Advertencia: Mención de temas relacionados al suicidio.
¿Por qué no me escuchas cuando estoy llamándote?
¿Por qué no escuchas cuando intento hacerlo por ti?
Adiós, adiós
Adiós, nunca sabrás...
Abrázame más fuerte...
4:AM Forever - Lostprophets
...
Taiga tenía una especie de trauma con los hospitales. Siendo realista, para nadie debía ser una experiencia grata si tomaban en cuenta lo que implicaba ir al hospital. No era bonita la sensación de incertidumbre, no era bonito escuchar a la gente explotar por una mala noticia, el simple hecho de caminar por ahí se sentía deprimente, pero si había algo bueno que decir era que al menos te ayudaban cuando se trataba de tu salud.
A menos que los especialistas fueran unos bastardos que se negaban a atender a los pacientes, cosa que afortunadamente él no había visto, pero debía ser triste.
No lo recordaba con exactitud. Si no contaba las veces que debía hacerse controles y vacunarse, debió ser cuando nació su hermanito, o cuando arrojaron a Kyoichi por las escaleras, que visitó por primera vez el hospital. Con el rubio ni siquiera eran amigos en ese tiempo, o más bien, el rubio no lo consideraba como tal, pero aún así quería saber de su estado.
Claro que... le dolió aún más cuando el chico intentó darle fin a su vida. Acababan de despedir a Saiko y tenía miedo de perder a otro más. Meses después, el golpe llegó a Hitomi con la muerte de su madre y fue más de lo que podía soportar.
¿Qué habría pasado si Makoto no hubiera llamado a sus padres cuando encontró a Kyoichi?
¿Qué habría pasado si Kyoichi no hubiera corrido a casa de Hitomi, sintiendo que algo andaba mal?
¿Qué habría pasado si ellos lo hubieran logrado?
Esas preguntas lo atormentaban mientras tomaba la mano de Hitomi y observaba a Kyoichi. No quería quedarse solo, le era difícil imaginar una vida sin ellos. Todavía le quedaba Amaya, pero ¿qué habría pasado si no la hubiese conocido? Quizás sólo sería su compañera, alguien con quien apenas hablaría, y él seguiría solo, torturándose por el hecho de haber perdido a sus amigos.
Tener seres queridos era difícil. Estaba bien tener compañía, pero era difícil encariñarse al punto de creer que la vida es eterna, y luego llegaba el golpe y perdía sus rastros. La madre de Saiko Ishikawa lo había dicho en su funeral: la vida era tan frágil que, si soltaban sus manos un segundo, se marchitaba.
"¿Y si no quiero seguir?", era lo que le había preguntado Kyoichi. Sintió miedo, no quería perderlo, pero... ¿estaba siendo egoísta por no querer dejarlo ir?
Suspiró. Volvió la vista a la platinada, soltando su mano para acariciar su cabello, jugando con su flequillo hasta apartarlo de su frente.
"¡Deja mi flequillo!"
Rió al recordarlo. La frente de Hitomi era algo más grande del promedio, lo que la acomplejaba, y siempre creyó que Kyoichi había hecho un buen trabajo haciéndole entender que no era un defecto, pero claro, Hitomi era testaruda cuando quería. Por su parte, pensaba que esa parte de su rostro le daba un aspecto más tierno del que ya tenía.
Volvió a poner su flequillo en su lugar. No sabía cuándo despertaría, pero no quería llevarse la paliza de su vida cuando, al despertar, notara que habían descubierto su frente.
Bueno, también estaba la opción de ver el futuro, pero prefería llevarse una sorpresa.
-Taiga -se sobresaltó al llamado y volteó a ver a la pelirrosa-. ¿Puedes acompañarme un momento, por favor?
Le extrañó, pero la siguió sin chistar. Debió tener una notoria cara de susto, porque Yuki rió y le dijo que se tranquilizara, mientras lo guiaba hacia el subterráneo. Por un momento, pensó que lo llevaba a entrenar con Kakeru, cosa que se le hacía extraña, porque a pesar de que no tenía problemas en hacerlo, parecía más cómodo para ambos entrenar cada uno por su lado, y quizás con el tiempo se uniría a él en los entrenamientos. Al resto le pareció bien la idea, mientras fueran responsables con sus prioridades.
Después de todo, Kakeru necesitaba algo de tiempo para sí mismo.
Se detuvieron frente a una habitación que él nunca había visto, quizás porque siempre estaba con sus compañeros en los mismos lugares y porque sólo iba a donde ellos iban. La pelirrosa abrió la puerta y se hizo a un lado, dejando que él entrara primero.
