La declaración de guerra era algo que permaneció desde el inicio, tanto para el Equipo Idaten, los habitantes de ese mundo y Suiren desde su posición de desertora, como para la organización homicida dirigida por una especie de fantasma, que tenía más pinta de demonio.
Sin embargo, para Suiren, en el momento en que amenazó al sujeto por el que antes estaba bajo su mando, aquella parecía la verdadera declaración de guerra. Otra de tantas, y quizás se avecinaban más.
Una sonrisa se asomó por el inexpresivo y cadavérico rostro del ente de la capucha, tan puntiaguda, tan siniestra, tan sincera en sus malas intenciones. Una sinceridad que destruiría ese mundo, beneficiando sólo a su séquito; ella habría sido parte de los mismos planes si no hubiera huido, pero daba igual, no se arrepentía. Sólo quería que todo acabara y descansar, no sin antes asegurarse de que su equipo estaría bien.
-Podría jurar que escuché eso tantas veces -rompió el silencio-. Lo mismo que has dicho, y mírense ahora, perdiendo la batalla.
-¿Estás seguro? -fue el turno de Suiren de sonreír-. Incluso si a ellos les pasa algo, yo no voy a dudar en desafiarte.
-Con que sí... -se sumieron en una guerra de miradas, en las que era difícil determinar quién era el ganador.
Nuevamente, el ambiente se oscurecía, tal vez no físicamente, pero era palpable en el aire el peligro que se acercaba. Las criaturas frente a la desertora se preparaban de manera defensiva, a su vez lo hacía Suiren. Sin embargo, ningún movimiento logró ejecutarse al momento de la repentina explosión que envolvió a cada uno de los seres ahí presentes en ese desolado y frío pasillo.
La desertora sintió que ardía por un momento, hasta que el calor a su alrededor desapareció. Curiosa, levantó la vista, pero el humo no la dejaba ver. El chico pelirrojo a su lado no parecía estar mejor, así que no tardó en succionar hasta la última partícula de la bruma tóxica, que en cuanto desapareció, dejó ver muchos de los cuerpos de la gente que se ocultaba en ese lugar, tirados en el suelo, en medio de charcos de sangre, pedazos de metal, escombros y más basura.
Lo que más le sorprendió de todo el panorama fue reconocer los cuerpos de algunos conocidos de su equipo. Entre la muchedumbre, pudo reconocer a Amaya y a los familiares de los chicos, incluso a unos metros de ellos, pudo reconocer a Yuki, a Sawada, a Miyu y a varios del equipo, por lo que corrió hacia ellos, mientras Gabu se encargaba de sellar la entrada del laboratorio, derritiendo piezas de metal, con las pocas fuerzas que tenía.
-Gabu -lo llamó cuando vio que había terminado de sellar la puerta, mas éste no respondió, lo que le llamó la atención, así que volteó y lo vio arrodillado, tratando de recuperar el aliento-. Rayos -siseó.
Salió corriendo del laboratorio por el pasillo que daba al área de salud, con la esperanza de encontrar pronto a alguien que se encargara de la gente y del pelirrojo. Lamentablemente, muchos de ellos no tenían salvación.
Suponiendo que todos los caminos a ese sector estaban bloqueados, y se lo confirmó cuando tomó el camino más cercano y vio la compuerta cerrada a lo lejos, se teletransportó hacia el interior de él, asustando así a la gente que pasaba por el lugar. No hizo falta explicar lo que pasaba, su expresión lo dijo todo, así que desbloquearon ese camino para dejar salir a un gran grupo a auxiliar a los caídos.
Cuando ellos se fueron, se dio cuenta de la mirada de Kakeru sobre ella. Se veía perdido, parecía un fantasma de lo pálido que estaba. Su estado era tan deplorable que cualquiera que lo mirara podía sentir su sufrimiento.
-¿Dónde están los demás? -preguntó, y tiempo después, el peliazul se desplomó frente a ella, rompiendo en llanto.
Claro, no era el mejor momento para preguntar por ellos en plena crisis, pero ¿cómo ella iba a saber que quizás varios de sus compañeros estaban en estado crítico?
-¿Dónde está Gabu? -preguntó el chico, con una voz quebrada que delataba su preocupación.
Bueno, eso sí que no se lo esperaba. De verdad, ¿a todos les afectó?
