Nota aclaratoria. Todos los personajes del anime y el manga de Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, de Yumiko Igarashi quien con su arte los plasmo en papel y de Toi Animation Co. Que llevo la serie a la televisión

Capítulo 32. Luna de Miel.

Las emociones del día habían sido muchas, en cuanto el automóvil comenzó su andar, rápidamente el ronroneo del motor provocó que Candy se quedara profundamente dormida. Albert al notarla usualmente callada volteó para mirarla y se dio cuenta que descansaba acurrucada en el asiento, suponía que tenía algo de frío por la posición que tenía, así que busco un lugar y se estacionó a la orilla del camino. Se bajó y sacó de la cajuela una frazada. Regresó y la cubrió con ella. Cuando volvió a retomar el camino le dijo bajito mientras una hermosa sonrisa se dibujaba en su rostro.

—Le dije señora Andrew…se quedaría dormida.

Albert manejó alrededor de unas cuatro horas hasta que llegaron a una reserva natural cerca de Chicago que se llamaba Busse Woods. Ahí nuestro rubio tenía una hermosa Casa Rustica que les brindaría toda la privacidad posible, además de que contaba con una preciosa y cristalina laguna por así decirlo, un bosque repleto de grandes pinos, además de hermosas y verdes praderas con muchos olmos que la salpicaban con su belleza. Pensaba que era el lugar ideal para que su pequeña y el disfrutaran de la naturaleza que tanto adoraban.

Cuando por fin llegaron la noche apenas comenzaba a caer. Candy aun no regresaba de la Tierra de los sueños y Albert decidió bajar para abrir la casa y subir el equipaje de los dos. Cabe decir que era una casita en medio del bosque, como de ensueño, casi sacada de un hermoso cuento. Hecha de piedra con grandes ventanales y una bella y blanca cerca de madera, con un amplio jardín lleno de bellos rosales y árboles frutales. Albert se detuvo unos minutos para admirarla, tenía mucho tiempo que la había comprado pero realmente la visitó si acaso dos veces y siempre solo, pero la encontraba tal cual la recordaba y estaba casi seguro que a su pequeña le encantaría. Cuando entró se dio cuenta de que George había dispuesto todo efectivamente y tenían los insumos necesarios para las casi dos semanas que estarían ahí, además cuando subió a la habitación principal la observó perfectamente ordenada y arreglada. Se disponía a bajar cuando miró por la ventana que Candy se había despertado y estaba bajando del auto, entonces rápidamente la alcanzó y cuando estuvo frente a ella la tomó entre sus brazos. Mientras la llevaba hacia la casa ella le preguntó sonriente.

—¿Qué haces Bert?

—Es la tradición preciosa. Tienes que cruzar el umbral en mis brazos. –Le contestó amoroso—

—Ay Bert… —Le dijo mientras le daba un pequeño beso en sus labios—

Cruzaron el umbral y la bajó despacio. Cuando Candy observó la linda propiedad le dijo a su esposo.

—Es realmente hermosa amor… y tiene una preciosa chimenea de piedra. Todo es tan rustico, es exactamente como nos gusta a nosotros. ¿Puedo ver las habitaciones? –Dijo emocionada—

—Claro princesa ahora todo esto también es tuyo.

Entonces Candy que aun traía puesto el vestido de novia como pudo se lo subió un poco dejando al descubierto sus bien torneadas piernas envueltas exquisitas por un par de medias. Esto hizo que Albert tragara seco pero aun así le dijo.

—Te acompaño.

Cuando estuvieron en la segunda planta él le enseño las dos habitaciones para huéspedes que había pero cuando Candy abrió la última puerta se dio cuenta de que era la principal porque por mucho era más amplia. Cuando entró quedó fascinada con la enorme cama con dosel que era cubierta por hermosas sabanas y almohadas blancas y que decir de la delicada tela translucida del dosel. Al entrar al cuarto de baño notó la increíble tina para dos personas que se encontraba ahí, al igual que cada detalle planeado por su príncipe, ya que todo estaba abastecido con los artículos de uso personal que los dos ocupaban diariamente, sin faltar claro las esencias relajantes para la ducha y para… ¿masajes? —Pensó cuando observó una botella de aceite de orquídeas que reposaba sobre uno de los estantes— Entonces una traviesa sonrisa se dibujó en su rostro—. Le encantaba todo lo que había en ese lugar ya que aunque rustico era hermoso y delicado a la vez. Pudo observar también que Albert ya había acomodado la ropa de los dos así que le dijo.

