En los siguientes días cabalgamos hacia el este. Seguíamos los puntos de agua para abrevar a los caballos. Por las tardes montábamos las tiendas mientras otros forrajeaban.

Aprovechamos el tiempo en esas paradas.

Adva y Pequeña nutria intercambiaron conocimientos, apuntes y largas conversaciones en élfico y gnomo. Canalizaron la magia de las llanuras en hechizos sobre un mapa para asegurarse de la ruta. Nos dirigíamos hacia el desfiladero del río Carina. Debíamos alcanzar un punto en concreto en los siguientes días para encontrarnos con alguien. Íbamos a buen ritmo. Adva también utilizó su magia para enviar mensajes a quien debía esperarnos allí.

Yo practiqué combate con Feranon. Le pedí con amabilidad si podía entrenarme en su estilo y él aceptó. El elfo me tuvo dando volteretas y vueltas alrededor de él un par de noches antes de hacerme coger las armas. Me enseñó a no detener el golpe de mi rival, sino a usarlo para impulsarme lejos y volver, a desplazarme hacia donde mi enemigo no esperaba o a hacer que viniese hacia mí. Entendí que precisión y atrevimiento eran claves… Eso y horas de entrenamiento. Resultó ser un profesor más comedido y suave que Lavina. A pesar de estar agotada tras "bailar" con él, nunca me dejó una marca sobre la piel.

Al tercer día, el tiempo empeoró y empezó a llover. Agradecí estar sobre un caballo por el calor que me brindaba. Los animales que nos transportaban a nosotros no llevaban riendas, tan solo una manta atada a modo de silla. No podíamos dirigirlos, o eso creía, pero no lo necesitábamos. Nuestros caballos sabían a dónde ir: seguían al resto de la manada. Al principio me fue difícil sujetarme, pero, tras dos días, empecé a sentir cuando mi yegua se cansaba o necesitaba algo y no tuve problema en sostenerme sobre ella, ni siquiera cuando galopaba. Un día me sorprendí apoyando suavemente la mano en su cuello para indicarle que se moviese hacia el caballo de Pequeña Nutria, y ella lo entendió y lo hizo. Fue un momento sorprendente y muy confortante.

Feranon era otra historia. Sin riendas ni silla de montar, su caballo le obedecía y parecía ser una extensión de él. En más de una ocasión, se puso en pie sobre el animal con un equilibrio perfecto para otear los alrededores.

La lluvia continuó durante varios días y Adva nos preparó a todos un mejunje con ingredientes que sacó de su bolsa para evitar que cayésemos enfermos.

– Las tiendas están mojadas. Os pondréis enfermos por el agua. Esto lo evitará.

La piedra hogar de los elfos resultó una bendición con todo empapado a nuestro alrededor robándonos la posibilidad de un fuego.

Pero, ni siquiera la lluvia pudo quitarnos el olor a caballo. Las mantas bajo las que nos abrigábamos por las noches eran las mismas que usábamos para montar y, a esas alturas, ya no se diferenciaba nuestro olor del de los animales.

La llanura dio paso a colinas. La muralla de montañas grises ante nosotros creció cada vez más. El pasto cada vez fue más disperso y dejó paso a terreno cubierto de matorral. Un viento frío y seco se levantó, barriendo las nubes. La montañas Kaladrun se hacían notar antes de haber puesto los pies sobre ellas.

La última noche que pasamos con los sarcosanos había dejado de llover y todos agradecimos el respiro.

– Mañana alcanzaremos el desfiladero del Carina –dijo Shurani, el líder de los jinetes–. No podemos seguir más allá. Lanzaremos los halcones para revisar la ruta antes de que la toméis.

–Os vamos a echar mucho de menos– comentó Lavina.

Algo se me encogió un poco por dentro al pensar que nos separábamos en breve. Iba a ser la última noche en que tendríamos paz y gente vigilando por nosotros en mucho tiempo.

Algunos os preguntaréis qué ocurrió con Karama…

Esa última noche la pasamos juntas bajo la misma manta, pero tan solo dormimos, compartiendo el calor. Habíamos tenido, en los días anteriores, un par de momentos privados más, pero no con el abandono de la primera noche. Además, pronto nos dimos cuenta de que yo no tenía tanto interés como ella en aquello. No lo rechazaba, pero tampoco lo buscaba.

