Capítulo 30

3 de noviembre de 1952.

10:30 horas

Era común el papeleo en aquel cuartel.

Escritura de bitácoras, archivar casos policiales, atender diligencias de los ciudadanos de Tokio, cosas de lo más normales, comunes y corrientes.

Nada podía sorprender a nadie en ese cuartel, la verdad.

Isao Kondo, a pesar de tener un corazón bondadoso, después de la guerra ya no le quedaba mucho por lo que asombrarse, mucho menos a Toushiro Hijikata, quien casi pierde la vida en una de las batallas; batalla en la que casualmente se había encontrado al hermano menor de la mujer a la que alguna vez amó.

Los casos de desapariciones también eran usuales, después de todos muchos jóvenes se escapaban de casa por típicas rabietas de adolescente y cosas por el estilo, por lo que, cuando aquella mujer que decía venir de la familia Hisashi había anunciado que su hijo estaba desaparecido llegó al cuartel, no sorprendió a nadie. Tomaron el caso, pero realmente no se esmeraron mucho en resolverlo.

"A de ser otro idiota que se fue de juerga por ahí y no ha regresado a casa por borrachera" Pensaba Hijikata. Fumaba de su cigarro mientras esa señora le hablaba, aunque todo le parecía realmente aburrido.

— Mire, Señora Hisashi — le decía con su voz apática —no se afane mucho en buscarlo. Seguramente debe estar divirtiéndose por ahí. Puede que mañana por la mañana regrese.

— Usted no entiende, Señor Hijikata. Mi Hongou es un niño de bien. Hace un mes que no recibo noticias de él y me estoy preocupando. Él es muy atento conmigo. — La dama sonaba bastante preocupada.

— Señora, si hace un mes que desapareció, ¿por qué no vino antes? Si el chico es tan atento con usted, debió haberse percatado de que algo andaba mal cuando no regreso a la casa a la semana siguiente. — El caso le parecía una pérdida de tiempo. Lo que la mujer decía tenía tan poca consistencia que llegó a pensar que todo aquello era una farsa de una mujer aburrida que solo quería llamar la atención de la policía.

— Vera. No quise venir antes porque mi hijo me dijo que conocería a una mujer y la conquistaría. Una mujer con mucho dinero.

— Señora Madre — le decía ahora en un tono cansado —La policía no se hace cargo por líos de faldas. Quizás está tan divertido con su nueva esposa que seguramente se olvidó de usted.

— ¡Pero, oficial!

— ¿Siquiera tiene el nombre de esa mujer?

— No, pero…

— Por Dios… — Hijikata se levantó de su asiento e intentó llevar a la dama a la salida del cuartel — ¿No está muy grande como para jugar con la policía? No tiene 15 años…

— ¡Les juro que mi hijo me preocupa, por favor, hagan algo! ¡Les pagaré si es necesario!

— Esto es la policía, estimada dama. No tiene que pagarnos para atender su situación — Isao Kondo había aparecido por detrás de Hijikata para detener lo que estaba haciendo. — Toushi, no está bien que la despaches. Es un caso al fin y al cabo.

— Señor Kondo. Esta señora ni siquiera sabe bien como es su propio caso. Si no nos proporciona mejores pistas dudo que podamos ayudarla — insistía el hombre de negros cabellos y azul mirada.

— ¡Tengo pistas! Es sobre lo que me dijo mi hijo antes de irse.

Los dos hombres la miraron expectantes, aunque Hijikata estaba un poco impacientado por todo.

— Óigame usted. ¿Por qué no me dijo eso antes?

— Porque usted no me dejó continuar, señor Hijikata. — Toushiro la redirigió al asiento de la oficina en donde estaban y dejó que la madre hablara. — Verán. Mi hijo, antes de irse, mencionó algo sobre las afueras de Tokio, que iba a conocer a una mujer adinerada a las afueras de Tokio.

— Señora Hisashi — interrumpió Kondo — Hay un montón de mujeres adineradas a las afueras de Tokio: Soyo Yato, Kouka Yato, Kagura Sakata y Mutsu Sakamoto son buenos ejemplos. ¿No tiene una mejor pista que esa? ¿Esa mujer es casada, soltera, divorciada, tiene hijos, viuda?

La Señora Hisashi se vio envuelta en una pregunta que no sabía cómo responder. Realmente su hijo no le había proporcionado mayor información que la que les estaba dando a los oficiales.

— Realmente… no lo sé… — dijo nerviosa y con sus nudillos cerca de la boca.

