22. Os he pedido que me hagáis una sopa, no que me deis un sobrino
Debería haberlo hecho antes. Lo digo en serio, porque, ahora que he empezado, siento que no puedo parar. Llámame fulana si quieres, pero si salieras con un chico tan macizo como Itachi Uchiha, tampoco serías capaz de tener las manos quietas.
—Tenemos que ir a clase —digo casi sin aliento, intentando poner algo de distancia entre los dos.
—Tranquila, no llegaremos tarde.
Los labios de Itachi continúan atacando mi cuello sin piedad y yo arqueo la espalda a modo de respuesta, porque nada me gustaría más que unir mi cuerpo al suyo. ¿Se puede saber qué he estado haciendo con mi vida hasta ahora? Lo he tenido así de cerca durante meses, pero mi cabezonería hizo que no me percatara de la atracción más que evidente que hay entre los dos. Bueno, mejor tarde que nunca, ¿no?
No es la situación ideal, con la puerta del almacén bloqueada, pero no teníamos otra opción. La última vez que nos besamos fue cuando me recogió esta mañana para traerme al instituto y desde entonces no hemos tenido ni un solo momento para estar a solas. Itachi lleva todo el día provocándome, echándome miraditas que me incitan a comérmelo a besos. Durante la comida, me ha puesto una mano en el muslo y yo no he podido tragar ni un solo bocado. Ha sido entonces cuando nos hemos inventado la excusa de que teníamos que coger unos libros en la biblioteca y hemos huido despavoridos en busca de un poco de intimidad.
Nadie se lo ha tragado, obviamente. Sai, que es encantador, ha añadido unas palabras cargadas de sabiduría:
—¡No olvides usar protección, Uchiha!
Eso es lo que ha gritado delante de todo el mundo, pero Itachi ni siquiera lo ha oído. Típico de los chicos que solo tienen una cosa en la cabeza.
—Itachi... —protesto, pero en vez de eso se me escapa un gemido.
De pronto, se le encienden los ojos como un árbol de Navidad porque es consciente del efecto que provoca en mí. Me besa de nuevo, un beso largo y profundo, hasta que oímos el timbre de clase. Aparto los brazos de su cuello, pero él no me suelta. Nos miramos en silencio, un poco atontados, antes de que el sonido estridente del timbre destruya el momento.
Itachi gruñe y me coge de la mano.
—Vamos, Saku. Después de clase ya buscaré un sitio mejor para enrollarnos.
Se le nota tan frustrado que no puedo evitar que se me escape la risa. Me gusta que le obsesione tanto como a mí la idea de besarnos; vamos, de tocarnos en general. Lo último que quiero es convertirme en la novia empalagosa a la que solo le apetece pasar el rato encerrados en la habitación. Por muy tentador que me parezca, creo que Itachi acabaría desarrollando claustrofobia.
El resto del día transcurre más o menos igual. Nos sonreímos a escondidas; bueno, yo le sonrío, él me guiña el ojo como si me insinuara algo y yo me pongo colorada. Ahora entiendo tanto alboroto con lo de salir con alguien. Según Ino, que ahora es nuestra experta en relaciones, estoy en la fase de la luna de miel, que todavía durará un tiempo más, así que genial. El único bajón del día ha sido ver a Sasuke y a Karin. Es curioso, pero siempre había pensado que el día que no estuvieran juntos yo sería feliz. Supongo que es mi penitencia por desearles el mal. Cuando eran pareja yo me sentía miserable, pero ahora lo único que desearía es desaparecer. Las miradas que me echan, el sentimiento de culpabilidad que pretenden que me corroa, no hacen más que demostrarme que están hechos el uno para el otro. Pero no pienso dejar que me afecte. Tengo a Itachi y tengo a mis amigos, así que no me puedo quejar. La cuestión es que entiendo el odio de Karin. Ha sido sin querer, pero mi ataque de sinceridad la ha convertido en mera espectadora. Ya no tiene amigos, la han abandonado hasta sus esbirros, que ahora van a la caza de una nueva abeja reina. Todavía forma parte del equipo de baile, pero, por lo que he oído, la han convertido en una paria. Supongo que nadie puede sobrevivir a Sasuke Uchiha. Sasuke, en cambio, es un puzle cuyas piezas soy incapaz de encajar. Sí, le he parado los pies, pero ¿de verdad creía que me lanzaría a sus brazos? Se está comportando como un imbécil con Itachi y conmigo. Yo, en su lugar, no pondría a prueba la paciencia de su hermano. No le vendría mal un poco de prudencia, sobre todo si tenemos en cuenta que aún tiene cardenales de la última vez que se enfrentaron.
