CAPÍTULO XXXVIII

DISCLAIMER. Antes de empezar quiero dejar en claro que los personajes no me pertenecen, ellos son enteramente propiedad del MCU y de la mitología nórdica, yo sólo los uso para dar rienda suelta a mi imaginación.

N/A. Lunes, pero por fin no tengo la migraña xD.

Capítulo Treinta y Ocho

Trastabilló un par de veces hasta que sus manos encontraron algo a lo que aferrarse para descargar el vómito. Dos minutos y un vaso con agua después, retomó la compostura y le dedicó una mueca a quienes bajaban a su lado, los que habían sido sus vecinos durante la travesía.

Dio una recompensa generosa a los dos marineros que hicieron el favor de desembarcar su equipaje y se dirigió a esperar a donde su madre le indicara. Sus ojos se anegaron de lágrimas al extender los brazos para recibir en ellos a Frigga. Los sollozos de ella se ahogaron en las palabras de consuelo que el rubio le dedicó mientras Heimdall se encargaba de que el cochero hiciera lo suyo.

Fue un viaje largo y agotador, como se lo hizo saber a su progenitora. Si bien el tema de Odín aún era una herida punzante para ambos, en acuerdo mutuo decidieron postergarlo hasta verlo instalado y subsanando los detalles que más apremiaban.

—Realmente me duele el que no pudieras conocer a tu nieto antes de venir.

Eso lo desconcentró por completo de su fascinación por los paisajes citadinos y lo llenó de miseria. Por unos minutos, antes de que cambiaran de tema. Durante su periodo en alta mar se restringió el rumiar en su infortunio y pese a que no erradicó los recuerdos, contrarrestó el dolor. Ya no estaba dispuesto a seguir en él.

Las semanas pasaron y él encontró en Heimdall un gran administrador pero sobre todo, mano derecha. No entendía por qué su padre había decidido llevarlo con él en lugar de dejárselo a Thor para que fungiera como su guía. Así se lo hizo saber a su tío quien, suavizando sus casi imperceptibles arrugas, procedió a explicarle que en aquel momento y según Odín, aún no estaba listo para ayudar a otros.

Tener a su madre de vuelta también fue un alivio. Halló en ella sabiduría y audacia, ni siquiera los miembros más encumbrados de sus accionistas neoyorquinos se atrevían a pedirle que saliera de la habitación cuando iban a ponerse a parlamentar. Usando su posición inferior como mujer y su humor ácido ahora atado a la muerte de su esposo, jalaba las riendas de los movimientos a seguir.

Había días como ese en que, mientras paseaba por Brodway y se dejaba conocer por la élite de Nueva York, reflexionaba sobre tales cualidades y se las adjudicaba a Loki, sólo que sin el toque de amor reverencial con el que se topaba cuando su madre lo corregía en privado por su falta de astucia para comerciar.

Caminó sin rumbo calles más abajo, pero sin salirse de la zona oeste que bien le marcó su madre como "segura". No tenían nada en contra de los migrantes irlandeses o de otra índole pero prefería no mezclarse. En aquella ciudad, considerada nueva, el ser británico era sinónimo de alcurnia, cosa que beneficiaba a sus negocios.

Le encantaba husmear en las tiendas y perderse en callejones que a veces llevaban a otros. Se topó con un par de maleantes pero nunca con más de uno a la vez, por lo que fue fácil esquivarlos.

Fue el olor a cigarro y alcohol lo que lo alertó de inmediato. Un hombre yacía sentado al borde de una banqueta. Por el sombrero alto y la chaqueta de seda entreabierta podía adivinar que era un caballero pero no pudo discernirlo antes de que se levantara a trompicones.

Con las manos en los bolsillos de su abrigo y la cabeza gacha procedió a retirarse, ignorando a la prostituta que se le acercó, o casi. La voz de la fémina era demasiado gruesa para ser una. Escudriñó de pasada los rasgos de la persona y aunque en efecto usaba vestido, ahí estaba la manzana de Adán.

Pronto se enteró de lo que era ese lugar de mala muerte, como lo llamaba su madre. Entró en el submundo de Nueva York, una especie de paraíso para todo lo que Dios condenaría. Notó que más hacia el sur había calles con baches rellenos de vómito y carteles adornando las entradas de la hilera de establecimientos pintados con diferentes tonalidades de purpura.

