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Ley de la Reciprocidad

Si me llegan a decir un par de años atrás que iba a estar esperando a Sam Evans para cenar con él en Breadstix, no me lo habría creído en absoluto. Que digo un par de años, ni siquiera me lo hubiese creído cuando aún éramos compañeros de instituto, época más lógica para que se diese tal situación. Y es que, con él, a pesar de haberse convertido en alguien importante en mi mundo, y tras haber compartido incluso apartamento en Nueva York, nunca me sentí completamente en confianza como para tener una velada a solas en un restaurante como aquel. Y para colmo sin muchas ganas de hacerlo.

Y no. No es que no me apeteciera cenar con él. El problema erradicaba en mi estado anímico de aquel día. En lo complicado de mi situación tras la revolución de sentimientos que habían vuelto a pasearse por mi mente después de algunos meses en calma. La última vez que me sentí tan confusa fue gracias a ella, a Quinn. Confusa por todo lo que llegó a provocarme cuando decidimos emprender aquella locura del promance. Por cómo llegó a hacerme sentir que era el ser más especial del universo, para después olvidarse de mí. Por cómo logró tocar mi corazón cuando más cerrado estaba, para después romperlo en mil pedazos. Por cómo me hizo sentir que era un ser despreciable por enamorarme de alguien que me ofreció su amistad, para después acabar con ella sin dar explicación alguna.

Quinn había devuelto la inestabilidad a mi vida. Pero esa vez, y sin que sirviera de precedentes, no tenía culpa alguna. No podía culparla

Y ese fue mi error.

Durante meses dejé que toda mi rabia, que todo mi odio cayese sobre ella de tal forma, que mi desahogo me permitía tener ese respiro que siempre llega cuando te sientes, y te crees la víctima de la guerra. Pero aquel día, aquella mañana tras verla en el campo de futbol y ser consciente de mi reacción, sin siquiera detenerme a pensar antes en lo que estaba haciendo, me hizo comprender que ella poco o nada tenía que ver. No fue ella la que me obligó a descender las gradas a toda prisa, y cruzar medio campo de futbol al más puro y dramático estilo peliculero. No fue ella quien me obligó a quedar como una completa y patética ridícula cuando vi aparecer a Sam para atenderla. No fue ella quien me obligó a sentir que había cruzado el límite de lo absurdo y lo confuso cuando me miró, y me sonrió para hacerme ver que todo estaba bien. Que no había sufrido algún accidente que pusiese en peligro su vida, como para tener una reacción como la yo estaba teniendo. Porque puedo asegurar que incluso estuve a punto de gritar su nombre cuando la vi caer, como si del final épico de una novela romántica se tratase.

Toda la culpa era mía. Todo aquel barullo de emociones y sentimientos contradictorios que empezaban a atizarme, y que casi no me dejaron en paz durante todo el día, llegaron por mi culpa. Por mi manera de ser, por la cantidad de vueltas que le doy a las cosas y lo poco que me detengo a pensar. Contradictorio, sí. Por mi necesidad casi desesperada de tener la razón, cuando ni siquiera sabía lo que había sucedido. Por mi estupidez mental de creer que sería capaz de ignorarla teniéndola allí, a escasos metros y bajo el mismo techo, cuando no lo había logrado con más de 1.000 kilómetros de distancia.

Fui consciente entonces de que había tocado fondo. Que Rachel Berry había llegado a lo más profundo de la necedad humana al confundir el amor y la amistad, y mezclar el desamor y la enemistad. Y si quería llegar a solucionarlo algún día, tenía que empezar por no seguir cometiendo errores, y tratar de solventar los cometidos. O al menos ser consciente de que los había cometido.

Pero no. Volviendo a mi situación de aquella noche, no había excusas que me librasen de la angustia. No tenía ganas de cenar con nadie, lo único que me apetecía era tumbarme en el sofá, y aprovechar que estaba de vacaciones para hincharme a chocolate, sin recibir reprimenda alguna de George o Santana. Sin embargo, allí estaba. Esperando a Sam a las 8 en punto de la noche, y creyendo que aquella cena lograría al menos distraerme un rato, y haría desaparecer el malestar que se había instalado en mí en aquellas horas. O al menos lo camuflaría.

Ingenua. Se aplica a la persona que es simple, fácil de engañar y está falta de malicia, astucia o doblez al obrar.

Ingenua. Rachel Barbra Berry.

No soy muy de adjudicarme adjetivos, básicamente porque todo el mundo se encarga de colocármelos sin más. He pasado por muchos apelativos en mi vida, desde egocéntrica lame traseros a pequeño ornitorrinco, pasando por caderas de hombre y hobbit. Pero jamás, nunca antes nadie me llegó a llamar ingenua. Y no es que me lamentase de ello, obviamente hubiera preferido que me considerasen el ser más ingenuo del universo, a que martirizasen mi inseguridad con tantos apelativos dañinos. Pero aquel adjetivo volvía a recordarme lo estúpida que estaba siendo al creer que nada más podría pasarme en aquel día. Que mi ridículo había quedado en una patética carrera para salvar a Quinn Fabray de una leve y simple lesión muscular. Y no. No me gustó tener que añadir el ingenuo a mi lista de apelativos, porque de haber sido más precavida y sensata, habría podido enfrentarme a los hechos de una manera más adecuada a como lo hice.

