Nota: Éste es un corto capítulo bonus desde el punto de vista de Lilly, pero el tema gira alrededor de Geese y Billy, como en el resto del fic ^v^
Al mediodía, cuando veía que la banderilla del buzón de cartas estaba levantada, Lilly sentía una inevitable expectativa. Por varias semanas, abrir el buzón le había provocado sólo decepciones, pero no perdía la esperanza de ver una postal de su hermano entre los sobres de cuentas por pagar y los volantes con publicidad.
Billy había partido a Europa días atrás, y Lilly no tenía noticias de él. Los secretarios de Geese Howard la visitaban una vez a la semana para comprobar que ella no necesitara nada, pero no tenían nada que decirle sobre Billy, salvo que su trabajo estaba yendo "sin contratiempos". Ripper y Hopper no sabían cuándo regresaría Billy. Lilly había aprendido a no insistir en preguntarles.
Esa semana, las cosas no fueron distintas. Lilly salió al jardín y tomó los sobres del buzón. Uno era la cuenta de la luz, otro era una promoción de una pizzería.
Sonriendo con tristeza, la muchacha volvió a la casa. En el camino, observó las plantas que crecían bajo la ventana de la sala y que estaban en flor. Le agradaban sus colores encendidos, e, inconscientemente, había plantado una combinación de tonalidades que le recordaban a Billy. Fresias amarillas, como su cabello rubio, un arbusto de hortensias celestes, como sus ojos, y claveles rojos y blancos, como la bandana que a Billy le gustaba usar. No había tenido oportunidad de comentarle sobre la elección de colores a su hermano y se preguntó qué pensaría Billy al respecto. ¿Tal vez le parecería una tontería?
Los días pasaban en una lenta quietud. Lilly había buscado pasatiempos con los cuales entretenerse, como cocinar platos nuevos o coser prendas con aplicaciones cada vez más complicadas, pero la soledad comenzaba a sentirse. Extrañaba a su hermano y quería poder oír su voz.
La única vez que Billy había estado lejos de ella por un periodo largo, había sido durante el viaje a Japón, años atrás. Pero aun así, Billy había encontrado el tiempo para llamarla. No podía ser tan difícil conseguir un teléfono en Europa.
¿O acaso… Billy estaría haciendo algún tipo de trabajo peligroso?
Lilly se sentó en el sillón de la sala y negó para sí, deteniendo sus pensamientos. Billy se esforzaba en trabajar para poder darle una vida decente. Ella había oído rumores sobre los negocios de Geese Howard, pero no podía juzgar ni a Billy ni a Geese. Aunque aquellos negocios fueran turbios, ¿tenía ella el derecho de desaprobar lo que hacían? Billy daba todo de sí para mantenerla. Geese la había salvado, y enviaba a sus secretarios a cuidar de ella, a pesar de que quien en realidad le interesaba era sólo Billy.
Entrometerse en los negocios de Geese o las tareas de Billy no era algo que ella quisiera hacer.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el repiqueteo del teléfono. Al responder, Lilly oyó el tono urgente de Ripper:
—Señorita Lilly, estaremos en su casa en veinte minutos. Por favor, tome algunas pertenencias que pueda necesitar durante una estadía corta en un albergue.
—¿Qué ha pasado? ¿Billy está bien? —preguntó Lilly de inmediato, llena de preocupación.
—Sí, Billy está bien. Esto es sólo una precaución.
La llamada se había cortado y Lilly se había apresurado a cumplir las instrucciones.
Ripper y Hopper se presentaron en la casa veinte minutos después. Apenas le dieron tiempo para cerrar la puerta con llave, y ya la llevaban a un vehículo negro que esperaba a unos pasos.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Lilly, mirando a ambos secretarios mientras subían al auto.
—Hay alguien preguntando por usted en la ciudad. Geese-sama consideró apropiado tomar precauciones —respondió Ripper. Hopper asintió, sentado tras el volante—. No tiene de qué preocuparse.
—Mientras mi hermano esté bien… —dijo Lilly en voz baja.