La habitación debía ser una bodega, si tomaba en cuenta la cantidad de cajas que había, cosa que extrañó al pelinegro. ¿Yuki le pidió que lo acompañara para que se encargara de unas cajas?
-Durante el ataque, antes de que destruyeran parte de la base, el equipo logró reunir las pertenencias de todos y dejarlas aquí -explicó la mujer-. Afortunadamente, este sitio no se vio afectado, tal vez porque era una habitación común y corriente -rió.
Taiga la escuchaba mientras se acercaba a las cajas. Todas tenían nombre, así que no le costó reconocer la de su hermano y la suya entre las que pertenecían a sus amigos.
Abrió la caja, revisando que estuviera todo en orden, y al verificar que era así, quedó satisfecho.
-Todo bien.
Pese a que no era su pasatiempo favorito revisar las cosas de Gabu, decidió hacerlo; sólo así podría cerciorarse de que nada lo iba a molestar.
-Pensamos que querrías encargarte de sus pertenencias -Yuki se refirió a las cajas ajenas-. Digo, si no te importa.
-Sí, no hay problema -cerró la caja del pelirrojo y siguió con la que llevaba el nombre de su rubio amigo.
Kyoichi era alguien muy sencillo, por lo que no había mucho que salvar, además del bolso del instituto, su ropa, algunos lápices y un periódico, con una fotografía agujereada sobre él. Tragó saliva al ver esto.
"Después de todo lo que le hicieron, ¿tienen el descaro de venir aquí a despedirla y decir que era una buena chica?"
"Gracias, niños, por hacer feliz a mi bebé..."
No notó en qué momento Yuki llegó a su lado, pues ella pudo ver el cambio en su expresión al posar la vista en el periódico. Después de todo, que un chico guardara un periódico de hace cuatro años, con una noticia muy turbia, era lo único que podría causar impacto.
-Ellos tenían razón -miró al pelinegro. Su expresión era la misma, tranquila, con un deje de añoranza-. Era una buena chica, pero ellos no se molestaron en conocerla, así que... que lo dijeran en su funeral fue descarado.
-Ya lo creo.
Ella no la conocía, pero con sólo verlo a él, a Kyoichi y a Hitomi, podía confirmar que Saiko era una buena chica, porque si hubiera sido lo contrario, ellos jamás la habrían conocido y no estarían siendo atormentados por su recuerdo.
Vio al chico cerrar la caja y revisar la de Hitomi, que contenía lo mismo que la del rubio, sólo que no llevaba un periódico y una fotografía agujereada. Pareció sorprendido de verla, y eso le indicó que la imagen significaba mucho para ellos, tanto como para ver cada una de sus reacciones.
La última foto de ese cuarteto, el último día que ella vivió.
Una foto con su rostro perforado.
Una foto escondida entre el polvo.
Una foto pegada en la primera hoja de su libreta.
Para el momento en que se preparaban para una nueva lucha, ninguno esperaba que el tiempo pasara tan rápido. Para ellos, sólo habían pasado unas horas, pero cuando tenías toda tu atención en lo que tenías al frente, lo que te mantenía ocupado, pierdes la noción del tiempo, y los demás, desde la base, eran espectadores de todo, donde el tiempo pasaba lento, donde se mantenían quietos, mirando la pantalla, contando cada segundo, cada minuto, cada hora, contando los días, porque no tenían nada mejor que hacer.
Desvelarse.
Torturarse.
Ninguno lo sabía. Todos prometieron un pronto regreso, todos prometieron que volverían a reunirse, que no soltarían sus manos, y que si lo hacían, estarían atentos a las huellas que dejaran en el camino para no perder sus rastros, pero la vida es injusta y el futuro es incierto, y ellos sabían que, por mucho que quisieran aferrarse a sus deseos, era difícil mantener una promesa.
Las últimas palabras que Sho le había dicho a su madre, tomando firmemente la mano de su hermanito, habían sido claras: "no permitiré que lastimen a Ayumu". Lo había prometido, porque el pequeño era su vida, porque era una de sus razones para seguir vivo, de seguir luchando, pero entonces, ¿por qué no lo había hecho bien? ¿Por qué no escuchó a Makoto cuando ella lo llamaba para que regresaran con los demás?
Él estaba a cargo de su hermanito, era su deber protegerlo, pero lo había hecho mal. De nuevo lo había hecho mal.
