Capítulo 27.
Cuando James llegó al pozo ya era tarde. Había tenido que hacer una parada en su departamento para cambiarse de ropa, estaba empapado. Cuando por fin se puso ropa seca comenzó a sentir un ligero dolor de cabeza que asoció con el cansancio. Pero ni siquiera eso en esos momentos podía ponerlo de mal humor.
Había sido el mejor día de su vida. No tuvo un día tan bueno desde que podía recordar. Rio de manera natural, no aquella risa burlesca que fingía para sentirse aceptado. No. Esa que solo puede brotar del pecho y vibrar. Además había tenido el mejor sexo, no recordaba haber sentido tanto placer en su vida. Lily era atrevida y curiosa, siempre quería estar aprendiendo y experimentando, en estos dos días lo había hecho más seguido que en toda su vida. No sabía que lo que sentía tener una pareja y definitivamente le estaba gustando.
El bar Cupido ya estaba funcionando a esa hora del día, así que no tuvo opción que entrar como cualquier otro cliente y dirigirse a la puerta en dirección a la trastienda. Joel, el zorro que custodiaba esa entrada parecía más alegre que nunca, viendo a las chicas bailar en el pequeño escenario.
James dejó que lo revisara como siempre, y se dirigió a la entrada del pozo sin decir palabra. No había visto ningún camión de mercancía, debieron terminar la descarga el día anterior. No estaba preocupado, cuando Earl lo llamaba normalmente era para regañarlo o encargarle algo importante, en esta ocasión se sentía relajado en ese aspecto. Eso hasta que recordaba la actitud de Diego frente a Lily, ese maldito zorro se las pagaría en algún momento.
Por un lado se alegró de saber que todavía ejercía cierto poder sobre Bruce que había soltado a Lily solo con unas palabras. Bruce había sido un perro en el pasado con James como su jefe, así como algunos otros zorros, por lo que tenía un respeto por él. Sin embargo, Diego se creía demasiado por estar compitiendo por el puesto de alfa. James sabía que habían eliminado a otro de los candidatos, solo quedaban cuatro en la contienda. Lamentablemente él ya no tenía preferencia como antes.
Cada vez que recordaba la estupidez de la memoria SD se enfurecía consigo mismo. Había hecho lo que estaba en sus manos para recuperar la información. Había vuelto a buscar a Nadine a pesar de que ya estaba con Lily en ese momento, e incluso había vuelto al departamento de los hermanos cuantas veces pudo en la semana para espiarlos. Estaba seguro que en algún momento tendrían que salir, y si tenía suerte podría escabullirse dentro.
Eso era lo que había hecho durante toda la semana, aparte de asistir a clases y la odiosa pasantía con su madre. Las tardes las había dedicado a esconderse detrás de un arbusto para revisar el edificio en búsqueda de alguna señal; algo, lo que sea. Por las noches debía irse ya que tenía responsabilidades. Sabía que se estaba yendo todo a la mierda, y comenzaba a pensar en la posibilidad de no ganar.
¿Qué pasaría? Seguiría siendo un lobo. Tendría que seguir estudiando en Miller para que sus padres lo apoyaran económicamente. ¿Acaso era tan malo terminar de estudiar? Lo era, hasta hace unas semanas. Ahora pensaba que si seguía entonces vería a Lily todos los días, aún a pesar de que el próximo semestre tendría que regresar al edificio de Ingeniería ya reparado. Tampoco parecía tan mal plan. No era horrible, había estado así los últimos dos años.
Olvidó tocar la puerta de la oficina de Earl antes de entrar. Tenía el mal hábito de creerse más de lo que realmente era en ese lugar, solo por ser el protegido del coyote. No se dio cuenta que había interrumpido una conversación hasta que cerró la puerta detrás de él.
El hombre de escasa estatura y barriga prominente lo miró detrás del escritorio, traía su usual cigarrillo sostenido por los dientes y parecía en medio de una discusión por su ceño fruncido. Había otra persona frente a él, de cabello castaño que James había visto en numerosas ocasiones en el pozo. Creía que vivía en el lugar, pues siempre andaba por ahí.
—Tenemos visitas, Dick —dijo Earl sin apartar la vista del chico.
James trató de sonreír con arrogancia como siempre lo hacía, pero en esta ocasión no salió con tanta naturalidad.
—¿Interrumpo algo? —preguntó acercándose al escritorio. Con descaro se sentó sobre la madera y tomó una de las decoraciones buda.
