Notas:
1) La versión en chino de "Lealtad" se encuentra disponible hasta el capítulo 6 ^O^. Pueden encontrarla en archiveofourown org /works/24389662/chapters/60411346. ¡Gracias a Christy por la traducción!
2) En caso se estén preguntando sobre la interacción de Lilly con Joe Higashi en este universo: pueden asumir que es algo que ocurre, tal como en los Fatal Fury/KOFs, pero lo omitiré porque no es relevante para la historia que quiero contar ^^. Con unas pocas excepciones, el enfoque sólo girará en torno a Billy, Geese, Lilly, Ripper y Hopper, y los aspectos que profundicen la relación entre ellos.
Después de poner suficiente distancia entre Stroheim y él, Billy descendió de la motocicleta que había tomado "prestada" y entró en un bar. Una llamada desde el teléfono público fue suficiente para coordinar su regreso a Estados Unidos. Howard Connection no tenía negocios extensos en Alemania, pero sí una red de contactos, y Billy no tuvo que esperar más que unos minutos antes de que un sedán Bentley se detuviera frente al establecimiento, para extrañeza de la poca clientela.
El conductor descendió y abrió la portezuela del vehículo para él, tras saludarlo con un educado "señor Kane" y una inclinación de cabeza. Pese a que era un lujo totalmente innecesario, Billy no desaprobó la elección de transporte. El joven sabía que la presencia de ese chofer y ese vehículo en particular eran una decisión tomada tiempo atrás, por alguien cuya posición estaba muy por encima de él.
Su llamada desde el teléfono público sólo había puesto en marcha la maquinaria de recursos de Howard Connection. Ese auto había estado reservado para él, esperando a que él cumpliera su misión. Sin duda, el modelo y la marca habían sido decididos hacía meses. Y Billy sabía bien que esa marca era la preferida de su jefe.
Geese-sama no iba a enviarle un vehículo cualquiera, porque Billy ya no necesitaba simular ser el subordinado de otra persona. Volvía a ser un miembro de Howard Connection, con todas las comodidades y lujos que eso implicaba.
Billy se arrellanó en el cómodo asiento, suspirando con alivio y tocando el pergamino que estaba oculto bajo sus ropas. Por curiosidad, abrió el compartimento reservado para los licores y copas y encontró una botella del cognac favorito de Geese. Aquello le hizo sonreír, pero Billy descartó el abrir la botella para hacer un brindis consigo mismo por un trabajo bien hecho. Quería tener la mente clara, para poder cuidar bien del pergamino hasta que éste estuviera seguro en manos de su jefe. No podía relajarse hasta abandonar el territorio alemán. Los recursos de Geese-sama eran extensos, pero aquel país, y quizá parte del continente, estaban bajo la influencia de Krauser.
Al pensar en el noble, Billy se preguntó brevemente qué habría pasado con él, pero el pensamiento pronto quedó olvidado y fue reemplazado por una intensa impaciencia matizada de nerviosismo. Iba a volver a casa ese mismo día. Después de casi diez meses, volvería a estar con Geese-sama.
Howard Connection había rentado un jet privado especialmente para él. Billy sintió cierto horror al pensar en el costo, pero luego se dio cuenta de que, incluso si Geese-sama descontaba el alquiler del avión de su sueldo, a él no le importaba en absoluto. En ese momento, el dinero le traía sin cuidado. Solamente le preocupaban las horas de viaje que tenía por delante y que lo separaban de su jefe. Esperar por un asiento en un vuelo comercial habría sido un martirio, y Billy se sintió agradecido de que Geese-sama le estuviera facilitando tanto las cosas. Era agradable estar de vuelta como parte de su eficiente organización.
Mientras esperaban la autorización para despegar, las imágenes del televisor de la cabina mostraron un segmento noticioso y Billy reconoció de inmediato el castillo de Stroheim. La toma estaba filmada desde lo alto, y enfocaba el lago y la torre donde Billy había vivido por meses. Las aguas usualmente calmadas de la laguna eran surcadas por algunos botes de rescate, y había buzos haciendo señas entre los peñascos. A Billy le pareció ver a Laurence en uno de los botes, gritando órdenes.
El joven contempló la pantalla hasta que ésta se apagó para el despegue. No necesitó ver más para adivinar lo que había sucedido. Probablemente alguien había caído desde lo alto de la torre a la laguna. Si ése había sido Krauser, la ironía sería grande, pero Billy no sintió la satisfacción que esperaba, porque eso significaba que Terry había salido victorioso otra vez.
Sin embargo, en esa ocasión, Billy no permitió que Terry arruinara la sensación agradable que lo embargaba. Todo su ser estaba enfocado en el retorno. Quería ver a Geese-sama y oír su voz. Anhelaba ver la expresión de su rostro cuando le informara que había cumplido sus órdenes al pie de la letra de manera exitosa. No necesitaba palabras, pero esperaba al menos recibir una sonrisa complacida.
Y luego de eso, quería la tranquilidad de saber que, al llegar el siguiente día, iba a estar a su lado.
No quería tener que separarse de él nunca más.
Billy no quería dormir para no perder de vista el pergamino, y las horas en el avión pasaron con suma lentitud.
Intentando calmar su creciente impaciencia, el rubio examinó aquella preciada posesión que Geese-sama le había encargado.
A primera vista era muy similar al pergamino que ya estaba en manos de Geese, salvo por el color de las varillas. Probablemente el texto era distinto también, y su poder debía ser otro. Billy no había podido obtener mayor información sobre los pergaminos de parte de Krauser. Aquel tema había sido difícil de abordar. Al inicio, Krauser lo había interrogado, porque también estaba interesado en obtener el juego completo. Como siempre, Billy había recurrido a la excusa de ser "sólo un guardaespaldas" al cual Geese no le revelaba todos sus secretos.
Y, cuando había sido su turno de hacerle preguntas a Krauser, el noble simplemente lo había ignorado.
Billy tocó con suavidad la gastada superficie del papel. Esperaba que Geese no intentara acceder a los secretos del pergamino como lo había hecho en Japón y acabara afectado por su poder otra vez. Sin embargo, a diferencia de aquellos días en Howard Estate, ahora Billy sentía un mayor interés por el misterio que dormía en esa vieja reliquia. Su jefe le había hablado de inmortalidad, y la inmortalidad sonaba como una conveniente garantía para el futuro, en especial si Terry volvía a aparecer, o si Laurence intentaba vengar a su jefe.
