Holaa

Nuevo capi. Oficialmente nos faltan 4 capitulos para acabar la historia XD

Disfrutenlo!


SENDEROS

Desde que conocí a los Taisho supe que se trataba de una familia unida, y no fue por envidia que me dio aquella impresión, sino por asombro ante la exagerada unificación de opiniones en la toma de decisiones. La que fuera.

Así como su unión significaba una fuerza imparable, también lo era su actitud defensiva en este momento. No obstante que se encontraban en su derecho para repudiarme, la sola presencia de varios miembros de la familia de Kohaku me parecía un escenario muy poco alentador porque yo le había pedido a Miroku que se reuniera con sus padres.

No creía que el príncipe azul Taisho hubiese lanzado convocatoria general a los familiares más cercanos, así que la presencia de Hakkudoshi e Inuyasha en la casa de Naraku y Kikyo debía ser, de hecho, obra de la coincidencia. No obstante, seguía resultando desalentador.

La vocecita tonta en mi cabeza, que se empecinaba por ser optimista, me recordó que bien pude encontrarme con Bankotsu y algunos otros parientes también, de modo que no debía quejarme, pese que aun así la presencia del hermano menor de Sesshomaru seguía siendo casi un hito para mí.

¿Qué no él distrajo a Miroku durante la despedida de soltera?

Como fuera que fuese, no era el momento para acobardarme porque había dado el paso decisivo al fin, a encaramarme en mi propia trinchera y defenderla con la verdad. Estaba esperanzada a conseguir si no el perdón, al menos la comprensión que necesitaba para enfrentarme al jurado frente a mí.

Cuando hablamos por teléfono Miroku se había comportado fríamente amable, tratándome con la cortesía obligada con cualquier extraño aunque supuse que era más de lo que debía esperar dada mi particular posición en todo el asunto; me aseguró asimismo que sus padres, sobre todo Naraku, se negarían a recibirme.

Al final, y luego de rezos interminables a los Taisho, tanto Kikyo como su esposo accedieron a escucharme.

Cuando les avisé de mi decisión a mi familia, el primero en dejarme en claro su contrariedad fue Hojo, pero lo dejó estar porque seguía convencido de que nada de lo que dijera iba a cambiar mi parecer. Aprecié sinceramente que se mantuviera en silencio pese a que, en el fondo, conocía a la perfección por dónde iba su opinión.

Mi abuela opinó que era una determinación que debía pasar primero por el filtro de aceptación de mis padres, sin embargo, todavía no soportaba mi vergüenza pese a que estaban al tanto, de modo que ignoré la sugerencia con la misma cobardía con la que me negué a responder las llamadas de mi madre.

Su preocupación me hacía sentir todavía peor y hasta que el remordimiento me ganara, pretendía recorrer la misma senda de penitencia. Ya habría tiempo para enfrentar su decepción.

No podía con tanto a la vez, de eso, mi histeria puede hablarles.

Con todo y ello, Hojo se negó a dejarme ir sola, a partir de ahí Hakkaku se unió haciendo las veces de guardaespaldas como si los Taisho fueran a tratar de inmolarme. Por supuesto, Amari terminó por ceder a las insistencias de su hermano mayor y rechazó su inicial intención por mantenerse al margen de mis determinaciones, alegando que se trataba de algo que debía meditar por mí misma.

Tsuyu nos despidió con una gran sonrisa amable destinada a infundirme ánimos…y a dejarle en claro a Amari que ya estaba extrañándolo pese a no tener ni tres minutos de haber desenrrollado los brazos de él.

Mirar los corazones palpitantes y rebozantes de amor en los ojos de la castaña me hizo sentir culpable: no quería separarla de Amari ni un segundo. Es más, estuve a punto de regresar a mis primos de vuelta a sus ocupaciones, al final, al cruzar el dintel de los Taisho me di cuenta de lo agradecida que me sentía con mis ellos por haber formado un frente firme de mi lado.

Empero, con todo y su presencia mal encarada, la que llevaba la carga de autoridad ahí era, sin duda, la abuela Kaede. No recordaba haberla visto tan seria antes: sus bromas se apagaron para darle paso a una formalidad nunca antes imaginada y se había mentenido estoica frente a Naraku Taisho, sosteniendo la taza de café ofrecida por la anfitriona de la casa como si se estuviese tratando una visita social y no mi traición a su hijo menor.

Inhalé profundo por enésima vez, tratando de convertir el cemento que me rodeaba en oxígeno que me dejara respirar un par de bocanadas de valor; pero no resultó.

"En todo caso, a quien debes convencer es al presumido de tu prometido no a toda su familia". Me acordé de las palabras de Hojo y en ese instante no pude hacer menos que darle la razón.

Admito que gran parte de mi presencia en esa casona se debía a los años de convivencia con la familia de Kohaku, gracias los cuales sentía la necesidad imperante de excusarme con ellos.

Sobre todo luego de haberme involucrado con otro miembro de su familia.

Las palabras se me atipujaron unas contra otras dejándome, irónicamente, sin habla para iniciar la explicación; apreté las manos contra el regazo para disimular el temblor nervioso.

Instintivamente giré el rostro a un costado, Hojo, sentado a mi lado, me dirigió una mirada afilada que evidenciaba su "te lo dije" en silencio. Vale, tenía un punto y ya lo probó.

Aspiré entrecortadamente por enésima vez al volver la mirada al frente, recorriendo los pares de ojos negros que me devolvían el gesto con más severidad (con excepción de Hakudoshi Taisho, quien parecía igual de ansioso que yo)

Recorrí con la mirada cada mueca de expectación y disgusto del otro lado de la mesa ratona, me hundí en el cojín del sofá y odié la sensación de estar fuera de lugar, de ser ajena a esa familia que hacía unos cuantos días también me apreciaba.

Al detenerme en las facciones indescifrables de Kohaku, me asaltó otro acceso de vértigo que apenas logré controlar.

Respira, Rin, me dije.

Oí el resoplido cansino de Naraku Taisho y supe que su escasa paciencia se había terminado, si no hablaba pronto perdería mi última oportunidad de enmedarme.

-Yo…-balbucee clavando los ojos en mi taza intacta de café, el líquido inmóvil ya no expedía vapor—Lo siento mucho—decidí que comenzar por la parte más obvia…y difícil.

Nadie dijo absolutamente nada por lo que supuse que estaban escuchándome y que, tal como Miroku lo hizo una vez, estaban ahí para recibir explicaciones sin hacer preguntas innecesarias.

Pasé saliva, forzando el nudo en mi garganta hasta empujarlo lo suficiente como para encontrar el sonido de mi voz.

-De verdad lamento mucho haber atentado en contra de su confianza—admití con un suspiro quebrado. La mano de la abuela Kaede se posó sobre la mía, calmando automáticamente las vibraciones; le agradecí en silencio y casi fui capaz de percibir su coraje a través de mi piel, contagiándome.

Alguien carraspeó.

-Mi intención nunca fue que alguien saliera herido—musité lanzando una mirada a Kohaku, mas su expresión helada me obligó a regresar mi atención a la mesa de centro.

"Saben que te quiero de vuelta", repentinamente las palabras de Sesshomaru rebotaron en mi cabeza con un eco interminable. Apreté los labios, necesitando un par de segundos más para controlar la asfixia que me asaltó.

-No sé lo que…-tomé aire—les haya dicho Sesshomaru—referirse a él con algún honorífico de por medio o con un nivel de respeto compelido me parecía completamente fuera de lugar—Pero…estoy aquí para hablarles con total franqueza.

Los dedos de mi abuela se ciñeron a los míos, reconfortándome todavía.

Oí un suspiro de fastidio demasiado cerca así que supuse que provino de Hojo, dado que Hakkaku estaba apostado detrás del sillón con los brazos cruzados y Amari había preferido mantenerse alejado de nosotros pero en cercanía con la puerta de entrada.

-Conocí a tu tío el año pasado—exclamé dirigéndome a Kohaku—Él y yo…—vacilé—comenzamos a…vernos luego de…

-¿No te parece que eso es algo que tenemos que arreglar entre tú y yo?—me interrumpió Kohaku, imprimiendo demasiada frustración en el tono.

