Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.
Capítulo veintitrés
Y todos vivieron…
"La libertad de los lobos suele significar la muerte de las ovejas." ~Isaiah Berlín.
EDWARD
Necesitaba ver a mi hijo. Odiaba estar lejos de él por mucho tiempo. Solo habían pasado dos horas, pero bajo estas circunstancias mucho puede pasar en ese tiempo… tu esposa podría ser secuestrada de su cuarto de hospital. Sin embargo, tenía que dejar en claro que este no era el momento para que la gente se complote contra mí en restaurantes italianos. De hecho, nunca era el momento para esa mierda. Jasper me abrió la puerta y el viento sopló a nuestro alrededor con fuerza. Sabía que se encontraba listo para apoyarme, pero ni lo quería ni lo necesitaba.
—Jasper, espera aquí en caso de que alguien decida escapar —le dije antes de entrar.
Así como lo pensé, el lugar estaba lleno, y cuando entré, la anfitriona se tensó al verme. Debía ser la que contestó el teléfono temprano. Sin decir una palabra, ella señaló a las puertas dobles que dirigían hacia la cocina.
—Discúlpeme, no puede estar aquí, señor —un joven gritó, sacando las manos del fregadero. El chef se acercó rápidamente y le golpeó en la cabeza mientras asentía hacia la última puerta doble. Allí, en el suelo, había un hombre jadeando en busca de aire y escupiendo sangre. Los tres hombres vestidos de traje negro y zapatos brillantes se sobresaltaron ante mi entrada, apuntando sus armas en mi dirección.
Levantando mi muñeca, eché un vistazo a mi reloj.
—Adelante —dije—. Jala el gatillo.
Lo intentaron, podía verlo en sus ojos que realmente querían matarme, pero fueron físicamente incapaces de hacerlo. Las armas cayeron de sus manos y simplemente caminé hacia la silla vacía que el hombre ahora muerto aparentemente había tirado. Pasando por encima de él y levantando sus cartas, me eché hacia atrás en la silla.
—Es una lástima. Esperaba que el bromuro de pancuronio no hiciera efecto tan pronto. Le dije que lo pusiera en sus bebidas después de una hora, ella parecía algo ansiosa. —Lancé un par de tres en el medio de la mesa de póker y los miré a los ojos—. Es difícil encontrar ayuda buena estos días. Tu amigo aquí puede que haya tenido una mala reacción.
—Nos envenenaste.
—No, los paralicé, así todos podemos tener esta conversación. ¿Quién diablos creen que soy? —Tomando una pistola de la mesa, la tomé y disparé al maldito en el estómago, observando cómo la sangre manchaba su camisa y su corbata antes de caer al suelo.
—No lo entiendo. El motivo del matrimonio entre Isabella y yo era detener la guerra entre mi gente y la suya. Y, aun así, aquí estoy.
El hombre más viejo, con su cabello peinado hacia atrás, hizo una mueca tanto como la droga le permitía.
—Deja de actuar, sabemos que la mataste… A ustedes los irlandeses no se les puede confiar.
Algo dentro de mí estalló y antes que él pudiera respirar, me puse de pie, tomé la silla en la que estaba sentado y se la partí en la cara. Esta colapsó mientras seguí golpeándolo con los restos mientras estaba tirado en el suelo gritando, pero incapaz de hacer algo al respecto.
—¡No sabes nada! —rugí. Mi sangre hervía, mis manos temblaban con tanta furia que lo que quedaba de la silla se me zafó de las manos. Pero no me detuve, levanté mi pie y se lo estampé sobre su cerebro.
—No eres una mierda. Eres la mugre debajo de mis pies. Nadie valioso como para limpiar mi trasero. ¡¿Cómo te atreves a acusarme?!
CRACK.
Su rostro se partió y pude ver pedazos de su cerebro salirse. Limpiando la sangre de mi rostro, me giré hacia los dos restantes en la mesa. El hombre al que disparé seguía jadeando, mientras que los otros observaban asombrados al viejo, intentando comprender qué acababa de pasar.