Billy guardó el pergamino. "Pero, si Geese-sama fuera inmortal, ya no necesitaría un guardaespaldas", pensó con sorna. Y aquello le hizo sentir el cargo de consciencia que no lo había abandonado en todos esos meses.
Había completado esa misión con éxito, pero aquello no borraba el hecho de que había fallado en su deber como guardaespaldas. Laurence había repetido hasta el cansancio, a modo de pesada burla, que Billy era un fracaso, y Billy no había encontrado una manera de refutarlo, porque sentía que era la verdad.
Era algo en lo que pensaba a menudo, en especial cuando despertaba en medio de la noche debido a las constantes pesadillas en que veía a Geese cayendo del rascacielos. Estar lejos de su jefe no ayudaba a calmar sus sueños. Y Billy sospechaba que, incluso estando al lado de Geese, esas imágenes continuarían agobiándolo, porque el temor de perder a su jefe se había convertido en parte de él.
"No va a ocurrir de nuevo, no voy a permitirlo", se dijo el joven, intentando pensar en otra cosa.
Había intentado aprovechar esos diez meses al máximo. El resto de empleados de Krauser no habían estado a su altura, pero, después de ganarse la confianza de Laurence, Billy había entrenado con él y, a pesar de que había recibido algunos inesperados cortes del afilado estoque del español, ahora sentía que su técnica había mejorado. Era más fuerte y hábil que antes, y eso le ayudaría a mejorar su desempeño como guardaespaldas.
Pero no iba a saber si aquello era suficiente hasta que pudiera medirse contra Terry Bogard.
Billy miró por la ventanilla del avión, y sólo vio nubes extendiéndose hasta el horizonte.
Su impaciencia continuó aumentado.
Ripper y un pequeño contingente de seguridad esperaba por él en la pista de aterrizaje en el aeropuerto de South Town. Billy experimentó una extraña alegría al ver al calvo secretario, pero Ripper no dio ninguna señal de corresponder aquel sentimiento. Solamente abrió un maletín negro que llevaba en sus manos, cuyo interior acolchado tenía el espacio exacto para albergar al pergamino que Billy traía consigo, y esperó a que el joven depositara la reliquia en él.
—Esto sigue siendo tu responsabilidad —indicó Ripper, cerrando el maletín con cuidado y entregándoselo a Billy—. Vamos.
La limosina estaba ahí. Los otros guardias saludaron a Billy con respeto, porque él era la figura con mayor autoridad en ausencia de Geese.
Ripper subió con él a la parte trasera del vehículo, y cerró la ventanilla que los separaba del conductor.
—Te ves bien. En comparación con la última vez —comentó Ripper cuando finalmente estuvieron en ese ambiente donde nadie podía oírlos.
—Tú estás más calvo —señaló Billy con una sonrisa entretenida, sin poder contener su excelente buen humor. Era la primera vez que experimentaba la sensación increíble de retornar a un lugar querido, donde lo esperaban personas que él estimaba—. ¿Cómo está "él"? —preguntó sin perder tiempo.
El rostro de Ripper se ensombreció.
—Aún convaleciente, pero ha mejorado bastante —respondió, sin dar detalles.
Billy sintió algo frío en su estómago.
—¿Aún no está bien? —exigió saber—. ¡Han pasado casi diez meses!
El secretario no perdió la compostura.
—Baja la voz —indicó severo—. Dada la gravedad de las heridas, el que haya mejorado en tan poco tiempo es increíble. Aún debe reposar, pero no ha sufrido ningún daño permanente y eso, según el médico, es un milagro.
Billy se sintió como un tonto por haber estado fantaseando con un reencuentro donde Geese-sama ya estaba bien. Las cosas no podían ser tan fáciles. Recuperarse de una caída como la que Geese había sufrido tomaba tiempo... El dolor de tener que verlo aún postrado en una cama no se comparaba en nada a lo que el empresario había tenido que soportar todos esos meses.
—Cuando me fui, la herida y la fractura en su cadera eran graves, y aún corría el riesgo de que sufriera una hemorragia interna —murmuró Billy, observando a través de la ventanilla hacia las familiares calles nocturnas de la ciudad—. Pero eso ya debería haber sanado, y más si estaba usando el poder del pergamino. ¿Qué es lo que ha tomado tanto tiempo?
—Lo importante es que ya está mucho mejor.
Billy entrecerró los ojos. Ripper era pésimo evadiendo preguntas.
—Responde—ordenó.
—Sufrió una lesión de cuidado en su espalda sobre la que no nos comentó nada —dijo Ripper—. Pero eso también ha mejorado. Quizá en algunas semanas más...
Billy cerró los ojos. Recordó la palidez e inmovilidad de Geese, la manera en que había estado arrastrando una de sus piernas y cómo no podía mover uno de sus brazos. Él no había insistido al respecto, porque Geese-sama lo había hecho sonar como que era una molestia pasajera.
—No has estado en South Town ni media hora y ya te ves agobiado —comentó Ripper con un suspiro—. No te preocupes tanto, él está bien.
Billy no respondió. El reencuentro que él había imaginado había desaparecido de su mente para ser reemplazado por el recuerdo de una habitación en penumbra, y la persona que él no había podido proteger, recostada con el rostro pálido contra las almohadas.
Billy había estado distraído por sus preocupaciones. No notó que entraban en el terreno de la mansión de Geese y enfilaban hacia la edificación anexa en vez de aparcar frente a la puerta principal.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Billy al bajar del auto y darse cuenta de que estaban frente a las puertas de las habitaciones que ocupaban Ripper y Hopper. Era de noche, y el jardín estaba iluminado por las lámparas que bordeaban el sendero.
Hopper salió de una de las habitaciones, seguido por una figura menuda y sonriente.
—Bienvenido —dijo el secretario.
—Bienvenido, hermano —dijo Lilly.
Billy los observó sin procesar lo que veía.
—¿Lilly? —consiguió decir—. ¿Q-qué haces aquí?
Sin embargo, Billy no esperó respuesta. Se acercó a la muchacha y la envolvió en un abrazo. No entendía qué estaba pasando, pero se sentía feliz de verla. Lilly hizo un sonido parecido al de una risa ahogada contra su pecho al corresponderle, porque el abrazo era demasiado fuerte.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó nuevamente Billy cuando consiguió separarse. Observó a Lilly de pies a cabeza y descubrió que su hermana había crecido algunos centímetros durante su ausencia. Su cabello estaba más largo, sujeto en dos trenzas hechas con esmero. Sus límpidos ojos celestes estaban ligeramente húmedos, y lo miraban llenos de dicha y afecto.