El sábado dejo a un lado el drama en el que se ha convertido mi vida y lo cambio por un poco de emoción, de esa que te pone los nervios de punta y sientes mariposas en el estómago. Itachi pasará a recogerme dentro de una hora. ¡Tenemos una cita! Es la primera vez que salimos desde que vamos más en serio. Lleva dos semanas castigado, por el incidente con Sasuke y por escaparse conmigo a la mañana siguiente. El sheriff Uchiha era partidario de mandarlo de vuelta a la academia militar, pero Mikoto consiguió tranquilizarlo. Eso fue después de que Sasuke confesara que él había empezado la pelea. Ahora que lo veo con más distancia, ni siquiera sé por qué empezó a gustarme.
Llevo un vestido cruzado morado y unos botines con tacón. Sé que a Itachi le encantan porque, cada vez que me los pongo, me mira las piernas y no se molesta en disimular. Me gusta que sea tan sincero, que me mire abiertamente; es más, me resulta halagador.
Aún me estoy maquillando cuando suena el timbre. Tengo el cepillito del rímel en la mano y no quiero sacarme un ojo, así que me tomo un par de minutos extra para acabar con las pestañas. Luego corro escaleras abajo, intentando no matarme, y me quedo petrificada cuando veo que es Shikamaru quien le ha abierto la puerta a Itachi. Trago saliva porque se están mirando de arriba abajo y eso no augura nada bueno. Su relación sigue siendo un misterio para mí. Entiendo que a mi hermano mayor le cueste confiar en él después de todo lo que me ha hecho, pero ojalá se dé cuenta de que ahora las cosas son muy diferentes. Si lo hiciera, la situación sería mucho más fluida.
—Eh, chicos —digo para romper la tensión y llamar su atención.
El cambio de expresión en las caras de ambos resulta casi cómico. La dureza de Shikamaru desaparece y es sustituida por una expresión de preocupación, y la mirada fría y a la defensiva de Itachi se desvanece casi tan rápido como la de mi hermano. Se le iluminan los ojos y por la comisura de sus labios asoma una sonrisa pícara. El corazón me da un vuelco porque sé que la responsable de esa reacción soy yo.
—¿Vas a algún sitio, Cerezo?
Desde que mi madre se marchó, Shikamaru se ha vuelto aún más protector. Siempre ha cuidado de mí, pero ahora lo está llevando a un nuevo nivel.
Me dirijo hacia Itachi y él es suficientemente valiente como para cogerme la mano y susurrarme «Estás preciosa, bizcochito» en la oreja. Los ojos de Shikamaru se clavan en nuestras manos entrelazadas y él frunce el entrecejo.
—Sí, salimos a dar una vuelta. Estaré fuera un par de horas, volveré antes del toque de queda.
—Pero no puedes ir —replica Shikamaru con toda la naturalidad del mundo.
Aún estoy procesando lo que acabo de oír y empezando a formular una respuesta cuando, de repente, siento que los dedos de Itachi se tensan alrededor de los míos y me aprietan con tanta fuerza que me hace daño.
—¿Por qué no? —le espeta a mi hermano antes de que yo pueda responder.
Tiene los dientes apretados, mientras que Shikamaru se limita a sonreír. No está siendo precisamente de mucha ayuda, sobre todo porque conoce a Itachi y sabe que lo último que tiene que hacer es incitarlo.
—Porque estoy enfermo y necesito que me cuide.
Lo observo detenidamente con los ojos entornados.
