—Yo era como tú hace mucho tiempo. Era el rey de Shuruppak, precedente a Uruk, lo debes saber bien. Enlil, el dios que se enfurece fácilmente, decidió castigar a la humanidad con un diluvio colosal. Muchos de los dioses estuvieron de acuerdo con eso e incluso Ea, el más sabio de todos, haría llover sin fin sobre Shuruppak, pero su sapiencia es infinita y se acercó a mí, un día en que me encontraba bañándome entre los juncos del Éufrates. Me susurró que el gran diluvio se aproximaba, que debía construir una barca cuadrada y que abandonara por completo mi palacio y mi riqueza, en pos de salvar mi ciudad de la malicia de Enlil.
"Cuando le pregunté a Ea que haría con mi pueblo, él me dijo "Diles que Enlil te odia, te aborrece completamente y que debes partir lejos, dentro de una embarcación, para salvar Shuruppak del mal absoluto de un diluvio eterno". Así fue como toda Shuruppak se reunió a construir la gran arca que nos salvaría a todos.
Utnapishtim se detuvo en su caminata cuando esperó algún comentario de Gilgamesh que ya estaba aburrido de aquel relato. Miraba al frente, temiendo que todos los dioses se estuviesen retorciendo de risa al ver cómo había caído en una trampa tan ridícula como esta. Su orgullo dañado le hizo hablar con rudeza:
—¿Cómo es que tu pueblo accedió a tal locura? —preguntó como alguien que contesta por mera obligación.
La brisa marina despeinó el cabello canoso de Utnapishtim y continuó su relato:
—Pasé de ser un rey soberbio y estúpido a un rey benevolente. Mi pueblo me amaba y respetaba. Los niños se acercaban a mi palacio e inundaban los pasillos con sus risas y juegos. Las mujeres sonreían a los guardias y los hombres ofrecían sus servicios y trabajos gratamente, como si fuese un deseo servirme.
"Era tal la devoción de mi pueblo que cuando anuncié la venida del gran diluvio nadie lo dudó. Todos ayudamos en la construcción del arca, sacrificamos nuestros animales para alimentar a los obreros y cedí todo el vino y cerveza que existía en mis arsenales. Todo, absolutamente todo lo entregué a mi pueblo, quienes agradecidos festejaban todas las noches por un día más de vida.
"Cuando el día llegó, Shamash se apareció en Shuruppak y gritó a los cuatro vientos que el diluvio se aproximaba. Todos acarreamos el oro y la plata del palacio, animales, mujeres, niños y aves de corral. Mi familia completa se encontraba en la nave y en todo un día, mi pueblo se encontraba en la gran arca, temerosos del destino que los dioses nos habían deparado.
"Mi reino alguna vez fue grande y esplendoroso como el tuyo, Gilgamesh, pero de una noche a otra fue despojado de su grandeza por una enorme nube densa y oscura que dejó caer la lluvia sobre mis tierras. Aquel día los dioses del caos y la destrucción se pasearon por mi palacio, derribaron sus paredes, destruyeron las casas, los talleres, los templos y Ereshkigal indicaba a su sagrada escribana los nombres de los infortunados que quedaron bajo el arca. Durante siete días y siete noches el diluvio arrasó con mi reinado completo, arrastrando todo lo existente. Aruru, la diosa creadora, lloraba por como sus hijos eran castigados por orden de Enlil.
"Luego quedamos varados. Durante semanas terribles, en los que creímos que todos moriríamos de hambre, estuvimos en la incertidumbre de las aguas que no descendían su nivel, hasta que un día, el agua desapareció y el arca quedó enterrada en la ladera de una montaña. Ahí fue cuando ofrecimos un ritual a los dioses para ganarnos su gloria y confianza nuevamente y apareció Aruru feliz de vernos todos vivos y a salvo. Ella ofreció a Enki su vida como esposa con tal de glorificarnos en nuestra humanidad. Enlil demostró su ira y la voz de la poderosa Aruru lo detuvo, tanto así que se rectificó de su actitud y fue ahí donde todo ocurrió:
"Me ofrecieron junto con mi esposa, la inmortalidad por mis heroicas acciones, por haber salvado mi reino y haber renunciado a todas las comodidades de un rey por el bien de mi pueblo: ¿Acaso tu, Gilgamesh de Uruk, has hecho cosa similar por tu reino?
