Holaaa

Nuevo capitulo!

Disfrutenlo!


LO CORRECTO

Aspiro profundo llenándome los pulmones del aroma a rosas que vuela por la tienda, dejándome un agradable sabor en el paladar y agarrándose de la tela blanca que cae pesadamente alrededor de mi cintura.

Me miro una vez más al espejo, repaso incansablemente mi reflejo en busca de algún fallo en mi vestido, sin embargo, de nuevo, no encuentro nada más que un precioso atuendo blanco que me hace parecer una princesa.

La Rin del reflejo y yo nos miramos un largo minutos, ella parece acusarme aunque no estoy segura del motivo, dado que hay muchos. Puede que esté culpándome de todos mis errores, la dolorosa cadena de mentiras que cargo atada a mi tobillo y quizás, que haya venido a buscar mi vestido de novia.

Nadie me ha acompañado como era de esperarse, aunque de esa forma es mejor: no podría soportar más miradas inquisitivas que me señalaran en silencio mi despreciable conducta.

Mientras me deslizo fuera el encaje de mis brazos me pongo a pensar si Kohaku se imagina que, pese a su sepulcral silencio durante los últimos dos días, he seguido adelante con los preparativos de la boda como antes ni siquiera me hubiese interesado.

Lo admito por fin.

La dependiente me ayuda a deshacerme de la organza y cuando mi cabello se despeina sobre mi cara me acuerdo de Jakotsu. El moreno me recibió con la más pura cara de asombro cuando me presenté a su taller hacía una hora, le solicité una prórroga a su pago por las esculturas y le pregunté si Aome le habría pasado el croquis que necesitaba.

Intenté, por todos los medios, mantener el mentón arriba cuando él tardó algunos minutos en silencio, mirándome como si me hubiese vuelto loca y luego, con un encogimiento de hombros cargado de desdén me respondió una afirmación y luego, como quien no quiere la cosa, dijo que él hablaría sus honorarios con Hojo.

Evidentemente Jakotsu no esperaba que la boda se llevase a cabo luego del espectáculo prestado y el mutismo en el que los preparativos se quedaron estancados.

Mis pasos se ahogan en la alfombra, me detengo frente al aparador para esperar que terminen de empaquetar el vestido e ignoro deliberadamente la palabrería de la vendedora. No tengo cabeza para oírla halagarme por lo bonita que soy.

Estoy consciente que está siendo amable porque es parte de su trabajo, no obstante, sigo sintiéndome ridícula ante la idea porque está claro que las ojeras debajo de mis ojos o la hinchazón producto del llanto no son precisamente los mejores accesorios de belleza.

Mis ojos viajan, sin querer, hasta el canasto con chocolates y pienso inmediatamente en el banquete; todavía no he tenido oportunidad (o cinismo) para hablar con Nazuna porque desconozco si estará dispuesta todavía a que su empresa se encargue del cóctel. Ya se sabe, está tan encariñada con Kohaku como Kikyo de Shippo.

Retengo el aire un momento para controlar el acceso de asfixia que comenzaba a asaltarme y, para darme seguridad, reviso el móvil dentro del bolso: ni una sola llamada o mensaje.

No es anormal dado que solamente mi primo, mis padres, la abuela Kaede, Shippo, Aome y Kohaku tienen el nuevo número, anotando que solamente recibí confirmación de mi familia y el rubio de enterados.

Mientras mi mejor amigo seguía enojado, Kohaku se había apartado del mundo y por supuesto de mí. Mi coraje se estancó luego de nuestra última conversación y todavía no juntaba más valor para buscarlo de nuevo.

Pero lo haría eventualmente.

Jugueteo con el celular entre los dedos preguntándome, involuntariamente, si Sesshomaru me habría llamado al número anterior o si, habría acudido al departamento. Al instante suprimo dichos cuestionamientos idiotas porque está claro que Sesshomaru solamente tiene el ego herido y está tratando de marcar territorio de nuevo.

¡Cómo si sus desplantes anteriores no hubiesen sido suficientes!

¡Cómo si no me hubiese abandonado en medio de un tormentoso mar de ansiedad cuando le dí la noticia que me abrió los ojos a la verdad!

Los labios me tiemblan y resiento que el corazón se me encoje con un punzón de tristeza que me arde más ahora que reconozco la melodía de fondo que tocan en la tienda. Suena al vals de alguna película de Disney donde el príncipe azul cruzará los peores tormentos con tal de estar con la mujer que ama.

Contengo el impulso de reirme porque esas situaciones solamente existen en la mente romántica de un novelista que no conoce la realidad del amor, alguien que no se ha enamorado hasta que el corazón duele con cada latido con nombre y apellido. Alguien que no sabe de sufrimiento ni pasión.

-¿Rin?

Me vuelvo despacio a un costado, preguntándome estúpidamente si acaso he escuchado bien. Al parecer mi sentido del oído todavía no está tan afectado porque no me equivoqué: alguien me habló.

