Dos Caballeros Dorados discutían con el Patriarca en la Cámara, intentando encontrar una solución, mientras la diosa descansaba en sus aposentos.
-Marin y Shaina no pueden hacerlo, todavía se acogen a la Ley de las Máscaras- discutió Dohko.
-Lexie y Seline tampoco, podrían reconocerlas con facilidad y técnicamente son Marinas de Poseidón, aunque estén bajo nuestra tutela- argumentó Aioros
-Lo mismo con Leyja. Una de las chicas de Marin podría hacerlo y… Selket- sugirió Dohko.
-¿La aprendiza de Milo? Es algo… volátil, ¿no?- dijo Aioros, no muy seguro.
-Selket es la más apta de entre todos los aprendices Dorados. Estoy seguro que podrá dejar de lado su impetuoso espíritu por el bien de la diosa por una noche- aseguró Dohko.
Aioros suspiró vencido y Dohko miró a Shion en busca de una confirmación.
-Está decidido, entonces: Selket y Galatea acompañarán a Saori- sentenció el Patriarca.
[~]
Entró en la habitación donde se encontraba Milo acostado. El preámbulo del verano griego hacía que las noches fueran calurosas y conciliar el sueño fuera difícil. Hacía apenas una hora se había puesto el sol y los Escorpiones estaban en el Templo relajándose. Selket había llegado apenas hacía unos minutos de entrenar con Aioria y Milo estaba en el diván como de costumbre. Ella se sentó en sus piernas y se recostó en su hombro con desgano.
A los pocos minutos Selket sintió el Cosmos del maestro Dohko resonar con el suyo y de inmediato contestó a su llamado, no sin tensionarse un poco.
¿Yo? ¿En serio, maestro Dohko?
Sí, Selket. Es en serio
-¿Qué quería Dohko?- inquirió Milo.
-Debo acompañar a Athena a un gran banquete que celebrará Julián Solo en honor a su onomástico en su mansión de Athene. Galatea vendrá conmigo y juntas serviremos de guardias encubiertas- le dijo, no muy contenta.
-¿Cuándo partirás?- dijo, enderezándose en la cama.
-Esta noche. En un rato vendrán Galatea y Seline a prepararme- dijo con desgano.
-Quita esa cara, no debe ser tan malo. Conocerás gente importante y te divertirás fuera del Santuario. Es tu oportunidad de salir más allá de Rodorio- intentó animarla, aunque con poco éxito.
Selket no era muy amante de guardar las apariencias y fingir ser alguien que no era, pero por esta noche su misión sería servirle a la diosa Athena usando joyas y un vestido.
Se metió al cuarto de baño y lavó su cabello con algunas esencias de rosas y bergamota. Salió sólo vistiendo una bata de seda sencilla y se sentó en el tocador a desenredar con cuidado su largo cabello, mientras Milo la observaba embelesado.
-Me estás mirando fijamente, Eini- le reprochó cuando desde el espejo lo vio.
Dejó el peine y se sentó en la cama, apoyándose en su pecho y dándole un suave beso para luego levantarse con pesadez cuando oyó el alboroto en el salón, lo que significaba que las chicas habían llegado ya. Suspiró con suavidad mientras él la jalaba nuevamente, haciéndola caer en la cama encima de él. Le plantó otro beso mientras sonreía y la dejó irse a arreglar.
[~Selket~]
-¿Lista?- me preguntó conteniendo la emoción.
Para Galatea este requerimiento era todo un acontecimiento de diversión: peinado, maquillaje, trajes hermosos que jamás soñaríamos con vestir, joyas y brillantes… Usaríamos todo lo que alguien con clase y estilo usaría para asistir a una gran gala con la crema y nata de Grecia… y el mundo entero, pues Julián Solo, además de ser Poseidón en su tiempo libre, era el magnate heredero de una gran fortuna y un negocio náutico inigualable. Saori, o sea Athena, no se quedaba atrás, siendo la rica heredera de la fortuna Kido y dirigiendo la Fundación Graad. No sé cómo íbamos a hacer para llevar la fachada durante toda la noche, aunque sí sabía que por nuestros atuendos no íbamos a desentonar.