Ripper y Hopper la llevaron a las afueras de la ciudad, a una residencia ubicada al final de una carretera poco transitada. Los controles de seguridad eran rigurosos. Lilly vio casetas de guardias y cámaras filmando el camino. Los vigilantes conocían a Hopper y los dejaron continuar sin hacer preguntas.
La muchacha no pudo ver la residencia en detalle. Sólo el alto muro exterior, los extensos jardines, y una mansión en medio del terreno. Hopper condujo el auto hacia el extremo más alejado de la puerta principal, y, tras aparcar, los secretarios la ayudaron a bajar.
—Éste será su alojamiento, señorita Lilly —dijo Ripper, indicándole una pequeña casa independiente a unos metros de distancia de la edificación principal. Al cruzar la puerta, Lilly vio una sala-cocina-comedor, y una habitación cómodamente amoblada. El lugar era pequeño, pero no más que la casa donde ella vivía—. Las instalaciones están a su disposición. Es libre de pasear por el jardín, pero por favor, no más allá de la cerca blanca —explicó Ripper, apartando las cortinas de la ventana para indicar a qué se refería.
Había un largo cerco de madera que separaba esa ala independiente del resto de la mansión. Pero, aun así, Lilly se quedó sorprendida, porque ese lado del jardín era enorme, casi como un pequeño parque. Y no sólo eso. A unos pasos, había un invernadero de paredes transparentes, repleto de todo tipo de plantas, y un estanque de aguas tranquilas atravesado por un puente.
—¿Qué es este lugar…? —preguntó ella en un murmullo—. Esa mansión... ¿Acaso… es la casa del señor Geese?
Los secretarios intercambiaron una mirada pero no respondieron.
—Si necesita algo, puede pedírselo a cualquiera de los sirvientes —continuó Ripper—. La comida se sirve en la cocina tres veces al día. Por favor, use la puerta secundaria, no la principal.
Lilly se sentía desconcertada, pero asintió a lo que Ripper le dijo. Memorizó la ubicación de la puerta que el secretario había mencionado.
Hopper tomó la palabra, y su tono fue un poco menos seco que el de Ripper.
—No podrá salir de la residencia por algunos días, por su seguridad. Nuestras habitaciones están en la siguiente puerta. Si requiere algo, sólo tiene que decirnos.
—Gracias… —dijo Lilly, esbozando una sonrisa pese a que aquella situación era muy extraña.
Lilly no tardó en hacer amigos entre el personal de la mansión. Los empleados eran pocos. Eso le resultó curioso, porque el lugar era enorme, pero también le facilitó el aprender sus nombres. El jardinero que cuidaba el terreno estaba encantado con sus conocimientos sobre semillas y le cedió una pequeña zona en el huerto detrás del invernadero para que ella intentara cultivar lo que quisiera, ya fueran hortalizas o simples flores.
En la cocina, Lilly conversó con las sirvientas y se enteró de que alguien importante estaba alojado en la mansión. Alguien que estaba malherido y que requería de muchos cuidados. Un par de veces, Lilly vio a un médico de aspecto cansado entrar a la cocina a buscar café.
Le tomó un tiempo, pero al final Lilly pudo concluir que esa persona importante era Geese Howard. De golpe, recordó lo que había visto en la televisión sobre el final del torneo, y las perturbadoras noticias sobre la posible muerte de Geese. Recordó también los golpes y magulladuras que Billy había tenido en su rostro, y el alivio con que le había contado que Geese-sama seguía vivo.
La muchacha se preguntó qué habría pasado. Todo estaba conectado. Las heridas de Billy, el rumor sobre Geese, la súbita partida de Billy hacia Europa, y ahora el tener que vivir en esa mansión, para poder estar a salvo.
Pero no era mucho lo que ella podía hacer. Sus preguntas no recibían respuestas. Las conversaciones de las cocineras no eran confiables en su totalidad. Ripper y Hopper no le contaban nada.
Resignándose a tener que esperar por respuestas hasta que su hermano volviera, Lilly decidió aprovechar el tiempo tanto como pudiera. Si Geese había ordenado que los secretarios la llevaran ahí para ponerla a salvo, entonces ella pagaría por ese favor, a pesar de sus limitadas opciones.