Automáticamente siento la sangre colorearme las mejillas y carraspeo incómoda porque de todas las personas que esperé ver, Tsuyu es la última.

Sus ojos castaños se fijan en mí con intensidad, por su mueca ansiosa supongo que quiere decirme algo; instintivamente vuelvo la mirada hacia la calle pero no hay nadie afuera.

-Yo…vine sola—el tono parece haberse sosegado aunque cuando vuelvo a mirarla, todavía no se deshace de la aprehensión en las pupilas.

Me remuevo sobre mis talones tratando de hablar, luego, cuando me convenzo de que ella podría ser la primera prueba en el largo camino de rendención, decido hablar.

-¿Qué…haces aquí?

-Yo…bueno…-se muerde la uña del índice izquierdo—Me acordé que hoy debías recoger el vestido así que vine a verte—conforme va terminando de hablar va perdiendo decibeles su volumen, de pronto es ella quien parece contrariada.

-¿Lo saben mis primos?—me muerdo los labios.

-No—sacude la cabeza rápidamente para imprimir énfasis en su negativa—Amari dijo que necesitarías tiempo a solas pero…pero…yo creí que quizás querrías que alguien te acompañara hoy—habla demasiado rápido. Típico en ella.

Antes de que pueda responder, la dependiente me llama y con una radiante sonrisa, que le enmarca las arrugas alrededor de la boca, me entrega una enorme caja alargada. La sostengo entre manos, enredando los dedos en el listón plateado que adorna la tapadera.

-Todo lo que necesitas va dentro de la caja—me avisa. Casi no logro suprimir el impulso de ironizarle mi incredulidad.

"¿De verdad?" quiero preguntar; "¿todo lo que necesito? Una guía para arreglar mi vida y redimirme frente a todas las personas que conozco y además huír por enésima vez del hombre que de pronto dice amarme. ¿Le dije que ese hombre me rompió el corazón? ¿Que le fui infiel a mi prometido y que por mi culpa mi mejor amigo me odia?"

Empero, en lugar de quedar como una total demente, me vuelvo a Tsuyu.

-¿Quiéres tomar algo?—pregunto y realmente espero que la castaña acepte. Luego, cuando ambas nos dirigimos hacia la salida escucho las últimas palabras de la animada vendedora.

-¡Felicidades!


Lo repetiría un millar de veces si con ello queda bastante claro: Tsuyu resulta titánicamente extraña en esta situación. No es que ella no me agrade, al contrario, la chica es realmente amable y su viveza infantil hasta logra ser un placebo durante este escaso momento.

Sin embargo, esa alegría que va pegada a ella al mismo tiempo me recuerda que hacía cuatro días tenía tres grandes amigas, quienes ahora mismo, seguramente estarían decepcionadas con lo ocurrido. También desilucionadas y su enfado radicaría principalmente en las mentiras que les dije y la traición cometida a nuestra amistad también.

Porque haber sido tan tonta como para dejarme llevar por el juego de "discresión" de Sesshomaru me había costado mucho más que solo un corazón roto y muchas lágrimas.

Al final, ese hombre me ha costado mi vida entera.

Ninguna me ha buscado, y de hecho, se han apartado de los preparativos en los que antes participaban con mucha más ilusión que yo misma; ahora ni siquiera deben estar seguras si todavía seguiremos adelante Kohaku y yo.

O tal vez sí pero prefieren dejarme a solas con mi miserable traición y sufrir la cancelación de la boda.

Tsuyu se remueve en el asiento de enfrente captando mi atención, aparto los ojos del empaque blanco que ocupa otra de las sillas alrededor de la mesa redonda de la cafetería y me concentro en la castaña de nuevo.

Ella pica la panna de su capuccino frío con la larga galleta tubular que venía de adorno. Se le ve incómoda.

-Tsuyu—la llamo porque siento curiosidad genuina por oír la respuesta a lo que voy a preguntarle-¿Por qué estabas segura que iría por el vestido?

Ella me mira con sus grandes ojos cafés, de nuevo se instala en ellos una especie de ansiedad.

-Amari me dijo que debía darte tu espacio—gime mordiéndose los labios—Pero él acostumbra arreglar sus problemas él solo, encerrárse en sí mismo sin dejar que nadie pase—vuelve a hablar rápido que apenas logro seguirle el ritmo—Y como yo soy mujer como tú, pues pensé que si ibas por tu vestido es porque todavía quieres casarte, y si quieres casarte todavía es porque amas a tu prometido aunque haya pasado todo "eso"—hace una pausa para tomar aire—Y si lo amas como para seguir con los preparativos de la boda, entonces alguien debía estar contigo para ayudarte.