—Muchacho, estamos viendo un asunto importante.
Clavó la vista en el hombre de porte alto. Tenía semblante serio y estricto, ojos azules y ciertas canas se asomaban por su cabello. Ahora sabía que sí que lo conocía. Era Dick, uno de los asociados principales del Canidae. Era alguien importante, aunque no lo suficiente para tener un tatuaje. Era una especie de proveedor, aquellos que se encargaban de lavar dinero.
—No te preocupes, coyote. Llámame cuando estés libre.
El hombre ni siquiera le dedicó una mirada a James, se levantó con ese porte tieso que tenía y salió de la habitación sin hacer un solo sonido.
—¿Qué le pasa? —preguntó con una risa, burlándose.
—Tenemos problemas. Uno de sus negocios recibió una notificación de auditoría. No sabemos cómo la libraremos —anunció Earl sentándose en su silla y dándole una calada al cigarrillo.
—Pero ese no es nuestro problema, ¿no?
—Lo es. Todos sus negocios son ficticios. Trabaja desde aquí y tendrá que sobornar al auditor con riesgo que suelte la lengua.
Parecía un tema delicado, pero nada que a James le interesara. Conocía el pozo, sabía que había una serie de dormitorios en la parte más profunda, y bastante personal vivía en ese lugar de manera permanente. Casi nunca salían a la luz de sol, y Earl era uno de ellos. Buscados por organizaciones importantes, no podían permitirse poner en riesgo todo.
Dejó el buda en su lugar y tomó asiento en la silla que Dick había desocupado.
—¿Y bien? ¿Por qué mandaste al imbécil de Diego?
Earl entornó los ojos.
—No viniste ayer.
—¿Y?
El coyote sin una expresión en el rostro dejó la pequeña pistola que siempre llevaba en los pantalones. Lo que parecía una amenaza fuerte para James se había vuelto casi un juego. Earl siempre le mostraba el artefacto para asustarlo, para que creyera que con eso calmaría sus groserías, pero James sabía que nunca sería capaz de dañarlo.
Earl había sido el mejor amigo de su padre; el que les había ayudado con dinero mientras él estaba enfermo; el que había sobornado al personal de servicios sociales para que James se quedara con su padre hasta su muerte; el que lo había acogido en ese lugar cada vez que James escapaba de la casa de acogida. Earl era un gran amigo. Le había enseñado todo lo que sabía. Le había permitido pertenecer al Canidae, le debía mucho. Y también había un gran cariño que los unía.
—Sabías que llegaba mercancía. Venía todo en bolsas, no se mojaría con la lluvia.
—Eso no sabía —aclaró James aunque bastante menos preocupado de lo que debería—. Sabes que los sábados superviso a los perros. Si era tan importante debiste llamarme.
Aun así, no hubiera asistido, pero James no dejaría que Earl lo supiera.
—Me dijo Diego que estabas con alguien —murmuró el coyote.
James ya se imaginaba que eso pasaría, Diego era uno de los zorros más chismosos del lugar.
—¿Mjum? —dijo volviendo a tomar el buda y jugar con él en sus manos.
—Una chica pelirroja.
—Es mi novia.
No quiso elevar la vista a Earl pero ya se imaginaba la expresión que tendría. Tener familia no estaba prohibido, por supuesto, incluso el coyote tenía unos hijos por ahí, era simplemente por otro tema.
—Te advertí que no te enamoraras.
—¡No pude evitarlo! —exclamó.
—Te distraerás y ocasionarás problemas.
—No me distraeré —negó.
Escuchó a Earl suspirar, y aun así siguió jugando con el buda.
—Ya lo estás. No has conseguido los planos de los Orcos. No viniste ayer y hoy tampoco; después me dice Diego que te encontró con una chica —agregó para molestia de James.
—Eso no es asunto de nadie. Corresponde a mí vida personal y el código no dice nada al respecto.
—El código se puede modificar —advirtió Earl elevando la voz convirtiéndose en ese color coagulado que a James tanto le desagradaba.
—¿Me estás amenazando? —preguntó ahora sí clavando los ojos en los oscuros de su compañero. El silencio fue su respuesta— El canis no aceptará agregar algo al código como eso. No pueden prohibirte tener vida sentimental.
—Tal vez a un lobo cualquiera no, pero sí a alguien que compite por el puesto de alfa.
Alzó una ceja bastante enojado, podía sentir la textura oscura incluso en su propia voz. Trató de tranquilizarse, el día había sido maravilloso; quería que así permaneciera.