-¿Sabes? Julián da unas fiestas increíbles. La comida es una delicia, siempre trae a alguna cantante famosa a amenizar el ambiente y la gente más importante del mundo entero se reúne en esos eventos. A veces hay shows con luces y artistas talentosos. Te la pasarás bien- me decía Seline mientras me ayudaba a entrar en aquel peplo tan suave y ligero que juré que se rompería si intentaba ponérmelo sola.
Salí de la habitación donde Galatea me había peinado perfectamente, recogiendo mi cabello en una media cola de caballo y atándola al final con un hermoso broche dorado con pequeños adornos florales. Lucía también un solitario de oro bastante largo y me habían enfundado en un hermoso peplo azul claro con finos detalles en hilos de oro y pequeñas incrustaciones de piedras semipreciosas en suaves tonos marinos. Me vi en el espejo y no pude evitar sorprenderme de aquel despliegue de ostentosidad. Jamás había usado joyas y menos aquellas finas piezas de oro y pedrería. Le pedí a Galatea que fuera sutil con el maquillaje, dejándome sólo aplicar un poco de delineador negro para afinar mi mirada. A la fuerza me obligó a usar un labial, aunque escogí el más parecido a mi tono natural para pasar desapercibida lo más posible… Aunque con aquel atuendo lo dudaba.
Entré a la habitación principal para verme en el espejo del tocador y entonces la mirada de Milo se clavó en mí en una milésima de segundo.
-Mátia Mou, te ves hermosa- exclamó con agrado.
-¿Sí? Ya te gustaría verme así a diario en vez de mi ropa de entrenamiento, ¿no?- bromeé mientras le enseñaba mi vestido y las hermosas sandalias de tacón que vestía.
-Eso no es cierto, eres hermosa de cualquier forma- me dijo frunciendo el ceño. Adoraba cuando hacía aquellos gestos.
-Ajá…- le dije con ironía, riendo mientras me acercaba a él para despedirme y darle un beso antes de irme.
-Quizás cambie de parecer y no te deje ir…- me dijo con aquel tono seductor que me fascinaba, mientras metía mano bajo de mi peplo.
-Me están esperando- dije mientras tomaba sus manos y me liberaba de su lascivo agarre. -Buenas noches, Caballero Dorado de Escorpio.
Galatea usaba un peplo casi idéntico al mío, aunque el suyo era púrpura pálido con un sólo hombro. Tenía su cabello castaño peinado con hermosos rizos entretejidos con pasadores de hermosas flores plateadas y usaba aretes de oro blanco a juego con un brazalete del mismo material en su mano derecha. Salimos con dirección al inicio de la Calzada, donde todos los Caballeros Dorados presentes se quedaron mirándonos bastante sorprendidos.
Tantas miradas me ponían nerviosa, no tenía idea qué haría luego en aquel lugar con cientos de personas extrañas a mi alrededor, aunque sabía que estarían más enfocados en la señorita Saori que en sus dos acompañantes. La diosa lucía un impresionante peplo blanco con finos bordados en hilo de oro, acompañado de un collar de perlas en forma de lágrimas que caían como la lluvia sobre su pecho. En su cintura llevaba un fajín de oro con incrustaciones de rubíes y un tocado a juego en su precioso cabello lavanda. Un hermoso chal y guantes de fino encaje blancos terminaban su delicado pero impresionante atuendo.
Bajó del brazo de Aioros, quien no estaba vestido para la ocasión y se veía algo molesto por no poder acompañar a Athena por primera vez desde que había vuelto a la vida, pero así eran las cosas. Lo miré y asentí levemente en un gesto de que todo iba a estar bien. Después de todo, estaría resguardada por dos Amazonas totalmente entrenadas en el arte de la guerra, así que no tenía mucho de qué preocuparse, daríamos nuestra vida de ser necesario. Me devolvió el gesto con resignación y abordamos el vehículo conducido por un señor calvo llamado Tatsumi, quien era bastante protector con la diosa, aunque a leguas se veía que no poseía Cosmos alguno.