—A mí me parece que estás perfectamente, Shika.
—Achú.
Finge el estornudo más falso de la historia de los estornudos y se toca la frente. Entonces me pongo furiosa. Sé que está desesperado y que no va a dejar que me vaya, pero lo que no sé es por qué lo hace.
—¿De verdad esperas que se lo trague? —replica Itachi, y siento el impulso de interponerme entre los dos.
Me coloco delante de Shikamaru, que parece que se lo está pasando en grande con la situación, y arqueo una ceja mientras me llevo una mano a la cintura.
—No estás enfermo, ¿a qué viene esto?
—Estoy enfermo, solo que no lo notas. No me digas que piensas abandonarme cuando más te necesito, hermanita —protesta, y pone esa cara tan suya a la que nadie es capaz de resistirse.
Así es como consigue camelarse a las chicas. Cierto, yo soy su hermana y me conozco todos sus trucos, pero aun así no puedo resistirme. Suspiro y me pellizco la frente.
—¿Y qué quieres que haga? A mí me parece que estás bien. ¿Cómo quieres que te cuide si ni siquiera sé qué te pasa?
Al oírlo, se le iluminan los ojos y oigo que Itachi murmura algo entre dientes. Seguro que las chicas con las que ha salido hasta ahora no tienen familias tan disfuncionales como la mía. Apuesto a que no se tragan las mentiras de sus hermanos y tampoco tienen madres que prefieren tomar el sol en Miami que arreglar su matrimonio.
—Podrías empezar preparándome un poquito de caldo. Me muero de hambre, ayer no conseguí retener nada en el estómago.
Me debato entre su expresión optimista y la cara de amargado de Itachi. Es como si tuviera que elegir entre un Kit Kat y un helado de fresa: imposible. ¿Y ahora qué hago? Si planto a Itachi, las posibilidades de que me deje son considerables. Si dejo solo a Shikamaru, que es lo que él no quiere, me pasaré el día sintiéndome culpable.
—Vale, vale, me quedaré a prepararte la puñetera sopa, pero con una condición.
Shikamaru me dedica su sonrisa más infame y me da un abrazo de oso que casi me deja muerta. Cuando se aparta, es evidente que se siente vencedor, pero lo que no sabe es que sus planes están a punto de irse al garete.
—Lo que quieras.
¿Ves? Error.
—Bueno, supongo que ya te veré más tarde —murmura Itachi detrás de mí.
Me doy la vuelta, le cojo la mano y, sin mirar a Shikamaru, digo algo que sé que no le va a hacer muy feliz.
—Itachi se queda y tú vas a ser amable con él. Nos dejarás tranquilos y harás los trabajos del curso que sé que tienes pendientes. Si intentas pelearte con él, me voy y tú te quedas sin sopa.
En cuanto las palabras salen por mi boca, siento que me ha tocado el gordo. Itachi sonríe, pero no con su típica media sonrisa socarrona, sino con otra de oreja a oreja que podríamos bautizar como «la rompebragas». Me aguanto las ganas de abanicarme; no quiero que mi hermano se dé cuenta de que ahora mismo estoy más salida que el pico de una mesa.
Se hace el silencio, pero al cabo de unos segundos Shikamaru responde con un sonido que se parece sospechosamente a un «vale» y desaparece escaleras arriba.
—Pues habrá que hacer un poco de sopa, ¿no?
Miro a Itachi y le pido perdón con la mirada. Me siento fatal por haberme cargado sus expectativas de lo que iba a ser esta «cita». No sé qué tenía en mente, pero seguro que no incluía jugar conmigo a las casitas. La verdad, no sé por qué insiste en querer estar conmigo.
—Saku... —empieza, pero yo soy incapaz de callarme.
—No hace falta que te quedes si no quieres. Quiero decir que no tienes por qué pasar por esto. No sé en qué estaba pensando cuando le he dicho a Shikamaru que te quedarías. Sal, haz algo divertido, no sé, lo que hagáis normalmente los chicos. He oído que hay mucha pesca en esta época del año, quizá Sai...