Experimenté la molesta sensación que provocaba la mirada de Hojo sobre mí así que traté de ignorarlo. Antes de que pudiera responder a ello, Naraku se me adelantó.

-No solamente se trata de ti, Kohaku, sino del injurio cometido a esta familia. Déjala terminar—sentenció.

Si no hubiese estado demasiado nerviosa creo que hubiese fruncido el ceño. Kohaku apretó la mandíbula.

-Ah…Cuñado, si puedo opinar estoy de acuerdo con Kohaku: este es un asunto suyo con Rin—intervino Hakudoshi, removiéndose en su asiento como si fuera a ponerse de pie.

-La muchacha pidió hablar con nosotros y vino aquí en busca de la exculpación de esta familia—replicó Naraku, tajante.

Ben se dejó caer de nuevo en el sofá, pasándose una mano por la nuca intentó hablar otra vez.

-Mi nieta vino aquí porque cree que es lo correcto—interrumpió mi abuela—Reconoce que debe una explicación pero eso es totalmente distinto a lo que pretendes, Naraku: su compromiso era con Kohaku no con la familia Taisho—apuntó sorbiendo de su café—Y sobre todo, yo no podía permitir que hablara ella sola con el orangután que tienes por hijo.

Automáticamente oculté la muñeca amortada con los cardenales con la forma y tamaño exacto de la mano izquierda de Kohaku.

Naraku entrecerró los ojos, lanzándole una mirada severa a su hijo menor.

Hakudoshi sonrió disimuladamente, relajándose otra vez.

Un largo momento en silencio nos invade, llevándose otra vez la escasa comodidad que pude haber alcanzado durante la intervención de mi abuela.

Me atrevo alzar los ojos para mirar a Kohaku, él parece absorto en mis manos escondidas adrede dentro de las mangas de mi suéter ligero. Y casi parece contrariado de modo que tiro del borde de la manga para ocultar totalmente mi mano. Al instante sus gélidos ojos negros se posan en mi rostro apenado y solo atino a encoger los hombros.

-Hermano—habla Miroku al fin, volviéndose sobre su hombro para mirar el a Kohaku, quien sigue apostado contra el espaldar del sofá, con los brazos cruzados.

-¿Qué?—no despega la mirada de mí y logra hacerme tiritar. La delicada mano de mi abuela vuelve a ceñirse sobre mis dedos aunque el efecto de alivio se queda muy por debajo de mis expectativas.

-El tío Hakudoshi y la señora Kaede tienen razón—exclama con calma en su profunda voz—Cualquier exposición de Rin hacia nosotros está de más ahora.

Vuelvo a preguntarme en ese momento si alguna vez Miroku Taisho podrá hacer algo que provoque que deje de pensarlo como un príncipe azul.

-¿Es esa tu opinión, Miroku?—inquiere Naraku, todavía renuente.

-Sí, padre. Es decisión de Kohaku—pese a que se dirigió a él, Miroku esboza una sonrisa dulce hacia Kikyo, quien inhalando profundamente se pone de pie.

-Hablaremos afuera—sentencia Kohaku de pronto, descruzando los brazos y echando una ojeada mal humorada a su padre.

Inconscientemente volteo a mirar a la abuela aunque no estoy segura de qué es lo que busco en su expresión gentil, probablemente apoyo porque autorización definitivamente no. Además, estoy segura que la excusa de un posible acceso de violencia por parte de Kohaku no fue más que una forma de evitar mi inminente humillación.

La abuela Kaede asiente con la cabeza para infundirme valor, así que deslizo la mano fuera de la suya al ponerme de pie.

Obligo a mis piernas a moverse ahora que las siento agarrotadas y enfilo detrás de Kohaku en dirección al jardín. Pasar en medio del salón me provocó un nuevo acceso de ansiedad porque mi desorbitada imaginación lo comparó con el escenario del Coliseo Romano y ello solo me hizo sentir más pequeña.

El total silencio que invadió el salón, mientras nos alejábamos, parecía estar hecho de concreto, inclusive en la escasa distancia podía palpar su acidez.

Kohaku se detiene al llegar al acceso al jardín, corre el cancel y, sin mirarme, espera a que lo cruce. Al pasar a su lado me invade el aroma a lavanda que desprende.

-¿Vas a rogarle que se case contigo?

Me vuelvo hacia el salón. Seguramente no soy la única que no esperaba escuchar nada más que nuestros pasos irse alejando, porque las miradas severas ya no están taladrándome la cabeza, no obstante, ese hecho no alcanza para aliviar mi ansiedad dado que tengo que recurrir a toda mi concentración para decidir si efectivamente ha sido Inuyasha quien la pronunció.

Transcurren apenas unos cuantos segundos pero estoy convencida que hay más de un presente que quiere replicar su insensatez. Incluída yo, por supuesto.

-Lo que hable con Rin no es de tu incumbencia—se adelanta Kohaku, en tono agrio. Inuyasha no parece intimidado, antes bien se ha dignado a girarse en nuestra dirección y enarcar una ceja de forma tan altiva que me recuerda por qué lo detesto tanto.

-Entonces sí vas en serio—me dice. Aprieto los labios al percibir la desagradable sensación de estar hablando con Sesshomaru a través de él.

Naraku comienza a hablar pero Inuyasha sigue sin prestarle atención.

-¿Y luego qué, Koizumi?—gruñe alzando el mentón. ¿Desde cuándo me llama por mi apellido? Frunzo el ceño.

Kohaku suelta el tirador de la puerta de cristal, volviendo el cuerpo en dirección a su tío más joven. Hakudoshi, previniendo lo peor, se levanta y se posiciona sigilosamente cerca de Inuyasha; una de sus manos ha volado directo a su hombro.

-Inuyasha, guarda silencio. Estás a punto de no ser bienvenido en mi casa como tu cobarde hermano—ordena Naraku.

-¿Y eso qué?—replica con desdén—Quiero saber qué espera esta mujercita de casarse con Kohaku: ¿Qué Sesshomaru se convierta en su amante?

La sangre abandona mis mejillas al mismo tiempo que el aliento. Podría enfadarme por la manera en cómo me llamó, sin embargo, mi mente se enfoca totalmente en la ofensiva insinuación. Aprieto los brazos contra el cuerpo para no arrojarle el bonito florero de Kikyo que está a mi lado.

No me da tiempo de escoger mi arma porque todos hablan casi al mismo tiempo.

-¡Inuyasha!—Kikyo se lleva una mano al pecho pese a que el tono ha sido reprobatorio.

-¡Oye, imbécil!—reclama Hakkaku.

-Te pasaste—murmura Hakudoshi…o eso creo, porque mi mente sigue estancada.

-¿Quieres que te parta la cara? ¿Es eso, Inuyasha?—habla Kohaku entonces adelantando un paso—Me quité el yeso pensando en tu hermano pero no tengo problema con empezar contigo.

El interpelado afila la mirada pero no retrocede, es más, se encoge de hombros de manera tan arrogante que no me cabe duda que se haya críado al lado de Sesshomaru.

Kohaku aprieta la mandíbula al cuadrar los hombros y comenzar a acercarse, ofuscado por el desplante. Me asalta una oleada de pánico: su brazo todavía no sana completamente, un enfretamiento lo enviará de vuelta al hospital.

Hakudoshi, a modo conciliador, hala del hombro de Inuyasha para hacerlo retroceder mientras estira su otro brazo en dirección a Kohaku.

-Naraku…-dice. Automáticamente miro al mencionado, su expresión me revela que no tiene intenciones de detener a su hijo.

Mis primos tampoco parecen interesados en intervenir, inclusive Hojo sonríe de lado, macabramente divertido.

El corazón me da un vuelco.

-Hermano—por fin Miroku se pone de pie también, parándose en medio del campo de pelea.

-Quítate, Miroku—gruñe Kohaku, cerrando los puños.

-Herma…

-¿Lo ves, Naraku? Tu hijo es un orangután sin modales—la voz de la abuela Kaede, apacible y suave, interrumpe a Miroku.