—Amor si no te molesta quisiera ducharme. La verdad es que estoy algo incomoda y necesito relajarme.

Candy sabía perfectamente que lo estaba provocando, así que le tomó dos segundos a su ahora esposo responderle.

—Claro pequeña te ayudo.

Entonces se acercó a ella y cuando estuvo detrás de su espalda le dio un delicado beso sobre su hombro mientras le decía cerca de su oído.

—Ha de haber sido muy cansado tener que soportar ese vestido todo el día hermosa, pero ahora mismo te lo quito. –Y dio un beso en su otro hombro—

Candy solo sonrió sin que él pudiera notarlo. Realmente deseaba desde que el sacerdote los había declarado marido y mujer que se la llevara lejos y le arrancara el dichoso vestido para que la tomara con esa pasión tan suya. Sentía las manos de él comenzando a desabrochar cada botón de su vestido y su expectativa crecía ante cada contacto. Entonces lo escuchó decir.

—Dios Candy…¿Por qué tenías que escoger un vestido con una fila interminable de botones?

—No fui yo… fue la tía amor –Dijo con un leve suspiro—

Albert siguió con la insufrible tarea y cuando el vestido por fin cayó al suelo la visión más hermosa se presentó ante sus ojos. Entonces completamente extasiado se dio la vuelta y cuando la tuvo enfrente le dijo.

—Estás hermosa y luces terriblemente seductora con ese provocativo Baby Doll pequeña. –Le dijo devorándola con la mirada—

Entonces tomó sus labios mientras pasaba nuevamente sus manos por su espalda para deshacerse lentamente de cada uno de los listones del corsé que lo separaban de la calidez de su cuerpo. Cuando terminó Candy se encontraba desnuda de la cintura para arriba, solamente cubierta por sus pantaletas y ese hermoso liguero. Luego se acercó lentamente a su oído y le dijo.

—Hoy te voy a enseñar una pequeña y deliciosa travesura princesa…

Candy sentía que se estremecía cuando le hablaba de esa manera y ansiosa por saber qué era aquello que iba a aprender le dijo.

—Ah si… ¿Qué será entonces…?

—Espera y lo verás.

Luego se encaminó hacia el cuarto de baño y regresó sosteniendo entre sus manos el aceite de orquídeas. Entonces cual ligera como era la tomó en brazos y la llevó hasta la delicada cama. Cuando estuvieron ahí Candy se dejó a hacer mientras le decía.

—Espero que comprendas que te haré exactamente lo mismo que me hagas a mi amor. –Dijo provocativamente—

Albert esbozo una gratificante sonrisa mientras le contestaba.

—Eso espero preciosa Candy. No existe otra cosa que desee más que el sentir tus manos sobre mi piel.

Después de esto el rubio desabotonó el liguero y alzó una de sus piernas para retirarle muy lentamente la media, al llegar hasta su pie con una mano se deshizo de ella mientras que con la otra sostenía su tobillo y lo besaba tan cálidamente que Candy se estremeció al sentir la humedad de sus labios sobre su piel. Luego hizo exactamente lo mismo con su otra pierna. Para esos momentos solamente estaba cubierta por su ropa interior pero enseguida sintió esas ardientes manos bajándola poco a poco hasta que hubo estado completamente desnuda. Entonces miró los ojos oscurecidos de su hermoso tormento mientras le decía con su profunda voz.

—Date la vuelta pequeña…

—¿La vuelta?— Preguntó un tanto asombrada, ya que al ser inexperta en esto del arte del amor no sabía que era exactamente lo que pretendía hacerle —

—Sí pequeña, date la vuelta. Hace días te dije que no habría un centímetro de tu piel que dejaría sin explorar y eso es precisamente lo que voy a hacer. –Dijo mientras se acercaba a tomar sus labios en un corto pero provocativo beso francés—

Cuando hizo esto Candy se encontraba acostada y él había tenido que recargar sobre de ella su cuerpo para besarla, en ese momento pudo sentir los excitado que ya se encontraba y hubiera querido que la hiciera suya, ya que estaba más que lista, pero llena de una latente expectativa le hizo caso y cuando se retiró de ella inmediatamente se dio la vuelta.