-Por el momento, bien -respondió la cazadora-. Digo... también le afectó lo de la bomba, pero aún puede soportar.
El sollozo que soltó el chico la alarmó. Era bien sabido que Kakeru era el más llorón del grupo, claro, después del séquito de Gabu, pero para llorar de esa forma, debió pasar demasiado mientras ella no estaba.
-Primero fue Sho, Makoto y Ayumu -se sorbió la nariz-. Los tres sufrieron graves quemaduras -Suiren abrió los ojos como platos-. Taiga los trajo y se desmayó apenas llegó...
-Pero... los chicos... -las recientes noticias no le permitían pensar con claridad.
-Shido y Hitomi fueron a buscar a Arthur y Koei... -soltó otro sollozo, del que le costó mucho recuperarse para terminar lo que iba a decir.
"Ninguno de ellos regresó consciente..."
Suiren no emitió palabra desde esa declaración, las palabras estaban estancadas en su garganta, por lo que sólo le quedaba acompañar a Kakeru, quien no podía dejar de llorar. Normalmente, ella le habría dado un buen golpe para luego decirle que llorando no solucionaría nada, que debía ser fuerte por sus compañeros, pero no podía hacer eso.
¿Qué podías hacer cuando eras el único que quedaba?
¿Qué podías hacer cuando sólo debías esperar noticias?
¿Qué podías hacer cuando perdías las esperanzas?
Sus sollozos eran lo único que se escuchaba en todo el sitio, apagando incluso las voces de la gente que pasaba con los caídos. Suiren no sabía qué hacer, aún no salía de su asombro y los minutos se hacían eternos con el llanto del peliazul.
Cuando volvieron a bloquear la entrada, eso les indicó que estaba todo en orden por el momento. Nadie más a quien rescatar, mucha gente a la que despedir. Sonaba deprimente, pero así es el camino de la vida, ¿no?
-¿Por qué se demoraron tanto? -preguntó Suiren, llamando la atención del chico-. La gente estaba tirada en el laboratorio, ¿por qué tardaron tanto?
Pero la expresión del peliazul se lo dijo todo.
No podían.
Hacerlo significaba un riesgo, por muy cruel que sonara dejarlos morir, y cuando llegó Suiren, eso les indicó que estaba todo en orden, que sólo debían ocuparse de salvar a la gente. Eso al menos les daba un poco de esperanza, que la situación estuviera controlada, pero cuando hubiera que arriesgarse por salvarlos, ¿quién lo haría cuando los mismos médicos estarían saturados y en riesgo?
La azabache apretó los puños.
Ese bastardo se las pagaría.
Los ruidos y los temblores siguieron por varias horas más. Esas horas se volvieron días, esos días se convirtieron en semanas y esas semanas completaron un mes. Sin embargo, reunidos en un solo sector y con una cazadora de su lado les daba cierta seguridad, aunque de todas formas, estaban preparados.
Lamentablemente, eso no bastaba para ganar ventaja contra el enemigo, pero no podían hacer mucho con prácticamente todos los guerreros medio muertos.
Kakeru también hacía lo que podía, pero siendo el único de su equipo que estaba consciente, y considerándose el más débil de su equipo, para él, lidiar con todo junto a Suiren era una carga muy pesada. Muchas veces huía y usaba las visitas que les daba a sus amigos como excusa. Esto era molesto para Suiren, aunque entendía que le afectara lo de sus amigos. Después de todo, nunca se separaron tanto tiempo.
Hasta que un día se hartó y le hizo saber su descontento.
-¿Realmente mereces ser parte del Equipo Idaten? -espetó crudamente-. ¿Realmente mereces pelear junto a ellos?
-Soy débil...
Suiren resopló y se sentó en la silla que estaba a su lado, viendo cómo no parecía tener intenciones de soltar la mano de Sho.
Sho debió ser uno de los que más sufrió los efectos de la bomba. Al momento de tratarlo, las esperanzas de que sobreviviera eran escasas; Suiren hizo lo que pudo para eliminar hasta la más mínima partícula del polvo, luego de eso, faltaba controlar el sangrado de sus heridas, cauterizar, vendar, asegurarse que ningún órgano haya sido afectado, además de algún hueso roto y, por supuesto, obligarlo a resistir mediante el choque eléctrico del desfibrilador. Luego de que la parte más difícil de la operación se concretara, el resultado fue una piel cubierta de cicatrices. Dolía verlas, no estaban seguros de cómo las vería el castaño cuando despertara, y aunque fuera una clara señal de lucha, los recuerdos eran tormentosos.
