No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco (Leer nota al fina).
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Isabella despertó sobre uno de los lechos del triclinio. Llevaba una suave túnica de lino, y le dolía la cabeza. Palpó un punto muy sensible en su sien izquierda.
Al girarse, vio que la sala estaba sembrada de cadáveres. Había un hombre muerto sobre la mesa, con la garganta cortada. Otro yacía a la puerta del comedor, su cabeza en medio de un charco de sangre. Había otro entre las sillas caídas de los músicos, atravesado por una lanza.
La loba hizo que Isabella se levantase de inmediato.
¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente?
No mucho, los primeros rayos del alba estaban llegando al jardín. Debía descubrir qué había ocurrido antes de armar jaleo. Fue a la habitación donde había tenido su momento de pasión con Edward. Estaba vacía. Ante ella había otra cortina.
La cruzó y se encontró en una estrecha alcoba romana. Había un espejo sobre un pequeño tocador al lado de la cama. Cogió el espejo y se miró en él, sus facciones estaban borrosas, tanto por lo antiguo del objeto como por la escasa luz, pero tenía los ojos despejados. No había sangre en su pelo, y sólo le quedaba una pequeña moradura a un lado de la cara.
Mientras miraba, sus rasgos volvieron a emborronarse. Le pareció oler a humo. Los ojos del espejo le devolvieron la mirada a través de un velo de llamas, y el humo los oscureció. El metal se calentó en su mano. Tuvo la presencia de ánimo para apartarse y dejar el espejo boca abajo sobre la cama.
Se giró, dándose cuenta de que alguien más la observaba. La habitación siguiendo la costumbre de muchos hogares romanos, tenía dos puertas: una daba a otra estancia y la segunda al peristilo. Matrona se encontraba en la puerta del jardín.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Isabella.
—Muchas cosas, y ninguna buena. Los hombres de Amun atacaron anoche, cuando te metiste en otra habitación para vestirte. Como una tonta, abriste la puerta al oír el grito de Esme y te dieron un porrazo. Debes de tener una cabeza muy dura. Al principio creímos que te habían matado, pero estábamos demasiado ocupados intentando defendernos para ayudarte.
—Parece que tú tuviste éxito.
—Sí. ¿Qué has visto en el espejo? —Los ojos de Matrona eran pozos de oscuridad.
Parecía mirar a Isabella desde fuera del tiempo.
—Mi cara.
—Oh, no —se rió Matrona—. Has visto más que eso. Lo sé porque el espejo es mío, y una vez perteneció a una princesa del gran pueblo que vivió aquí antes de que los romanos hiciesen que el Tíber empezase a apestar, los de las tumbas pintadas. ¿Qué has visto? Si me lo dices, podré ayudarte.
Isabella tenía la boca seca.
—Sólo mi cara —insistió.
—Como quieras —dijo Matrona encogiéndose de hombros. Se acercó a ella y examinó la magulladura de su sien—. Poca cosa. Por la forma en que te golpeó el soldado, y por cómo te desplomaste, pensaba que sería mucho peor.
—Bien, pues no ha sido así. ¿Dónde está Tony?
—Fuera, con mi señor.
Isabella salió al jardín, y Matrona cogió el espejo para mirarlo. Tras unos momentos, frunció el ceño y una expresión de gran tristeza cruzó su rostro. Después volvió a dejar el espejo, boca abajo, en el tocador. Una bella diosa de finos huesos decoraba el dorso. Estaba sentada en una silla, con un pergamino en el regazo, mientras un muchacho saltaba ante ella, tocando una doble flauta.
Los dedos de Matrona acariciaron el delicado trabajo.
—Una vez te llamaron diosa, reina del cielo —dijo—. Ahora no puedo recordar tu nombre.
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Isabella encontró juntos a Tony y Edward. Las ropas de los dos estaban rotas y ensangrentadas. Tony llevaba un vendaje en el brazo. Edward pareció sorprendido al verla, pero Tony no.
—Mi señora —dijo Edward inclinándose—, te habíamos creído seriamente herida. Precisamente estábamos discutiendo cómo encontrar un físico para ti. —Parecía confuso al verla en tan buen estado.
Un soplo de brisa del amanecer agitó la larga túnica gris de Isabella. Estaban junto a la estatua de algún dios al que ella no lograba identificar. Era hermoso, pero le faltaba un brazo.
Probablemente, pensó, el que sostiene su símbolo ritual.
El rostro del dios tenía una belleza andrógina. Su cabeza se alzaba para contemplar el cielo que brillaba por el este. Isabella sintió rigidez en los músculos de su vientre, y al mismo tiempo la terrible certeza de que cuando acabase aquel nuevo día, muchas cosas estarían resueltas para siempre.
—Hoy es el día en que se reúne el sínodo, ¿verdad? —preguntó a Tony.
—Sí.
—¿Por qué es tan importante eso? —preguntó Edward.
—Es un día decisivo. No sólo para el pueblo de Roma, sino también para los grandes señores de los alrededores —explicó Tony—. Dimitri, el rey lombardo, ha anhelado durante mucho tiempo controlar el Papado, para poder usarlo contra su enemigo Aro El Grande. Quiere derrocar al actual Papa y elegir a un lombardo en su lugar, alguien que actúe en su favor y declare un usurpador a Aro El Grande. El pueblo de Roma y los magnates, los grandes señores y los terratenientes deben elegir ahora entre Dimitri y los lombardos y Aro El Grande y los francos. Lo que es seguro es que Dimitri destruirá este estrecho estado que aún pertenece al Papa y al pueblo de Roma, lo asimilaría al ducado de Lombardía y convertiría a los vicarios de Cristo en sus capellanes de la corte. Por supuesto, no es algo deseable desde el punto de vista de Aro El Grande ni el nuestro, viviendo como lo hacemos en este pequeño resto de lo que fue una vez el mayor imperio sobre la tierra.
Tony dejó de hablar, y todos guardaron silencio. Tony podía ser intrigante, decir verdades a medias y mentir descaradamente con expresión de absoluta inocencia, pero tanto Isabella como Edward quedaron conmovidos por su sinceridad en aquel momento. Y supieron que aquel hombre estaba diciendo la verdad tal y como la veía. Entonces rompió a llorar:
—Se han llevado a Madre. Estoy seguro de que ahora mismo estarán torturándola.
—Oh, Dios —dijo Isabella, abrazándole. — ¿Por qué?
—Tony y yo creemos —contestó Edward— que ella encomendó la tarea de... digamos... eliminar a tu tío a Aaron. Parece que solía trabajar para ella. Quizá le sobornaron para que se pasara al servicio de los lombardos ofreciéndole una paga mejor.
Isabella musitó la peor obscenidad franca que conocía.
—Sabía que les había dado demasiado dinero.
—No —le corrigió Edward—. No creo que le comprasen con tu dinero. Suponemos que tu tío renunció a la idea de controlarte y extorsionarme, e hizo causa común con Amun y los lombardos. El objetivo de su ataque era raptaros a ti y a Esme. Parece que ella ha sido acusada de practicar las artes negras, de haber puesto al Papa en el Trono de Pedro tratando con el demonio, el enemigo del hombre.
—¿Qué... —Isabella empezó a preguntar por la acusación de lepra, pero Tony se secó los ojos rápidamente, lanzándole una mirada de advertencia.
Se apartó un poco de él. La decencia no permitía siquiera a una gran dama familiaridades con un hombre que no fuese su marido. Edward observó a ambos con expresión opaca.
—Pero la acusación en sí no importa, ¿verdad? Sólo que sea suficiente para destruir a Carlisle. De hecho, el rey franco envió al Conde Sam y sus hombres para aumentar la resolución de los romanos, no para repudiar a Carlisle.
—Sí —dijo Tony amargamente—. Madre dirá lo que ellos quieran, lo que más les convenga. Y queda por ver si los romanos apoyarán a Carlisle o no.
—Vas a ir al sínodo, ¿no? —preguntó Isabella.
—Sí —respondió Tony—. Cuando muestren a Madre, mis amigos y yo intentaremos rescatarla de Amun, no importa lo que haya dicho ni en qué condición esté. Pero quiero que tú te lleves a Isabella y huyas. Si partís ahora, podéis estar en Ostia al anochecer. Tenéis bastante dinero para embarcar hacia territorio franco. Estaréis sentados tranquilamente en vuestras montañas en unas pocas semanas.
Isabella se apartó de los dos hombres. Había más luz, pero una espesa niebla llenaba el jardín.
—No —dijo—. No voy a irme. Tú y tu madre os habéis portado como amigos. Más que amigos, me habéis dado consejo y protección. He podido ayudaros antes y quizá pueda ser útil ahora. No me iré.
Palabras no pronunciadas flotaron en el aire entre ellos. Ahora era la esposa de Edward. El contrato había sido firmado, y habían estado juntos a solas. Podía argumentarse la consumación.
—Usa la fuerza —dijo Tony
—No funcionará —respondió ella.
Edward se miró las manos. Eran las grandes y poderosas zarpas de un luchador, musculosas y de dedos gruesos. La noche anterior había matado a un hombre fuerte con ellas. Alzó la mirada.
—¡La fuerza no! —exclamó—. De alguna forma, no creo que la dama respete más mi fuerza de lo que respetaba la de su tío y su primo. No llevaré a una enemiga a mi lecho, ni la miraré a través de la mesa. Además, comparto la decisión de mi señora. He jurado lealtad al rey de los francos, Aro, el llamado Aro El Grande. Mi palabra es mi lazo, aunque se la haya dado a un insecto como el Conde Sam. Apoyaré al candidato de Aro al Papado. Y como hombre de Aro, no desertaré de su servicio en momentos de necesidad.
Isabella recordó sus temores de la noche anterior: su miedo de que Edward fuese un granuja, un salteador sin escrúpulos. Vio que sus temores habían sido infundados, y le cogió la mano.
—Veo que mi señor es un hombre de honor. Espero que lo sea también en sus tratos conmigo.
Edward vio una mirada de casi enloquecida desesperación en el rostro de Isabella.
—Espero... creo ser como me has descrito en todas las cosas, mi señora —dijo mientras se llevaba su mano a los labios para besarle los dedos.
Tony se secó las lágrimas con el manto.
—Locos... locos... locos bárbaros —murmuró.
Matrona, que estaba detrás de Isabella, intervino:
—Yo te encontraré otro vestido. Ahora, ve y báñate. La ropa que llevas es de Gianna, para el caso podrías envolverte en una tienda. Ven, hay baños para hombres y mujeres. He pagado a los criados, y están calentando el agua. —Dio una palmada—. Atendedme y haced lo que os digo. Los obispos y cardenales se están reuniendo en el coro del Laterano. La misa está a punto de comenzar. Debemos darnos prisa.
Isabella y Tony se apresuraron, Edward se giró para seguirles.