Cuando quedó boca abajo Albert casi se infarta. Ella era realmente bella, su espalda salpicada de pequeñas pecas sobre esa delicada piel que terminaba enmarcando su pequeña cintura era una exquisita vista, pero más fascinado quedó cuando pudo admirar su perfecto y bien definido trasero el cual resaltaba en las proporciones perfectas. Entonces no lo dudó más y puso un poco de aceite de orquídeas en sus manos. Pensaba darle el mejor de los masajes a su pequeña, así que suavemente comenzó a pasar sus manos por los hombros de la rubia. Ella al sentir el contacto de esas fuertes manos y el calor que le transmitían al deslizarse por su piel junto con el aceite le provocó una sensación tan placentera que no pudo evitar decirle suavemente.

—mmm… eso se siente tan bien Bert…

Albert no le dijo nada y siguió recorriendo su pequeño cuerpo, fue bajando lentamente por su espalda haciendo movimientos circulares con sus manos, sintiendo cada parte de su perfecta piel, solo podía escuchar los suspiros que salían de la boca de Candy una y otra vez, esto lo hacía excitarse cada vez más pero estaba decidió a enseñarle erotismo a su mujer, así que reprimió los instintos de tomarla y continuó con la tarea. Cuando llego a esa redondeada y carnosa parte de su cuerpo no pudo evitar tomarla con sus dos manos. "Dios dame fuerza" –pensaba— Entonces un gran suspiro salió de la rubia al sentir como apretaba y separaba con sus movimientos aquella tan sensible zona. Entonces Albert no pudo evitar decirle.

—Eres deliciosa pequeña…y tu piel es tan suave…

Y dando un último masaje en su derriere le dijo.

—Date la vuelta princesa

Candy ya no preguntó nada y así lo hizo. Se encontraba encantada por las caricias que le estaba propinando aquel maravilloso hombre. Cuando quedó boca arriba, Albert se posicionó entre sus piernas y se complació al admirar la exaltación de esos encantadores botones rosa en sus pechos, así que en seguida comenzó a masajearlos con el aceite. Candy solo podía abrir los ojos de cuando en cuando para admirar aquel masculino cuerpo que tenía sobre de ella, pero por más que quería mantenerlos abiertos las mil sensaciones y la electricidad que la recorría no se lo permitía. El estrujaba sus senos a placer, de repente sintió como con su boca mordió muy suave cada uno de sus pezones, lo cual hizo que se arqueara al instante. Albert miraba deseoso sus oscurecidas esmeraldas así que decidió ir lentamente bajando con delicados besos por su abdomen hasta que llegó a sus piernas. Entonces de igual manera después de probar con húmedos besos su carnosa e invitante piel comenzó a pasar sus manos por ellas. Las recorrió completamente desde su ingle hasta la punta de sus dedos, presionándolas ligeramente, sintiéndolas, haciéndola suspirar ante cada caricia, su cuerpo se contorsionaba ante sus ojos y mientras la observaba pensaba que esa mujer era su perdición, quería que ese momento no terminara nunca, se sentía perdido y completamente alucinado con ella y con su aroma. Por un momento lo dudó pero al verla tan dispuesta no pudo contener el deseo de probarla, así que lentamente se posicionó y comenzó a jugar con su cálida lengua entre su intimidad. Al sentir esto Candy abrió inmensamente los ojos mientras decía entrecortada.

