Saint Seiya: Siguiente Generación.
Fanfic escrito por: Andrómeda
Primera Fecha de publicación: 3 de junio del 2011; para la página de Facebook: Yuna De Águila (Saint Seiya Omega Ω)
Edición: Rankakiu
Disclaimer: Saint Seiya es propiedad de su autor Masami Kurumada; así como de TOEI Animation LTD.
Nota del editor: Muy buenas a los lectores de este Fanfic. Es un gusto dejarles el trigésimo cuarto capítulo de Siguiente Generación, escrito por la autora Andrómeda. Sin más que agregar, los dejo con la lectura, esperando sea de su completo agrado. Saludos.
Rankakiu
En el capítulo anterior de Siguiente Generación: Al borde de la muerte, Idalia estaba a punto de rendirse. Afortunadamente la intervención y consejo de Maha de Virgo la hizo recapacitar y junto con Aarón de Piscis renovaron sus deseos de pelear. Mediante el uso de una brillante estrategia, los santos de Athena lograron al fin derrotar a Heracles, el tercer héroe Mítico. En el templo de Acuario, Selenia sorprende a Ícaro, al copiar su habilidad de vuelo y levitación, y junto con Helena se disponen a derrotar a Ícaro. Tras la muerte de Heracles, Belerofonte decide no perder más tiempo y se encamina hacia el undécimo templo…
Siguiente Generación
Capítulo 34: El campeón de las calles.
— ¡PEGASUS RAIN OF STARS! —Gritó Selenia, lanzando su técnica en pleno aire, con la esperanza de que al menos una de sus estrellas impactara de lleno contra el Héroe Mítico, sin embargo Ícaro, haciendo muestra de sus habilidades, los esquivó todos con una gran agilidad. La situación no era nada favorable, pero ello no impidió que Selenia mantuviera la compostura y soltara una risilla. — ¡Lo sabía! —Exclamó y dio una pirueta en el aire que hizo que aterrizara en el suelo. Posteriormente, concentró sus fuerzas en ambas piernas y de un salto se encontraba de nueva cuenta en el aire, esta vez dirigiéndose contra el guerrero de Ares. — ¡Entonces esto será más genial de lo que imagine toda mi vida! —Exclamó.
Selenia entonces lanzó un puñetazo que iba derecho al rostro de Ícaro, no obstante, el susodicho bloqueó el golpe con una mano a una velocidad asombrosa. Aprovechando la oportunidad, Ícaro agarró el antebrazo de Selenia y la arrojó en dirección al suelo del templo. Selenia no se dejaría vencer tan fácil y viendo que se encontraba cerca de un pilar, volvió a hacer otra pirueta y por breves instantes las plantas de sus pies hicieron contacto con la estructura y la santa de Pegaso lo aprovechó para impulsarse y contraatacar a su enemigo, esta vez teniendo éxito, al asestarle una patada en sus costados. Ícaro se dobló del dolor por solo unos breves instantes, antes de reaccionar y darle un golpe con su codo al muslo de Selenia con todas sus fuerzas, lo que hizo que la chica gritara de dolor. Ícaro asestó otro golpe, esta vez en la cara de la santa, lo que terminó por derribarla y hacer que se impactara contra el duro suelo.
Helena de Cisne, viendo su oportunidad, dio un salto similar al de Selenia y en el aire ejecutó una de sus técnicas.
— ¡DIAMOND DUST! —Exclamó, desencadenando el aire congelado, con miles de copos de nieve de majestuosa geometría.
Ícaro tomó más altura y con un movimiento de su mano desvió la corriente de aire congelante que dio en un cumulo de pilares que terminaron llenos de hielo y escarcha.
— ¡Malditas mocosas! —Exclamó colérico el Héroe Mítico.
Selenia, después de recuperarse del golpe, sacudió su cabeza y se disponía a levantarse cuando sintió un dolor punzante en su muslo. El enorme moretón que tenía era prueba de la fuerza de Ícaro. Selenia comenzó a impacientarse.
— ¡Maldición! ¿Cómo puedo acabar contigo? —Se preguntó, mientras se ponía de pie con dificultad.
Pero de nada le sirvió ponerse de pie.
— ¡BOOOMERANG HOOK! —Se escuchó la voz de Belerofonte y una técnica de luz en forma de media luna cruzó todo el lugar hasta impactarse de lleno contra Selenia a tal grado que cuarteó severamente su peto y terminó siendo arrastrada hasta la entrada del templo de Acuario.