—¡Espera! —dijo Matrona—. Quiero decirte algo. Edward enarcó una ceja.
—¿Qué?
—Ven, sígueme. Lo que sé es demasiado importante para dejarlo al azar.
Matrona guió a su señor hasta la habitación donde había estado a punto de morir. El asesino seguía tendido en el suelo, allí donde había caído. La habitación estaba llena de luz ahora, la cortina estaba rota y había una abertura acristalada en el techo. Matrona se inclinó sobre el cadáver y cogió su brazo derecho, mostrando a Edward la muñeca que Isabella había agarrado para salvarle la vida. La mano colgaba suelta.
—Los huesos están rotos —dijo Edward, atónito.
—Uno sí y otro no —aclaró Matrona—, pero los tendones están destrozados. Esto no lo hizo una mujer normal. Te salvó la vida. No hay más magulladuras en la muñeca porque murió enseguida y no sangró. Si una mujer corriente hubiese intentado detener al asesino, él se hubiese liberado, rompiéndole quizá algunos dedos, y después te hubiese clavado el cuchillo en la espalda.
Edward se arrodilló junto a ella.
—¿Entonces...?
—Ella es la plateada —dijo Matrona.
Edward se levantó al momento.
—No —dijo.
Matrona gruñó cínicamente y salió al jardín, seguida por Edward.
—Emmett me ha dicho que te crees viejo porque has visto a unos cuantos Césares — dijo. Se sentó en un banco junto al estanque y contempló las tranquilas aguas. Había manchas de azul en ellas, a medida que el sol disipaba la niebla. El azul, el gris y el blanco de las nubes se persiguieron sobre la superficie del agua—. Yo nací antes que los dioses que hicieron a los dioses. No puedo decirte qué edad tengo porque, cuando nací, no poníamos las cuatros estaciones en un año. Cada invierno era una especie de muerte para nosotros, y lamentábamos el fin de la vida y la belleza. Esperábamos cada primavera conteniendo el aliento, temiendo que no llegase, y cuando lo hacía, nos volvíamos locos de felicidad por el renacer del mundo. Viajé durante mucho tiempo con mi pueblo, y subí a los barcos cuando llegamos a Grecia a través del oscuro mar iluminado por el sol. Me senté junto al fuego en un salón lleno de humo y escuché a un cantor ciego que hablaba del bello mar azul. Pronuncié oráculos para los latinos cuando se liberaron del pueblo de las tumbas pintadas. Aquellos viejos romanos amaban y temían mis poderes de cambio de piel. Al final, el miedo prevaleció, y fui expulsada entre antorchas y maldiciones. Encontré otro pueblo en las montañas. Vi por primera vez una espada como la que lleva Tony cuando las legiones romanas entraron en la Galia. Vi a los soldados a través de la nieve, y les aparté de mi pueblo por medio de mi voz, y me alimenté cuando los invasores se perdieron y murieron de frío. —Sonrió torvamente.
—¿Qué le ocurrió a tu pueblo?
Matrona se encogió de hombros.
—Eran como los demás. Los hombres no pueden aceptar la soberanía de la bestia. No creerán que son nuestros hermanos. No creerán que brotamos de la misma raíz y somos parte del mismo árbol, y que cuando el árbol caiga, todos pereceremos. Mi pueblo era libre y feliz. Yo lo guié hasta altos prados, en valles donde sabía que nunca llegarían los romanos, pero no estaban contentos. Soñaban con el oro romano, con el lujo romano. Platos y copas de oro y plata. Vino blanco y tinto. Mujeres suaves y hermosas, vestidas de seda y terciopelo. Los romanos les sobornaron, y después les conquistaron. Y volví a quedarme sola. No te cuento esto para ganar tu simpatía, sino para que te des cuenta de que sé muchas cosas. La chica es una de nosotros. Nadie más hubiese podido romper la muñeca de ese hombre. Vi que se miraba en mi espejo. No sé qué vio, pero pudo ver algo en el espejo que usamos para ver el más allá. Repito que es una de los nuestros.
—Yo no...
—Gran lobo gris, no me incordies con tu escepticismo. Ahora, al menos sabes cómo te vio Emmett. Necesitaréis carros para ir al Laterano, yo me ocuparé de las muías —dijo Matrona, marchándose hacia los establos.
Edward se quedó en silencio. Lo que le había dicho Matrona explicaba muchas cosas de Isabella y de ella misma. Siempre había visto a la mujer como una de los miembros más fuertes y fiables de su banda. Si había visto el amanecer del mundo, aquello explicaría su fuerza y su voluntad de hierro: tanto ella como él habían soportado el tiempo. Matrona cumplió su palabra.
Cuando Isabella entró en el jardín, había una litera tirada por muías junto a la puerta. Matrona había encontrado para ella un viejo, pero respetable, vestido de seda de oro. Llevaba debajo una camisa de seda, apenas más blanca que su pálido rostro.
—Mi señor.
—Mi dama —respondió Edward, llevándose su mano a los labios.
Recordó a la loba de plata flotando sobre la hierba, su pelaje brillando con el gélido fulgor del metal, resaltado por las zonas más oscuras de la garganta, el vientre y el interior de las patas.
Dios, es hermosa en ambas formas.
Tras besarle las puntas de los dedos, se demoró jugando con la suave mano. Recordó la muñeca aplastada del asesino. Si Matrona estaba en lo cierto, le había salvado la vida. Edward y Matrona podían envejecer más despacio que los mortales, pero lo hacían. Y si un cuchillo encontraba su corazón antes de que él pudiese recurrir al cambio, moriría tan rápidamente como cualquiera.
Isabella liberó su mano gentilmente, pero con firmeza.
—Debo irme ya, pero gracias por todo —dijo, vacilante—. Opino igual que Tony, ve a tus montañas y sé libre.
—La vida no es sino una moneda para ser gastada. No estamos dotados de aliento, nuestros rostros no están vueltos hacia la belleza del mundo... para que podamos encogernos y ocultarnos del dolor y las dificultades. Vemos por igual la belleza y la fealdad, y no criticamos a quien la otorga. Estoy a tus órdenes. Mis hombres y yo cabalgaremos con vosotros, como vuestros escoltas.
—Ten cuidado —dijo Isabella—. Te tomaré la palabra.
Él se inclinó y la acompañó hasta su litera.
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Edward guiaba a las cuatro muías blancas que tiraban del vehículo, procurando que mantuviesen un paso cómodo para su pasajera. Emmett cabalgaba a su lado, cubriéndole de acusaciones, advertencias, amenazas y por fin ruegos.
—¿Te has vuelto loco? ¿Tienes los sesos llenos de gusanos? ¿Es que no razonas? ¡Dios mío, piensa en lo que estás haciendo! ¡Esa chica franca podría hacer que te matasen! —Siguió agobiándole hasta que llegaron al palacio.
Edward escuchó, renunciando a toda esperanza de conseguir que Emmett lo entendiese. Había buscado a aquella chica durante mil años, y podía perderla en un instante.
—Nunca habías amado a una mujer humana antes —gruñó Emmett.
—¿Lo he hecho? ¿No? Si no a una, a mil, y ahora son polvo. Todas... son polvo.
Las hubo antes de que me capturasen como hombre, pensó. Ésas no tienen nombres. Pero las demás...
Dios, cada una era una mancha de culpa en su alma, un lugar de dolor del que volvía su mente. Morgana, fea, pero el deseo encarnado. Piel blanca y pecosa, grandes pechos enhiestos, una boca generosa, siempre dispuesta a reír o besar. Amplias caderas acogedoras. Un pelo de fuego. Jessica. Aún desafiaba a los hombres que, como Emmett, hablaban mal de ella.
Edward se estremeció y alzó la mirada hacia las nubes que cubrían el cielo. A veces, el recipiente de la carne es demasiado frágil para el espíritu que contiene. El cuerpo de Jessica era una frágil lámpara con un fuego demasiado brillante para una cáscara mortal. Cuando la llevaron a la pira, las estrellas cayeron de los cielos, destellando contra la negrura de la medianoche. Los mismos cielos la lloraron.
—Oh, sí —dijo—. He amado a mujeres, y he pagado por mi amor. Ahora son polvo. Y si enumerase sólo a unas pocas de ellas, menguaría como hombre.
Detuvo el vehículo en una de las callejas cercanas al palacio. La plaza estaba atestada, la gente se agolpaba en torno a los escalones de la iglesia.
Edward se volvió hacia Emmett:
—¿Estás dispuesto a obedecerme?
Emmett pareció desesperado y a la vez disgustado.
—Por supuesto, y a dar mi vida por ti —respondió mientras desmontaba.
Isabella fingió no haber oído nada.
—Mi señora —dijo Edward, dándole la mano para que saliese.
—Mi señora, mi culo —gruñó Emmett a su espalda.
Al instante estaba tumbado sobre los adoquines de la calle, mirando al cielo y después las espaldas de Edward e Isabella que se alejaban. No estaba seguro de cómo había ocurrido. Matrona le ayudó a levantarse, sin reír.
—Puede que tengas razón —dijo—. Puede que caminemos hacia el desastre. —Los gigantescos Jasper y Billy estaban junto a ella—. Pero por el momento somos uno. — Avanzaron para rodear a Edward e Isabella, que intentaban abrirse paso hasta los escalones—. Es la ley. Él nos guía, y nosotros le seguimos... a la lucha.
Isabella vio acercarse a la gente de Edward. Ante aquellos enormes hombres armados —y algunas mujeres, observó sorprendida—, la multitud se apartaba sin problemas.
Llegaron en unos instantes a la plaza frente a la iglesia. La muchedumbre había dejado vacío el espacio abierto del centro. Los guardias Papales bloqueaban la entrada a la iglesia. Tony, vestido de blanco, esperaba con los hombres de armas del Papa. Con aquella ropa, parecía un antiguo romano, pero no llevaba toga, sino un grueso manto y una túnica. Un pesado cinturón de oro le ceñía la cintura, y llevaba una gruesa cadena del mismo metal en torno al cuello. A su señal, los hombres del Papa abrieron las puertas de bronce para Isabella y sus compañeros.
La gente se apartó rápidamente para dejarles pasar. De hecho se agolpó para ello. En el altar, la misa estaba terminando. Los altos asientos de madera del coro recorrían las paredes de la iglesia, albergando a los obispos y sacerdotes cardenales de la ciudad. Los grandes nobles ocupaban el centro de la iglesia. Los nobles y sus esposas eran un arco iris de colores para los ojos de Isabella.
No había imaginado que pudiesen existir tantos ricos tejidos. Los colores cantaban. Los azules, cálidos como un cielo de verano, contrastaban con el sedoso brillo de una medianoche invernal. El escarlata, rico como el corazón de una rosa, se difuminaba en púrpura imperial, delicado violeta de primavera o cristalino amatista.