—Albert…Albert…¿Qué haces…? –decía con su agitada respiración—

Entonces el rubio detuvo solo unos segundos lo que estaba haciendo para decirle con una por demás enronquecida voz: "Te dije que cada centímetro de tu piel pequeña…" Inmediatamente regresó a lo que estaba haciendo. Sus movimientos eran constantes y el calor que Candy sentía dentro de su vientre se acrecentaba con cada contacto de su deliciosa humedad, sus besos aumentaron de ritmo y de repente una gran explosión de calor estalló en el cuerpo de la pecosa, mientras un exquisito gemido salía para delirio del rubio. Cuando este se volvió a mirarla pudo admirar como toda su piel se erizaba mientras arqueaba su espalda exaltando esos delicados y hermosos senos que la acompañaban cuando llegaba a su clímax. Cuando la observó relajarse se acercó delicadamente hasta ella y le dio un pequeño beso en la frente, estaba hermosamente ruborizada, él la seguía mirando con sus ojos oscurecidos, entonces ella le habló.

—Ahora es mi turno señor Andrew…—Le dijo con una endemoniada sonrisa retorcida—

Albert solo pudo tragar seco al imaginar que su pequeña se atrevería a hacerle al menos un poco de lo que él le había hecho a ella. Daba gracias al cielo de que ella fuera tan desinhibida y tan apasionada porque él también lo era y todo indicaba que se iban a comunicar muy bien en la intimidad. Entonces obedeciendo las órdenes de su mujercita no lo pensó dos veces e inmediatamente le pasó el frasco con aceite para después preguntarle con su hermosa sonrisa ladeada y completamente emocionado.

—¿Boca arriba o boca abajo…?

Candy en su papel de seductora le dijo sensualmente.

— Boca arriba amor, pero cierra tus ojos.

Entonces cambiaron de posición. Ella tomó un poco de aceite y lo frotó entre sus manos. Luego se sentó a horcajadas sobre de él y pudo sentir su inminente y latente virilidad y de inmediato pensó: "Dios es tan grande…", luego tragó seco y se concentró, así que comenzó a dar un suave masaje en aquellos hombros que se mostraban tan fuertes y firmes. Albert al sentir las pequeñas manos instantáneamente suspiró alterando los sentidos de la rubia, pero prosiguió, fue bajando como lo había aprendido de su maestro con movimientos circulares por sus pectorales pero no pudo resistirse y bajó hasta tocar ese abdomen de ensueño que le reclamaba su atención. Mas suspiros salían deliciosos de la boca de Albert quien se dejaba hacer cual arcilla entre las manos de Candy. Entonces ella atrevidamente llegó hasta su abdomen bajo y comenzó a besarlo, a morderlo delicadamente, haciendo que se retorciera con cada caricia, le estaba enseñando lo apasionada que podía ser y lo adictivo que le resultaba su perfecto cuerpo, se encontraba en eso cuando por su mente paso hacerle lo mismo que apenas unos momentos atrás él le había hecho a ella, entonces sin previo aviso tomó su excitada masculinidad y la introdujo lentamente en su boca. Por la cabeza de Albert jamás pasó que su pequeña se atreviera a hacer algo como eso, entonces al sentir sus constantes movimientos junto con su traviesa y cálida lengua comenzó a entrecortar más su respiración para después decirle

—Candy…vas…vas…a volverme loco.

Ella no le hizo caso y seguía jugueteando con él hasta que de pronto Albert no pudo más y se levantó, estrechando al momento sus caderas para que lo sintiera mejor. Ella se mordió el labio inferior provocando que el deseo del rubio se disparara y entonces dijo.

—Ahora tú me harás el amor a mi pequeña… ven. –Le dijo atrevidamente mientras se volvía a recostar.