La puntualidad no parecía ser su fuerte, pero juro que no me molestó en absoluto que se retrasara casi diez minutos. Porque cuando lo vi aparecer conduciendo su Chevrolet lo poco que quedaba de mi mundo volvía a venirse abajo. Y no iba a tener fuerzas para recriminarle esa impuntualidad que yo tanto detestaba.

No venía solo.

Llegó acompañado, y me bastó ver su reflejo a través del cristal delantero del coche para saber quién era.

Yo no supe si reír o llorar, si quedarme allí o salir corriendo. Lo único que supe es que el destino parecía estar jodiendome a consciencia. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo allí, y en contra de mi voluntad, opté por quedarme paralizada, como de costumbre, y observar la escena sin saber muy bien que pretendía.

Él me sonrió. Ella, Quinn por supuesto, porque no podía ser otra, me miró completamente horrorizada al bajarse del coche. Bueno, tal vez no era el adjetivo adecuado, pero bien podría serlo. Curioso, fue tan escéptico su gesto que incluso llegué a creer que no me esperaba. Yo simplemente permanecí allí, esperando a que llegasen hasta a mí y tener al menos una explicación sensata de lo que estaba sucediendo. Error. Hubo un momento en el que tuve la suficiente lucidez como para preparar mi discurso de reprimenda, o mejor dicho sermón, pero hubo algo que me distrajo por completo y me hizo olvidar el malestar que me atrapó de repente. Su pierna. Quinn cojeaba un poco y no dudó en utilizar el brazo de Sam para lograr un apoyo que parecía beneficiarle.

—Lo siento. Siento muchísimo el atraso —fueron las primeras palabras de Sam al llegar frente a mí. Yo ni siquiera supe responderle. Trataba de evitar bajar mi mirada hacia las piernas de Quinn y preocuparme más de lo que ya estaba—. He tenido que dar media vuelta a la ciudad por culpa de las obras en la avenida principal. Espero que no lleves mucho tiempo esperando.

—No, tranquilo, he llegado hace un par de minutos —mascullé sorprendiéndome al ver como mi voz salía sin problemas. Mi corazón latía con tanta fuerza que llegué a pensar que no me dejaría hablar.

—Perfecto entonces. ¿Entramos? Tengo mesa reservada —añadió y fue entonces cuando realmente supe que ella venía a cenar con nosotros. Ni siquiera me saludó.

No pude evitarlo. La miré, busqué en sus ojos algún tipo de explicación que me hiciera comprender por qué diablos estaba sucediendo aquello, pero lo único que encontré fue su esquivo. Su mirada desviándose hacia el lado opuesto, y una expresión que no me gustó en absoluto, mucho más desagradable que la que me regaló al bajarse del coche. Ni siquiera sé por qué lo hice, pero lo hice. Asentí sin más y me giré para entrar en el restaurante siendo consciente de sus pasos tras de mí. Sam se adelantó a nosotras para hablar con el primero de los camareros que nos salía al paso, y fue entonces cuando volví a mirarla. Esta vez ella no me esquivó. De hecho, ya me estaba mirando cuando yo lo hice. Pero el silencio seguía presente entre nosotras. En los escasos segundos que duró aquel duelo no hicimos otra cosa más que guardar silencio, y mirarnos sin más. Obviamente, yo no sabía que su mente también estaba repleta de preguntas sin respuesta, como la mía. Preguntas que me llevaron a creer incluso que Sam la había invitado a cenar porque estaban juntos. Y lo juro. Después de todas las conjeturas que llegué a tener esa fue la peor de todas. O, mejor dicho, la que más daño me hizo—. Vamos, es esa mesa —fue él quien interrumpió el cruce de miradas mientras nos invitaba a caminar hacia uno de los extremos del restaurante, donde el camarero que le había atendido ya se detenía para esperarnos.

Es curioso. Era la primera vez que entraba en aquel restaurante siendo reconocida por prácticamente todos los clientes, que en ese instante se percataron de nuestra presencia. Y ni siquiera me importó. Mi ego, esa soberbia que tanto me gustaba disfrazar de divismo, se vio completamente eclipsada por culpa de la incertidumbre, del aturdimiento al no saber qué diablos hacíamos allí los tres. Y lo peor es que no tenía ni idea de cómo salir airosa de aquel lío. Por suerte, mis dudas no se iban a alargar demasiado aquella noche. De hecho, quedaron resueltas de la manera más extraña y compleja de cuántas podría llegar a imaginar.

Apenas tomamos asiento y pedimos la bebida, llegó la oportunidad de hacerlo, y todo gracias a ella.

—Tenía muchas ganas de volver. ¿No se os hace raro estar en Breadstix? La última vez que estuvimos aquí fue cuando hiciste que ganaran las Nacionales, ¿recuerdas? —me dijo Sam mientras ojeaba la carta. Yo asentí aun sin voz observando cómo Quinn permanecía pensativa justo a mi derecha. Era cierto, la última vez que estuve en aquel restaurante, fue cuando Kurt y yo nos hicimos cargo del Glee Club para acabar lo que empezó Finn, y lograr el segundo campeonato de la historia del McKinley. La noche antes del certamen, todos nos reunimos en aquel restaurante, todos incluida Quinn, que estuvo apoyándonos en todo momento— Apuesto a que en los Ángeles no hay restaurantes como éste —insistió buscando mi conversación.