Durante un largo momento la miramos aunque ella parece más interesada en su taza de café, que bebe como si no hubiese estado a punto de presenciar una batalla campal.

Hojo, a su lado, frunce el ceño; aunque es Kohaku quien ha convertido su gesto en fastidio puro.

-Es suficiente, Inuyasha—gruñe Naraku por fin, lanzando otra de sus miradas envenenadas a mi abuela.

El interpelado rueda los ojos con desdén antes de echarse a andar hacia la salida sin dirigir otra mirada a nadie. Mientras lo veo acercarse a la puerta principal me doy cuenta que he olvidado como cerrar la boca: ¡su fanfarronería cínica me ha dejado totalmente en blanco!

Oficialmente Inuyasha Taisho es la persona más pedante que conozco.

No obstante mi vergüenza, al verlo sujetar la perilla de la puerta, me atrevo a dejarme llevar por un falso alivio que se esfuma tan rápido como llega. El mutismo instalado en la habitación ahora no solamente me pesa sobre los hombros, sino que la incomodidad ha llegado a exacerbar mi ansiedad.

Antes de que alguien diga nada al respecto de lo sucedido, me adelanto por el pasto recién cortado, huyendo de cualquier comentario indiscreto que volviera a ponerme al filo de la degradación.

El aroma a naturaleza y el ambiente caluroso casi logran relajarme, así que avanzo a paso tortuga, volviéndome a veces para asegurarme que Kohaku me sigue dado que no puedo escuchar sus pasos.

Pese a su gesto enfadado, él no ha despedado la vista de mi muñeca derecha así que la atraigo a mi vientre para esconderla el moretón.

Cuando al fin llegamos hasta la sombra que se proyecta de la barda de protección, me siento sobre la silla metálica de su comedor de jardín, consciente que apenas empiece mi discurso las piernas empezarán a fallarme. Inhalo hondo y espero alguna indicación para empezar a hablar, mientras lo hago, inhalo hondo tres veces, comenzando un proceso de relajación express luego del estado en que me dejaron los comentarios de Inuyasha.

Echo una mirada disimulada a través de mi cabello y hacia el salón que acabamos de abandonar: Kikyo sigue sentada frente a mi familia aunque su expresión parece cuidadosamente controlada. Naraku ha desaparecido y Miroku se ha enfrascado en una conversación con su tío Hakudoshi. Inclusive en la lejanía noto su bien disfrazada atención puesta sobre su hermano y ello me tranquiliza enormemente.

Aprieto las manos contra el regazo al levantar la cara, me encuentro directamente con las pupilas endurecidas de Kohaku, su resolución vuelve a hacerme flaquear.

Él no se ha sentado, permanece de pie apoyando un hombro al muro, ciñe sus brazos cruzados al pecho de forma contenida, lo que me indica que su enfado a raíz de Inuyasha está lejos de aminorar en lo inmediato.

"Vamos, Rin", me animo y entonces decido hablar.

-Como…-carraspeo al darme cuenta que la voz apenas se me escucha—Como te dije adentro, Sesshomaru y yo…

-No me interesa eso, Rin—interrumpe. Su tono tajante me hace estremecer.

Permanezco en silencio nuevamente, confundida. ¿No es una explicación lo que pidió la última vez? ¿No es, acaso, lo menos que se merece?

Kohaku se da cuenta de mi ineptitud mental porque resopla ligeramente, suavizando también su mueca.

-Torpe—bisbisea con un suspiro frustrado. Mi desconcierto aumenta. —No me interesa saber cómo, dónde ni por qué te acostaste con Sesshomaru.

Los hombros se me crispan al escuchar el nombre escupido con ácido puro.

-Los pormenores de su relación son sinsentidos para mí—agrega con firmeza, separando las palabras cuidadosamente para que logre entenderlo, o al menos esa es la impresión que obtengo—Así que ahórrame la descripción gráfica de sus encuentros y ve al grano. ¿Qué quieres?

Automáticamente me encojo sobre la silla, el corazón me tiembla al recibir la fuerza apabullante de sus palabras. No comprendo de inmediato mi nula reacción ya que estaba claro que Kohaku me haría esa pregunta en cualquier momento, empero, el que la haya formulado sin siquiera escuchar mi explicación logra descolocarme al grado de olvidar la bien ensayada declaración.

-Yo…-balbuceo apretando con una mano a la otra.

Él permanece en silencio todavía sin deshacerse de la actitud renuente.

"Vamos, Rin", la frase me recuerda muchas veces en las que tuve que recurrir a elevar mi autoestima para hacer algo osado: siempre tenía que ver con Sesshomaru. Automáticamente desecho las memorias de mi cabeza porque son lo que menos necesito ahora mismo. Kohaku ha hecho la pregunta esperada y es mi turno de corresponder con un poco de dignidad para ambos.

No obstante, las punzadas que me aguijonean el alma y el temblor de mis manos, logro mantenere erguida sobre la silla al hablar; me toma un par de minutos vencer la sofocación que me impide oír mi propia voz.

-Quiero casarme contigo—murmuro por fin, incapaz de mirarlo a los ojos porque nunca una mentira me ha sabido tan amarga.

A buen momento se le ocurre a mi Pepe Grillo aparecerse para descargar todo el peso del remordimiento, y sobre todo, para despojarme de mi habilidad para mentir.

Kohaku no dice nada por largo rato, luego, cuando creo que no dirá nada más, oigo su voz grave.

-No es verdad.

Alzo los ojos vivazmente, la sangre ha abandonado mis mejillas y presiento que estoy a punto de recibir otro brusco reclamo. Quizás también una hiriente comparación…

Los orbes negros de Kohaku siguen fijos en mí, analizándola detenidamente de modo que me llamo al autocontrol y me deshago del gesto espantado de hace unos segundos.

-Es verdad—digo. Ha salido tan diferente al tono determinado que planee, así que trato de compensar esa debilidad—Sí quiero, Kohaku y si tú me das la oportunidad de hacerte feliz, te juro que pasaré cada día intentándolo.

Me aferro al borde de la mesa metálica, intentado acercarme a él pese a que el muro invisible sigue separándonos. De pronto siento la necesidad de abrazarlo y pedirle perdón de nuevo.

Sus ojos apenas y sufren un ligero cambio al entornarse suavemente. También aprieta los labios.

-¿Y yo?

No comprendo, de modo que permanezco callada.

-¿Estar conmigo te hará feliz?—inquiere todavía sin vacilar.

La garganta se me anuda al escucharlo mientras que el corazón se me aprieta contra el pecho.

-Sí—la voz me tiembla.

Kohaku tensa la mandíbula y ladea el rostro para no mirarme, no obstante logro interpretar su expresión: es la misma que mantiene a raya sus sensaciones, una máscara de contención que intenta esconder lo herido que se siente.

Las fuerzas me abandonan, mis brazos caen de vuelta a mi regazo y me descubro sin más palabras que decir.

Sencillamente todo embuste ha perdido su valor ante el gesto incrédulo de Kohaku, ni siquiera puedo apelar a mis sentimiendos de adolescente, cuando a los quince años dibujaba corazones con su nombre, hacer eso sería una burla para ambos: fue luego de estar enamorada de él que conocí a Sesshomaru. Fue después de resignarme a su desinterés por mí que permití que ese hombre se clavara en mi alma.

Y me dejé llevar por ese sentimiento que me rebasaba hasta convertirme en lo que soy ahora.

"Suplicar", me dice mi desgastada consciencia, indicándome que es el último camino que me queda por tomar para enmendar mis errores.

-Kohaku…por favor—musito, hasta ese momento me doy cuenta que los ojos se me han cristalizado y ahora no puedo mirar con claridad mis propias manos.

Sollozo estúpidamente, tan apenada con el giro que ha dado mi falso autocontrol que no puedo atreverme a mirarlo de nuevo. No quiero que piense que intento chantajearlo, sin embargo, las lágrimas se niegan a obedecerme.

-Basta, Rin—ordena con un hilo de voz.