Un festín realzado por los destellos de verde y oro, compitiendo por captar la atención. Las joyas brillaban en torno a cuellos, brazos y manos. Velos de seda, lino y encaje cubrían las cabezas de las mujeres. La resplandeciente multitud estaba formada por los partidarios del Papa, sus jueces y sus amigos. Eran tan electores Papales como los sacerdotes alineados en las paredes de la iglesia. Tenían mucho que perder si fracasaba la política franca del Papa, y mucho que ganar si alcanzaba el éxito.
Isabella alzó la mirada y vio que el tejado de la iglesia disponía de paneles de cristal coloreado. Los presentes estaban bañados en una cálida luz teñida de azul. El espacio cerca del altar estaba despejado. El suelo de mármol blanco estaba ligeramente coloreado por las vidrieras de las ventanas y los paneles del techo.
Isabella miró las caras que rodeaban el altar. Eleazar y James estaban allí. Ella bufó suavemente, con desprecio. Les había dicho que se bañasen, y parecían haberlo hecho. Sus cabellos y barbas estaban bien cortados, y brillaban con lo que podía ser pomada. Sus ropas parecían recién compradas, y estaban asombrosamente limpias. Lauren colgaba del brazo de James, llevaba un pulcro vestido de terciopelo azul, una boba sonrisa y un anillo de boda.
Isabella dejó escapar una exclamación que intentó convertir en una tos. James supo que se estaba riendo de él, y se puso rojo. Pero Eleazar la miró con un aterrador brillo de odio. Amun estaba cerca, con un contingente de guerreros.
La mirada de Eleazar se expresaba tan claramente como si hablase: Pronto te reirás por el otro lado de la boca.
La risa de Isabella terminó con un estremecimiento de miedo. Irina y Kate estaban también allí, con Alice. Cuando la niña vio a Isabella, intentó liberarse y correr hacia ella, pero las monjas la retuvieron rápidamente. Cerca, entre las monjas, estaba la anciana de la hospedería, llevando de la mano a un muchachito de aspecto muy aseado. Isabella reconoció a Bill, y se sorprendió al darse cuenta de que la mujer a la que había visto siempre como una anciana debía de ser la madre del niño. Incluso Chloe estaba allí, aunque cubierta por un pesado velo.
Rufus estaba con un numeroso contingente de sus hombres en el mismo lado de la iglesia que Isabella. Al parecer, no sólo le acompañaban sus soldados, sino también otros nobles, que debían de ser sus vasallos. No sabía que fuese tan poderoso. Cerca de él, y aparentemente bajo su protección, se encontraban muchas de las doncellas de Esme. Isabella reconoció a Charlotte y Steph entre ellas.
La misa llegó a su fin. Los acólitos de Carlisle le quitaron los adornos, dejándole sólo con el sencillo sombrero blanco, prerrogativa del Vicario de Cristo. Él se dirigió hacia la clara luz del techo de la catedral. Amun se abrió camino entre sus hombres hasta quedar cerca de Eleazar y James. Iba tan espléndidamente vestido como cualquiera de los nobles, pero su túnica de color negro y oro cubría una cota de malla. Llevaba un yelmo bajo el brazo, y espada al costado. Alzó el brazo y señaló acusador a Carlisle.
—Falso sacerdote, no eres Papa por elección de buenos hombres cristianos, sino por designio del Maligno. Eres el siervo del Diablo, y su poder te ha sentado como una blasfemia en la silla de Pedro.
La iglesia quedó muda.
—¿Dónde está ella, Amun? —preguntó el Papa.
Isabella pudo ver que Amun quedaba sorprendido. Oyó un rumor de pies. Los hombres de la guardia Papal entraron en la basílica, llenando los pasillos laterales y apartando a la gente de la entrada. Corrieron un enorme cerrojo de hierro en las puertas de bronce. Una ola de miedo recorrió a la multitud de magnates. Incluso las monjas se apiñaron entre sí. Unas pocas se santiguaron, pero Irina se limitó a suspirar. Alice, intentando no perderse detalle, tenía los ojos brillantes de excitación. Pero no ocurría lo mismo con los adultos, casi todos parecían asustados.
—¿Dónde está? —repitió Carlisle. La tranquila furia de su voz era suficiente para acallar un tumulto. Sólo un Papa o un rey puede sonar así, pensó Isabella. Por primera vez desde que le conocía, Amun parecía asustado—. Te encuentras a sólo unas pulgadas de la muerte, Amun. ¿Dónde está?
Amun miró alarmado a su alrededor. Podía tener más partidarios en la plaza, pero en la iglesia estaban claramente superados en número por los del Papa. Estaba atrapado en la trampa de Carlisle.
Isabella captó un movimiento a su izquierda. Tony estaba abriendo subrepticiamente su manto para alcanzar su espada con facilidad. A la derecha, Edward estaba haciendo lo mismo. Ella pudo ver movimientos parecidos entre todos los guerreros presentes.
—Ella confesó —gritó Amun.
—Amun —dijo el Papa—, con la suficiente motivación, cualquiera confesaría cualquier cosa. Las quiero aquí ahora mismo.
Isabella oyó una sucesión de chasquidos y un jadeo de absoluto espanto a su alrededor. Edward la cogió, tumbándola en el suelo y cubriéndola con su cuerpo. Ella alzó la cabeza para mirar más allá del brazo del hombre. Los soldados de la guardia Papal tenían arqueros entre ellos. Los chasquidos habían sido el ruido de los arcos compuestos siendo montados. Muchos hombres habían imitado a Edward, arrojándose al suelo con sus esposas. Amun y sus hombres seguían en pie.
—Eso es, Amun —dijo Carlisle—. Quédate donde estás, si te arrojas al suelo, mis hombres lo tomarán como una señal de disparar.
Amun llamó a uno de sus hombres, habiéndole rápidamente al oído. Los dos miraron a Carlisle. El Papa asintió, y el soldado salió de la iglesia a través de la sacristía.
¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
Isabella había olvidado a los obispos y sacerdotes cardenales. Habían permanecido sentados y quietos en sus bancos elevados, mirando por encima de las cabezas de la multitud. No estaban amenazados por los soldados del Papa, que se colocaron a lo largo del coro dando la espalda a los prelados.
¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
Isabella se retorció bajo Edward, pero apenas pudo mover su cuerpo.
—¿Qué es ese ruido? Deja que me levante. Estoy ahogándome, y no puedo ver qué ocurre.
Edward soltó una risita y levantó un poco su cuerpo.
¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
—¿Qué es eso? —repitió Isabella.
—Calla —dijo Tony—. Es uno de los sacerdotes. No está contento con las arbitrariedades de Carlisle, y da golpes con su báculo contra el suelo de los bancos el coro.
—¿Qué va a pasar?
—Nada, a menos que los demás se le unan.
Apenas acabó de hablar Tony, la basílica entera resonó con los golpes cuando los demás obispos expresaron su opinión.
—Mierda —dijo Tony.
—No es bueno, ya lo entiendo —comentó Edward.
Carlisle alzó su mano izquierda en un gesto a los arqueros. Los arcos descendieron, y sus cuerdas se aflojaron poco a poco. Los golpes fueron apagándose. Los notables en el centro de la nave empezaron a levantarse, rezando agradecidos.
Los hombres de Amun, que se habían apiñado en un grupo compacto, cada uno luchando por un lugar detrás de otro, se relajaron, dándose un poco más de espacio. El rostro de Amun comenzó a mostrar algo de color.
—Tenemos pruebas —gritó.
—¿Pruebas? —exclamó alguien—. ¡Infierno, muerte y condenación! ¿Prueba de qué? ¿Qué crimen ha cometido Su Santidad?
Isabella vio que quien había hablado era Rufus, con la cara roja por la furia. Amun llamó a...
¡Eleazar!
Eleazar se acercó lentamente al espacio central entre Carlisle y Amun. Se detuvo y señaló a Isabella con un dedo:
—Allí está, la misma hija del Diablo. —Dejó caer el brazo—. Se dice que el demonio puede aparecer como un ángel de la luz. Eso hizo con mi pobre hermana Renee. La sedujo con su oro y su apostura. Pretendió casarse con ella... tomarla en honorable matrimonio. — Eleazar volvió a señalar a Isabella—. Él engendró a aquella niña demoníaca en ella. Afortunadamente, apartamos a mi hermana de su visitante del reino de las sombras, pero descubrimos con horror que tenía una niña.
Isabella sintió el áspero aire entrando y saliendo de sus pulmones. Sus labios, su cara y sus dedos estaban aturdidos. Nunca hubiese imaginado que sería posible asustarse tanto como en aquel momento. La iglesia estaba en completo silencio, pendiente de las palabras de Eleazar:
—Ay, mi hermana era una santa. Le dijimos que estrangulase al niño al nacer, que lo enviase a unirse a las legiones de los condenados. Pero para su eterna aflicción, no lo hizo. En su lugar, dedicó su vida a la penitencia, llorando por sus pecados, intentando redimir... —dijo elevando la voz y señalando otra vez a Isabella— a esta hija de la oscuridad. Tiene poderes —rugió, su voz reverberando bajo el tejado—. Puede caminar sobre dos pies o correr a cuatro patas. Ningún cerrojo ni cerradura podía contenerla. De noche, podía ser vista como una niebla, convertida en humo para escapar a través de una ventana cerrada o bajo una puerta. Puede adoptar la forma de un murciélago y volar dentro y fuera del infierno. La noche en que su madre murió, corrió a cuatro patas y tomó a sus bestiales amantes, tantos como la desearon, bajo la luz de la luna.
La hermana Renata se destacó entre las monjas, lanzando un penetrante chillido que hizo temblar las tejas, y después sufrió un ataque de histeria:
—Lo supe cuando la chica vio a Maggie, los muertos son como los vivos para ella. Esa pequeña diablesa es una con la vileza de la tumba. Enviadla allí, pues su lugar no está con los vivos.
Eleazar se acercó a Isabella, deteniéndose justo al alcance de un brazo. Casi parecía estar sobrio. El blanco de sus ojos estaba de color amarillo, pero ya no era una telaraña de venillas rotas. La observó con torva satisfacción.
—Estás muerta, muchachita. ¡Morirás antes de que se ponga el sol! —le dijo en voz baja, acercándose después a Amun.
El lombardo se adelantó para unirse a Eleazar.
—¡Tony! —gritó—. Ven aquí.
Tony se acercó al centro de la nave, con la mano sobre el puño de su espada. Amun le contempló con miedo.
—Deberías estar... muerto. La última vez que te vi, apestabas a la tumba. Tu cara estaba tan devorada por la enfermedad que debías cubrirla, o incluso los hombres más fuertes huían horrorizados. Tus manos eran garras, y los huesos se te salían de la piel. La marca del diablo estaba sobre ti. Todos los presentes sabemos que estabas condenado... pudriéndote, pero todavía vivo. —Amun se volvió hacia los notables reunidos—. ¡Todos lo sabemos, te digo! —Su voz se alzó en un grito—. Nadie puede contradecirme. Ninguno de vosotros osaría mentir, no ante el altar de Dios.