Cuando finaliza me doy cuenta que se ha ruborizado ante lo que, seguramente, piensa que ha sido un atrevimiento de su parte; solo puedo atinarle a corresponderle de la mejor manera posible, estoy auténticamente enternecida con su bondad, tanto que casi, y solo casi, soy capaz de sonreír.

-Gracias—digo por fin. Ella alza la mirada y me dedica una enorme sonrisa.

-¿Entonces si vas a casarte?—se acerca sobre la mesa sin importarle que se haya embarrado las puntas del cabello con la panna.

Por un instante me enfoco en su natural torpeza que, para mi sopresa (y probablemente todos en la familia) no ha molestado a Amari en absoluto. Me acuerdo de sus palabras sobre la felicidad y el amor y entonces parece tener todo el sentido del mundo que mi hermético primo encuentre la felicidad en alguien que parece ser lo contrario a él: Tsuyu es vivaz y escandalosa.

Algo que él definitivamente no es.

El mismo patrón sigue la relación entre Shippo y Mizuki, cuyo cariño es tan honesto que mi amiga es capaz de ruborizarse cuando le roba un beso y él puede hasta quedarse en blanco cuando ella se atreve a revelarle lo mucho que lo ama.

Sin pretenderlo pienso luego en Miroku y Sango, en que pese a que la familia Taisho no la acepta a ella, a él ello le tiene sin cuidado, mantendiendo su relación con la fría determinación con la que Miroku va por la vida.

Irremediablemente Sesshomaru llega a mi mente. ¿Hasta donde sus palabras fueron ciertas? ¿Realmente está dispuesto a ir en contra de su propia familia o quedarse sin ella solamente por un ego roto?

Clavo los ojos en mi café todavía intacto y trato, por todos los medios, de sacármelo de la cabeza; a él y sus profundos ojos dorados que me han vuelto a mirar con aquello tan profundo que es capaz de desarmarme a pedazos.

-Tsuyu—digo de pronto, ella alza los ojos sin sacarse la galleta de la boca. Balbucea algo parecido a una pregunta que me anima a continuar-¿Cómo conociste a Amari?

La pregunta iría más acorde con una relación de antaño, empero de pronto me siento con la necesidad de saber si todos los vínculos de pareja son así de tormentosos.

Ella se ruboriza totalmente y tartamudea en medio de balbuceos nerviosos, propios de una adolescente enamorada.

-Bueno…yo…acababa de cambiarme de instituto—comenzó a hablar, mordiendo ahora el borde de la cuchara—No conocía a nadie y él era tutor de grados menores.

Enarco las cejas, asombrada porque Amari hubiese hecho algo así, aunque supongo que se debió a su imposición personal para mejorar sus relaciones interpersonales. Mi primo realmente estaba determinado a abrirse a las personas luego de una adolescencia de hermetismo y soledad.

-¿Se ofreció a ayudarte?

-No—sonríe ampliamente—Él estaba en Dirección y yo debía ir por mi horario de clases, choqué contra él en la entrada y bueno…-la sangre se arremolina en sus mejillas.

Clavo los ojos en el hervidero de personas afuera del establecimiento y me atrevo a hablar.

-Lo quieres mucho ¿no es cierto?

Me vuelvo a tiempo para verla asentir con ganas, esbozando la misma sonrisa de devoción que produce el nombre de mi primo al tiempo que le chispean los ojos convirtiéndose en un par de palpitantes corazones.

-Cuando lo veo…-suspira, ajena a sus propias reacciones.

-Sientes que el mundo gira entorno a él—hablo sin darme cuenta—Y que estás a punto de convertirte en un dulce de algodón—me interrumpo a tiempo para evitar que la voz se me quiebre.

Tsuyu asiente con ganas de nuevo, haciendo de lado su capuccino.

-¡Entonces sí estás enamorada y por eso quieres casarte!—lo dice como si celebrara la idea.

En ese instante no solo agradezco su gentileza sino también sus reacciones tan claras que me abren los ojos a todo lo que no quise ver antes.

¿Estas enamorada, Rin? Sí, la respuesta es clara.

Inhalo hondo mirando nuevamente el empaque de mi vestido, apenas escucho el acelerado discurso de la novia de Amari, dice algo sobre contárselo a todos y luego me anima a luchar por el amor que siento.

Sonrío sin ganas porque no hay marcha atrás en mis actos, y si bien no puedo regresar al tiempo para evitarlos, sí puedo arreglarlos, disponer cada fibra de mi ser en remendar el daño.

Hacer lo justo.

-Tienes razón—admito—Voy a casarme porque es lo correcto.

Ahora solo debía convencer a Kohaku de darme la oportunidad de entregarle mi vida.


Apenas tuve tiempo para dejar el enorme paquete en casa de la abuela Kaede. Tsuyu corrió hacia la habitación donde se quedaba con Amari apenas cruzamos el dintel; mientras dejaba la caja sobre la mesa del comedor creí escuchar un siseo apagado que debía pertenecer a la voz de mi primo y luego la interminable plática de Tsuyu.