Ripper fue quien respondió.
—Era peligroso que viviera sola con los hombres de Krauser merodeando en la ciudad. Geese-sama ordenó que se alojara aquí.
—¿Geese-sama...? —repitió Billy, primero desconcertado y luego profundamente agradecido. El empresario había cumplido su palabra. Había cuidado de Lilly, la había mantenido a salvo en su ausencia. Y no sólo eso, la había traído al lugar más seguro en toda la ciudad.
—Yo también me sorprendí —acotó Lilly—. Quería contártelo todo en las cartas, pero no podía.
—Sí, las cartas... Ahora entiendo —murmuró Billy, observando a su hermana sorprendido—. Me preguntaba cómo hacían para coordinar los mensajes...
Lilly bajó la mirada un segundo y Billy notó que las mejillas de su hermana se sonrosaban.
—Geese-sama me dictaba lo que quería decirte —explicó, viéndose nerviosa y orgullosa a la vez.
Billy parpadeó. ¿Geese-sama y Lilly habían pasado tiempo juntos? ¿Y ahora Lilly se refería a él como "Geese-sama" también?
Aquello hizo que su aprecio y agradecimiento hacia su jefe crecieran incluso más. Geese había cuidado de Lilly, a su manera. Le había dedicado tiempo y le había dado algo útil que hacer, tal como había hecho con él tiempo atrás.
Y, tal como él, Lilly se veía honrada por ese trato, y orgullosa de haber complacido al empresario.
Lilly se recuperó al momento siguiente y preguntó:
—¿Estás cansado? ¿Has comido? Preparé una cena de bienvenida, y Ripper y Hopper compraron un pastel. Si no estás cansado, ¡queremos que nos cuentes todo sobre tu viaje!
Billy rio suavemente al ver que su hermana disimulaba su sonrojo con todas aquellas palabras. Notó también que los secretarios asentían a lo que ella decía, y que el trato de Lilly hacia ellos era muy casual. No los había llamado "señor" a pesar de que ella era mucho menor.
"¿Qué ha estado pasando aquí durante mi ausencia?" se preguntó el joven, mirando inquisidor a cada uno de los secretarios. Hizo una nota mental para luego hablar con ellos acerca de mantenerse a una distancia apropiada de su hermana.
—Una cena suena bien, no he comido nada desde... —Billy dejó la frase incompleta, para no mencionar que en su prisa por volver no había tomado un descanso desde que había abandonado el castillo de Krauser—. Pero antes debo reportarme —explicó, mirando hacia la mansión y las hileras de ventanas iluminadas en el segundo piso.
Apesadumbrado, Billy sonrió excusándose, consciente de que una vez más estaba dividido entre permanecer unos minutos con su hermana o ir hacia la persona que influía sobre él incluso cuando no estaba presente.
—Claro, tómate tu tiempo —dijo Lilly, correspondiendo la sonrisa, comprensiva—. Estaremos en la cocina.
Billy asintió y se dirigió hacia la mansión, sujetando con fuerza el maletín que contenía el pergamino. Sus pasos se aceleraron al traspasar la puerta principal, y luego comenzó a correr escaleras arriba, incapaz de controlarse. Aquel impulso era más fuerte que él. Nunca se había sentido así, como un niño embriagado por la ilusión del reencuentro.
El joven corrió por los pasillos en dirección a la habitación de Geese. Sobresaltó a algunos guardias en el camino pero nadie intentó detenerlo. Sus piernas parecían moverse por voluntad propia, y su corazón estaba acelerado no por la carrera, sino por...
—¿Tienes prisa por llegar a algún lado?
La voz provino de las puertas entreabiertas de la biblioteca, suave, pero lo suficientemente clara para que Billy la escuchara en medio de su carrera. Y había desaprobación en esa voz, y también un matiz burlón.
Billy regresó sobre sus pasos. Al empujar la puerta de la biblioteca, Geese estaba de pie frente a la ventana, cuyas cortinas estaban descorridas. Desde ahí se podía ver el jardín, y el anexo donde dormían los secretarios y Lilly. El salón olía a humo de cigarro y cognac.
—Geese-sama...
Billy se acercó, sus pasos lentos ahora, su mirada fija en Geese.
Su jefe lo contemplaba fijamente también. Vestía una fina camisa y un chaleco azul oscuro que delineaba su cintura. No había en él un rastro de indisposición, ninguna señal de que apenas unos días atrás había estado en cama, aún recuperándose de sus lesiones.
Billy continuó acercándose, absorbiendo cada detalle, preguntándose si los ojos de su jefe siempre habían sido tan duros, si su sonrisa siempre había tenido esa sombra de amenaza, como si estuviese tramando algo malo...
—Geese-sama —repitió Billy, deteniéndose y haciendo una inclinación—. Es un gusto verlo. Traje lo que me pidió.
—Muéstrame.
El joven ocultó la dicha que sentía al volver a oír esa voz. Suprimió el impulso que lo había hecho correr hacia ahí con la tonta ilusión de abrazar a su jefe. Geese lo observaba como si esperara un reporte, no un emotivo reencuentro.
Billy fue hacia una de las mesillas de la biblioteca y dejó el maletín ahí. Mientras ingresaba la clave para abrirlo, sintió que Geese se le acercaba y esperaba a su lado. Creyó que el empresario le pondría una mano en el hombro, o quizá en la espalda, pero eso no sucedió.
No sin cierta resignación, Billy comprendió que aquel momento, aquel reencuentro, había sido definido por su deber y su trabajo.
El maletín se abrió con un chasquido y Geese dejó escapar una tenue risa complacida al observar el contenido.
—Excelente trabajo, Billy —comentó, mientras alzaba delicadamente el pergamino.
—Thank you, sir.
Geese se inclinó hacia la luz, desenrolló algunos centímetros del viejo documento y luego fue a sentarse en uno de los sillones, junto a la lámpara encendida. Billy notó que había un vaso de cognac a medio beber en la mesilla contigua.
Por algunos segundos, Geese pareció absorto en el pergamino, pero luego miró a Billy, que esperaba a unos pasos de él.
—Tengo entendido que tu hermana preparó un recibimiento de bienvenida, no te necesitaré por el momento. Puedes retirarte.
Billy asintió, ignorando la decepción que lo embargó, e hizo otra inclinación antes de dirigirse hacia la puerta.