—No, no los hay —musité tratando de serenarme.

—Seguro que ya te has acostumbrado a los restaurantes de chefs conocidos —bromeó—. Mercedes me invitó a cenar una vez en Nueva York a un restaurante siberiano. ¿Habéis estado alguna vez en un restaurante siberiano? No sé vosotras, pero yo no pude comer nada de lo que pusieron…Y eso que adoro comer. Prefiero mil veces las hamburguesas de…

—Me… Me disculpáis —interrumpió Quinn tras ese silencio que tanto me estaba aturdiendo. Ambos la miramos un tanto sorprendidos—. Antes de empezar a cenar tengo que ir al baño.

—Oh…Claro. ¿Quieres que pida por ti? —respondió Sam sin perder la gracia. Gracia que desapareció de su rostro justo cuando Quinn se levantó, ignoró su pregunta y me miró a mí. Yo palidecí por completo.

—Rachel. ¿Te importa acompañarme? —me dijo logrando que mis nervios volviesen a aturdirme—. Necesito un poco de ayuda por culpa de la pierna —añadió y yo miré desconcertada a Sam, que parecía no darle demasiada importancia al hecho de que me pidiese esa compañía. Obviamente, no era nada extraño que dos chicas fuesen juntas al baño, y menos en un lugar público como aquel. Pero el hecho de hacerlo apenas un par de minutos después de haber tomado asiento, y con la tensión que nos embargaba, sí que lo era. Nuestra suerte, o al menos eso creí, era que Sam no parecía percatarse de esos pequeños detalles que cualquier otra persona habría percibido entre nosotras. Es más, bastaba haber presenciado nuestro frío encuentro en la entrada para saber que algo sucedía entre las dos. Sam no. Él seguía pensando que nuestra relación era la de siempre, la que él había vivido cuando apenas éramos unos adolescentes. O eso creí.

Yo de nuevo ni siquiera hablé. Asentí sin más, y me levanté dispuesta a seguir sus pasos hacia el baño, sabiendo que no era mi ayuda lo que precisaba. De hecho, y a pesar de su leve cojera, de poco podría servir mi ayuda en una situación como aquella, a menos que necesitase desprenderse de su perfecto y bonito vestido. Curioso, probablemente y con la confusión que me aturdía, en lo último que debía estar pensando era en lo bien que le quedaba el dichoso vestido, y lo espectacular de su belleza con el paso del tiempo. Pero así era. Mi mente lejos de organizarse y prepararse para lo que estaba por suceder, se entretenía en fantasear y halagar a quien me había roto el corazón a consciencia. Por suerte aquel hechizo hipnótico se esfumó en el mismo instante en el que cruzamos la puerta del baño, o al menos eso intenté.

Quinn se detuvo junto al lavabo, y lo hizo porque una mujer lavaba sus manos en el mismo y no parecía tener intención de hablar mientras estuviese allí. Lógicamente, nada más ver su actitud supe que no pretendía hacer uso del servicio. Yo la imité, aunque utilice mi capacidad interpretativa para evitar la mirada curiosa de la señora. Me coloqué en uno de los extremos e imité su gesto de lavarme las manos y adecentar un poco mi pelo. Siendo honestas, la situación podría haber sido incluso cómica. Estábamos completamente mudas, mirándonos de reojo a cada extremo del baño, y esperando a que la mujer terminase de su interminable lavado de manos. De hecho, estuve a punto de romper ese silencio en varias ocasiones, pero no lo hice por temor a no estar a la altura de las circunstancias, y sobre todo por ser comedida y evitar un escándalo que, a buen seguro, me habría perjudicado mucho más que a ella. Las miradas de reojo entre nosotras no cesaron hasta que por fin pudimos estar a solas, y digo por fin porque la mujer también se tomó su tiempo para retocar su maquillaje, el pelo y la falda que tan mal le sentaba. Sí, en ella también me fijé. Fue el último de los pensamientos sensatos que tuve. Desde el momento en el que la señora se marchó, algo se apoderó de mi pecho y ya nada fue igual.

—¿Y bien…? —fue ella la primera en romper el silencio, y nada más escuchar su voz yo sentí que no era el mejor momento para discutir. Mi estado anímico no era el mejor para poder soportarlo.

—¿Y bien qué?

—Dime que sabias que yo venía…

—¿Qué te hace pensar que lo sabía? ¿Me has visto ilusionada o algo al verte? —repliqué con un sarcasmo que ni siquiera yo supe de donde salía. Ella tensó la mandíbula y se mantuvo firme— ¿Para qué me has pedido que te acompañe? ¿No es suficiente con haberme engañado?

—En primer lugar, yo no te he engañado. Y si te he pedido que vengas es porque intuía que tampoco lo sabías. Aquí puedes gritarme y echarme en cara todo lo que desees. No creo que Sam tenga que presenciar nada de esto —respondió acercándose con sigilo.

—¿Gritarte? ¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Por hacer exactamente lo que te pedí que no hicieras?

Sonrió. Irónico, pero Quinn sonrió dejando escapar un pequeño suspiro que me molestó más que cualquier insulto. Me mantuve firme sí, pero empecé a sentir algo que ya casi ni siquiera recordaba.