—Todos ustedes me dan asco. Vinieron a mi boda, prometieron lealtad a mi esposa y, por relación, a mí también. Aun así, aquí están, como las cucarachas en un cuarto oscuro planeando en contra mío. Todos me lastiman, y cuando me lastiman, también lo hacen los demás.
—Cullen, ¿qué se suponía que pensáramos?
—¡NO SE SUPONE QUE DEBAN PENSAR! —Tomándolo del cuello, lo fulminé con la mirada—. Yo pienso, Isabella piensa, ustedes no se supone que lo hagan.
—Yo…
—Tienes suerte que ya le disparé a este. —Señalé al hombre que sangraba en su silla—. Lo que significa que logras vivir. Tú vas a ser mi pequeño mensajero. Después que se vaya el efecto de las drogas, vas a decirle a cada uno de los malditos hombres, mujeres, y chicos lo que pasó aquí. Hasta que muera, y solo cuando esté muerto, estoy fuera del juego. Hasta entonces, ustedes me pertenecen, ¿está claro?
Su rostro no tenía emoción alguna, pero asintió. Tomando la pistola, la sostuve contra su rodilla antes de jalar del gatillo. No lo sentiría… demasiado, pero dolería como una perra en unas horas.
—Dije, ¿está claro?
—Sí —siseó.
—Bien. —Dándole unas palmadas en su cabeza, caminé hacia el hombre sangrando y pensé en liquidarlo, pero rápidamente decidí que no. Empujé su silla hacia atrás y lo observé en el suelo jadeando por aire, pero los agujeros en sus pulmones evitaban que entrara aire.
—Zapatos nuevos —le dije antes de hacer un agujero en ambos y dejar caer la pistola al lado de su rostro—. Olvídalo.
Arreglando mi corbata y mi traje, caminé por la puerta trasera donde Jasper me esperaba apoyado contra la pared del callejón y fumando mientras la nieve caía a su alrededor. Me miró de arriba abajo antes de sacudir la cabeza.
—¿El equipo de limpieza? —preguntó.
Asentí y saqué mi teléfono.
—¿Está activada la cámara en el cuarto de Ethan?
—Sí, solo entra el código.
Verlo me relajaba… no mucho, pero lo suficiente para hacerme sentir como si pudiera respirar. Todo lo que quería era estar con él ahora. Ver a Rose mecerlo no me agradaba. Bella estaría furiosa si viera a cualquier otra mujer, especialmente a Rosalie, sosteniendo a Ethan por demasiado tiempo.
Bella, ¿dónde mierda estás?
—Edward, son las 11:30 p.m. —Lo que significaba que faltaba treinta y un minutos para que Renée llamase y esa sería la última vez que haría algo en los tiempos de esa perra.
Al ver a Rose besar la cabeza de Ethan, me presioné las cienes mientras me dejaba caer sobre el asiento del coche.
—Llévame a casa.
BELLA
Conteniendo el aliento, esperé hasta que escuché el piso de madera crujir cada vez más y más cerca mientras él se acercaba a la cama. Todo lo que podía ver eran sus pies y acuné la pistola contra mi pecho. Tenía que moverme con rapidez. Él echó un vistazo por la ventana enrejada y, al segundo que lo hizo, me deslicé lentamente, disparándole en la arteria femoral. Se cayó y ni siquiera esperé antes de tomar su cuello y torcerlo.
Le saqué sus armas, dos granadas y una navaja, y las coloqué dentro de mis jeans antes de correr hacia el teléfono.
—La maldita perra —siseé. Había cortado todas las líneas.
No podía esperar. Corriendo hacia el pasillo, no me molesté en esconderme. Sabía que ella tenía cámaras por todos lados. Ella sabía dónde estaba y la única oportunidad que tenía era mantenerme en movimiento por la casa. El único problema era que no tenía idea a dónde iba.
—¡Allí! ¡Ecco! Eccola. —Fue todo lo que escuché antes que las balas salieran volando hacia mí, destrozando el florero, arte y muebles que me rodeaban.