"Me trata como si nunca me hubiera ido, como si hoy fuera un día más de trabajo", pensó, presa de una agitación que era a la vez dolorosa y agradable. "Para él es como si nos hubiésemos visto ayer".
—Billy. —La voz de Geese se oyó desaprobadora, pese a que el joven no había expresado sus pensamientos de ninguna forma—. Después de que hayas cenado, espero un recuento detallado de lo sucedido durante el viaje.
La decepción quedó olvidada y Billy procuró reprimir una suave risa. "En verdad no sabe hacer las cosas como una persona normal", pensó para sí.
—Por supuesto, Geese-sama —respondió.
Lilly había preparado una multitud de platos, los preferidos de su hermano. La mesa de la cocina pronto quedó cubierta con fuentes y viandas de platillos mayormente hechos a base de huevo. Ripper y Hopper se sentaron a cenar con ellos, mostrando una normalidad que a Billy le resultó sospechosa.
Era como si los secretarios estuvieran acostumbrados a comer en esa mesa junto con su hermana. Hopper intentó ayudar a Lilly con los platos, pero la muchacha le dijo que no era necesario y Hopper, resignado, tomó asiento, como si ésa fuera una situación por la que había pasado muchas veces.
Bastó un bocado para que Billy recordara por qué la comida de Lilly era su favorita. Los secretarios comían de buena gana también, y Lilly se veía feliz y complacida.
—Esto debió requerir bastantes ingredientes, Lilly... —comentó Billy, mirando la mesa y la cocina en general—. ¿Los compraste tú...? Si el dinero que dejé antes del viaje no fue suficiente, puedo...
—Usé los ingredientes que estaban disponibles. Geese-sama lo autorizó —explicó Lilly—. Sólo el postre lo compramos con nuestro dinero.
—Ya veo... —murmuró Billy. Definitivamente necesitaba saber todo lo que había sucedido durante su ausencia—. Por cierto, ¿ahora es "Geese-sama"? —preguntó, enfatizando el honorífico extranjero.
Lilly apartó la mirada, viéndose cohibida por un segundo.
—Es... Es como ustedes lo llaman.
—Y al jefe le agrada que lo llamen así —intervino Ripper.
—Fue una buena decisión que lo llamara así —asintió Hopper.
Billy miró a los secretarios con ojos entrecerrados al ver que ambos habían salido en defensa de su hermana. Los secretarios dieron un respingo y bajaron la mirada hacia sus respectivos platos.
—Billy, ¡háblanos de tu viaje! —dijo Lilly entonces, sin notar nada.
El joven decidió complacerla y dejar sus reclamos a los secretarios para después. Mientras la cena continuaba, habló de Alemania y el castillo de Stroheim, y de temas inofensivos sobre su vida en Europa. En la versión que le dio a Lilly, su trabajo consistía mayormente en tareas de limpieza y una ocasional salida a alguna reunión lujosa y aburrida. Pero sus deberes fácilmente pasaban a un segundo plano, porque podía hablar sobre las propiedades de Krauser, los extensos jardines del castillo, las caballerizas, las mascotas, los viajes que había realizado por Europa y los lugares que había conocido.
Lilly escuchaba con interés. Ya estaba demasiado mayor para los cuentos de hadas, pero le hacía mucha gracia imaginar a Billy viviendo en la alta torre de un castillo.
En ningún momento Lilly preguntó por qué Geese lo había enviado a Europa, pese a que no tenía sentido que Billy se hubiese ausentado por tanto tiempo sólo para efectuar labores de limpieza. Billy no supo si Lilly estaba siendo discreta, o si Geese-sama habría compartido con ella la naturaleza de su trabajo.
Pensar eso hizo que Billy cayera en un silencio apesadumbrado, mientras los secretarios comentaban sobre las anécdotas que él había contado. Terminaron de cenar, y Lilly preparó café para todos. Hopper ayudó a servir los postres, y dejó una porción de un glaseado pastel de chocolate delante de cada uno.
El resto de la conversación giró en torno a lo que Lilly hacía cada día en la mansión. Al inicio, la muchacha se había entretenido en el jardín, y luego se había ofrecido a ayudar en la cocina. Al enterarse de ello, Geese-sama había propuesto que cumpliera un horario si así lo quería, el cual sería remunerado.
Lilly explicó avergonzada que ella no había querido aceptar el dinero, y Geese-sama no había estado muy contento con su negativa.
—Pero ahora la señorita Lilly sabe que no debe contravenir los deseos de Geese-sama —acotó Hopper.
—Sólo Billy puede hacer eso —asintió Ripper seriamente.
—¡Hey! —protestó el joven.
—Es la verdad —dijo Ripper.
—Pensé que Billy siempre hacía lo que Geese-sama pedía —dijo Lilly, curiosa.
—Así es —dijo Billy sonando orgulloso y amenazante.
—Bueno...
—Podría decirse que siempre acaba obedeciendo, pero...
—Oigan, ustedes dos... —interrumpió Billy, su tono de voz subiendo.
Sin embargo, el joven se interrumpió. Percibió una presencia tras la puerta cerrada de la cocina y sus sentidos se pusieron alerta.
Los secretarios y Lilly notaron su reacción, pero no alcanzaron a preguntar qué sucedía, porque la puerta se abrió suavemente.
Geese estaba en el umbral, observándolos a los cuatro con cierta curiosidad.
Billy se levantó de la silla por reflejo, y los secretarios también, pero, para su extrañeza, Ripper y Hopper se apresuraron a ir hacia Geese, viéndose preocupados. Hasta Lilly se había levantado y su postura indicaba que estaba lista para ofrecerle un punto de apoyo a Geese, en caso éste lo requiriera.
Sin embargo, Geese detuvo a los secretarios con un ademán seco y se dirigió a una de las sillas que estaban libres en la mesa, junto a Billy. El rubio se apresuró a apartar la silla para que su jefe se sentara mientras Lilly iba a la alacena a buscar una taza extra para servirle café.
Los secretarios se quedaron de pie junto a Geese, llenos de incertidumbre. Volver a sentarse a la mesa en presencia del empresario se sentía inapropiado.
Lilly volvió con el café, y también una porción del postre de chocolate, que Geese observó como si nunca hubiese visto algo semejante.
—Continúen con lo que hacían —señaló Geese al notar que todos sus empleados seguían de pie, y que Lilly los miraba confundida pero siguiendo su ejemplo.