Gilgamesh detuvo su caminata con el ceño ligeramente fruncido. ¿Qué importaba el pueblo si él no estaba bien?
De pronto sí le importó.
Recordó el día que bajó con Enkidu al mercado, donde todos los hombres lo trataban amablemente, ofrecían sus humildes y trabajadas pertenencias y Enkidu agradecía cada detalle como si fuese una ofrenda de los dioses.
Qué hermosos eran esos días.
¿Acaso sus ciudadanos eran buenos con él por miedo?
Gilgamesh era a pesar de todo, afortunado: todo un reino esplendoroso construido entre todos y él como regente. Tuvo al mejor amigo que podría haber tenido, disfrutó la vida con excesos y lujos, sintió la emoción más fuerte que un humano puede sentir.
¿Por qué deseaba entonces la inmortalidad si ya lo tenía todo?
Gilgamesh negó con suavidad, serio, sumido en sus pensamientos: realmente sus acciones como rey no se comparaban a las de Utnapishtim, menos aún en la gloria que aquello significaba. Planeaba inmortalizar su nombre, pero no tenía acciones agradables a los dioses, es más, parecía que los dioses lo odiaran.
Utnapishtim rio y palmeó el hombro de Gilgamesh.
—Eres valeroso Gilgamesh. Has llegado aquí, atravesando un montón de pruebas que no cualquier mortal haría y has hecho todo por ti mismo. Eres un hombre valiente y mereces que te dé una oportunidad.
"Yo soy un dios y tengo el poder de otorgarte la inmortalidad para que atravieses las puertas del abismo de Ereshkigal. En la séptima puerta podrás hablar con Enkidu y pedir a Ereshkigal por su alma a cambio de algo que ella considere digno.
Gilgamesh se detuvo en seco al oír aquello.
Volver a ver a Enkidu sonaba como una locura, aquello le llenó de esperanzas, encendió una llama dentro de sí. Sus manos tiritaron levemente y una gota de sudor rodó por su rostro. A pesar de todo lo que pensaba, habló con arrogancia:
—No me interesa Enkidu. Me interesa mi inmortalidad.
—Bien… es simple—comenzó Utnapishtim, mirando las nubes alzarse en el cielo—. Por siete días no debes dormir. Ya sé que no has descansado mucho juzgando tu rostro, pero debes permanecer despierto siete días más y te haré inmortal. Si eres capaz de cumplir aquello, no hay nada entonces que te detenga.
Gilgamesh bufó divertido para luego convertir aquella expresión de burla en una risotada que se expandía por la playa. Tuvo que agarrarse el estómago de dolor producto de su repentino estallido. Utnapishtim sonreía al verle jovial y colocó sus manos tras la espalda.
—¡Qué agradable es oír la risa de los jóvenes!
Gilgamesh y Utnapishtim caminaron hasta la casa del anciano. De cerca era aún más lamentable: un par de maderos blanquecinos maltrechos que se sostenían con cierta inestabilidad y algunas telas que servían de puertas y ventanas. Gilgamesh se sentó en la arena a observar aquella playa solitaria. La brisa marina llenaba sus pulmones de un agradable aroma a mar. Miró a Urshanabi jugar con su caña mientras hablaba con sus golems de piedra cuando desvió su atención hacia Kur.
"Enkidu, iré por ti" pensó, con cierta angustia en su corazón "No sabes cuánto…"
Pensó en cómo sería el día en que lo volvería a ver cuando de pronto, cayó dormido.
