33

¿Miedo?

Domingo.

Cuando pienso en ese día de la semana lo imagino completamente soleado, con una temperatura perfecta para salir de la cama sin quejarme, tomarme un delicioso desayuno y salir a la calle para disfrutar de una mañana esplendida. O tal vez de un almuerzo, dependiendo de la hora en la que decida abandonar la cama, por supuesto. También suelo planear una tarde con amigos, en tomar café en alguna terraza, mientras el sol consigue que mi sonrisa luzca más brillante que nunca, y ver el atardecer desde uno de los privilegiados bancos del parque más tranquilo de la ciudad. Además, por supuesto, también imagino el domingo con una tranquila cena mientras veo una peli en pijama, tirada en el sofá de mi casa y devorando una pizza recién hecha. Sí, así es como suelo imaginar los domingos, y como intento que sean cada semana, siempre que el trabajo me lo permita, claro. No como aquel domingo en el que no se cumplía ni uno solo de los requisitos que yo considero que debe tener ese día para ser perfecto. Sentarse en un banco de un parque escondido, con un cielo lleno de nubes negras y una lluvia incesante, mientras un incipiente dolor de cabeza te empieza a azotar, y la humedad se encarga de descontrolar tu pelo, no forma parte de lo que yo considero un buen final de semana. Más aún cuando te das cuenta de que tu paraguas está roto y el agua lo cala.

Sí. Esa era mi situación en aquel día.

Yo, la primera defensora del domingo como el día de la calma y el disfrute personal antes de empezar la semana, estaba allí, sentada en un banco de un pequeño parque entre Elizabeth Street y West Eureka Street, a escasos diez minutos de mi casa. Observando cómo la lluvia removía por completo el río, y la humedad me calaba hasta los huesos, mientras el sol ya debía estar a punto de ponerse tras las espesas nubes negras que se estancaban en el cielo. Al igual que lo estaba el malestar del dolor en mi cabeza.

No sé cuántas veces maldije en aquella tarde a todo cuanto pasaba frente a mí, aunque fuesen ramas destrozadas por el cauce del río. No podía evitarlo cuando deseaba más que nunca estar en mi casa, disfrutando de un buen tazón de leche con cereales. No obstante, tenía una excusa casi insuperable para hacer lo que estaba haciendo. Ella.

Todo por ella.

Después de la desastrosa cena del viernes con Sam, y un sábado en el que empecé a notar los primeros síntomas del catarro que me estaba provocando aquel dolor de cabeza, llegaba el domingo con un mensaje que me llevó a la más absoluta de las confusiones. Y no, no fue la respuesta de Santana tras haberme puesto en contacto con ella el viernes. De hecho, mi querida amiga ni siquiera se dignó a responderme. Supuse que el trabajo la tenía lo suficientemente entretenida como para hacerlo. El mensaje que me llevó a recorrer varias manzanas a pie bajo la lluvia y esperar sentada en aquel banco, fue obra de Quinn. Sí, la misma que dos días antes volvía demostrarme que era el ser más cobarde de cuantos había conocido. Un mensaje proponiéndome una cita, o un encuentro en aquel lugar a las 7 en punto de la tarde, ya casi noche. Y yo, lejos de mostrarme orgullosa, y aun odiando el clima de aquel día, acepté con la esperanza de sacar algo bueno de todo ello. En cierto modo, lo único bueno que podía sacar era esa explicación que yo tanto necesitaba. Y pensándolo bien, no iba a ser bueno bajo ningún concepto. Estaba convencida de que su respuesta probablemente me iba a doler más que el no saberlo. Pero lo necesitaba. Necesitaba apurar todas y cada una de las oportunidades que se me presentaban para ello, y la de aquella tarde era inmejorable.

Fue puntual, aunque yo no esperaba que apareciese así, como lo hizo.

Ni siquiera la vi llegar, obviamente porque estaba de espaldas a la calle y trataba de cobijarme bajo el paraguas todo lo que podía.