— ¡Selenia! — Helena gritó horrorizada, viendo a su compañera herida. Seguidamente volteó a ver al Héroe recién llegado. — ¿Pero cuando llegó…?
— ¡Apártate, santa del Cisne! —Belerofonte fue directo al grano, mirando con suma frialdad a la rubia, quien retrocedió unos pasos asustada.
—Deja a las niñas, son mis oponentes…—Dijo Ícaro molesto, aun levitando en el aire. Su compañero de armas lo voltea a ver, dedicándole la misma mirada fría, haciendo que a Ícaro se le erizara la piel. — ¿Belerofonte? —Preguntó con incertidumbre.
—No me importa. —Dijo y a continuación tronó los dedos, creando con ello otra media luna de luz. — ¡BOOMERANG HOOK! —Exclamó, liberando su técnica, esta vez dirigida hacia Helena. La santa del Cisne hizo rápidamente un muro de hielo para protegerse, pero fue un gesto inútil, puesto que la media luna destrozó el hielo y se impactó contra la rubia, con el mismo resultado que con Selenia: su armadura se cuarteó y Helena fue a estrellarse violentamente contra los pilares congelados. —Soy yo quien debo dar fin a esto. —Dijo Belerofonte.
Ícaro bajó del aire y caminó hasta estar del lado de Belerofonte.
—De acuerdo, está bien… pero…—Ícaro fue interrumpido.
—Olvídalas, vamos con Athena ahora mismo. —Replicó.
— ¿Y qué pasará con mi misión?
—A estas alturas Ares sabe la verdad; —dijo, mientras que Ícaro se sorprendía, demostrándolo al abrir sus ojos desmesuradamente — aunque sea debemos darle fin a esto, ¿no lo crees?
—Tienes razón. —Dijo Ícaro recuperando la serenidad. — ¿Y qué pasará con él? ¿También lo olvidaremos?
—No, él vendrá por nosotros.
—De acuerdo. —Ícaro asintió y dio unos pasos lejos de Belerofonte. Miró a París con una expresión burlesca y metió su mano en su peto para sacar un objeto que al final terminó por arrojárselo a Paris y este lo atrapó con su mano derecha. —Toma, te la devuelvo, es de parte de la señorita que te amo. Antes de morir me lo dio para ti. —Concluyó sonriendo con sorna.
París abrió su mano y contempló el objeto: era una cruz del norte dorada, la que una vez en el pasado le perteneció al legendario Hyoga de Cisne.
A pesar de estar alejada, Helena escuchó las palabras de Ícaro y más aún pudo reconocer la cruz del norte y el rosario que tenía París en su mano. El corazón de la santa latía salvajemente en su pecho ante tal revelación.
—"¿Mi madre? ¿Acaso él…?"—Helena apenas podía pensar con claridad.
París miró con frialdad a Ícaro.
—Entonces es verdad, tú mataste a Anastasia…—ahora miraba el rosario y después a Helena. —Ya no me importa. —Añadió con una brutal y gélida honestidad que logró que todos los presentes se sorprendieran. —Ella murió por ser tan débil; en realidad nunca sentí algo por ella, sólo hice lo posible para que naciera el heredero del cisne y sin embargo nació una niña. —Dijo, y al concluir sus palabras tiró el rosario con desdén.
Belerofonte frunció el ceño.
—"Este hombre, —pensó— aunque él mismo lo niegue, en verdad quiere a su hija. ¿Pero ella algún día se dará cuenta?" —Concluyó.
Helena de Cisne comenzó a temblar por la enorme gama de emociones negativas de la que era presa.
— ¿Qué has dicho? —Preguntó en un hilo de voz. — ¿¡Que has dicho, maldito!? — Volvió a preguntar, ahora alzando la voz, llena de rabia y comenzando a levantarse. — ¡Nunca te voy ver como mi padre, sino como una maldita maldición para mi madre! — Gritó, derramando lágrimas y con un rostro colérico, mientras encendía su cosmos.
— ¡Oye, Belerofonte! ¿No estamos de más? —Preguntó Ícaro.
La mirada de ira y odio de Helena fue de París a Ícaro.
— ¡Tu! —Exclamó Helena, señalando acusadoramente. — ¡Tú serás el primero en morir, bastardo! ¡Por mi madre!
—Al parecer aun seguirás luchando. —Dijo Belerofonte, suspirando y dándole la espalda a su compañero.
En los bosques cercanos al Santuario, Aarón e Idalia terminaron por reponerse para continuar peleando con valentía y acabar con la Guerra Santa contra Ares de una vez y para siempre. Al sentir los cosmos de sus enemigos y compañeros, se dieron una idea de donde estaban ubicados, por lo cual decidieron ponerse en marcha para ayudar al resto de fuerzas del Santuario.