Llegamos a la gran mansión Solo y quedé deslumbrada con todo a nuestro alrededor. Ahora veía de lo que me estaba perdiendo en el Santuario… Con razón Milo me había urgido a salir. Todo el mundo estaba vestido de manera impecable y ostentosa, la comida, las esculturas de hielo y los inmensos candelabros con cristales en lágrimas le daban un aspecto de cuento de hadas.
Creo, mejor dicho, estoy segura que uno nunca está preparado para conocer a un dios y menos al dios de los mares. Ante mí tenía al imponente gran regente de los siete mares, señor del océano y todas las criaturas marinas. De cabellos y ojos azul celeste y una piel ligeramente bronceada, sólo era antecedido por su porte y elegancia. Sus modales, finísimos al igual que su perfecto traje blanco.
-Un placer conocerla ka Selket- me dijo mirándome con una mezcla de suficiencia y encanto puro, que sólo alguien tan poderoso e influyente podría atreverse a mirar.
Athena le había dicho mi nombre y el de Galatea, presentándonos a ambas ante Poseidón.
Junto a él, aunque mucho más lejos, se encontraba un joven de piel bronceada y ojos fucsia. Yo había correspondido la cortesía con una venia con mi vestido. Me ubiqué nuevamente junto a Athena, a quien tendría que referirme como Saori aquí. Galatea hizo lo mismo al otro lado y juntas nos quedamos vigilantes junto a nuestra diosa. Ella siguió recorriendo el gran salón saludando a todos con quienes se cruzaba. Qué desgastante era tener que hacer relaciones sociales con cientos de desconocidos, pero para la Fundación Graad era más que imperativo.
-Selket, Galatea: les presento a la señorita Hilda y a su hermana Flare- nos dijo Athena, refiriéndose a aquellas dos menudas mujeres de piel ultrapálida y cabellos claros.
Ambas nos sonrieron con benevolencia y respondimos la cortesía de igual forma con una reverencia. Gracias a Leyja sabíamos de antemano que Hilda era la representante de Odín en la Tierra, y la rubia de ojos esmeralda era su hermana menor. Hyoga había estado bastante interesado cuando Leyja la mencionó en una conversación casual en Acuario. Sí, dos Caballeros de Hielo y una aprendiza Valkiria bebiendo sin medida con una Amazona. No era usual, pero a veces nos dábamos gusto tomando como si nuestra vida dependiera de ello. Milo se nos unía la mayoría de las veces. Recordaba en aquella ocasión al Cisne luchar por recuperar el aliento luego de ahogarse con tequila cuando la asgardiana había mencionado a la chica. Ahora que la tenía frente a mí podía darme cuenta de lo hermosa que era con aquella piel de porcelana y dulces ojos grandes y de un verde precioso, a juego con su cabello platinado y rizado. Podría molestar a Hyoga en cuanto lo viera de vuelta en el Santuario.
-Qué hermoso broche llevas en el cabello- me dijo la menor de las hermanas.
Me sorprendí un poco y agradecí el cumplido.
-Ella es la aprendiza de Milo de Escorpio- repuso Athena, con una cálida sonrisa.
Ambas hermanas se miraron con sorpresa y sonrieron de vuelta.
-El Caballero Dorado del Escorpión Celestial, lo recuerdo bien. Un espíritu pasional e impulsivo, me agrada- dijo Hilda.
Creo que era una buena descripción de Milo. Sobre todo luego de haber oído un poco de su participación en la Guerra Santa contra Loki.
-Dinos, Amazona de Escorpio, ¿conoces a Leyja?- me preguntó con voz dulce la menor de las hermanas.