Nadie habló, pero tampoco nadie quiso mirarle a los ojos. Amun se volvió de nuevo, esta vez hacia Carlisle:
—Y ahora... ahora le veo aquí, ante mí, un hombre sano en la flor de la vida, cuando no hace ni un mes, te transmitió las marcas de la maldición de Dios... por tu trato con una ramera, una bruja y —señaló a Tony— un hechicero. Esta muchacha, a la que su propia sangre repudia... vestida de seda y oro... no es una santa con un toque sanador. ¿A qué condenado engendro de la oscuridad invocó para sacar a tu servidor de la nada? Para tener ese poder, debes estar muy cerca del trono del infierno. Y tú —la voz de Amun era un rugido— debes de ser un vasallo del rey de los demonios, o no te hubiese enviado un servidor así.
Todos quedaron callados mientras Amun volvía junto a sus hombres.
—Tonterías —dijo Tony en voz alta—. Tonterías —repitió más alto—. Nadie puede contemplar el rostro de esta dulce virgen —hizo un gesto hacia Isabella— y no ver que es una doncella inocente y virtuosa.
—El eterno enemigo del hombre puede aparecer ante aquellos a quienes quiere engañar... como un ángel de la luz —gritó Amun.
—Puedo creer que seas un experto en los diabólico, Amun —respondió Tony— . Los antiguos señores del abismo deben de ser muy parecidos a ti, si es que no sois parientes.
—Basta —dijo Carlisle—. Puedo creer que ha ocurrido algo extraño. Esas acusaciones son muy inquietantes, y ha de ofrecerse alguna explicación...
No pudo seguir hablando, tres hombres entraron por la sacristía. Llevaban a alguien —a medias guiándole, a medias cargando con él— envuelto en una túnica negra con capucha. Incluso a la distancia a la que se encontraba, Isabella pudo oler sangre fresca. Sangre vieja, coagulada y podrida, el hedor a carne cruda de la sangre y, lo peor de todo, carne quemada.
Esme, pensó.
La hermana Renata empezó a gemir. No muy alto —no había forma de que una mujer pudiese llenar aquella enorme iglesia de ruido— pero sí provocando el nerviosismo entre los grandes nobles. Los hombres maldecían y las mujeres lloraban.
El grupo que llevaba a Esme se detuvo. Sólo la presa de los soldados mantenía a la mujer en pie. Cuando la soltaron, se deslizó lentamente hasta el suelo. La túnica cubría su cuerpo y la capucha su cara. Los soldados se apartaron de ella y se reunieron con los demás hombres de Amun.
Esme se quedó ante el altar, como una pequeña mancha de tinta negra en el mármol, atrapada por la extraña luz azul que entraba por el techo. Carlisle permaneció en los escalones, contemplando la figura ante él mientras abría y cerraba los puños, como un hombre que no quisiera mirar a lo que debía ver tarde o temprano. Una mano ensangrentada salió de entre los pliegues de la túnica, con espacios en carne viva allí donde habían estado las uñas. La mano se movió sobre el resbaladizo mármol, como si la figura pretendiese darse la vuelta.
La multitud retrocedió con un jadeo colectivo de horror, apartándose de la herida Esme como se apartarían de un perro con el espinazo partido por la rueda de un carro, pero que todavía se moviese, los ojos suplicando la muerte.
Isabella sintió una terrible soledad. Los recuerdos de la loba se agitaron en su mente. Vio a un lobo ahorcado como si fuese un hombre. Otro quemado vivo. Y otro atado a dos caballos que le descuartizaron al galopar en direcciones distintas. Las crueldades que los humanos practicaban unos contra otros tenían su reflejo en la ferocidad de su trato con las bestias.
—No —dijo Edward, cogiéndola del brazo—. Cuando esas puertas se abran, saldremos de aquí y cabalgaremos hacia Ostia con mis hombres. Mataremos a todo el que intente detenernos. Dentro de una semana estaremos en las montañas, y una vez allí nadie podrá hacerte daño.
Ella le miró, y después a Emmett, que la contemplaba con la boca abierta.
—¿Loba —preguntó—, murciélago y niebla?
Edward le agarró expertamente de la oreja.
—Cierra el pico, Emmett.
El capitán obedeció.
—¿Y si hay algo de cierto en lo que dicen? —preguntó con amargura.
—Nada que pudieras hacer sería peor que esto.
Isabella se soltó y fue en auxilio de Esme, seguida de Tony. La mujer estaba moviéndose. Había conseguido apoyarse sobre un costado. Su mano izquierda estaba peor herida que la derecha, y usó la mano buena para sentarse.
Isabella se arrodilló a su lado. La capucha resbaló de la cabeza de Esme. Tenía un ojo cerrado y cubierto de sangre, el otro estaba abierto. Su boca estaba triturada, y babeaba sangre. Su rostro era una masa de magulladuras. Isabella miró la túnica y vio más sangre empapando el tejido. Le habían arrancado tres uñas de la mano izquierda, y los dedos de la derecha estaban hinchados.
—Bastardos —musitó Esme—. Dime, Isabella, ¿me han sacado el ojo derecho? No puedo ver por él.
Tony usó una esquina de su manto para limpiar la sangre y las costras. El ojo se abrió, y aunque el blanco estaba de color escarlata, una expresión casi bella transfiguró el rostro de Esme.
—Las otras cosas que me hicieron no importan, puedo ver. Malditos sean todos al infierno —gimió—. Pero no, cuando acabe con ellos, los enviaré ante Dios, y Él podrá hacer lo que quiera con ellos.
Después, para horror de Isabella, cogió el hombro de Tony con la mano derecha y se puso en pie.
—Sabes lo que has de hacer —susurró al oído de su hijo.
—Madre, no sé si tenemos tiempo. Cuando desapareciste, la noticia se extendió por la ciudad.
Esme se volvió hacia Isabella.
—Consígueme tiempo —susurró.
Las dos uñas que le quedaban en la mano izquierda se clavaron en el brazo de Isabella.
—Sí.
Esme se derrumbó, cayendo en brazos de su hijo. Tony se la llevó al interior del palacio. Isabella oyó un llanto infantil, y se giró para ver que procedía de Alice. Kate la abrazaba mientras la niña sollozaba contra el cuello de su tía.
¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
Los golpes retumbaron en toda la iglesia. Carlisle alzó la mano y se desvanecieron. Un obispo muy viejo se quedó en pie mientras los demás volvían a sus asientos.
—Son acusaciones muy serias —le dijo a Carlisle— y tendrás que refutarlas o ser derrocado. No puedes resolver esto por la fuerza de las armas.
Carlisle observó a Isabella durante un largo momento. Sus ojos eran claros y grises, como una marejada invernal.
—¿Hay algún otro testigo? —preguntó.
—La esposa de mi hijo —contestó Eleazar, empujando a Lauren hacia delante.
Ella parecía totalmente paralizada por el terror.
—Bien, muchacha, ¿es Isabella lo que dice su tío? —preguntó Carlisle.
La barbilla de Isabella se alzó, y clavó en Lauren una mirada de roja rabia. Lauren miró a Carlisle, al suelo, al techo, a la multitud, y a cualquier persona o cosa salvo Isabella. Eleazar alzó el puño.
—¡Sí! —gritó la chica a toda prisa—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Isabella se acercó a ella con los puños crispados.
—Pequeña zorra, yo te ayudé. Te salvé la vida y me llamas bruja. ¿Cómo te atreves?
Lauren emitió un gorgoteo y gimió:
—No, no, no...
Se apartó de Isabella para encontrarse con Eleazar, acobardándose al ver su cara retorcida de rabia.
—Ven aquí, muchacha —dijo Carlisle. Cuando Lauren llegó a su lado, señaló a Isabella—. Ahora, por tu alma, dime la verdad. ¿Es ella lo que dice su tío?
Lauren se volvió y miró a Isabella. Lloriqueaba, y tenía los ojos rojos y tristes, pero aquella vez le sostuvo la mirada.
—No quiero condenarte —dijo con una especie de lastimosa dignidad—. Sí, tiene razón. Soy una puta de la peor clase. No sé si ella es hija del diablo, pero es cierto que puede ver a los muertos y hablar con ellos. Y yo, con mis propios ojos, vi cómo se transformaba en animal y después en mujer de nuevo.
Un gran suspiro colectivo salió de los presentes, mientras todos empezaban a hablar. Lauren se alejó con la cabeza gacha y arrastrando los pies. James intentó cogerla del brazo, pero ella se liberó y le siseó como una serpiente.
Isabella observó que Edward y sus hombres e igualmente formidables mujeres estaban reunidos en un semicírculo tras ella. Comprendió que estaban preparándose para luchar
No, pensó, No.
Como en el arroyo cuando estuvo a punto de morir de frío, no fue la loba quien luchó, sino la mujer. La loba estaba presente. Trotaba a lo largo de la playa. El agua cubría las marcas de sus patas a medida que iban dejando huellas en la fina arena. Las olas rompían en un rugido, y la niebla la encerraba en un silencio blanco. En lo alto, las gaviotas volaban y chillaban. Sus gritos agudos, casi enfadados, eran un contrapunto al estruendo de las aguas.
—¿Y bien? —preguntó Carlisle, haciéndole volver a la iglesia.
¡Bum!
El ensordecedor ruido empezó de nuevo cuando los obispos golpearon el suelo de los bancos de madera con sus báculos. Continuó un poco, y después enmudeció. El viejo obispo tomó la palabra:
—Sea lo que sea lo que ha hecho esa mujer, Esme, ya ha sido castigada. La joven Isabella debe responder ante las acusaciones. Si la liberas, Carlisle, te consideraremos su cómplice.
¡Bum!
El báculo del obispo golpeó las tablas, y los demás prelados demostraron su acuerdo de la misma forma. La iglesia pareció estremecerse. Carlisle alzó una mano, y se hizo el silencio.
Un silencio tan profundo que Isabella pudo oír los murmullos de la muchedumbre en la plaza, y el sonido del viento del oeste al pasar por la iglesia.
—Soy de la realeza. La sangre de los reyes francos corre por mis venas. —Hizo una pausa, sorprendida ante lo sonoro y seguro de su voz—. Mi padre era un señor sajón, y él y los suyos defendieron los bosques del norte contra las legiones romanas. Me avergonzaría que tal linaje encontrase su fin por la necia charlatanería. Desvaríos de un sucio borracho y una furcia empapada en vino. Y no me someteré al juicio de simples hombres. —Alzó la voz tanto como pudo—. Soy hija, de reyes. Dios es mi único juez, y sólo a él me someteré. Invoco mi derecho a un juicio por combate... al juicio de Dios.
—Muy bien —respondió Carlisle—. Esto deja sólo la cuestión de que ambas partes elijan a sus campeones.