Candy seguía a horcajadas y se acercó para besar su cuello, mientras escuchaba los suspiros de Albert se sintió preparada y muy despacio fue deslizándose, avanzando suavemente, sintiendo claramente su magnitud, su humedad, ese hombre la volvería loca estaba segura. Desde esa posición podía observar claramente el rostro de su amor y le resultó delirante ver lo complacido que estaba de tenerla así, dispuesta para él. Cuando estuvo totalmente adentro comenzó a moverse, primero lentamente mientras Albert tenía un completo acceso a sus hermosos senos y los besaba constantemente, los mordía, los succionaba, los contenía entre sus manos. Los movimientos de ella en un segundo se volvieron instintivamente más rápidos y quedó completamente arriba de él apoyándose en sus propias piernas para actuar con libertad. Para Albert era un visión aquella mujer, sus hermosos y cremosos senos se movían maravillosamente al ritmo que ella marcaba, él por instantes la estrechaba de sus caderas, agarraba su firme trasero y la ayudaba a controlarlo, sentía que el vaivén era alucinante, no estaba siendo para nada delicado con su pequeña, pero ella lo estaba montando como toda una amazona, tan seductora, tan segura. No supieron cuánto tiempo pasaron en esa danza a veces rápida, a veces más lenta. Tremendos suspiros y gemidos retumbaban en las paredes de la habitación de aquella casa, pero de lo que sí estuvieron seguros fue que en algún punto el momento se volvió tan frenético que los dos sintieron al mismo tiempo ese cosquilleo y ese calor que les predecía al clímax. Cuando terminaron cayeron rendidos en la amplia cama. Los dos estaban bañados en sudor, con sus rubios cabellos oscurecidos. Después de unos minutos cuando recobraron su respiración Albert se acomodó de medio lado para peinar los rizos desordenados que se esparcían desenfadados por la cara de su pequeña, luego le dio tiernos besos en su frente, en sus acaloradas mejillas, en su pequeña nariz y finalmente un largo y tierno beso que rozaba exquisitamente aquellos carnosos y suaves labios rojos. Entonces le dijo.

—Te amo hermosa. No tienes idea de cuánto te había extrañado... Sé que apenas estuvimos separados semana y media pero para mi fueron como seis meses de angustiosa agonía. No imaginas lo que soñaba con besar tu piel nuevamente, por probarte toda, gracias amor.

Ella que estaba sin ningún pudor completamente expuesta ante los bellos ojos de su príncipe le respondió.

—A mi también me hacías mucha falta amor, tenía ganas de aferrarme a ti desde que el sacerdote nos declaró marido y mujer. –Dijo con toda su sinceridad—

—Te prometo que de hoy en adelante nadie más nos volverá a separar amor.

—¿Estás seguro de que "esa mujer" ya no será un problema?

Mientras le respondía comenzó a acariciar despacio con su dedo la naricita respingada de ella.

—Te lo prometo amor. Cuando regresemos, lo primero que haré será verificar que le hayan dado muchos años de cárcel a los tres y después ver que lo antes posible la encierren en un psiquiátrico.

—Eso espero amor.

—Así será pequeña, pero ahora tú y yo vamos a tomar una ducha porque creo que lo ameritamos.

—jajaja Sí Bert. Seguimos un poco aceitosos.

—Pero ¿te gustó princesa? –Le dijo seductoramente—

—No me lo esperaba, pero fue muy didáctico, creo que aprendí bien para volver a hacerlo cuando me lo pidas.

Con una enorme sonrisa en sus hermosos labios le dijo.

—Claro que aprendiste bien amor, me volviste loco.

Después de unos minutos Albert se levantó y fue a llenar la inmensa tina que compartirían, cuando el agua estaba lista le dijo desde la puerta a su pequeña.

—Princesa ya está listo, ven conmigo. –Dijo extendiéndole su mano—

Cuando Candy volteó a mirarlo se le dilataron las pupilas. Estaba parado, recargado en la puerta completamente desnudo, tan natural y fresco. Realmente ese hombre era perfecto, cada musculo excelentemente definido, era sumamente atractivo y además ese hombre… ese hombre era completamente suyo. Entonces caminó hasta donde él, tomó su mano y entraron al baño. Es por demás decir que en cuanto entraron a la bañera y rozaron sus cuerpos comenzaron a amarse desenfrenadamente de nuevo. Candy pensaba que era una locura, que terminaría por perder la poca cordura que le quedaba porque ante a la más mínima provocación de él su cuerpo respondía y la ponía loca de deseo. Por su parte Albert estaba igual, para él cualquier momento era perfecto para amarla, tenía que aprovechar la pequeña libertad de la que gozaban porque sabía que en cuanto llegaran a Chicago solo podría amarla por las noches, así que aprovecharía al máximo los días para provocarla y hacerla suya en cualquier parte de la casa o de la reserva… Cuando por fin terminaron de bañarse los dos estaban en bata, entonces el rubio siempre atento le preguntó.

—Pequeña ya debes tener hambre apúrate y me alcanzas en la cocina, veré que hago de cenar. –Dijo encaminándose a la puerta—

—Pero Bert si me esperas yo puedo hacerlo. Olvidas que ya sé cocinar.