—¿Para qué me buscaste?
—Quiero que hagas un par de recados por mí.
Indignado James alzó la ceja. ¿Todo para esto?
—Eso es trabajo de los zorros.
—Es para Justin y Mike.
Ya entendía. Justin y Mike eran sus hijos, tenían madres diferentes. El mayor de 13 años y el más pequeño de 5, el tiempo que Earl tenía siendo buscado por la policía y en confinamiento en el pozo. No conocía a Mike, pero de vez en cuando le pedía a James que lo visitara y le llevara fotos. James conocía a la madre del pequeño, era una joven de grandes proporciones que solía coquetearle cuando entregaba el dinero que enviaba Earl.
El coyote dejó dos sobres grandes sobre la mesa. Era el dinero que solía enviar para sus hijos, y James siempre le hacía el favor de entregarlo.
—Está bien —asintió.
Tomó los dos sobres y se puso de pie.
—Tómales una fotografía —pidió.
James asintió con la mano en el pomo de la puerta y salió. El aire denso del lugar lo estaba matando, el dolor de cabeza no había disminuido, y la humedad solo provocaba que el lugar fuera más insoportable. Salió del pozo y regresó a la puerta de Joel. El zorro esta vez no lo revisó, pero antes de abrir la puerta miró al exterior asegurándose que no hubiera nadie.
—¿Hablaron del traidor? —preguntó el zorro.
Ya estaba bastante harto de esa conversación, en cada ocasión que se aparecía por el lugar siempre comentaba lo mismo.
—No. No sé. No hablo de esos temas con Earl, es asunto de ustedes averiguar quién es —escupió con molestia.
Joel alzó la ceja sorprendido. Normalmente se llevaban bien, pero en esta ocasión James ya se había puesto de mal humor por todo lo que había pasado con Earl.
—¿Saber de alguien a quién debería revisar?
—Tal vez a Diego —dijo por decir, antes de abrir él mismo la puerta y salir al interior del bar.
Las primeras clases siempre eran un fastidio, pero no tenía más alternativa que asistir. Su padre no le justificaría una vez más todas las faltas, mucho menos ahora que estaban por terminar el ciclo escolar. Solo unas semanas más, casi podía contar las horas. Se suponía que pronto rendirían exámenes, debía estarse preparando pero no lo necesitaba. Tal vez leería algunos cuestionarios para pasar el rato un día, pero no le importaba la calificación que sacaría.
Todo lo contrario a Lily. La encontró en su banco habitual junto a su amigo con un montón de libretas abiertas, parecía estresada mientras su amigo tomaba un jugo de zumo de naranja y la escuchaba. No quiso importunar, se sentó bajo uno de los árboles que daba suficiente sombra. Aventó el bolso mensajero sobre el suelo y lo utilizó como almohada. Cerró los ojos un momento cuando escuchó el flash de un teléfono móvil.
Abrió un ojo solo para asegurarse que no estaba loco, y vio a Lily con el móvil en alto tomándole una fotografía. Esta sonrió encantadora y lo saludó con la mano a la distancia. James alzó la barbilla, pero estaba muy cansado para pararse. Ella volvió a la actividad que hacía, poniendo todo en orden. James a cerrar los ojos y juró que se había quedado dormido unos minutos cuando alguien se sentó a su lado. Pensó que sería Lily una vez que hubiera terminado, pero se encontró con nadie menos que Benjamín.
Alzó una ceja. El chico no le agradaba aunque lo conocía de prácticamente toda la vida.
—¿Qué quieres? —le dijo con voz neutra.
James tenía la increíble sospecha de que el chico siempre había estado enamorado de él, aunque nunca se lo había dicho. Podía recordar como en su adolescencia ambos pasaban tiempo en el pozo y Benjamín casi no apartaba sus ojos de él. Ben era un par de años mayor, pero aun así habían crecido en compañía uno del otro en el pozo. Era el único chico de su edad en el lugar, con alguien debía divertirse un poco.
—Escuché que visitaste a Justin y Mike.
—Siempre escuchas.
No le sorprendía. Ben siempre parecía saber cuándo iba a visitar a sus medios hermanos, ya que él también iba con frecuencia.
—¿Te dieron algo para mí?
—No —respondió con voz seca volviendo a cerrar los ojos.