Billy estaba desconcertado por la presencia de Geese en la cocina, pero fue el primero en obedecer. Lilly lo imitó, viéndose extrañada, pero no tan incómoda como Ripper y Hopper, que se sentaron con movimientos tiesos.
Hubo un silencio embarazoso. Los secretarios estaban inmóviles, Lilly algo cohibida. Sólo Billy se sentía a gusto de tener a Geese-sama ahí, sentado con ellos en una mesa que solía ser utilizada sólo por el personal de aquella mansión.
Geese no parecía ser consciente de lo intimidante que resultaba en una situación tan doméstica. Tomando una cucharilla, tocó una vez la cobertura glaseada del pastel y luego cortó un trozo, que se llevó a los labios, ajeno a las miradas de sus empleados.
—¿Es de su agrado, Geese-sama? —preguntó Billy.
—No está mal —concedió Geese, probando otro bocado, ligeramente más generoso esta vez.
—Es de una pastelería que recomendaban en una revista, Dimanche Chocolatiers —señaló Lilly, ganando confianza al ver que, tal como había ocurrido cuando ambos eran niños, Billy no se hacía problemas al hablar con Geese—. Ripper y Hopper fueron tan amables de ir a comprarla.
—Espero que no durante horas de trabajo —comentó Geese.
—¡Claro que no! —respondieron Ripper y Hopper a la vez.
—Ese lugar no es barato —agregó Geese, ignorando la agitación de sus secretarios.
—Quería algo especial para celebrar el regreso de Billy…
—Sumado a la seducción de tener el dinero, ¿no es así? —dijo Geese, mirando a Lilly a los ojos un momento y haciendo que la muchacha se sonrojara, como si hubiese sido reprendida.
Billy intervino entonces, porque él sabía que Geese sólo estaba bromeando, no recriminando, pero Lilly comenzaba a verse incómoda.
—Lilly, la cena habría sido más que suficiente —señaló—. Pero… gracias, por haberlo planeado todo.
Lilly sonrió y Billy se preguntó si él se habría equivocado. Su hermana no se veía afectada por las palabras de Geese. Hasta parecía más tranquila que los secretarios, quienes conocían a Geese desde hacía más tiempo que ellos.
Geese finalmente reparó en las tensas posturas de Ripper y Hopper.
—¿Qué pasa con ustedes? —quiso saber.
—Geese-sama, no era necesario que bajara de la habitación. Si deseaba algo, bastaba con que lo pidiera —dijo Ripper, sonando preocupado.
—¿Por qué? ¿No puedo venir a la cocina de mi propia casa?
—No quise decir eso…
Confuso, Billy miró a Geese y luego a Ripper.
—¿De qué hablan? ¿Sucedió algo mientras yo no estaba? —preguntó, extrañado.
—No —respondió Geese.
Ripper y Hopper no dijeron nada.
Billy se volvió hacia su hermana, y Lilly bajó la vista.
El joven podía intuir lo que estaba sucediendo. La recuperación de Geese-sama había tomado un largo tiempo, y el empresario aún no estaba bien. Él mismo había esperado encontrarlo acostado en la cama, y no de pie en la biblioteca.
Y ahora, a juzgar por las reacciones de los secretarios e incluso de Lilly, ninguno parecía pensar que Geese-sama estaba lo suficientemente bien para bajar al primer piso por sus propios medios.
Billy se sintió conmovido. Tal vez los secretarios no lo veían, y él mismo tenía problemas para aceptar que era verdad, pero la razón por la que Geese-sama estaba ahí era evidente.
Ése era el tipo de cosas que su jefe hacía, sin dar explicaciones, como si actuara en base a un simple capricho.
No era necesario que dijera nada. Bastaba con que bebiera el café lentamente y en silencio, sentado en la silla a su lado.
Con su presencia, Geese-sama había hecho que aquel recibimiento fuese aun más especial.
—¿Está bien que estés aquí? ¿Geese-sama no querrá hablar contigo? —preguntó Lilly.
Se encontraban en el pequeño anexo donde Lilly había estado alojada los últimos meses. Habían ido ahí después de la cena, y Billy había aprovechado para darse un baño y cambiarse de ropas. Luego se habían sentado en el sillón de la sala para conversar un poco más.
A Billy, ese lugar le recordaba su casa real, probablemente porque Lilly se había esmerado en decorarla de forma similar. Hasta las flores que adornaban la mesa del comedor eran del color preferido de la muchacha.
Billy no respondió la pregunta. Tenía deberes esa noche, pero también quería pasar un tiempo con Lilly.
—Has crecido —comentó, posando una mano en el cabello rubio de su hermana.
—¿Sí?
Billy asintió, bajando sus dedos por las largas trenzas que caían por la espalda de Lilly. Algunos pequeños mechones se habían soltado y el joven se encontró liberándole el cabello para peinarlo con sus dedos.
—¿Crees que Geese-sama nos hará volver a nuestra casa? —preguntó Lilly tímidamente.
—Parece que te agrada vivir aquí.
—El jardín es hermoso. ¿Has visto la laguna?
—La he visto.
—No hay nada parecido por donde vivimos...
—Si es lo que quieres, tal vez en el futuro podamos mudarnos a un lugar donde haya un parque con una laguna —ofreció Billy. Era una necedad hacer ofrecimientos que no sabía si podría cumplir, pero en ese momento se sentía contento, y quería que Lilly lo estuviera también.
—¿En serio?
—Sí —asintió Billy, comenzando a trenzar el cabello de Lilly otra vez—. Geese-sama ha hecho suficiente por nosotros, no debemos abusar de su generosidad pidiéndole que nos deje hospedarnos aquí.
—Tienes razón... —murmuró Lilly, pensativa, y luego agregó más bajo—: Pero no lo decía sólo por eso...
—¿Entonces por qué?
Billy continuó trenzando y la respuesta no llegó.
—¿Es que te sientes más segura aquí que en casa? —insistió Billy, manteniendo su voz suave, pero sonando culpable—. ¿Menos sola...?
—Ya te he dicho que no me importa estar sola —rio Lilly, porque ésa era una conversación que habían tenido antes.
Billy sintió un tenue alivio que no borró del todo su culpabilidad. Ató el extremo del cabello de Lilly con un lazo, y luego hizo que su hermana se volviera hacia él. Lilly le sonrió con aire avergonzado, y Billy frunció el ceño, recordando de súbito lo que había visto durante la cena.
—Oye, no lo estarás diciendo porque te agrada uno de los secretarios, ¿verdad? Si Ripper o Hopper se atrevieron a...