—¡Rach…! —miento si niego que me temblaron las piernas al escuchar su voz llamándome así. Pero además de eso también me asustó—. ¿Qué haces ahí? —me cuestionó justo cuando yo me giraba hacia ella, y me la encontraba tratando de protegerse de la lluvia con una chaqueta sobre su cabeza.

—¿Qué hago aquí? Esperarte… ¿No hemos quedado?

—Sí, claro, pero está diluviando… ¿Por qué no estás en el coche?

—No, no tengo el coche. He venido andando —le respondí levantándome del banco. Fue ahí cuando me di cuenta que me había mojado más de lo que pensaba. Estaba completamente empapada.

—Oh dios. ¿Y por qué no me lo has dicho? Vamos, vamos a mi coche.

—Pero…

—¡Rachel! ¡Vamos! —insistió emprendiendo una leve carrera que la llevaba de vuelta al coche. Yo tardé en reaccionar, pero lo hice. Y menos mal. Apenas cerré el paraguas para colarme en el interior del mismo, empezó a llover con tanta fuerza que apenas podíamos ver a través de los cristales—. No me puedo creer que hayas estado ahí esperando con la que está cayendo —me dijo, cuando yo ya empezaba a ser plenamente consciente de la cantidad de agua que empapaba mi chaqueta y mis pantalones. Sin contar con mis zapatos, y por supuesto mi pelo. Era un completo desastre.

—Me dijiste que nos veríamos ahí —mascullé sacudiéndome como una posesa.

—Ya, pero si está diluviando no es normal que esperes ahí. ¿Por qué no me has avisado? ¿Dónde está tu coche?

—No es mi coche, es el de mi padre, y él suele trabajar —repliqué sin mirarla, un tanto molesta por la confianza que se estaba tomando al darme esos pequeños consejos.

—Si me lo hubieras dicho habría ido a recogerte.

—No era necesario.

—¿No? ¿Segura? —replicó con un tono de burla que no me gustó en absoluto— Mira cómo estás…

—Ok. ¿Has venido para echarme en cara que cumpla mi palabra? Porque si es así te aseguro que no pienso estar ni dos segundos en…

—Espera, espera Rach…—me interrumpió— Ok, lo siento. Siento haberte hecho esperar ahí fuera. Acabo de llegar de New Haven y por eso te pedí que fuese a esta hora.

—No tienes que darme explicaciones. No las necesito —le dije sin perder la firmeza. Firmeza que como siempre se tambaleaba con solo su presencia. Es curioso. Estuve unos diez minutos sentada en aquel banco, más las horas que transcurrieron desde que recibí su mensaje, pensando en cómo debía mostrarme, en cómo debía expresarme y sobre todo en buscar la fórmula para poder controlar mis emociones. Esa congoja que siempre solía aparecer cuando discutía con ella. Y todo fue en vano. A ella le bastaba estar frente a mí para que yo olvidase todo cuanto había planeado, y fuese una más a la deriva.

—Está bien, pero yo quiero dártelas.

No dije nada. Terminé de colocarme el pelo como pude tras deshacerme de la chaqueta, y esperé a que fuese ella quien hablase. Al menos eso es lo que deseaba, sobre todo porque mientras hablaba no iba a sentir la presión de saber que estaba allí, a mi lado y sin dejar de mirarme. Porque no dejó de mirarme en ningún momento. Pero la espera se hizo tan eterna para mí que no pude evitarlo.

—¿Y bien? —cuestioné sin siquiera mirarla.

—¿Y bien qué?

—No lo sé. Eres tú quien me ha pedido que viniese, así que supongo que te toca a ti hablar… ¿No?

—Eh… Sí, cierto —musitó removiéndose inquieta en el asiento, pero de nuevo el silencio nos inundó y me obligó a mirarla por primera vez para cuestionarla sin palabras. Entendió el fin de mi mirada nada más percatarse de ella—. Yo, yo necesitaba hablar contigo por lo que sucedió el viernes —añadió tras aclararse la voz.