—No lo olvido preciosa pero déjame hacerlo a mi, sabes que me gusta mucho, además de que quiero consentir a mi princesa. –Mientras le guiñaba un ojo y salía—

Candy no tardó nada en alcanzarlo y como en los viejos tiempos decidió ayudarlo. Ninguno de los dos tuvo que decir nada porque la comunicación entre ellos era natural. Ella se dio cuenta de que pensaba preparar una sopa de verduras e inmediatamente comenzó a sacar algunas más para ayudar a lavarlas y cortarlas, le tenía listo el cazo antes de que se lo pidiera, el agua cuando fue su tiempo, en fin toda su dinámica era como si siguieran viviendo juntos en el magnolia. Cuando hubieron terminado de preparar la cena el cortó el pan en trozos y ella el queso. Entre los dos llevaron todo a la pequeña mesa que se encontraba en la cocina, Albert alcanzó una botella de vino tinto y se dispusieron a cenar. Cuando terminaron la rubia le dijo.

—Te ha quedado muy rico todo Bert muchas gracias.

—Tenía mucho tiempo de no hacerlo amor, pero que bueno que te gusta. –Dijo mientras sorbía de su copa de vino—

Candy por su parte no estaba acostumbrada a tomar así que rápidamente se le subieron las dos copas de vino que había bebido. Él se había dado cuenta pero como le parecían adorables sus coloradas mejillas prefirió no decirle nada. Después de unos momentos recogieron y limpiaron todo entre los dos y cuando estaban entrando en la habitación Candy cerró la puerta mientras lo jalaba seductoramente del nudo de su bata para acercarlo totalmente a su cuerpo. Eso fue suficiente para que Albert la estrechara entre sus brazos y comenzara a besarla apasionadamente. Sus labios estaban deliciosamente hinchados por todas las caricias que se habían prodigado, entonces así caminaron despacio hasta que se toparon con la orilla de la cama, la rubia lo empujó delicadamente y él se sentó, luego como nunca se había comportado comenzó a desanudar su bata lentamente hasta que cayó al suelo quedando completamente desnuda ante él. Casi se le salen ojos por la osadía de su pequeña pero fue suficiente para que la cargara y la recostara sobre su lecho, entonces comenzó a besarla, repartió atrevidos besos por todo su cuerpo, los gemidos de Candy lo excitaban demasiado, eran delicados, deliciosos, su piel firme y suave lo estaba enloqueciendo, entre las caricias fue bajando lentamente su mano hasta su intimidad y pudo darse cuenta de que se encontraba tan húmeda y tan dispuesta que estaba más que lista para recibirlo, entonces se levantó y se quitó la bata que cubría su asombrosa desnudez, lentamente se acercó a ella y separó sus piernas no sin antes besar esos muslos de tentación y cuando se hubo posicionado empezó a entrar lentamente, su estrechez lo envolvió por completo, el sentir su calor le provocó olvidarse de ser delicado y entonces se hundió profundamente entre sus pliegues. Candy suspiró fuertemente ante esta acción tan apasionada pero pronto comenzó a moverse para luego rodear su cadera con sus piernas en un abrazo, el no pudo contenerse y sus embestidas fueron intensas y totalmente entregadas a esa primitiva danza. Ella por su parte disfrutaba de aquel salvaje encuentro que unía sus cuerpos en uno solo, mientras que con sus pequeñas manos sentía su ancha espalda y sus fuertes brazos que al estar recargados en la cama se mostraban marcando cada musculo. Pronto el creciente ritmo los hizo tocar el cielo y los dos volvieron a caer rendidos uno al lado del otro, abrazados hasta quedar profundamente dormidos. Así transcurrieron cuatro días, solamente se levantaban para "bañarse juntos" (lo cual terminaba siempre en otro encuentro amoroso) y para comer. Los dos estaban cansados pero ninguno le pedía al otro salir de aquella preciosa casa para conocer los alrededores, fue hasta el séptimo día en que Candy le dijo a su rubio amor mientras se encontraba en sus brazos y observaba por el gran ventanal el amanecer.

