31
Atrápame si puedes
Pasamos de Misión imposible a Atrápame si puedes.
La mañana del viernes volvía a tener tintes de película de acción, aunque aquella me gustaba más que la de tener que esconderme en un tenebroso y polvoriento archivador de un despacho, a decir verdad.
Primer y único punto del día tras lo acontecido el anterior. Esquivar a Quinn Fabray.
No. No solo quería esquivarla, sino que además me esmeré en no tener la ocasión tan siquiera de verla. Y lo cierto es que para estar en el mismo lugar me lo puso bastante sencillo. Tanto que, si no hubiera sido por la desesperante capacidad de masoquismo que corría por mis venas, habría acabado la mañana sin saber siquiera el color del vestido que llevaba aquel día. Sabía que estaba trabajando solo porque dos de los chicos del coro tuvieron su pertinente reunión semanal con ella. Pero nada más. No me la encontré ni cuando llegué, ni cuando desayuné en la sala de profesores, y ni siquiera en el ensayo que estaba a punto de acabar, donde por fin pude explicar mi proyecto de trabajo para el coro sin tener que debatir, o llegar a discusiones con los componentes.
No tengo ni idea de lo que podía estar tramando Dylan, pero aquella mañana se comportó como nunca antes lo había hecho conmigo. Sin recriminar, sin quejas o desplantes, simplemente escuchando y aceptando mi rol como directora. Y gracias a esa actitud extraña, pudimos avanzar en una hora todo lo que no habíamos logrado hacer en los cuatro días que llevaba con ellos. Todo parecía ir perfectamente encaminado. Quinn aquella mañana no tenía pensamientos de ser espectadora de mi clase, y yo lo agradecí muchísimo.
—¡Muy bien chicos! Llegó la hora de marcharse —anuncié tras escuchar el timbre sonar—. Os dejo en el tablón el listado con las voces principales. Espero y deseo que entendáis mi decisión, y sobre todo que seáis comprensibles los unos con los otros. Somos un equipo. ¿De acuerdo? —asintieron, aunque lógicamente lo hacían por puro compromiso. Que se hubiesen comportado durante la clase no les quitaba ese halo de temor que desprendían algunos, y la soberbia que les sobraban a otros. Y yo, por supuesto, sabía perfectamente que en cuanto viesen esa lista, los conflictos volverían a aparecer. Pero era viernes, y no me apetecía en absoluto tener que discutir. Por eso mismo decidí mostrarles mi decisión justo cuando el final había llegado y la clase ya estaba terminada. El lunes sería un día nuevo, y probablemente los ánimos ya estarían calmados. O eso esperaba, claro.
No fallaron mis cálculos. Apenas puse un pie fuera de la clase pude oír las quejas de algunos de ellos al leer la lista, y no dudé en acelerar el paso para encerrarme en el despacho. Esperaría a que acabase el intercambio de clases para abandonar el instituto, y terminar así mi jornada de aquel día. Eso sí, había alguien que parecía esperar el momento oportuno para hacer que eso sucediera más tarde de lo previsto. Y no, no era Quinn. Era ella, según los medios de comunicación mi mayor competencia en el mundo de la televisión. Según mi corazón, mi mejor amiga. Sin duda.
—Santana López llamándome un viernes a las 12 de la mañana. Dime, ¿te han nominado ya para un Emmy? —respondí tratando de sacarle una sonrisa mientras me acomodaba en la silla del escritorio.
—Tal vez, pero yo aún no lo sé —bromeó—. ¿Por qué tenías el teléfono apagado?
—Porque estaba en clase, y por primera vez en toda la semana tenía a ese grupo de adolescentes a mi merced. No quería que nada ni nadie interrumpiesen la proeza.
—¿Rachel Berry comienza a imponer su estatus en el McKinley? Eso me resulta familiar.
—Eso sucederá cuando vengan a darme las gracias por haberlos llevado a la cima de su efímero paseo por la fama. No debería sorprenderte, de hecho, sabes que siempre me salgo con la mía.
—Ya, no es necesario que me lo jures. Eso sí, procura dejar un buen sabor de boca en todos tus alumnos. El público adolescente es un filón de oro.