Lo escuchó alejarse. Era la misma conversación de siempre. Benjamín deseaba saber si su padre enviaba algo para él como para sus hermanos. Ben era el hijo mayor de Earl, y había sido muy unido a su padre hasta que creció y se dio cuenta de la mierda que era. Earl lo encontró con un zorro en el pozo, cuando se enteró que era homosexual prácticamente lo echó a patadas. Eso había sido algunos años atrás cuando James ya era un perro. Desde entonces Earl fingía que no tenía otro hijo, y Ben fingía que no le importaba nada que tuviera que ver con el coyote.
A pesar de todo, tenían muchos conocidos en común y Ben le compraba mercancía a uno de sus perros. Además, sabía que Ben hacía algo que no era legal. Al parecer eso se llevaba en la sangre.
Cuando dirigió de nuevo su mirada a Lily se dio cuenta que el amigo lo estaba viendo. Sabía que él y Benjamín salían, esa era la manera en que Lily descubrió dónde vivía. Ben había visitado su departamento en varias ocasiones, incluso había ido a una fiesta que James realizó por su cumpleaños el año anterior. Sabía que el amigo de Lily que no podía recordar cómo se llamaba, lo detestaba, seguramente Ben ya se había encargado de contarle lo peor de él. Siempre hacía lo mismo, de una u otra forma buscaba alejar a las personas que se interesaban en James.
Esta vez no lo lograría, Lily era su novia, a pesar de que ya sabía las peores cosas de su pasado. Esperaba que aquello nunca se volviera lo suficientemente importante en su relación. Lo de ellos debía funcionar porque por primera vez en su vida estaba siendo sincero.
Le sostuvo la mirada al chico, si alguien podía jugar ese juego era él. Cansado de su frialdad le guiñó un ojo, ocasionando que inmediatamente sus mejillas se pintaran de rojo. Sin poder evitar la risa se puso de pie y se acercó a la mesa.
—¿Qué hacen? —preguntó con las manos en los bolsillos.
Lily sonrió en su dirección y señaló con una pluma las libretas abiertas.
—Comparo mis apuntes con los de Gabe. Falté algunas veces este semestre y quiero asegurarme que tengo todo —explicó con entusiasmo.
James clavó la vista en Gabe —ahora sabía su nombre—.
—¿Tú eres el que ayuda a mi novia en sus clases? —le preguntó marcando el sustantivo a posta.
La expresión del chico fue todo lo que necesitaba para saber que Lily no le había contado nada.
—¿Novia? —preguntó dirigiéndose a Lily que de repente ya no parecía tan animada.
—Sí ¿no te dije? —murmuró con nerviosismo— James me lo pidió el sábado. Estamos juntos desde entonces.
Gabe comenzó a contar con los dedos.
—Eso quiere decir que tienen cuatro días de novios.
—Sí —respondieron al unísono.
James se sentó en el banco con más confianza y apoyó los codos en la mesa dirigiendo su atención a la libreta de trigonometría.
—Gabe faltó a la clase pasada de Trigonometría y me ha pedido que le explique pero sinceramente no tengo ni idea. ¿Te importaría? —preguntó la pelirroja con coquetería. Había descubierto que eso tenía un efecto en él, y había tenido razón en usarlo, porque por supuesto no le gustaba mostrar sus habilidades a la gente.
Se aclaró la garganta y tomó la libreta antes de comenzar a explicar. Los dos chicos de psicología estaban atentos a sus palabras, y Gabe tomaba apuntes de todo. Se interrumpió cuando una llamada entró a su móvil. Se disculpó y se alejó con el móvil pegado a su oreja, era uno de los perros.
Cuando terminó la llamada y quiso regresar al banco se dio cuenta que el descanso ya había terminado, y los chicos habían recogido sus cosas para volver. James regresó al árbol para tomar su bolso mensajero antes de dirigirse al interior del edificio.
El resto de las clases pasaron lento y aburrido. Podría haberse dormido si no fuera porque esa tarde se reuniría con Lily en la biblioteca. Sabía que debía estar vigilando a Nadine y a su hermano, pero en ese momento lo único que le importaba era pasar tiempo con la pelirroja. Ya podría hacerse cargo después; había escuchado a uno de los perros decir que Diego aún no había superado sus tareas, así que no tenía nada de qué preocuparse.
Al terminar la última clase se dirigió a la biblioteca. Estaba a un par de manzanas muy cerca del edificio de administración, y James solo había estado ahí en una ocasión y no precisamente con fines educativos. Era una gran edificación de color blanco, tenía grandes bloques de libros en estantes de dos metros y estaba dividida en salas por temas, además había espacios libres con mesas para estudiar; se imaginó que Lily lo esperaría en uno de esos.