Hojo estaba en el trabajo así que me ahorré su mirada cargada de reproche, la abuela Kaede no tuvo tiempo de someterme a ningún interrogatorio porque huí en cuanto la escuché moverse por la cocina.

Si bien estoy consciente que en algún punto debo enfrentar a mi familia, la obligación me hace creer que debo explicaciones primero a Kohaku y a los Taisho.

No sería fácil justificar los sucesos pero no podía darme por vencida si lo que quería era arreglar el desorden provocado.

Ya me había cansado de llorar y me demandé pensar con la mayor de las frialdades ahora que había dado el primer paso: cambiar mi número celular.

No podía permitirme ser débil de nuevo, de modo que debía juntar la mayor de evidencias de mi determinación por remediar la situación con Kohaku y convencerlo de que nunca quise herirlo. Mucho menos traicionarlo.

Y, puesto que mi palabra está muy por debajo del nivel de credibilidad de cualquiera, necesito demostrarle a todos que Sesshomaru es asunto del pasado: venderé el departamento y solicitaré una sustitución de sinodal para mi examen profesional.

Por eso estoy ahora mismo esperando afuera de la Dirección de la facultad, mirando a los alumnos que vienen y van, recibiendo calificaciones finales o despidiéndose del semestre.

Todavía no he logrado contactar con el único comprador que se ha presentado a la oferta de venta, supongo que no es de los que responde llamadas de remitentes desconocidos, pero seguiré tratando porque no quiero usar el número anterior.

Inhalo hondo el ambiente caliente del pasillo y entonces mis ojos se cruzan con los de Sesshomaru.

Me pego al muro automáticamente sintiendo la garganta anudada en un santiamén. El corazón me da un vuelco también.

Está más pálido de lo normal, sus ojeras se enmarcan debajo de sus ojos dándole un aspecto más cansado; los dos primeros botones de su camisa gris claro están fuera de sitio y lleva la tela arremangada en los brazos.

Las rodillas me tiemblan aunque logro concentrarme en la quemazón que produce mi enfado, aprieto los labios y alzo el mentón recomponiendo la máscara de fortaleza. Decido que no deseo otro enfrentamiento inútil así que me limito a pedirle a la secretaria del director que volveré luego y me enfilo por el corredor.

Imprimo rapidez a mis pasos conforme me voy alejando, el pulso detrás de mis orejas está a punto de marearme y el aliento se me ha escapado. La última vez que lo ví, tuve que recurrir a pedirle que me dejase en paz y luego huí hacia la casa de la abuela Kaede. Apenas logré mantenerme en pie durante el trayecto aunque las lágrimas fueron contendientes más audaces porque ganaron la batalla.

Reconocer que todavía lo amo no cambia absolutamente nada…Ni lo hará.

-Rin—su voz se escucha en el corredor.

Me muero el labio y pese a que decidí previamante no hacerlo, miro por encima del hombro.

Sesshomaru camina hacia donde estoy, luego, Sara Asano le cierra el paso lanzándome una mirada cargada de desdén; él la aparta con poca amabilidad y sigue andando.

La garganta me escoce al recuperar mi carrera: él se detendrá, compondrá el gesto arrogante y se negará a ir detrás de mí. Así es él: orgulloso y soberbio.

Unas cuantas miradas se posan en mí, y aunque son desinteresadas nuevamente me reconozco señalada con acusaciones invisibles y odio la sensación.

Aprieto la mandíbula, doy el siguiente paso y mi equilibrio se ve afectado.

Sesshomaru posa su palma en mi espalda con firmeza, incitándome a caminar hacia la primera puerta que se nos cruza.

Trato de protestar pero es más mi desconcierto ante la conducta tan impropia de alguien tan altivo como él.

Entramos a un salón de clases.

-Largo—ordena Sesshomaru con voz tajante, sin dejar de mirarme. Tardo un instante en comprender que el lugar está ocupado…o lo estaba, dado que la imponente presencia del prepotente profesor provoca que los tres alumnos cesen su conversación, recojan sus pertenencias y salgan apresurados. Me miran al salir y estallan murmullos incluso antes de que la puerta se cierre.

¿Quién rayos es él y que hizo con Sesshomaru?

Pese a que la pregunta vuela en mi cabeza, me obligo a no darle importancia y retrocedo un par de pasos para ganar espacio entre nosotros.

-¿Qué estás haciendo?—inquiero abrazándome a mí misma, apretándome para mantener mis trozos unidos—Estamos en la escuela—agrego rápidamente, haciendo acopio de mi escaso lado cruel para mantenerlo a raya—Echarás a perder tu reputación: el profesor Taisho apenas dirige la mirada a sus alumnos—espero que la sutil ofensa funcione, y si no, ataco nuevamente— ¿No fue suficiente hacer que Inuyasha distrajera a Miroku la noche en que arruinaste mi vida?