Diablos.
—¡Me rindo! —grité, arrojando mi arma—. ¡Mi arrendo!
—Vieni fuori. ¡Sal!
Haciendo lo que pedían, salí mostrándoles mis manos. Sus ojos se ensancharon al ver la granada en mi izquierda.
—Arrivederci, hijos de puta —grité, lanzándoles las dos lo más lejos que podía, haciendo que una quedara estancada en el candelabro mientras tomaba mi arma y me escondía detrás de la pared.
El humo inundaba los pasillos como si un volcán hubiera erupcionado. Chispas de fuego se encendían por todo el lugar mientras me apartaba del suelo. Tosí mientras mi nariz y mis pulmones ardían. Escupiendo la sangre de mi boca, caminé hacia los gemidos.
—Ahh… —Un grito se escuchó a mi izquierda. Caminé hacia él. Si se encontraba lo suficientemente coherente como para gritar de dolor, era una respuesta suficiente consciente para mí.
—Dime dónde está ella y acabaré con tu dolor. —Sostuve el arma directamente sobre su ojo sano.
—Si cazzo cagna.
—Respuesta incorrecta —dije antes de liquidarlo como el perro que tan bellamente me llamó.
Caminando por el pasillo, aferré mi estómago solo para sentir el calor de mi propia sangre.
Diablos, mis puntos.
Sabía que era cuestión de tiempo antes de que pasara, pero al menos esperaba ver a Renée primero. Tomando un pedazo de madera, lo llevé hacia las chispas entre los escombros y lo encendí como una antorcha. Mientras caminaba, la rocé por las paredes, encendiendo todo el pasillo. Este lugar va a arder. Fue solo cuando me encontré en los jardines que solté la antorcha. El sol estaba asomándose por el humo. Con una pistola en una mano y la navaja en la otra, caminé hacia adelante, cuidadosa y lentamente. Las piedras rozaban contra mis pies al hacerlo.
No había sentido en mantener un perfil bajo. Ella sabía que estaba aquí.
—¡RENÉE!
No hubo nada más que el sonido de un pájaro cantando en lo alto mientras volaba. No me detuve. Seguí el camino, chequeando detrás de mí y en frente mientras lo hacía.
—¡RENÉE!
No iba a dejar de gritar. Iba a seguir gritando hasta que despertara a los muertos. Esperaba que su casa ardiera. Esperaba que ella ardiera allí, no me detendría hasta que alguna de las dos caiga. Mientras más me adentraba, más escuchaba. No estaba segura de lo que era o lo que estaba haciendo, pero no me importaba.
—¡RENÉE!
Se sentía como si hubiera estado caminando por solo unos minutos cuando finalmente llegué al centro. Allí se encontraba, quemando lo que parecían ser archivos en una pequeña fogata, totalmente deslumbrada con su vestido largo y blanco moviéndose con el viento.
—Parece no tener sentido ahora, ya que estás quemando mi casa. —Sonrió, lanzando otro archivo al fuego.
Quitándole el seguro, levanté el arma, intentando ignorar mi visión nublosa. Ella giró hacia mí, observándome como un fantasma inseguro de dónde estaba. Era completamente loco lo muerta que ya parecía.
—No lo harás… Soy tu madre y en lo profundo, debajo de todo ese odio, me amas. Sé que lo haces… Así que no lo harás…
Jalé el gatillo. No quería dejar de jalarlo, pero una bala en su brazo era más que suficiente para probar mi punto. Ella se echó hacia atrás, cayendo sobre las piedras.
—Te iba a disparar en la cabeza, pero sigo necesitando saber quién es Orlando —le dije, acercándome.
Se dio vuelta, lanzándome tierra a los ojos antes de alejarse y barrerme con los pies.
—Perra desagradecida. ¡Io sono tua madre! —rugió, pateándome una y otra vez—. ¡Tua madre!
Tomándola del pie, la torcí y la hice caer al suelo, dándonos vuelta así me encontraba sobre ella.
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¡Solo porque me gestaste en tu vientre no significa que seas mi madre!