Nunca antes en mí vida me había sentido de aquella manera, hasta que ella llegó a Los Ángeles 14 meses atrás. Era una sensación extraña de angustia e impotencia que me llevaba a llorar por nada. O al menos por nada de lo que fuese consciente en ese momento. Quinn fue testigo de mi etapa más confusa de cuantas había vivido a lo largo de mi vida, y me vio llorar muchas veces sin razón aparente, sin tener motivos para ello. Me bastaba saber que iba a discutir para notar como el nudo se anclaba en mi garganta, y terminaba dejando que el llanto se adueñase de mí sin más. Era extraño, era algo nuevo en mí, y a pesar de no encontrarle explicación, más que la nefasta época que estaba viviendo, me convencí que esa reacción ya había quedado atrás en mi vida, y que nunca más se volvería a repetir.

Estaba equivocada. Quinn lo hizo. Quinn hizo que la angustia regresara a mí en aquel instante, y me hizo comprender que ella era la culpable de mi necesidad casi vital de llorar cada vez que discutíamos. Era ella quien lograba que mi cuerpo y mi mente reaccionasen de esa manera, aunque luchase con todas mis fuerzas por evitarlo.

—¿Te hace gracia? Porque te aseguro que a mí no me hace ni pizca —le repliqué tratando de sonar contundente.

—Rachel, si lo que estás pensando es que estoy aquí solo por fastidiarte, te aseguro que no es así. Yo no tenía ni idea de que ibas a venir a cenar.

—Ya… Claro.

—Sam me invitó esta mañana. No me dijo en ningún momento que tú también vendrías. Si me lo hubiese dicho no habría aceptado. Te lo aseguro.

Nudo no, balón de baloncesto. Ese es el tamaño de la bola que se instaló en mi garganta tras escuchar aquellas palabras, y el tono que utilizó para decirlas. No solo me sentí engañada por la supuesta estrategia de Sam, sino que además me recordaba que compartir una cena conmigo no era de su agrado. Y eso dolía más que mil mentiras.

Idiota, pensé. Apenas llevaba un par de minutos allí con ella con tan solo un par de réplicas, y ya sentía como las lágrimas ascendían hacia mis ojos. Como la angustia y la necesidad de llorar eran inevitables.

—Muy bien. No es necesario que me lo recuerdes —mascullé tratando de evitar que el temblor de voz se me notara demasiado. Y lo hice esquivándola para que no pudiese ver mi cara.

—¿Qué?

—Que no es necesario que me recuerdes que estar cerca de mí es una tortura —aclaré sin siquiera mirarla—. No te preocupes, buscaré alguna excusa para que te puedas quedar a solas con él y así no…

—¿De qué hablas? —me interrumpió buscándome, pero yo de nuevo evité que pudiese mirarme a la cara—. No estoy diciendo que no quiera estar cerca de ti. Si te he traído hasta aquí es para saber qué diablos tengo que hacer yo, no tú. Y obviamente, no vas a abandonar el restaurante buscando cualquier excusa. Solo quería saber por qué estamos aquí las dos, cuando es evidente que tú no lo habrías aceptado.

—Ya… Quinn, no intentes culparme de lo que…

—Rachel —volvió a buscarme. Lógico. Mi voz salió tan temblorosa que era imposible que no se percatase de mi inminente y absurdo llanto—. No quiero hacerte mal, ya te lo he dicho. Si te he pedido que vinieses aquí es para que me digas que quieres que haga… Si me quedo, o me marcho. Estoy dispuesta a aceptar lo que me pidas.

Juro que no entendía por qué me encontraba así, pero mis ganas de llorar eran tan intensas que apenas me costaba controlar siquiera el temblor en mis labios. Me dolían los dientes de tensar la mandíbula tratando de evitarlo, y me resultaba imposible.

—No es mi decisión, es la tuya. Además, ya has dejado claro que si lo hubieses sabido no habrías venido. ¿No? —respondí como pude.

—Ok, creo que no me has entendido —dijo recuperando su habitual tono embaucador—. No habría venido porque sé que no sería de tu agrado, no porque no quisiera venir.

—¿En qué quedamos? —repliqué casi sin pensar, y fue entonces cuando la miré sin pensar en las consecuencias. Consecuencias que rápidamente llegaron a ella— ¿Quieres estar cerca de mí? ¿Quieres alejarte? ¿Quieres que yo decida…? ¿Me puedes explicar? Porque te aseguro que yo ya no entiendo absolutamente nada de ti.

—Rachel, creo que no estás entendiendo lo que pretendo…

—Sí, sí que lo entiendo perfectamente —la interrumpí sabiendo que ya poco o nada podía ocultar de mi estado. Las lágrimas no caían, pero mis ojos debían brillar tanto que era imposible que no se percatase de ello—. Fuiste tú la que me alejaste de ti y ahora me dices que yo tengo la última palabra. Creo que la que no comprende realmente la situación eres tú.

—Te estoy pidiendo que decidas, porque desde que nos hemos vuelto a encontrar me has dejado claro que no quieres que esté cerca de ti. A menos que sea completamente necesario, como en el instituto. Es evidente que cenar con Sam no entra dentro de esa excepción, ¿o sí? ¿O quieres que me quede y cenemos como si nada?

Nada. No pude hablarle porque lo que tanto temí terminó sucediendo, y mi única excusa para evitar que me viera llorar, fue girarme y darle la espalda. Idiota, Quinn no iba a permitir que me saliese con la mía. Al menos no sin explicación, por supuesto.