El sonido de las risas y aplausos lo tentó pero fingió que no lo hacía al pasar de largo los locales. El constante monitoreo de sus deberes y la presión por parte de su madre de que encontrara una afición o un club de caballeros pronto, lo hicieron propenso a anhelar nuevas experiencias.

Amar a Loki lo ató a ese estúpido afán de restringirse a él. Apenas lo pensó, se regañó por su hipocresía y su necesidad de adjudicarle todo a su ex amante. Parte de la razón por la que nunca se mezcló con el gueto fue porque consideraba que lo que le pasaba era un caso aislado. Ocultar que era un sodomita en toda la extensión de la palabra, encajaba a la perfección con su devoción.

Después de ese incidente fue evidente que luchaba por equilibrarse en la cuerda floja que lo mantenía flotando sobre el último resquicio de civilidad que le quedaba. Sin embargo, con el paso del tiempo en la ciudad y al conocer nuevas personas se fue percatando de lo solo que estaba.

Juzgar los atuendos de los neoyorkinos lo distrajo un poco de la vorágine que eran sus debates morales. Desde lo poco apropiado que era que los caballeros llevaran un abrigo con cola, reservado para las fiestas de noche, hasta que las damas no portaran algún collar cuando el cuello despejado de su vestido se los pedía, le pudo haber parecido hilarante si no fuera por el hecho de que nadie estaba allí para comentarlo.

Y por nadie se refería a Loki.

O a otro parecido a él en ese aspecto: las mujeres eran las que charlaban de esas cosas, no ellos; y aun así ellos siempre lo había hecho. Si pudiera volver a tener esa clase de intimidad, sin reservas, sin miedo a que alguien lo lapidara por la rareza, sería como encontrar el Arca de la Alianza.

—¿Nunca han deseado volver a la patria que los vio nacer? —dijo mientras soplaba su sopa.

Ambos se descolocaron por el cambio de tema, tan diferente de lo inquietante que se estaba poniendo Wall Street por esos días, pero siguieron el ritmo debido a la índole que se trataba.

—Por supuesto que sí. No sabes cuánto extraño la hora del té y las mascaradas —resopló Frigga, apoyando la espalda sobre la silla—. Claro que puedo beber té aquí pero es molesto que mi acompañante prefiera el café o que se refrene de hacerlo porque no quiere parecer inculto ante mí o algo así.

Rieron de la broma y pronto les trajeron el pollo rostizado con patatas a la mantequilla. Hablaron del presidente, de la remodelación de unos almacenes y de lo poco apropiado de que la señorita Amora Johnson intentara seducirlo en cada reunión y comida en la que se la topaban.

—Madre, bueno, ¿nunca te sentiste mal por no conocer más a fondo a tus nietos? ¿Por no volverlos a ver?

—Entiendo lo que sientes hijo, pero tu vida aún es larga y contrario a nosotros, tú algún día podrás visitar Londres para ver a tu nieto. Tú no vas a empezar un proyecto desde cero como nosotros, eso te dará tiempo para viajar.

—Lamento el que hayas venido sin conocer a tu descendiente más joven —interrumpió Heimdall y carraspeó un poco—. No pensé en eso cuando mandé la carta.

Thor nunca había manipulado a alguien para conseguir lo que quería, eso se lo dejó a Loki, pero de alguna forma y con lo torpe de sus intervenciones, había logrado que asumieran lo que necesitaba. Suspiró de forma sonora y bajó la vista. No lo hizo para dar lástima sino porque se avergonzó de su dramatismo, aunque de todos modos transmitió eso mismo.

—Cariño, no sabes cuántas veces anhelé conocer a Magni o acompañar a Thrud mientras crecía pero la travesía es tan larga y tu padre me requería tanto a su lado, que nunca pude negarme. —Los ojos de su madre se aguaron y fue ahí cuando se arrepintió de la teatralidad—. Aún hoy lo hago. El pensar en nunca conocer al bebé, orientar a Magni o volver a hablar con Thrud me mata.

Un revoltijo de expectación se hizo presente en su estómago, reemplazando al hueco de unos instantes atrás. Debía hallar las palabras adecuadas, pero no sabía cuáles usar. Al final, el destino decidiría si lograba que ellos se fueran y lo dejaran a sus anchas en ese lugar extraño con sus manías extrañas.