Nuestra relación derivó hacia la camaradería, sin aspavientos, solo aceptando lo que había entre nosotras y el tiempo que teníamos juntas. Reímos, hablamos y compartimos experiencias. Ella me habló de sus caballos, de su familia y de la vida en las llanuras. Yo le hablé del mar de Peluria, del Viento Bueno y de Puerto Baden. Pero no me atreví a contarle detalles del lugar de donde yo procedía ni de las cosas horribles que había tenido que hacer para sobrevivir. Preferí que mi chica de las llanuras me recordase como una extranjera exótica y no como una aprendiz de legado que había asistido en rituales repugnantes bajo el influjo de la ursadicta.


Oímos el río antes de verlo.

El desfiladero trazaba una curva de varios kilómetros. Tenía unos buenos setenta metros de profundidad, excavado en la roca, y el río fluía allí abajo. Había un camino estrecho, en parte tallado, en parte natural, por encima del nivel del agua. No era lo bastante ancho como para que pasase por él un carro, pero sí personas.

– Vamos a tener que bajar por la roca hasta allí – dijo Lavina.

Caminamos por el borde del desfiladero hasta que dimos con una posible ruta por la pared algo más fácil, con menos inclinación. Los jinetes nos aseguraron con una cuerda y, de uno en uno, nuestro pequeño grupo fue posando los pies en el camino.

– Esperad un momento – nos gritaron desde arriba.

Unos minutos más tarde, descolgaron un petate hasta nosotros. Contenía dos mantas, algo de comida un arco recurvado y una decena de flechas. No se me escapó cómo le brillaron los ojos a Feranon al ver el arco.

Los jinetes se asomaron en pequeños grupos y realizaron, de uno en uno, el saludo tradicional sarcosano hacia nosotros. Sonreí a Karama por última vez. Shurani esperó a que todos se hubiesen retirado para dedicarnos a su vez el saludo sarcosano, llevándose la mano al pecho y luego a los labios en un gesto que me recordaba mucho a lanzar un beso.

– ¡Que las estrellas os acompañen! – nos gritó.

Adva le dedicó el saludo ritual de los jinetes y los demás la imitamos.

– Que las estrellas os acompañen, clan Osanari – respondió.

Algo se me encogió un poco cuando Shurani también desapareció por detrás de la línea del desfiladero y nos quedamos solos.


Caminamos, por aquel sendero hacia el Noreste, con el agua corriendo a nuestra derecha. Me pregunté si habría damas del agua también en ese río. Rivaverde probablemente podría habérnoslo dicho.

El camino no se había transitado en mucho tiempo, y la vegetación lo había cubierto en varios puntos. En uno en concreto, un deslizamiento de tierra lo había borrado y tuvimos que aferrarnos a la pared de roca para salvarlo.

El río era más lento de lo que parecía, y Pequeña Nutria insistió en que resultaría navegable para una barca de poco calado. Caminamos un par de kilómetros, girando hacia el este y vimos las cascadas a lo lejos, envueltas en la bruma que levantaban. Se podían intuir los restos de una torre sobre ellas. El ruido del agua llenó el aire y una cierta excitación nos hizo acelerar el paso al ver nuestro destino tan cerca. ¿Lo íbamos a lograr?

– ¿Cuanto tardarán tus contactos en encontrarnos, Adva? – preguntó Lavina.

– No estoy segura, creo que un día. Les he ido informando de nuestra posición.

Frente a las cascadas, el río se ensanchaba en una laguna, excavada y alimentada por el agua. Se respiraba el frío y la humedad en el aire. Había dos muelles de piedra abandonados. El musgo crecía sobre ellos. La pared de roca frente a los muelles, a nuestra izquierda, había sido excavaba. Fusionada con ella habían construido una sala que parecía un almacén.

El sol se estaba poniendo y el frío subía rápido allí. Pequeña Nutria observó el interior de la habitación en la roca.

– Está seco, podemos descansar aquí dentro.

Feranon tocó el hombro del gnomo y negó.

– ¿Qué pasa?

El elfo dijo algo y señaló hacia lo alto de la cascada, donde se entreveían los restos de la torre.

– Dice que este lugar no le gusta – tradujo Pequeña Nutria –, porque es perfecto para una emboscada. No oiremos nada por el ruido del río. Dice que deberíamos dormir allí arriba para poder ver si se acerca algún enemigo.

Miramos hacia lo alto de la cascada y los restos de la torre. No parecían en suficiente buen estado como para darnos abrigo, pero había un camino tallado que superaba la pared de roca por la que caía el agua. No sería tan difícil comprobarlo.

–Feranon tiene razón – sentenció Lavina –. Adva y Pequeña Nutria, se acabó la magia. No podemos arriesgarnos a llamar la atención.

Asentimos y la seguimos por la escala de piedra hacia lo alto de las cascadas.