¡Bum!
La iglesia resonó por el golpe de los báculos y el tremendo grito de los notables reunidos en la iglesia.
Esto es algo que pueden entender, pensó Isabella.
Cuando cesó el ruido, Edward dio un paso adelante.
—Como esposo de la dama y hombre apto, yo seré su campeón.
Los vítores continuaron. Isabella fue llevada por la guardia Papal a una capilla sin terminar cerca de la entrada de la iglesia. Mientras entraba en la pequeña habitación de mármol, pudo oír cómo se abrían las puertas y el rugido de la masa. Uno de los guardias se detuvo al salir de la capilla.
Se quitó el yelmo y la miró con gravedad. Isabella le reconoció como uno de los camareros en el banquete del Papa, el que había dado la copa a Alice.
—Mi señora —dijo en voz baja—, te sugiero que encomiendes tu alma a Dios, pues he visto al campeón de Amun, y nunca pierde.
—Gracias —contestó ella, con los labios rígidos.
Edward entró por detrás del soldado. Hasta entonces Isabella no se había dado cuenta realmente de lo grande que era, pero lo hizo al ver su figura junto a la del joven. Puso las manos sobre los hombros del guardia y le hizo girarse con facilidad.
—La señora ya está bastante asustada. No hagamos que pase más miedo. Yo también he visto al campeón de Amun, y creo que puedo ocuparme de él. Ahora, vete. Me gustaría hablar un momento en privado con mi dama.
Isabella recorrió la habitación rápidamente. El suelo era un mosaico representando una corona de bayas. Las hojas verdes rodeaban el centro. Las paredes eran de mármol con marcas grises. Tres altas ventanas lanceoladas mostraban sólo un claro cielo azul. Un banco de mármol gris recorría ambas paredes.
Isabella se sentó en el banco. No podía mirar a Edward, y clavó los ojos en sus manos sobre el regazo.
—Deberías huir —dijo.
—¿Por qué? ¿Porque el campeón de Amun es una monstruosidad con exceso de peso? Escucha, muchacha, esos hombres suelen ser menos capaces de defenderse...
—¡No! Porque soy culpable.
—Por supuesto. ¿Niebla? —preguntó con suavidad.
Isabella se rió, pero no era una risa agradable.
—¡No! ¿Cómo podría nadie convertirse en niebla? Es una tontería —dijo, mirándole por fin a los ojos.
—Suena lógico. ¿Murciélagos?
—Sandeces. Un murciélago es un animal muy pequeño. No cabría dentro.
—Desde luego. ¿Loba? La loba es... —Edward dejó que su voz se perdiese—. Puedo entender mejor lo de la loba.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Isabella, y tenía los puños fuertemente crispados en el regazo. Edward se sentó junto a ella en el banco, acariciándole suavemente la mejilla con el dorso de la mano.
—Isabella, mi adorada. No me importa que me cuentes esas fantasías, a mí o a mi gente. Dios sabe que ellos tienen sus propias ideas extrañas. Pero te aconsejaría que no hablases así ante los desconocidos, podrían malinterpretarte.
Ella le miró, incrédula.
—Crees que estoy loca.
—No, no, no. Ssssh —susurró, abrazándola y haciendo que apoyase la cabeza sobre su pecho—. No, no creo que estés loca, pero no estoy dispuesto a creer a ese miserable tío tuyo. ¿Qué quería él que hicieses?
Ya no podía ocultarle nada.
—Quería que le ayudase a matarte.
—Sí, y tú fuiste demasiado honesta. Así que ahora, cuando te niegas a llenar sus arcas con mi oro, él intenta arruinarte y acabar con tu vida. Cuando haya acabado con el campeón de Amun, me ocuparé de él. Dejaré su cadáver para que se pudra, no alimentaría a mis perros con sus huesos, ni a mis halcones con tiras de su piel. Y en cuanto a los otros dos, tu primo y su pequeño coño de alquiler, no me fiaría de ellos ni para que me dijesen si es de día o de noche. Con el vino que les gusta beber, puede que ni siquiera lo supiesen.
Isabella suspiró brevemente y empezó a reírse.
—Casi parece que no te importe qué forma asuma, siempre que sea una buena esposa para ti.
—Creo que lo serás —dijo él, acariciándole el pelo—. Cuando te tenga en mis montañas, caliente, mimada y bien alimentada con nuestros quesos (te encantarán su variedad y su sabor), y nuestra cerveza, y nuestro pan (Matrona hace una hogaza distinta para cada día del año), olvidarás todas esas enfermizas y lastimosas fantasías provocadas por la crueldad y el abandono de tu tío.
—¿Y si no lo hago? —preguntó ella con la voz ahogada por las lágrimas.
—Bueno, tengo algunas reglas. No puedes matar, ni siquiera asustar a nuestras ovejas, cabras, vacas y caballos. Dependemos de la leche, sí, incluso de la de las yeguas, para hacer queso y la mayor parte de nuestra riqueza. Y no quiero una esposa que se tumbe en la alfombra junto al fuego y rompa los huesos con los dientes para chuparles la médula. No dejo que mis perros entren en el dormitorio, y tampoco toleraré una esposa que mude el pelo. Mis alfombras son persas. Las sábanas son del más fino lino egipcio. Mis muebles están hechos por los más hábiles artesanos de las montañas. Las cortinas de la cama son de brocado, y los cojines y mantas son como dormir entre nubes. Las pulgas están prohibidas.
Isabella empezó a reír sin poderlo remediar. Él le hizo levantar la cara y le dio un beso. Las lágrimas daban un sabor salado a sus labios
—¿Mejor?
—He hecho cuanto he podido
—Sí —dijo él—. Ahora deja que yo me ocupe del campeón de Amun.
La puerta se abrió, y entraron Irina, Tony, Alice y Bill. La niña intentó correr hacia Isabella, pero Irina no se lo permitió. En lugar de ello, hizo que se acercase andando a ella y le diese un decoroso beso, pero entonces Alice perdió el control y la abrazó.
Isabella se la puso en el regazo.
—¿Qué va a pasar?
—Nada —contestó Isabella.
Podía sentir en el desesperado abrazo de la niña sus dudas sobre las mentiras consoladoras de los adultos. Bill se acercó a ella como un hombrecito y besó su mano extendida. Isabella pudo ver el miedo abrasador en sus ojos. Apartó a Alice y se la devolvió a Irina. El rostro de la monja estaba surcado de arrugas de preocupación.
—Saca a los niños de aquí, Irina. Llévatelos. Pase lo que pase, no deben verlo.
—No te preocupes —dijo Irina—. Kate parte mañana hacia Wessex con los dos. El padre de Alice estará encantado de acoger al muchacho. Su madre no quería dejarle marchar, pero sabe que tendrá un mejor futuro allí que en esta ciudad, sobre todo si ganan los lombardos. Amun mataría a Bill y a su madre con la misma facilidad con que apartaría a una mosca de su copa, e igual de rápido.
Alice se liberó y corrió de nuevo hacia Isabella, que la tomó de las manos.
—Mi padre dice que no debemos abandonar a los amigos en los malos tiempos.
Isabella mantuvo agarradas las manos de la niña para impedir que la abrazase de nuevo. Le dio un beso en la frente.
—También debemos respetar los deseos de los amigos, y yo sería mucho más infeliz de lo que soy ahora si supiese que te habías quedado conmigo para ser herida, o quizá muerta. Vete ahora. Tu deber de hospitalidad requiere que te hagas cargo de Bill. Va a acompañarte a casa de tu padre, y no conoce el idioma sajón ni tiene amigos. Tal y como él te ayudó en su país, tú tendrás que cuidar de él en el tuyo.
Alice retrocedió, con una expresión de casi adulta tristeza en el rostro. Se dio la vuelta y cogió de la mano a Bill, precediendo a Irina a través de la puerta.
—Saludos y hasta siempre —susurró Isabella—. Que Dios te acompañe y te guarde de todo mal.
Llegó un rugido de la multitud en la plaza. Isabella comprendió que habían visto al campeón de Amun.
—Supongo que Edward hará ahora su entrada —dijo Tony—. Isabella, ¿tienes alguna idea de la miserable crueldad que has hecho caer sobre ti?
—¿Qué quieres decir?
Tony le tendió una pieza de tela. Era lino sin teñir, el más tosco de los tejidos caseros.
—Debes permanecer atada a la estaca, con los leños apilados bajo tus pies, contemplando la lucha de tu campeón. Si pierde, se rinde o muere, encenderán la hoguera. Ahora, quítate ese vestido dorado y ponte esto. Yo me dejaría la camisa. Esta maldita cosa es muy áspera y podría despellejarte. Saldré mientras te cambias.
Tony salió rápidamente, y Isabella se quitó el vestido dorado, dejándolo sobre el banco. Después se puso el manto penitencial sobre la cabeza. Era como un saco, y le cubría desde la cabeza hasta los tobillos, arrastrando un poco por el suelo. Las mangas colgaban por debajo de los hombros. El viento resonó de nuevo en el edificio. Las puertas de bronce de la catedral y la capilla retumbaban una y otra vez. Fuera, el ruido de la multitud era sólo un murmullo.
Isabella alzó la vista. Las tres ventanas mostraban únicamente cielo azul, con unas pocas nubéculas impulsadas por el viento del oeste. Estaba sola. ¿Dónde encontrar coraje? Ella y la loba se encontraron en su alma. La loba esperó, mirando a los ojos de Isabella como si dijera "Sabes que esto no es el final".
¿Cómo podré soportarlo si encienden el fuego? Pensaba la mujer.
Estaba segura de que Edward la tomaba por loca. Y aun con la mejor de las intenciones, ¿con cuánta fuerza lucharía por una loca? No, estaba condenada.
Se quedó quieta por un momento, y después un violento e incontrolable temblor recorrió su cuerpo. El pánico momentáneo cedió, dejando a ambas serenas y lúcidas. Reunió ánimos recordando la serpiente en la iglesia embrujada. Se había negado a mostrar miedo delante de Lauren.
En la masa que esperaba allí fuera había mil Laurens, brutas dispuestas a excitarse ante la visión de una mujer quemada viva. Y no avergonzaría a su casa real mostrando miedo delante de ellas.
La puerta se abrió, y Tony entró con cuatro guardias Papales. Los recuerdos posteriores de Isabella de su recorrido hasta la pira serían fragmentarios. Intentaron que se quitase los zapatos, alegando que los penitentes debían ir descalzos.
Ella respondió que no se consideraba una penitente.
—No hay nada por lo que yo deba hacer penitencia.
Consiguieron convencerla para que se quitase la cinta que sujetaba sus cabellos. Tony la tomó del brazo, y la guardia Papal les abrió paso entre la muchedumbre. El recorrido no fue tan malo como ella había previsto cuando salieron del palacio. Había temido pedradas y maldiciones, pero la mayoría de los congregados cerca de la iglesia se mostraban indiferentes o muy divertidos, mirándola como podrían haber mirado alguna rara bestia o ave, un tigre o un mono llevado ante ellos para su entretenimiento.
