El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene.
Blaise Pascal
Hans despertó como si no hubiese descansado nada. Su cuello dolía, su cabeza parecía querer explotar y le ardían los ojos.
No supo porque había dormido tan mal, aunque supuso que fue porque la mitad de la noche se pasó soñando con cosas escabrosas acerca de cierta duquesa y un escritor que en ese preciso momento debía estar en Bélgica o camino a ese país.
Se levantó de mala gana, pasándose las manos por la cara mientras bostezaba, levantando la vista para ver una palangana con agua fresca que seguro Meadows había traído para que el conde pudiese asearse, cosa que hizo casi como un autómata.
Ya terminado su aseo y satisfechas sus necesidades biológicas, bajó al primer piso para poder comer algo, encontrándose en el camino a André.
- ¡Buenos días, Lord Fersen! – Lo saludó efusivamente el hombre de ojos verdes, sonriéndole con amabilidad.
- Buenos días, André. – Ambos caminaron por el pasillo que llevaba al comedor en el cual ya estaban Julie, Alain y Diane, la joven pelirroja mordisqueando un panecillo untado en miel.
- ¿A qué hora llegará tía Nicoletta? – André negó con suavidad, sentándose mientras observaba a su sobrina.
- Nicoletta se quedó en Limousin, el padre Alessio no se sentía bien y ella prefirió quedarse allá. – Contestó él mientras alcanzaba una galleta, una mucama apresurándose para servirle una taza de café y leche caliente.
- ¿C-cómo sabe eso?
- Oh, Lord Fersen, ¿no creerá que no existen mensajeros en Limousin? Es un pueblo pequeño, pero cualquier hombre, mujer o niño de allí se desviviría por traer un mensaje de su benefactora.
- ¿Enserio?
- Oh, sí. – Interrumpió Julie. – Tía Nicoletta es una mujer sumamente popular porque siempre está pensando en cómo mejorar sus dominios, incluso cree que sería bueno implementar un pequeño hospital en Limousin para los más necesitados, además de que fue ella quien abrió la escuela del pueblo bajo el precepto prusiano.
- Precepto ¿qué?
- Prusiano, como los militares de Prusia, la disciplina por sobre todo. – Explicó André. – Podemos ir después del desayuno, es un lugar bastante bonito, lleno de canales y puentes de piedra.
- Eso me gustaría, podría distraerme un poco. – Contestó el hombre en apenas un murmullo.
- Entonces está decidido.
- ¡Claro!
- Si lo ve bien, Madame, los niños reciben la instrucción necesaria para su edad y condición. – Dijo un hombre mientras acompañaba a la duquesa por entre los salones de madera y piedra.
- ¿Condición?
- Usted sabe, ellos no son nobles, así que no pueden aspirar a tener la misma…- Guardó silencio cuando los ojos azules de la mujer se clavaron en su rostro.
- Sé muy bien que no son nobles, pero eso no quiere decir que no puedan aprender de historia, estrategia o idiomas, Monsieur Leblanc, si usted piensa así, creo que tendré que conseguir a otra persona que funja como director de mi escuela.
- Pe…pero, señora…
- Cada niño puede aprender siempre y cuando sus maestros tengan fe en ellos, además, no doy poco dinero a este lugar para que me esté diciendo esas boberías. – A pesar de aparentar ser un viejo frágil, Bertrand Leblanc era lo más parecido a un zorro en cuanto a astucia e inteligencia. Instintivamente, se llevó un pañuelo a la nariz ganchuda, entornando los ojos, tosiendo exageradamente. – Sus trucos no funcionan conmigo.
- Si solo enviara un ayudante, incluso tengo uno en mente…
- Simón jamás ha sido una opción. – Dijo en tono autoritario. – Si quieres ayuda, te la daré, solo que será alguien en quien yo pueda confiar. – Se llevó una mano a la nariz, pellizcándola. – Ahora ve que quiero ver los libros de contabilidad y no trates de pasarte de listo, ¿entendiste?
- Lo que usted diga, Madame. – Contestó el anciano de mala gana, observando como el cabello rubio y largo que se ondeaba por alrededor del rostro de la mujer, su piel luciendo mucho más pálida que costumbre, aunque parecía llevar una gran cantidad de maquillaje que, incluso, borraba algunos de los rasgos más distintivos de ella.
Nicoletta solo quiso que se acabará pronto, la cabeza le picaba lo indecible por culpa de la peluca que se había visto obligada a usar para aparentar ser una persona que no era delante de su pueblo.
Cuando al fin decidiera dejar a Nicoletta y a Oscar en el pasado y volver a su verdadero yo ¿la gente que la quería comprendería la razón por la cual se había escondido por tanto tiempo?
No lo creía, pero no perdía nada con tener esa esperanza.
Hans miró cansado el pueblito de Limousin, que, aunque pintoresco, se parecía mucho a algunos que había visto en el viaje desde Normandía a Paris e, incluso, a muchos villorrios ingleses.
Julie, Diane y Alain se habían ido a la laza del pueblo a comprar unos dulces mientras André se quedaba conversando un rato con un hombre que parecía ser el médico del pueblo, dejando al conde como un niño pequeño que no sabe que hacer cuando sus padres se quedan hablando con sus amigos.
Seguro de que no se perdería, se separó de André, caminando con cuidado por una calle que parecía recién empedrada, cerrando los ojos cuando sintió una suave brisa golpear su rostro.
Sonrió antes de subirse a una pequeña escalinata de piedra en el puente que le permitía ver uno de los riachuelos que cruzaban el pueblo, unos patos graznando mientras nadaban con tranquilidad por el agua. Levantó la vista impresionado cuando un sonido diferente llegó a sus oídos, sus ojos buscando la fuente de ese ruido, deteniéndose en una figura sentada en una banca no muy lejos de donde él estaba parado.
El pelo rubio parecía flotar gracias al viento, el vestido ligero dejaba que la figura de la mujer se pudiese adivinar y el rostro…a pesar de la lejanía, creyó reconocer el rostro de la mujer. ¡Era Olive ¡Su Olive!
El aire salió de sus pulmones, alejándose de su lugar para acercarse a la mujer sin que lo viese.
No podía espantarla, no quería que huyese de nuevo.