—Tú dirás…

—Rachel, hay… Hay algo que no he parado de pensar durante este fin de semana, y que me preocupa demasiado. Yo, yo sé que puede resultarte un tanto extraño o confuso que te haya citado, pero realmente…

—Quinn, ¿por qué no vas al grano? ¿Por qué no me dices directamente lo que quieres decirme o preguntarme? —la interrumpí, pero no lo hice por molestarla o porque estuviese perdiendo la paciencia, sino porque había empezado a utilizar ese tono embaucador que solía utilizar para conseguir todo cuanto quisiera, y yo no quería ser un títere en sus manos. Cuanto más directa, mejor.

—Está bien —masculló confusa por mi reacción—. Rach… ¿Estás bien? —me preguntó y yo no supe si hablaba de ese momento o por algo en concreto. Supuse que mi gesto así se lo hizo ver— Tu vida está bien, ¿verdad? No, no hay nada de lo que me encontré en ti hace un año, ¿cierto?

—¿Qué?

—Necesito saber que eres feliz, que estás bien y que haces tu vida como deseabas. Lo haces. ¿Verdad? —insistió, pero mi confusión era tal que tardé varios segundos en reaccionar. O tal vez fueron minutos, que se yo.

—¿Me, me has citado para preguntarme si soy feliz? —la miré desconcertada—¿Es una broma?

—No, no es una broma. Hace un año estabas mal, y llorabas por cualquier cosa insignificante que sucediera. El viernes volviste a llorar sin razón alguna, y quiero saber si es porque estás mal.

—Oh dios mío…

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —me preguntó la muy estúpida. Yo no daba crédito a lo que pretendía.

—¿Cuánto cinismo, Quinn? ¿De verdad eres tan cínica de preguntarme algo así? ¿Ahora? ¿Después de más de un año te interesa saber cómo estoy?

—Siempre me he interesado en saber cómo estabas.

—Ya… Claro, por eso me preguntas ahora…

—Si te pregunto ahora es porque te veo mal.

—¿Y en estos meses no me has visto mal? Oh… Espera, si es que no nos hemos visto, ni hablado, ni nada… Porque no te importo una mierda.

—Rachel, para…

—¡No! Quinn, no me digas que pare cuando no dejas de ser cínica conmigo. ¿Quién te crees que eres? ¿De verdad piensas que ahora tienes derecho a preocuparte por mí?

—Te lo vuelvo a repetir, Rachel. Siempre me he preocupado por ti, y estabas bien… Santana me decía que estabas bien, yo te veía feliz trabajando en lo que te gusta, saliendo con tus amigos y paseando de la mano de Zac. Estabas feliz y eso me bastaba…—No dije nada. Pero no porque me dejase sin palabras, sino porque fue mencionar a Santana y algo se iluminó en mi cabeza — ¿De verdad piensas que no me preocupo? Te dije que lo que creías que te decía de corazón, era real…

—¿Qué te ha dicho Santana? —solté sin dejar que continuase con sus excusas.

—Pues… Que estabas bien…

—No te pregunto por el pasado, te pregunto por lo que te ha dicho de mí en estos días —insistí y el desconcierto en su rostro aumentó vertiginosamente—. Has hablado con ella, ¿verdad? —le pregunté y ella desvió la mirada hacia el volante, dejándome claro que estaba en lo cierto— ¿Y bien? ¿Qué es lo que te ha dicho Santana para que decidas preguntarme? O, mejor dicho, ¿con qué te ha amenazado para que lo hagas?

—Nadie me ha amenazado —masculló sin mirarme.

—Pues entonces, dime que es lo que te ha dicho… Y no me vengas con la estupidez de que quieres saber quién me está enviando las rosas, porque no pienso decírtelo.

—¿Lo sabes? —me miró completamente sorprendida, y yo saqué a relucir mi parte más orgullosa para hacerle creer que sí. Que lo sabía.

—Por supuesto que lo sé. ¿Qué te piensas? Hay gente que aún me quiere, y me lo demuestra no solo con hechos, sino que también con esos detalles tan especiales.

—¿Quién…Quien te las envía? —me preguntó con algo de dudas.