— Demonios — chistó el ojiazul para luego dirigirse a su superior. — Le dije que era un caso perdido, Señor Kondo.

— No te preocupes Toushi. Es normal que no esté muy enterada de la situación. — Se acercó a la dama y le dio una sonrisa de aliento. — Después de todo, si tuviera una información completa no acudiría a nosotros. ¿No es así? — El hombre de cabellos marrón le extendió una pluma y un formulario a la madre — Por favor llene esto, Señora Hisashi. Tomaremos su caso.

— ¡Muchas gracias, Señor Kondo! — le decía casi con lágrimas en los ojos para luego llenar inmediatamente el formulario.

— ¿Está seguro de esto?

— Tranquilo, Toushi — le decía para acercarse a él y luego hablarle en susurro — No escogió mejor día para venir. Hoy debo asistir al cumpleaños de la Señora Sakata en su mansión. Estoy seguro que en esa fiesta podría estar la mujer adinerada a la que acudió el Señor Hisashi. Y si tengo un poco de suerte podría encontrármelo allí.

— ¿Y si no está? ¿Y si no encuentra nada?

— Seguiremos investigando… — Retomó su tono de voz normal y se dirigió a la dama — Señora Hisashi, ¿de casualidad tiene alguna foto de Hongou con usted?

— Oh, sí… Aunque… — dudaba si entregarles la foto. — Realmente me gustaría que fueran discretos a la hora de buscarlo. Si la noticia de que el hijo de los dueños de Hoteles Hisashi está desaparecido sale a la luz, se armará un escándalo. Mi esposo y yo no queremos eso, después de todo mi esposo se ha encontrado muy enfermo últimamente y no le gustaría lidiar con la prensa.

— Señora, ¿qué es más importante? ¿Su hijo o la empresa de su familia? — Inquirió Hijikata. Esa mujer lo estaba sacando ligeramente de quicio.

— Por favor, se lo ruego — agachó la cabeza como súplica y su voz se hallaba temblorosa.

— Imposible, nos demoraremos meses en resolver este caso, Señor Kondo.

— Por favor, la foto. Trataremos de ser discretos.

— Muchas gracias — les decía a la vez que les entregaba una pequeña foto tamaño carnet que llevaba en su billetera. — Tiene 27 años y mide entre 1.68 a 1.70 cm. Tiene cabellos castaños y ojos verde oscuro. — La dama se levantó de su asiento e hizo una leve reverencia — Muchas gracias por tomar el caso. Si saben de él, cualquier cosa, por favor llámenme.

Y entonces los dos oficiales vieron como la mujer se retiraba tras dejar el formulario en la mesa para que lo archivaran y comenzaran a investigar el caso.

20:30 horas.

— Tiene un salón muy bello, Señora Sakata — Isao Kondo ya se encontraba dentro de la mansión, vigilando cada punto de cada esquina. Atisbando si podía encontrar a Hisashi acompañado de alguna dama o quizás alguna pista de él.

— Muchas gracias, Señor Kondo. ¿Cómo ha ido el asunto policial últimamente? — Fue una pregunta que lo había pillado desprevenido ciertamente. Estaba tan centrado en el salón que le costaba tomar atención de las cosas que la cumpleañera le decía.

Luego de haber mantenido aquella charla un rato, de la que Otae también fue participe, Kondo Isao decidió investigar un poco en cuanto Kagura se había retirado del lugar para ir a hablar con Shinpachi.

Si algo sabía con certeza es que no le preguntaría a la bermellón sobre Hisashi, después de todo ¿Qué podría saber ella? No le parecía una mujer que estuviera interesada en otro asunto más que en la empresa, por lo que la existencia de pretendientes quedaba por completo descartada.

Fue entonces que se dirigió a la dama de cabellos negros, la cual estaba más cercana a él.

— Buenas noches, Señora Yato — le decía a Soyo mientras le daba una reverencia. Si bien la mujer estaba casada, las noticias corrían rápido en Tokio, especialmente cuando se trataba de personajes de la alta alcurnia, por lo que sabía que había tenido algunos problemas con su marido Kamui, y no le parecía extraño que quisiera tener alguna aventura con algún hombre adinerado.

— Buenas noches, Señor Kondo — le respondió cortésmente y preguntándose el por qué el jefe de la policía de Tokio le dirigía la palabra.