—Idalia, tú sigue por este camino y yo iré con Paris. —Dijo, señalándole una ruta que llevaba directamente a la base del Santuario.
—De acuerdo…—Idalia asintió.
Ambos se disponían a marcharse del sitio y estaban a punto de echar a correr, cuando, de repente, ambos sienten un muy poderoso cosmos. Tan maligno, agresivo y lleno de odio que empezó a crear pequeñas llamaradas en los arbustos y árboles cercanos. Por puro instinto ambos se pusieron espalda con espalda, con el detalle de no entrar en contacto el uno con el otro, debido a la sangre envenenada del santo de Piscis. Ambos santos miraban a su alrededor sin saber ubicar la posición del enemigo inesperado. Seguían sintiendo ese cosmos lleno de maldad, una sensación que estremeció el corazón de ambos y les llenaba de miedo.
— ¡Momento! —Exclamó Idalia, llamando la atención de Aarón. —Este cosmos es de…—La santa abrió los ojos de la sorpresa y finamente tanto ella como Aarón lograron ubicar la dirección del cosmos. — ¡Deimos! —Ambos voltearon a ver a una parte del bosque y distinguían una silueta femenina caminando hacia ellos.
En efecto se trataba del dios Deimos, teniendo el cuerpo de Sharon como su avatar para caminar sobre la Tierra. Conforme caminaba, las llamaradas se hacían más intensas, e incluso algunos árboles explotaron por el poder que poseía. Finalmente el dios estaba frente a ellos a un par de metros de distancia y la santa del Fénix y el santo de Piscis notaron que ahora el cabello de Sharon poseía múltiples mechones negros. Deimos extendió su mano y con un movimiento ascendente de su brazo extinguió las llamas en el acto.
— ¡Caballeros de Piscis y Fénix, ya basta de juegos! ¡Terminemos con esto! —Dijo el dios, con una voz muy singular: era una voz que combinaba la de Sharon con otra más masculina y grave, y la voz grave tenía un efecto de eco metálico, casi robótica.
— ¡Vete, Aarón! ¡Yo salvaré a Sharon! —Exclamó Idalia. Este asunto solo le concernía a ella.
Aarón quiso protestar, pero a entender lo personal que era esto para la amazona, lo dejó por la paz y se dispuso a marcharse.
— ¡De acuerdo! — Respondió.
Se marchó de ahí, corriendo hacia una dirección opuesta a la de los contendientes. Idalia encendió su cosmos para la pelea que probaría ser la más dura de su vida. Sin embargo, Deimos al parecer no estaba contento con que el caballero dorado abandonara el campo de batalla, así que hizo uso de su velocidad para impedirlo, desplegando su habilidad de una forma única: dio un pequeño salto que lo suspendió uno centímetros del suelo y dejo tras de sí una serie de copias desvanecidas de sí mismo. Para cuando Idalia procesó todo, ya era demasiado tarde, Deimos había interceptado a Aarón, apareciendo frente a él, para sorpresa de ambos santos.
— ¿¡Que!? ¿¡Pero cuando…!?
— ¿Acaso vas a huir, Aarón-san? —Preguntó Deimos con el dulce tono de voz de Sharon. No solo se limitó a ello, sino que además, puso una cara preocupada y angelical, propia de la santa de Andrómeda. Aarón quedó estupefacto y por ello cometió el error de bajar totalmente su guardia. Tomó menos de un segundo para que la deidad volviera a su expresión normal y antes de que Aarón reaccionara, el dios extiende su mano derecha, creando una corriente arrasadora de aire que inmovilizó primero y después arrojó con violencia a Aarón, terminando por estrellarse contra un árbol.
El dios se rio de la ingenuidad del santo.
— ¡Que idiota eres! ¡Esta niña es tu debilidad! —Dijo Deimos, recuperando su voz grave y metálica. — ¡Creo que me divertiré contigo, caballero de Piscis! —Terminó, levitando unos centímetros lejos del suelo y señalando con sorna a Aarón.
— ¡Espera, yo seré tu oponente! —Exclamó Idalia, llamando la atención de Deimos.
Deimos usó de nueva cuenta su velocidad espectral y en menos de un segundo, Idalia sintió un contacto en su mejilla. Era el dorso del puño de Deimos y el dios se encontraba justo detrás de ella.
—Lo siento, Fénix. Aun no te toca morir. — Dijo, sonriendo con malicia.