La estaca era en realidad un poste de piedra, de unos seis pies de alto y aproximadamente uno de ancho. Cuatro escalones llevaban hasta él. Eleazar y Amun aguardaban allí, montados a caballo. Dirigieron la forma en que ataron a Isabella, añadiendo un nuevo refinamiento a la anilla de hierro que aprisionaba sus muñecas: una cadena que iba de la anilla de hierro a su cuello. El verdugo le hizo ladear la cabeza y apretar la mejilla contra la piedra mientras la cerraba a martillazos.
Eleazar y Amun se inclinaron sobre ella para valorar la obra del verdugo.
—Esto no puede soltarse con una llave— comentó Eleazar—. Hay que abrirlo a martillazos.
Isabella volvió la cabeza para no verles. Tony estaba todavía al pie de los escalones, mirándola.
—Por favor —le pidió—, tengo mucha sed. Tráeme algo para beber.
Tony hizo que alguien le diese una jarra de barro con un poco de vino agrio. El sabor era horrible, pero ella dio un trago. Amun y Eleazar estaban riendo juntos.
—Su madre era débil, siempre estaba llorando. Pero su padre... —Eleazar se volvió hacia Isabella, y ella le escupió el vino directamente entre los ojos.
Eleazar gritó y estuvo a punto de caer de su caballo.
—Escoria, tus labios profanan los nombres de mis padres.
La gente alrededor del caballo de Eleazar la vitoreó incluso mientras esquivaba los cascos del caballo encabritado. Amun cargó contra ella, el puño alzado para darle un golpe realmente salvaje. Isabella intentó pensar una forma de evitarlo, pero estaba inmovilizada por el cuello y las muñecas. Otro jinete se interpuso entre ellos, y Isabella reconoció a Rufus.
—Atrás, caballero —rugió a Amun—. Tu crueldad excede toda medida.
Eleazar, mal jinete, ya estaba a medio camino a través de la plaza, conformándose con mantener controlado a su caballo. Rufus y sus hombres rodearon el poste, haciendo retroceder a la multitud y formando un círculo defensivo entorno a Isabella, de forma que podía ver claramente el campo de batalla frente al palacio. Rufus habló en voz alta para Amun y la muchedumbre:
—La dama no sufrirá más insultos ni indignidades. Su vida está en juego, y eso ya es bastante. No toleraré abusos de nadie. Ya lo he advertido, el próximo que viole mis órdenes morirá.
—Mi señor —protestó el verdugo—. Debo apilar los troncos a sus pies. Es la ley.
—Cierto —suspiró Rufus—. Adelante.
El verdugo, un hombrecillo gris de ojos acuosos, empezó a descargar madera de una carreta cercana, ayudado por dos chicos que eran al parecer sus hijos. Empezaron a poner manojos de ramas finas en los escalones.
Isabella miró las piedras a sus pies. Eran bloques de granito, pero podía ver que estaban chamuscados y un espeso hollín llenaba los huecos entre ellos. De hecho, podía oler, incluso con sus sentidos humanos, el carbón y el humo viejo. El viento azotó su pelo, e incluso la pesada prenda de lino se agitó en torno a su cuerpo. Carlisle y sus acompañantes tomaron posiciones en los elevados escalones de la iglesia.
Isabella comprendió que querían estar cómodos. Los criados estaban llevando sillas y taburetes para que los notables reunidos pudiesen contemplar el drama sin incomodidades. Carlisle, solo, permanecía en el escalón más alto.
—El Papa quería bendecirte —dijo Rufus—, pero nos hemos negado. Si te invistiese de la majestad conferida al Vicario de Cristo, ¿cómo íbamos a poder juzgar si eres culpable o no?
Isabella asintió.
—Muchacha, has escogido una forma de juicio contra la que no hay apelación terrenal. Aunque los mismos ángeles del cielo bajen a la tierra con pruebas de tu inocencia, igualmente tendremos que quemarte si tu campeón pierde.
Carlisle la miró. No alzó la mano, pero se mantuvo alto, pálido y solitario frente a las resplandecientes ropas de su grey. Compartiendo su incomodidad, aunque ella estaba segura de que también compartiría su destino en caso de que Edward fallase.
La multitud murmuró con deleite, e Isabella vio entrar en la arena improvisada frente a la iglesia al que debía de ser el campeón de Amun. Era el hombre más grande que hubiese visto nunca, tanto que era casi grotesco. Todo en él era enorme: brazos, piernas, manos, pies, pecho y hombros. Sacaba al menos un pie a Edward, y todo su cuerpo era proporcionalmente más grande que el de su adversario.
Edward permaneció tranquilamente en los escalones. Se había armado con yelmo, cota de malla, grebas en los muslos y espinilleras. Estaba examinando varias espadas que le ofrecían sus hombres. Entonces, Matrona llegó con otra. La vaina era vieja, con el cuerdo agrietado, pero cuando Edward desenvainó la espada, brilló con el frío resplandor de la luz de la luna sobre las aguas tranquilas. Al elevarla hacia el sol, el arco iris jugó a lo largo de la hoja, enviando llamas rojas, amarillas, azules, púrpura y verde.
Isabella oyó que Rufus contenía el aliento.
—¿Qué ocurre?
—La espada. Siempre había creído que esas cosas eran leyendas...
Ella se encogió de hombros lo mejor que pudo.
—Es bonita, pero...
—¿Bonita? —resopló Rufus—:. Claro, eres una mujer, y no un guerrero. Por primera vez empiezo a creer que Amun puede no tenerlas todas consigo. Mi señora, no tengo idea de dónde podría encontrar un arma así, y mucho menos el coraje de llevarla.
El campeón de Amun aguardó, con su propia hoja desnuda en la mano. El arma era también más grande que la de cualquier otro hombre, al menos un pie más larga que la espada de Edward. Estudió a su oponente con una contenida y brutal diversión en sus ojos somnolientos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Isabella a Rufus.
—Alistair. Lleva mucho tiempo siendo el campeón de Amun. Tiene veintisiete muertes acreditadas. Empezó desafiando a pobres granjeros a luchar, obligándoles a aceptar duelos. Entonces le mataba, se quedaba con sus tierras y las vendía. Su carrera llegó a oídos de Amun, que le contrató, y han estado juntos desde entonces.
Alistair gritó algo a Edward. Éste, que estaba apurando una copa de vino, le ignoró. Alistair avanzó alzando la espada. Edward le observó sobre el borde de la copa. El campeón lombardo hizo caer su espada, pero Edward ya no estaba allí, aunque Alistair estuvo a punto de matar a unos cuanto espectadores.
La hoja golpeó el suelo, haciendo brotar chispas de los adoquines. Edward, a sólo unos pies de distancia, entregó la copa a Emmett y desenvainó su espada.
Alistair giró rápidamente y lanzó otro golpe. Edward paró, y la espada sonó como una campana, emitiendo un sonido siniestramente parecido a un grito de alegría. Algunos espectadores jadearon, e Isabella vio por el rabillo del ojo que Rufus se santiguaba.
Ninguno de los combatientes llevaba escudo. Al parecer, Alistair prefería manejar su espada con las dos manos. Empezó a acorralar metódicamente a Edward. Cada vez que el lombardo lanzaba un golpe, el corazón de Isabella se estremecía. A veces la gigantesca espada pasaba tan cerca de Edward que Isabella estaba segura de que le partiría en dos. Pero de alguna forma, nunca llegaba a ocurrir. Parecía que Edward estuviese bendecido con la presteza de una víbora. Pero al contrario que las víboras, podía atacar mientras se retiraba.
Al principio, a pesar de su incapacidad de golpear a Edward, Alistair parecía tener la ventaja. Persiguió implacable a su enemigo, y la multitud se separó para dejarles espacio.
Isabella oyó apuestas sobre cuánto tiempo tardaría Alistair en atrapar y matar a su adversario. La lucha se trasladó de un lado a otro de la plaza, hasta que ambos hombres se encontraron luchando casi a los pies de Isabella. Edward seguía haciendo fallar a Alistair. El viento seguía soplando con fuerza, y el sol estaba alto en el cielo, quemando el rostro, los bazos y la espalda de Isabella.
Los ojos de Isabella estaban clavados en Edward, y vio que estaba reservando sus fuerzas. El sudor apenas era un tenue brillo sobre su piel expuesta, Mientras que Alistair sudaba tan profusamente que las gotas caían de su barbilla y manchaban su camisa. Aun así, Isabella seguía sin estar segura de que Edward tuviese posibilidades.
El sol había llegado a su cénit, y Isabella se alarmó al ver que Edward se movía más despacio. Los golpes de su enemigo se acercaban más y más. Pero cada vez los desviaba la milagrosa espada, en ocasiones cuando parecía que Alistair estaba a punto de matar o mutilar al contrario. Cada vez, la espada de Edward lanzaba un dulce sonido burlón, y cada vez que hablaba, atacaba.
Al principio, sólo un pequeño corte o dos en el brazo del lombardo, nada serio, apenas arañazos para un hombre de su tamaño. Pero Isabella se dio cuenta de que Alistair estaba dejando un rastro de sangre, un rastro que se iba haciendo más espeso a medida que avanzaba la lucha. El calor era cada vez más intenso, en parte por el sol cayendo a plomo sobre las superficies de piedra, y en parte por la multitud de cuerpos apretados en la plaza.
Por un momento, Isabella apartó los ojos de los combatientes. La plaza estaba abarrotada, la gente llenaba todos los huecos. Algunos vendedores ofrecían vino, pan frito y pasteles rellenos de todo tipo. Los espectadores cubrían los tejados de todos los edificios, incluso los de la misma basílica. Los porches y balcones estaban atestados, y cuatro o cinco personas luchaban por un puesto en cada ventana.
—¡Isabella! —Tony estaba cerca del poste de piedra, tan cerca como se lo permitían los troncos de la pira.
—¿Dónde has estado? No había tanta gente esta mañana. ¿Qué está pasando?
—Madre te pidió tiempo, y se lo has conseguido. Somos cuatro: Carlisle, Madre, tú y yo.
—Cinco —corrigió ella, señalando con un gesto de la cabeza a Edward.
—Cinco, entonces. Y puede que ninguno de nosotros vea el próximo amanecer. Pero te prometo que Amun tampoco lo verá.
Un grito de la multitud desvió la atención de Isabella. Edward había tropezado. Ella vio cómo caía. Alistair se abalanzó sobre él con más rapidez de la que le había visto Isabella en todo el día. Pero Edward rodó sobre sí mismo contra el hombre que le había puesto la zancadilla, haciendo que cayese sobre su espalda. La espada de Alistair le partió en dos. La multitud se apartó, dejando espacio a los luchadores y el cadáver.