Con un poco de espacio entre nosotras, ella me dio un puñetazo en la nariz antes de patearme lejos de ella. Rodando cerca de las llamas, escupí la sangre fresca en mi boca antes de intentar levantarme. Mis ojos observaron el arma mientras me ponía de pie.
—No quería matarte, Bella. En serio que no, pero no me dejas otra opción.
—Para de mentir, Renée. Si quieres luchar contra mí, hazlo.
Dando vueltas a la pistola y a la otra, ella solo me sacudió la cabeza. Salté hacia ella, pero tomó de mi brazo y me tumbó al suelo.
—Ah… —Contuve un grito, intentando contener el dolor. Me puse de pie y le paté las piernas para dejarla de rodillas. Ella respondió pateando y lanzando puñetazos a pesar de la sangre que corría por su brazo manchaba todo su vestido blanco puro. Con cada golpe, me sentí tambalearme hacia atrás, intentando bloquearla hasta que mi cuerpo se encontró contra un arbusto verde.
Esquivándola, su mano quedó atascada en la pared verde. Usando esto, la golpeé en el estómago, jalándola y enviándola hacia atrás.
—¿Quién es Orlando, Renée?
Se limpió los labios, pero esto no detuvo la sangre, solo manchó su otra manga.
—Alguien que tú y yo no podemos tocar.
—Tú pensabas que no te podía tocar y aquí estamos.
—Jamás pensé eso. —Tomó mi navaja caída, llevándola hacia mi cabeza. Dejándome caer, ella vino hacia mí y me pateó una vez más el estómago, agarrando un puñado de mi cabello.
—Pequeña tonta y terca. Puedes quemar mi casa, puedes matar a mis hombres, pero no puedes hacer caer a mi padre. Nadie puede hacerlo, porque todos trabajan para él, cariño.
—¿Quiénes son todos?
—Jamás te das por vencida, ¿no? —preguntó colocando la navaja contra mi cuello.
—¿Me seguirías amando si lo hago, mami? —Ni bien dije eso, dejó caer su brazo y se lo agarré, torciéndoselo y dejándola de espaldas a mí. No fue hasta que sonó que me moví.
Ella gritó, aferrándose a su brazo roto mientras tambaleaba hacia el fuego. No la dejé estar de pie por mucho tiempo. Tomé la pistola del suelo y se la apunté.
—Bueno, hazlo. No me amas lo suficiente. Crees que estoy loca, pero matarme no salvará a tu hijo o a Edward.
—No, pero es el comienzo —susurré, disparándole a la cabeza. Ella se encontraba tan cerca de las llamas que su vestido se prendió fuego, llevándosela al infierno. La observé arder, me senté al suelo y saqué la jeringa que había guardado, envuelta como una joya en mi bolsillo. Mirándola por un momento, intenté no desearla. No quería pensar en ella. Pero lo hice.
Luchando contra las lágrimas, empuñé mis manos antes de clavarla en mi vena. Lancé la jeringa vacía al lado del cuerpo de Renée mientras las lágrimas escapaban. Una hoja de papel voló hacia mí y con la fuerza que me quedaba, la tomé. Era el certificado de nacimiento de Renée. Observé su nombre… conocía ese nombre. Lo había visto o escuchado antes…
Mierda.
Son solo las drogas. Me dije a mí misma, pero sabía que eso era una mentira. Ver a mi madre arder en llamas, convertirme en una adicta… o descubrir que Orlando era alguien más importante de lo que había pensado. Todos éramos unos títeres. Necesitaba ayuda. Física y mentalmente, necesitaba ayuda y solo había una persona en la que podía confiar para eso.
Acostada aquí deseaba que fuera Edward.
EDWARD
Observé el teléfono en mis manos, deseando poder lanzarlo contra la pared, pero no quería despertar a Ethan mientras dormía en mis brazos. Eran las 8:30 a.m., Renée jamás había llamado. Estaba al borde de la locura, pero no quería que sintiera tanta ira de mí.
—Edward, ¿puedo…?