Sin pensarlo dos veces, una mañana, la muchacha entró en la cocina y se ofreció a ayudar a preparar la comida. Conocía muchas recetas, indicó con una sonrisa, y las cocineras aceptaron encantadas.
La postal fue inesperada. Un corto mensaje escrito del puño y letra de su hermano, en el reverso de una imagen que mostraba un prado salpicado de ovejas.
Lilly sintió que sus ojos se humedecían. No había esperado sentir tal alivio. Extrañaba a su hermano, y cada día intentaba suprimir esa voz en el fondo de su mente que se preguntaba si Billy estaría haciendo algo peligroso en Europa. Pero la imagen de esa postal se veía tan luminosa y pacífica… Le hacía difícil creer que Billy pudiera estar involucrado en algo malo.
—¿Puedo responderle? —preguntó Lilly.
Estaba en su pequeña casa en el terreno de la mansión, con Ripper y Hopper. Los secretarios asintieron. Ellos se habían encargado de llevarle papel y lápiz.
—No incluya detalles. Es más que seguro que esa carta será… —Ripper titubeó, sin saber si debía indicar que la carta sería interceptada y leída.
—Es más prudente no mencionar nada de lo que está pasando —colaboró Hopper—. Quizá el correo de Billy esté intervenido.
Lilly no hizo preguntas. Escribir la respuesta no le tomó esfuerzo, porque no tenía nada que ocultar. Habló de comida y de flores y de lo feliz que estaba por tener noticias de Billy.
La respuesta del joven llegó un par de semanas después. El sobre estaba abierto, y Ripper se disculpó por eso.
—No se puede ser demasiado precavido —explicó, sin entrar en detalles. Lilly tampoco pidió ninguno.
La correspondencia se volvió regular, y Lilly comenzó a recibir una carta cada dos semanas. Billy también hablaba de temas inofensivos. Sus cartas hacían sonar Alemania como un lugar hermoso. Podía ver una laguna desde su habitación. Tenía un compañero que sabía tocar guitarra flamenca y que le había enseñado algunos rasgueos muy particulares, que en nada se parecían al estilo punk que a Billy le gustaba.
Lilly se sentía contenta de que Billy estuviera bien, pero el final de las cartas de su hermano solía tener un aire triste. Billy siempre mencionaba lo mucho que la echaba de menos. Y nunca mencionaba a Geese-sama, pese a que el empresario solía ser uno de los temas preferidos de Billy.
—¿Puedo comentar que el señor Geese se encuentra estable? —preguntó Lilly una tarde a Ripper y Hopper, que habían ido a visitarla un momento llevándole una porción extra de postre de la cocina.
Los secretarios se habían quedado de una pieza.
—¿Cómo sabe que…?
Lilly había reído.
—He escuchado las conversaciones de los sirvientes. Sé que el señor Geese está aquí, convaleciente, pero mejorando. Estoy segura de que a Billy le gustaría tener noticias sobre él.
—Eso no es prudente… —musitó Ripper.
—No, es mejor no mencionar nada —dijo Hopper, sonando apesadumbrado.
Lilly no había insistido.
Cuando la siguiente carta de Billy llegó, los secretarios la visitaron de nuevo. Esta vez le llevaron también un mousse de chocolate, que habían comprado en una tienda que era muy popular en South Town.
—Comentamos con Geese-sama sobre informarle a Billy acerca de su salud, y al jefe se le ocurrió una idea. Cuando le responda a Billy, por favor incluya estas líneas.
Lilly recibió el papel que Ripper le tendía. Había una frase escrita: "El bambú que compraste en el Barrio Chino está volviendo a dar brotes. Esas plantas son muy resistentes".
—¿Bambú…? —repitió Lilly, confundida.
—Es… ehh… Billy lo entenderá.
—¿Es un mensaje en clave? Qué divertido —dijo Lilly, y se cubrió los labios riendo entretenida, porque eso sonaba a algo típico de las películas de espías, y eso significaba que Billy era como un agente secreto bajo las órdenes de Geese.
