Desvío 7
El Arte de la Guerra
[Astrid, David, Mikken, Nascal y Walkyria]
—Ymg' cahf mgepah hupa hup shogg, seed ot throdogog ng ahogog mgvulgtnah uh'eogg. C' mggoka vulgtmor, c' og orr'e ng gn'th'bthnk, ng nog. Ahph'nglui shuggog llll mgehye'lloig, ah'lloigshogg ng n'ghft. Ahph'nglui shuggog llll ymg' aimgr'luh, gnaiigof'n ot throdog r'luhhor.
Las voces de los cultistas resonaban por los salones del castillo del Valle de Adalia. Repetían los mismo cánticos una y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez, sin parar. Conforme avanzaban en su obscuro ritual, una luz tenue y un hedor vomitivo comenzaba a inundar la habitación. El portón, completamente cerrado, impedía que ninguna capa de aire limpio entrase en el recibidor. Poco a poco, los extraños monjes comenzaron a caer, uno tras otro, desmayados. Quizá por las luces, quizá por el olor. Es un misterio.
O lo fue durante un tiempo.
Llegado el momento, terminaron por caer todos, y solo quedó uno.
—Sí, mi señor… —dijo—. Por fin habéis despertado.
Y, tras decir eso, el pobre hombre vio su final.
Del suelo emergieron auténticos horrores. Bocas, ojos, lenguas y tentáculos. La más terrible de las pesadillas se estaba materializando en el salón, alimentándose de los desfallecidos cultistas para crecer y desperezarse.
En menos de lo que cantaba un gallo, donde antes hubo de quince a veinte frailes oscuros, ahora había un único ser.
Una abominación.
Una semilla primigenia.