Volteó ver a los otros chicos en la habitación. Podía ser que al que más dolía ver era a Ayumu. Era sólo un niño, no tenía más de diez años, y ahora se enfrentaba a cosas que un niño de su edad no debiera vivir. Un niño no debería estar luchando con unos monstruos, arriesgando su vida, y sabiendo lo que eso conllevaría, decidió luchar al lado de su hermano y sus amigos.
¿Así era cómo el destino estaba escrito para él? ¿A un inocente infante?
No había pasado tanto tiempo con él, pero lo había visto y analizado lo suficiente. Él seguía siendo eso, un niño pequeño.
Simplemente, era cruel.
Pensó en los padres de ambos chicos. Los hermanos estaban luchando por su vida, y sus padres no se quedaban atrás. La madre mostraba indicios de estar recuperándose, pero ¿Takeshi? Su estado era crítico, no quería pensar en posibilidades.
Luego, volteó a ver a Makoto. Su cuerpo también estaba salpicado de cicatrices. Ella por poco moría en la operación, a pesar de que lograron extraer los restos de la sustancia, y aunque más tarde lograron estabilizarla, lamentablemente, su estado era incluso más crítico que el de Sho. A diferencia de él, su recuperación dependía de las máquinas a las que estaba conectada, y su aspecto era tan deplorable que hasta el mismo Kakeru evitaba acercarse a ella. Solía pensar que le podía hacer daño de sólo respirar cerca de él.
Ya que lo pensaba, debía ser un alivio que el hermano mayor de la niña también estuviera en coma, pues considerando lo cercanos que ambos eran, suponía que, para él, ver a la niña postrada en cama era más de lo que podía soportar y viceversa.
Recordó que sus padres estaban en el laboratorio ese día. Cuando los encontró, ambos tenían el equipo de protección, y aún así, el hombre trató de proteger a su esposa. Cuando los encontró, el hombre tenía a la mujer en un abrazo que parecía no querer deshacer, y si eso sirvió para protegerla de algo, funcionó, pero no la salvó del coma que sometió, no sólo a ellos, sino a varios que se encontraban en distintos sectores.
Los padres de Sho y Ayumu, los padres de Kyoichi y Makoto, los pocos compañeros de clase del rubio, Hitomi y el padre al que negaba, los Samejima, Amaya...
¿Cuántos más debían sufrir?
Volvió la vista al peliazul, que seguía en la misma posición. Se levantó de la silla, sin saber por qué se había sentado en primer lugar.
Claro, había pensado, analizado, recordado.
Antes de salir de la habitación, volteó a verlo, sólo para decirle-: Si quieres hacer algo por ellos, empieza por ti.
Kakeru se sobresaltó cuando escuchó la puerta cerrarse con fuerza, cerrando los ojos, apretando la mano de su amigo. Sin embargo, su agarre se suavizó a medida que el susto fue desapareciendo, para volver al estado deplorable en el que estaba antes, pero había algo más: las palabras de Suiren quedaron grabadas en su cabeza.
Soltó un suspiro pesado.
"¿Crees que, algún día, todo esto acabe?"
Sho frunció el ceño, mirando a su amigo.
-El entrenamiento es un fracaso, Shido y Koei pelearon, y siento que las palabras de Suiren no se alejan de la realidad.
-Tal vez -el castaño se encogió de hombros, volviendo la vista al cielo nocturno.
Ninguna estrella se asomaba por él. La luna era sombría, no relajaba verla como solía hacer. El ambiente se sentía tenso, a pesar de que la guerra aún no comenzaba.
Era su tercera noche. Ambos amigos se encontraban en el techo de la base, pensando en la inmortalidad del cangrejo y con la incertidumbre de a qué enemigo se enfrentarían.
Sin embargo, era normal el pesimismo de Kakeru cada vez que se avecinaba un enfrentamiento. Eran amigos de pequeños, lo conocía al revés y al derecho, lo conocía tan bien que no le sorprendía que dudara. No le sorprendía que pensara que esa guerra iba a separarlos de alguna forma.