Me paso el dorso de la mano debajo de mis ojos para liberarlos de la humedad y poder mirar a Kohaku con claridad, él aprieta todavía más los brazos contra el pecho aunque sigue sin mirarme. En su expresión contrariada encuentro un montón de cosas que quiere gritarme sin llegar a hacerlo y eso me hace sentir peor.

-Ya intenté obligarte a estar conmigo una vez y no cometeré el mismo error.

-¿Eh?—parpadeo desconcertada.

-No soy estúpido, Rin—gruñe con fastidio, volviéndose a mí-¿Crees que no me daba cuenta quienes se encargaban de los preparativos?

El sutil ataque se clava en mi pecho.

-Presentía tu arrepentimiento así que quise acelerar las cosas—agrega con voz vacía.

"La boda precipitada", me digo de inmediato. ¿Era ese el motivo de Kohaku para acelerar nuestros planes? ¿Tenía miedo a que cambiara de parecer?

El corazón se me encoge ante la revelación.

-No imaginé que se tratara de un sujeto y mucho menos que fuera miembro de mi familia—escupe volviendo a sonar enfadado—Así que el imbécil de Inuyasha tiene un punto—dice, mirándome fijamente.

Doy un respingo.

-No…-balbuceo aceleradamente—Yo no sería capaz de…-me interrumpo a punto de sonar demasiado cínica. Es obvio que traicioné su confianza así que hacerle una promesa de ese tipo sonaría hasta ridículo.

Nos envuelve otro momento de mutismo, poco a poco voy sintiéndome derrotada; acaricio con la punta de los dedos el anillo que me envuelve el anular izquierdo, sopesando entregárselo a Kohaku de una vez.

Los labios me tiemblan cuando lo sujeto delicadamente, tirando del arillo hacia afuera…

-No seré el idiota que te espere al pie del altar dentro de diez días, Rin—habla Kohaku de pronto, captando mi atención de nuevo—Tampoco quien te ate a un compromiso que no deseas, así que toma una maldita decisión de una vez porque no seguiré con esto a menos que esté seguro—ordena con voz contenida—Si te quedas a mi lado o te vas—me da la impresión de que desea agregar algo más pero no lo hace.

Me quedo sin habla tan rápidamente como el oxígeno se escapa de mi sistema.

-Pero no hagas esto por un estúpido sentimiento de compasión porque eso definitivamente no voy a perdonártelo nunca—finaliza descruzando por fin los brazos y resguardando las manos dentro de los bolsillos del pantalón—Lamento haberte lastimado—señala con el mentón mi muñeca derecha, luego se enfila de vuelta a la casa.

Permanezco quieta en mi lugar, temblando de pies a cabeza mientras la culpable sensación de saberme perdonada (o al menos con una ínfima posibilidad) se abre paso por mi cuerpo. Curiosamente no me hace sentir mejor, sino brutalmente desprotegida.

Veo la espalda de Kohaku alejarse hasta que la sombra de la casona lo engulle, creo ver a Miroku acercársele de inmediato pero él sigue su camino hacia la puerta principal. La loca idea de correr detrás de él me llega como una flamante idea para convencerlo pero la suprimo de inmediato porque le prometí no más mentiras.

El anillo me abrasa como en medio de una hoguera, se adhiere a mi piel con tanta intensidad que me asusta, descubro entonces que lo sostengo entre los dedos al haberlo extirpado del anular.

Cuando reparo en que estaba dispuesta a entregarle la prueba de nuestro tambaleante compromiso, una gotita cae sobre la delicada joya blanca, resbalando por el arillo de oro hasta mis dedos; pronto le siguen más lágrimas de impotencia.

-Sesshomaru…-susurro sin darme cuenta.

Luego, cuando soy consciente de las miradas que, en la lejanía, reposan sobre mí, me coloco de nuevo el anillo y me pongo de pie.

"Lo siento", aunque esta vez es a mí a quien va dirigida la disculpa.

Me encamino de vuelta por el camino de pasto, controlando las vibraciones de mis manos preguntándome si Jakotsu tendrá listas las esculturas.

Además, todavía tengo que arreglar el banquete con Nazuna y las flores con Aome.


Las palabras de Kohaku me han dejado totalmente en blanco. Su disposición para ofrecerme una posibilidad de perdón ha calado tan hondo en mi alma que apenas puedo dar crédito a lo que ocurrió.

¿Estaba perdonada? ¿La posibilidad era real? Al mirar el anillo de compromiso que se aferra a mi dedo me atrevo a pensar con optimismo. Probablemente Kohaku no me haya perdonado todavía, sin embargo, se encuentra dispuesto a permitirme enmendarme…

La sensación de soledad se ha instalado en mi sistema tan hondo que dudo que sea capaz de expulsarla. Admito que sigo creyendo que muchas de las personas que conozco hayan decidido apartarse de mí luego de que la verdad saliera a la luz…empero, la idea de necesitar el soporte de alguien todo el tiempo ha comenzado a exasperarme.

Por supuesto que la madre de Kohaku no querrá tener ninguna injerencia en los preparativos que hacen falta, puesto que seguramente no estará de acuerdo si Kohaku y yo nos casamos. Comprendo también a mis amigas y su lejanía, ya que aunque Aome mencionó que estuvieron enojadas, enfatizando en el pasado, no he presionado con reunirme con Mizuki o Ayame. Solamente Aome sabe que recupero el trabajo donde ellas se quedaron en la organización del evento.

Shippo tampoco se ha puesto en contacto conmigo más allá de los mensajes diarios preguntándome cómo estoy. Su nobleza me duele casi tanto como su lejanía.

Ahora más que nunca necesito de su optimismo que se irradia de su personalidad como los rayos provienen del sol. Cálidos.

Tampoco he hablado con Kohaku en todo el día, así que supongo que sigo dentro de mi tiempo de gracia para comunicarle mi decisión. Ello, admito que me confunde, inclusive mis propios actos: por una parte sigo arreglando los preparativos para la boda y por el otro, soy incapaz de rechazar la opción a elección. Debe ser por mi remordimiento que no me deja en paz que todavía no me siento con el derecho de acercarme a él…

Inhalo hondo, dejándome caer de espaldas contra el muro; reviviendo, a manera de penitencia, su expresión contenida, la resolución dolida en sus orbes negros que se ensombrecían conforme se iba dando cuenta de la verdad.

No lo amo. Kohaku, tal como dijo, no es un tonto, ni por asomo, sin embargo, al parecer está otorgándome el beneficio de la duda luego de comprobar mi arrepentimiento.

Seguía enfadado en igual niveles que su decepción aunque su caballerosidad avasallaba cualquier intento por volverme a reprochar a gritos mi traición. Otro en su lugar ni siquiera hubiese aceptado verme, habría cancelado todos los preparativos o peor, me habría expuesto frente a todos al dejarme plantada en la iglesia.

Dejo deslizar una sonrisa amarga por mis labios porque la idea de que Kohaku quiera vengarse resulta irrisoria. Alguna vez, durante la preparatoria, no hubiese sonado tan descabellado, pero ahora, tras años de madurez y sentimientos encontrados, estoy segura que ha cambiado su actitud rencorosa. Al menos esta mañana me lo ha demostrado.

No es el mismo Kohaku que pasó tres meses planeando detenidamente cómo desquitarse de un chico que le introdujo una botella de licor en la mochila de deportes. Shippo quiso dejarlo como estaba pero Kohaku insistió hasta lograr que sacaran al chico en cuestión del equipo de baloncesto.

Ese ya no es él.

El de ahora es el Kohaku que se abrió a mí, haciéndome partícipe de la forma tan única que tienen los Taisho (al menos su hermano y él) para demostrar su amor. Es el Kohaku al que lastimé con mi falsía.

El mismo Kohaku que me ha dado la oportunidad, aunque entre líneas, para elegir entre él y Sesshomaru.

Algo que su tío, dicho sea de paso, nunca hizo.

-Él simplemente se alejó—murmuro, las palabras me saben agrias.

-¿Señorita?

Doy un leve respingo al escuchar la pregunta, me vuelvo perezosamente hacia el hombre que me dedica su total atención desde detrás de los lentes de montura.