Idalia se quedó paralizada por unos segundos que le parecieron eternos. Unas gotas de sudor frío recorrieron sus sienes. Recuperando su determinación, se volteó velozmente para asestar un golpe, pero el dios lo esquivó con facilidad. Idalia cargó su puño con su cosmos e hizo otro intento de golpear a su oponente. Sin embargo, vino el brutal contraataque, ya que estando de espaldas, el dios bloqueó su puño, sosteniéndolo tan fuerte que agrieto el guantelete de la armadura del Fénix. Deimos usó su velocidad y asestó primero un golpe en el estómago de Idalia con su codo, después un segundo golpe en el pecho de la santa con el mismo codo, después un tercer golpe en el rostro de Idalia, ahora con el dorso de su puño y finalmente el cuarto golpe, dirigido a la nuca de la santa, esta vez dado con el filo de su mano. Fue este último ataque que derribó a Idalia al suelo, dejándola inconsciente. Todo ello ocurrió en menos de un segundo.
Aarón, impotente, observó todo sin poder hacer nada.
—Deimos, jamás te perdonaré que uses a mi rosa dorada. —Dijo, mientras se levantaba con dificultad. — ¡Yo mismo te acabaré!
Deimos rio y a continuación hizo uso de sus poderes, aplicando una enorme fuerza de gravedad en todo el cuerpo de Aarón que terminó por ponerlo de rodillas.
—Tienes agallas, caballero de Piscis. —Dijo, acercándose a él de forma calmada y delicada, soltando una risita siniestra en el proceso. —Eres muy lindo también; — dijo, mientras agarraba la barbilla de Aarón entre sus dedos y levantando su rostro para que se vieran fijamente —deberías agradecer que pronto te reunirás con tu rosita. —Dijo, ahora poniendo un dedo sobre el mentón sangrante del santo y luego tomó dicha muestra de sangre, como si de un duce se tratara. —Es una sangre muy dulce. —Finalizó ampliando su sonrisa.
— ¡Maldito! —Aarón intentó moverse en vano.
El dios se alejó un par de pasos de él y por unos segundos le dio la espalda, para después voltearse y quedar nuevamente cara a cara.
—Dime algo Piscis, —dijo, hora teniendo su rostro neutral — ¿que sientes por Andrómeda? — Preguntó.
Aarón se sorprendió, abriendo los ojos como platos.
Deimos rodó los ojos.
—No me veas así, es solo una pregunta. ¿En verdad sientes amor por esta niña?
— ¡Claro que sí! —Respondió sin titubear. —Sharon es lo más valioso que tengo en este mundo... ¡ella representa el amor de mi vida…!—Aarón pudo haber continuado con su dulce y maravillosa descripción de sus sentimientos por Sharon, de no ser interrumpido por la risa estruendosa y cruel de Deimos.
—Te equivocas, lo que sientes por esta niña no es amor. —Respondió Deimos, negando con su mano.
— ¿De qué hablas? —Aarón por unos momentos sintió miedo, para después ser sustituido por furia. — ¡Tú no entiendes!
—El que no entiendes eres tú. —Contestó Deimos señalando a Aarón con un dedo. —Todos los humanos son iguales; es por su miedo a quedarse solos en este mundo que inventan ese estúpido sentimiento llamado amor. El amor no existe, caballero de Piscis, solo es tu miedo a la soledad, y como esta niña es inmune a tu veneno, creaste esa ilusión. —Dijo, sonriendo con maldad, cruzándose de brazos.
Deimos disfrutaba de ver como sus palabras estaban afectando a Aarón, sembrando en el la semilla de la duda. Sin embargo, para el disgusto del dios, Aarón sacudió la cabeza en negación y recuperó su furia.
— ¡Te equivocas! ¡Un dios nunca lo entenderá; este sentimiento es verdadero! —Exclamó Aarón.
El dios bufó.
—Lo que empezó como una bella mentira se ha convertido en tu verdad. —Expresó, mientras caminaba para quedar cerca del santo. — ¡Bah, que ridículo! Te di una oportunidad para que reflexionaras, Piscis. —Dijo, y con una mano apretó el cuello de Aarón sin asfixiarlo, mientras que alzaba su otro brazo y sus uñas adquirieron un brillo bermejo. —Pero veo que la rechazaste, así que no me dejas otra opción. —Esbozó una sonrisa arrogante y entrecerró los ojos, disfrutando de la angustia que se plasmó en el rostro de Aarón. — ¡Entonces muere, Piscis! —El rostro de Deimos era de odio absoluto. Y descargó su ataque, dirigido hacia la cabeza de Aarón.