—Podrías hacerlo. —Fue directo. Se reclinó un poco hacia adelante para tomar la mano llena de surcos que yacía frente a él sobre la mesa—. Cuando yo ya pueda hacerme cargo de todo, podrías pasar una temporada en Londres. Conocerías a mi nieto, tu bisnieto. —Vislumbró la duda y el desconcierto en los ojos aguamarina y nervioso, acarició por suerte el anillo de bodas—. Me hubiera encantado que papá lo conociera y que tú lo hicieras sería un alivio para mí, al menos hasta que yo pueda regresar.

El insípido argumento y el nulo tono de convicción impreso en sus palabras lo hizo asumir que el asunto había acabado, pero la mirada pérdida de su madre le dio esperanzas. Se sentía pésimo por usar así el genuino amor que le profesaba a su nieto no nacido, pero se consoló al compensárselo con su abuela.

—¿Tu qué opinas Heimdall?

—Tendrías que meditarlo bien, es mucho tiempo en el mar y también deberíamos pedirle consejo al doctor Banks. Tampoco podríamos irnos sin dejar el asunto de las comisiones de los empleados resuelta, ya sabes cómo es Adams.

—Dices palabras cabales Heimdall. Tal vez si solventamos esos obstáculos lograría ver a mis nietos y a mi bisnieto. —Por primera vez desde que llegara a Nueva York, Frigga sonrió con todos los dientes—. Sería una muy grata posibilidad.

La primera semana esquivó el sentimiento. La segunda, lo combatió. En la tercera, entró a una iglesia.

Se sentó lo más próximo al presbiterio que pudo, calculando la mayor distancia posible de la mujer hincada en la banca de al lado. Tragó saliva y se rascó la nuca. Estar ahí era una de las cosas que evitaba con ahínco pero que, al final, se veía obligado a enfrentar.

Recordó cuando había sido abandonado para morir y decidió entrar a buscar… ¿ayuda? En ese lugar. Tuvo miradas de lástima y gente pasando aprisa a su lado, tratando de que su ropa fina no tocara la sucia y deshilachada de él. Pero no obtuvo lo que necesitaba.

Esta vez, sin embargo, los dos caballeros que entraron al a par suyo le dedicaron un asentimiento y una sonrisa velada. Lo hacían parte del club y él proseguía la pantomima, los tres fingiendo que no entraban por razones nada cristianas, como resguardarse de la repentina ventisca que mecía los letreros de hierro afuera.

En esa construcción con su techo alto y madera de la mejor calidad, bajo el altar que glorificaba al epítome de la bondad, yacía la prueba de que todo lo que se predicaba estaba mal. La caridad era a conveniencia de quien la proveía y tenía que ser bajo sus términos.

Y allí también estaba lo que perseguía. La prueba de que lo que había hecho tenía sentido y un por qué, se edificaba junto a la iglesia.

—Tú también eres un mentiroso espectacular —susurró con la cabeza gacha—. El amor no es la clave de nada, el amor no soluciona nada. Si fuera así no condenarías a personas que aman de otro modo, como yo.

La tranquilidad de saberse con la vianda entre sus dedos, no llegó a él. Al contrario, el ardor que venía subiéndole por el estómago se tornó insoportable, el regusto de la amargura marchitando sus papilas gustativas.

¡Se había salvado! Nadie más lo iba a hacer por él. Arrebató para flotar, se aferró a lo que pudo para respirar y nadó sobre los sentimientos de otros para llegar al barco. Ese donde por fin estaría a salvo.

Pero no se sentía así.

—Todo esto es tu culpa. —Los dientes le rechinaron al escupir las palabras—. Yo no pedí nacer así, sin nada y siendo un…

Atravesó la puerta del recinto y se internó en el pandemónium. Era la hora pico, los transeúntes iban sin prestar atención a nadie, tal como Loki hizo. Reconoció una heladería que lo transportó a otro tiempo y siguió adelante. Las calles estaban llenas de charcos de aguas negras, pero el olor a cloaca no fue suficiente para provocarle arcadas.