—Admite tu derrota, Alistair —dijo Edward—, y deja que me lleve a la mujer. No quiero tu vida.
Alistair meneó la cabeza como un buey herido.
—No me pagan por dejar vivir a los hombres. O a las mujeres.
Isabella vio que algo cambiaba y se endurecía en el rostro de Edward.
Espero que nunca me mire así, pensó.
El sol siguió su camino, y empezaron a llegar las nubes. Espesas y oscuras, con bordes brillantes, no llegaban a ocultar el cielo por completo. El viento arreció, agitando las ropas de todos. El olfato de loba de Isabella captó el olor de la lluvia en el viento. Ni siquiera los más ardientes espectadores tenían ya energías para seguir insultando o vitoreando a los campeones y seguían la lucha tan silenciosos como ellos.
Edward y Alistair se lanzaron a un asalto letal. El lombardo intentaba agotar a su enemigo haciéndole dar vueltas por la plaza, mientras que Edward le hería despiadadamente a cada lance. Por fin llegaron al mismo lugar donde habían empezado, frente a los escalones de la basílica El Papa estaba allí, con los obispos y cardenales. Habían esperado durante todo el día, un día que estaba llegando a su fin. Alistair era una masa sanguinolenta, y quienes le miraban apenas podían creer que siguiese vivo.
Su ropa estaba empapada en sangre, su armadura cubierta de cuajarones. Cuando se detenía, las gotas que caían de su ropa formaban charcos a sus pies. Pero su oponente también estaba cansado. El rostro de Edward estaba gris por el agotamiento. Su túnica se había empapado de sudor, secado y vuelto a empapar.
Además tenía una herida en la pierna, fea, pero no fatal. Su bota chorreaba sangre a cada paso. Cada vez que alzaba el brazo para parar un golpe de su enemigo, se movía más y más despacio. El sol estaba bajo en el cielo, cerca del horizonte. Enviaba sus últimos rayos por las calles, llenándolas de un último resplandor dorado.
En el poste, Isabella estaba también cerca del límite. Sus manos estaban entumecidas, y por mucho que agitase los dedos no lograba restaurar la circulación. Sentía los dedos como si estuviesen atravesados por cuchillos. El roce del collar le había dejado el cuello en carne viva. No había comido ni bebido nada en todo el día. Tenía la lengua correosa y los labios agrietados.
Edward y Alistair se movían en círculo, ambos pareciendo demasiado cansados para atacar. Un profundo rumor llenó la plaza. El lombardo dio un paso atrás y bramó como un toro furioso. La extraña luz destelló sobre su espada y su armadura, haciendo que pareciesen estar envueltas en llamas. Arrojó su espada como si fuese un cuchillo en dirección a Edward. Edward se movió hacia la derecha, evitando la hoja.
Isabella gritó, pues había visto el propósito de Alistair.
Al esquivar la espada, Edward se había puesto al alcance de las manos como mazas de su enemigo. En un instante, estaba con uno de los puños de Alistair en torno a su garganta, y el otro inmovilizando su brazo derecho por la muñeca. Isabella volvió a gritar mientras los dos hombres se debatían en el suelo.
No quería ver morir a Edward, pero al apartar la mirada vio al verdugo con una antorcha.
No, pensó. No. Pero entonces ¡Sí!
Sus dientes se hundieron en su labio inferior. La boca se le llenó de sangre, que caía por su barbilla en un fino hilo. Por un instante se encontró con los ojos de Rufus. El intentó apartar la vista, pero la mirada de ella atrapó la suya, sus ojos dos pozos de vacía negrura. El verdugo alzó la antorcha. Rufus apoyó la punta de su espada en el hombre, que retrocedió confundido y dejó caer la antorcha.
Uno de los hombres de Amun la recogió rápidamente, arrojándola a la pira. Un manojo de leña seca se prendió con un rugido.
Isabella se retorció contra el poste. Las ataduras laceraron sus muñecas, y se debatió sin éxito contra el collar. Entonces se quedó quieta. Sólo le quedaba un instante de vida libre de dolor. Vio a Amun, cabalgando a través de una multitud que sonaba como una tormenta para clamar su victoria. A su izquierda, oyó a Rufus que le decía "No dejaré que sientas las llamas" y vio alzarse su espada.
El sol poniente le daba en los ojos. Oyó un sonido, un ultraterreno bramido que se alzaba entre la multitud. Un grito de rabia y triunfo tan terrible que incluso en aquel momento le erizó el cabello. A través de las llamas vio a Edward en pie, su brazo izquierdo rojo hasta el codo, los dedos goteando sangre, algo aferrado en la mano.
Amun estaba cerca de él, y Edward le arrojó lo que llevaba a la cara.
—¡Ha ganado, Dios mío, ha ganado! —exclamó Rufus—. ¡Vamos, apagad esas llamas!
Milagro de milagros, los hombres de Rufus empezaron a arrojar agua y apartar la leña de sus pies. Y supo que iba a vivir. Maravillosa, increíblemente, supo que iba a vivir... vivir.
Oh, Dios, pensó. Gracias a Dios... vivir.
Alistair no había muerto aún, no del todo. La multitud retrocedió. Estaba caído sobre las piedras de la calle, la sangre saliendo a borbotones de la herida entre sus piernas. Gritó... abrió la boca para gritar de nuevo... y murió.
Amun hizo retroceder a su caballo e intentó cabalgar de vuelta a sus filas. Alguien estaba forcejeando con el collar de Isabella, intentando abrirlo, cuando ella vio morir a Amun. Tony pareció entre la multitud que le rodeaba y clavó una espada en el cuello de su caballo. Las patas de la bestia moribunda se doblaron, y una docena de manos arrancó a Amun de la silla.
Por los ruidos que oyó, Isabella no creyó que estuviera vivo cuando su cuerpo llegó al suelo. Los hombres de Amun intentaron mantener su posición. Frente a los ciudadanos comparativamente desarmados, hubiesen podido tener éxito, pero Rufus, sus hombres y los de Edward se unieron a los romanos, y todo lo que quedó después de los lombardos hubo de ser fregado.
Alguien encontró un jarro de un vino medio decente, y Isabella lo bebió mezclado con agua. El vino se le subió directo a la cabeza y por eso no protestó cuando Edward llegó para reclamarla. La depositó sobre la silla frente a él, y ella descubrió que sólo quería apoyar la cabeza en su hombro y rodearle el cuello con los brazos. Desde allí vio al semicírculo del sol poniente hundirse tras el horizonte.
El cielo sobre ellos era una bóveda de espesas nubes negras con bordes azules, salpicadas de relámpagos. El chaparrón empezó antes de que llegasen a la villa. Hicieron detenerse al caballo y se quedaron en medio de la calle oscura y vacía, dejando que el agua cayese sobre ellos, lavase el sudor del miedo de su piel y la sangre de la matanza. El agua helada alivió sus heridas y empezó a curarlas. Abrieron sus bocas y bebieron de los manantiales del cielo.
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Todavía estaba lloviendo cuando llegaron. Su ropa estaba completamente empapada. Él la llevó a una habitación donde se secaron con toallas, iluminados por una única vela. Edward salió y volvió con una túnica limpia. Le ofreció un cofre, del que Isabella escogió un vestido. Era de blanca y pura seda virgen, casi invaluable, con bordados de oro en el cuerpo, las mangas y el dobladillo. Se lo puso dejándolo caer desde la cabeza.
Debo irme, pensó.
Su mente estaba despejada. La tela acariciaba su piel, un deleite sensual.
Él la besó suavemente, con exquisita ternura. Otra delicia.
Me iré por la mañana.
Edward la llevó al triclinio. Quizá hubiese más comida en la mesa de la que había habido en el banquete nupcial. Jamones, quesos amarillos, blancos y azules, cántaros de vino, botellas de arcilla e incluso ánforas puestas a enfriar en nieve. Había piezas enteras de cerdo, vaca, ternera y cordero, y pan por todas partes, los oscuros y suculentos panes rellenos romanos. No había velas ni lámparas, la única luz era la de las antorchas. Los lechos habían sido reemplazados por bancos. Había dos sillas en la mesa de honor, y Edward llevó a Isabella hasta allí.
Todos se pusieron en pie y alzaron sus copas por ella. Las cortinas que separaban el comedor del jardín ondearon al viento. Isabella se estremeció. La loba se elevó desde la profunda oscuridad. Como siempre, carecía de voz, pero Isabella supo que la mujer y la criatura estaban enfrentadas.
La entornada y ardiente mirada la atrapó. Sus sillas estaban tan cerca que el brazo de Edward presionaba el suyo La loba dirigió su atención. Vio claramente al enorme lobo gris.
Pudo oler el viento de las alturas, saborear la pureza del aire soplando sobre un glaciar cubierto de nieve, atrapado en un invierno perpetuo en picos tan altos que atravesaban la tenue capa de aire que cubría el mundo.
El lobo gris escaló más alto que los árboles o incluso la hierba, más allá del sendero del íbice, que recorre las rocas desnudas y barridas por el viento como si bailase al borde del cielo. Corrió, aunque el aire era tenue y el frío tan intenso que penetraba grueso pelaje y le llevaba casi a la agonía. Más y más alto, sobre hielo cubierto de nieve, bordeando simas que se abrían como gélidas bocas desdentadas y exhalaban una muerte helada y silenciosa. Ante él se elevaba un risco bañado por la luz de la luna, resplandeciendo contra el negro cielo.
El lobo trepó esforzadamente, sin hacer caso al dolor que le quemaba los pulmones, la tensión de los músculos y tendones, que parecían dispuestos a liberarse de sus músculos al siguiente paso. Arriba, hacia lo que al ojo inexperto de la mujer le parecía el techo del mundo.
Alguien tocó su cara, y la visión se desvaneció. Se dio cuenta de que Matrona estaba inclinada sobre ella y Edward le sostenía la mano.
—Mi señora —dijo con suavidad—. ¿Estás bien?
Matrona le acarició la mejilla.
—¡Dejad de beber, borrachínes! Coged un plato de comida y traédselo a nuestra joven hermana... Necesita comida. Y vino. No, no ese tinto de la Campania, sino algo del blanco enfriado en la nieve.
En unos instantes, hubo un plato y un vaso puestos ante ella. Salchichas de vaca y de cerdo, carne fría, lomo de jabalí, todo ello bien sazonado. Una especie de verduras cocinadas en queso y aceite, y vino, fresco y que saciaba la sed. Cada bocado era un placer. No, más que placer, una distinta variedad de éxtasis.
Al rato, cuando alzó la mirada, la comida había desaparecido. El brazo de Edward estaba en torno a sus hombros.
—¿Te sientes mejor ahora?
—Sí —contestó ella con un gemido de hartazgo.
El brazo alrededor de sus hombros se tensó, y el dorso de la mano libre de Edward le acarició la mejilla. En las profundidades de su cerebro la loba lanzó un grito de miedo y furia.