—Rosalie, si vienes aquí una vez más, te partiré la cabeza. No necesito dormir. Buenas noches —espeté a la mujer que se asomaba por la puerta. Ella había estado comportándose como un halcón desde que había llegado a casa.
Sus ojos se entrecerraron en mi dirección.
—Solo intentaba ayudar, Edward. No quiero que estés abrumado. Buenas noches.
—Buenas noches, Rosalie. —Me puse de pie y lo dejé de vuelta en su cuna cuando sonó mi teléfono.
Mierda.
Buscándolo en mis bolsillos, lo tomé rápidamente e intenté silenciarlo. Era un número bloqueado… ¿Quién me estaba llamando tan temprano? Si tenía que matar a otra persona esta semana, perdería la cordura.
—Cullen —susurré, acariciando la cabeza de Ethan.
No hubo respuesta, solo una inhalación profunda y por alguna razón mi corazón se saltó un latido. Me atreví a sentir esperanza. Abrí mi boca, pero ni siquiera pude formar las palabras.
—¿Esposa?
Hubo un sollozo seco del otro lado antes de escuchar su voz.
—Hola, esposo.
Sentí mis rodillas temblar con el sonido de su voz. Mi cuerpo temblaba de la cabeza a los pies.
—Amor, ¿dónde estás? ¿Estás bien? Renée…
—Edward, estoy bien.
—Estás mintiendo, esposa, ¿qué está pasando?
—Edward, no puedo ir a casa —lloró, casi sollozó al teléfono.
—Renée…
—Está muerta, la maté, Edward. Angela…
—Se suicidó.
Pasándome las manos por el cabello, me alejé de la cuna de Ethan y caminé hacia la ventana.
—Isabella, ¿qué diablos está pasando? Dime dónde estás. Te lo ruego…
—No puedo. No me encuentro bien. Necesito arreglarme. No puedo… Simplemente no puedo…
—¡Yo te arreglo! ¡Tú me arreglas, así es cómo funciona esto! ¿Qué te han hecho? Isabella, háblame. Dime lo que está pasando. Dime dónde encontrarte.
—Edward…
—Si crees por un maldito segundo que podría permitirte pasar por esto sola, has perdido la cabeza. Te encontraré. Te traeré a casa y te arreglaré, ¿me escuchas? Porque necesito que me arregles también.
Ella no habló. No hubo nada más que su respiración.
—¡Mierda, Bella! Respóndeme. Escúchame.
—¿Puedo escucharlo? Necesito escucharlo de nuevo.
—No —espeté, pellizcándome el puente de la nariz—. Puedes escucharlo cuando te traiga a casa.
—Edward, te lo juro, siempre volveré a ti. Te amo. Te necesito. Eres mi hogar. Ethan y tú son mi única familia, las únicas personas por la que mataría y moriría. Eres todo. Necesito un momento. No puedo volver a casa así. Por favor, no me hagas volver así. Necesito escucharlo, te lo ruego. —Sonaba como si estuviera adolorida… casi muriendo.
—Te buscaré —le dije, apartando el teléfono de mi oreja para respirar antes de caminar hacia Ethan. Le coloqué el teléfono cerca de su oreja.
Si honestamente ella pensaba que iba a simplemente dejarla ir, estaba completamente loca. Su madre realmente había jodido con su mente. Escuchándola arrullar a Ethan, mi corazón quemaba en mi pecho. ¿Qué le haría no querer volver a casa? ¿Qué estaba pasando?
—Mami jamás te abandonará, te lo juro. Te amo, mi bebé hermoso. Te amo demasiado.
Apartando el teléfono, lo llevé a mi oreja.
—Si de verdad nos amas, ven a casa. Déjame traerte a casa.
—Si vuelvo a casa, solo los lastimaría a los dos. Necesito arreglarme —susurró—. Te amo demasiado.
—También te amo… —Mi voz se quebró—. Bella, no hagas esto.
—Yo… —Intentó decir—. Edward, Orlando es alguien del gobierno. Vi su nombre en la lista de invitados del senador Hale. Ian Rood.