—No es algo que te importe. Es mi vida y tú dejaste de formar parte de ella hace un año —sentencié, sin embargo, su respuesta a mi forzada mentira no fue la que yo esperaba. Quinn me miró por algunos segundos completamente confusa, y juraría que incluso llegó a esbozar una tímida sonrisa que yo traté de eliminar rápidamente. Y vaya si lo hice —¿Y bien? Después de aclararte que mi vida sentimental no es de tu incumbencia, ¿me vas a decir qué es lo que te ha dicho Santana para que tomes la libertad de citarme aquí? —silencio. Silencio sepulcral cuando ella volvía a bajar la mirada, y me dejaba entrever que en su cabeza ya se producía una lucha interna de pensamientos que me hacían perder la paciencia. Y después de tanto tiempo, apenas me quedaba como para soportarlo— ¿No vas a hablar? —insistí recuperando una firmeza que ya había casi olvidado. Era extraño que no me diese por llorar— ¿Me pides que venga hasta aquí para hablar, pero piensas quedarte callada todo el tiempo?

—No es de eso de lo que quiero hablar. Quiero saber si estás bien o no, nada más.

—Oh claro… Ya entiendo. O se cumplen tus normas o no se habla, ¿no es cierto? Tú si puedes exigir que te responda, pero tú a mí no me responder mis dudas.

—Rachel, no es tan complicado… Solo tienes que decirme si estás bien o no, nada más. Solo te pido que me digas eso. Si o no. No es tan difícil y no te cuesta nada responderme.

—Sí, sí que me cuesta. ¿Y sabes qué? No te voy a responder porque no me da la gana. Igual que tú no me respondes a mí cuando te pregunto.

—¿No te das cuenta que es completamente diferente? — replicó mirándome de nuevo— Nada tiene que ver esto con lo que nos pasó a nosotras. Es más, lo que yo te hice ya debería estar olvidado por tu parte. No puedes estar recordándolo durante todos los días de tu vida. No le tienes que dar la importancia que le estás…

—¿Quién eres tú para decirme lo que es importante o no en mi vida? —la interrumpí tratando de contener la voz, pero de poco sirvió. Al menos sí pude evitar las lágrimas— Escúchame Quinn, no somos niñas… Pero tú insistes en que lo seamos al callarte como lo haces, así que no me vengas ahora con lo que yo debo o no debo hacer. Si quieres saber cómo diablos estoy, intúyelo o imagínalo…Como yo he hecho todo este tiempo con tu estúpida reacción. De mí no vas a encontrar una respuesta, te lo aseguro —le solté casi a modo de amenaza. Y por cómo reaccionó supuse que había funcionado.

—Santana me ha dicho que necesitas ayuda profesional —balbuceó con apenas un hilo de voz. Curiosamente, y a diferencia de lo que siempre solía suceder, esa vez era ella quien trataba de contener el llanto—. Dime que no es verdad, por favor —suplicó.

—No te importa —mascullé de nuevo sabiendo que estaba en lo cierto al imaginar de dónde provenía todo aquel espectáculo. Tal vez Santana no me había respondido al mensaje, pero se había encargado de hacérselo llegar para, supongo, hacerla reaccionar de una vez. O al menos eso quería pensar. No me entraba en la cabeza que mi mejor amiga fuese tan cruel como para exponerme de aquella forma, sabiendo cómo me encontraba emocionalmente. Santana y sus planes para solucionar los problemas en el mundo. No había más.

—Sí, sí que me importa —volvió a mí—. ¿No te das cuenta de cómo me siento? ¿Crees que yo quiero hacerte daño? No, Rachel. Yo solo quiero verte feliz, por eso necesito saber qué te ocurre, y si lo que te ocurre es por mi culpa o no.

—¿Qué? Espera…Espera —la detuve mientras trataba de ordenar mis pensamientos—. ¿Me estás diciendo que quieres saber si estoy mal por tu culpa? —cuestioné regalándole una sonrisa con tanto sarcasmo que ni yo misma sabía de donde salía— ¿De verdad, Quinn? ¿De verdad vienes a interesarte por mí después de un año, y lo haces solo porque la consciencia te está jodiendo? ¿Porque crees que tú eres la culpable de mi estado?