Sesshomaru entorna los ojos suavemente pero no objeta, es más inhala hondo controlando la réplica que, estoy segura, iba a ser déspota.

-Inuyasha lo hizo sin que se lo pidiera, además no importa más puesto que ya lo saben—dice.

Frunzo el ceño, asombrada por su brutal naturalidad para decirlo.

-Saben que tuvimos algo—agrega con firmeza—Y que te quiero de vuelta.

Oriento hacia atrás el cuerpo, sosteniéndome del borde de uno de los pupitres para mantenerme erguida. La sola idea de imaginarme a Sesshomaru en medio de un jurado conformado por los Taisho, me causa estremecimientos de terror.

-¿Qué hiciste que?—logro preguntar—Es tu familia—gimo—Kohaku es parte de tu familia y mi…

-Al diablo mi familia y al diablo Kohaku—interrumpe dando los escasos pasos que nos separan, automáticamente me muevo para evitar que siga acercándose.

-¿Cómo puedes decir eso?—suelto el aire contenido-¡Lo lastimamos! ¡Yo lo hice!

-Tendrá que aceptarlo en algún momento, Rin—sigue, implacable.

-¿Aceptar?—mi voz apenas es audible, aprieto los dientes para ahogar un gruñido de frustración y lo único que se me ocurre es arrojarle mi bolso a la cara.

-Y entender que a quien deseas contigo es a mí—su voz ronca logra estremecerme. Sesshomaru aprovecha mi turbación momentánea para sostenerme el mentón obligándome a alzar los ojos a él.

¡Sus pupilas son tan oscuras y profundas! Me engullen en un abismo de tranquilidad culposa que la sola sensación de alivio me provoca remordimientos.

Descubro que no solo odio amarlo, sino también odio en lo que me ha convertido.

-¿Por qué?—murmuro-¿por qué haces esto?

-Por que te quiero de vuelta—inclina el rostro, ronroneando contra mis labios—Tú también lo deseas.

El desplante de arrogancia despabila mis sentidos, recordándome que ya he tomado la decisión y que, por primera vez, no debo flaquear hasta arreglar todo lo que rompí.

-Tú no le ruegas a nadie—musito recuperando el tono enfadado y logrando dar un paso atrás—Ya te aburrirás de buscarme.

Voy a pasarlo de largo pero él me detiene, al instante me revuelvo en su brazo, él afila la mirada con la mueca que reconozco tan bien porque está a punto de jugar sucio para hacerme vacilar; Sesshomaru hace amago de acercarse a mí, así que digo lo primero que, estúpidamente, se me ocurre.

-Si te acercas gritaré—encojo los hombros clavando la mirada en el suelo, él me suelta más asombrado por mi pobre amenaza que asustado por la misma— Gritaré tan fuerte que todos vendrán y les diré que intentabas abusar de tu posición—apenas logro articular la frase.

Sesshomaru cuida tanto su reputación que está claro que no se arriesgará a tener una mancha en su perfecta pantomima de inhumanidad. Ni como profesor ni como neurocirujano.

Tampoco como hombre.

-Nunca te obligaría a nada y lo sabes—replica.

Aprieto los puños para proyectar ahí mi frustración.

-Entonces detente—suplico—Déjame arreglar lo que hice.

Sesshomaru clava en mí sus mortales ojos claros, me mira de la forma en que me recuerda quien manda en mi interior y solo puedo atinar a morderme el labio.

"No, Rin", me digo. Ya mucho daño he hecho y Kohaku merece reciprocidad.

-No puedo—el tono es tan firme y tajante que es capaz de cortarme el corazón en trozos y al mismo tiempo coserlos sin ningún problema.

Los latidos de mi corazón se aceleran al escucharlo, descubro que me gusta que lo diga y al instante me lo recrimino.

Además, una pequeña parte de mi mente, ínfima pero latente, me avisa que es la primera vez que veo a Sesshomaru admitir no ser capaz de algo. Me acuerdo de Hojo al instante y me doy cuenta que frente a mí tengo al Sesshomaru Taisho que siempre se escuda en su adusta frialdad. Al ser humano que siente y sufre, al hombre con el ego quebrado.

Nuestras miradas se encuentran nuevamente, dejándome indefensa y con la idea de que es capaz de mirar más allá de mi falsa careta de fortaleza.

-Y no lo haré—sentencia, inflexible—Mi propuesta sigue en pie: le pagaré hasta el último centavo si es tu noble sentido de lo correcto lo que te detiene. Podrás conservar nuestro departamento e inclusive el bungalow será tuyo, sé lo que significa para tí—vuelve a acercarse.

-Gritaré—tartamudeo tanteando tras de mí en busca de la perilla.