Ayumu había decidido seguirlos, en lugar de correr a un lugar seguro, en lugar de reunirse con Kakeru y observar a los demás luchar por sus vidas. Siendo sólo un niño, optó por dejar de lado su inocencia para correr a su lado, enfrentándose a una realidad que jamás debió conocer. Debió conocer la injusticia del mundo real, donde los únicos enemigos eran los que estaban en la cúspide, no esa injusticia, donde la selección era al azar y había que sobrevivir.
Él pudo haber sido un niño normal, mimado por su madre y por su hermano, haber pasado tiempo con su padre, volverse loco al montar una bicicleta, no preocuparse por nada más que vivir la vida. Entonces... ¿lo había hecho mal?
¿Había fracasado como hermano mayor?
¿El karma lo castigaría por no haber podido protegerlo cuando estalló esa bomba?
¿Se lo arrebatarían?
¿Cómo lo miraría su madre?
No quería saberlo. No quería saber nada.
En esa fría habitación de hospital, no hubo testigo de las lágrimas que derramaba a causa de sus visiones, más allá de las paredes.
-¿Listo, Samejima?
El pelirrojo, con una mirada desafiante, como la que habían visto muchos de los que lo conocieron en los anteriores viajes, asintió. Antes, cualquiera habría visto esa expresión como una señal de peligro, puesto que siempre había que mantenerlo vigilado debido a sus constantes fechorías, incluso si sólo respiraba representaba un peligro. Sin embargo, Yuki lo miraba ahora y podía leer su expresión: tenía frustración, rabia y pena reprimidas, sin permitirse distraerse del entrenamiento.
La mano del chico apretaba la única bomba de la que disponía en esa sesión, que era una simple granada. Aquello era un gran desafío para él, que se negó a que le entregaran la cápsula de Bloody Fang, la cual Yuki sostenía entre sus manos, puesto que con ella estaría más protegido, en cambio, con la granada, debía ser estratégico y analizar cuál era el mejor momento para utilizarla.
Además, aún tenía sus poderes, sólo necesitaba pulirlos.
Antes de partir, cruzaron miradas: la desafiante de Gabu contra la preocupada de Yuki. En otro momento, habría sido curioso, quizás hasta gracioso, puesto que nadie quería compartir el mismo aire que el pelirrojo, nadie se molestaba en siquiera acercarse a hacer literalmente nada, la única vez que sintieron compasión por él fue cuando lo secuestraron -claro, desde el punto de vista de Koei, lo habrían dejado estar-, y cuando analizaba lo que pasaría cuando él estuviera en la cima. Ahora mismo, no había desconfianza, no habían malas intenciones, sólo compartían miradas, hasta que el pelirrojo elevó una comisura de sus labios en una media sonrisa, simpática, segura, sin ninguna mala intención de por medio, y las compuertas cubrieron los ventanales, comenzando con la misión.
Ese chico había cambiado y ella no lo había visto, pero le aliviaba ser testigo del resultado. Le transmitía seguridad.
Por la pantalla del monitor, pudo ver el proceso del pelirrojo; la precisión con la que esquivaba los hologramas de las dos cazadoras, los certeros golpes y patadas con las que atacaba y lograba defenderse, y en ningún momento tocó la granada, que se mantenía suspendida en su cinturón. Las expresiones de dolor cuando no reaccionaba con rapidez pasaban desapercibidas y desaparecían en menos de un segundo, totalmente concentrado en lo que hacía, furioso, con sed de sangre.
El cansancio comenzó a notarse cuando logró deshacerse de uno de los hologramas, pero el pelirrojo siguió sin descanso, sin detenerse a tomar aire, siendo los únicos momentos en que podía hacerlo cuando se alejaba lo suficiente de su rival, preparando otra táctica. Sin embargo, sus movimientos eran lentos, y más ahora que se trataba de un combate uno a uno.
Claro, la forma en que continuaba la rutina era curiosa para aquellos que observaban, debido a que el chico parecía estar jugando con la criatura y no se concentraba en atacarla, incluso en algún momento lo vieron cubrir su boca al bostezar, como si realmente fuera un juego del que se estaba aburriendo, hasta que en un momento decidió actuar, bloqueando un ataque y devolviendo una patada, que envió a la cazadora al otro lado de la habitación, y ahí aprovechó de lanzar la granada. Nadie había notado en qué momento la había activado, así que el objeto sólo explotó y el holograma desapareció.
Con eso, finalizó el entrenamiento.