—Este instituto es como una burbuja aislada del resto de la sociedad. Aquí nadie me pide autógrafos, ni fotos, bueno… Admito que alguno que otro sí que he firmado, pero nadie del coro me ha dado muestras de admiración. Así que la tarea que me encomiendas es realmente complicada. Me conformo con ganar las Nacionales.
—No infravalores lo que tienes ante ti. Es un proyecto muy bonito, y si consigues ganártelos también a ellos, mejor para tu regreso a los escenarios. Apuesto a que querrán ir a verte y presumirán de ser alumnos de una de las mejores actrices de Broadway.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —cuestioné sin comprender muy bien lo que trataba de decirme.
—¿Por qué piensas que te he llamado? ¿Para darte los buenos días? ¿Para preguntarte por las rosas azules que no paran de enviarte? Bueno, ese es un tema que me vas a explicar, pero ahora me interesa hablar de otra cosa.
—¿Qué ocurre, Santana? —me puse en alerta. No me gustaba en absoluto que utilizase su sarcasmo para bromear, porque eso solo indicaba que estaba a punto de soltarme algo que no me iba a gustar. Y no. No estaba equivocada.
—He tenido una reunión con George. Le he pedido que me dejase a mí decírtelo antes de que lo haga él. Porque sé que en cuanto te llame lo vas a rechazar, y no estoy dispuesta a que lo hagas.
—Me estás asustando… ¿Qué pasa con George?
—Le ha llegado una oferta para ti. Es de Broadway.
—No —respondí sin dejarla terminar de hablar.
—No mis pelotas —me soltó con su habitual tono amenazador—. ¿Me quieres dejar hablar?
—Ya hemos hablado de esto mil veces. No voy a volver a Broadway, así que es absurdo…
—Rachel, vas a volver a Broadway porque lo deseas, porque es tu mundo y ahí si disfrutas. Así que deja los miedos y las dudas. Nadie te va a hacer nada, ni a ti ni a mí ni a los chicos.
—Me, me da igual lo que digas…
—Pero vamos a ver —volvió a interrumpirme—. Rivklin no va a volver a meterse en nuestras vidas. El abogado te lo dejó claro y a él también. Si vuelve a utilizar su poder en nuestra contra, le van a caer demandas y querellas hasta que se le caiga el pelo. Y me costa que a pesar de lo viejo que es, tiene suficiente en la cabeza como para sufrir unos cuantos años. No seas ingenua, Rachel. Nadie te prohíbe volver a hacer lo que quieres hacer. Tienes gente en Hollywood que están y estarán de tu lado, y te conocen en todo el país. Si quieres volver a sentirte bien, tienes que dar ese paso y lo sabes. Además, me lo debes por todo el tiempo que estuviste mintiéndome.
—Te he dicho que no. No es algo que vaya a decidir de un día para otro, así que deja de insistir con ese tema.
—¿Por qué tienes que ser tan cabezota? ¿No tuviste suficiente con callarte todo cuando podíamos haber tomado cartas en el asunto? Deja ahora que nos encarguemos los demás.
—Santana, no eres nadie para decidir lo que yo quiero o no quiero hacer en mi vida. ¿De acuerdo? Si quiero volver a Broadway será decisión mía, no vuestra.
—No soy quién para decirte lo que tienes que hacer, pero al menos escúchame y confía en mí de una jodida vez. Escucha la oferta, estúdiala y medítala con tranquilidad, pero no la deseches sin saber de qué se trata. ¿Ok? Para eso si tengo potestad, porque soy tu amiga y quiero lo mejor para ti. Así que cuando te llame George, atiéndelo y escúchalo sin quejarte. Punto.
Sentencia. Cuando Santana acababa con ese tono su discurso nada ni nadie podía debatirla, porque era probable que lo siguiente que escuchases de sus labios sería algún insulto de esos de lo que no puedes defenderte. Y mi día estaba yendo tan bien que, evidentemente, no me iba a arriesgar a que lo fastidiase. Lo mejor que podía hacer era permitirle creer que iba a hacer caso de su petición, aunque ya supiera de antemano que la iba a rechazar.
—¿Me has oído o estás en silencio porque te has quedado sin voz?