—Es lo que me ha dado a entender Santana, y no… Yo no vengo a preocuparme ahora por ti. Me he preocupado durante todo este tiempo, lo que pasa es que tú no lo sabias. Ni he querido que lo sepas.

—¿Te tengo que creer? —la reté, aunque yo ya sabía que sí parecía haberse interesado por mí. Al menos Santana así me lo hizo saber.

—Escúchame Rachel, no ha habido un solo día desde que me fui de los Ángeles en el que no supiera de ti. Te he visto empezar la serie, te he visto triunfar, te he visto viajar por todo el país, te he visto salir con Mercedes, con Santana y con más personas que hace unos años solo veíamos en la tele. Te he visto salir a cenar con Zac de la mano, te he visto sonreír y disfrutar de lo que realmente querías en tu vida, así que no me cuestiones si me he preocupado o no por ti, porque te aseguro que no tienes nada que debatirme. Por eso quiero saber qué diablos te sucede ahora. Por eso quiero saber por qué vuelves a llorar y a decir que necesitas ayuda profesional, si todo en tu vida se supone que está bien… ¿Soy yo la culpable de eso? ¿Estás mal por mí?

—¿Tú que crees?

—Quiero pensar que no. No, no puedes estar mal por algo que no…

—¿Qué no qué? ¿Qué no tiene sentido? —volví a interrumpirla perdiendo los nervios— ¿Qué mierda te pasa? ¿Ahora decides si lo que yo siento o dejo de sentir es importante o no? ¿Acaso sabes tú como me siento? ¿Acaso vives lo que yo vivo? ¡Estoy harta, Quinn! ¡Estoy cansada de que todos crean que exagero las cosas, pero nadie, ¡nadie! sabe cómo me siento. Y mucho menos lo que necesito. ¡Tú me fallaste cuando más te necesitaba! ¡Tú arruinaste lo poco que tenía! ¿Acaso crees que por salir sonriendo en las revistas ya debo ser feliz? Pues no. No lo era y no lo soy, y probablemente nunca lo sea, porque no tengo lo que quiero en mi vida. Y tú, sí tú… Eres parte de esa decepción. Tú y tu silencio. Tú y tú falta de honestidad por no decirme qué diablos te pasó para que me hicieras tanto daño, para que mintieras como lo hiciste…

—¡Tenía miedo! —gritó cortando radicalmente mi sermón. Y lo cierto es que fue tan fuerte el grito que me dejó casi en shock, recuperando un silencio en el interior del coche que solo se rompía por el constante golpeteo de la lluvia sobre el mismo. Dudé unos segundos si debía o no continuar, pero tras ver cómo su respiración se volvía dificultosa, y varias lágrimas caían ya por sus mejillas, opté por seguir guardado aquel silencio y que fuese ella quien tomase la decisión de continuar. O no. Porque de Quinn ya me lo esperaba todo. Por suerte hizo lo que deseaba —Tenía miedo, ¿vale?

—¿Miedo? ¿Miedo de qué?

—De lo que nos pasó aquella noche —balbuceó desviando de nuevo la mirada hacia el volante—. Tenía miedo de no saber cómo afrontarlo.

—¿Qué? ¿Me estás diciendo que todo este tiempo sin hablarnos, que todo lo que me dijiste antes de marcharte y romper tu palabra, era solo porque no sabías cómo afrontar nuestra noche?

—¿Lo ves? —me miró— Acabas de decir nuestra noche…

—Es que fue nuestra noche. Tal vez para ti no, pero para mí fue muy importante.