La última vez que estuvieron en ese mundo, peleaban contra su padre. El mundo estaba a punto de desaparecer, y aunque todos estaban asustados, Kakeru no podía controlar las crisis cuando sentía que todo estaba perdido.
Posó una mano en su hombro, dando un ligero y reconfortante apretón.
-Borra esos pensamientos -le dijo-. Ninguno de nosotros es tan tonto para permitir que algo nos separe.
-Sho...
-Aunque peleemos, si a alguno de nosotros le pasa algo, el resto es capaz de hacer mierda todo, al fin y al cabo, somos una familia -continuó-. Shido fue duro, cuesta entenderlo a veces, pero lo hace porque se preocupa -sonrió.
-Vamos a fallar.
-Bueno, si fallamos, tenemos dos opciones: resistir o dejarse vencer; si resistimos, tendremos la posibilidad de intentarlo hasta lograrlo; si nos dejamos vencer, será más carga para el resto, pero tendremos la certeza de que lo harán bien.
Miró al chico. Sus ojos azules estaban cerrados. No lo miraban. No lo reconfortaban. No tenía la certeza de que volvería a ver a su amigo sonreír.
Rió amargamente, soltando su mano y levantándose de su asiento.
-¿En qué momento maduraste tanto? -murmuró.
Las lágrimas bajaron por sus mejillas.
"¡Confío en ti, Kakeru!"
¿Dónde estaban esas simples palabras cuando más necesitaba escucharlas?
Por otro lado, Suiren abrió la puerta de otra habitación.
-¿Aún nada? -preguntó el pelirrojo, recibiendo un suspiro como respuesta.
Por su parte, Gabu era de los pocos que estaban conscientes desde el ataque y el único de su grupo. También era consciente del estado en el que se encontraba cada uno de sus compañeros, sus familiares y el resto de sus colegas. El miedo estuvo presente, la culpa lo carcomía. ¿Pudo hacerlo mejor? Tal vez, pero no había forma de que lo supiera, trataba de convencerse de ello.
Si hubiera sido por él, se habría levantado de la camilla, pero si quería ser útil para sus compañeros, lo mejor era recuperarse por completo, en lugar de arriesgar su vida a medio camino. Así que sus esperanzas estaban puestas en Kakeru, que aunque tuviera ganas de ir a tirarle las orejas, en el fondo, lo entendía. No quería forzarlo.
Ya bastante difícil era para ellos verse a la cara sin recordar lo que había pasado.
-Dale tiempo.
-Pasó más de un mes, ¿cuánto más quieres que le dé?
Gabu suspiró y la miró, directamente a sus ojos escarlata.
-Kakeru siempre ha sido más paciente y maduro, tal vez si le das un empujón, se moverá más rápido de lo que lo hará si se toma su tiempo.
-¿Entonces?
-Sin embargo, prefiero que él decida cuándo levantarse.
Suponiendo que no podría hacer nada para convencerlo, y que Kakeru no se levantaría ni por mucho que le insistiera, optó por quedarse callada y esperar.
Esperar a los próximos días.
Lo que siguió fue lo mismo de siempre. Tropas vigilando que todo estuviera en orden, mientras otros tantos limpiaban el desastre para que nada obstruyera en la reconstrucción del edificio, y Kakeru evadiendo a los demás, yendo a ver a sus amigos.
Sin embargo, ese día fue diferente y decidió ir a ver al pelirrojo. Verlo después de un mes y en las circunstancias en las que se encontraban quizás no era lo mejor. De hecho, era bastante incómodo, ninguno se atrevía a mirarse a la cara y la tensión era palpable en el ambiente, también era obvio que Gabu tenía muchas cosas qué decir, pero lo cierto era que ninguno estaba de ánimos de empezar una pelea.
Y en el caso de que empezara, sería la primera pelea que tendrían desde el último viaje a la Zona X.
El silencio parecía hacerse cada segundo más incómodo, al punto de que Gabu se cansó y soltó un suspiro, llamando la atención del peliazul.
-¿Has pensado en lo que harás?
Por supuesto, él planeaba volver a entrenar. El problema era que ni él sabía cuándo estaría listo, y no parecía poner mucho de su parte.
-Se me hace un extraño que ellos no estén.
-Siguen vivos, tal vez inconscientes, pero en algún momento volverán a estar juntos.
Realmente, quería creer en eso.