—Te he oído. ¿Algo más? —respondí cortante.
—Sí, algo más. ¿Quién te está enviando las rosas azules?
—¿Cómo?... ¿Cómo sabes que me están enviando rosas azules? —cuestioné acomodándome aún más en el asiento. Me sentía con tanta confianza en mí misma tras haber soportado su sermón, que llegué a reclinarme lo suficiente como para alzar mis piernas sobre la mesa.
—Tú me lo dijiste.
—No. Error… Yo te dije que me habían enviado una rosa azul, no que siguiesen haciéndolo.
—Da igual, ni importa…
—Sí, sí que importa. ¿Cómo lo sabes? —insistí sabiendo que el cambio de tono en su voz escondía algo más.
—Lo sé porque sois las dos personas más pesadas del universo, y no os queréis dar cuenta. O tal vez sí, tal vez si lo sepáis, pero tenéis tan poco cerebro que no os importa en absoluto.
—¿De qué hablas? ¿Quién es pesada?
—¿Quién va a ser? ¿Sabes a qué hora me llamó ayer Quinn? Bueno, ayer no… Hoy. A las 7 de la mañana, y no os dais cuenta que aquí en los Ángeles son las 4 de la madrugada cuando allí está amaneciendo. No os queréis enterar que no estamos en la misma franja horaria, y me estáis jodiendo las pocas horas que tengo para descansar.
—¿Te llamó Quinn para preguntarte por las rosas? —cuestioné ignorando su sermón. Aquello sí que no me lo esperaba en absoluto.
—Quinn me llama por todo a todas horas desde que estás ahí. No sé quién mierda es la psicóloga, si ella o yo…
—Un momento. ¿Te llamó ayer por la mañana?
—¿Ayer? No, ayer precisamente no, solo esta mañana…Bueno, ésta madrugada —recalcó, pero mi mente estaba no pudo evitar volar rápidamente hacia la misteriosa llamada que yo misma pude oír cuando estaba escondida en su archivador—. Podríais hablar entre vosotras y no andar llamándome para cualquier tontería de las vuestras.
—¿Qué te preguntó? —insistí ignorando su petición— ¿Te habló de mí?
—Rachel, Quinn está desesperada porque quiere llevarse bien contigo ahí. No quiere que las tres semanas que vas a estar en el instituto sean un infierno, solo porque te cruzas con ella o porque tenéis que hablar de vez en cuando. Y me llama a mí porque no sabe cómo hacer o qué hacer para que no te sientas mal.
—Eso debería haberlo pensado antes de hacerme lo que me hizo. Fue ella la que me pidió que la olvidase, que no podíamos ser ni amigas…
—No fue eso lo que te dijo literalmente.
—Sí, sí que me dijo eso.
—Rachel —me interrumpió—. Quinn solo te dejó claro que entre vosotras no habría nada, pero hablaba de vuestra noche de sexo incomprensible.
—Me pidió que me olvidase de ella —mascullé ofendida por sus palabras. Fui yo la que tuvo que soportar su sermón el día que se marchaba de Los Ángeles. Fui yo quien escuchó sus palabras y vio el desagrado con el que me miraba, sabiendo que ni siquiera pretendía despedirse de mí. Quinn fue cruel, muy cruel conmigo en una época en la que peor me sentía emocionalmente, y eso no tiene excusa ninguna—. Ni se te ocurra darle la razón a ella porque no la tiene. No me quería ni como amiga, ni como nada…Y me pidió que me olvidara de todo lo que habíamos vivido. Pues bien, eso es lo que hago. No quiero saber nada de ella, porque es exactamente lo que ella quería. Así que será mejor que deje de llamarte para ponerte en mi contra y…
—Ella no me llama para ponerme en tu contra —me interrumpió—. Ella me llama para saber cómo estás, para que le diga si todo te va bien, si eres feliz o no…Eso es lo que Quinn me pregunta de ti cuando me llama.