—Por eso mismo, Rachel. Porque tú pensabas algo muy distinto a lo que yo pensaba cuando amanecimos juntas. Porque tú me hablabas de algo que yo no iba a poder darte. Yo, yo no estoy hecha para las relaciones, y mucho menos con mujeres y a distancia. Por amor de dios, me cuesta un mundo mantenerla con un hombre, como diablos…

—Mientes —la interrumpí a consciencia. Y sí, no lo dije porque quisiera dejar de escuchar algo que no me gustaba, sino porque sabía que estaba mintiendo. Porque me bastaba ver como no me miraba a los ojos y como ella misma se contradecía en su respuesta. Porque aquella mañana pude ver su sonrisa más sincera mientras me vestía frente a ella. Porque aquella mañana me regaló uno de esos besos que no se olvidan jamás, y que son imposibles de fingir. Ella también estaba ilusionada, y nada ni nadie podía hacerme cambiar de opinión.

—¿Qué? No… No miento.

—Sí, sí que mientes. ¿Qué ocurre, Quinn? ¿Me estás diciendo que le dijiste a mis padres y a Santana la verdad acerca de mi huida de New York, que desechaste hacer el casting y que te alejaste de mí alegando que no podíamos ser siquiera amigas, solo porque no te atrevías a sentarte conmigo y decirme que nuestra noche fue un error? ¿De verdad crees que me voy a tragar esa estupidez? ¿De verdad piensas que te voy a creer después de ver cómo me mirabas?

—Estabas ilusionada. Tú misma me lo dijiste cuando amaneció, estabas ilusionada por lo que había sucedido entre nosotras —se excusó, pero volvía a hacerlo sin mirarme.

—¿Y…? ¿No podías haberme dicho que tú no lo estabas? ¿O es que tú también lo estabas y luego te arrepentiste? ¿Creías que es mejor hacer todo lo que hiciste en vez de decirme la verdad? ¿Qué pensabas que iba a hacer, Quinn? ¿Pensabas que iba a morir por no ser correspondida? ¿Pensabas que te iba a acosar?

—No quería hacerte daño.

—¿Y quién te dice que me lo ibas a hacer? ¿Acaso pensabas que estaba enamorada de ti? —solté y el silencio volvió a invadirnos. Quinn no se atrevió a hablar, pero si me miró de reojo con temor, esperando una confirmación que, por supuesto no iba a llegar, porque no era verdad. En aquella mañana llegué a sentir muchas cosas por ella, y probablemente el enamoramiento era una de ellas, pero no iba a morir de pena por no ser correspondida. Sí, me gustó, me fascinó, me sentí realmente completa y feliz por pasar aquella noche entre sus brazos, pero mi verdadera ilusión en aquellos días era la de poder contar con su amistad. Y habría aceptado de la mejor manera posible que no me diese una oportunidad de conocernos más en la intimidad. Me conformaba con tenerla a mi lado como amiga y compañera—. No. No Quinn, no estaba terriblemente enamorada de ti como para no poder soportar que no quisieras algo más conmigo. Sin embargo, si te quería lo suficiente como para sentirme mal por perderte como amiga. Eso es lo que no comprendes.

—Ya te he dicho que me equivoqué en las formas, pero no puedo cambiarlo. Además, no tienes por qué tomártelo tan mal. Yo pensé que era la mejor solución para ambas y no estaba tan equivocada. Mírate… Has hecho lo que querías, has conseguido relanzar tu carrera como tanto deseabas y…

—Deja ese cuento para quien lo necesite. Yo no. ¿De verdad crees que antepongo mi carrera a mi vida personal? —la corté de nuevo— Creo que te dejé bien claro que no era así, así que no me vengas con esas excusas de lo hice por tu bien… No me vas a convencer de algo que no tiene sentido alguno. Sé que mientes, Quinn… Y como sigues sin querer ser honesta conmigo, yo no lo voy a ser contigo. Si te pesa que me pueda sentir mal o que necesite ayuda, es tu problema, no el mío.

—Rachel, por favor… ¿No lo entiendes? ¿No quieres ver más allá?