No consigo acabar la frase porque Itachi me pone una mano en la nuca, tira de mí y me besa antes de que tenga tiempo de reaccionar. Al principio abro los ojos como platos, pero en cuanto siento la presión de sus labios sobre los míos, me dejo llevar por el instinto y le devuelvo el beso. Me da igual que Shikamaru esté arriba o que mi padre pueda llegar del trabajo en cualquier momento. Soy incapaz de concentrarme en nada que no sea Itachi y lo bien que besa. Le paso los brazos alrededor del cuello y me apretujo contra su pecho. Él gime y desliza una mano hacia mi trasero.
Nos separamos porque empiezo a estar un poco mareada y me falta el aire. Itachi se ríe mientras me sujeta un mechón de pelo detrás de la oreja y luego me da un beso en la mejilla. Es un gesto casto comparado con lo que estábamos haciendo hace un segundo, pero aun así me tiemblan las rodillas.
—Creo que esto despeja cualquier duda que puedas tener sobre si quiero quedarme o no.
Todavía tengo la cabeza llena de fuegos artificiales, así que tardo un buen rato en conseguir que sus palabras tengan sentido. Asiento como una imbécil. Un intenso hormigueo me recorre toda la piel. ¿Esto le pasa a todo el mundo? Tengo que hacer una encuesta para asegurarme de que no soy una especie de ninfómana.
—Ajá...
Él se ríe otra vez, me arrastra del brazo hacia la cocina y, como aún no he recuperado la funcionalidad de las piernas, me sienta sobre la encimera. Luego busca en la nevera y saca lo que necesita para preparar una sopa de pollo con fideos, mientras yo observo la escena como sumida en un trance. De repente, invade el espacio que hay entre mis piernas y por fin consigo concentrarme en algo que no sea este torrente de sensaciones que me atraviesa.
—Eres consciente de que fregaría el suelo si hiciera falta solo para estar contigo, ¿verdad?
Le quiero.
No es solo por lo que acaba de decir, que también; es la conclusión lógica a la que me conduce cada uno de los momentos que he pasado a su lado. Antes de que volviera a mi vida, pensaba que no estaba a su altura. Y lo creía por culpa de la obsesión malsana que tenía por Sasuke y su relación aún más tóxica con Karin. Creía que había algo malo en mí y que por eso la gente escogía a los demás antes que a mí. Mis padres preferían ocuparse de sus problemas personales, mi hermano prefería una botella de Jack Daniel's, mi mejor amiga prefería ser popular y el presunto amor de mi vida prefería tener una reputación. Comprenderás que no tuviera la autoestima más alta del mundo. Permití que Karin me pisoteara porque creía que me lo merecía, pero ahora sé que no es así. La gente me tratará mejor si yo también aprendo a hacerlo, y eso es lo que Itachi me ha enseñado. Nadie me ha hecho sentir tan bien conmigo misma como él y ha conseguido que me acepte tal y como soy. Me ha enseñado que todos merecemos una segunda oportunidad y que podemos cambiar a mejor, no solo a peor.
Por eso le quiero y seguramente estoy enamorada de él. La certeza me golpea como una combinación entre un rayo y un tren de mercancías. Si no estuviera sentada, me caería redonda por culpa del impacto. Su mirada, esa luz que le brilla en los ojos, me dice que quizá él siente lo mismo, pero aún no soy tan valiente como para contárselo. Es muy pronto y yo estoy asustada. No quiero ahuyentarlo, sobre todo ahora.
—Por suerte no tendrás que hacerlo, te creo.
Tiene las manos alrededor de mi cintura y dibuja círculos con los pulgares sobre mi ombligo. Últimamente hace cosas así y yo ya no huyo. Es como si hubiéramos cruzado un puente invisible y ahora estuviéramos mucho más cómodos y nos sintiéramos libres para tomarnos ciertas libertades.
Se inclina hacia mí y me da un besito.
—Mejor —susurra sobre mis labios y luego se retira.