Las compuertas volvieron a abrirse y Gabu estaba nuevamente al centro de la habitación, dedicando a sus superiores su completa atención. Estos le hicieron un gesto afirmativo y él pudo retirarse.
Había aprovechado bien los entrenamientos en la montaña.
Gabu salió de la habitación y se topó con Yuki, quien al verlo, le dedicó una sonrisa tranquila, mientras le tendía la cápsula.
-Gracias.
Seguramente, el pelirrojo bruto que había conocido tiempo atrás nunca le habría dicho "gracias", menos por algo tan pequeño como eso, pero prefirió no hacer hincapié a eso. No quería arruinar el ambiente avergonzando al niño.
Quizás hasta había practicado frente al espejo sus buenos modales y ponerlos en práctica era un desafío.
-¿Qué harás ahora?
-Ah... -Gabu asintió, como si ya se esperara esa pregunta-. Pues... no sé, había pasado el tiempo pensando en cuándo me darían de alta.
-Ya veo.
-Y, bueno... pensando en si el resto estaba bien.
La sonrisa de la de cabello rosa se ensanchó.
-Algunos ya han despertado -le dijo-. ¿Por qué no vas a verlos?
-¿Cómo está Taiga? -vaya, no se esperaba que preguntara por él.
Bueno, era su hermano, quizás era lógico.
Con Gabu, todo se resumía en un "quizás".
-Practicando con Kakeru -respondió-. Le pedí que se encargara de sus pertenencias, por lo menos las tuyas y las de los chicos.
-Oh...
Yuki soltó una risita-. ¿Quieres saber algo más?
-Bueno... -sus mejillas se tornaron rojas, dándole un aspecto tan adorable que la pelirrosa tuvo que apretar los labios para que no se le escapara una risa-. ¿Qué hay de Makoto?
-Creo que puedes ir a verla.
Ya está, el pobre pelirrojo ya era un tomate.
Decidió que lo mejor era no molestarlo y tomar el asunto con naturalidad, así que comenzó a caminar, guiando al ya muy avergonzado chico por los pasillos.
-Dime -habló Yuki nuevamente-, ¿Kyoichi lo sabe? Porque a ese chico no se le escapa ni un detalle; seguramente, fue el primero en notarlo.
-La única vez que hablamos del tema fue antes de la misión en la Isla Imperial -explicó Gabu-. Se veía tranquilo, y eso que hablábamos de su pequeña.
Yuki apretó el botón del ascensor. Una vez que se abrieron las puertas, entraron y apretó el número del piso al que se dirigían, donde se encontraban internados sus amigos.
-Por supuesto, te habrá amenazado.
-Sí -soltó una risa-. En realidad, sólo me dijo que la cuidara; él es consciente de que Makoto es fuerte y no necesita a nadie, pero también es cierto que a ella se le cae el mundo si a Kyo le pasa algo.
-A cualquiera de sus cercanos -agregó Yuki-, sin embargo, el vínculo de un hermano es más fuerte.
El ascensor se detuvo. Yuki salió primero y Gabu la siguió. Caminaron por el pasillo hasta detenerse frente a una de las habitaciones. La pelirrosa abrió la puerta y se asomó.
-Vinieron a visitarte -se hizo a un lado y le hizo una seña al pelirrojo, quien nervioso, se situó al lado de la mayor y miró al interior de la habitación.
Su mirada paró en la pelinegra, que también lo miraba, sentada en la cama. Había pasado tiempo desde que no la veía, y es que de todas formas, se había acostumbrado a verla todos los días, aunque se le hacía un poco extraño ver las cicatrices en su cara y sus brazos, además del vendaje en su cabeza, pero fuera de eso, le daba una paz inmensa verla.
La culpa que había sentido por no haber podido salvarla se había disipado, sobre todo al ver su sonrisa.
-Ve, no seas tímido -le dijo Yuki, causando el sonrojo de Gabu, por lo que rió y se marchó.
Los chicos se quedaron solos en la habitación, compartiendo miradas. La niña mantenía su sonrisa, notablemente feliz de ver a uno de sus amigos, aún si la preocupación seguía ahí por no saber cómo se encontraba el resto, o su familia.
-¿Cómo estás, Gabu? -su voz sonaba diferente, débil, quizás algo ronca.
Ahí estaban, las primeras palabras que escuchaba de ella desde el ataque.
No supo en qué momento se acercó a ella y la estrechó con fuerza entre sus brazos, teniendo la precaución de no hacerle daño, o cuándo empezó a llorar en su hombro, mientras escuchaba su risa contagiosa y sus brazos rodeándolo, correspondiendo a la muestra de cariño.