-Claro que sí, Lady Flare, es la aprendiza de Camus de Acuario y somos buenas amigas- le contesté, imitando su buen humor.
-Camus es el maestro de Hyoga, ¿no es así?- preguntó emocionada Flare.
Miré de reojo brevemente a la diosa en busca de aprobación para continuar la conversación, a lo que asintió suavemente.
-Lo es. Hyoga está pasando una temporada en el Santuario. Ahora tiene un pequeño alumno- le conté.
Flare estaba extasiada al escuchar del Cisne, lo cual me parecía en extremo tierno. Dioses, sí que iba a molestar a Hyoga en cuanto lo tuviera enfrente. Seguí contándole un poco de él y de Leyja, en quien tenían puestas sus esperanzas. Según me contó la propia Hilda de Polaris, Leyja sería la encargada de dirigir a las Valkirias cuando regresara a Asgard. Un Ropaje Divino la estaría esperando cuando se ganara el derecho de uno y entonces entrenaría a las próximas protectoras del Reino de Odín. Vaya tarea la que le esperaba a aquella chica tan tímida y callada. Seguimos conversando amenamente mientras Athena, muy cerca y bajo la supervisión de Galatea, conversaba con otros grupo.
Algo captó mi atención como un relámpago. De nuevo veía a aquel joven de ojos fucsia, quien hacía un rato había dado un espléndido concierto de flauta. Me daba algo de curiosidad, parecía bastante cercano a Julián Solo, pero no sabía si se trataba de algún soldado o General dentro de su ejército, pues jamás había visto alguno. Ahora lo veía en una actitud extraña, merodeadora y calculadora, recorriendo los extremos del salón buscando no sé qué. Me separé un poco de la señorita Saori, haciéndole un gesto a Galatea primero, y disimuladamente me escabullí entre los invitados hasta que lo tuve nuevamente en mi vista. Ahora hablaba discretamente con otro joven, aunque por la distancia y el ruido del ambiente no pude escuchar nada. No era como que quisiera entrometerme, pero su actitud era algo sospechosa. Pareció darse cuenta de que lo observaba y musitando algo para su interlocutor, comenzó a caminar en mi dirección. Disimulé lo mejor que pude y fingí estar perdida buscando el tocador de mujeres.
-¿Puedo ayudarla en algo señorita…?- me preguntó
-...Selket. Mucho gusto…- respondí con el mismo aire de pregunta.
-Sorrento- me dijo con una voz melodiosa y hechizante.
Intenté no parecer sumamente sorprendida, aunque lo estaba. Así que ese hombre de voz hipnótica y ojos de conejo era el General Marino que encabezaba el gran Ejército de Poseidón. Seline me había hablado de él en más de una ocasión. Sorrento de Siren. Hasta donde sabía, era el único General activo, al menos hasta que Seline y Lexie ocuparan sus lugares dentro de la Orden en Atlantis.
-Discúlpeme, Kyrie Sorrento, estaba buscando el tocador de damas- me excusé con total naturalidad.
-Permítame escoltarla, si no le molesta- me dijo, ofreciéndome su brazo.
Lo tomé y me condujo a un lujoso cuarto de baño enchapado en oro y cuyas paredes en mármol estaban adornadas por finos grabados con tema marítimo. Me apoyé en el lavabo y suspiré pesadamente. Pensé en hablar con Milo a través de mi Cosmos, pero descarté la idea: quizás no se vería bien que estuviera encendiendo mi Cosmos dentro de un baño, creyéndome la Mata Hari del Santuario. Luego me lavé las manos y me acomodé el cabello. Salí y lo encontré esperándome o vigilándome, dependiendo del punto de vista.
-No quería que se perdiera de vuelta, así que la esperé- me dijo con un tono en extremo cortés .
-Es usted muy amable, se lo agradezco- le respondí de igual forma, tomando su brazo como ya antes lo había hecho.
Avanzamos entre la multitud y yo no estaba muy segura de hacia dónde me llevaba hasta que comenzó a charlar conmigo casualmente.