—¡No! —exclamó Lilly, viéndose sinceramente sorprendida ante la conclusión errada de Billy—. ¡Han sido muy buenos conmigo, pero no tienen nada que ver! —aseguró.
—Más les vale —gruñó Billy entre dientes.
Lilly rio al ver su rostro exageradamente molesto, y luego se armó de valor y dijo:
—Tenías razón cuando dijiste que Geese-sama no puede ser malo.
Aquello hizo que la molestia de Billy se disolviera de inmediato.
—No lo es —convino en un murmullo, mientras para sí pensaba "al menos con nosotros". Y de pronto las palabras de Lilly y su expresión avergonzada cobraron un nuevo sentido—. ¿Geese-sama te agrada, Lilly? —preguntó en voz baja, como si hablara de algo sagrado que debía ser reverenciado.
Lilly asintió firmemente, mientras un toque de color se asentaba en sus mejillas.
—¿Por eso quieres quedarte más tiempo aquí?
La muchacha no respondió, pero no necesitaba hacerlo, porque su actitud y su sonrisa eran suficientes para que Billy comprendiera.
Era por la gracia de Geese que ambos estaban ahí. Todo lo que tenían provenía de él. El agradecimiento que sentían hacia él era el mismo. Y ahora, por fin, Lilly había tenido la oportunidad de estar cerca de Geese. Por fin, había podido experimentar lo que era la compañía de la persona que los había acogido.
—Geese-sama volverá al rascacielos en algún momento, y nosotros volveremos a nuestra casa —dijo Billy.
—Sí...
—Pero creo que nos permitirá pasar algunos días más aquí, mientras planea cómo será el retorno al trabajo —continuó el joven.
Lilly asintió, viéndose más animada.
—Y después de que vuelva al rascacielos… ¿crees que lo volveré a ver? —preguntó.
—Claro que sí —respondió Billy.
La conversación giró en torno a otros temas después de eso, y al cabo de una hora Lilly se fue a acostar, pero Billy continuó pensando en las palabras de su hermana. La actitud de Lilly era un reflejo de lo que él había sentido cuando tenía su misma edad. Aquel deseo de ver a Geese, y no saber cómo acercarse a él.
Era por eso que Billy se había esforzado tanto al llegar a South Town e iniciar el entrenamiento para ser parte de Howard Connection. Necesitaba una razón válida que le permitiera estar cerca de Geese. Si no hubiera conseguido convertirse en su mejor empleado, la presencia de Geese habría quedado fuera de su alcance.
E incluso ahora que su jefe confiaba plenamente en él, Billy sentía que necesitaba seguir esforzándose. Debía seguir siendo útil, o de lo contrario corría el riesgo de que Geese-sama encontrara a alguien mejor y acabara descartándolo.
Después de que Lilly entró en la cama, Billy acomodó los cobertores a su alrededor. Aquella casa, aunque ajena, daba una agradable sensación de protección. Geese-sama había tomado la mejor decisión al llevar a Lilly a su mansión para que estuviera segura.
—Lilly, ¿le sucedió algo a Geese-sama mientras yo no estaba? —preguntó Billy de pronto, en un susurro.
Lilly titubeó y respondió:
—Parece que él no quiere que lo sepas...
—Lo noté, por eso te lo estoy preguntando a ti.
—Lo siento, no vi lo que sucedió. Pero por unas semanas, no me permitieron ir a su habitación a escribir las cartas, o a poner flores en el velador.
—¿Cuándo fue eso?
—Al inicio del torneo...
Billy se mordió el labio. No había sido tanto tiempo atrás. Eso explicaba el comportamiento de los secretarios.
Y aun así, al mirar a Geese-sama, él lo había visto completamente recuperado.
—¿Pasa algo malo con Geese-sama?
—No es nada —sonrió Billy—. Duerme, ¿sí? Te veré por la mañana.
Lilly no insistió.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches, Lilly —dijo Billy, y después de un titubeo, se inclinó y besó a su hermana en el cabello.
Billy volvió a la mansión, procurando no echar a correr esta vez. Al pasar por la biblioteca, la halló vacía y a oscuras, pero percibió el familiar olor a cigarrillo y licor.
Presuroso, enfiló a la habitación de Geese y casi no reparó en los guardias que hacían una inclinación de cabeza a su paso.
Aquella enorme propiedad, que meses atrás le había parecido agobiante en su inmensidad y opulencia, ahora le resultaba agradablemente acogedora. El contrachapado de las paredes y los suelos alfombrados creaban una atmósfera casi cálida, en comparación con los muros de piedra desnuda del castillo de Krauser.
Al lado de los estandartes de la familia Stroheim, los tapices que colgaban de las paredes en algunas estancias de la mansión ya no le parecían tan grandes. Y ahora Billy podía notar un aspecto particular en la decoración que Geese-sama elegía para sus propiedades. A pesar de su gusto por lo suntuoso, ni aquella mansión ni Geese Tower evocaban la decoración que Billy había visto en el castillo de Krauser. Era casi como si Geese-sama la hubiera evitado intencionalmente…
Billy llegó a la habitación de Geese y el guardia apostado en la puerta saludó con una inclinación.
—Puedes retirarte, yo me encargaré de vigilar hasta la mañana —dijo Billy.
El guardia asintió y se retiró sin hacer preguntas, mientras el rubio lo observaba alejarse.
Tal parecía que a Geese ya no le preocupaba tanto guardar bajo estricto secreto que él se encontraba viviendo en la mansión. Tal vez aquello era parte de sus planes; si un guardia hablaba de más en la ciudad, el rumor de que él había sobrevivido se esparciría por sí solo, sin que esto requiriera de ningún esfuerzo de su parte.
Billy golpeó a la puerta suavemente.
—Geese-sama, soy yo —dijo.
—Pasa.
Billy obedeció. Se sintió feliz de estar ahí, feliz de poder escuchar esa voz.
Geese estaba sentado en el sillón frente a la chimenea apagada, leyendo unos documentos que apoyaba en una de sus piernas cruzadas.
Volviendo a sus viejas costumbres, Billy examinó toda la habitación, buscando algo que pudiera estar fuera de lugar, o algo que representara un peligro para su jefe.
Notó que la cama no estaba perfectamente tendida. Los almohadones se encontraban apilados contra la cabecera y había una marca sobre las fundas, como si alguien hubiese estado apoyado contra ellos no hacía mucho. En el velador, junto a un jarrón con flores rojas, celestes y amarillas, Billy vio algunas carpetas y papeles con largas columnas de cifras impresas.