-Lo siento—mascullo apartándome del muro, aclarándome la garganta en el proceso.

Por primera vez me parece sofocante el ambiente caluroso del departamento, el bochorno se ha encerrado pese a que la puerta principal está abierta.

-Estaba distraída—reconozco al avanzar por el corredor hacia el dormitorio. Mientras camino me acuerdo de las veces en las que fingí que huía de Sesshomaru solamente para terminar hundida en los cojines del sofá…con él entre mis piernas, empujádose ferozmente en mi interior mientras gruñía mi nombre.

Me muerdo el interior del labio y me aparto del camino para dejarle echar un vistazo dentro, no me siento cómoda mirando el dormitorio, así que permito que el hombre se adelante.

-La habitación es amplia—digo por decir algo. Él asiente, se lleva una mano a la barbilla y analiza el interior.

Se mantiene en el umbral así que supongo que no quiere invadir mi privacidad dado que todavía tengo algunos encéres personales ahí. Eso lo agradezco profundamente porque aunque al fin conocí a mi posible comprador, me alivia no tener que ver a alguien invadiendo el espacio que todavía me parece arraigado a sangre a mí.

Me abrazo inconscientemente, cediendo a mi instinto masoquista para cuestionarme, por enésima vez, si Sesshomaru ha declinado sus intenciones al fin, si ya ha recuperado los trozos de su ego como yo pretendo recoger los de mi corazón.

-Debo admitir que el lugar me agrada mucho, valió la pena esperar tanto—dice el hombre, traspasando en la voz un imperceptible tono de acusación.

Estoy cansada de pedir disculpas así que solamente asiento.

-No siempre soy dueña de mi tiempo—supongo que esa excusa alcanza para exculparme por haber pospuesto adrede la venta y también para mantener la plática en un terreno totalmente impersonal. Sin comentarios agradables ni cómplices como los que soltó el anterior dueño del apartamento cuando Sesshomaru y yo decidimos adquirirlo.

"Más bien cuando él te dio gusto", pienso mecánicamente. Despacho esas ideas insanas antes de que mi cabeza vuelva a licuarse.

Supongo que es la melancolía por separarme de un sitio que significó tanto para mí…

-Solo tengo una pregunta—dice de nuevo. Lo miro fijamente para fingir que tiene toda mi atención aunque lo cierto es que mi mente está demasiado dispersa. Ante mi silencio él prosigue-¿Siempre es así de cálido aquí dentro?

Podría soltar una risotada amarga (e irónica) si no fuera porque mi estado anímico no me lo permite. Resoplo al responder.

-Todo el tiempo.

-Grandioso—sonríe satisfecho y es el primer gesto que no es analítico desde que me encontré con él, media hora atrás. Además, me alivia saber que no es un obseso del frío…

Cuando llegó preguntando por el departamento, procedí a mostrárselo sin estar muy segura de cómo llevar a cabo la propaganda, no sabía que decir para convencerlo y tampoco tenía la certeza de querer dar el paso siguiente.

Todavía no lo estoy, pero debo hacerlo.

Cuando respondió mi mensaje de texto con una llamada de confirmación, en la cual me daba la razón respecto a su renuencia para atender a remitentes desconocidos, por un instante quise arrojar el móvil lejos, luego, la imagen de Kohaku me hizo volver a poner los pies en la tierra.

Necesitaba las evidencias para que me creyera: la primera era conseguir firmar el contrato de compraventa.

-¿Cuándo podremos firmar?—me pregunta. Repentinamente me acuerdo del contrato que Kohaku redactó para mí cuando le comenté de mis intenciones por deshacerme del apartamento…cuando recién nos comprometimos y estaba determinada a mantener la relación con Sesshomaru rota.

-¿Lo quiere?

-¡Claro! Me gusta—echa otro vistazo entusiasmado de vuelta por el pasillo.

El hombre, cuyo nombre no me acuerdo, comienza una perorata despreocupada sobre el sitio, el anuncio en el periódico y también las charlas con Jakotsu; calcula cuándo tendrá lista la cantidad de venta y también agregando uno que otro detalle de su vida personal. Pero no logro concentrarme en lo que dice, por más que intento sigo atrapada en los grilletes de la realidad: estoy a punto de cerrar un cerrojo en el ciclo…

-Tengo el contrato en mi habitación—suelto de golpe, cortando algo que decía.

Él frunce el ceño levemente ante la brusca interrupción pero lo deja correr. Dudo un momento si decirle algo jocoso como "está en su casa", pero me parece exagerado así que me limito a escabullirme hacia el dormitorio, paso de largo la cama desocupada desde hace varios días y voy directo al armario. Rebusco en los cajones inferiores, esparciendo sin cuidado las carpetas y libros que me impiden encontrar el folder donde Kohaku me entregó el convenio.

Suelto el aire de golpe sintiendo una nueva oleada de sofocación aunque lo adjudico a la desesperación que me invade estar rodeada de hojas de papel que no me sirven en este momento. Tras varios minutos de arrojar objetos por el suelo, hasta dejarlo cual un campo minado, me pongo en pie sosteniendo el contrato.

Por algún motivo, que no entiendo, la voz de Inuyasha se repite en mi cabeza una y otra vez, trato de apartarla de cualquier pensamiento consciente y me reafirmo que solamente estaba tratando de defender a su hermano. De alguna extraña manera, claro, ya que, solamente arrojó más arena al agujero donde quedamos.

Suspiro, me aclaro la garganta y me encamino de vuelta por el corredor.

-Si quiere que lo revise un abogado, no tengo problema al respecto—voy diciendo, deseosa por terminar la visita. Llego hasta el salón y despego la mirada de la cuartilla de cartón color manila.

Mis pasos se frenan automáticamente, creo que inclusive tropecé con mis propios pies, por fortuna, mi mano alcanza el borde del pilar para detenerme aunque el contrato va a dar al suelo.

Sesshomaru, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón gris, me mira fijamente desde en medio del salón. Su camisa azúl oscuro tiene los primeros dos botones fuera de su sitio, dejando entrever retazos de su blanca piel; también la lleva retraída sobre los músculos planos de sus brazos. Está parado estratégicamente fuera del alcance del foco de luz aunque, incluso en la distancia, soy capaz de darme cuenta de la fina capa de sudor que perla su garganta, también de la incipiente barba en su fuerte mentón…

Él no dice nada, de modo que casi instintivamente aprieto los labios esperando a estar segura si estoy sufriendo una alucinación, mi poco raciocinio me llama al sentido común pero la experiencia me indica que bien puedo estar imaginándolo (lo cual es todavía peor).

¿Qué no ya había aceptado mi decisión?

Sus profundas pupilas doradas cobran vida de pronto, recorriéndome con desfachatez aunque sin ápice de lujuria. Simplemente está mirándome.

Evado su mirada, agachándome para recoger el contrato del piso, por hacer algo… ¡Un momento!

Ya con el folder en mano me incorporo de golpe, buscando con la mirada a quiensabecómosellame empero en el departamento solo estamos nosotros dos. Ni siquiera se oye movimiento en la cocina…

Una oleada de algo parecido al pánico me invade. Sesshomaru resopla, dándose cuenta del rumbo de mis pensamientos.

-Se fue—dice.

Frunzo el entrecejo, desconcertada.

-¿Por qué?—la pregunta parece totalmente idiota tomando en cuenta que es lo último que debería inquirir.

-Le dije que no está en venta—se encoge de hombros con brutal cinismo.

Supongo que mi expresión es suficiente como para no tener que hablar.

-Como copropietario del inmueble no he dado mi autorización, niña—esboza media sonrisa autosuficiente que, por un segundo, me devuelve meses atrás.

Demasiadas ideas se aglutinan en mi cabeza en un instante: primero, la calma que irradia en ese instante, como si nada hubiese ocurrido entre ambos; en segunda, quiero replicar la mentira, sin embargo, el recuerdo claro de mí simplemente firmando, creyéndole ciegamente, me nubla la mente y me hace dudar.