— Disculpe la molestia, pero el cuartel está en una investigación ahora mismo. De casualidad, ¿usted conoce a este hombre? — le mostró la foto de tamaño carnet a la joven y ella la tomó con delicadeza.

— Nunca lo he visto en mi vida, Señor Kondo. ¿Quién es?

— Oh, no puedo decirle más. Lamentablemente la familia pidió discreción. — le decía mientras tomaba la foto y la volvía a guardar. — De todas maneras gracias por responder.

Kondo estaba pensando que su pequeña investigación estaba siendo un fracaso. De las mujeres más adineradas y poderosas de las afueras de Tokio, no había ninguna que le pareciera sospechosa, por lo que decidió preguntar a cada una de las acompañantes, madres o hermanas de los invitados más refinados, sin embargo. Nada daba resultado.

Algunas decían "¡Claro, lo conozco! Es el hijo de la familia Hisashi" Eso le daba un atisbo de luz al de cabellos marrón, sin embargo, a la hora de preguntar si lo habían visto o conocido en persona, todas sus respuestas resultaban negativas.

En una instancia, decidió finalmente preguntar a Kagura, quien quedaba como última opción, sin embargo, no la encontraba por ningún lado, ni tampoco a su empleado de mayor confianza. ¡Ah, su objetivo al entrar a esa fiesta había fracasado por completo!

No podía preguntarle a los demás empleados, después de todo, ellos no sabrían nada de la vida privada de la dueña de la Empresa Armamentista Sakata.

4 de noviembre de 1952.

08:30 horas.

Isao Kondo entraba de mala gana a la oficina de la policía y Hijikata, quien siempre llegaba a primera hora de la mañana, había notado esto.

— ¿Qué ocurre, Señor Kondo?

— Ah… — suspiraba pesadamente y acomodaba su silla para sentarse — la investigación de ayer fue un fracaso. Ninguna de las damas adineradas que se encontraban allí vio a Hisashi.

— ¿Ni siquiera Kagura Sakata? — preguntó el más joven mientras ordenaba unos papeles en un estante.

— No le pregunté a ella. — el pelinegro se dio la vuelta para verlo con sorpresa y extrañeza. ¿Por qué la había pasado por alto?

— ¡¿No le preguntó?! ¡¿Por qué?! Puede que ella tenga alguna pista.

— Toushi, esa mujer está muy ocupada en sus asuntos económicos. ¿No has leído los periódicos? Esa empresa va de mal en peor. Además, es la mejor amiga de mi cuñado, sin contar que también en la viuda de Gintoki.

— Pero eso no quita que podría saber algo de Hisashi, Señor Kondo. ¿Y si el chico fue a conocerla a ella? Dijo que era una mujer adinerada y Kagura Sakata es viuda y tiene estatus. ¡Es algo que calza!

— Ella no está interesada en tener un amante — sostuvo el mayor cerrando los ojos y cruzándose de brazos — Como ya te dije, dudo que su cabeza ronde en algo más que en esa empresa. Además, si así fuera, Hisashi estaría en esa fiesta, ¿no?

Hijikata dejó de discutirle a su superior y terminó de ordenar el papeleo que hacía. Realmente ese caso tenía demasiados huecos y era casi imposible encontrar a Hongou si su familia había pedido explícitamente llevar la peripecia con mesura. Decidió entonces que tomaría el caso por su propia cuenta, sin que Kondo lo notase. Le podría llevar meses, pero necesitaba resolver esa maldita situación. A pesar de que pareciera no haberle tomado mucha importancia al asunto, el pelinegro no había podido dormir bien la noche anterior y es que, cuando se le presentaba un caso así de complicado, no podía sacárselo de entre ceja y ceja hasta poder resolverlo.

— ¿No hay noticias de Katsura? — preguntó Kondo haciendo que despabilara de sus pensamientos y volviera a tomarle atención.

— Yamazaki se estaba encargando de eso. Lo último que me dijo fue que no ha encontrado rastros de ese malnacido. Seguramente se dio a la fuga y debe ya estar en otro país. Así que di la orden a las embajadas japonesas para que se hicieran cargo.

— No puedo creer que ese asesino se nos haya escapado de las manos. — Kondo se mostraba un poco frustrado por todo — Es el principal sospechoso por la muerte de Gintoki Sakata. Espero que pronto lo encontremos.

— Lo mismo digo.

25 de marzo de 1953

— ¡Maldita sea! — La mesa de Toushiro Hijikata estaba rodeada de papeles que de nada le servían y entre ellos yacía un vaso de whisky a medio tomar y un cenicero lleno de cigarrillos. El departamento parecía un asco y la apariencia demacrada de su dueño no se quedaba atrás.