-Hazlo, no me importa—pasa su brazo por mi cintura, pegándome a él hasta que no hay especio alguno entre nuestros cuerpos. —Te entregaré el anillo que elijas y si quieres jugar al romanticismo conmigo, lo acepto—su mano libre sube desde mi mano por el brazo, dejando cardenales de calor.

Estoy hiperventilando.

-Me plantaré frente a tus padres si quieres un noviazgo antes de entregarte a mí otra vez…

El corazón me late tan rápido ante la expectativa de sus palabras que mi escaso raciocinio amenaza con volatilizarse.

Ni siquiera puedo moverme.

-Si quieres hablar con Kohaku al respecto, está bien también—gruñe deslizando la mano por mi mentón, dirigéndome el rostro hacia él—Pero no esperes que acepte que ponga una mano sobre ti y solo lo mire como un idiota.

Su aliento choca con el mío y solo atino a sujetar su mano en un intento pobre por detenerlo.

-Sigues siendo mía.

Cierro los ojos con fuerza, recibiendo sus cálidos labios presionar suavemente contra mi mejilla. Nunca antes ha sido caballeroso en este tipo de contactos y ello me estremece.

Sin embargo, la acusación de mi mente me atraviesa porque nada de esto es correcto.

-Tú nunca fuiste mío—repito tratando de convencerme a mí de ello, deslizándome de entre sus brazos—Y ya no cometeré el mismo error.

Sesshomaru ensombrece el gesto.

Y por primera vez se queda callado, no hay réplica mordaz ni sardónica, tampoco gestos autosuficientes ni tonos que semejan tenerme compasión.

Recojo los restos de mi dignidad antes de sujetar el tirador de la puerta, manteniendo el mentón en alto para maquillar el dolor que me escoce en el pecho y apoyándome en la indignación enfadada que me carcome los sentidos.

Curiosamente no me parece que esté huyendo, de hecho, se semeja más a las veces en las que él se dio la vuelta para alejarse de mí.

-Convenceré a Kohaku de casarse conmigo—apenas logro hablar, mi voz sale forzada y temblorosa, vacilante como siempre frente a él pese a darle la espalda—Por favor, déjanos.

Abro la puerta apenas unos milímetros cuando lo oigo de nuevo.

-Sí hay algo que detesto de ti.

Me freno de golpe, herida por sus palabras pese a que sigo sin mirarlo.

-Odio que llores—continua, su voz de oye grave y contenida. Incómoda.

-Curioso—ironizo con un sollozo ahogado. Ya sé que me veo patética llorando frente a él—Hace meses que solo hago eso—reprocho—Pero no importa, solo cogíamos—las palabras me dejan un sabor amargo en el paladar.

Sesshomaru suspira.

—Comprenderías si hubieses visto lo mismo que yo esa noche.

Ladeo el rostro sobre el hombro aunque gracias a mi cabello no logro verlo, no sé por qué pero no necesito que dé mayores explicaciones, sé la fecha a la que se refiere: cuando todo se vino abajo. Cuando le mostré las pruebas de embarazo positivas.

Antes de que él mostrara su verdadero ser.

-Temblabas y llorabas sin parar—continúa—Tenías miedo.

-Y tu solución fue abandonarme—reclamo; la voz se me ha quebrado porque no me gusta revivir esos momentos, las heridas se abren como si nunca hubiesen cicatrizado y me arden a carne viva.

-Tu vida no tenía que cambiar.

-Y tampoco la tuya—contra ataco.

Transcurre un largo momento en silencio, tan extenso que estoy segura que no volverá a hablar, de modo que me dispongo a salir del salón.

-Si ya tomaste tu decisión, niña, por mí está bien—gruñe.

Contengo el aire preguntándome de dónde saco la fuerza para echarme a andar, a lo mejor de mi frustración o del fastidio conmigo misma por seguir llorando incansablemente.

Estoy cansada de ser inútil aunque el repentino enojo de Sesshomaru sea a lo único que pueda aferrarme para continuar adelante.


Arrastro los pies sobre la acera, las piernas me pesan tanto que no me sorprendería que mis zapatos fueran de cemento, de hecho, cada paso requiere de un esfuerzo sobrehumano.

El ambiente caluroso me sofoca ahora que no hay marquesinas que me resguarden de los inclementes rayos de sol, no obstante las escasas nubes que flotan en el cielo y a que pasan de las cinco de la tarde, el bochorno se instaló de tal manera que me resulta imposible respirar sin ahogarme.

O quizás es solo una falsa concepción de la realidad.

¿Realmente Sesshomaru espera que crea en sus palabras? Y de hacerlo, ¿espera que brinque a sus brazos como meses atrás?

Admito que cada vez que lo veo las piernas me tiemblan y mi corazón acopla sus latidos a su nombre, palpitando en las sílabas que lo componen.

Pero no es suficiente.

Hemos hecho demasiado daño a terceras personas como, quizás, estamos arruinados nosotros, por tanto, no existe manera de que me ciegue nuevamente y ceda a mi egoísmo idiota.

