Capítulo 42 Ángel

Ereshkigal merodeaba por los pasillos de su palacio cuando se encontró con una pluma blanca y suave en la mitad del camino. Curiosa, se acercó, se agachó y la tomó entre sus dedos. Le pareció tan hermosa que la guardó en su alforja para pronto mostrársela a Enkidu.

Ereshkigal estaba buscando una nueva alma que atraer a su lado. El vacío que Lirio dejó en su vida la volvió más depresiva y pocas veces cenaba o reía. Enkidu cada día parecía más apagado y triste, lo que le causaba una angustia terrible y la vigilancia que impuso era cada día más estricta.

Recordando aquel temor, aceleró su marcha y llamó por Enkidu hasta que llegó a un jardín interno, donde en una fuente de agua, nadaban peces luminiscentes que dejaban una estela tras su paso. Al borde de aquella piscina se encontraba sentado Enkidu y Ereshkigal quedó tan sorprendida de la visión que se preguntó si aquello no era un regalo del paraíso.

Enkidu brillaba tenuemente en una luz blanquecina, con una fosforescencia sutil y hermosa: de su cuerpo expelían plumas blancas que caían suaves al suelo, desvaneciéndose en un polvillo dorado. Lo etéreo de su consistencia demostraban que no eran más que una ilusión. Enkidu no parecía consciente de ello. Jugaba con una varilla siguiendo los peces en su trayectoria, rompiendo la superficie del agua en ondas suaves y continuas.

Ereshkigal fue por su bolsito y revolvió sus cosas para percatarse que la pluma ya no estaba donde la dejó. Se quedó boquiabierta al verlas desaparecer una tras otra en el suelo. Se acercó con cautela y Enkidu reparó de que alguien lo acompañaba.

—Hola—saludó, dejando de lado su provisorio juguete—. Hoy te ves mejor que otros días.

—¿Qué te ocurre Enkidu? —susurró Ereshkigal, llevándose las manos al pecho— estás…

—Sí—asintió Enkidu, mirando sus manos de las cuales se desprendía plumas que desaparecían—, no sé que me ocurre. Hoy en la mañana me he despertado cubierto de plumas.

—Eres un ángel—anunció Ereshkigal, acercándose a él.

Las plumas de Enkidu eran tan feéricas que al estar cerca de él ya no lograba distinguirlas. Alzó una mano para tocar una de su cabello y esta se deslizó hasta sus dedos para luego desaparecer.

Enkidu sonrió tristemente y descendió la mirada.

—Eres más hermoso que ayer—Ereshkigal se sentó a su lado—Eres un trozo de paraíso.

—Estoy roto—musitó Enkidu estrechando los ojos—, siempre fui un arma rota. Eso no es parte de ningún paraíso. Ahora soy como… un ave.

—Pero unes este mundano mundo con el paraíso, eres una conexión. No hay nadie más hermoso que tú en este universo. Ishtar es una baratija sin valor a comparación de ti.

Enkidu se apartó de Ereshkigal y volvió a mirar el azul destello de los peces que danzaban.

—Deseo desaparecer, ya no quiero rondar por estos pasillos, es tortuoso.

Ereshkigal se asustó y tan pronto como ocurrió, frunció el ceño.

—No. No puedes irte de mi lado, si insistes tendré que amarrarte a tu jaula y te quedarás ahí hasta que reivindiques.

Enkidu no parecía sorprendido. Descendió la cabeza y apartó alguna de las plumas que se prendaron a sus ropajes.

—¿En qué clase de cosa me he convertido para ti? Ya es hora de que me dejes ir.

—No—refutó Ereshkigal, ya enojada—. Soy yo quien reina aquí y tendrás que adecuarte a mis mandatos. Ahora ve al comedor, es hora de cenar.

Enkidu completamente inanimado se levantó del lugar y caminó con pesadumbre, como si arrastrara tras de él unas enormes piedras que no le permitían circular con facilidad. Ereshkigal observó la vía de plumas que desprendía Enkidu y suspiró. Tenía mucho miedo de volver a quedarse sola y no permitiría que algo tan valioso como el arma de los dioses se escapara de sus manos: era lo único realmente bello que tenía.

Ereshkigal resolvió ponerse de pie y seguir el rastro de Enkidu hacia el comedor, en donde sus sirvientes espectrales dispusieron de la cena que era completamente innecesaria de comer. Enkidu se apoyó en el borde de la entrada y no se atrevió a continuar. Miró hacia un punto fijo y frunció ligeramente el ceño.

—¿Quién es él? —susurró Enkidu.

—¿Hmm?

Ereshkigal se empinó y miró a través del hombro de Enkidu cuando finalmente lo vio.

Un hombre joven de cabello negro corto y ojos intensamente azules se encontraba sentado a un lado del puesto de Ereshkigal, completamente ido, como si estuviese hipnotizado. Su piel blanca era increíblemente delicada y sus dedos combinaban con la plata de las copas. Sus prendas exquisitas lo hacían lucir como un príncipe, pero el insano color de sus ojeras le daban un toque enfermo.