-Gabu...
-No hables, idiota -escupió bruscamente-. Todavía tienes que recuperarte, sólo... no hables.
La niña, contrario a sentirse ofendida, sonrió. El pelirrojo no era una persona tierna, aunque a ella sí le pareciera así por su peculiar forma de reaccionar, o porque a sus ojos, así era. Era brusco, le costaba demostrar su cariño, pero era sincero, muy distinto al chico idiota y prepotente que había conocido en la montaña, y sabía que lo hacía porque se preocupaba.
Le recordaba a su hermano a veces.
-Te quiero -musitó, con un último esfuerzo.
-Idiota, te dije que no hables -deshizo el abrazo para tomar su rostro entre sus manos, mientras las lágrimas caían como cascadas por sus mejillas. Pero no podía molestarse con ella, menos cuando le sonreía como una niña pequeña e inocente.
En un impulso, la besó, sorprendiéndola, ya que no se esperaba que hiciera eso. Para venir de parte de alguien tan bruto como Gabu, el contacto fue de lo más delicado, un primer beso de lo más inesperado. Si hubiera estado completamente recuperada, habría saltado, pero como aún se sentía débil, y hablar fue demasiado esfuerzo, todo lo que pudo hacer fue jadear sorprendida. Antes de pensar en siquiera corresponder al contacto, el chico se separó y enterró su rostro en su cuello, volviendo a abrazarla.
-También te quiero -musitó con la voz quebrada por el llanto y la vergüenza de su acción-. No sabes cuánto me alegra que estés bien...
Makoto sonrió enternecida, correspondiendo al abrazo, y así se mantuvieron hasta que el sueño los invadió.
Hiroaki acarició el rostro pálido de su hijo, sumido en un sueño apacible, lejos de todo el dolor. Luego, sus dedos se pasearon por el vendaje grueso que cubría su muñeca derecha, sobre el tajo que adornaba la zona. Esa línea que casi se lo arrebató.
Nadie nunca le enseñó cómo era ser padre, ni lo que conllevaba. Nadie nunca le mencionó el vínculo espeluznante que se formaba desde que conocía la existencia del pequeño que crecía en el vientre de su pareja. Nadie le mencionó la sensación de calidez y miedo cuando lo cargó en sus brazos por primera vez, cuando llegó antes de tiempo, pálido y de peso liviano, aferrándose a su dedo, considerablemente más grande que su manita. Y nadie le mencionó lo doloroso que era estar próximo a perder a ese pequeño, al punto de sentir que perdía una parte de él.
Kyoichi era su pequeño, su primogénito. No importaba cuánto creciera, o lo mucho que madurara, para Hiroaki, él siempre iba a ser su bebé.
No pudo soportar la sensación de angustia que lo corroía cuando lo tomó entre sus brazos para sacarlo de la bañera teñida de rojo, ni cuando lo vio, apenas consciente, sollozando en el cuello de su mujer. El grito de Makoto resonaba sobre su cabeza, inocente, ignorante, preguntando si su hermano estaba bien, sin entender por qué se formaba ese charco en el piso, sin dimensionar que estaba perdiendo mucha sangre.
Había salvado a su hermano, en medio de su inocencia.
-Debí abrazarte más fuerte, pequeño.
Antes de salir de la habitación, apartó las mechas que cubrían su rostro para dejar un beso en su frente. Fuera de ésta, los amigos de su hijo se encontraban sentados en la banca, totalmente destrozados, y la pequeña Makoto, durmiendo en el regazo de la platinada. Había llorado tanto que se agotó hasta quedarse dormida. El único que levantó la cabeza había sido Taiga, porque así había sido desde que perdieron a su amiga, él que trataba de ser fuerte por sus amigos, con tal de no dejarlos caer, pero ¿de qué servía? Si no pudo alejar a su amigo de las garras de la muerte.
Taiga no apartó la mirada del adulto, aún si sentía que no tenía derecho de hacerlo. Hiroaki le sonrió para tranquilizarlo, no había rencor, no tenía sentido tenerlo. No podía enfadarse con él por algo que él tuvo que manejar.
-Atsuko está en el jardín -su voz salió ronca, debido a que poco había pasado por su boca. La botella de agua reposaba a su lado, casi llena.