Ve, dijo tan claramente como si lo hubiese pronunciado.
No. La mujer se volvió hacia su oscura compañera. El gran gris se ha perdido. Estamos separados por el poder del rey y el Papa, de la ley y de Dios...
Entonces sintió una terrible oleada de dolor, pues sabía que la plateada estaba diciendo la verdad y que, tarde o temprano, dejaría la cama de aquel hombre y buscaría la libertad definitiva a la luz de la luna.
Como fue al principio, es ahora, y será siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Aquella parodia de oración anunciaba su victoria y su perdición. Eleazar cruzó las cortinas que separaban el comedor del jardín. Seis de los mercenarios de Amun le acompañaban. Todos llevaban ballestas. En los ojos de Eleazar había una mirada de locura. Su ballesta apuntaba directamente al pecho de Edward. La habitación quedó sumida en un completo silencio.
—¿Qué quieres, Eleazar? —preguntó Edward.
Eleazar rió.
Puede que sea una risa, pensó Isabella.
Un desagradable cloque en la silenciosa estancia.
—Todo lo que he intentado ha fallado. Incluso ahora, la chusma me persigue. Pero mis amigos y yo no encajamos en el papel de proscritos. No cuando en la mesa frente a nosotros hay un tesoro que puede hacernos ricos para siempre.
Isabella miró las vajillas de oro y plata, la copa adornada con rubíes junto a la mano de Edward. Edward se encogió de hombros.
—Dáselos, Matrona. Después de todo, sólo es oro y plata.
Matrona respondió con un gruñido y se puso en pie. Empezó a recoger platos y copas y a meterlos en un saco improvisado con un manto. Ni siquiera Isabella se dio cuenta de que, mientras trabajaba, se iba acercando más y más al semicírculo de hombres en la puerta.
¡No! pensó. ¡No!
La ballesta apuntaba directamente al pecho de Edward. Isabella recordó a su padre. La herida que acabó con su vida. Rosas de color blanco y rosa, los pétalos bañados en sangre. Supo lo que iba a hacer Eleazar. La loba supo lo que iba a hacer Eleazar.
Recordó el viento en la celda del convento, el viento de más allá del mundo; sintió que empezaba a soplar. De pronto, el aire se volvió más espeso con el olor a sangre y a rosas. Isabella se liberó del brazo de Edward, derribó la silla de una patada y se puso en pie.
—Querida sobrina —dijo Eleazar—. Querida sobrina, si eres prudente...
Pero el viento soplaba más fuerte, haciendo ondear salvajemente la cortina. Isabella comprendió. Ella lo había invocado. Su vida lo había invocado, y quizá su muerte.
—Tío —dijo como último aviso—, vete. Vete ahora mismo o morirás.
La ballesta se movió de Edward a ella. Todas las letales y relucientes puntas de los dardos apuntaban a su cuerpo.
Ella fue la loba de plata.
Por un horrible momento se enredó con su vestido, pero se liberó y saltó como un resorte. Un destello de luz de luna con los colmillos desnudos, se lanzó a la garganta de Eleazar. Esperaba morir en pleno salto... pero no lo hizo. Su tío era brutal y cobarde, pero no estúpido. Ella había caído en su trampa.
Algo como una nube negra voló hacia ella. Los pesos de acero de la red se cerraron a su alrededor. La loba cayó al suelo, forcejeando a los pies de su tío.
Eleazar lanzó un grito de puro triunfo.
—¡Mira! ¡Mira con qué te has casado!
Los mercenarios acercaron sus antorchas a Isabella, cegando a la loba. Entonces ella fue mujer de nuevo, y las ballestas volvieron a apuntar hacia ella.
—Ahora —dijo Eleazar a Edward—, supongo que estarás encantado de pagarme para que me la lleve.
Isabella suspiró. Un sonido sencillo, pero terrible. Su lamento era el llanto de quien se ha debatido contra la muerte, pero por fin sucumbe a su frío abrazo. La protesta de alguien hundido en el pesar que se da cuenta del verdadero sentido de la separación del ser amado. Todos en la habitación sintieron el dolor de aquel sonido, incluso Eleazar.
—No entiendo cómo puede sentir tanto —, dijo, apuntando la ballesta a su corazón.
—¡Eleazar! —clamó la voz de Edward, y el lobo gris se alzó sobre la mesa, desafiándole.
Los ojos de Eleazar se dilataron, y su mandíbula cayó flojamente. Isabella pensó que parecía un hombre cuya peor pesadilla se hubiese hecho realidad. Los rostros de los mercenarios estaban cenicientos de terror. Un fuerte golpe de viento llegó a la entrada del comedor, y la luz de las antorchas se volvió azul.
Edward era gris como las oscuras nubes de tormenta o la sombra de una roca sobre un glaciar. Su salto fue tan poderoso que le llevó desde la mesa hasta Eleazar. Entonces fue hombre de nuevo. Con la mano izquierda le arrebató la ballesta. Con la derecha le mataría, de hombre a hombre. La manada entera saltó por encima de las mesas sobre los mercenarios. A cuatro patas, sin armas, ropa ni armadura: con pelo, colmillos y rabia... ojos reluciendo en la oscuridad.
El viento gritó a través de la estancia. Botellas y cacharros se rompieron cuando la manada saltó hacia delante, sin atender a nada que no fuese el ataque. Edward levantó a Eleazar por el cuello, asfixiándole. Eleazar se debatió violentamente, dando patadas, arañando la cara del hombre lobo mientras la suya se iba volviendo más oscura.
Fuera sonó un coro de pesadilla de gritos y gruñidos. La manada atrapó y mató a los mercenarios.
—Juré —rugió Edward, mirando a los ojos de Eleazar— que mataría a su torturador con las manos desnudas... —el cuerpo de Eleazar dejó de agitarse y colgó como una muñeca de trapo de su puño— y lo he hecho —concluyó, dejando caer el cuerpo sin vida al suelo.
El viento murió, y las antorchas volvieron a brillar. Edward se arrodilló, ayudando con las manos temblorosas a Isabella a liberarse de la red.
—Dios mío —susurró—. Dios mío. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué no has dejado que yo me ocupase de todo? Hubiesen muerto al momento de salir de aquí.
—No, él no pensaba dejarte vivo. Así mató a mi padre, con un dardo de ballesta en el corazón.
Edward contempló el cuerpo desmadejado y sin vida.
—Puede que estés en lo cierto. ¿Tienes alguna herida?
—No —musitó Isabella mientras él la abrazaba.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro. Entonces sintió que la loba, en el silencio de su corazón, apoyaba su cabeza sobre el mismo hombro en perfecto amor y armonía. Y eran una. Los brazos de Edward la envolvieron protectores. Fue poco antes de que se diesen cuenta de que el suelo de piedra sobre el que estaban estaba duro y la brisa de la noche era fría.
Edward se levantó, fue a la mesa y se pasó la túnica por la cabeza. Después se frotó las manos y le dio su vestido a Isabella.
—No me lo dijiste... y cuando yo intenté confesártelo —Isabella elevó el tono—, tú me trataste... como si estuviera loca.
—Isabella, éramos los actores principales de uno de los mejores dramas representados en esta ciudad desde que la corte imperial se trasladó a Constantinopla. ¿Cuántas orejas crees que habría pegadas a aquella puerta? Cinco, diez, dos docenas o quizá más. Y en aquel momento, que el cielo me valga, habías pasado por muchas cosas. Tenía miedo por ti. Miedo de que tu mente se quebrase. Pensé que mis temores se habían cumplido cuando te vi lanzarte contra Eleazar. Fui despiadadamente lento con su muerte, sintió una completa agonía a cada-paso-del-camino. —Edward pronunció las últimas palabras crispando las mandíbulas.
Extendió sus brazos hacia Isabella y ella se dejó abrazar. Seguían allí cuando entraron los lobos. Emmett volvió el primero, desnudo y aburrido. Al ver que Isabella le miraba fue a coger sus ropas.
—Tiene un montón de hábitos humanos —comentó Edward—. El pudor es uno de ellos.
Matrona entró después, sin mostrar vergüenza por su desnudez.
—Están muertos —dijo—. Más tarde nos llevaremos los cuerpos a algún sitio. No estábamos hambrientos... por lo menos, no tan hambrientos.
Matrona y otro miembro de la manada cogieron el cadáver de Eleazar para llevarlo con los de sus compañeros. Los demás entraron, se vistieron y se dispusieron a comer y beber, sobre todo beber, de nuevo.
Pero antes de que se sentasen, Emmett alzó una de las ánforas que habían estado enfriándose en nieve, y todos llenaron sus copas con el dulce vino aromatizado con miel.
Isabella tomó la mano de Edward. Estaba lo bastante agotada para caerse, pero al mismo tiempo colmada por la más profunda paz que había conocido nunca. Se quedó mirando a los demás cuando alzaron sus copas hacia ella.
Dios, eran una banda salvaje... dueños, estaba segura, de su dominio en las montañas. Ella sería su señora, una tarea fascinante y a veces peligrosa. Se preguntó si estaría a la altura.
Pero Edward tomó la palabra:
—Hermanos, amigos, camaradas de armas, y sobre todo, compañeros en los caminos sin rastro de la luz de luna. Os doy a Isabella, vuestra señora. La loba de plata y mi esposa.
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¡Tachán! Jajaja ya terminamos esta historia!
Ahora… el asunto que quiero tocar con ustedes… hay un segundo libro de esta historia… francamente no estaba segura de sí lo publicaría o no, ya que esta historia no está entre mis historias más populares y el recibimiento no ha sido como me hubiera gustado…
Sigo sin estar segura de si valga la pena publicar la segunda adaptación también, pero en estos últimos capítulos, la historia ha tenido más atención… Así que solo dejaré que ustedes decidan si sería bueno adaptar también la segunda parte o si sería solo una pérdida de tiempo jajaja
Sé que a algunos les pareció bastante fastidiosa la historia, y admito que hubo un punto en el que a me también me fastidió… pero, a pesar de todo me parece una historia muy buena y me ha gustado bastante… Así que me gustaría saber qué más pasa…
Están en ustedes, nenas y nenes, decidir si quieren o no la secuela de esta adaptación, ya salí de vacaciones así que el tiempo es lo que me sobra jajajaja Saben que estoy abierta a cualquier locura que ustedes me digan jajaja Solo deben pedirlo.
Por cierto… estoy trabajando en una historia RosalieXEmmett… hace un tiempo una chica me pidió una adaptación con esa pareja… y yo estoy al servicio de ustedes jajajaja (así que no creas que se me ha olvidado tu petición).
En fin, no olviden dejar un lindo comentario si les gustó, o uno feo si no les gustó jajaja Saben que los comentarios es nuestra única paga en este lindo fandom.
¡Nos leemos pronto!