Porque eso soy: una tonta que todavía sufre por él y su actitud.

Además, aunque Hojo tenga razón y su ego se encuentre, efectivamente, quebrado eso no significa que sus sentimientos sean sinceros, solo que se cansó de fingir que su orgullo como hombre no está mancillado.

Tampoco importa ahora que he tomado mi decisión: convenceré a Kohaku de seguir adelante, suplicaré si es necesario.

Levanto los ojos de la piedrecita número ciento nueve, mis pasos se frenan un momento antes de retomar la caminata con un ritmo más acelerado.

Contengo el impulso de saltar la cerca que rodea la casa de la abuela Kaede y sigo corriendo hasta el camino empedrado que conecta al porshe. Aome debe sentir mi presencia porque alza los ojos aunque no se incorpora del escalón donde está sentada, me laza una mirada atenta que de inmediato se convierte en consternación.

Quiero correr hasta ella y aturdirla con un montón de explicaciones, sin embargo, me pasma la visión del enorme arreglo florar que está apostado a su lado, justo frente a la puerta.

-No las traje yo—dice elevando ambas palmas—Cuando llegué también lo hizo el mensajero. Creyó que yo era tú—concentra su atención en las rosas.

Debería preguntarle por qué no prefirió esperar dentro aunque supongo que todavía no estaba segura de querer escucharme, no obstante, mis pies se mueven hacia el gigantesto ramo. Me detengo frente al mundo de rosas rojas que desprenden un aroma delicioso que me recuerda de inmediato la tienda de vestidos.

-Tampoco he visto quien las envía—agrega Aome imprimiendo en el tono un toque de acusación.

El estómago se me encoge cuando cojo la tarjetita dorada que cuelga de uno de los tallos. No dice nada.

Un terrible golpe de desilusión me asalta. Aome estira la mano a la base del arreglo floral captando mi atención: una caja cuadrada.

-No parece tan costoso—dice con una mueca.

Al instante me agacho para revisar el contenido: un cupcake.

El arreglo es sobrio, elegante, no tiene ninguna etiqueta de alguna marca o tienda. Es solamente un regalo que me recuerda lo pésima que soy con el merengue para decorar, ya que, "esa" de ahí si parece una jeringa.

El corazón se me agita dentro del pecho.

"Inuyasha", pienso mecánicamente.

Es la única persona que podría conocer la historia completa de los panecitos que hornee para su hermano una vez y además, posee las habilidades para cocinar uno parecido. Y además, superarlo.

Lo que no entiendo es el motivo. Desde siempre Inuyasha me ha despreciado tanto como yo lo hago ahora.

Seguramente Sesshomaru lo obligó a prepararlo.

Suelto un gruñido dejándolo de lado porque no quiero licuarme la mente con más pensamientos tóxicos para mi salud anímica. Me siento molida todavía.

Los ojos de Aome me analizan con detenimiento, con la atención que nunca antes le vi prestar en la escuela. No es un buen indicativo, no obstante, me consuela que haya decidido seguir hablándome.

-Aome…-comienzo, dejándome caer sentada a su lado.

-Para ahí, Rin—me interrumpe, clavando la mirada en la carretera—Conmigo no tienes que disculparte más que por haberme excluído: se supone que soy tu mejor amiga—hace un mohín-¿Cuándo ibas a decirme que andabas con el profe?—tuerce los labios.

Soy consciente del trabajo que le cuesta mantener una actitud calmada, de modo que intento imitarla.

-Lo lamento—admito—Él me pidió discresión y luego…bueno…-me encojo—todo se salió de control. Siempre quise poder contártelo—reconozco con un atisbo de sonrisa que no llega a ser una.

La azabache gruñe, me arrebata la caja y saca el cupcake.

-No puedo creer que hicieras esto—dice al tiempo que le propina una mordida al panqué.

Aome come golosinas cuando está triste o preocupada.

La culpabilidad me asalta de nuevo.

-Sé que les mentí a todos y que…también te traicioné a ti y a las chicas…-estoy a punto de enumerar todos en mi larga lista cuando ella suelta un bufido de descontento.

-No me refiero a eso—mastica—Digo, por supuesto que nos mentiste y todo eso pero…supongo que el motivo lo valía—se encoge de hombros con un toque de exasperación que todavía lucha por suprimir.

Frunzo el entrecejo, ella me mira de refilón y luego sonríe de lado.

-Estaba enojada—lame el merengue, deshaciendo la impecable figurita—Todas lo estábamos—pongo atención a que habló en pasado—No fue correcto lo que le hiciste a Kohaku. A nadie en realidad—me señala con el panquecito—Pero…lo entiendo—suelta el aire de golpe.

El corazón me tiembla al escucharla.

-Aome…—balbuceo.

Ella suspira con pesadez, apartando el pastelito de sus labios.