-Tú siempre has estado solo -puntualizó Kakeru-. ¿Nunca ha sido difícil para ti?
-La verdad, no -el pelirrojo negó-. Crecí solo, a pesar de que tenía a Taiga constantemente cuidándome y a mis padres vigilando que no hiciera algo estúpido, y cuando conocí a ese cuarteto de idiotas, la idea de quedarme solo era deprimente.
-Y se quedaron contigo a pesar de que los tratabas como perros.
-Son unos idiotas -Gabu rió, contagiando a Kakeru-. Supongo que hay gente que no espera nada a cambio de la amistad de uno, como la de mi hermano y Kyoichi; Hitomi siempre decía que Kyo odiaba a Taiga cuando lo conoció.
Kakeru rió, recordando esa historia tan graciosa. Bueno, si lo veía desde la perspectiva de oyente, era gracioso, pero ser protagonista en esa historia era distinto. La historia en sí era algo triste.
-Hitomi también logró acercarse a ti cuando para el resto eras como una peste.
-Me sorprendió cuando lo hizo -admitió Gabu-. Cuando la gente se enteraba de la fama que tenía, ni pensaban en acercarse, y ella, sabiéndolo, nunca me juzgó por eso.
-Es una buena chica -el peliazul sonrió.
Perdieron la noción del tiempo a medida que la conversación seguía, siempre cambiando de tema, compartiendo alguna que otra risa. Era gracioso lo dispersos que eran al momento de hablar, cómo pasaban de un tema serio a decir alguna ironía que terminaba por romper la atmósfera, pero el ambiente seguía siendo ameno y la incomodidad que hubo al principio ya no estaba.
Kakeru no sabía por qué temía tanto a enfrentar a Gabu, quizás porque aún vivía con la sombra de su pasado. Ahora, se preguntaba qué tan estúpido había que ser para tener miedo.
Fue cuando llegó la hora de irse que los chicos compartieron unas últimas palabras, sin saber cuándo volverían a verse, pues siendo conscientes de la situación, las visitas no serían frecuentes. Gabu lo sabía, sabía que no debía esperar a Kakeru cada día y verlo sentado en la banca mientras las horas se iban entre palabra y palabra.
"Hazlo por ellos", fue lo que le dijo, y Kakeru le hizo saber que así sería.
Con eso, se quedó tranquilo.
-Sabes que esto lo hacemos por tu bien, ¿no? -preguntó el pelinegro, mirando fijamente a los ojos verdes de su amigo.
-¿Seguirás pensando lo mismo cuando me dé una sobredosis?
-Seguiré pensando lo mismo cuando ponga cámaras para evitar tu suicidio.
Suicidio era una palabra que siempre los dejaba mudos, una palabra que querían evitar, fingir que no existía. Sin embargo, el chico pareció pensar en una respuesta, y se la hizo saber.
-¿Y si ya no quiero seguir?
Claro, una respuesta sorpresiva, a la que no pudo ser indiferente.
Taiga tembló de miedo. Nadie lo notó, puesto que estaba ocupado tratando de mantenerse fuerte para no dejar caer a Kyoichi, salvo que... él pudo notarlo en el momento en que comenzó a acariciar su cabello. Su toque se sentía vacilante, su sonrisa se veía forzada, su aura despedía temor.
Nadie quería perder a nadie, pero siempre había algo o alguien que no quería complacer los deseos del resto.
-Entonces, llévame contigo...
¿Cuánto tiempo había pasado desde ese día? Era lo que se preguntaba Taiga, mientras veía a su amigo inconsciente en la otra camilla. Los rastros de cicatrices manchaban su piel, pero incluso así, él no quería apartar la mirada, porque tenía miedo de que fuera la última vez.
Y hablando de últimas veces, ¿cuánto tiempo había pasado desde la batalla? ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Recordaba que ese día estuvo con Makoto, Sho y Ayumu. Los había salvado de la nube tóxica que había dejado algún fenómeno desconocido por él, pero originario de su adversario, de eso no tenía dudas. Sin embargo, él no se salvó de las consecuencias.
Aún así, le tranquilizaba el hecho de que hizo lo que pudo. Le tranquilizaba el hecho de ver a su mejor amigo inconsciente y no muerto; lo mismo para Koei, Arthur y Hitomi, quienes también se encontraban en la misma habitación, en el mismo estado, con las mismas heridas, y pese a que desconocía el estado del resto de sus compañeros, tenía la sensación de que estaban bien.