Lilly escribió la carta, y la respuesta llegó sin falta dos semanas después. Los temas de conversación inofensivos no habían cambiado, pero esta vez, Billy dedicaba una hoja entera a hablar sobre las propiedades del bambú y por qué en Asia era muy apreciado. Aquello hizo que Lilly riera, y luego la muchacha atrajo la carta contra su pecho, sintiendo una ternura enorme hacia su hermano. Billy había entendido el mensaje secreto. Se le oía contento de poder hablar sobre algo relacionado con Geese-sama.
Lilly leyó la carta varias veces, y se preguntó si ahí también habría un mensaje en clave que ella no sabía descifrar. Se lo comentó a Ripper y hasta dejó que releyera la carta, pero el secretario no encontró nada fuera de lo común en el texto.
—Quizá si le mostramos la carta a Geese-sama… —sugirió Hopper, dubitativo.
—Le preguntaré —concedió Ripper.
Minutos después, una sirvienta le anunció a Lilly que el dueño solicitaba su presencia.
Lilly se quedó paralizada por un par de segundos. La idea de presentarse ante Geese la llenó de un nerviosismo inesperado. No le temía, pero el empresario la había cohibido cuando era niña, y ella aún recordaba aquella sensación abrumadora que la hacía querer huir y esconderse.
Ya no era una niña pequeña, pero la sensación permanecía. No había imaginado que un día tendría que ver a Geese a solas, sin Billy acompañándola.
—No tardes, niña. Al amo no le gusta que lo hagan esperar —dijo la sirvienta.
Lilly comprendió que no tenía tiempo para ponerse mejores ropas, ni para tomar una ducha. En la mañana había estado trabajando en el jardín y no sabía si su cabello estaba lo suficientemente limpio. Ni siquiera sabía cómo debía hablarle a Geese. ¿Era correcto llamarlo "señor Geese"? ¿O "señor Howard"? ¿O "Geese-sama" como lo llamaban Billy y los secretarios?
Y ¿debía hacer una reverencia? ¿Inclinación? ¿Genuflexión?
Lilly se llevó las manos al rostro, obligándose a calmarse. No tenía sentido estar tan nerviosa. Solamente iba a llevar una carta. Quizá ni siquiera la dejarían entrar en la misma sala que Geese y uno de los secretarios se encargaría de darle el mensaje de Billy.
Lilly siguió a la sirvienta a la mansión principal, y luego recorrieron largos pasillos alfombrados. La decoración de aquel lugar era increíble para Lilly. Había jarrones gigantes, lámparas de múltiples brazos colgando del techo, vitrales, columnas labradas, decenas de óleos adornando las paredes…
El pasillo donde se detuvieron era ancho y bastante simple. Había guardias apostados en los lejanos extremos. Hopper vigilaba una pesada puerta de madera y la saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Entre, Geese-sama la espera —indicó el secretario.
Lilly no tuvo tiempo de sentir miedo. Hopper abrió la puerta y ella entró en una recámara poco iluminada. Podía ver el contorno de una sala y hasta una chimenea a un lado, pero la luz que se filtraba por las cortinas entornadas solamente permitía ver con claridad una amplia cama de dosel y un velador. Había alguien acostado en la cama.
La muchacha contuvo el aliento cuando la puerta se cerró tras ella. La mano con que sujetaba la carta de Billy estaba temblando.
—Acércate.
La voz era como la recordaba. Baja, firme y suave, como un susurro que inspiraba temor. Por instinto, Lilly quiso salir de ahí cuanto antes, pero también supo que era demasiado tarde, y que debía obedecer.
Con pasos lentos, la muchacha se acercó a la cama. Miró la alfombra, el edredón, una mano de largos dedos que descansaba sobre el cubrecama. Se forzó a alzar la mirada, y vio un pálido rostro que era familiar, a pesar de que llevaba años sin verlo. El cabello rubio era corto ahora, y había tenues arrugas en su frente y alrededor de sus párpados, pero la expresión era la misma, al igual que el frío brillo celeste de sus ojos.