-Es usted una de las damas de la señorita Saori Kido, ¿no es así? Disculpe que no me haya acercado antes a saludarla cuando Julián las recibió, me tenían ocupado con otros asuntos- me dijo.
Asentí como única respuesta. Obviamente él sabía de sobra qué papel cumplíamos Galatea y yo, aunque no supiera si éramos Saints o lo que fuera. Estábamos al tanto de la condición de Saori como deidad al igual que Julián Solo. Sorrento debía ser igual, aunque se refería a Poseidón como uno más de sus amigos, lo cual me parecía extraño. Ni siquiera Dohko o el Patriarca tenían esa clase de familiaridad con Athena. Tal vez era algo de hombres, qué sabría yo.
Pronto llegamos con Saori, quien me dedicó una breve mirada y luego siguió conversando con otros invitados. Sorrento desapareció de mi vista de inmediato. Aún quedaba mucha noche por delante.
Me sentía algo abrumada entre tanta gente, todos desconocidos y nadas en común. Al verme el brazo con las uñas perfectamente arregladas, las joyas y el vestido me sentí realmente fuera de lugar. Algunos moretones los habían cubierto con maquillaje. Miré a Galatea, quien era la viva representación del derroche y la belleza. La diosa lucía incluso mejor, altiva y enfundada en aquel hermoso traje blanco y oro. Y yo... extrañaba estar en Escorpio en ropa cómoda compartiendo historias y discutiendo mis técnicas con Milo.
Unas horas después, la fiesta comenzó a ralentizarse y los invitados ya no tenían la misma energía del comienzo de la noche. Nos encontrábamos en el gran balcón con vista al mar en una noche preciosa. Los fuegos artificiales hacían del reflejo del agua un hermoso juego de mil colores. Athena decidió que había sido suficiente vida social por una noche y se despidió de Julián Solo, quien se encontraba con Sorrento. Ambos se despidieron cortésmente y Sorrento me dedicó una suave sonrisa. Nosotras asentimos con una reverencia y nos dirigimos de vuelta al Santuario. Todavía faltaba cruzar todo el gran salón, donde nos encontramos nuevamente con la comitiva de Asgard. De nuevo intercambiamos despedidas con Hilda y su hermana y partimos de nuevo.
-Oh, disculpa- sentí que alguien jaló suavemente de mi brazo. -¿Eres una de las doncellas de Athe… la señorita Kido?
Me alarmé un poco, pero supe que aquella chica de largo cabello cyan y ojos púrpura sabía la identidad de la diosa. Traté de ubicarla mentalmente y luego de unos segundos logré recordar un poco: Era una de las doncellas de Hilda de Polaris, así que debía estar al tanto de toda la situación. Asentí como única respuesta, pues no sabía qué tanto sabía ella. Cuando había conversado previamente con las asgardianas la chica no había estado tan cerca. Gracias a eso me había confundido con una doncella, lo cual en esta ocasión era cierto. Al menos así lo queríamos hacer parecer: una doncella dispuesta a atender en todo momento a una rica heredera en una fiesta privada de otro rico heredero. Sólo Hilda y Flare sabían que era la aprendiza de Milo y así debía ser.
-¿Conoces a Aioria?- me preguntó en un susurro.
Ok, esta chica conocía al menos un Caballero Dorado, y no precisamente a los dos que se mencionaron en la conversación previa. O sea que de verdad no era una casualidad.
-Quisiera que le entregaras esto de mi parte, si no es mucho pedir- dijo mientras me entregaba un dije de plata con una atadura de cuero. El diseño era un león con un símbolo nórdico que no pude identificar. Lo recibí, admirándolo por un segundo en mi mano y luego lo guardé en un monedero escondido en el cinturón de mi peplo.
-Por cierto, mi nombre es Lyfia- me dijo con una delicada sonrisa.
-Selket- le contesté. -No te preocupes, le haré llegar esto al León Dorado.