—Rachel… ¿Estás llorando? —me preguntó, y con razón. Ni siquiera habíamos discutido como para dejar escapar una sola lágrima. Es más, llegamos a tener enfrentamientos más duros en los días anteriores que habrían justificado mejor la pena que me azotó en aquel instante.

—No —respondí patéticamente. Sonó tan bajo que podría haberse reído de mí incluso. Obviamente, no lo hizo. Todo lo contrario, se acercó más buscando mi cara. Cuando vi su rostro completamente confuso al ver mis primeras lágrimas, no pude controlar que el resto cayesen sin más.

—Rachel… ¿Qué te sucede? ¿Por qué lloras, cielo?

—No, no…Te prohíbo que utilices tu palabrería conmigo —la interrumpí amenazándola con el dedo. Después de que me viese poco tenía que esconder.

—Pero, no entiendo por qué lloras. Te juro que no estoy aquí para joderte, Rachel. Solo, por Dios… Sam me invitó hoy, y te juro que no sabía nada. De hecho, ni siquiera sabía si iba a venir, pero él me insistió y…

—No entiendes nada, ¿verdad? —volví a interrumpirla

—¿Qué…Qué tengo que entender? —me cuestionó realmente confusa, sin dejar de mirarme.

—¿No te das cuenta? No quiero tener que verte, no quiero tener que hablar contigo porque todo, todo lo que hago es recordar el daño que me hiciste. Y no me hace bien. No me hace bien, Quinn.

—Rachel, yo…

—Tú nada. Tú ahora nada, Quinn. Ya lo hiciste todo —repliqué casi sin dejar que el aire entrase en mis pulmones—. Ya dejaste claro que no te importaba una mierda, y me quedó clarísimo, pero eso no quita que me duela. Y más ahora…Cada, cada vez que te veo me vienen recuerdos, frases, estúpidas promesas que no has cumplido, y lo que es peor, ni siquiera piensas cumplir. No sé cómo puedes tener tanta cara. No sé cómo puedes pretender que te trate como si fueras una desconocida, o tal vez una compañera sin más, después de todo lo que vivimos. ¡Y sí, llámame desquiciada o melodramática! Ya sé que es la excusa más utilizada para justificar la locura de Rachel Berry. Me importa un bledo. Me jodiste cuando más te necesitaba y no pienso olvidarlo, y mucho menos si te tengo merodeando por mi mundo todos los días. Y no —la fulminé a pesar del baño de lágrimas que inundaban mi cara—. No pienso perdonarte. Me da igual si piensas que soy una rencorosa o no le das la importancia a lo que hiciste. No pienso hacerlo. No pienso perdonarte…—sentencié siendo consciente de cómo había aguantado mi replica sin mover un solo músculo de su cuerpo, excepto de su cara. Sus cejas oscilaron hasta regalarme un gesto apenado que lograba herirme aún más.

Sí. Entiendo su situación, y tal vez incluso podría llegar a comprender que me considerase la mayor rencorosa de la historia. Como una patética que armaba un drama de cualquier discusión, por leve que fuera. Pero para mí no era tan sencillo tener que enfrentarme a quien un día me prometió estar a mi lado, aun en la distancia, y cuidarme, ayudarme o aconsejarme cuando lo necesitara. Recordaba como si apenas hubiesen pasado unas horas, como se atrevió a decirme que, si algún día necesitaba algo y no estaba junto a mí, la llamase. Que descolgase el teléfono y hablase con ella sin pensar en la distancia, en si era de día o de noche. Sin importar absolutamente nada. Simplemente que contara con ella. Y tres días después de decirme aquello mirándome a los ojos, se esfumó. Se fue dejándome claro que todo lo que me había dicho no era real, que no era cierto y que esperaba que aceptase su petición de alejarse. ¿Cómo diablos me tenía que sentir? ¿Cómo diablos tenía que reaccionar al verme con ella de nuevo en una situación como la que se estaba dando en aquel restaurante? ¿Cómo se supone que debía entenderla si ni siquiera se dignaba a darme una explicación por sus actos?

—No puedo verte llorar, Rachel. No me hagas esto… Ódiame, grítame, pero no llores por favor.

—Solo… Solo te pido que me digas la verdad, Quinn —balbuceé casi a modo de súplica—. Quiero saber qué sucedió para que hicieras lo que hiciste. Nada más… ¿Tan difícil es de entender? Dímelo y no me verás llorar. Quédate a cenar, y luego cuando Sam se vaya te acompaño a casa, y me lo explicas. Pediremos un taxi y nos marcharemos juntas, pero por favor…

—No puedo, Rachel —respondió dejándome en silencio. Y no por su negativa, precisamente. Me dejó en silencio por su gesto, por cómo sus dedos acariciaron mi mejilla sin que yo lo esperase—. No hay nada que decir —añadió—. Solo espero que el tiempo consiga hacerte…

—Vete —mascullé esquivando la segunda de sus caricias. Me aparté de ella realmente ofendida, con una rabia que no hacia otra cosa más que volver a hacerme llorar.

—Rachel…

—Vete, o me voy yo. Yo del tiempo no espero nada. Solía esperar de las personas, pero tú me demuestras que estoy completamente equivocada. Así que ya está, aquí se acaba todo.