—Amor…

—mmm… Respondió Albert.

—¿No crees que deberíamos salir a conocer el lugar?. Se ve que es precioso y no lo estamos disfrutando. –Le dijo cariñosamente mientras le despejaba algunos lacios cabellos que caían sobre su rostro—

Entonces Albert la arropó más entre sus brazos y mientras seguía con sus ojos cerrados le contestó con su voz bellamente adormilada—.

—¿Ya te cansaste de amarme pequeña…?

—¿Cómo crees que me cansaría de eso mi amor, si eres perfecto?

—¿Entonces por qué quieres dejarme? –Dijo dramáticamente mientras abría y le mostraba sus hermosos ojos azules—

Candy tomó su cara delicadamente entre sus manos.

—No quiero dejarte Bert, pero no hemos salido en seis días de la casa…

Eso era un hecho. Tanto Candy como Albert se entregaron completamente a su amor y en el proceso todas sus pasiones florecieron, regalándose sin reservas en cada parte de la casa, para esos días no existía un lugar de la misma en donde no hubieran hecho el amor.

—Está bien pequeña. Tienes razón. Yo también quisiera conocer más la reserva. Te prometo que hoy sí saldremos. –Le dijo con una encantadora sonrisa—

Así lo hicieron y para el medio día ya tenían preparada una canasta para picnic que llevaba algunos refrigerios, pan, quesos, uvas y vino. Albert preparó uno de los caballos que le había pedido previamente a George que le tuviera listo y aseguró la canasta en él. Después de unos minutos se dio cuenta de que su pequeña lo alcanzaba, entonces la miro, estaba muy bella, pero ya sabía cómo terminaría la excursión de ese día porque ella traía puesto un coqueto vestido… Trataba de calmarse, porque su "amigo" ya estaba despertando, entonces respiró tratando de calmar sus ánimos, pensaba que no era posible que sus hormonas reaccionaran como si fuera un adolescente cuando estaba junto a ella pero no podía evitarlo y para últimos instantes no quería evitarlo, ella era enteramente suya y por Dios juró que la tomaría en el primer momento en que ella se lo permitiera. Cuando la tuvo al lado le dijo.

—Ven princesa te ayudo a subir.

—Gracias amor.

Después de ayudarla inmediatamente el también subió al caballo. Se fueron a paso lento, disfrutando de todo el paisaje. Primero recorrieron un largo camino lleno de gigantescos pinos que les regalaban su sombra y los reconfortaban con el fresco ambiente. Al paso de media hora la flora fue cambiando y pudieron encontrar un paisaje abierto, era un verde prado enmarcado divinamente por unas aguas cristalinas, entonces bajaron del caballo y cuando Albert lo dejó descansando Candy admirada le dijo mientras se acercaba a él.

—¡Qué hermoso lago amor!. El agua es tan transparente que puedo ver el fondo.

Entonces Albert se acercó a ella y la abrazó tiernamente por detrás mientras le contestaba.

—Es un ojo de agua mi vida, por eso sus aguas son tan cristalinas, además de que su temperatura es cálida.

En eso ella se inclinó para comprobar las palabras de su esposo.