Cuando no la encontró pensó que era extraño. Ella le aseguró que su clase terminaba más temprano y no esperaría. Recorrió la sala de matemáticas, encontrándola en una esquina bastante escondida con los libros abiertos. Se acercó sin hacer ruido y pinchó su cintura provocando un sobresalto.
—¡Me asustaste! —reclamó con el rostro rojo.
James no dejó de reír por un rato. Tomó asiento a su lado observando el libro de trigonometría y la libreta que estaba abierta sobre su regazo.
—¿Has encontrado algo sobre tu madre? —preguntó tratando de romper el hielo.
La pelirroja suspiró y negó con la cabeza.
—He buscado todos los días —dijo—. Ya terminé con los archiveros del despacho y hoy empiezo con las cosas de la habitación, pero estoy preocupada. Él no debe tardar en llegar, ¿qué tal si me encuentra con las manos en la masa?
Los ojos verdes reflejaban su temor, y se vio en la necesidad de abrazarla para tranquilizarla.
—¿Por qué eso sería tan malo?
—No lo conoces. Él es muy estricto y caradura. Si le explico por qué creo que esconde algo me castigaría.
James quiso reír por las inquietudes infantiles, pero debía admitir que si estuviera en su posición probablemente también le preocuparía. Sin embargo, ahora sabía que Lily tenía una vena rebelde en su cuerpo, no era posible que aquello la detuviera.
—No desistas, amor —animó—. Si estás segura que hay algo que esconder, seguramente está por ahí. Solo necesitas mirar con otros ojos.
Lily asintió, y después clavó los ojos en los suyos. Eran tan brillantes que lo hacían sentir abrumado. La mirada de la pelirroja había cambiado, casi como si quisiera desvestirlo en ese momento.
—¿Así como lo hice contigo?
—¿Me miraste con otros ojos? —preguntó tratando de ocultar el nerviosismo.
—Sí. Lo hice.
De repente estaba tan cerca, plantándole un beso en los labios. James se echó para atrás en la silla. Seguía sorprendido por la fogosidad de Lily, ¿sería porque era pelirroja? Había escuchado algunos rumores. Antes de que pudiera pensar, Lily ya se había sentado en su regazo y le besaba el cuello.
James lanzó miradas hacia atrás, los estantes los cubrían por completo.
—¿Por qué estás tan nervioso? —preguntó Lily succionando el lóbulo de su oreja.
Unas cosquillas recorrieron su cuerpo yendo directamente a su entrepierna, debajo del lugar donde Lily estaba sentada.
—Porque intentas seducirme en medio de una biblioteca.
—Es divertido —respondió con simpleza.
—He creado un monstruo —exclamó riendo.
Sin poder evitarlo más deslizó las manos por debajo del vestido con flores acariciando los muslos. Llegó hasta la parte delantera de bragas y acarició por encima del material, Lily ya estaba un poco húmeda cuando comenzó a tocarla. Debía ser porque había estado pensando en ello mientras llegaba. A James le gustaba pensar que había aprovechado el tiempo para prepararse con sus dedos y por eso se había asustado cuando llegó.
Se besaron mientras deslizaba las bragas hacia un lado e introducía un dedo en la cavidad húmeda y caliente. No se equivocaba, ella ya estaba casi lista.
—Solo te tocaré ¿de acuerdo? —dijo con voz ronca. Era demasiado riesgoso hacerlo en ese lugar, pero cuando notó la expresión triste de Lily supo que no se quedaría así.
—Nadie se dará cuenta. Elegí este lugar porque nunca viene nadie, aquí tomaba asesorías hace tiempo. En todas las tardes que estuve aquí jamás alguien se acercó.
—Hay gente del otro lado, Lily —riñó por la inconsciencia de su chica.
—Solo hay que mantenernos en silencio —respondió con un susurro.
Estaba por responder pero fue silenciado con un beso más apasionado que antes. Ni siquiera estaba siendo consciente de sus actos, el deseo ya le había nublado la razón, y dejó que Lily abriera sus pantalones para sentarse sobre él.
—Pero nadie nos descubrió —dijo Lily abrazada de su brazo más tarde cuando salían de la biblioteca.
James gruñó en respuesta.
—Estuvieron a punto.
—No pasó nada. Sé que te asustaste pero solo era un ratón.
Se llevó las manos al cabello tirando de él.
—¿Qué hacía un jodido ratón en la biblioteca?