Lilly bajó la vista de inmediato, incapaz de mantenerle la mirada a ese hombre.
—Geese-sama, es un placer volver a verlo —susurró. No había planeado usar ese honorífico, pero brotó de sus labios con una extraña familiaridad. Así era como Billy lo llamaba. Se sentía correcto.
—Oí que tienes un mensaje para mí.
Lilly asintió. Geese era ese tipo de persona. No perdía el tiempo con cortesías.
Y, aunque estaba acostado en una cama, su presencia era abrumadora.
Despacio, Lilly desdobló la carta.
—Léela —ordenó Geese.
Lilly vaciló.
—¿Qué pasa? —preguntó Geese, notando su titubeo de inmediato.
—Son cuatro hojas, mayormente sobre comida —explicó la muchacha.
—¿Eso es un problema?
—N-no…
—Entonces léela.
Lilly se preguntó cómo había hecho Billy para enfrentar la mirada de Geese, incluso cuando era niño. Ella sabía que Geese no era malo con su hermano, y, aun así, el empresario la estaba haciendo sentir un extraño tipo de miedo. Miedo a hacer algo que le molestara. Miedo a decepcionarlo.
El temblor en sus manos era demasiado obvio. Lilly sintió que sus piernas estaban medio inestables también.
Disimuladamente, Lilly buscó con la mirada alguna silla o sillón cercano, para pedir permiso de sentarse. Sin embargo, no había ningún mueble junto a la cama.
Una vez más, pese a que ella había intentado no ser evidente, Geese notó lo que sucedía.
—Puedes sentarte —dijo, señalando el borde de la amplia cama.
—Le agradezco —dijo Lilly, aliviada, incapaz de negarse, ni siquiera por cortesía.
Aquella habitación en penumbra, y la voz y la presencia de Geese despertaron un recuerdo medio olvidado.
En Londres, cuando lo habían conocido, Geese había estado enfocado en Billy. Sus planes involucraban a Billy, y Lilly era mayormente ignorada. Ella lo había notado, a pesar de ser una niña muy pequeña. No había envidiado la atención que Billy recibía, porque su hermano merecía que lo trataran bien, pero aquello la había hecho sentir muy triste. Tal vez Geese se quedaría con Billy, y a ella la enviaría a otro lugar.
Una tarde, la mujer que los cuidaba llegó cargando docenas de bolsas con ropa, y se llevó al muchacho a la habitación. Lilly había permanecido sentada en el suelo de la sala, cerca de Geese, que leía el periódico en el sillón sin prestarle atención. Ella había esperado que la mujer la llamara también, para mostrarle la ropa que había traído para ella, pero eso no sucedió.
Lilly se había quedado mirando la puerta de la habitación, desilusionada.
Geese había apartado el periódico y había contemplado su silenciosa tristeza un largo rato.
"¿Qué esperas? Ve. Al menos la mitad de esa ropa es para ti", había señalado el empresario con tono impaciente.
"¿Para mí?", había preguntado Lilly.
"Tienes que vestir bien si vas a viajar conmigo. Ve. No voy a repetirlo".
Lilly había obedecido, y en la habitación había encontrado a Billy sonriente, desembolsando vestidos de colores claros y hasta un peluche comprado especialmente para ella.
Luego en South Town, Geese había continuado ocupándose de ella. Le había conseguido un alojamiento y gente que la cuidara; había procurado ropas y comida. Aunque no la contactara, enviaba a sus secretarios personales para que estuvieran pendientes de sus necesidades.
Y ahora, cuando un peligro había aparecido, la había traído consigo a su mansión privada. Y le había permitido verlo.
Geese no era un hombre afectuoso, pero sus acciones hablaban por sí mismas. Afuera en el mundo había padres que no cuidaban a sus hijos tan bien como Geese-sama los había cuidado a ellos.
Con una tenue sonrisa en sus labios, Lilly se sentó en el borde de la cama, ordenó los papeles, y comenzó a leer.