Todo ojeroso, desarreglado y despeinado, con la corbata suelta y la camisa afuera de los pantalones; Hijikata se veía deslucido y desaliñado. ¿La razón de esto? Aun no encontrar una mísera pista de Hisashi.

Salió de su departamento y pensó "Quizás encuentre alguna pista en los periódicos de hace algunos meses" y se dirigió a la biblioteca de Tokio.

La gente lo miraba al pasar, si es que parecía un alcohólico con resaca de tan mal que se veía, ¿y en pleno mediodía? ¡Qué pensarían las personas, Dios mío! Aunque eso al pelinegro le importaba una mierda.

Entró a la biblioteca y busco en los diarios de hace algunos meses. Buscó en cada uno de los periódicos más importantes, día a día, pero nada encontró.

Ya le habían dado las 20:00 buscando y buscando pistas. Pensó en rendirse. Fue entonces que divisó uno de los que tenían peor fama, esos de los que tachan de "prensa amarillista", los cuales, realmente, muy poca gente en Tokio leía. ¿A quién le interesaba saber los rumores de los actores y actrices más populares de Japón? Solo los idiotas leían eso.

Hijikata tomó uno del día 29 de septiembre de 1952, esperanzado en encontrar alguna pista. Pero inmediatamente desistió. ¿Por qué encontraría algún indicio en un periódico anterior a la desaparición de Hisashi?

Lanzó a un lado aquellos papeles y se abrieron en una página peculiar. Una página de anuncios. No sabía por qué se le ocurrió mirar allí, pero algo le decía que tenía que hacerlo y comenzó a leer cada uno de los anuncios que se presentaban en ese periódico.

Hasta que se topó con ese decisivo que le haría sentirse feliz al poder avanzar al fin un poco en la investigación.

"Busco un marido con quien compartir mi fortuna y con quien tener un hijo para que herede mi empresa.

Si estás interesado, no dudes en visitarme a las afueras de Tokio. Deberás traer dinero para el hospedaje.

Atte. Kagura Sakata"

¡Bingo! Esa mujer podría tener alguna pista y aquel anuncio lo demostraba.

Realmente era una persona inteligente. La malnacida había puesto ese anuncio en un periódico que casi nadie leía. Hisashi era un burdo idiota.

Tomó su abrigo, dejó los periódicos en su lugar y se llevó el que tenía el anuncio.

Se dirigió a su auto y emprendió su marcha a la mansión Sakata. ¡Maldita sea, que feliz estaba de estar avanzando en ese maldito caso!

21:00 horas.

— Buenas noches, Sougo… — dijo en cuanto el castaño abrió la puerta de la mansión. Si bien se sorprendió al verlo allí ya que lo último que supo de él fue que había desaparecido en acción durante el bombardeo en el que estuvieron, decidió mantener la compostura, eliminando todo rastro de nerviosismo, estaba ahí por algo más importante que un mero sentimentalismo.

— Hijikata… — Su contraparte estaba tan o más atónito que él. Notaba como sus ojos se abrían de par en par y no lograba articular palabra alguna.

— ¿Qué pasa? Actúas como si hubieras visto un fantasma. — Y no podía estar más identificado con esa frase. Aunque se la dijera a Sougo, sentía que se la decía a él mismo.

— Pensé que habías muerto en ese bombardeo…

— Podría decir lo mismo de ti. Pero no vengo a preguntarte cómo estás ni cómo sobreviviste. — le decía mientras encendía otro cigarrillo para poder tranquilizarse.

— ¿A qué viniste? Estas interrumpiendo una celebración importante. — Sougo finalmente se había puesto firme con Hijikata. No quería mostrar debilidad, mucho menos a él.

— Necesito hablar con la Señora Sakata.

—… Ella está ocupada en estos momentos — Mintió, pero no entendía el por qué le había costado hacerlo delante de Hijikata — Está atendiendo a sus invitados.

— Ya veo — respondió, sin embargo no se iría de allí en vano — Entonces te preguntaré a ti, supongo que son cercanos y sabes cómo se mueven sus círculos. Después de todo eras empleado de Gintoki, no me parecería extraño que siguieras sirviendo a la familia Sakata.

— Estás en lo cierto. — le respondió. — Sirvo a los Sakata desde que conocí al jefe y a la Señora desde que se casó con Gin. — Fingía que era su simple empleado, después de todo Hijikata no tenía por qué saber la verdad.

