Stiles se encontró en mitad del bosque.
Era noche cerrada, y la luna llena se alzaba más luminosa de como recordaba haberla visto en mucho tiempo.
Pero ahora no era momento para la contemplación ni escribir poemas bajo la luz de la luna.
Porque había algo importante que tenía que descubrir antes: Qué hacía en mitad del bosque, y cómo había llegado hasta allí.
El chico miró a su alrededor. El jeep no estaba por ningún lado, por lo que debía haber llegado hasta allí andando. Sus playeras estaban llenas de barro, así como la parte baja de los pantalones.
La principal incógnita, era por qué demonios no recordaba nada.
En un gesto automático, se llevó las manos a la nuca. Las marcas que Scott le había dejado seguían ahí. Aún no habían terminado de curarse, pero por lo menos no parecían recientes. Lo que significaba que nadie más había usado el truco de las garras para borrarle la memoria.
Descartada esa opción, sin embargo, no se sintió más relajado.
Porque si un hombre lobo capullo no le había borrado la memoria sin su consentimiento, ¿por qué no recordaba cómo había llegado hasta allí?
¿Tal vez hubiera andado sonámbulo?
Nunca le había pasado algo parecido. Pero a estas alturas de su vida, con todo lo que había presenciado, ya nada podría sorprenderle.
Por ello, tras varios minutos de intentar averiguar cómo había llegado hasta allí sin sacar nada claro, decidió confiar en su instinto.
Y ese le decía que siguiera caminando.
Porque si estaba en mitad del bosque de Beacon Hills, en plena luna llena, debería ser por un buen motivo, ¿no?
Stiles observó con detenimiento el sendero del bosque. Gracias a la luna llena podía ver con bastante claridad sin necesidad de llevar una linterna que, por supuesto, no llevaba.
No estaba en la zona más transitada del bosque.
Lo que significaba que estaba bastante más lejos de cualquier zona habitada de Beacon Hills.
Y sin embargo, sabía perfectamente dónde se encontraba.
Aquel lugar del bosque sería uno que difícilmente olvidaría.
Era el lugar donde todo empezó. Donde todo cambió. Donde la simple y morbosa curiosidad de un adolescente, les llevó a su amigo y a él en la búsqueda de un cadáver partido por la mitad.
Stiles se tragó el nudo de remordimientos que surgía cada vez que se acordaba de Laura Hale. Una persona que sin duda debió ser asombrosa, a la que nunca conoció, y a la que sólo despreció al tratarla como un simple objeto. Algo que buscar, luego desenterrar, y finalmente usar en contra de Derek.
Stiles negó con la cabeza, obligándose a alejar aquel nombre de su mente.
No había tiempo para eso.
Y si quería conservar la poca cordura que le quedaba, más le valía empezar a dejar de pensar en él. Y superar de una vez por todas, el hecho de que jamás le volvería a ver.
Respiró hondo varias veces, y buscó el sendero que recorrió por última vez cinco meses atrás.
Lo localizó tras varios árboles caídos, y siguió sus pasos sin dudar.
En cuanto puso el primer pie en la dirección correcta, sintió un hormigueo recorriendo su cuerpo.
Aquella era una sensación que le resultaba extrañamente familiar. Ya lo había sentido en varias ocasiones a lo largo de su vida. Y, para qué mentir, nunca habían sido buenas ocasiones.
La primera vez fue cuando su madre murió.
Stiles estaba en el colegio, escuchando a su profesor y deseando que acabara la clase para poder ir al hospital y ver a su madre. Si por él fuera, no iría a clase hasta que no se hubiera curado; pero sus padres habían sido tajantes: Lo primero era el colegio.
Pero cuando Stiles sintió ese hormigueo, y un sudor frío comenzó a recorrer todo su cuerpo, no lo dudó.
Miró a Scott, que estaba sentado a su lado, y le dijo un simple "tengo que irme". Y aquello pareció ser suficiente para su ya amigo del alma, quien se limitó a asentir con pena.
Cuando Stiles llegó al hospital, su padre no estaba por ningún lado. Pensó en llamarle, pero no había nadie allí que pudiera prestarle un teléfono. Así que hizo lo único que podía hacer: Entró en la habitación de su madre, cogió su débil mano entre las suyas, y se quedó con ella hasta que murió.