Bloqueó cada pensamiento dirigido hacia Thor. Aun así, la ruleta siguió girando en su cabeza con la impotencia enredada en sus bordes.

De alguna manera, esa excursión acabó afectándolo y no aliviándolo, como planeó. De repente la sal ya no sazonó, el perfume no lo calmó e incluso el sonido de las monedas que caían en sus cofres privados se convirtió en decadencia. Una tos imparable se alojó en su tórax y no lo dejó en paz ni un segundo.

Encontró una parcela vacía al otro extremo de la ciudad, la cual comenzó a visitar con frecuencia. Mientras los asuntos cotidianos se sucedieron, él visitaba esa extensión de tierra negra para hincarse sobre ella y aporrearla, sofocando sin éxito el cúmulo de agonía que se deslizaba por sus mejillas.

Thrud aprendió a no preguntar al recibirlo con los ojos irritados. En cambio, ella acarició sus cabellos al llegar, le permitió apoyar la cabeza en su regazo mientras le cantaba una nana y lo colmó de roces íntimos. Le dejaba en claro que estaba allí aunque él no lo percibiera en su estado de melancolía.

Pasó un mes y la coloración natural de Loki se tornó grisácea; la piel se le ciñó a los huesos y las cuencas le pronunciaron los ojos ya calificados como grandes. Un mantra poseyendo su alma y comiéndole las entrañas.

"En menos de cinco años serás reconocido como uno de los hombres más pudientes de Londres. Al fin serás alguien".

Los demás notaron el cambio drástico y el doctor lo adjudicó al nerviosismo de un padre primerizo, una resolución de lo más estúpida pero que los ingenuos se tragaron. Fiorella por su parte, en un momento en que ambos se quedaron a solas le repitió a Loki su propia duda interna:

—¿Valió la pena?

Él no respondió ni se dignó a hacerle saber que la había escuchado pero a la tarde siguiente, lo caviló mientras repasaban los análisis de datos del mes anterior y tosía como un poseso sobre el nuevo pañuelo bordado que Thrud le había obsequiado. Lo estropeó, pero le importó menos que el presenciar la adulación exagerada que los demás socios le daban a Magni.

El ocaso estaba en su apogeo cuando dejó las oficinas centrales y emprendió su marcha hacia donde sabía que el carruaje lo esperaba. De camino a su casa, rememoró el encargo que le había hecho Thrud y paró un momento a la panadería.

La sorpresa vino a la salida del lugar. Y por primera vez en días, creyó contemplar un arco iris, pues obtuvo la respuesta a lo que su ex amiga le cuestionaba. Al ver al ejemplo de la desdicha dejó de caminar por inercia para enumerar todo lo que poseía.

Se quedó frente a la mendiga, con el cabello hecho un nido de ratas y retazos de tela para suplir ropa. Estaba peor que en su encuentro previo. Apreciarla siendo lo que él había sido en una vida pasada, movió la parte suya que estaba podrida.

—Loki —pronunció con voz ronca, reconociéndolo.

Calificó su delgadez y la falta de brillo en sus uñas, como síntomas de hambruna. Era curioso que la visión de ella fuera la propia, sólo que con mejores prendas y un olor divino.

Jaló del brazo a Amanda y la condujo al carruaje, haciendo caso omiso a sus preguntas. En todo el camino se contó un chiste satírico: ambos parecían hambrientos, pero él podía permitirse la más jugosa carne y un exquisito chocolate importado. En definitiva no eran iguales.

Al llegar, dio su abrigo a Fiorella e hizo que atiborraran a su hermana de comida, les dio su venia para que se guardara lo que pudiera en los bolsillos y esperó en la sala hasta que ella se presentó para despedirse. Fue una lástima que para ese instante el fuego volviera a crepitar en su interior.

—Estoy tan agradecida, no tienes idea de cuánto hemos sufrido.

—¿No estás enojada conmigo por haberte mentido aquel día?

Apoyó la espalda en el sillón y dejó que la pausa conversacional resintiera a su interlocutora. Sonrió de lado entretenido por cómo se desinflaba su hermana en el acto y esperó por los gritos o las injurias, que no llegaron. Siempre aceptando lo que viniera, recolectando las migajas que pudiera alcanzar.

—¿Tu esposo te dejó?