Fue mi último recurso. Mi último intento para hacerla reaccionar, y todo lo que recibí fue de nuevo su desplante. Quinn bajó la mirada, pude verla a través del espejo del lavabo, y abandonó el baño sin volver a dirigirme una sola palabra. De hecho, ni siquiera me miró.

Había vuelto a fracasar, y mira que tuve fracasos a lo largo de mi vida, pero aquel era sin duda el peor de todos. El que más rabia y dolor me dejaba. El que más me hizo pensar y más me rompió. Tanto que aquella noche tuve que aguardar unos cinco minutos más en aquel baño tratando de secar mis lágrimas, y evitar que el resto de clientes del restaurante fuesen testigo de otro de mis tantos espectáculos lamentables. Era evidente que Sam si se iba a percatar, a menos que fuese tan inocente de no verlo.

No. Aquello apenas fue una leve duda que rondó por mi mente y desapareció en el mismo instante en el que decidí a salir y fui en su busca. Quinn ya no estaba allí, recordándome que, bajo ningún concepto, iba a darme la oportunidad de escuchar su explicación. Que seguía siendo una cobarde. Y a juzgar por el gesto descompuesto de Sam, parecía estar al tanto de la situación.

—Rachel…—musitó haciendo el intento de levantarse. Yo lo evité regalándole una sonrisa. No debió convencerle demasiado. Su rostro se tensó aún más.

—No te preocupes, estoy bien —le dije conteniendo de nuevo las lágrimas.

—¿Seguro? No parece que estés bien.

—Lo estaré.

—No, no lo estarás — insistió, y yo traté de evitar el temblor de mis labios forzando la sonrisa—. ¿Quieres que nos vayamos? Quinn ha insistió en tomar un taxi.

—Lo, lo siento. Siento fastidiar la cena.

—No has fastidiado nada. He sido yo al creer que podríais pasar una noche tranquila. Soy un estúpido, Rachel. Lo siento.

No dije nada ante su confesión. No tenía ni idea de lo que sabía, pero era evidente que intuía que las cosas entre nosotras no estaban tan bien como supuestamente le habíamos hecho creer. Sam no era estúpido. Así que bajé la mirada sabiendo que las lágrimas habían vuelto a inundar mis ojos, y que salir de allí era la mejor de las opciones. Él no tardó en alzar la mano para llamar al camarero, y rápidamente pagó el par de copas de vino y la botella de agua que habíamos pedido. Todo ello sin volver a dirigirme una palabra, pero sí acompañándome con una mirada repleta de dulzura que agradecí eternamente.

Cuando salimos del restaurante, el escaso control que tenía sobre mi absurdo desconsuelo desapareció por completo, hundiéndome en un llanto que a buen seguro lo pilló de sorpresa. Tanto es así que no dudó en abrazarme junto al coche, sin siquiera saber qué me estaba sucediendo.

—Vamos, sube…Te llevo a casa.

—No, no es necesario, puedo tomar un taxi y…

—Insisto —replicó abriéndome la puerta del copiloto—. No voy a dejar que te marches en taxi. Aún me estoy lamentando por haber dejado que Quinn lo haga. Así que vamos… Sube.

No tuve fuerzas para debatirle nada. Bajé la mirada y me colé en el interior del coche sin saber muy bien si era lo acertado.

Siempre supe que la vulnerabilidad no era la mejor aliada para quedarte a solas con alguien que estuviese cerca de tu mundo, y Sam en aquel instante podría convertirse en mi mejor confidente, algo que yo no deseaba bajo ningún concepto. Pero, por lo visto, todo lo que rondaba por mi mente en aquellos días nunca era lo que realmente terminaba sucediendo. Sam supo ser el mejor consejero de cuantos pude tener a lo largo de mi vida, sin tener que confesarle absolutamente nada. Y tal vez lo fue precisamente por eso, porque no sabía a ciencia cierta lo que estaba sucediendo realmente.

—Me sabe muy mal ser el culpable de toda esta situación —dijo tras permitirme algunos minutos de absoluto respiro mientras me llevaba a casa—. Nunca fue mi intención, te lo juro.

—No tienes por qué disculparte.

—Sí, sí que tengo. Yo intuía que entre vosotras las cosas no estaban bien, pero nunca pensé que os pudiese afectar tanto. Lo único que quería era que pasarais una buena velada, y esas tiranteces se acabaran entre vosotras.

—Gracias Sam. Agradezco tus intenciones, pero no es tan sencillo. No es fácil solucionar lo que sucede entre nosotras, y menos con una cena a traición.

—Lo siento —volvió a disculparse, y esta vez pude ver que realmente se sentía mal. Probablemente porque mi respuesta no fue del todo sutil.

—No lo tomes a mal. He dicho que es a traición, pero no te lo estoy recriminando. Lo siento…

—No, no por favor. Es mi culpa. Yo debí haberme informado al menos de si era acertado hacer algo así, y no dejarme llevar por mi estúpida mentalidad. No sé, Rachel. Sabía que entre vosotras había amistad. Sabía que habíais vivido un tiempo juntas en Los Ángeles, y siempre he sido testigo de tu extraña admiración por Quinn. Y me consta que ella también se ha preocupado por ti durante todos estos años, por eso creí que una salida de los tres juntos podría acabar con vuestra discusión. Pero veo que la he fastidiado…

—¿Cómo sabias que estábamos distanciadas? —lo cuestioné controlando al fin el sollozo— ¿Te lo ha dicho ella?