—Tal vez lo mismo que nosotros.
James detuvo su andar. El cielo ya estaba casi oscuro, y la biblioteca ya estaba por cerrar. Lily se detuvo también unos pasos por delante, girando a ver al chico.
—¿Qué pasa?
—¡No estudiamos nada!
Lily estalló en risas.
—Podemos hacerlo después. El fin de semana —sugirió.
—Este fin de semana estaré ocupado. Lo siento.
La pelirroja parecía visiblemente más triste. Aun así, dejó que abrazara su brazo mientras se dirigían de regreso al edificio de psicología, donde estaba estacionada la todoterreno de James. De repente el susodicho se paró en seco.
—¡Otra vez no usamos condón!
Lily no parecía especialmente preocupada. Era la segunda vez que ocurría y se sentía como un idiota descuidado. ¿Cómo era que ni siquiera lo había recordado? Tendría que estar prevenido para la próxima, uno no sabía en qué momento la calentura los atacaba. Traería un condón de manera permanente en sus pantalones.
—¿Estás tomando algo siquiera? —preguntó con molestia.
—¡Sí! Platiqué con Petunia y estoy experimentando con algunos métodos. No te preocupes.
De nuevo se paró en seco, esta vez sacando de quicio a Lily que comenzó a jalarlo con fuerza del brazo.
—¿Petunia sabe?
—¿Y qué esperabas? Es mi hermana.
—No sé —espetó— que lo mantuvieras privado como se supone que es.
—Necesitaba algunos consejos y ella es lo más cercano que tengo. Me pareció más seguro que buscar en blogs de internet.
James resopló. ¿Qué remedio había? No iba a poder hacer nada para evitarlo. No le agradaba en absoluto que Petunia supiera algo de su vida privada, pero si era con Lily que lo compartía definitivamente la rubia estaría detrás siempre.
—¿Y qué consejos necesitabas?
Las mejillas de Lily se pintaron de rojo.
—Son cosas de mujeres.
Esta vez fue su turno de poner los ojos en blanco. No insistiría, es más, no quería saber.
Platicaron durante todo el camino a casa de Lily, los dos estaban de buen humor, a pesar de que el ratón los había interrumpido. Lily rio de lo nervioso que parecía James en esos momentos, y él mismo se sorprendió de su actitud. Era cierto que jamás lo había hecho en un lugar público antes, pero tampoco se había mostrado tan nervioso.
Lily era más traviesa y juguetona de lo que parecía. La seriedad e indiferencia que la caracterizaban en un principio se habían esfumado por completo. Era diferente, más atrevida y el cambio le gustaba mucho, a pesar de que no había dejado la timidez. Las mejillas rosadas seguían siendo sus mejores aliadas, aunque ahora le sostenía la mirada por más tiempo y el color verde brillante en su voz cada vez se volvía más y más azul. No sabía si aquello era bueno, pero de alguna forma le agradaba.
—¿Te gustaría pasar? —preguntó Lily con una sonrisa, aunque en sus ojos podía ver que quería terminar lo de la biblioteca.
Se moría por decir que sí, ceder y enterrarse en medio de los tensos muslos pero tenía una tarea. Debía custodiar el edificio de Nadine y su hermano hasta que supiera qué rayos hacer, y no lo lograría si se distraía. Earl lo colgaría vivo si pasaba eso. Ya había perdido toda la tarde, no podía permitirse un segundo más.
—Lo siento, amor, tengo cosas qué hacer.
Los ojos verdes mostraron molestia. Lo sabía, debía serlo para ella. Lily solo quería pasar un rato con su novio mientras él estaba tan ocupado haciendo otras cosas.
—Por lo menos si me dijeras qué cosas.
—Son cosas de la organización, chica canela, no puedo decirte. Ya hablamos de esto.
Un par de días atrás que James se negó a visitarla en su casa por la tarde, habían tenido una pequeña riña. Lily no entendía el significado de "no puedo", ella seguía mostrándose caprichosa y él no tenía tiempo ni paciencia para lidiar con ello. Trató de explicarle lo mejor que pudo que eran temas delicados que no podía decir, pero ella insistió diciendo que le había explicado el organigrama. No era lo mismo, por supuesto, a James le hubiera gustado decirle pero no podía.
Lily hizo una rabieta antes de bajar del auto. Se despidió apenas con un beso en la mejilla y entró a zancadas a la casa.
James negó con la cabeza. Debía tener paciencia, Lily tendría que madurar tarde o temprano.
