La reina de tus caprichos
- Tú me dijiste que habíais intimado, pero no antes de descubrir que te gustaban las mujeres… ¡Je je je! ¿Qué más da? –Moría por saber cómo había ido todo lo vuestro… pero una vocecita interior no dejaba de repetirme "¡Cuidado, Candy! Dile que no, dile que no".
- Yo, mi querida niña, creo que en una pareja, tan avenida como parece ser la vuestra, no deberían tener secretos ¿No crees? –el susurro de Glory vibró sobre mi oído, provocando un escalofrío que me recorrió por entero ¿Qué se proponía aquella mujer? ¿Cómo se le había ocurrido a Albert enviarla para que me cuidara?
- Albert y yo no tenemos secretos… Puede que haya cosas que no sabemos el uno del otro, pero es porque aún nos estamos conociendo como pareja... –respondí a la defensiva, intentando parecer más convencida de lo que en realidad me sentía.
- ¡Ja ja ja ja ja! ¿Si es lo que te quieres decir a ti misma?
- ¿Qué insinúas?
- Debería revisar a ver cómo tienes los moretones… -Cambió de tema sin más, tirando de las sabanas para dejarme totalmente descubierta.
- ¿Qué? ¿Qué estás haciendo, Glory? ¡Devuélveme la sábana! Mis moratones ya se curarán, no hace falta que me los revise nadie –Tomé impulso para arrancarle la sábana de las manos y entré en pánico al comprobar que ¡No podía moverme! Mi cuerpo no me respondía ¡Dios mío! ¿Qué me pasaba? ¿Acaso el golpe me había dejado parapléjica? No podía ser, no podía ser… ¡No podía decírselo a Glory! Eso era lo peor… Si esa mujer quería tomar ventaja de algún modo, solo le faltaría saber que yo no podía defenderme. Y ahora, ¿Qué podía hacer?–. En serio Glory, devuélveme la sábana –dije, aparentando recuperar la calma, como si no me importara su juego… Ni siquiera podía extender los brazos… "¡Albert! ¿Dónde estás? Tú cortando patatas en la cocina y esta mujer… empezaba a sospechar que, queriendo comerse una de otro tipo..." ¿Qué había hecho yo para merecerme todo aquello?
- ¡Oh venga, Candy! Me irás a decir que ahora tienes vergüenza de que te vea… –Se había vuelto a sentar peligrosamente cerca y acariciaba mi cara, donde recibí el golpe, delimitando con sus dedos el borde de mis labios–. Seguro que Albert pierde la razón por besarlos… Se ven tan apetecibles –suspiró ensimismada-, déjame adivinarlo… Primero tantea tierno, apenas rozando, así –Sus gemas los tocaron con la misma suavidad de tus besos-, pero luego, poco a poco, notas que va perdiendo el control y te demuestra todo su desenfreno ¿No es así?
Me sentí conturbada ¿Cómo sabía ella aquello? ¡Oh no!...
- Yo se lo enseñé, Candy –Rio, perversamente orgullosa. Me sentí como si me asestaran una puñalada en el centro de mi corazón ¿Qué pretendía realmente?-. ¿No me crees, Candy? –No contesté-. ¡Oh! voy a confesarte algo más… Todo, absolutamente todo, lo que sabe Albert, sobre las mujeres, se lo enseñé yo. Sí, sí, no me mires así, yo le enseñé como volver loca de placer a una mujer.
- ¡Basta, Glory! ¡Déjalo! Ya he tenido suficiente y no sé a donde pretendes llegar, pero preferiría que te fueras –protesté… Aquello me dolía… No sabía por qué, pero pensar que realmente lo que hacías conmigo quizás no nacía de tu deseo natural, sino de vulgares trucos baratos, como quien da una lección de inglés, me hería profundamente. Me hacía sentir como si yo fuera un ejercicio a superar, una evaluación de un examen de idiomas, cuya máxima nota conseguías al llevarme al cielo.
- ¿Te creías especial? Y ahora descubres que…
- ¡Basta! ¡No te creo! –grité rabiosa.
- ¡Ja ja ja! ¿No me crees? ¡Bien! Déjame demostrártelo… Aunque, en realidad, no necesito que me des permiso ¿No es así? –Se acercó para dejar nuestros ojos a la par-. No puedes moverte, lo sé –susurró sibilina, riendo maliciosamente.
- ¡Aléjate de mí!
- No, yo creo que no… -¡Dios! tú también habías utilizado ese juego conmigo. Ella no mentía. Reconocía tus expresiones–. Te diré lo que va a pasar… -Noté como olía entre mis cortos rizos, volviéndome a recordar a ti… y lo peor, eran algunas de las cosas con las que más me provocabas. Cuando me las hacías, me encantaban. Estaba comprobando, para mi mayor asombro y vergüenza, que Glory también estaba logrando excitarme–. Tú y yo vamos a hacernos muy, pero que muy buenas amigas –Acarició suavemente mis pechos, sopesándolos y acariciándolos con los pulgares, tal como tú hicieras la primera vez.
- ¡No me toques! Ya te dije que yo no soy así –Sentía ganas de llorar, pero ganas de llorar no por el asco, como me había pasado con los soldados, sino porque lo estaba disfrutando, en contra de mi voluntad. Ella olía a hierbabuena, fresca, atrayente.
- ¡Vamos, Candy! Relájate… Te prometo que lo vas a disfrutar –Se sonrió. Sus manos empezaron a deambular perezosas por mi cuerpo. Sus movimientos me transportaban a tus caricias ¿Por qué tenía que parecerse tanto a ti?–. ¡Qué buen par de tetas tienes! ¿Dime, le has masajeado la polla con ellas? –Se lanzó a devorarlas y a chupetearlas, incluso más brusca que tú.
- ¿Qué? –No había creído nunca que ella pudiera ser tan vulgar.
- ¡Venga! No te hagas la inocente conmigo… He visto como lo devoras con la mirada… Seguro que él también te las mama así –Engulló más ávida uno de mis pechos, mientras pellizcaba el otro. El traicionero calor húmedo hacía su aparición en mi entrepierna ¡Me estaba excitando con Glory!
- ¡Glory, para ya! ¡Basta! –jadeé pero mi cuerpo rogaba para que no parara, para que me demostrara, todo y más, en lo que te había, supuestamente, instruido–. Déjame por favor -sollocé.
- Pero mírate, si apenas puedes respirar… Te gusta, lo sé, conozco tu cuerpo mejor que cualquier hombre, porque es como el mío… y la prueba la tenemos aquí –canturreó-. ¿Lo ves? –Metió su mano en mi entrepierna, mojándola en ella–. Estás empapada. Bien mojada. Al punto para mí… Veamos este chochito vicioso –Olió, sin pudor alguno, mi intimidad, soltando su cálido aliento sobre ella, consiguiendo que lentamente me rindiera a mis sensaciones… No podía huir, ni defenderme. Ella estaba más que dispuesta a seguir con sus intenciones ¿Qué caso tenía seguir luchando con mi cuerpo paralizado?
- Para, por favor –rogué por última vez, antes de ser asaltada por el aleteo de su lengua. El torrente de agua se desbocó y supe que no podría resistirme más.
Continuará…
