Tablilla XI Capítulo 40 Utnapishtim

Urshanabi indicó a Gilgamesh que esperaría en el muelle hasta que regresara.

El rey puso los pies sobre la arena y se entremetió entre sus sandalias. Apenas aquello ocurrió se hartó de la situación y perdió la paciencia. Tener a Kur tan cerca le descompensaba y sobretodo, enojaba. Sin más que perder, caminó en dirección a la casa de Utnapishtim para encontrarse con un anciano de barba blanca y larga vestido con harapos, saludando a Urshanabi.

Obviamente Gilgamesh esperaba que Utnapishtim fuese alguien más imponente.

El anciano alzó la vista y ladeó la cabeza, confundido. Se levantó del taburete mal hecho en donde se encontraba y fue al encuentro de Gilgamesh.

—¿Quién eres? Vaya cara traes, hombre. Veo que eres un hombre común y has logrado atravesar el mar del olvido. Debo presentar mis respetos.

—No soy un hombre común, soy un semidiós y mi nombre es Gilgamesh—dijo alzando una mano en señal de advertencia— ¿Tú eres Utnapishtim?

—Así es, soy Utnapishtim. Algunos me llaman el lejano. ¿Qué puedo hacer por ti, rey de Uruk?

—Ereshkigal me ha enviado por la respuesta a la inmortalidad. Dámelaig ahora, es más que una orden, es tu destino hacerlo.

Utnapishtim alzó las cejas y negó.

—No se a qué se refiere la bella Ereshkigal. Lo siento.

Gilgamesh semi abrió los labios, pasmado. El cabello alborotado le hacía lucir como un vago, más con esas ropas tan sencillas que traía encima. El sol golpeaba sus maltrechos brazos y el rojo de sus iris destacaban como dos infiernos en su rostro. Los tendones de su cuello se tonificaron cuando apretó los dientes. La rabia le carcomió la poca paciencia que guardó para ese momento y se controló por no gritar.

—Ella me dijo que tu tendrías la respuesta. Si se han estado riendo de mí todo este tiempo los mataré a los dos. Ya tengo suficiente con ustedes los dioses, son un montón de cobardes, de inútiles. Tuvieron que enviar a Enkidu para acabar conmigo y aquí sigo y mi ira puede llegar lejos.

Utnapishtim asintió y dio media vuelta, invitando a Gilgamesh a caminar junto con él.

—No me llaman el lejano por nada. Sé quien eres, pero no sé que ha pasado en todo este tiempo, desde que eras un niño con la noble misión de guiar a Uruk a la gloria. ¿Podrías contarle a este anciano que ha ocurrido?

Gilgamesh tenía cara de pocos amigos. A pesar de la ofensa que arremetió contra Utnapishtim, él no parecía enojado, más bien mantuvo la calma y lo ignoró por completo.

—Escucha, no me iré sin una respuesta porque necesito saber el secreto de la inmortalidad. No esperaré que me pase lo mismo que a Enkidu.

Utnapishtim hizo un gesto de asentimiento, como si hubiese entendido todo de un momento a otro.

—Ereshkigal quiere que te de algo muy valioso.

"Nadie regresa de las puertas del olvido de Ereshkigal, nadie excepto los dioses. Ereshkigal pretende que te explique como yo, un simple hombre se convirtió en dios. Antes de continuar, he de decirte que no debes prolongar tu pesar, ¿Has acaso comparado la valiosa suerte que ha estado de tu lado? Eres bendecido por Shamash y Ninsun, conociste a Enkidu, arma de los dioses y entablaste una amistad con él, ¿No puedes recordar los buenos momentos y atesorarlos en tu corazón? Aquello podría curar tu apenada alma si así lo deseas, pero te hundes en la miseria y la sombra de la muerte. Eres joven y fuerte y podrías llegar lejos con Uruk, sin embargo, abandonaste tu reino y estas aquí conmigo, conversando.

"Cada día que pasa estás más cerca de la muerte, como todos los mortales. Es algo que no puedes evitar y deberías aprovechar cada día de vida que Ereshkigal deja que disfrutes. Nadie en todo Uruk es tan afortunado como tú, ¿Acaso tu sabrás cuando llegará tu muerte? ¿Le temes al olvido tanto como para no comprender que el día de mañana regresaras en alma donde Enkidu, quien ahora es gobernado por Ereshkigal, al igual que tú en el futuro?

—Yo no seré gobernado por Ereshkigal. Mi recuerdo y mi vida prevalecerá en la historia de todos lo hombres, como un dios, como el rey de Uruk. Enkidu debe asumir su ridículo destino, pero yo no.

—Vaya deseo ambicioso tienes, Gilgamesh—contestó Utnapishtim, acariciando su barba—. Algo difícil de conseguir, pero si has llegado hasta aquí, debes escuchar mi historia.