—Acabas de decir que…
—Lo he dicho yo porque es lo que intuyo que necesita por cómo me habla —me interrumpió de nuevo dejándome en silencio—. Mira, no tengo ni idea de qué es lo que se le pasó por la cabeza para hacer lo que hizo, y a juzgar por como la estás tratando, me entran ganas de torturarla para que me lo cuente de una vez. Pero, aun así, no ha dejado de preocuparse por ti en todo este tiempo, aunque tú no te hayas enterado de nada. Y por supuesto, también lo hace ahora que estás ahí. Quinn no es de piedra, Rachel. Y te aseguro que no está en su mejor momento. De hecho, juraría que nunca la vi tan vulnerable o débil como lo está ahora.
—¿Y es por mi culpa? ¿Ahora tengo yo la culpa de que la consciencia le recuerde que no lo hizo bien?
—No, claro que no es tu culpa, pero ver que te hace tanto mal no la ayuda en absoluto.
—Ya…Claro —balbuceé tratando de mostrarme fría. Lo cierto es que me costaba un mundo hacerlo. Escuchar las palabras de Santana no hizo otra cosa más que lanzar a mi memoria la imagen de una Quinn completamente desolada golpeando el saco de boxeo. El simple hecho de pensar que estaba así solo por el cargo de consciencia que le provocaba mi presencia, me hacía sentir realmente confusa, y mal. Muy mal a pesar del daño que ella me había hecho.
—Rachel, me preguntó si yo sabía quién te estaba enviando las rosas porque quería saber si tú lo sabias.
—¿Y tú que le dijiste?
—La verdad. Que no tenía ni idea de quién. De hecho, ni siquiera sabía que lo habían vuelto a hacer. Y que tú tampoco deberías saber nada… O eso espero, porque si llegas a saber quién te está enviando esas rosas y no me dices nada, te las verías conmigo.
—Ok.
—Ok. ¿Qué? —repitió ante mi respuesta repleta de orgullo. Por supuesto, en ese instante no solo estaba realmente confusa y molesta con Quinn, sino que también me sentía así con ella, con Santana. Y ella lo sabía. Lo sabía porque me conocía, y como me conocía sabía que yo odiaba que tuviese la razón en algo que tocase mi orgullo. El simple hecho de saber que ellas hablaban de mí por teléfono, y que Quinn además de ir de víctima, curioseaba por conocer detalles de mi vida como por ejemplo quien me estaba enviado aquellas rosas, no me gustó en absoluto. O, mejor dicho, hizo que mi orgullo sobrepasara el límite, y la soberbia estuviese a punto de apoderarse de mí.
—Pues que muy bien. Que me parece perfecto. Quinn es leal y una muy buena persona y yo soy un ser despreciable.
—Rachel, no sigas por ahí, porque no estoy hablando de nada de eso. Solo me limito a decirte lo que sucede…
—No me interesa en absoluto saber lo que sucede con ella. ¿Ok? Y si está interesada en saber quién me envía las rosas, pues dile que lo hace alguien que quiere hacerme sonreír cada día.
—¿Qué? ¿O sea que sabes quién es?
—Lo sé —respondí creyendo mi propia mentira.
—¿Quién es?
—Que lo sepa no significa que lo vaya a decir.
—¿No me lo vas a contar?
—Pues no, no te voy a decir nada ni a ti, ni a ella, ni a nadie. Esto va a quedar entre esa persona y yo —respondí siendo consciente de la estúpida mentira que estaba armando solo por lograr confundirla. Por orgullo y rencor. Y no solo a ella, sino también a Quinn. Estaba convencida de que tarde o temprano Santana se lo comentaría, y eso a pesar de no valerme para nada, me regalaba una extraña sensación de triunfo absurdo que me apetecía disfrutar.
—¿De verdad? ¿No me vas a decir…?
—No, y lo siento, pero te tengo que colgar —la interrumpí justo cuando vi a través de la ventana a Sam, dirigiéndose directamente hacia mi despacho.
—¿Qué? No, ni se te ocurra…
—Tengo que seguir trabajando. Hablamos en otro momento.
—No Rachel, espera…
—Adiós Santana… Que sea leve el rodaje —añadí con un tono que a buen seguro le habría jodido mucho, segundos antes de colgar la llamada y dejarla con la palabra en la boca. Sabía que me estaría odiando, pero no me importó en absoluto.
