Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO X

Volvió poco después el fiel Albert del Reino de las Luces trayendo para todos cartas y regalos. A Candy le escribían Rosemary y sus amigas con las expresiones más tiernas y cariñosas, pero trajo también Albert una carta del Rey de las Luces dirigida al Príncipe su Hijo; en ella le decía que era indispensable, a fin de arreglar ciertos negocios, que el príncipe pasase allá por algún tiempo, pasado el cual volvería al Desierto para dar cabo a tan gloriosa empresa e introduciría en su dichosa patria a la querida Candy, a quién saludaba llamándola su hija y asegurándole que deseaba verla y recibirla en su palacio. La lectura de esta carta hizo prorrumpir en llanto a Candy. «—¿Te vas, Anthony mío, y yo volveré a quedar sola? ¿Aún más ausencia, aún más separación? El Príncipe la consolaba proponiéndole cuán justo y razonable era acatar la voluntad del Rey su Padre, siempre amorosa. Candy, aunque con gran dolor, hubo de someterse a la voluntad de su Padre y de su esposo, pero Elroy, que no entendía tales razones, lloraba inconsolable. El Príncipe tuvo con Albert una larga conferencia para tratar de la seguridad y guarda de Candy. Se arregló que sería llevada al castillo de la Cumbre, dónde quedaría al cuidado de Albert hasta que el Príncipe volviera. Se dispuso también que las pastoras sus amigas fuesen invitadas a reunirse para acompañarla durante este tiempo. Esta disposición la había dictado Rosemary, conocedora de las órdenes del Rey. En breve estuvo todo dispuesto y el Príncipe se despidió abrazando con ternura a cada una de las personas que componían su amada familia, y dando a su esposa y recibiendo de ella prendas y recuerdos partió para el Reino de las Luces.

Cuando Candy supo que se trataba de conducirla al castillo de la Cumbre, se llenó de temor recordando lo que allí había acontecido, y rehusaba ir a él, pero Albert le dijo: «—No temas nada, hija mía, entonces ibas sola y por tu gusto; mas ahora vas por orden de tu Esposo y a mi lado, así nada te puede suceder, por el contrario este castillo será para ti una mansión tan segura como grata y en ella recibirás a tu Esposo cuando venga para llevarte consigo». Candy cedió a estas razones, siendo para ella la principal quererlo así Anthony. Arreglóse el viaje y se despidió de su árbol muy amado, llevando de él espinas, flores, y sobre todo frutos y semillas. Bajaron al monte. ¡Cuántos recuerdos traía a Candy aquel camino que había hecho de subida acompañada del Príncipe y de Rosemary! Lo primero que encontraron bajando del monte de la Mirra fue la fuente donde había visto el amabilísimo rostro del Príncipe. En aquel sitio bienhadado habían tenido fin sus tormentos y había comenzado su felicidad. A partir de allí, todo el camino que ahora desandaba había sido regado con sus lágrimas. Ahora también estaba ausente de su dulce Anthony; pero sabía que era amada, que era todo suyo, y, sobre todo, sabía que su amado era feliz. Ella, pues, cosechaba júbilo donde quiera que había sembrado lágrimas.