Se pone manos a la obra y yo lo observo como hipnotizada. Un buen plato de sopa casera servirá para acercar posturas entre Shikamaru y Itachi, seguro, al menos más que la sopa de bote que pensaba calentarle yo, así que no interfiero. Se mueve increíblemente bien en la cocina, es como un arte y él se desenvuelve con tanta seguridad que resulta sexy como él solo. Encima cocina como los dioses, ¿qué más se puede pedir?
—¿Dónde has aprendido a cocinar así? —murmuro mientras él corta las verduras como si el cuchillo fuera una extensión de su brazo.
—Necesitaba un trabajo en la academia militar —responde sin levantar la mirada de la tabla—. Mi padre no era muy generoso que digamos con la paga. Le caía bien a la cocinera, la señora Chiyo, así que un día le pregunté si después de clase podía trabajar en las cocinas. Ella fue quien me enseñó todo lo que sé —recuerda.
Caigo en la cuenta de que casi nunca hablamos del tiempo que pasó en la academia militar. Siempre que lo menciono se las arregla para cambiar de tema con tanta habilidad que ni siquiera me entero. Últimamente le he insistido más; me pregunto si ya estará preparado para hablar de ello.
—¿Y cómo era? La academia militar, quiero decir. ¿Era tan horrible como en las pelis?
Se encoge de hombros sin dejar de mover el cuchillo, pero se nota que está tenso.
—Es como cualquier internado, pero más estricto. Hay más disciplina, supongo. La gente cree que están llenos de chavales con antecedentes, pero casi todos son niños ricos con padres incapaces de dedicar su tiempo en arreglar los problemas de sus hijos.
Es la confesión más personal que obtengo sobre el tema desde que ha vuelto. Se nota que está cabreado. Ahora no puedo parar, necesita hablar de esto con alguien y sacarlo todo. Lleva meses ayudándome a luchar contra mis demonios y ahora me toca a mí hacer lo mismo por él.
—Itachi, no creerás que tu padre...
Junta las verduras, las tira en la olla con la mantequilla y se encoge otra vez de hombros mientras las saltea. Creo que forma parte de su mecanismo defensivo fingir que algo no le afecta cuando es evidente que sí.
—Fui porque quise. Me lo sugirió mi padre cuando empecé a portarme peor, pero no me obligó.
Esto es nuevo. Siempre pensé que no había tenido elección. No me parecía el tipo de persona que se presentaría voluntaria para semejante castigo. ¿Y por qué lo hizo? Decido preguntárselo. Él concentra toda su atención en remover la olla que tiene delante.
—Era un cobarde, Saku. Escogí el camino fácil.
Me mira y supongo que se da cuenta de que no entiendo nada porque decide explicarse sin que se lo pida.
—Una vez te dije que creía que tenía que alejarme de ti para olvidarte. Me estaba volviendo loco, nunca he llevado bien los celos. Tú estabas tan convencida de que estabas enamorada de Sasuke que era como si no me vieras. Tenía que liarla y mucho para que te dieras cuenta de mi existencia. Me odiabas, sí, pero al menos sabías quién era.
Intento hablar, a pesar de que tengo un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de golf.
—Siempre supe que existías, Itachi. Siempre estuve atenta.
—Porque me tenías miedo —se mofa, y veo en sus ojos el desprecio que siente por sí mismo—. Me fui porque no quería que la situación empeorara. Pensé que con el tiempo me recordarías como el chaval que se metía contigo en el colegio y que me bastaría con eso.
—Pero... —protesto.
—No pude mantenerme alejado. Lo intenté, créeme. Tenía muchas distracciones y me comporté como un auténtico gilipollas, pero no dejaba de pensar en ti.
Sé que debería estar emocionada por lo que acaba de decirme, pero no puedo reprimir una mueca de sorpresa al oír que tuvo muchas distracciones. Pues claro que sí. Seguro que las chicas perdían la cabeza por él. De pronto, las odio, a todas, a cualquiera que haya significado algo para él, aunque sé que ellas no fueron el motivo de que abandonara el pueblo para irse a la academia militar.