Esperaba tener razón en sus suposiciones.
En el caso de la platinada, jamás se habría imaginado que saliera a luchar junto a ellos, arriesgando su vida y terminar en el estado en el que se encontraba. Le daba miedo, se trataba de su mejor amiga, alguien que siempre había sido espectadora de sus batallas, alguien que sólo daba el apoyo para que el resto ejecutara. Sin embargo, desde muy pequeño había sido testigo de la valentía que poseía la muchacha, que le daba igual estar a punto de morir con tal de pelear junto a sus amigos, con tal de protegerlos.
Eso le hacía sentir orgulloso de ser su amigo, de haber crecido junto a ella y presenciar su desarrollo como persona, pero también le habría gustado protegerla más, porque los amigos no eran eternos y él...
Él no quería ver morir a alguien más.
-Oh, despertó -apartó la vista de la chica para posarla en la persona que había ingresado.
Si no mal recordaba, Haru era el nombre del tipo que siempre los atendía cuando alguno de ellos siempre llegaba herido. Claro que siempre había alguna enfermera acompañándolo, pero la mayoría de las veces, era él el que se hacía presente, al punto de que los chicos ya lo reconocían y él a ellos.
Hubo un silencio por parte de Taiga, lo que Haru interpretó como que aún no despertaba completamente y, por lo tanto, tardaba en procesar las cosas, así que sólo sonrió comprensivo mientras le hacía sus respectivas revisiones.
-¿Qué fue lo que ocurrió? -rompió el silencio.
La pregunta no sorprendió al enfermero. De hecho, ya se lo esperaba. Era normal que los protagonistas de una masacre sintieran curiosidad respecto a algo que no recordaban bien, pero que deducían sólo con ver las heridas propias y las de terceros.
-Estalló una bomba -soltó de forma simple. No había por qué esconderlo-. De alguna forma, el enemigo colocó bombas en distintos lugares de toda la base, siendo los más afectados un sector del subterráneo, el laboratorio y la montaña.
-Vaya...
-Sí... También intentaron destruir este sector, pero afortunadamente, nuestro equipo reaccionó a tiempo cuando notaron unos aparatos sospechosos -siguió explicando-. De paso, desaparecieron las armas que guardábamos en la montaña -aquello sorprendió al pelinegro-. De todas formas, confío en que hallarán una manera de sobrellevar esa pérdida, total, lo material se recupera, una vida humana no.
-Entiendo.
Haru sonrió y anotó algo en los papeles que llevaba, bajo la mirada atenta de Taiga.
-¿Hay algo que quieras saber? -preguntó al notar que el chico seguía intranquilo. Éste, ante la pregunta, sólo atinó a mirar a sus amigos; estaba preocupado-. Son chicos fuertes, ¿sabes? Claro que les afectó por haber pasado mucho tiempo en medio del humo, pero aguantaron bastante bien, incluso fueron los últimos en caer.
-¿En serio? -Taiga lo miró sorprendido, a lo que el enfermero ensanchó su sonrisa.
-Ustedes son unos verdaderos guerreros, sólo los valientes podrían soportar algo así -y así fue como su sonrisa desapareció-. Lástima que no sea lo mismo para todos.
El chico fue consciente del repentino cambio en el tono de su voz y de cómo la tensión fue haciéndose presente en el ambiente, pero no pudo decir nada cuando el enfermero volvió a sonreír después de un rato, como si dijera que todo estaba bien.
Sin embargo, había que ser realistas. Nada estaba bien, incluso si los chicos despertaban y demostraban la fortaleza que siempre mantenían, nada estaba bien: el peligro estaba, más de alguno iba a morir en el camino, alguno de sus amigos incluido. No quería pensar en eso, pero era inevitable.
-Cuando te den de alta, debes realizar una sesión de entrenamiento -volvió a hablar Haru-. Te va a servir para recuperarte, y también para determinar que estás listo para seguir con tu misión. En un rato más, vendrá una enfermera a buscarte.
-Gracias, y... -se apresuró a decir cuando el hombre volteó para irse-. ¿Cómo están los demás?
Haru soltó una risa amarga, lo que llamó su atención.