No era adivino, pero lo más lógico era eso. Ella ya le había contado cómo él se tornó en un borracho descuidado y cuánto temía que sus tres hijos no pudieran sobrevivir sin el sueldo de él o bien, sin su protección como hombre. Además, él quería una razón para provocar su enfado.

—Sí, hice lo posible por conservar mi empleo y que mi hijo mayor no fuera abusado en la fábrica pero…

—Estuve pensando en cómo ayudarte Amanda. —Ladeó la cabeza y apoyó los codos sobre los reposabrazos—. Y se me ha ocurrido que mi esposa necesita otra persona en la casa.

Brillos aparecieron en las pupilas de por sí ya iluminadas de la mujer y sin previo aviso, la tenía echada a sus pies y tomando sus manos, las cuales zafó del agarre. Dejó sonar los cánticos de alabanza hacia su persona, esperando para explicarse.

—Sin embargo y como podrás ver, tengo ya un par de familias viviendo en la casa y por lo tanto solo podría hospedarte a ti.

Fiorella, a la que había llamado para servirle un té y le pidió quedarse, por primera vez se movió para fijar su mirada en él. Entendió en el acto el punto que quería probar, mas no pudo evitar la repulsión que le causó la crueldad de Loki.

—Sé que resistir en la fábrica sin la protección de un hombre no es viable y mendigar con la próxima llegada del otoño, tampoco. Piénsalo, tendrás dinero y con ello podrás pagarles comida y un lugar en una casa para comunas. Quizás incluso, una habitación para ellos solos.

—Tengo dos niñas —sollozó Amanda.

—Su hermano mayor puede protegerlas y si eres lo suficientemente lista tal vez pronto puedas costearte una choza propia para ellos.

Todos los presentes sabían que aquello era una mentira. Las niñas eran vulnerables al doble si no tenían un adulto que los rondara diariamente y el chico no podía tener más de doce años. Si algo sucedía, él no podría hacer nada. Pero la vida era injusta y si se quería progresar, se tenían que hacer sacrificios.

Loki era su mejor opción.

Amanda se puso en pie y se desempolvó su remedo de falda, con cuidado aplanó la comida que aún llevaba en los bolsillos para cuidar que nada se cayera. Si no quería que le robaran, tendría que correr o ser mañosa. Una mueca forzada y enmarcada de lágrimas que la coronaron, pintó su rostro.

—Gracias de nuevo por la comida hermano y por la oferta pero debo rechazarla, no me pienses una ingrata pero no puedo aceptar. Con permiso señorita.

Si bien Fiorella dio un brinco de orgullo en su interior, el corazón se le partió al entender lo que pasaría con aquella pobre mujer. Loki también comprendió la locura que Amanda estaba cometiendo y quitándose el halo de desconcierto, la siguió hasta la puerta de servicio.

—¡¿Qué demonios crees que haces?! —Era una suerte que Thrud ya estuviera recluida en la habitación designada para el parto o de seguro que saldría a ver el alboroto—. Piensa, es una estupidez. Los cuatro morirán en el invierno y lo sabes.

—Conseguiré empleo en otra fábrica —replicó la mujer con los puños apretados, consciente de que Fiorella y otra mujer la observaban.

—El resultado será el mismo y cuando tus hijas tengan la edad también a ellas las forzarán. —Oyó a la rubia reprenderlo, pero la ignoró—. ¿Eso es lo que quieres? Te estoy dando la oportunidad de tu vida, de todos modos les harán algo pero tus circunstancias mejorarán.

—¡No quiero que mis circunstancias mejoren! —La garganta de Amanda quedó hecha jirones, así que solo alcanzó a susurrar, con pasión grabada en sus ojos—: No si eso hace daño a quienes más amo.

Fiorella predijo la estocada que le supondría a Loki, pero no esperó ver cómo lo partía en dos. Su rostro fue una masacre hecho gesto y pese a que luchó por volverlo un fantasma ante el escrutinio ajeno, no borró las reminiscencias del dolor.

La verdad escuece más cuando viene de alguien que piensas inferior.

Me estoy recuperando poco a poco por lo que estimo que la próxima actualización será en dos semanas a partir de esta. En serio, cuídense mucho y no sean como yo que le valió hasta que los síntomas estaban cañones xD.