Hiroaki medio sonrió al oír el nombre de su esposa salir de los labios del chico. Podía ver la imagen de Kyoichi en él, puesto que el rubio siempre llamaba a su madre por su nombre, cuando ella no estaba presente, aunque ahora que lo pensaba, era ilógico, porque cuando hablaba con él, siempre se refería a su esposa como "mamá", incluso cuando no la veía como una.
-Todo estará bien, niños -acarició las cabezas del par, logrando así que Hitomi alzara la mirada-. Lo saben, ¿verdad?
-Señor -musitó Taiga. Sin poder evitarlo, su rostro se crispó, sus ojos se humedecieron y bajó la cabeza, para sollozar desconsolado-. Lo siento tanto... si tan sólo hubiera estado más atento...
-Taiga -se acuclilló frente a él, apretando una de sus manos.
-D-Debí irme con él ese día... y-yo... ¡debí abrazarlo cuando me lo pidió!
-Todo está bien, pequeño.
El pelinegro le había contagiado el llanto a la platinada a su lado, quien se contenía para no despertar a Makoto. No quería que la niña se despertara con el ambiente amargo por la preocupación y el arrepentimiento que causó el intento de suicidio.
Le tomó un tiempo calmarse, pero Hiroaki esperó, con toda la paciencia del mundo, como todo padre con su hijo. Esperó y esperó, hasta que el chico pudo controlarse. No le iba a impedir llorar, sería un trato bastante inhumano.
-Aprovecha de abrazarlo cuando despierte -le dijo con una sonrisa-. No suelten sus manos, ni por muy fuerte que vaya la corriente.
Por último, acarició la cabeza de su hija, quien se removió inquieta, sacándole una sonrisa. Luego, fue en busca de su esposa, en dirección al jardín del hospital.
La encontró sentada en una banca, inmóvil, con la mirada perdida, y aunque Hiroaki lo sabía, aún así guió su mirada al mismo sitio que ella miraba, posándose en las pocas familias que se hicieron las valientes para salir al frío y acompañar a sus familiares. Uno de ellos era un niño, de no más de diez años, que con su aspecto agotado, saltaba feliz y no se inmutaba por el aire gélido que abrazaba su calvicie.
Esa familia estaba perdiendo a su hijo, y ellos estuvieron a punto de perder al suyo.
Se sentó al lado de la rubia y la abrazó, en un intento de darle consuelo y de brindarle algo de calidez. No le dijo nada, no hallaba las palabras para iniciar la conversación. Ambos tenían la cabeza en cualquier parte, torturándose por no haberlo notado.
Hiroaki trataba de mantenerse fuerte por su esposa y por su hija, incluso por los amigos de su hijo, a quienes vio crecer, pero no sabía cuánto le duraría, después de todo, entre los dos, la más fuerte siempre había sido Atsuko.
La que lloraba de rabia ante la injusticia, la que era desafiante y no agachaba la cabeza, la que alzaba la voz hasta gritar para hacerse respetar... La que hallaba la solución a todo y se guardaba las lágrimas hasta estar feliz con el resultado, siempre fue ella, su querida Atsuko.
Y su amado primogénito, quien heredó todo eso y no podía sentirse más orgulloso, pese a que a su mujer no le gustaba que su hijo fuera tan brutal.
-Cuando era pequeña, creía saber muchas cosas, porque mi madre me las contaba y mis conocimientos se reducían a eso -dijo Atsuko-. Mi padre era frío y nunca demostraba afecto hacia ninguna de nosotras; mis hermanas podían correr por todos lados y romper cosas, y si él estaba molesto, no decía ni hacía nada.
Hiroaki escuchó esa historia muchas veces. Atsuko la contaba de nuevo cuando se sentía insegura de su trabajo como madre. A veces le molestaba, no quería que se echara para abajo, pero ni él sentía que había sido un buen padre si no pudo echarle un ojo a su hijo, y aunque se encargaba de elevar los ánimos de la rubia, había que admitirlo:
Era hipócrita.
-Mi madre decía que eran los traumas de la guerra, que el exilio lo volvió retraído, y más cuando vio a su padre morir frente a sus ojos -continuó-. Muchas veces llegué desarreglada y sucia a casa, después de la escuela, y él sólo me miraba, nunca me regañó ni me levantó la mano, a diferencia de mi madre, que lo más fuerte que hacía era jalarme de las orejas.
"Nunca me dijo nada, hasta que quedé embarazada, y esa fue la primera vez que lo vi llorar".