La siguiente vez que aquel extraño hormigueo recorrió su cuerpo como si fuera una descarga eléctrica, fue muchos años después. Cuando aún estaba medio paralizado por el veneno del Kanima, y luchaba por moverse para advertir a su padre. Para intentar salvarle de lo que creía iba a ser su muerte inminente. Y cuando Matt golpeó a su padre y creyó que estaba muerto, aquel hormigueo fue tan intenso, que sintió que le ardía la piel.
La última vez que aquella especie de señal de peligro se activó, porque no había duda de que eso es lo que era; fue justo en aquel mismo punto. Y aunque entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba o por qué le pasaba a él; no iba a ser tan estúpido como para no hacer caso de ella. Así que Stiles corrió todo lo que pudo por entre las hojas caídas y las raíces de los árboles. Corrió sin descanso hasta llegar al pequeño claro donde se alzaba un aparente e insignificante tocón de árbol.
Stiles volvió al presente y miró con cautela los restos del Nemeton.
No había vuelto allí desde que rescataron a su padre, y a los de Scott y Allison. No había querido decírselo a nadie, pero aquel árbol le daba repelús. Y sería muy feliz si no volviera a verlo en toda su vida.
Pero, como siempre, nadie hacía caso al pobre Stiles.
Así que respiró hondo una última vez, y recorrió los pasos que le separaba del árbol. Lo hizo con cuidado, pues la tormenta y el temblor que desató el Darach y que casi consigue matarles a todos, había logrado que la zona fuera muy inestable: Con raíces elevadas sobre el suelo, junto a grietas en el lecho del bosque que, si se pisaban con demasiada fuerza, podrían conseguir que el suelo se abriera a sus pies.
Sin embargo, Stiles no pensó en marchare. Sabía que era peligroso, y más estando él solo. Que si se caía nadie podría oírle, y nadie sabía que estaba allí.
Pero no podía dar marcha atrás.
No sabía cómo, pero aquel árbol le estaba llamando. Aquel asqueroso trozo de madera podrida, donde sus padres estuvieron a punto de morir, y donde Derek tuvo que sacrificar a la chica de sus sueños, le estaba llamando.
Y Stiles no podía negarse a su llamada.
El hormigueo era mucho más intenso esta vez. Las yemas de los dedos le ardían y, con cada milímetro que estaba más cerca del árbol, el calor era mayor.
Pero no se detuvo.
Tragando con dificultad, dándose ánimos para sacar coraje de donde no lo había, Stiles rozó los anillos del tronco con su dedo corazón.
Y apenas tocó la madera, sintió un dolor agudo en el pecho, a la altura del corazón.
Gimiendo de dolor, cayó al suelo al ser incapaz de mantenerse en pie. Se llevó la mano al pecho y lo apretó con fuerza, esperando que aquel gesto le ayudara a mitigar el dolor.
Pero ocurrió justo lo contrario. El dolor se hizo más y más intenso, y Stiles tuvo la sensación de que le estaban partiendo el corazón por la mitad.
Cuando gritó con todas las fuerzas que sus pulmones le permitieron, el bosque desapareció.
Dejó de estar rodeado por árboles y hojas caídas. Ya no sintió la humedad del suelo bajo sus pies, ni la leve brisa de la noche removiendo su pelo. La luna llena ya no iluminaba su alrededor.
Porque Stiles ya no estaba en mitad del bosque, sintiendo como le atravesaban el corazón.
Estaba en su cuarto. En su cama. Habiendo despertado del sueño más real que jamás había experimentado.
Necesitó casi diez minutos para conseguir que su respiración se calmara, y para que dejara de sentir los restos de ese dolor lacerante en el pecho.
Porque por increíble que fuera, pese a que sólo había sido un sueño, el dolor había sido real.
Cuando se relajó lo suficiente como para pensar con calma, tenía claro lo que debía hacer.
Y aunque no le hiciera la más mínima gracia, sabía que no tenía otra alternativa.
Porque algo en su interior le decía que no dejaría de tener ese sueño hasta que no lo hiciera.
Hasta que no fuera al Nemeton.
Porque el Nemeton le estaba llamando.