Aquel día estaba siendo perfecto y ella, con sus preguntas y con toda esa pena que mostró por Quinn, había estado a punto de fastidiármelo. Y si no había permitido que Dylan lo hiciera, tampoco dejaría que ella lo hiciera. Mucho menos cuando la sonrisa, casi perpetua, de Sam aparecía tras la puerta para devolverme a mi mundo. A mi nueva realidad.
—¿Se puede? —me preguntó con algo de dudas y yo le sonreí. Porque sí, porque me apetecía hacerlo y olvidarme de lo mucho que llegó a indignarme Santana.
—Por supuesto —respondí reincorporándome en la silla. Mis piernas seguían sobre la mesa cuando él abrió la puerta y no era esa la imagen que yo quería que tuviesen de mí.
—No te voy a interrumpir demasiado, en cinco minutos tengo que estar en el gimnasio.
—Tú dirás…
—No, tranquila… No es nada importante, bueno…Solo venía a recordarte que la cena sigue en pie. ¿Verdad? —me preguntó y yo dudé por algunos segundos.
—¿La cena?
—Sí. Te lo pregunté hace un par de días… Iríamos a cenar. ¿No lo recuerdas?
—Oh…Sí, si claro. Claro que lo recuerdo, pero no sé si me dijiste lugar y día.
—Mi intención es que fuera esta noche.
—¿Esta noche? Eh… Ok.
—¿Te viene mal?
—No, no en absoluto. No tengo planes.
—Bien. ¿Te paso a recoger o…?
—Dime dónde y allí estaré.
—A las 8 en Breadstix —respondió sin apenas darme tiempo a reaccionar. Supuse que mi gesto de desconcierto fue más que suficiente para que se explicara sin que yo lo pidiese—. Así recordamos viejos tiempos —añadió regalándome un guiño de ojos.
—Oh…Ok.
—¿No te gusta la idea? Si quieres podemos ir a otro lugar y…
—No, no. Me parece perfecto. A las 8 estaré allí —le dije contagiándome de su sonrisa, aunque admito que fue un tanto forzado. Es cierto que yo estaba allí para recuperar la ilusión, para distraer mi mente y recordarme a mí misma que seguía teniendo capacidad para hacer lo que me propusiera. Lima nunca fue de mi agrado, pero era mi ciudad. De allí salí al mundo, y volver siempre me hacia recordar lo que fui, lo que viví y lo que luché para llegar hasta donde quería llegar. Como decía Kurt, Lima era mi gasolinera, donde yo debía recargarme para seguir caminando. Y Breadstix, al fin y al cabo, también formaba parte de Lima y de mi pasado. Tal vez me iba a hacer recordar demasiadas cosas que no quería tener en mi mente, pero nadie me dijo que todo sería bueno al volver. También hubo muchas, muchísimas cosas buenas que viví en lugares como ese restaurante. Solo tenía que anteponer lo bueno a lo malo, y así todo sería mucho más sencillo y llevadero, sin duda.
—Genial entonces —me dijo él de nuevo sonriente—. ¿Ya has acabado hoy?
—Sí. Organizo un par de temas para el lunes y me marcho.
—Si te apetece echar unas carreras por el campo de futbol, Quinn y yo nos vamos ahora a entrenar…
—Oh, no, no, te lo agradezco, pero yo soy más de cinta y bicicleta elíptica —respondí sintiendo como mi sonrisa se hacía aún más forzada por culpa de su nombre. Lo juro, me bastó escuchar el nombre de Quinn para volver a sentir como mi estómago se revolvía y algo me atizaba con fuerza en todo el cuerpo.
—Me lo temía. De todas formas, si algún día te apetece…Vente con nosotros. Te aseguro que te lo vas a pasar bien.
—Ok. Lo tendré en cuenta —volví a responder fingiendo a mas no poder que no había problema alguno. Obviamente, Sam no paraba de demostrarme que realmente no sabía que entre Quinn y yo las cosas estaban tan mal. Nadie en su sano juicio propondría planes así sabiéndolo. O eso llegué a creer.
—Pues, nos vemos esta noche.