-El joven Sakamaki fue el único que se salvó, está teniendo un momento complicado y le ha sido difícil recuperarse -admitió-. Por otro lado, su hermano está bien, también le afectó la bomba, pero no tanto como al resto, por lo que no cayó en coma.
-Ya veo...
-Y con respecto a sus cercanos y el resto del personal, es relativo: casi todos llevaban equipo de protección, pero sólo algunos están estables, mientras otros rozan el borde de la muerte -tomó aire antes de seguir-. Sin embargo, tú puedes tener la tranquilidad de que tus padres y tu novia están bien.
Dicho ésto, se retiró, no sin antes asegurarse de que el chico ya no tenía nada más que decir o preguntar. Como esperaba, le había tranquilizado el hecho de saber que su familia estaba bien, o que al menos habían sido afortunados para que el ataque no les afectara tanto y presentaran una leve mejora.
Siguió su camino por el pasillo, entrando a cada habitación, revisando a los pacientes, como había hecho en las últimas semanas. El equipo médico estaba colapsado con los casos y había que correr a todos lados, dando a entender que el personal había disminuido cuando eran muy pocos los médicos y enfermeros que se vieron afectados por los químicos.
Había terminado de revisar a unos cuantos, así que salió de la habitación, encontrándose con la pelirrosa en medio del pasillo. La saludó con un asentimiento, a lo que Yuki le respondió con una sonrisa comprensiva.
Tiempo después, se encontraban los dos frente a una de las habitaciones ya revisadas, apoyados contra la pared, mirando a la nada, como si no tuvieran nada mejor que hacer, pero no era así, debían seguir trabajando, como si la vida se les fuera en ello.
Haru carraspeó, rompiendo el silencio y levantando las hojas que llevaba.
-Samejima despertó, junto con unos cuantos inquilinos; los demás se están recuperando de a poco -dijo para generar algún tema de conversación.
¿De qué hablaban? Estaban en una crisis. Las tropas debían seguir luchando mientras reparaban los daños que ocasionó el enemigo. El único integrante del Equipo Idaten que se salvó no se sentía con ánimos de seguir, y parecía caer cada vez más en el agujero que cavó. Yuki no quería decirlo, tampoco podía culpar a Kakeru, pues no era su culpa que lidiar con la siniestra organización fuera un trabajo duro que debiera realizar con un equipo fuerte, y él, estando solo, podría lograrlo a duras penas.
No quería decirlo, pero los chicos no despertarían pronto. El tiempo no estaba en sus manos, y aunque sonara pesimista, ahora mismo, estaban perdidos.
-¿Habrá una forma de que Samejima logre impedir que nos convirtamos en cenizas? -como si le hubiera leído la mente, Haru ya comenzaba a pensar en un plan. Sin embargo...
-Acaba de despertar -puntualizó la pelirrosa.
-Lo sé, pero cuando se recupere... digo, él puede manejar el tiempo, ¿no crees que pueda hacer algún truco para obtener ventaja?
-Es difícil, Haru -negó con la cabeza-. Manipular el tiempo es muy delicado y requiere de ciertos parámetros; un paso en falso y es el fin.
-¿Qué tan terrible puede ser?
-¿Quieres quedarte encerrado en un bucle?
-Bueno, si lo pones así...
-El tiempo es algo con lo que no se puede jugar, al punto de que, difícilmente, Taiga llega a utilizar sus poderes, y en batallas, gasta demasiado, y eso que la mayor parte de su uso es de carácter defensivo -explicó-. En el caso de que llegue a utilizar sus poderes para obtener ventaja, va a mantenerse así por mucho tiempo hasta que los resultados sean favorables, y lo que queremos es algo justo para todos.
-Entonces... ¿sugieres que esperemos a que despierten mientras el enemigo nos ataca?
-Y resistir lo máximo posible, además, en el caso de que las cosas se salgan de control, tenemos a Suiren.
El enfermero no supo qué decir, y tampoco tenía muchas opciones si desde su posición no podía hacer nada, además de salvar a las personas.
-¿Estás segura que Suiren estará de nuestro lado?
-Sin duda alguna.
-El subterráneo ya es una zona segura, por si quieres entrenar ahí -dijo la azabache.
El peliazul agarró la navaja que la enana le tendía. Normalmente, él no se manejaba mucho con las navajas, pistolas o cualquier arma manual, de hecho, con suerte y sabía reconocer cada bomba y cómo usarlas, así que era algo nuevo para él. Estaba nervioso, pero pensó que sería una buena oportunidad para pulir sus habilidades.