—¿Ella? Que va. Y te aseguro que le he preguntado varias veces, pero no me dice nada. Y me di cuenta porque no soy estúpido, aunque lo parezca.

—No, no digas eso, Sam.

—Soy consciente de que puedo aparentarlo —sonrió buscando mi complicidad—. No hay nada más que verme para pensar que no me entero de nada, pero no es cierto. Sam Evans siempre se da cuenta de las cosas.

—Ya, ya veo… Aun así, me sorprende que seas consciente de lo que nos sucede.

—No es difícil de averiguar que algo sucedía, Rachel. Bastaba con ser testigo de cómo os miráis cuando os cruzáis por los pasillos, o las excusas para no tener que coincidir en un mismo lugar.

—Ya… Supongo.

—No te sientas mal. Sea lo que sea seguro que lográis solucionarlo. Solo tenéis que daros un poco de tiempo.

—Ese es el problema.

—¿Cómo? ¿Cuál es el problema? —me preguntó un tanto confuso. Lógicamente debía estarlo, y mucho por culpa de mi negativa a confesarle todo. Que entre nosotras todo estuviese roto, no me daba derecho a hablar de lo que había sucedido. Además, yo tampoco quería que ella fuese contando su versión a quien le preguntase. Y por lo que veía, eso sí que lo había mantenido a buen recaudo. Tal vez porque realmente se avergonzaba, no lo sé.

—El tiempo es lo que ha hecho que todo esté como está. Me temo que cuanto más pase, peor será —respondí sin ser consciente de cómo poco a poco había ido logrando calmar el malestar y el llanto. Sam se limitaba a conducir mientras me regalaba aquella conversación, y lejos de incomodarme, conseguía que me sintiese cada vez mejor.

—Vaya…

—Sam. Supongo que me corresponde explicarte la situación después de todo lo que ha pasado, pero te pido, o mejor dicho te suplico que no me preguntes qué es lo…

—No tienes que explicarme nada —me interrumpió mirándome de soslayo—. Si la vida me ha enseñado algo siendo hombre es que nunca debo meterme en los asuntos de dos mujeres, por mucho que me preocupen. Prefiero mantenerme al margen, y dar mi opinión solo cuando me lo pidan. Eso sí, sí puedo ayudarte en algo te pido que me lo digas… Nada me gustaría más que veros bien, como siempre os he visto.

—Ojalá pudieses ayudarnos, pero me temo que es imposible. A menos que tengas en tu poder algún elixir de la verdad, y consigas que Quinn lo tome.

—¿Elixir de la verdad? ¿Quinn te está mintiendo?

—No, en cierto modo no. Lo que hace es omitirme una verdad que necesito saber, y que no parece dispuesta a darme.

—Vaya… ¿Y no te da explicaciones de por qué no te dice esa verdad?

—Sí. Su única explicación es simplemente que no puede decírmelo. Ella… Ella hizo varias cosas que me hicieron mucho daño, y yo simplemente quiero saber el por qué lo hizo.

—Por tu bien… ¿Verdad? —me respondió y yo lo miré confusa— Quiero decir que Quinn seguro que te dice que todo lo que te ha hecho es por tu bien. ¿No es cierto?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la conozco. Su época de maldad egocéntrica acabó en la adolescencia. Desde entonces todo lo que hace lo hace por el bien de ella, y de los demás, por supuesto. Si tiene que decirte algo que te va a hacer daño, ten por seguro que lo hace por tu bien, no por hacerte ese daño precisamente.

—¿Y cómo consigo que me diga la verdad y se deje de preocupar por mi bien? Quinn quiere que la trate como a una más, pero yo no puedo después de lo que me hizo. Y si al menos me explicase sus motivos, no se… Tal vez podría entenderla, o no… Qué se yo. Solo, solo quiero saber qué diablos sucedió en ella para hacerme lo que me hizo. No creo que pueda estar bien hasta que no lo sepa, y ella sabe perfectamente de mi angustia. Piensa que el tiempo hará que me olvide de ello, pero lo que no sabe es que lo único que consigue es agrandar el rencor. Tal vez sea una melodramática, pero no puedo evitarlo. No puedo mirarla a la cara y hacer como si nada… No puedo —sentencié buscando a través de la ventanilla el cobijo en la oscuridad de las calles que recorríamos, como si ello evitase que mis lágrimas se secaran por completo. Obviamente no lo hizo. De hecho, el llanto volvió a aparecer, aunque esa vez de una manera más calma y serenada. Era más la impotencia que sentía, que el dolor.

Sam no dudó en regalarme de nuevo algunos minutos de absoluto silencio como si supiese que esa tranquilidad era lo mejor para mí. O tal vez sabiendo que poco o nada podía decir que yo ya no hubiera intentado. No obstante, sus pensamientos lograron algo que yo no había conseguido en los 14 meses que duró aquella lucha interna. Quien me lo iba a decir. Sam Evans fue el único que acertó a darme el mejor y más efectivo de los consejos, o al menos el que me hizo cometer el más insignificante e inocente desliz de cuantos había cometido, y que me iba a permitir avanzar como nunca imaginé.

—¿Sabes lo que yo haría? —musitó cuando el coche ya se detenía frente a mi casa. Apenas eran las 9 de la noche, pero el silencio y la ausencia de coches y personas en la calle nos regalaban un momento casi mágico de absoluta intimidad.