-Necesitaba que se largara de una vez—exclama en el tono que utiliza cuando pretende una disculpa que no lo es, evidenciándome también que ha sido otra mentira fabricada y que el departamento es, en definitiva, solamente mío.

Aprieto el folder, sintiendo hormigueos en las manos que bullen con la furia que va despertando en mí. No obstante, me concentro en cuestionarle, por enésima vez, lo que se atipuja en mi mente.

- ¿Qué haces aquí y cómo entraste?—ha sonado como reclamo pero no lo controlo, y dado que soy consciente de ello me abstengo de mencionar las flores que me envió antes, como si intentara ser galán o peor…conquistarme.

-Necesito hablar contigo—replica, todavía con su pose de descarada altivez calmada—Dejaste abierta la puerta, niña—responde el mismo orden que mis preguntas, enarca una ceja y me fastidio.

No estoy muy segura de sus palabras aunque le otorgaré el beneficio de la duda en eso porque quizás la repentina sofocación provocó que, en un intento por refrescar el interior, no cerrara el departamento.

A estas alturas no logro captar muchas cosas alrededor…aunque sea yo quien las causa.

-No hay nada que tengamos que hablar—musito manteniéndome alejada de él, midiendo cuántos pasos nos separan para retrocederlos en caso de que se le ocurra acercarse.

-El que haya dejado estar que tomaste una decisión no significa que retroceda en la mía—su voz es firme al hablar—Te equivocas si crees que me apartaré del camino caballerosamente.

Me cohíbe, y retrocedo el cuerpo inconscientemente, ignorando (o tratando todo lo que mis mermadas fuerzas me permiten) el vuelco en mi corazón.

Nos envuelve el silencio tan insoportablemente que tengo que recurrir a apartar la mirada de su vehemente análisis.

Me muerdo el labio y trato de normalizar la arritmia de mi corazón; Sesshomaru no parece estar dispuesto a irse y quizás hasta está determinado a seguir participando en un tortuoso juego del gato y el ratón. Está más que claro quien ostenta cada rol y eso, además de su disposición sosegada (que vanagloria su madurez) logra fastidiarme porque actúa como si todo estuviese bien entre nosotros.

"Tal vez sea hora de cerrar el ciclo sensatamente", me dice la pequeña vocecita en mi cabeza que no suena como yo, sino algo así como Hojo. Me acuerdo de Kohaku, su gesto que pretende no reflejar lo herido que se siente y también de mi promesa por arreglar mi desorden.

Paso saliva con trabajo, alzo el mentón y decido fingir tanta madurez como la suya para poder hablarlo sin tener que escapar.

Si el ratón tiene que hacerle frente a su depredador, bien.

Quisiera preguntarle a Sesshomaru si luego de escucharlo, me dejará tranquila, pero me abstengo porque me da miedo oír la respuesta, así que elijo otro camino.

-¿Es por el departamento?—inquiero débilmente-¿Cambiaste de parecer respecto a él?

-¿Por qué querría yo este sitio?

La burla le sale tan natural (como todas las que suele hacer) que me obliga a volverme a él. Experimento una desagradable sensación de dejá vú que me revuelve el estómago.

De pronto estoy de nuevo frente al monstruo que en realidad es Sesshomaru Taisho.

Aprieto los puños, estropeando totalmente el contrato pero logrando proyectar ahí mi frustración.

"Claro que no le interesa", me digo y ahí mi autocontrol se va a la mierda.

-Por supuesto, es como una habitación más de hotel—gruño pese a que la voz se me ha cortado.

Antes de que siga despotricando, Sesshomaru responde, implacable y cruel.

-Demasiado significativa pero parecido—suspira. Me encojo automáticamente, asombrada de la facilidad con la que es capaz de destruir mi voluntad en menos de un segundo—No obstante, te equivocas, no es ése el motivo por el cual no tengo ningún interés por el apartamento—se encoge de hombros con desdén y se dispone a rodear el sofá que nos separa.

Lo veo acercarse, imposibilitada para decirle algo cruel, pese a que tengo total consciencia de que debo realzar mi defensa.

-Desde que te comprometiste con mi sobrino no quise tener nada que ver con este lugar—dice con voz grave, casi distraídamente—Dime, niña, ¿por qué estaría interesado en obtener un sitio que tuviera tu esencia impregnada?

Si el tono hubiese sido prepotente habría logrado abrirme todas las heridas del pecho, sin embargo, sus palabras salieron dulcificadas. Sinceras.

Me recrimino por creer que Sesshomaru no está siendo ese horrible monstruo que me envenena la sangre con su desprecio, sino el hombre de carne huezo que es capaz de experimentar el sufrimiento.

-Así que no, no estoy interesado en un lugar que me recordara que estarías con otro hombre. Puedes venderlo luego—agrega todavía en tono grave, luego, sonríe con la misma mueca altiva que logra exasperarme—Necesitaba que tu invitado se largara y ya.

Su respuesta altanera, que pretende ser una explicación basta a su conducta, me agobia. No se trata en realidad de su revelación por haberse aburrido por esperar que el comprador se fuera, o su intención clara por ignorar mi súplica para que se mantuviera al margen (pavoneando su autoritaria presencia, en su lugar), era más bien el trasfondo tan profundo que ocultaba su cinismo.

Lo que realmente me confunde es la declaración en sí.

-Es absurdo…-suelto, casi sin aire, incrédula. Y admito que fui honesta en ello: al menos yo no lo comprendía porque, para seguir sintiéndolo cerca, solía aferrarme a cada partícula de esta casa que todavía conservara su aroma.

Y ese recordatorio lastimero de mi propio patetismo exacerba el ardor que me destroza el pecho.

Pierdo la fuerza en las piernas así que me dejo vencer contra el muro, él da un paso hacía mí como si creyera que otra vez caeré a sus pies (esta vez de forma literal); hace ademán de sostenerme y entonces escapo para mantener la misma distancia entre nosotros.

Su preocupación me lacera porque sigue tratándose de Sesshomaru Taisho.

-Sigues creyendo que mi propuesta es producto de mi ego—resopla.

El repentino cambio de actitud, de la sincerdidad al fastidio autosuficiente, me exaspera totalmente. Quiero recordarle, no sin ironía, que siempre se trata de esu ego, pero me decanto por comenzar el ataque para ver si así se aburre de mi actitud infantil y se marcha.

-¿Qué más puedo esperar de ti?—jadeo recomponiendo el gesto para dejar de parecer débil—Me alejaste una y otra vez—le recuerdo, echándome a andar pesadamente en dirección al cómedor, el punto más alejado en ese momento—Me humillaste.

-Quería hacerlo.

El que lo reconozca sin ningún atisbo de arrepentimiento en la voz me hunde el mismo agujero oscuro del que he intentado salir desde que descubrí quién era en realidad.

Casi puedo sonreír, burlándome de las vanas esperanzas que todavía guardo para esperar algo distinto de él.

"¿Eres idiota, Rin?", me pregunto con dolorosa reflexión.

-De otro modo no habrías querido salir de mi vida y seguir con la tuya—agrega con voz helada.

Automáticamente me vuelvo a mirarlo, Sesshomaru sigue con la vista clavada en el muro; su mandíbula se ha tensado y también sus hombros. Puedo discernir la lucha interna que parece librar consigo mismo.

O quizás es porque siempre me esforcé por descubrir cada gesto que tenía.

O quizás es porque quiero engañarme nuevamente.

Sin darle más crédito a mi aturdimiento, me enfoco en mi garganta que me escoce.

No me atrevo a contradecirlo porque tiene la razón, por ese entonces era capaz de volver luego de ser herida una y otra vez. Era, de hecho, lo más parecido a un perro herido que lame la mano que le estruja. La comparación es bastante indigna pero no se me ocurre nada mejor y hasta es bueno: así auguro mantenerme en la línea de la furia antes de caer en picada al abismo de nuevo.

Estar enojada con Sesshomaru resulta un bálsamo temporal contra sus desplantes de sinceridad falsa.

Mientras me aferro a esa balsa para sobrevivir a él, Sesshomaru decide continuar.