Algo que llamó su atención de inmediato fue que la posición de los muebles había cambiado. El sofá donde él solía sentarse junto a la cabecera, para velar el sueño de Geese, estaba ausente. El espacio junto a la cama permanecía vacío. Algunos metros más allá, alguien había instalado un pequeño escritorio de madera oscura con su correspondiente silla. Había un bloc de notas a un lado, y un grupo de sobres para correo aéreo que Billy reconoció de inmediato. Supuso que ahí era donde Lilly se sentaba cuando Geese-sama le dictaba las cartas.
El joven imaginó a Lilly sentada ahí, conversando con Geese, y sintió algo tibio en su pecho.
Luego miró a su jefe, que permanecía silencioso en el sillón, como si estuviera absorto en su lectura. Billy deseó grabar aquella imagen en su memoria, así como la felicidad de saber que tenía a Geese-sama a su alcance.
Bastaba con dar unos pasos, con extender una mano…
Los dedos de Billy rozaron el hombro de Geese. Su jefe seguía vestido con la camisa y el chaleco que tal vez eran demasiado elegantes para usarlos un día cualquiera dentro de su propia casa. La tela era suave, y lo suficientemente delgada para permitir que Billy sintiera el calor de su cuerpo.
Geese dejó los papeles que leía sobre la mesilla de centro y posó su mano sobre la de Billy e hizo una firme presión, levantando la mirada hacia él.
Billy sintió su garganta seca al encontrar aquellos ojos. Sabía que debía decir algo, pero nada venía a su mente, salvo sentimentalismos que seguramente provocarían el desprecio de Geese-sama.
Lo había echado tanto de menos… Había querido sentir aquellos fuertes dedos tocándolo tantas veces…
Geese rio para sí al ver su expresión. No retiró su mano sino que al contrario, tomó la de Billy y la acercó a sus labios para besarla suavemente.
Billy sintió que su corazón perdía el ritmo. Ahora más que antes, era consciente de lo que ese gesto conllevaba. Había visto a hombres de familias nobles europeas saludar así a Krauser, pero siempre habían sido personas de menor jerarquía.
Geese-sama era su superior, estaba muy por encima de él, y no debería estar usando ese gesto en él…
Los pensamientos de Billy se volvieron erráticos mientras Geese mantenía su mano en esa posición por varios segundos. ¿Tal vez Geese-sama no conocía el significado de esa costumbre? Pero eso era imposible… Por supuesto que lo conocía… Y aun así decidía utilizarla con él…
Billy reaccionó cuando Geese interrumpió el beso y examinó su muñeca detenidamente, en particular el pañuelo de franjas rojas y blancas que él tenía atado ahí.
—Aún lo llevas —comentó Geese, rozando la tela con un dedo.
—Por supuesto.
—Pensé que estaría destruido, de tanto lavarlo.
Billy rio. En sus cartas, él solía mencionar las bandanas, tanto la de Geese como la de Lilly. Más de una vez, había comentado que lavarlas le hacía pensar en ellos. ¿Lo había hecho tan seguido, que su jefe pensaba que la tela se habría desgastado?
—El material era fino, pero resistente, Geese-sama. Lo eligió bien.
Geese no respondió a eso, pero Billy tuvo la impresión de que se veía ligeramente complacido.
—Siéntate, y sírvenos algo de beber —ordenó Geese, dejándolo ir y señalando la botella de whisky y los dos vasos vacíos que esperaban en medio de la mesa de centro.
Billy obedeció. No comentó nada al reconocer que ese whisky era uno de los más costosos en el mercado. Sirvió una cantidad adecuada para Geese, e intentó servirse un poco menos para él, pero Geese notó sus intenciones.
—Sírvete más, tal vez eso ayude a que te relajes.
—Estoy relajado, Geese-sama.
—No lo creo.
Billy no protestó. Le entregó uno de los vasos a Geese, esperó por el delicado tintineo de cristal contra cristal, y luego bebió un largo sorbo junto con su jefe.
A pesar de que Geese no dijo por qué estaban brindando, Billy pudo percibir su aprobación. Todo lo que Geese-sama estaba haciendo esa noche, se debía a que estaba complacido con él.
—En la prisa por asegurar el pergamino, no pude ver el final del torneo. ¿Fue como esperaba? —preguntó Billy, sorprendiéndose a sí mismo con aquel casual inicio de conversación. Frunciendo el ceño, miró el vaso de whisky, preguntándose si el efecto podía ser tan veloz.
Geese se tomó algunos segundos antes de responder. Esbozaba una sonrisa burlona cuando habló:
—Bogard lanzó a Krauser a la laguna. Podría decirse que fue un final apropiado, aunque podría haber sido mejor.
—¿Krauser sobrevivió?
—Aparentemente.
—Ya veo.
Billy meditó sobre lo que eso significaba. Terry estaba vivo y probablemente volvería a intentar tomar la vida de Geese. Habían pasado diez meses, pero poco había cambiado. Sin embargo, quizá algunas circunstancias estaban ahora a favor de Geese. Había una posibilidad de asegurar que su vida estuviera a salvo.
—Disculpe mi curiosidad, Geese-sama. ¿Buscará el tercer pergamino?
—El whisky realmente está funcionando, al parecer —comentó Geese con una sonrisa, observando a Billy a los ojos.
—Si es un tema que no me concierne, no volveré a preguntar —respondió el joven de inmediato.
—No voy a buscarlo. El tercer pergamino vendrá a mí.
—¿Vendrá…?
Geese asintió.
—Ya no es un secreto que dos de los pergaminos están en mi poder. Dejaremos que las cosas ocurran por sí solas.
—¿Pero cuánto tiempo tomará eso?
—¿No quieres esperar? ¿Estás tan ansioso por viajar otra vez?
—¡Claro que no!
Billy se sobresaltó al oír su propia voz. Volvió a mirar el whisky mientras Geese lo observaba con una sonrisa entretenida. El vaso seguía medio lleno. Y Billy sabía que él había desarrollado una resistencia considerable al alcohol. Era imposible que estuviese ebrio con tan sólo dos sorbos. Aquella conversación, aquellas preguntas impertinentes y frases impetuosas no eran por culpa del licor.
—Sólo quiero que ese poder del que me habló esté en sus manos. Cuanto antes —explicó Billy en tono más bajo.