—No tengo nada que ver. Si no me dices la verdad, no pienso continuar con esta conversación. Así que adiós —exploté, aunque lo hice con una relativa calma que a buen seguro sorprendió a Quinn. Y no solo mi respuesta y mi reacción, sino que también lo haría el hecho de verme abandonar el coche justo cuando más llovía. De hecho, ni siquiera yo fui consciente de lo que hacía hasta que no me vi caminando por la acera, tratando de abrir el paraguas al mismo tiempo que me colocaba la empapada chaqueta. Por supuesto, sin perder el orgullo, a pesar de lo ridículamente patética que debía verme para los demás. Yo caminé sin pensar en nada, alejándome del coche y de ella lo más rápido posible, y evitando en todo momento echar la vista atrás. Obviamente no me hizo falta hacerlo para volver a verla. Cuando quise darme cuenta, el coche avanzaba lentamente hasta llegar a mi altura, y su voz se escuchaba a través de la ventanilla.

—¡Rachel! ¿Qué diablos haces? ¡Vamos, sube al coche! —me gritó, pero yo la ignoré por completo. Seguí caminando mientras ella se desgañitaba en el interior, como si fuera la protagonista de una de esas películas románticas que tanto gustan a las chicas— ¡Rachel! ¡Por amor de Dios! ¡Deja de hacer el idiota y sube al coche!

Ahí llegó su final.

Juro que llegué a dudar por culpa de la cantidad de agua que caía sobre mi desastroso paraguas, pero fue escuchar aquel deja de hacer el idiota, para que mi orgullo se antepusiera a la razón y no aceptase su petición bajo ningún concepto. Tanto es así, que cuando llevaba recorrido casi una manzana, y apenas me faltaba otra para llegar a mi casa, noté como el coche se detenía en uno de los arcenes de la calle, y dejaba de acompañarme como lo había estado haciendo. Sin embargo, no continué a solas.

Yo pensaba que se había dado por vencida, pero no lo hizo. Cuando quise darme cuenta era ella quien me cortaba el paso, interponiéndose en mi camino y permitiendo que la lluvia cayera por completo sobre ella. Allí, en mitad de una calle por la que no pasaba nadie, y sin nada que pudiera protegerla.

—¿Qué haces?

—Sí tú tienes orgullo, yo tengo más —me respondió dejándome ver como el agua llegaba a colarse entre sus labios. Digna imagen de película. Juro que jamás llegué a pensar que podría vivir una escena como aquella, pero allí estaba.

—¿Eres idiota? ¡Te estás mojando! Vuelve al coche y déjame en paz —repliqué esquivándola, y ella lo permitió, pero no dejó que me marchara sin escucharla una vez más.

—Vete, pero esta vez no seré yo quien huya. Eres tú. Llevas un año queriendo explicaciones y cuando te las doy, no las aceptas porque no es lo que esperabas. No soy yo la hipócrita… Eres tú.

Lo último que me faltó por escuchar. Sí, mi paciencia ya había dejado de existir y menos aún en ese momento. No estaba dispuesta a que sus palabras me provocasen de nuevo esa sensación de congoja que solían provocarme. Sobre todo, porque había logrado aguantar como nunca imaginé. Así que volví a llenarme de orgullo, y tras alejarme un par de metros, me detuve y me giré hacia ella.

Seguía allí, parada en mitad de la acera y permitiendo que el agua la dejara hecha un esperpento. ¡Bah! ¿A quién pretendo engañar? Quinn Fabray seguía estando hermosa aún con toda el agua del océano sobre su cabeza. De hecho, en aquella situación estaba más adorable que nunca. Las ganas de abrazarla eran casi imposibles de soportar viéndola así, pero yo me contuve como nunca antes.

—Si no me dices la verdad, ¿por qué iba a seguir escuchándote?

—Te he dicho la verdad. Tenía miedo, Rachel —avanzó hacia mí—. Tenía miedo porque no soy una persona hecha para las relaciones. Tenía miedo porque no sabía lo que podías llegar a sentir, y por no cumplir tus expectativas. Tenía miedo por hacerte daño, y actué mal. Lo sé. Pero es la verdad, y no tengo…

—Hay algo más —la interrumpí sin poder resistir la tentación de acercarme lo suficiente para que mi paraguas la protegiese, aunque solo fuera hipotéticamente. El agua seguía mojándonos a las dos—. Sé que hay algo más porque es imposible que alguien que me hizo tanto bien, cambiara de opinión tan drásticamente en apenas un par de días.