Ereshkigal sonrió y su expresión se iluminó.

—¡Nergal! ¡Has despertado!

La diosa entró con prisa al comedor y se fue al lado del hombre para besar su mejilla. El joven reaccionó lento, como saliendo del letargo y sonrió suavemente.

—Ereshkigal.

Enkidu se quedó de piedra al ver que la reacción de ambos era como si fuesen viejos conocidos. Se alejó del marco de la entrada para salir de aquel lugar cuando Ereshkigal alzó una mano y le llamó.

—Enkidu ven, él es Nergal, mi consorte, rey de Kur ¡Se llevarán muy bien!

Enkidu hace mucho no oía aquella palabra. Recordó las múltiples chicas que tenía Gilgamesh y le causó cierto escozor en el estómago.

—No sabía que tenías consortes—comenzó Enkidu, viendo como Nergal le sonreía con una expresión vacía—, jamás lo había visto. ¿Por qué entonces dices que estás sola si él es tu acompañante?

—Eso es porque Nergal duerme muchos meses y despierta un par de semanas. Él es hijo de Enlil y ambos fuimos confinados a este mundo.

—Tú, Enkidu, el arma de los dioses—dijo Nergal con una voz grave y elegante—. La última vez que desperté estabas en la tierra con Gilgamesh, ¿Qué te ha traído aquí?

Enkidu sintió cierto recelo hacia Nergal, pero accedió a acercarse y hablar.

—No es algo que quisiera recordar. Sólo que ha sido Ishtar la que me ha mandado aquí.

—Oh, Ishtar—Nergal comenzó a comer, invitando a los demás a acompañarle—, esperaba volver a oír su nombre con sus niñerías.

Enkidu se sentó a la mesa y vio el puesto vacío de Lirio. Miró los dátiles con miel que tanto amaba pero que nunca más le provocaron. Sacó uno por mero nerviosismo y lo llevó a sus labios.

—Nergal ha sido mi esposo desde hace muchísimo tiempo, pero más que amantes somos amigos, hermanos. Nos llevamos bien, pero me siento muy sola cuando él regresa a sus sueños—la diosa revolvió su plato y frunció los labios— ¿Ahora podrás acompañarme como un consorte lo haría, Nergal?

—Lo intentaré—contestó el dios, como si hablaran del clima.

Enkidu no podía sentirse más incómodo, además de dejar la mesa con plumas que a pesar de que se volatilizaban, molestaban en la comida. Nergal parecía algo más despierto y no le quitaba la mirada de encima, lo que causaba que se sintiera menos a gusto aún. Dejo de comer cuando vio que Nergal le sonreía con cierto aire indiscreto.

—Así que eres la nueva mascota de Ereshkigal…

—¡Nergal! ¡No hables así!

—Es la verdad, Ereshkigal. Siempre necesitas tener alguien con quien entretenerte porque o si no te vuelves maniática. Tanto lloriqueas con que estás sola, pero despierto y se te acaba la tontería.

Ereshkigal parecía infantilmente molesta, tanto así que cierto aire de Ishtar se coló en sus facciones. Enkidu alzó la mirada y estrechó los ojos, como juzgando a Nergal, sin embargo, se relajó y habló:

—Supongo que sí. Ereshkigal ha sido una buena dueña.

—¡Yo no soy tu dueña Azul! ¡Me extraña que hables así!

Enkidu sonrió genuinamente. Le gustaba escuchar a Ereshkigal hablar tan animadamente, le traía recuerdos de cuando las chicas peleaban en el palacio.

—Era una broma.

—Vaya criatura tienes en este palacio—dijo Nergal ya hablando en serio—, alguien como Enkidu debiese estar en el paraíso y no aquí, ¿Qué ha pasado para que termines aquí?

Ereshkigal antecedió a Enkidu.

—Gilgamesh y Enkidu tenían una amistad que no pudo ser rota por Ishtar, quien se enamoró de Gilgamesh. El rey la negó y su enojo fue tal que envió a Gugalanna a Uruk. Enkidu y Gilgamesh le dieron muerte y en castigo para ambos, Ishtar envió a Enkidu aquí. Personalmente fui a buscar a Enkidu a su lecho de muerte.

—Personalmente—dijo Nergal, cruzando sus manos bajo su mentón—, cómo me hubiese gustado estar despierto para entonces. No me perdería por nada del mundo ver como Gilgamesh perdía a alguien querido. Se lo merece.

—No, no se lo merecía—dijo Enkidu ya molesto.

Nergal alzó las cejas y respiró hondo.

—¿Gilgamesh dejó de ser el tirano que todos odiaban? No lo creo. La última vez que estuve despierto supe sobre la muerte de Gugalanna y el juicio que los dioses te harían. Luego apareciste aquí, no creí que tu destino fuese la muerte.