Ella me lo agradeció y desapareció de inmediato entre la multitud, uniéndose a Hilda y Flare en un segundo. Bueno, no sabía qué tipo de relación tenía aquella extraña asgardiana con ellas, pero luego lo averiguaría. Al menos era una suerte que fueran aliadas de Athena. Regresamos al Santuario y me quedé un poco más atrás. Galatea se dirigió a la Villa de las Amazonas, donde vivía junto a Marin y las otras dos aprendizas. Me quedé un rato disfrutando el aire fresco del Santuario y luego entré en la Calzada Zodiacal.
-Mu, ¿qué haces despierto tan tarde?- le pregunté, extrañada cuando vi al Santo de la Primera Casa sentado en las escaleras..
-¿Cómo te fue en la fiesta?- me contestó con otra pregunta.
Pude notar que su contrapregunta era una manera elegante de evadir mi pregunta. Lo dejé pasar, seguramente no era nada.
-Bien… Ya sabes, muchísima gente importante, comida y espectáculo inimaginables…- le dije, aunque no con mucho ánimo, lo cual notó de inmediato.
-¿Pero…?- me dijo con una suave sonrisa.
Demonios. Debía contarle, no quería tener que averiguarlo con Milo primero. Suspiré y me senté a su lado en las escaleras de Aries, recogiendo mi peplo.
-Mu, ¿quién es Lyfia?- pregunté, sin dar más rodeos.
Sus ojos se abrieron de par en par y su semblante se endureció un poco.
-¿Dónde escuchaste ese nombre, Ket?
¿Por qué no simplemente me da respuestas?
-La conocí esta noche- dije como única respuesta.
-Ya veo. Ella es una doncella del Palacio Valhalla en Asgard- me dijo. -Durante la Guerra Santa con Loki, Odín se manifestó a través de ella…
-¿Y…?- tenía que contar el cuento más rápido o iba a dormirme en sus impolutas escaleras.
-Nos revivió a los Caballeros Dorados en Asgard- me dijo, sopesando cada palabra.
Vaya, eso no me lo había esperado. Milo no me había hablado mucho de ese episodio y Aioria sólo me había contado la parte de la ilusión de la Sombra Traicionera. Había mucho de ese hilo aún por jalar.
-Me pidió que le entregara esto a Aioria- le dije, sacando el pequeño dije.
Lo tomó en sus manos y lo observó con detalle.
-Qué símbolo es ese?- pregunté, curiosa.
-Es un Valknut o nudo de Odín. Representa a los soldados caídos en batalla. Es un símbolo de la lucha y la muerte- me explicó.
-¿Ella y Aioria…?- comencé a preguntar, pero me quedé a medias.
Quizás en el fondo realmente no quería saberlo. No quería ni imaginar lo que aquel amuleto representaba para Aioria y aquella chica. No quería ser yo quien tuviera que entregarle al León Dorado aquella encomienda que, por lo que intuía, rompería el corazón de Seline. Mu tenía el don sobrenatural de leer mis pensamientos y me puso una mano en el hombro, en señal de ánimo.
Todo sería peor y no sólo para Seline: yo seguía bajo la tutoría de Aioria por otras dos semanas más, sin contar con la reacción que intuía de Milo cuando se enterara. Y no sabía si sería por mí… No pintaban las cosas bien para Aioria, en cualquiera de los casos.
Subí la Calzada tratando de distraerme con pensamientos relacionados al Torneo, pues me faltaba un combate para llegar a semifinales y luego el tan esperado momento de enfrentarme a Milo por una Armadura y un lugar dentro de la Orden. Entré con sigilo a los primeros Templos sin despertar a nadie, pero no contaba con que Seline se había quedado en Leo esperándome para tener todos los detalles de la fiesta. Salió de inmediato al paso junto a Aioria, quien era la última persona a quien quería encontrarme.
-¿Y bien? Cuéntanos cómo te fue, Alimaña- me dijo, abrazada a Aioria, quien no estaba para nada ansioso de participar en aquella conversación banal.