Antes de dirigirse al monte de las tres Mansiones quiso Albert que Candy visitase también otros sitios que debían serle muy queridos. Fueron, pues, a su amada aldea, donde Candy fue agasajada en gran manera por los amigos del Príncipe. De allí fueron al cercano castillo que él había reconquistado y embellecido. ¡Cuántos dulces recuerdos vinieron a la mente de Candy! ¡Cuántas dulces lágrimas derramó en aquellos sitios tan queridos! ¡El calabozo en que había visto al Príncipe moribundo! ¡El jardín de las flores saludables! Candy recogió semillas de aquellas a fin de sembrarlas en su nueva habitación. Luego pasaron a visitar el patio de la corza. Nuevos recuerdos, nuevas lágrimas. Candy tuvo grande placer en ver destruido aquel castillo y cegado el temible barranco. Desde allí partieron a la encantadora casita de Rosemary. ¡Con qué júbilo fueron recibidos por las pastoras, que alegres se dispusieron a obsequiar las órdenes de su amada Madre, partiendo con Candy para acompañarla en su castillo de la Cumbre! En efecto, después de haber descansado allí los viajeros partieron para el monte de las tres Mansiones. En cuanto llegaron visitaron la gruta que estaba al pie del monte. Allí había recibido Candy el anillo de esposa de manos de Albert; esta había sido su primera morada después que salió de la casa de Sarah Legan. Subieron por el monte y llegaron a su castillo de la Falda. Nuevas impresiones, nuevos recuerdos. Candy refería minuciosamente a sus amigas cuanto le había acontecido en cada uno de aquellos sitios. En fin, partieron para el castillo de la Cumbre. Aquel camino tan difícil y penoso estaba ahora suave y apacible. ¡Ah!, el Príncipe había tenido cuidado de hacerle allanar y embellecer a fin de que esta subida fuese fácil y grata para su amada esposa. Llegaron al castillo de la Cumbre. Sobre ser tan bello aquel maravilloso palacio, todo estaba ahora arreglado y dispuesto a fin de que Candy hallase en él una deliciosa morada. Los soldados que formaban la guarnición recibieron con demostraciones de júbilo a los recién venidos, amigos del Príncipe y su esposa, y fueron saludados por aquellos valientes con las mayores muestras de sumisión y de respeto. Albert fue mostrando a Candy y a sus amigas una a una todas las bellezas que encerraba aquel castillo. Cuando Candy en otra vez había entrado a él, la pérfida Eliza, atenta sólo a realizar sus criminales intentos, apenas la había dejado mirar; pero ahora que despacio las iba contemplando; quedó agradablemente sorprendida. En una sala primorosamente alhajada había multitud de retratos de los principales cortesanos del Reino de las Luces, guerreros que habían ganado mil y mil batallas y ostentaban gallardamente las insignias de sus triunfos y gloriosas cicatrices; sabios escritores, respetables matronas y cándidas e inocentes doncellas que encantaban con la hermosura y modestia de su apacible semblante.

Los retratos estaban guarnecidos de marcos adornados de valiosa pedrería y los nombres de las personas grabados en letras de oro. En otra sala se veían hermosas vistas del Reino de las Luces: bosques, campos, ríos, cascadas, jardines y palacios, las calles y las plazas; ¡oh, qué encantadora belleza! Candy estaba admirada. Albert le decía: «—Este Reino feliz, cuya belleza te arrebata, es tu patria, hija mía, tu dichosa patria. —Y allí —contestaba ella—, allí está mi adorado Bien». En un gabinete, entre otras mil curiosidades, se hallaban los mapas de la misma felicísima región: todas sus provincias y ciudades se hallaban marcadas con la más grande exactitud. De allí pasaron a otro aposento en el que se guardaban las ricas alhajas; el oro y la pedrería brillaban por todas partes. Candy quedó deslumbrada. De pronto no pudo más que admirar en conjunto tanta belleza, pero habiendo de morar allí detenidamente, tiempo tendría de reconocer una a una todas aquellas joyas e instrumentos y saber el uso a que se les destinaba. Después bajaron al jardín, el que estaba, como todo, encantador. Candy señaló desde luego el sitio en que había de sembrar las semillas de su árbol querido y las que había traído del jardín de las flores saludables. En el salón respectivo estaban las armas ofensivas y defensivas del Príncipe, tan terribles a sus enemigos; allí se veían los despojos de éstos; allí estaba la espada del Príncipe de las Negras Sombras y las de otros muchos de sus principales capitanes. En cómodas cuadras estaban los caballos de guerra, ágiles y ardientes, pero siempre dóciles a la mano de su dueño. En varios patios había jaulas con rejas gruesas y tupidas; en ellas estaban encerradas diversas fieras que hábiles y diestros cazadores habían vencido y dominado. En uno de estos patios se veía la jaula de dónde Candy había dejado escapar a la sierpe. Bien recordaba ella la terrible catástrofe, pero el recordarla ya no le causaba pesadumbre, porque veía remediados todos los daños y conocía bien claramente cuánto aquel suceso había contribuido al engrandecimiento y gloria del Príncipe y a su propio provecho, y, sobre todo, su Esposo le había mandado no afligirse más por ello. Después fueron a ver las habitaciones que les estaban preparadas; eran cómodas, bellas y ricamente alhajadas; la de Candy, particularmente, estaba preparada con delicado esmero; quedó, pues, la feliz Princesa instalada en su hermoso palacio, defendida por fuertes guerreros, custodiada por Albert y acompañada por sus queridas amigas.


Ahora sí, sólo capítulo más y llegamos al final. Gracias, gracias, gracias por haber leído hasta ahora.

¡Nos vemos la próxima!