-Tenías algo con Sesshomaru Taisho ¿Si puedo saltarme el "profesor", verdad?—asiento y ella continúa—Comprendo que hayas querido mantenerlo en secreto…lo que sí no me cuadra, es… ¿Por qué te comprometiste con Kohaku si está claro que el profe está enamorado de ti?

Sus pupilas están rebozantes de solidaridad que me pesa haber imaginado que pude haber perdido a esa morena.

-No lo está—susurro.

-¿No te han sido suficientes esas mentiras?—enarca las cejas.

Intento sonreírle pero sucumbo ante las lágrimas que, por primera vez en mucho tiempo, son de alivio, de una especie de goce inexplicable al saber que me ha perdonado. Gimoteo al intentar ahogar el llanto y entonces mi amiga me atrae a sus brazos.

Vibro contra su pecho manchándole la blusa azul oscuro que viste.

-Aome, en verdad lo lamento. No quería decepcionar a nadie.

-Relájate, Rin—consuela con dulzura—Tarde o temprano tenías que ser honesta, no fue de la mejor forma y te lo advertí…—tuerce los labios con una mueca—Pero Kohaku ya está grande.

Me aparto de ella, pasándome una mano debajo de los ojos para enjugar las lágrimas.

-¿Qué quieres decir?

-Que el daño ya está hecho—esboza una sonrisa triste—Solo tienes que ser honesta con él y contigo misma.

La simpleza con la que lo dice me angustia. Aprieto los labios inhalando profundamente, segura de que decírselo a alguien más que no sea Sesshomaru servirá para solemnizar mi decisión.

-Haré lo correcto—sentencio.

-¿Y qué es eso?—da otra mordida al panqué.

-Hablaré con Kohaku.

Aome tuerce los labios.

-Tal vez aún pueda casarme con él—murmuro.

-¿Estás segura que eso es lo que quieres?

-Quiero hacer lo correcto.

La morena asiente una vez mientras lo medita.

-¿Sabes? Mi mamá dice que lo correcto no tiene que ser bueno para todos, solo lo mejor.

Estoy a punto de responder a eso cuando la sombra proyectada nos cubre, ambas alzamos los ojos para encontrarnos con el gesto adusto de Hojo.

Sus ojos nos revelan lo patéticas que nos encuentran al estar sentadas en la puerta de la casa, sosteniéndonos las manos como un par de niñas y con claros indicios de llanto.

Aome frunce el entrecejo en cuanto mi primo abre la boca para hablar.

-¿No tienes que ver porno gay o algo? Rin estaba a punto de contarme de qué tamaño la tiene el profe—su tono autosuficiente me asombra.

Asombrosamente Hojo se calla la réplica, chasquea la lengua y le dirige una mirada agria antes de pasarnos de largo hacia la casa. Cuando entra deja la puerta abierta.

-¿Y bien?—se pone de pie, tardo unos momentos antes de imitarla—Tienes mucho que explicarme antes de tomar una decisión definitiva.

-Ya la tomé, Aome—le recuerdo, encogiéndome de hombros con profundo pesar.

Ella me dirige otra de sus miradas preocupadas.

-Te casarás.

-Con Kohaku.

Si es que él me perdona, claro.

-¿Las dejarás afuera?—pregunta, por completo fuera de contexto; al ver mi torpe confusión señala el ramo de rosas.

Me cuesta trabajo pasar saliva.

-No creo que las haya enviado Kohaku—agrega encaminándose hacia el interior de la casa—Ni tampoco que el profe haya participado en ese escándalo solo por joder.

Doy un respingo pero no estoy segura si Aome se ha dado cuenta porque desaparece dentro de la casa.

Al quedarme sola frente a las rosas me cuestiono de dónde ha salido esa falsa galantería de Sesshomaru. Nunca antes me regaló nada como eso, su carácter orgulloso no va con muestras infantiles de aprecio como esas y claramente es otra de sus actitudes destinadas a confundirme.

Sacudo los cabellos rehusándome a encadilarme del detalle porque semeja más las coronas de flores que se envían en un funeral: o al menos así lo siento.

Y no pasará de nuevo: haré lo correcto y él aceptó ya mi decisión.

Las flores debió enviarlas antes de nuestro encuentro en la escuela.

Con un último aliento de valor rebusco mi móvil y busco entre los contactos.

El tono de llamada me parece eterno hasta que luego, con un simple click, se establece comunicación.

-¿Diga?—la grave voz del otro lado me provoca un escalofrío.

-Hola, soy Rin. Por favor no cuelgues—pido rápidamente. Del otro lado se hace el silencio así que supongo que su educación no le permite hacer más que escuchar lo que tengo que decir-¿Podemos hablar, Miroku?

Apenas oigo la respuesta se me anuda el pecho.

Nunca pensé que hacer lo correcto dolería tanto.


¿Les gusto? Dejenme saber sus comentarios.

Nos leemos en el proximo