—¿Qué harías? —cuestioné tras ver cómo alzaba su brazo por encima de mi respaldo y me sonreía. Hubo un momento en el que temí por sus intenciones, pero luego recordé que para él seguía siendo la Rachel Berry del instituto, y no la actriz de Hollywood.

—Aprovecharme de su profesión.

—¿Cómo?

—Piénsalo. Quinn está a punto de convertirse en psicóloga. Está realizando las prácticas en el instituto, por lo que oficialmente tiene potestad para atender a quienes precisen de su ayuda.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con mi situación?

—Dices que Quinn no quiere confesarte por qué te hizo ese daño del que hablas. Pues bien, ve a pedirle consejo por cómo te sientes.

No dije nada. Básicamente porque trataba de entender lo que pretendía decirme. Supuse que mi gesto confuso fue suficiente para que continuase con la explicación.

—Rach… Exponle tu situación. Hazle partícipe de tu pesar y pídele consejo para solucionarlo. Ella no podrá negarte algo así, no sería ético que lo hiciera.

—Me dirá que no lo piense, como me ha dicho siempre.

—Lo dudo. Te está afectando profundamente —añadió con una media sonrisa que me dejaba entrever el juego que pretendía utilizar. Lo que no sabía que sus palabras eran más ciertas de lo que podía llegar a imaginar. Yo sentía que realmente estaba afectada, no como para perder la cabeza, pero sí para preocuparme. Es más, Santana fue la primera en hacerme ver que tal vez necesitaba ayuda profesional, pero nunca se le ocurrió que esa ayuda pudiese ofrecérmela Quinn—. Rachel, no se trata de mentirle. Se trata de hacerle ver lo importante que es para ti saber la verdad. Y aunque no sea algo realmente grave, o al menos eso quiero pensar, si es cierto que estás mal. No hay más que verte para darse cuenta.

¿Genio? ¿Era un completo genio Sam Evans? No lo podía creer, pero supuse que mi mirada se lo hizo saber. Al menos eso creí cuando lo vi sonreír triunfante mientras secaba mis mejillas aun húmedas. Tal vez demasiado arriesgado sí, pero solo el hecho de imaginar el desconcierto de Quinn al recibirme como supuesta paciente debía merecer la pena. Y quien sabe, igual de esa forma no tendría excusa para no meterse en mi piel, y dar con una solución a mi desconsuelo. Desconsuelo provocado por ella, por supuesto.

Lo habría abrazado. Sam hizo que la extraña pena que me había azotado tan de repente, se convirtiera en una efusividad que hacía meses que no sentía, y lo habría abrazado a modo de agradecimiento si el destino no me tuviese preparada otra sorpresa.

Su teléfono nos interrumpió, como siempre suelen hacer los teléfonos. Y me bastó ver su cara al descubrir quien llamaba para ponerme en alerta.

—Es Quinn —musitó sin saber qué hacer.

—Atiéndela, yo me voy a casa ya…

—Espera… Espera no te vayas aun —me detuvo cuando yo ya me disponía a abandonar el coche.

—No, Sam. Atiéndela con calma. Te está llamando a ti, y yo no tengo por qué escuchar lo que quiere decirte.

—Pero…

—Atiéndela por favor. Te veré el lunes en el instituto. ¿De acuerdo?

—¿Estás segura que te quieres marchar? ¿Estás bien?

—Ahora sí —le sonreí sin forzarme demasiado. No mentía. Aquella breve charla me hizo bien, y aunque la curiosidad por saber qué quería Quinn al llamarlo era bastante grande, no dudé en tomar la decisión acertada y permitir que al igual que yo, ella tuviese su momento de confesión o desahogo—. Gracias— añadí regalándole un beso en la mejilla que a buen seguro no esperaba. Y después de ello, abandoné el coche con la melodía de su teléfono sonando sin cesar. No me importaba. Había logrado no solo calmar el llanto, sino que además mi mente empezó a distraerse con el perfecto plan que me regaló. Un plan que si podía funcionar perfectamente.

Lo llaman la Ley de la reciprocidad, o el efecto consecuencia. Y se da tanto en la física como en la química, además de en las relaciones entre individuos. Viene a decir que toda acción tiene uno o varios efectos o consecuencias, a veces para bien y otras para mal, pero todas logran que tu destino esté en continuo cambio. Yo en aquella noche logré que mi vida cambiase de nuevo sin ser apenas consciente, con una de esas acciones que haces sin siquiera pensarlas. Me bastó un pequeño gesto, un inocente desliz que llevé a cabo con mi teléfono. No supe por qué, pero tras abandonar el coche de Sam, y mientras le daba vueltas a su consejo, pensé en Santana. En cómo podría reaccionar si supiese de aquella disparatada idea, y de si estaría o no de acuerdo. De las muchas veces que me había repetido que tarde o temprano, iba a terminar pidiendo ayuda a un profesional que lograse poner en calma mi estupidez mental. Sí, pensé en ella y supongo que por eso hice lo que hice.

Vas a tener razón. No salgo de ésta sin ayuda profesional.

Ese fue el mensaje que le envié nada más entrar en casa, y del cual esperaba una respuesta inmediata que nunca llegó. Bueno sí, la respuesta sí llegó, pero no en aquella noche ni de la forma en la que la esperaba.