Sin embargo, estando a escasos milímetros de asestar el golpe de gracia, de repente hizo aparición una cadena que hizo retroceder al dios ante la sorpresa, e instantes después, la cadena se enroscó en la muñeca de Deimos, reteniéndolo.
— ¿Quién eres? —Preguntó Deimos en un tono desafiante, mirando hacia su lado derecho, donde había provenido el ataque.
—Una vieja amiga. —Dijo Kimiko, revelando su presencia ante Deimos y sonriendo de lado.
Mientras, en el templo de Acuario, aun se suscitaba la batalla de Helena de Cisne contra el Héroe Mítico Ícaro. La santa dio un salto y en pleno aire ejecutó una de sus técnicas congelantes, solo para que el Héroe Mítico esquivara el poder con suma facilidad, usando su Defensa Divina, y volviéndose intangible.
Helena aterrizó de buena manera y a una distancia prudente de Ícaro. Nuevamente inició su ofensiva, esta vez corriendo y solo deteniéndose en los instantes en que sus puños liberaban una corriente de aire gélido. Esta vez Ícaro, con sus manos desviaba sin mucho esfuerzo el aire congelado y pronto, el terreno del duelo estuvo lleno de largas y gruesas estalagmitas de hielo tan sólido como el diamante.
Helena se sentía frustrada de no causarle ni siquiera un rasguño a su oponente y a Ícaro le parecía muy aburrida la pelea. La santa creyó encontrar su oportunidad y sin perder tiempo, descargó todo su poder e ira en su puño derecho, esperando convertir a Ícaro en un tempano de hielo.
Pero como era de esperarse, Ícaro bloqueó el golpe con su palma, sin mucho esfuerzo.
—Mocosa, estás cegada por la ira, de esa forma nunca podrás vencerme. —Dijo y en respuesta, Helena elevó su cosmos, tratando de congelar el brazo de su enemigo. — ¿Que intentas? ¡No me digas que debo de sentir frio! —Exclamó el Héroe Mítico, riéndose de aquel patético intento, ya que el enorme cosmos de Ícaro prevenía que se formara cualquier hielo.
—"Al parecer me equivoque de enfoque, —pensó Paris, aun de brazos cruzados. Vendo la batalla, sus manos apretaron sus brazos, suprimiendo sus sentimientos de forma exitosa —si Helena no se concentra perderá no solo el combate, sino también su propia vida…"—Se dijo a sí mismo.
Ícaro tuvo suficiente de aquel intento y simplemente empujó a Helena, lejos de él. La santa trastabilló en un par de pasos erráticos y finalmente logró el equilibrio para no caer.
Helena tenía la respiración agitada a causa de su rabia.
— ¿Por qué? ¿¡Por qué mataste a mi madre!? —Exclamó Helena, apenas conteniendo las lágrimas en sus ojos.
— ¿No es obvio niña? —Preguntó. —Fue porque mi dios Ares me mandó; yo nunca hubiera tocado ni un solo cabello de esa linda señorita…—contestó, con un sentimiento en sus ojos, parecido al arrepentimiento, pero pronto recuperó su mirada seria y deshumanizada —pero no tuve elección. —Añadió con desdén.
Helena no pudo contener más ni sus lágrimas ni sus emociones.
— ¡Nunca te perdonaré! —Gritó, llena de cólera, derramando más lágrimas.
Y e repente, el viento gélido que rodeaba el aura de Helena e inundaba el templo de Acuario, fue sustituido por una gran sensación de calor y unas llamaradas de intenso poder rodearon a la santa del Cisne.
Ícaro se sorprendió.
—Interesante, —dijo, aun estando sorprendido —para lograr ese movimiento pasas de mover los átomos del ambiente lentamente a moverlos drásticamente para crear tus llamaradas. —Dijo, contemplando las flamas que rodeaban todo el lugar y luego mirando a la santa. —Sin embargo, ese movimiento será tu perdición pequeña Cisne, porque tú misma te vencerás. —Dijo, riendo burlonamente y presagiando el posible futuro en el que terminaría esta pelea.
¿Tendrá razón el Héroe Mítico?
Continuará…
En el próximo capítulo de Siguiente Generación: Selenia impedirá el paso a Belerofonte, siendo el templo de Piscis el escenario de tan cruenta batalla. Kimiko de Casiopea hará frente a uno de los retos más grandes de su vida y con ello surgen fragmentos del pasado entre maestra y alumna. ¿Y cuál será el resultado de las flamas, nacidas de la ira, de Helena de Cisne?