—De acuerdo, Sam —fueron mis últimas palabras. Y las de él también. Se despidió de mí de la misma forma con la que me había saludado, con una sonrisa y un guiño de ojos. Algo que realmente me empezaba a desconcertar, y sobre todo a confundirme. Tanto que inevitablemente me hizo volver a pensar en la dichosa rosa. Nada más cerrar la puerta, corrí hacia la ventana para poder seguirlo con la mirada, creyendo que en cualquier momento aparecería de nuevo el mensajero con la rosa azul que aquel día aun no me había llegado, y así descubrir si interactuaba con él de alguna manera. Mi gozo en un pozo. Y no porque el mensajero apareciese e ignorase a Sam, sino porque mi estúpida confabulación no me ayudó a otra cosa más que acabar con mi misión de aquel día. Quinn apareció y yo me quedé completamente petrificada tras la ventana observándola.
No me vio, o al menos yo no percibí que lo hiciera. Apareció por el pasillo de la derecha y fue a encontrarse con Sam, que se detuvo en el cruce entre ambos pasillos para recibirla. Lo saludó de manera afectiva y permitió que el brazo del chico se alzara sobre sus hombros, antes de invitarla a caminar junto a él, y a perderse por hacia la izquierda, donde yo ya no podía ver absolutamente nada.
Juro que no sé lo que fue, tal vez esos recuerdos en los que pensaba antes de que me interrumpiese para recordarme la cena, pero verlos a los dos juntos, abrazados de aquella forma tan particular en mitad del instituto, hizo que mi mente saltara hacia el pasado, regalándome esa misma vulnerabilidad con la que viví tanto año en entre aquellas paredes.
Quinn Fabray y Sam Evans abrazados por los pasillos del McKinley. Desconcertante, realmente confuso para mí un titular así después de tantos años, de tanto vivido, de tanto sentido. Y sí, lo admito. Me molestó mucho, muchísimo. Por eso mismo supuse que reaccioné de aquella manera tan inesperada y masoquista para mí. Fue verlos desaparecer, y me volví a la silla donde estuve al menos 10 minutos completamente ausente, si hacer absolutamente nada, más que estar allí, mirando mi carpeta encima de la mesa y visualizando la escena una y otra vez en mi mente. Tratando de quitarle importancia, de no darle un sentido que mi ridícula cabeza se empeñaba en darle. Fue en vano. Cuando quise darme cuenta estaba abandonando mi despacho, y en vez de dirigir mis pasos hacia el aparcamiento, lo hice hacia el campo de entrenamiento. Ni siquiera supe si alguien me vio, yo solo sé que no vi a nadie aun cruzándome con los alumnos por los pasillos. Iba en modo automático hasta que logré alcanzar las gradas y la vi.
Cinco horas en el instituto esquivándola, y cuando ya estaba por lograr salir de allí sin verla, fui yo quien la buscó una vez más.
No había nadie que distrajese mi atención en el campo, solo ellos dos corriendo por uno de los laterales, el que quedaba más alejado de mi situación. No obstante, evité que pudiese verme quedándome mejor en el acceso a una de ellas. No sirvió de mucho.
Dicen que cuando el ser humano actúa dejándose llevar por el corazón, es porque el mismo destino está indicándote que debes hacerlo. Que debes dejarte guiar porque aquello así está escrito. Que no tienes que pensar en porqué lo haces o si debes o no. Simplemente hacerlo y dejar que suceda lo que tenga que suceder. Tal vez mi historia con Quinn había acabado hacía más de un año, y esa sensación de intentar distanciarme de ella no era más que un acto reflejo, para evitar un dolor que iba a seguir estando presente mientras existiese. Pero la vida siempre nos tiene algo preparado que nos hace cambiar de opinión. Algunos creen que es ese segundo de tu vida en el que un gesto, una acción, un hecho o una palabra hacen que todo cambie. Para mí no existían esos segundos, para mí existía el momento exacto en el que actúas sin pensar en lo que haces, solo porque esa fuerza te empuja a hacerlo. Me sucedió cuando la perseguí hasta el gimnasio, y aquella mañana lo repetí hasta llegar allí.