—¿Por qué tardaste tanto en volver? Has estado fuera casi cuatro años y durante ese tiempo no volviste de visita ni una sola vez, ni en vacaciones. ¿Qué te hizo tomar esa decisión?
Intento que no se me note en la voz que estoy dolida, que mis palabras no le suenen a acusación, pero por lo visto no lo consigo. Itachi se pasa una mano por el pelo, está avergonzado. Se acerca, evitando en todo momento el contacto visual.
—Sí que volví.
—¿Qué?
—Vine el verano pasado, un solo día. Mikoto me llamó, estaba muy alterada. Me dijo que la culpa de que yo no volviera era suya. No sé por qué, supongo que pensaba que nunca la había querido como a mi propia madre. Tuve que venir para hablar con ella.
La madre de Itachi murió de un repentino ataque al corazón cuando él tenía cuatro años. Yo era muy pequeña y apenas llegué a conocerla, pero mi madre siempre me decía que era una mujer maravillosa y que Itachi era igualito a ella. Sé que me está diciendo la verdad, que está siendo sincero.
—¿Y por qué no viniste a verme?
—Lo intenté. Me pasé por tu casa. No sabía lo de Shikamaru y sus problemas con la bebida, pero en cuanto me vio perdió el control. Intenté decirle que yo solo quería disculparme, pedirte perdón por todo lo que te había hecho, pero no me dejó. Supongo que le toqué mucho las pelotas porque casi me rompe la nariz.
—¿Qué? —exclamo y me bajo de la encimera de un salto.
Le pongo las manos en los hombros y lo obligo a mirarme.
—Por favor, dime que eso no es verdad —le suplico.
—Él no tiene la culpa. Yo era el imbécil que se dedicaba a hacerle la vida imposible a su hermana, me lo merecía.
—No, no lo entiendes. Shikamaru siempre supo que yo te gustaba, él no haría una cosa así. Tuvo que ser el alcohol. Por suerte, ya no es esa persona.
—Lo sé, Saku, de verdad. No hace falta que lo defiendas. Lo que no te dijo es que me había visto, ¿verdad? Ni cuando me fui ni cuando volví.
Yo respondo que no con la cabeza. Estoy triste y al mismo tiempo cabreada. Tendría que habérmelo contado, no tenía derecho a guardar un secreto que no le pertenecía, pero se había convertido en otra persona. Sus días y sus noches estaban consagrados a la bebida y nada más. No estaba en sus cabales, ni siquiera podía mantener una conversación civilizada y mucho menos recordarla.
—Pero ¿sabes qué?, te vi. Cuando me iba, te vi desde el coche y por eso decidí volver en otoño.
Sus palabras me confunden aún más. Estudio la expresión de su cara e intento entender qué le hizo volver.
—Estabas sentada en la acera. Tenías la cabeza apoyada en las rodillas, pero enseguida supe que eras tú. Llevabas aquella sudadera de Batman, que siempre te ponías para ir a clase. En cuanto la vi, supe que eras tú. Te temblaban los hombros, pero no sé si estabas llorando o riéndote.
Sé a qué día se refiere, lo recuerdo perfectamente, tanto que me pongo colorada como un tomate. Si hubiera visto lo que ocurrió después, ahora me sentiría aún más patética de lo que ya me siento por haberme dejado avasallar durante tanto tiempo. Recuerdo el encontronazo con Karin y sus arpías y es como si la escena se reprodujera en mi cabeza. Yo había ido a la cafetería que hay cerca de la oficina de mi padre después de mantener con él una conversación especialmente agotadora sobre la universidad. Mi padre insistía en que fuera a Dartmouth cuando yo siempre he querido ir a Brown. En determinado momento de la conversación, apareció la zorra de su secretaria, se sentó en su regazo y básicamente se dedicaron a tontear como si no hubiera un mañana. Yo salí de allí corriendo, desesperada por una de las dos debilidades que han sobrevivido de mi etapa Sakura la Obesa: el helado. Una vez en la cafetería, me pedí un cucurucho de dos bolas con virutas de colores por encima y fue justo entonces cuando me asaltaron.