—Tienes razón amor es tibia –Dijo gratamente asombrada—

Albert la tomó de la mano y la encaminó para sentarse bajo la sombra de un gran olmo. Candy tomó la canasta que él había dejado ahí, sacó el mantel y pronto estaban degustando todo lo que habían llevado con ellos. Después de un rato Albert se recostó sobre el pasto y recargó su cabeza en las piernas de Candy mientras que con sus juguetonas manos acaricia su tersa piel. Ella descansaba su espalda sobre el viejo árbol y tiernamente lo arrullaba mientras acariciaba sus rubios cabellos. Se quedaron dormidos un par de horas, porque cuando Albert abrió sus ojos pudo observar que el sol ya no se encontraba tan alto, entonces despacio retiró su cabeza de las piernas de su amada que aun dormía y se levantó. Caminó hasta el ojo de agua y poco a poco fue despojándose de cada una de sus ropas. Cuando se hallaba completamente desnudo de un clavado se adentró en el agua, se encontraba disfrutando enormemente de la exquisita temperatura que no se percató de que su pequeña ya había despertado. Candy al no sentir el calor del cuerpo del rubio poco a poco fue abriendo sus bellos ojos. Al no encontrarlo giró su mirada por todo el lugar. Cuando finalmente enfocó su vista en el ojo de agua pudo notar la atlética figura de su ahora esposo nadando. Parecía un Dios griego ejercitando esos músculos. Con una sonrisa traviesa se levantó lentamente, se despojó enteramente de sus prendas y se fue de puntitas hasta llegar al lugar para escurrirse dentro de este sin que él se diera cuenta, ya que como si fuera cómplice de sus atrevidas intensiones se encontraba nadando a una distancia considerablemente lejos de ahí, cuando lo miró acercarse nado por debajo del agua hasta que lo alcanzó, Albert por un momento se espantó al sentir que algo se movía debajo de él, pero inmediatamente observó mejor y notó asombrado que se trataba de su hermosa rubia que había llegado hasta él. Cuando Candy salió del agua se aferró al cuello del rubio mientras le decía.

—¿Por qué no me despertaste amor? –Habló un poco agitada por el esfuerzo de contener su respiración—

Ella no se daba cuenta, pero él disfrutaba mucho de esa acción sobre sus delicados senos que subían y bajaban incesantemente. Pero reubicando sus pensamientos le contestó.

—Te vi descansando tan tranquila que no quise importunarte amor.

—Tu jamás harás eso Bert. Me hubieras despertado para acompañarte.

—Bueno…pero ahora lo estás haciendo.

Después nadaron juntos, hicieron algunas carreas y aunque por su altura y condición él le sacaba mucha ventaja siempre la dejaba ganar ya que le gustaba ver la cara de felicidad de su princesa cuando llegaba primero. Albert había llevado una soga con él y la amarró a un árbol cercano al agua entonces se divirtieron cuales niños, lanzándose desde ella sin importarles que estuvieran ambos como solo Dios los trajo al mundo. Cuando salieron del agua él la cargó en brazos y la recostó delicadamente sobre la hierba, ella lo miraba radiante, entonces él comenzó pasar suavemente su mano por sus piernas y los besos comenzaron. Con el paso de los días la confianza entre ellos había aumentado más si esto era posible y ninguno de los dos tenía reparo alguno en tocar y explorar cada sensible parte de sus cuerpos.

Así transcurrieron los días, algunas veces salían a montar a caballo explorando los alrededores, otras veces regresaron a "jugar" al ojo de agua, dieron largas y relajantes caminatas, además de seguir practicando aquellos deliciosos masajes que ya dominada a la perfección la pequeña rubia, pero siempre cada encuentro terminaba en una entrega de total y apasionada en la que sin prejuicio alguno se demostraban abiertamente su amor.

Finalmente las dos semanas llegaban a su término y el par de recién casados tuvo que decirle adiós aquel lugar que había sido su "nido de amor" durante su luna de miel. Candy había hecho las maletas de los dos. Durante ese tiempo aprendió mucho sobre las cosas que le gustaban y las que no a su adorado príncipe y el igual terminó por conocer todos los hábitos tanto de vida como de cama de su pequeña princesa. Se encontraban dichosos y felices, pero debían de regresar a sus obligaciones. Albert notó a Candy muy pensativa, estaba sentada en uno de los escalones de la entrada de la casa, entonces después de guardar el equipaje en la cajuela del auto la alcanzó, se sentó a su lado, tomó su pequeña mano y dándole un tierno beso le preguntó.

—¿Por qué tan triste pequeña…?

—Estoy algo nostálgica por dejar este lugar. Lo hemos llenado de hermosos recuerdos y lo atesoraré por siempre en mi memoria Bert.

Entonces amorosamente tomó su barbilla para que lo mirara y le dijo tranquilamente.

—No estés triste amor, te prometo que siempre que podamos nos escaparemos para regresar a este mágico lugar.

—¿En verdad amor? –Pregunto emocionada—

—Te lo prometo. –Le contestó dándole un suave beso en su frente—

Entonces llegó el momento de partir. Los dos subieron al automóvil y arrancaron, dejando atrás de ellos el precioso lugar que fue testigo del despertar de su pasión.

Continuará…