Recordaba ese día, cuando Atsuko llegó a la universidad y lo primero que hizo fue buscarlo para invitarlo a su casa. Los nervios se adueñaron de él cuando escuchó a la rubia decir que sus padres habían viajado desde Indonesia y querían conocerlo; había visto a sus amigos estar al borde del colapso cuando iban a visitar a sus suegros, era una escena graciosa, desde su punto de vista, pero cuando le ocurrió a él, comenzaba a reconsiderar la idea de reírse.
Sin embargo, no había sido tan malo. El viejo amargado del que su novia siempre hablaba era muy distinto al que tenía en frente, mientras le aseguraba que cuidaría a su hija y al pequeño que venía en camino.
Eran jóvenes, sería difícil. La madre de su chica siempre se encargaba de recalcarlo, pero quisieron seguir, así que siempre fue un pilar fundamental en el proceso.
"Sé que tengo dos hijas, además de Atsuko, pero esa chiquilla tan astuta es mi bebé", le había dicho el viejo, arrojando una ficha al centro de la mesa.
Había perdido la cuenta de las veces que habían jugado mientras conversaban. El viejo era un genio en el mahjong y otros juegos de mesa, y eso que no era japonés; en cambio, Hiroaki, siendo asiático, no había podido ganarle ni una sola vez, hasta ese día. Cuando echó su fila abajo, su suegro sonrió; era muy raro verlo sonreír, así que sorprendió al chico que apenas comenzaba a vivir.
Cuando el sujeto comenzó a hablarle en ruso, y jalarle de las orejas cada vez que decía algo mal, supo que tenía su aprobación.
"Dime, chico, ¿ya pensaron un nombre para mi nieto?", él no lo decía, pero todos sabían que él era el más emocionado ante la idea de tener nietos.
"Aún es muy pronto", había dicho Hiroaki. "Además, ni siquiera sabemos su género".
"Hijo, yo ya soy viejo, sé lo que te digo", de repente, había comenzado a reír como si no existiera el mañana. Ese viejo era una caja de sorpresas. "Será un niño muy fuerte, con los mismos rasgos de mi pequeña Atsuko".
No se equivocó. Su Kyoichi había salido rubio y de ojos verdes, con un carácter tan fuerte como el de su madre, pero a veces pensaba que había sido tan mal padre que por eso su niño tenía esa actitud tan ácida con todo el mundo.
Muchos hablaron, muchos criticaron, pero importó más su familia, los que se quedaron. El viejo sabía que su hija quería estudiar y obtener su título, conseguir trabajo en Japón y darle estabilidad a su familia, así que no le importó criar a su nieto en lo que ella terminaba su carrera, menos cuando se vio tan afectada después de que casi lo perdió.
-Solía comparar a mi padre con esos que tratan mal a sus hijos cuando se portan mal, que los ignoran, que les hacen sentir que no valen nada y me prometí que no sería como ellos, pero veo a Kyoichi y pienso en que me convertí en lo que más odiaba -miró a Atsuko. Sus ojos verdes se habían cristalizado hasta que las lágrimas se deslizaron por sus mejillas-. Después de que casi lo pierdo en el parto... después de que me negué a cargarlo, a escucharlo y abrazarlo cuando me pidió ayuda, ¿cómo puedo siquiera mirarlo a la cara?
-Atsuko...
-¿Qué clase de madre soy si ni siquiera soy capaz de abrazar a mi hijo, cuando era lo que más necesitaba?
-Atsuko, por favor, no hables de él como si estuviera muerto -a esas alturas, sus ojos se habían humedecido. Había tratado de parecer fuerte por su familia, pero se había olvidado de que él también podía llorar, desahogarse-. Por lo que más quieras, no le digas adiós... no aún.
-Hiroaki...
-Nuestro hijo acaba de tener un intento de suicidio, del que lo salvaron -le recordó-. Si quieres arreglar las cosas, puedes hacerlo, aún estás a tiempo, pero no esperes a que él esté en su lecho de muerte para por fin decirle lo mucho que lo amabas, no esperes a que él corra hacia ti para que le dediques un poco de tu tiempo.
-Hiro...
-Puedes llorar si quieres, grita todo lo que quieras, pero el día de mañana, quiero verte poner en práctica todo lo que me has dicho -tomó su rostro entre sus manos, secando las lágrimas que se seguían escapando de sus ojos verdes, y siguió, al ver que ella no parecía tener la fuerza para hablar-: No será fácil; le costará entrar en confianza, un día va a estar bien, al otro llorará hasta quedarse dormido, va a querer que lo abracen y después nos va a gritar que nos odia, pero ahí debemos estar para impedir su caída, y si es Makoto la siguiente, no podemos cometer el mismo error.