—¿Qué sabes tú de cómo era Gilgamesh? Ninguno de ustedes sabe de él, fui el único que vio aquella veta de humildad y nadie me ha creído, nadie ha prestado oídos para comprender que Gilgamesh no era más que un hombre disfrazando su buen juicio de arrogancia.

Nergal alzó la mano y un arete de plata danzó en su oreja izquierda. Cerró los ojos para luego reírse de las palabras de Enkidu.

—Es tu admiración hablando. Me da vergüenza oír tus palabras.

—No Nergal, es algo más.

Nergal se volteó hacia Ereshkigal con cara de pregunta, pero la diosa no respondió. Su mirada estaba fija en un punto indeterminado, como pensando en sus palabras.

—Cómo sea—agregó Nergal—, bienvenido a Kur, arma de los dioses. Eres un ser increíblemente valioso. Un ser destinado al paraíso y desterrado como nosotros. Somos los rechazados, los negados, los lejanos a todo lo bello de la creación. Somos la peor escoria de Tiamat, el barro más mundano de Kingu, todo lo indecible y lo indeseable.

—No hables así de nosotros Nergal. Esta vez te has despertado mucho más depresivo de lo usual.

—Es porque estoy aburrido.

El ambiente se tornó tenso de un momento a otro. Enkidu intentó apartar las molestas plumas de su plato, pero no logró hacerlo antes de que estas desaparecieran.

—Nergal—dijo suavemente Ereshkigal tocando su mano—, por favor no hables así. Entiendo que estés harto de esta situación, pero es lo que nos ha tocado vivir. Podemos hacer de Kur un lugar más…

Nergal pegó un puñetazo en la mesa con tal fuerza que las cosas rebotaron en el lugar. Aquello le recordó a Enkidu las reacciones de Gilgamesh cuando se encolerizaba.

—Ereshkigal—Nergal de pronto no parecía el joven débil y desprotegido de hace unos momentos, si no un hombre de temperamento fuerte. A pesar de ello, Ereshkigal no se alteró—, Kur es un reino maldito y así tiene que ser. Entiende que tus anhelos ridículos de mantener este lugar como un hostal de…

—No permitiré que le hables así.

Enkidu se había puesto de pie con el semblante serio. Sus puños encorvados revelaban que se había enojado. Nergal sonrió de medio lado y por una milésima de segundo su parentesco con Gilgamesh se hizo evidente. Se puso de pie y colocó las manos en las caderas.

—¿Qué? ¿Harás algo contra un dios? ¿Ya no es suficiente con todo lo que has hecho?

—¿De lado de quién estás? —masculló Enkidu, arrastrando las palabras.

—Basta—dictaminó Ereshkigal, intentando mantener la serenidad—. Siéntense.

—Tu nuevo noviecito no me intimida Ereshkigal—dijo Nergal luego de echar una ojeada con cierto aire despectivo a Enkidu—. Has lo que quieras.

—Nergal, ¿Por qué siempre tienes que arruinar mis relaciones con mis amigos? ¿Qué es lo que tanto te molesta?

—Ya lo sabes bien—Nergal caminó pausadamente hacia la salida del comedor. Su voz rebotaba en las paredes de piedra—. Cuida a este trozo de paraíso porque será lo más lindo que tendrás en mucho tiempo.

Nergal dejó a Enkidu y Ereshkigal en un ambiente completamente cargado.

—Creo que me iré a mi jaula—susurró Enkidu desviando la mirada—. Siento mucho que tengas problemas con tu esposo por causa mía.

—No Enkidu, descuida—Ereshkigal tomó por el antebrazo a Enkidu y le sonrió—. Nergal es un poco difícil de manejar, pero es por su debilidad. Él es bastante celoso, no es personal, es en contra de cualquier alma que mantenga a mi lado.

—Es por eso por lo que debes dejarme ir, Ereshkigal.

La diosa curvó sus labios en una sonrisa con cierto aire de prepotencia.

—Azul. Tú no te iras de mi lado ¿Has escuchado bien? Considéralo tu castigo eterno si así gustas, tu condena, tu maldito destino como quieras, pero de mi lado no te irás.

Enkidu se giró sobre sus talones para desaparecer del lugar e ir a su jaula, con un ánimo más depresivo de lo usual.

—Al final de cuentas eres la reina de Kur.

—Algún día Gilgamesh podría pisar Kur y sé que, si pudieses saber dentro de tu olvido, te arrepentirías de tu decisión.

Enkidu echó una mirada sobre el hombro y apretó los labios.

—Mentirosa.

Dicho esto, Enkidu desapareció y dejó a sola a Ereshkigal. La diosa no borró su sonrisa si no que más bien, su júbilo se acrecentó.

—Gilgamesh, Oh Gilgamesh—dijo para sí misma, jugando con un mechón de su cabello—, deseo saborear tu muerte algún día y divertirme más con todo esto.

Ereshkigal y Nergal eran reyes del inframundo y así era cómo se comportaban, por mucho que ellos negaran su condición.