Eso fue todo.
—Isabella.
Silencio.
—Bella.
Silencio.
—Esposa, contéstame.
No quería que se fuera. No podía soportar que ella no estuviera. Sentía como si mi cuerpo no fuera lo suficientemente fuerte como para sostener mi peso, como si el mundo estuviera aplastando mis pulmones. El teléfono se me zafó de mi mano. Todo lo que me importaba estaba saliéndose de las manos. ¿Cuándo todo había ido mal? ¿Cuándo había fallado? ¿Cómo simplemente pudo irse? ¿Qué le pasó?
—Edward.
—¿QUÉ? —grité tan fuerte que Ethan se sobresaltó antes de comenzar a llorar y parte de mí quería unirse a él. Tomándolo en mis brazos, lo abracé.
—Lo siento, pequeño —susurré en su oído.
—Hijo. —Entró mi padre—. La policía tiene una orden para tu arresto. Estarán aquí en media hora, necesitamos…
—Asegúrate que todos los cuartos estén seguros y estaré afuera en veinticinco minutos. Envía a mamá aquí.
—Edward, no puedes…
—Adiós, padre —le dije, tomando asiento en la silla mecedora. Mirándolo a los ojos, intenté pensar en lo que iba a decirle.
—Tu madre y yo comenzamos esta crianza un poco mal —le dije cuando se cerraron las puertas—, pero te lo compensaré, te lo juro. Espero que cuando tengas mi edad, eches un vistazo atrás y todo lo que veas sea nosotros y que no nos perdimos de nada. Regla número seis: A veces para poder ganar, tienes que perder.
Él sonrió por un momento, era como si pudiera leer mi mente. Estiró los brazos buscándome y besé sus manos… y luego su pequeña cabeza.
—No te preocupes. Jamás te las aprenderás todas. Creo que mi padre las inventó a su paso. —Lo mecí hasta que sus ojos se cerraron. Él era otra cosa que no quería dejar ir. Ubicándolo en su cuna, arreglé mi traje, acomodé mi cabello al mismo tiempo que mi madre entraba con fuego ardiendo en sus ojos.
—Tu padre dijo que has perdido la cabeza.
Besé su mejilla.
—No quiero que Rosalie lo toque. Tampoco Emmett. Por favor, mantenlo a salvo hasta que todo esto termine o yo salga. Lo primero que pase.
Me abofeteó.
—Sí has perdido la cabeza. Edward, podemos llamar al abogado, poner una excusa. Que te arresten no significa que esto acabó. Todavía tienen que probar que eres culpable. Eso es democracia.
—Mamá, ningún juez me dará una fianza. Estaré adentro por un tiempo hasta que pruebe mi inocencia. Pero si te hace sentir mejor, llama al abogado.
Echando un vistazo a Ethan de nuevo, salí y me encontré a toda mi familia allí en el pasillo, cada uno de ellos furiosos como mi madre.
—Asegúrate que Hale sea presidente, ¿entendido?
—A la mierda con eso —espetó Emmett—. ¿Qué hay de ti? No puedes simplemente salir allí. ¿Te has vuelto loco?
—Segundo eso. —Jasper se acercó, intentando analizarme. Susurró—: ¿Hay algún plan aquí? Tienes un objetivo, ¿no?
—Solo aclama mi inocencia a cualquiera que escuche, no rompan nada mientras no estoy. —Caminando por el pasillo, cada sirviente salió a mirar también. Cada uno petrificado en su lugar mientras bajaba por las escaleras y caminaba hacia la puerta. Entre ellos, el pequeño que hice traer de la frontera se aferraba al vestido de su madre.
—No fui yo. Lo juro, señor. Lo juro —chillaba ella, abrazándolo cerca de ella.
Toc. Toc. Toc.
—Sr. Edward Cullen, somos del Departamento de Policía de Chicago, tenemos una orden para su arresto por el asesinato de Isabella Marie Swan Cullen…
Abriendo la puerta, salí hacia el mar de flashes.
Uno...