—¿Estás diciendo que crees que me derrotarán otra vez?
—No está de más tener una garantía. De lo contrario, ¿por qué desea obtener el juego completo?
Geese continuó sonriendo y no contestó. Billy comprendió que no le iba a responder y desistió, pero su mente de inmediato pasó al otro tema que le había preocupado toda la noche.
—Geese-sama… ¿realmente se encuentra bien? —preguntó suavizando su voz, bajando la mirada hacia el vaso de whisky y luego obligándose a mirar a su jefe a los ojos.
Geese tenía el rostro ladeado hacia él, y lo contemplaba fijamente.
—¿No te lo parece?
—Cuando lo miro, es como si se hubiese recuperado por completo, pero los secretarios dijeron que…
—¿Los secretarios? —repitió Geese—. Tú más que nadie debería poder reconocer si estoy bien o no.
Billy se mordió el labio. No le agradaba no saber la verdad. Sentía que Geese-sama estaba ocultándole algo.
—Debí estar aquí con usted, mientras se recuperaba —murmuró apesadumbrado.
—Eso no habría cambiado nada —dijo Geese, bebiendo un sorbo del licor y luego dejando el vaso sobre la mesilla frente a ellos—. Estabas haciendo tu trabajo —señaló, tomando el vaso de manos de Billy y poniéndolo sobre la mesa también—. No tienes de qué preocuparte —terminó, posando su mano contra la mejilla de Billy y haciendo que el joven se volviera hacia él.
Billy supo lo que iba a ocurrir, pero aun así, los labios de Geese-sama sobre los suyos lo hicieron estremecerse como si fuera la primera vez que los sintiera.
"Está intentando distraerme para que no insista…" intuyó el joven, pero ya era tarde y sus labios se habían apartado para recibir aquel beso con sabor a licor.
Caer tan fácilmente en el juego de su jefe le provocó una oleada de exasperación que se manifestó a través de una brusquedad inhabitual. El beso de Billy se tornó impaciente y posesivo y Geese lo permitió.
Cuando Billy empujó contra él, Geese se reclinó hacia atrás en el sofá, bajo el peso del joven, y acarició la espalda de Billy lentamente, sin perder el dominio sobre sí mismo ni siquiera cuando el beso de Billy se tornó invasor y hasta un poco doloroso.
Después de unos segundos, Billy fue quien se apartó, al darse cuenta de lo que hacía.
Geese no se incorporó y no hizo a Billy a un lado. Permitió que el joven continuara apoyado sobre su pecho, sus rostros a milímetros de distancia. La caricia en la espalda de Billy buscaba ser tranquilizante.
—Lo siento —susurró Billy.
—No esperaba que me echaras tanto de menos —dijo Geese con tono burlón, intencionalmente atribuyendo una razón errada a la impetuosidad del joven.
—N-no es eso, yo…
—¿No?
Geese simuló un tono ofendido de forma tan convincente que Billy dio un respingo.
—Quiero decir, sí, lo eché de menos, pero…
Billy se interrumpió al oír la tenue risa de Geese. Los dedos de su jefe subieron por su espalda y su cuello y apartaron la bandana que llevaba en la cabeza, para poder pasar entre sus desordenados mechones rubios. Los ojos celestes de Geese lo observaban con fijeza y se veían risueños…
—Geese-sama… —murmuró Billy, olvidando por un momento qué era lo que había intentado decir.
Dentro de sí sabía que ésa era la intención de Geese: distraerlo, obligarlo a abandonar un tema que no quería discutir. Su jefe estaba manipulándolo otra vez, y parecía estar disfrutándolo.
Y Billy no podía decir que no lo estuviera disfrutando también.
Con un suspiro derrotado, Billy se inclinó y descansó contra el pecho de Geese. Al notar los latidos del corazón de su jefe, el joven volvió el rostro, y apoyó su oído contra aquellas rítmicas pulsaciones. Hubo una suave exhalación que el percibió con claridad, y luego los brazos de Geese lo rodearon y lo estrecharon fuertemente.
En esa posición, Billy no podía corresponderle, pero empujó contra él, contra su pecho, buscando más de esa firmeza y calor que había extrañado por tantos meses.
El abrazo se estrechó aun más en respuesta, y luego de un instante, el joven sintió que Geese besaba su cabello.
Tal vez Geese-sama había tenido razón al mencionar que necesitaba relajarse. Al sentir ese beso, Billy notó cómo una tranquila lasitud invadía su cuerpo. El alivio de estar de vuelta se manifestó a través de un suspiro cansado. Aquella sensación era similar a un desfallecimiento placentero, pero no había donde caer, salvo en los brazos de Geese.
Billy ocultó su rostro contra el pecho de su jefe, abrumado. No importaba cuántos años pasaran y que ahora él fuera un adulto. Cuando estaba así con Geese, volvía a sentirse como ese chiquillo que había soñado con obtener su aceptación y cariño.
—¿En qué piensas? —preguntó Geese extrañado, porque algunos minutos pasaron y Billy continuó con el rostro hundido en su pecho.
—Nada importante —murmuró Billy contra la tela de su chaleco.
—Eso no es muy convincente.
—No se preocupe, es una insignificancia, no quisiera importunarlo…
—Oh, entonces debe tratarse sobre "sentimientos"…
Billy se encogió y no alzó el rostro. Daba lo mismo si aquello era una burla o si Geese-sama hablaba en serio. Su jefe había acertado, y Billy se sintió avergonzado.
—Estar tantos meses lejos no te ha hecho bien —comentó Geese, pero sus palabras fueron acompañadas por una suave caricia en el cabello de Billy—. Espero que vuelvas a comportarte como un empleado cuando volvamos al rascacielos.
Billy asintió. La recriminación ardió por unos segundos, hasta que el joven se dio cuenta de las palabras que Geese-sama había elegido. Cuando regresaran al rascacielos, él volvería a ser un empleado modelo. Pero hasta entonces…
Despacio, Billy alzó la mirada.
—Esta misión fue innecesariamente larga, debemos planificar mejor la siguiente vez —comentó Geese, mirando al joven a los ojos.
—Intenté acelerar las cosas…
Geese hizo callar a Billy con una caricia en su mejilla, porque la intención no era pedirle explicaciones.
—Estar sin mi guardaespaldas por tanto tiempo comenzaba a resultar inconveniente —terminó.
—Geese-sama… —susurró Billy estremecido, volviendo el rostro para besar aquellos dedos que lo acariciaban.