-Estabas enamorada de mí—exclama pese a que creí que ya no diría nada más para humillarme de nuevo—Y no seguirías con tu vida a menos que fuera lo suficientemente claro contigo.

Frunzo el ceño. ¿A eso le llama él "ser claro"? ¿A las frases hirientes y actitudes desinteresadas luego de hacerme volar en medio de nubes de algodón?

Y a todo esto, ¿qué se supone que intentaba decirme? ¿Qué tuvo que recurrir a esas fanfarronerías de hijo de puta para lograr deshacerse de mí? ¿Porque, de otro modo, seguiría fastidiándolo?

Apreto los puños con fuerza, hundiéndo las uñas en mi piel de forma punzante. No sé lo que me enoja más de su argumento, si su egocentrismo o que, una parte de mí, le da la razón.

¡Es humillante!

La nueva furia que explota como lava ardiendo deja de anhelar las explicaciones que por fin estoy recibiendo, me nubla cualquier esperanza con bruma de desesperación, y me recuerda que no debería querer seguir oyéndolo.

Es entonces que me dejo llevar por la indignación para soltar la lengua.

-Eres tan arrogante que…

-Cállate y escucha—interrumpe como una sentencia que no espera ninguna réplica. Está mirándome también, por fin, sus ojos, ensombrecidos por algo parecido al remordimiento, me parecen mucho más oscuros de pronto. Vacíos y opacos.

Su pecho sube y baja lentamente con pesadez, lo veo fruncir los labios ligeramente, suelta una maldición y saca las manos dentro de los bolsillos, colocándolas sobre sus caderas.

No digo nada no porque no tenga muchas cosas que gritarle (y de paso arrojarle uno que otro objeto que encuentre a mi paso), sino porque si Sesshomaru ha venido a que lo escuche, presiento que lo mejor es hacerlo, aburrirlo. Pegar mis trozos, acorazar mi corazón con falsa fortaleza y esperar que, en el mejor de los casos, no se vuelva a acercar porque no estoy segura de si luego del aplastante encuentro con Kohaku, soy capaz de recrear otra salida digna como la última vez.

-No quería que te deshicieras de…él—exclama echando una mirada fugaz a mi vientre. Eso, definitivamente, no lo esperaba.

Automáticamente me cubro el estómago como si alguna vez realmente hubiese habido vida ahí dentro. Me descolocan sus frases, ¿cómo no?, sobre todo porque es la primera vez que Sesshomaru se refiere a la posibilidad del bebé, como un alguien y no un fastidioso algo.

Al mismo tiempo me asalta un temblor ladino que me recuerda que a partir de esa falsa alarma todo mi mundo se desvoronó.

-No pensabas así antes—contradigo, tontamente.

-No sabes lo que pensé antes aunque te enteres en este momento—replica con simulada paciencia, traspasando en la entonación su eterno sentido de superioridad del que no se libra en ningún momento.

Mi enfado aumenta.

-Entonces sí que fuiste claro—ironizo apretando el borde de la mesa con ambas manos, resistiéndome al instinto por abrazarme a mí misma.

Sesshomaru me lanza una mirada atenta y frunce los labios suavemente ante mi tono quebrado que pugna con mi poco coraje por sonar firme.

Inhalo hondo y decido que si de todas formas estamos haciendo "esto" de nuevo, lo menos que merezco es que la charla sea de dos.

-Me lastimaste—puntualizo, señalándome el pecho con una mano sin darme cuenta—No te importó romperme el corazón.

—Planeaste tu vida conmigo, Rin—argulle como si ello aclarara todo.

-¡Ya lo sé!—grito, asifixiada por el recordatorio permanentemente de su rechazo— ¡Rompí el trato! ¿Por qué te empeñas en recordármelo?—suplico. En serio estoy interesada en averiguar de dónde surge su fascinación por hacerme miserable.

-¡Porque no iba a permitir que gastaras tu vida conmigo!—alza la voz, dejando de contenerse-¿Te has preguntado por qué pasé años alejado de mi propia familia solo hasta que Inuyasha me convenció de volver? ¿Por qué el sexo sabe mejor sin sentimientos?

-¿Gastar?—balbuceo llevándome una mano al pecho, abrumada por el exceso de información.

-Soy diez años mayor que tú, maldición—gruñe pasándose una mano por los cabellos—Llevarlo más lejos solamente te perjudicaría: no soy el hombre que necesitas—puntualiza dando un par de pasos hacía mí, engulléndome totalmente con su presencia varonil.

Y pese a ello, mi confusión aumenta.

-Y luego dijiste que me amabas—resopla frustrado, como si ello, otra vez, fuera suficiente explicación—Continuar viéndonos provocaría que en algún punto quisieras algo más.

-¿Qué tenía de malo amarte?—gimo—Pensar en que tú y yo podríamos, algún día…

-¡Mi padre murió y me dejó solo con Inuyasha, maldita sea!

Retrocedo automáticamente, golpeada por la brusca confesión. El aliento se me escapa totalmente, oigo mi pulso golpear detrás de mis orejas y el sonido resulta ensordecedor. Me siento desorientada, todo está girando vertiginosamente y mi mente todavía no asimila lo que he escuchado.

Sesshomaru, en cambio, parece sosegarse de a poco, cierra los puños con tanta fuerza que los nudillos se le emblanquecen…Respira agitadamente, furioso, aunque no estoy segura hacia quién está dirigida su frustración.

Permanezco en silencio, luchando contra el temblor en mi cuerpo; mis respiraciones ni siquiera van al ritmo acelerado de mi corazón, sus palpitares me martillean la caja torácica con dolor físico de verdad.

¿A eso se reducía? ¿Su respeto por la familia era una farsa elaborada porque en realidad…estaba dolido con su orfandad?

No obstante, mi mente me acusa por sentirme cohibida por una respuesta inesperada a todas las preguntas que me torturaron durante meses, castigándome a mí misma con respuestas que me hundían en el agobio y me demostraban lo poca cosa que soy para él.

Y, en ese estado de turbación, llena de enojo y con la aplastante sensación de insidia que me envuelve el corazón, no logro más que martirizarme con lo que, de pronto, me parece solo una pobre justificación.

-¿Esa es tu excusa?—logro balbucir-¿Te dio…miedo?—pensar que estaba asustado suena ridículo pero no encuentro otra explicación ahora que quiero aferrarme, con todo, a la idea de que realmente no dijo todo eso en serio, que su hiriente comportamiento no fue más que una reacción instintiva, quizás hasta inconsciente para no involucrarse al punto de crear un vínculo…como el que él perdió cuando Inuyasha y él eran niños.

Quiero creer que Sesshomaru, después de todo, también me ama.

-¿Miedo?—suelta una risotada amarga. Me la impresión que retrocede en sus palabras, movido por la coraza que levanta cuando comienza a sentirse amenazado.

—Tú eres quien debía temer, eras tú la que quería arriesgarse a pasar conmigo su vida—la forma de decirlo me semeja mucho una especie de mal augurio—Eras tú la que estaba dispuesta a sacrificar diez años de su vida por mí.

-¿Sacrificar?

-Deja de repetir lo que digo convirtiéndolo en pregunta—gruñe, contrariado. Inhala profundo, se muerde el labio inferior y brama otro juramento entre dientes.

Nos envuelve un intolerable mutismo; descubro, para mi infinita sorpresa, que yo todavía cuento con un poco de fuerza para mantenerme firme y decido hablar.

-Vete—suplico a media voz, mordiéndome los labios.

No puedo controlar el filtro en mi mente y toda la información se encima una a otra sin opción a tregua.

Sesshomaru se vuelve a mí de golpe, entorna los ojos y avanza los escasos pasos que nos separan todavía; demasiado tarde reacciono e intento escabullirme; no lo logro. Me pasma su brusquedad cuando extrae y arroja la silla que le estorba, que va a estrellarse a algún lugar.

Sus fuertes brazos me sostienen por la cintura, levantándome sin ningún esfuerzo y colocándome sobre la mesa; Sesshomaru se abre paso entre mis piernas fácilmente, haciendo caso omiso de mi débil réplica o mis manos que intentan, en vano, ganar espacio entre nosotros.