"Por favor, no lo dejes ir hasta que ellos decidan que no pueden más..."
La rubia abrió la boca para hablar, pero todo lo que salió fue un jadeo lastimero, impuesto por la lluvia que nuevamente se formaba en su mirada apagada.
La estrechó entre sus brazos y dejó que soltara todo lo que había retenido desde el momento en que encontró a Kyoichi en la bañera, sin importarle que empapara su ropa o que llamara la atención por sus gritos desesperados.
El abrazo le otorgó calidez, lo que le hizo olvidar dónde se encontraban, en el jardín del hospital, en pleno invierno, con temperaturas tan bajas que bastaban para volver hielo las lágrimas que quedaron en sus mejillas.
...
Lo primero que vio Atsuko fue el techo de la habitación donde estaba internada. Por un momento, pensó que había regresado en el tiempo, que todo fue un sueño, así que se incorporó de golpe sobre la cama y tanteó su vientre, alarmándose al sentirlo plano. Miró a su alrededor, tratando de reconocer algo de donde estaba, y por último, recordar qué fue lo último que ocurrió para terminar en ese sitio, hasta que su vista se posó en el sujeto que la miraba desde la puerta.
-¿Todo bien? -preguntó Haru-. Parece como si hubiera visto un fantasma.
Atsuko no supo qué responder, el nudo en su garganta se lo impedía, además, estaba poniendo tanto esfuerzo en recordar que le costaba concentrarse con ese sujeto. Sentía la presión en sus hombros.
-Kyoichi... Makoto...
-Ellos están bien, se están recuperando -respondió el enfermero-. Debieron ser los seis meses más largos de su vida.
-¿Seis meses? -sus ojos verdes se abrieron de la sorpresa.
-Sí, el ataque fue terrible, pero el tiempo que estuvieron en coma fue suficiente para que sus heridas sanaran correctamente.
-Pero... ¿qué fue lo que ocurrió?
El chico, en lugar de responder, desvió la mirada a las hojas que llevaba, anotando algo en ellas, completamente concentrado, lo que desconcertó un poco a la rubia, pero no dijo nada.
Chico... ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía su edad, pero no era algo que le quitara el aliento. De cualquier modo, por su rostro juvenil, le recordaba un poco a Kyoichi.
-Le darán de alta pronto, está todo en orden -sonrió, guardando su lapicera en el bolsillo de su delantal.
-¿Cuándo podré ver a mi familia?
-Muy pronto, sólo... tenga paciencia -dicho esto, se retiró.
La rubia suspiró, resignada. Al menos tenía la certeza de que sus hijos estaban bien, pero... ¿dónde estaba Hiroaki?
Su mente revivió las últimas palabras que escuchó de él.
"No suelten sus manos..."
Sé que mi país no es el único que está en la mierda. Hay muchos países que están peores; por ahí, me enteré de la situación en Ecuador, en Estados Unidos, en Italia, en Asia, también en Yemén, si no mal recuerdo, y otros tantos que me quedan por nombrar. No vivo en el país con la peor situación, pero puedo entenderlo.
¿Recuerdan que hace unos meses hablé sobre el estallido social? Hoy, la lucha está en pausa por la llegada del virus, pero tengo rabia, ¿saben? Me da mucha rabia cada vez que veo o escucho a alguien decir que, si no lo mata el virus, será la injusticia, y son situaciones como esta las que me hacen dudar de si realmente es el Covid-19 el verdadero virus.
El hambre, el frío, la pobreza, la ignorancia, el rechazo hacia las minorías sexuales, el racismo...
El año pasado, el profesor más estricto y gruñón de mi carrera, ese que muchos odiaban por tratar a todos de ignorantes, de no saber nada sobre la vida, se paró frente a mi curso y nos dijo, con su voz prominente: "no existen los blancos ni los negros, sólo somos distintos tonos de marrón". Mis compañeros rieron porque, pesado y todo, ese hombre era gracioso, mientras yo pensaba en la paleta de colores marrones que había visto una vez, confirmando sus dichos.
Un color no te define como persona, ni tus rasgos, ni el idioma que hablas, ni de dónde vienes, ni tu orientación sexual. No está en tus manos ser parte de una minoría, simplemente te tocó, y eso es lo que mentes arcaicas, como la del policía que mató a un afroamericano en Estados Unidos, deberían entender.
Basta ya.