— Comprendo. Entonces — sacó una foto de su bolsillo y se la enseñó — ¿Has visto a este hombre? Su nombre es Hongou Hisashi. Lo he estado buscando hace meses, estoy investigando su caso. — Solo había mostrado la foto, de lo nervioso y ansioso que estaba se había olvidado por completo del periódico que había dejado en el auto.

— Jo… ¿Te volviste un detective de poca monta? — desvió por completo su respuesta con otra pregunta. ¡Demonios! Pensaba que nunca más vería la cara de ese malnacido de Hisashi, ¿pero resulta que ahora lo estaban buscando? Justo cuando había solucionado su vida con Kagura y les estaba yendo de lo más bien con la nueva empresa. — Lo siento, Hijikata, pero nunca lo he visto en mi vida. — Mintió, trato de ser lo más convincente posible y deseó con ansias que Hijikata se creyera eso.

— Ya veo, es una lástima. Es como si a este chico se lo hubiera tragado la tierra — se rascaba la cabeza lamentando ese inútil viaje.

"O los cerdos…" Pensaba Sougo y trataba de no reírse por recordar la gratificante muerte de su víctima.

— Bueno, ya que estás aquí, ¿por qué no entras a la fiesta? — le preguntó, aunque deseaba que negara aquella invitación. Solo se lo había consultado por cortesía porque realmente no quería compartir el mismo espacio cuadrado con ese hijo de puta.

— No, muchas gracias, debo volver. Estoy cansado y debo seguir investigando.

Kagura se sentía curiosa por la tardanza de su esposo, por lo que se dirigió a la puerta y lo único que logró escuchar fue un "Está bien, hasta luego" para luego ver como Okita cerraba la puerta.

— ¿Quién era, Sougo? — el castaño, en cuanto escuchó la voz de su esposa se abalanzó hacia sus brazos y hundió su rostro en su cuello.

— Kagura… Creí que ese malnacido estaba muerto… — le decía en un susurro. Podían hablar tranquilamente en ese lugar. Todos los invitados estaban en la sala de eventos y ellos estaban solos frente a la puerta.

— ¡¿Eh?! ¿De qué hablas? No te entiendo, cariño

— Toushiro Hijikata… vino hasta acá…

— ¡¿Hijikata?! — la bermellón ya sabía de aquel nombre, después de todo su esposo le había contado cada detalle sobre su persona y sobre el amorío que el pelinegro había tenido con su hermana. — Sougo…

— Sigue el caso de Hisashi — se separó un poco de ella, pero no la miraba a los ojos — Alguien denunció su desaparición y lo están buscando de hace meses. Me preguntaron si lo había visto, obviamente dije que no, pero… — finalmente le dedicó una mirada carmesí y se clavó en sus ojos azules. — Temo por nosotros, Kagura…

La mujer no sabía que decir. ¿Estaban en peligro o podrían zafarse de esa situación de alguna manera? No había rastros de las víctimas. Cualquier cosa que perteneciera a ellas ya lo habían quemado, botado y vendido. Así que por ese lado podrían estar completamente seguros.

Tomó el rostro de su esposo con ambas manos y depositó en sus labios un beso que le indicaba la seguridad que tendrían de ahora en adelante.

— Tranquilo, Sougo. Nos protegeremos y nada nos pasará, ¿está bien?

El castaño le dio otro beso y tratando de cambiar su semblante se dirigieron nuevamente al salón con los invitados.

Gracias a Dios que ese maldito anuncio ya no se encontraba en ese periódico de mala muerte hacía ya dos meses atrás.

26 de marzo de 1953.

El cuerpo de esa noticia había dejado helados tanto a Sougo como a Kagura.

"Se haya muerta a las afueras de Hokkaido una mujer de cabello rubio y ojos amatista de entre 30 a 35 años.

Este lunes 23 de marzo se encontró el cuerpo de una mujer identificada como Tsukuyo Davis de 34 años de edad.

Se sospecha que fue una espía del gobierno estadounidense durante la segunda guerra mundial. Aún no se saben los datos con exactitud del caso, pero se especula que fue asesinada. Los más osados dicen que fue asesinada por el mismo gobierno norteamericano.

Hasta el momento no se sabe más sobre el asunto."

Se miraron mutuamente y luego miraron al niño que habían adoptado.

Lamentaban de todo corazón que el pequeño Gin nunca más pudiera ver a su madre.


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