-Fue exactamente como dijiste, Pecesito. Cena, bailes y espectáculos con mucha pirotecnia- les conté.
Seguí relatándole los pormenores de la cena y los invitados, siendo en extremo prudente de no mencionar a ninguna Marina, Dios Guerrero o deidad. Todo esto se lo contaría con lujo de detalles al Patriarca. Yo era su escolta/informante designada, después de todo.
Me despedí finalmente, aduciendo cansancio y sueño. Ambos asintieron y yo seguí mi camino siendo tremendamente consciente del amuleto en mi cinto. Mañana decidiría todo con cabeza fría, pues tenía que contar la verdad, pero escogería la mejor versión de ésta para todos. No quería ver sufrir a mi mejor amiga.
Seguí pensando qué momento con el León Dorado sería el adecuado para esto. Fuera cual fuera el resultado, aquella encomienda haría que surgiera cierta incomodidad entre nosotros, pues yo irremediablemente sería la portadora de malas noticias.
Sin encender ninguna vela, entré en Escorpio cuya acomodación conocía con los ojos cerrados, así que no tuve problemas en abrirme paso sin chocarme con nada. Entré en la habitación creyendo que Milo estaría profundamente dormido, pero me llevé el susto de mi vida cuando unas manos me tomaron por las caderas, haciéndome ahogar un grito.
-¡Milo!- le recriminé gritando entre susurros.
-Lo siento, no creí que te fueras a asustar. Había ido por un poco de agua cuando sentí que llegaste- me dijo con suavidad.
Con una chispa de mi Cosmos encendí la vela en mi mesa de noche, quedando a media luz y con aquellas joyas brillando todavía sobre mi piel. Él estaba con un sencillo pantalón de dormir y sin camisa alguna. Lo miré y me humedecí los labios con la lengua. Él se acercó y me besó tomando mi cara entre sus manos, aunque no por mucho se quedarían allí. En un segundo sus cálidas manos recorrían el interior de mi vestido, levantándomelo hasta quitármelo del todo. Me deshice de las sandalias y las joyas y me senté sobre su regazo desnuda mientras mis manos recorrían su espalda y jugaban con su cabello.
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Bueno, aquí les dejo dos caps en una misma semana. Un capítulo light para imaginar una fiesta de Julián Solo en ésta época ¡Feliz cuarentena!
Gabriela: Para serte sincera sobre los Caballeros de Acero, me parecieron pésimos en todo sentido: las armaduras son en realidad simples artefactos mecánicos, ellos no poseen Cosmos ni están protegidas por ninguna constelación... y en general me parecieron forzados y sosos. El mismo Mitsumasa Kido fue quien las encargó, o sea que no son parte de las míticas Cloths creadas por Athena. Tan terribles como el conflicto militar en la nueva serie de Netflix que me vi por pura curiosidad. Igual de mala que la película Legend of Sanctuary.
Sobre escribir más caps juro que ni aunque quisiera me daba la vida para escribir dos o más caps a la semana… A veces, siento que ni uno, pues trato de que la historia siga con buen ritmo y haya algo interesante en cada capítulo, que son de 11 hojas en promedio siempre. Sin embargo, te dejo el link al mejor fic de SS que he leído y que es de una amiga. Seguro te distraerás en esta cuarentena con Aimée en Crossroads de The Ninja Sheep. Es una historia atrapante y va por el capítulo 53 y, si le sigo rogando, publicará el siguiente capítulo pronto jaja
s/10196935/Crossroads
Y de Seline no voy a decir nada jaja ;)
Ana Nari: Linda, esas conversaciones irónicas son el sello de Selket jajaja Me alegra que te gusten los OC, pues son partidos desde cero… con lo bueno y lo malo de mi personalidad y la imaginación.
De nuevo, mil gracias a todos por leerme, ¡ya van mas de 3400 vistas a la historia! Y muchas gracias a todos los que me dan sus reviews por aquí y por todos los medios :)