—Rachel…

—¿Tú sabes lo que llegaste a hacer por mí, Quinn? ¿Tú eres consciente de todo lo que yo gané gracias a ti en apenas un mes? Deberías saberlo si te dedicas a estudiar la mente y el comportamiento humano. Deberías saberlo, pero veo que sigues sin comprenderlo. Yo estaba destruida. Estaba realmente mal, y gracias a ti logré sentirme fuerte de nuevo. Tú, tú me devolviste la ilusión por seguir intentando cumplir mis sueños. Tú me ayudaste a confiar, a ser consciente de cómo los problemas se solucionan si se hablan, si se busca ayuda. Ni siquiera me duele saber que rompiste tu promesa de guardar mi secreto, porque me demostraste que tenía a personas a mi lado en quien confiar. Y es por eso que mi decepción es tan grande, porque yo esperaba de ti justo lo que me decías que tenías para mí. Ni más ni menos. No esperaba que te convirtieras en el amor de mi vida, o en mi amante, como tanto parece que temías. Yo solo esperaba que fueses mi amiga. ¡Mi amiga! —insistí con énfasis—. Y no quisiste. Y sé que hay un motivo más allá de lo que me dices para no querer serlo. Por eso no voy a poder estar tranquila nunca. Por eso no voy a dejar de pensar en ello. Siempre me pregunto qué es lo que hago para que el destino se encargue de alejarme o quitarme a las personas importantes de mi vida. No sé, tal vez sea un castigo por algo que he hecho, que se yo. No creo que llegue a saberlo nunca. Pero contigo sé que existe esa respuesta, y no me la quieres dar… Así que no me pidas que no lo piense, o que lo olvide… O mucho menos que no le de importancia. Tal vez para ti no la tenga. Para mí sí que la tiene, y mucho —sentencié sin poder evitar que el nudo se anclara en mi garganta. Y no por el sermón o los recuerdos que me provocaban mis palabras, sino porque a pesar de la lluvia, logré distinguir varias lágrimas cayendo de sus ojos, y yo no estaba acostumbrada a verla llorar—. ¿Por qué lloras?

—Por impotencia —me dijo con la voz quebrada.

—Genial. Ahora ya sabes cómo me siento. Ahora ya sabes porque lloro cuando tú piensas que no tengo motivos.

—Rachel…

—Vuelve a casa, Quinn. Es absurdo que sigamos con esto. Tú nunca me vas a decir la verdad, y yo no tengo interés alguno en confiar más en ti. No te preocupes más, no volveré a exigirte ni a suplicarte que me cuentes la verdad. De hecho, no volveré a ponerte en ese compromiso.

—¿No, no me vas a decir si estás bien o mal?

Ni siquiera le respondí. La miré por algunos segundos y tomé la decisión de alejarme de ella sin más, dejándola allí con la lluvia cada vez menos intensa cayendo sobre ella. De hecho, ni siquiera me atreví a mirarla cuando ya me alejaba de ella, porque sabía que la imagen podía provocarme alguna reacción que no quería. Había logrado mantenerme firme, mostrarme serena en algunos aspectos y no dejar que el colapso de sentimientos me hiciera ser de nuevo la débil. La vulnerable. Aunque ese prodigio no significaba nada. Me bastó recorrer el resto de la calle y asegurarme que ya no me perseguía, para volver a ser yo. Para recuperar la impotencia, la decepción y el desasosiego que solía asolarme y que me hacía caer de nuevo. El llanto no tardó en llegar, y tuve la suerte de regresar a casa cuando mi padre aún no había vuelto de trabajar. Aunque pensándolo bien, después del aguacero que me empapaba por completo, dudo que hubiese sido capaz de distinguir mis lágrimas.