban ver aparecer por la cerca o entre los árboles el gentil rostro del gallardo Anthony, pero bien pronto conocían que se equivocaban. Ya el astro había desaparecido, no alumbrando aquellos campos más que la indecisa luz del crepúsculo y aún no llegaba el esperado Príncipe. Entonces Candy abrió su corazón y escribió en él, quejándose de su tardanza. En vano espero mucho tiempo, pues no tuvo ninguna respuesta. Suspiraba ella y suspiraba también Elroy, hasta que por último llegó la noche, y la joven temiendo sus peligros estando fuera de su casa, dispuso volver a ella, y bien pronto, quedando la puerta bien cerrada, se pusieron dentro a esperar. Repetidas veces hablo Candy a su Dueño por medio de su corazón, pero no obtuvo respuesta. ¡Siempre el mismo silencio! De repente llamaron a la puerta y Elroy se levantó para abrir, no dudando en manera alguna que fuese el Príncipe; pero Candy, más prudente, la detuvo, se acercó para observar quién llamaba, y no oyendo voz alguna abrió cautelosamente el postigo. ¡Cuál fue su sorpresa cuándo vio, no al Príncipe a quien esperaba, sino a Eliza que era la que llamaba! Cerró apresuradamente y avisó a su compañera lo que sucedía. Ésta comenzó a temblar atónita de espanto. Entonces se oyó la voz de Eliza que tomando un acento dulce y seductor, dijo: «—Candy, amiga mía, mi hermana, o más bien, señora, Princesa de las Luces, ábreme, permite que te salude, debes estar muy ofendida contra mí; tienes razón, las apariencias me condenan, pero ábreme y todo te lo explicaré satisfactoriamente. —No tengo nada que ver contigo –le contestó Candy—, te he renunciado». Pero la hija de Sarah prosiguió: «—¿es posible que me condenes sin oírme? ¿Qué puedes ahora temer? ¿No eres ya la esposa del noble Príncipe? Sólo he venido a darte la enhorabuena. ¿Qué mal te vendría aun cuando yo te pidiese que me siguieras? El de las Negras Sombras ya no te importunará con sus pretensiones; de mí, ¿qué puedes temer? Ábreme, óyeme una vez más, permite que descanse en tu casa, la noche está muy oscura, muy peligrosa». En seguida, viendo que Candy no le contestaba, se dirigió a Elroy diciéndole: «—¿Ni tú tampoco, querida Elroy, escucharás mi voz? ¿También tú te has olvidado, ingrata, de los placeres que has disfrutado en mi casa y a mi lado?» La nodriza le contestó indignada: «—Es cierto que me dejé seducir por tus halagos, pero ahora ya conozco tus perversas intenciones. Infeliz, pérfida, engañadora, ¡en mala hora escuché tus embustes! No es tiempo ya; retírate, nunca más estaré a tu lado». Eliza respondió tomando un acento amenazador: «—Yo quería que tratáramos, que hiciéramos una alianza amistosa; sabedlo, yo no vengo sola y no podréis escapar a mi indignación. ¡Soldados, a las armas! ¡Derribad esa puerta! Al instante se oyeron pasos de soldados y golpes de las armas en la puerta. Candy viéndose atacada dio aviso al Príncipe por medio de su corazón, pero no tuvo ninguna respuesta. Elroy lloraba, se estremecía y estaba próxima desmayarse: «¿Qué va a ser de nosotras? —exclamaba—; Eliza nos ataca y el Príncipe nos abandona». Candy estaba tranquila y serena; consolaba a Elroy diciéndole: «—El Príncipe nos prueba, pero jamás nos abandonará». Entre tanto seguía el ruido de los golpes y ya parecía que la puerta iba a ceder. Elroy procuraba impedirlo con sus débiles fuerzas y aun Candy acercó algunos muebles que allí se encontraban, mas con todo esto la puerta se cimbró y rechinaron sus goznes. Entonces se oyó una voz bien conocida de Candy que decía severa y majestuosa: «—¡Deteneos, no toquéis esa puerta! ¡Alejaos de aquí, os lo mando!» Un grito de terror resonó: «—¡Él! ¡El formidable! ¡El Príncipe de las Luces!»

Los enemigos huyeron en desorden precipitadamente y el triunfador entró gozoso enamorada de su esposa.

Pocos días después de este suceso el Príncipe avisó a Candy que sus negocios en aquel campo estaban terminados, y le preguntó si quería ya volver al monte de la Mirra. «—Amado Dueño mío —le respondió ella—, estando yo a tu lado nada deseo, y cualquier lugar, no sólo el Desierto, sino el mismo Reino de las Luces es indiferente para mí». El corazón del Príncipe se dilató y bebió como un dulce néctar el amor de su esposa le brindaba. En seguida dijo que creía conveniente el regreso. Al punto se dispuso el viaje. El camino de la vuelta fue todo semejante al de la venida, y poco después se hallaban todos en el amado monte.


Estamos a punto de terminar, esta historia. Los capítulos son un poco mas cortos pero nos acercamos al final, gracias por acompañarme todo este tiempo. ¡NOS VEMOS LA PRÓXIMA!