Que la cazadora le dijera eso podía considerarse un alivio. Era bastante incómodo entrenar en el cuarto en el que se encontraba ahora, con las pertenencias de sus amigos en cada rincón, estorbando, aunque las utilizaba como obstáculo, pero aún así, el espacio era pequeño en comparación al que tenía en la montaña o en el gimnasio, por lo que no había podido avanzar mucho.
Junto con el hecho de que aún se frustraba ante el hecho de ser "débil" y depender de sus compañeros.
Sin embargo, ya había dado muchos problemas en los últimos días, incluso ahora, que parecía dispuesto a volver a los viejos hábitos, se sentía una carga y no quería molestar más a Suiren, o a Gabu, o cualquiera de sus cercanos, de los que estaban despiertos al menos, así que, sin agregar nada más a la conversación, tomó el ascensor y bajó en dirección al subterráneo.
No sabía descifrar si el ambiente era sombrío o se sentía así porque iba solo, únicamente acompañado por las voces de sus amigos en su cabeza.
"¡Confío en ti, Kakeru!". Sho, siempre con esa sonrisa gigante.
"Eres capaz de grandes cosas, sólo debes confiar más en ti". Makoto, siempre sincera.
"¡Yo también quiero ser tan fuerte como ustedes!". Ayumu, tan ingenuo como su hermano, pero tan determinado.
"Te patearé el trasero si intentas huir". Gabu, después de visitarlo esa mañana.
"Está bien si tienes miedo, eso no te hace menos valiente". Kyoichi, siempre que a alguien le ganaban las emociones.
"Es extraño imaginar ausente a cualquiera de nosotros". Koei, en una de sus tantas reuniones de nostalgia.
"No dejaremos a ninguno atrás, ¿está claro?". Arthur, el más determinado.
Cerró la puerta del gimnasio detrás de él. El choque de la puerta haciendo eco por todo el metro cuadrado que tenía esa habitación, acompañándolo en una perturbadora tranquilidad. Soltó un pesado suspiro. Sinceramente, no quería hacer nada, pero debía hacer algo con su vida.
Así que, sin más remedio, caminó hacia uno de los canastos donde guardaban todo el material para entrenar y jugar en su tiempo libre. Ahora añoraba esos días en que terminaban la jornada de entrenamiento y con sus amigos hacían equipo para comenzar un pequeño partido de baloncesto, con peleas ridículas y risas de por medio.
¿Cuándo va a ser el día en que puedan desperdiciar el tiempo juntos, como gente normal, sin una crisis que los mantenga ocupados?
El sonido que se producía al chocar el balón contra el piso hacía eco en la habitación, haciéndole compañía y despistando las voces en su cabeza. Fue caminando por todo el lugar, sin dejar de botear y botear, reemplazando la mano que utilizaba por la otra cuando una comenzaba a doler por el golpe de la goma dura. Luego, fue intercambiando entres ambas manos cada bote, desplazándose de un lado a otro, evitando que se le escapara el balón, comenzando una especie de partido contra sí mismo.
Contra sus demonios, los que querían ahogarlo con el recuerdo de sus compañeros, con el recuerdo de que no era suficiente. De que era débil, un inútil.
La esfera se escapó de sus manos cuando la golpeó con fuerza y no reaccionó lo suficientemente rápido para atajarla.
El objeto rebotó, y rebotó... y rebotó, hasta chocar con la pared y seguir rebotando, perdiendo su fuerza con cada rebote, para que, al final, terminara rodando y se detuviera, pero Kakeru no se movió de su lugar. No corrió a recogerla, sólo se quedó ahí, inmóvil, apretando los puños a sus costados y dejando salir las que, probablemente, serían las últimas lágrimas que le quedaban.
No quería estar solo.
Sigo viva, no he pescado ningún virus, a lo más un resfrío y... algo bueno que tenga ser asocial, sólo diré que extraño la universidad (?).
En fin, me demoré porque he andado de mal humor y falta de inspiración, también he pasado mucho tiempo dibujando y haciendo trabajos, pero ya volví y trataré de no demorarme tanto con el próximo capítulo.
Eso es todo. Lávense las manos y no salgan de sus casas, a menos que sea necesario.
Chao chao!