Sus palmas suben hasta mi rostro, acunándolo.

-Y sigues sin entender—gruñe contra mis labios— ¿Cuántas veces te quedaste aquí esperando por mí, ignorando a todo el que te rodea y haciendo tu propia vida a un lado?

Me muerdo los labios con más fuerza, apretando también los párpados para evitar que salgan las lágrimas que no se cansan de traicionarme.

-No soy la mierda que crees que soy, Rin—su aliento roza mi boca haciéndome estremecer—Tenías miedo al embarazo, lo menos que merecías de mí era apaciguarlo…-su frente se estrella suavemente a la mía—Robarte tu vida unos meses estaba bien, pero arrastrar tu alegría a la mía…-se interrumpe-Yo no puedo darte los diez años que nos separan…Eres una niña inmadura e infantil—jadea, suelta una maldición ronca. Y me besa.

La repentina apertura me descoloca, jamás lo he visto elevar y bajar tan abruptamente sus emociones de esta forma, como en una montaña rusa, ni siquiera cuando el alcohol le nubló el raciocinio: él normalmente está cuidadosamente controlado; inclusive enfrentando a Kohaku se mantuvo más o menos estoico.

Su ferviente beso logra apoderarse de mi oxígeno, como si me arrancara la vida. Muy a mi pesar experimento esa poderosa sensación que explota en mi pecho como fuegos artificiales, pirotecnia pura que me marea y engulle en una vorágine.

Mis manos pierden fuerza contra su pecho, dejan de empujarlo para aferrar los bordes de su camisa y atraerlo a mí, luego vuelan sobre su nuca, enredo los dedos a sus cabellos y me cuelgo de él para asegurarme que no se separará de mí. Al menos no en este instante.

El fuego sube por mi cuerpo aunque antes de desembocar en mi entrepierna, me hincha el pecho devolviéndole a mi corazón la consistencia necesaria para volver a juntar sus pedazos.

Su mano me sujeta por la cintura, colándose por debajo de mi playera, haciéndome estremecer con su tacto suave y la estela de calidez que deja a su paso.

El aroma a cítricos que emana me embriaga.

A punto de desabotonarle el resto de los botones, él se separa lo suficiente como para permitirme recuperar el aliento, acordarme de respirar y tomar consciencia de que Inuyasha bien puede tener bastantes razones para decir lo que dijo.

-Vuelve—masculla sosteniéndome la mano izquierda y deslizando fuera el anillo de compromiso. La culpa me invade y estoy a punto de preferir estar muerta—No me importa lo que cueste. Al diablo Kohaku y al diablo los Taisho—repite, con más entereza que la ocasión anterior.

Tiemblo.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo puede existir un sentimiento tan intenso que rebase inclusive el sentido del deber? De lo correcto y lo justo. ¿Cómo puede sobrevivir una sensación así a los embistes del desprecio y la humillación?

Y pese a ello, porque soy demasiado estúpida o porque lo amo profundamente, me inclino por un anhelo que de antemano sé que destrozará el corazón otra vez.

Sesshomaru sonríe de lado sin soberbia de por medio, regalándome mi gesto favorito en él: el sincero. Sin máscaras ni corazas de protección.

Y sumergida en el abismo en el que estamos, me doy el gusto culposo de disfrutar de su tacto antes de recuperar la poca cordura que me queda y volver a la realidad.

-Estás justificándote conmigo—murmuro, suena irreal dicho en voz alta—Me estás dando explicaciones también—me muerdo el interior del labio—

Y ahora mismo estás aquí pretendiendo una disculpa que en realidad no lo es—ataco con el sabor amargo en el paladar—Ni siquiera sé cuál de los dos Sesshomaru es el real—admito, derrotada, divertida macabramente con mi propio comentario ridículo. Aspiro hondo—Vete.

Él se crispa pero accede a apartarse un paso, liberándome de su calor.

Aspira hondo, recuperando la compostura tan dueño de sí mismo como siempre; rebusca en el bolsillo de su pantalón y saca una pequeña llave plateada que deposita sobre la mesa, a mi lado.

—Esta sí abre el bungalow.

-Es de Inuyasha—digo, no sé porqué.

-No es suyo ni mío—corrige con suavidad, luego, sostiene mi mano contra su firme pecho y me da la impresión de que no hablamos de lo mismo. Pero eso seguramente se debe a mi propia ineptitud mental que se empeña en querer creerle.

Sesshomaru se aparta y automáticamente junto las rodillas, sintiéndome desprotegida. Lo veo encaminarse hacia la puerta, sostiene la perilla y me siento incapaz de verlo marcharse.

-Discúlpame, Rin.

Su voz hace eco en mi mente.

Me estremezco pero al alzar el rostro, él ya se ha ido.


Esto ya no puede seguir la misma senda, como un interminable círculo vicioso: Sesshomaru aparece y yo me desmorono, finjo entereza y sigo adelante con mi total intención para recuperar la confianza de Kohaku y enmendar mis errores.

El tiempo de gracia de Kohaku no será eterno y exigirá una respuesta, sino es que ya la espera, lo cual debe ser seguro. Falta una semana y media para la boda…

Supiro con pesadez.

No quiero pensar en las disculpas de Sesshomaru ni sus palabras encaminadas a justificar su cruel actitud que rompió mi alma en demasiados pedazos como para ser contados. Pensar que lo hizo por suponer que era mejor para mí, por algún motivo, me abruma; sobre todo porque una parte de él tuvo razón: desde que lo conocí, toda mi vida giró entorno a él. Inclusive estando rodeada de más personas mi mente seguía añorando estar a su lado…

Mirar el departamento ahora me provoca sensaciones agridulces, por una parte me da una esperanza ilusoria sobre el pasado; y por la otra, sencillamente me asquea creer que Sesshomaru haya actuado así pretendiendo que me hacía un bien a largo plazo. O a él mismo.

Su preocupación parece exagerada, y sobre todo mal encaminada, es quizás porque yo estaba dispuesta a convertirme en todo lo que él pidiera…Y él se dio cuenta.

¿Hasta dónde está bien amar? ¿Existe un límite?

-No—murmuro a la nada. Sesshomaru se acorazó a último momento, tal vez haya algo de esa inquietud por sacarme diez años o arrebatarme lo que yo con gusto le habría dado: esa década que probablemente no podía vivir a su lado, con las locuras y experiencias de esa etapa en mi vida. Empero ¿qué no asistí a varias fiestas pese a nuestra "no relación"? Acepto, totalmente, que mi vida giró entorno a él pero sus propias ocupaciones abrían siempre una brecha de separación que me permitían extrañarlo en compañía de otras personas.

No era esa la razón para su brutal rechazo, al menos no completamente.

¿Qué tanto había de cierto en su breve lapso de irracionalidad? En el recordatorio de la muerte de su padre, específicamente, que sonó como un reproche amargo.

La luz artificial del foco brilla contra la joya de mi anillo de compromiso con mucha más belleza que al depositarse sobre el simplón metal de la llave. Ambos objetos, que son mucho más que eso, están frente a mí como si se tratasen de puertas…

De dos senderos totalmente distintos.

Y tengo que tomar la decisión definitiva, elegir alguno pese a que he lastimado a uno de ellos por amar al otro, cuya crueldad me redujo a nada.

Un lujo que parece demasiado para lo que yo merezo.

Kohaku merece mi penitencia, mi esfuerzo total para enmendarme…aunque no lo ame.

Sesshomaru merece mi desprecio… ¿mi comprensión?

¿Hasta dónde alcanzará su determinación como para moverse el filo de su propia ruina? ¿Y la mía?

Cierro los ojos, me siento mareada.

Permanezco en la oscuridad de mi consciencia unos segundos antes de volver a la realidad, estirar el brazo y coger uno de ellos.


Talvez hay algo de OoC de Inuyasha pero es necesario jajaja.

¿Rin seguirá con la idea de casarse?

Fue una justificación lo que le dijo Sesshomaru a su comportamiento y actitud?

Nos leemos en el proximo

Bye!