Tal vez pasaron dos o tres minutos, no lo sé. Estaba tan ensimismada viéndola correr con Sam a su lado, que perdí por completo la noción del tiempo. Hasta que sucedió lo que sucedió.
Sam, por algún motivo que yo desconocía, se desvió del camino que seguían, y continuó la carrera por una de las pistas hasta, y lo perdí de vista al colarse en el interior de los vestuarios de los chicos del equipo. Quinn continuó con su carrera por el margen del campo de futbol sin más, hasta que llegó al extremo y se dispuso a girar para regresar sobre sus pasos. No sé lo que pasó, ni lo que pudo hacer, pero no fue bueno para su pierna derecha. Lo único que sé es que apenas recorrió un par de metros más, y vi como el dolor se reflejaba en su rostro hasta obligarla a lanzarse al suelo, logrando que todo mi cuerpo se tensara. Noté como incluso la respiración se me cortaba y mis piernas temblaban. Además de una voz interna que llegó a gritarme que corriese hacia ella, y lo hice. Bajé tres gradas y me salté la valla que delimitaba el campo emprendiendo una carrera tan peliculera, que incluso se escapaba a mi melodrama. Dispuesta a ayudarla como si su vida corriese peligro. Pero no pude llegar más que a un tercio del terreno de juego. Mis piernas se detuvieron cuando vi aparecer de nuevo a Sam, y se arrodillaba ante ella para ayudarla a superar lo que intuí que era un tirón muscular.
Me sentí tan patética, tan ridículamente patética que, plantada allí, con el vaivén desbocado de mi pecho dificultándome la respiración por la carrera, que ni siquiera fui capaz de reaccionar y evitar que pudiese verme. De hecho, me vio.
Sam lo tenía todo controlado. Vi cómo entre sus manos portaba una extraña venda que colocó en la pierna de Quinn, haciéndome comprender que el incidente no fue casual, y que el motivo que lo había llevado a ausentarse por algunos minutos de su lado, era justamente para hacerse con aquella venda que iba a proteger la supuesta lesión de Quinn. Y fue justo ahí, cuando le colocaba la protección. Quinn desvió su mirada hacia a mí, lógicamente no había nadie más en el campo que pudiese distraerla, y yo sentí como de nuevo mi estómago parecía convulsionar.
Supuse que no daba crédito a lo que veía, porque por algunos segundos la vi tratando de focalizar la vista sobre mí, y saber qué pretendía estando allí detenida. Intuí que pudo percibir mi preocupación, y ella no tardó en reaccionar. Tal vez no quería que nuestros mundos estuviesen unidos, pero la complicidad entre nosotras sobrepasaba lo natural. Contra eso no podía, ni ella ni nadie. Y lo pude volver a comprobar cuando vi cómo sus labios formaban una leve, casi imperceptible sonrisa de tranquilidad que acababa con todo mi temor. Como si realmente supiese leer mi mente.
Sin decir nada, y sin dejar que Sam me viese, retrocedí aun con el corazón botando en mi pecho, con la serenidad de su sonrisa hablándome, tranquilizándome, enviándome ese mensaje que quiso regalarme para acabar con mi preocupación, y sabiendo que sus ojos no dejaban de mirarme en ningún momento. De hecho, pude comprobarlo al llegar de nuevo a los accesos de las gradas, cuando volví a girarme para mirarla. Seguía sentada sobre el césped sin perderme de vista, y lo hizo aun cuando yo le mantuve la mirada perdiendo de nuevo la noción del tiempo. Solo dejé de mirarla cuando vi cómo se puso de pie y sus pasos, aun con algo de dificultad, se volvían seguros.
Fue curioso, porque mientras ella recuperaba la estabilidad con sus piernas, yo sentía que perdía el equilibrio en mi mente. Volvía a mí la dichosa sensación de sentirme un títere sin cabeza entre sus manos. De ser consciente de su maldita capacidad de cambiar mi mundo sin hacer ni proponerse nada. Sin decir nada. Solo me bastaba ver que algo le podría suceder, y una simple sonrisa de sus labios, para echar abajo mis muros. Y ante eso, supe que poco o nada podía hacer, más que seguir engañándome a mí misma con mi supuesto rencor.
Masoquismo absoluto, sin duda.