El radar bully de Karin apuntó directamente hacia mí y al cono gigante que tenía en la mano. Reunió a la mitad del equipo de baile y se me acercó. A mí ya me daba vergüenza que me hubieran pillado poniéndome como una gorrina. Aún no me sentía a gusto con mi cuerpo, a pesar del peso que había perdido, y Karin venía dispuesta a hacerme trizas.
Y vaya si lo hizo. Cuando acabó conmigo, yo solo quería meterme en un agujero y morir. Tiré el helado al suelo y salí de allí como pude. Corrí con todas mis fuerzas y acabé cerca de las afueras del pueblo. Me desplomé en el suelo y lloré hasta quedarme sin lágrimas.
Luego hice algo que aún hoy no me he perdonado. No lo he vuelto a hacer, pero aquel día estaba tan desesperada, tan hundida, que me metí los dedos y vomité. Allí mismo, en plena calle, aunque creía que estaba sola. Al parecer no era así.
—No me...
—Sí, lo siento, Saku. Sé que no querías que te viera, pero...
—¿Volviste porque te sentías mal por mí?
Mi voz suena demasiado aguda y estridente, como siempre que estoy enfadada, pero esta vez es peor. Me siento tan desnuda, tan vulnerable...
—¡No! —exclama y me sujeta con fuerza del brazo para que no me escape—. Volví porque me di cuenta de que no podía pasar más tiempo lejos de ti. Necesitaba tenerte cerca, saber que estabas bien. Cuando te vi llorando, sentí como si me hubieran arrancado el corazón del pecho. ¡Joder! Luego cuando... hiciste eso, me quedé roto. Quería matar a la persona que te había hecho creer que tenías que hacerte algo así. ¿No lo ves? ¡No era pena, era lo que sentía por ti! Lo que siempre había sentido.
Lo miro asombrada, con los ojos llenos de lágrimas. ¿Tengo que creerme lo que dice? ¿De verdad no le doy pena? Estoy desconcertada, no sé qué pensar. Quiero creerlo, pero es demasiado bonito para ser verdad.
—Saku, por favor, créeme. Nunca te mentiría, lo sabes, ¿verdad?
—Te... te creo.
Al oír mis palabras es como si todo su cuerpo se relajara de golpe. El amor que siento por él explota de repente y poco menos que me abalanzo sobre él, me lanzo a sus brazos. Entierro la cara en su pecho y me embriago con su olor, mientras él me abraza y me levanta del suelo.
—Gracias, gracias, gracias.
Dibujo un sendero de besos sobre su pecho y siento el latido de su corazón contra mi piel.
—¿Gracias por qué, preciosa? —pregunta con la voz ronca y luego me da un beso en lo alto de la cabeza.
Me aparto, le doy un beso en los labios y sujeto su cara entre mis manos.
—Por salvarme.
Le brillan los ojos y de repente sus labios explotan contra los míos con un sonido gutural. Me pide que le pase las piernas alrededor de la cintura y yo lo hago. Me cojo con fuerza a su pelo y él me mete una mano debajo de la camiseta. Asoma la lengua entre los labios y la lanza como un dardo contra los míos. La sensación es tan increíble que me vuelvo avariciosa, quiero más. Abro la boca sin demasiada convicción y nuestras lenguas se tocan por primera vez. Qué maravilla. Noto su sabor y no puedo evitar que se me escape un gemido. Me hace retroceder por la encimera de granito y siento que el borde se me clava en la espalda, pero me da igual, estoy demasiado ocupada flotando en este mar de nubes. Me besa con rabia, como si su vida dependiera de ello, y yo intento seguirle el ritmo.
—Eh, chicos, os he pedido que me hagáis una sopa, no que me deis un sobrino.
Hay ciertas cosas que preferirías que tu hermano no viera nunca, por ejemplo, ropa interior, productos de higiene femenina y mensajes de tu novio. Que te pille en la cocina cachonda perdida con el chico al que presuntamente odia ocuparía el primer puesto de la lista. Pero, eh, que estamos hablando de mí, la única persona a la que le pasan estas cosas.
