—Despierta Gilgamesh—dijo Utnapishtim, sonriendo de lado a lado—. Llevas siete días durmiendo.
Gilgamesh se sobresaltó y vio como Utnapishtim y Urshanabi lo observaban divertidos. Urshanabi llevaba el cabello trenzado y la barba de Utnapishtim era más larga que antes. Gilgamesh carraspeó e hizo como si nada pasara. Se compuso rápidamente, ignorando que la luz cegaba sus ojos.
—No es cierto. He estado despierto todo este tiempo. Dame la inmortalidad.
Utnapishtim negó y cerró los ojos.
—No puedo, no has pasado el reto final porque eres un hombre mortal. Sólo un dios hubiese podido superar la prueba.
—Mentira. He estado dormitando durante siete días, pero no he dormido ninguno.
—Te he hablado y gritado, Gilgamesh —dijo Urshanabi, con una sonrisa en su rostro— y no has respondido mi llamado. Te ofrecí vino y comida, te ofrecí una manta cuando llovió. Hemos horneado un pan para ti cada día y ahí están, endurecidos y mohosos.
—No… Yo he rechazado todo aquello. Ya dame la maldita inmortalidad, debo regresar a Uruk.
Urshanabi torció el gesto.
—Lo lamento—dijo Utnapishtim, tocando el brazo de Gilgamesh con el aire de un padre sermoneando a su hijo inexperto.
Gilgamesh montó en cólera. Se levantó rápidamente y agarró a Utnapishtim de la túnica para zamarrearlo con fuerzas.
—¡Viejo maldito! ¡Si no cumples tu promesa te mataré y me llevaré todos tus dones! ¡De qué sirve ofrecerme algo que sólo un dios puede hacer! ¡Lo has hecho a propósito!
Urshanabi entró en alerta y sacó un cuchillo sabiendo que no era suficiente contra un semidiós, sin embargo, su lealtad fue suficiente como para pensar en hacerle frente a Gilgamesh. Utnapishtim sonrió y asintió con suavidad. Gilgamesh lo soltó y pateó la tinaja de vino que dejaron a su lado para luego pisotear los panes duros con rabia. Urshanabi alzó la voz y utilizó el cuchillo para apuntar a Gilgamesh como si fuese un dedo.
—Tranquilízate Gilgamesh, por favor escucha lo que tiene que decirte Utnapishtim. No encolerices o quizás se arrepienta.
—Gilgamesh—dijo Utnapishtim, deteniéndolo abruptamente—. Basta. Escúchame.
—¿Te burlarás de mí? ¿De mi debilidad? Maldita sea, jamás debí confiar en ti ni en Ereshkigal, ¡Los maldigo a los dos!
Utnapishtim lo juzgó con la mirada para luego ignorarlo.
—Has soportado muchas penurias, has sufrido la muerte de Enkidu en sueños. Has llamado por él y no ha venido a tu llamado. Has creado cadenas y estas se perdieron en la profundidad de Kur, sin destino alguno.
"Te daré un último secreto y esta vez debes aprovecharlo bien. Al otro lado de esta isla se encuentran las aguas del abismo, un estanque hermoso y misterioso. Aquel estanque es la fuente de la juventud. No te dará vida eterna, pero te mantendrá joven hasta el día de tu muerte, por lo que tu gloria llegará lejos. Dentro del estanque hay un arbusto precioso y pequeño que te dará la juventud que gozarás hasta el final de tus días. Puedes ir por aquel preciado secreto de los dioses y regresar a Uruk. Considéralo un regalo de un rey que alguna vez fue un hombre y comprende tu dolor y tu posición.
Gilgamesh se detuvo en seco, sorprendido de aquella información. Su respiración era agitada y el sudor se deslizaba por su mejilla como un pequeño insecto transparente. Con el dorso de la mano secó su frente y luego la colocó en su cintura.
—Otra estúpida broma por parte de los dioses para divertirse con mi miseria, ¿No? —Gilgamesh hablaba grave, sabiéndose hartado de todo. Ahora sólo quería regresar a Uruk y olvidar todo: a Enkidu, el viaje, el fantasma del desfiladero, el mar, Kur, Ereshkigal, Utnapishtim, todo— Ustedes merecen que un ejército de héroes acabe con su despotismo.
—Querido Gilgamesh, eso mismo deseó tu pueblo para ti y los dioses enviaron a su mejor héroe.
—No me sorprendería que lo hayan hecho para ver cómo ambos nos volvíamos débiles uno al otro, para reírse en nuestras caras.
Utnapishtim miró a Urshanabi y este último levantó las cejas en señal de desaprobación.
—Has asumido que fuiste débil con Enkidu. Eres más humano que hace años.
Gilgamesh pateó un trozo de vajilla quebrada y respiró ofuscado, completamente encolerizado.
—Quédate con tu maldita información, no la quiero. Quiero regresar a Uruk.
—Gilgamesh reflexiona por favor. Te he ayudado en…
—No me has ayudado en nada, sabías que no podría con tu estúpida misión y me has tenido aquí durante siete días como un imbécil, ¿Por qué no me despertaste antes? Te hizo gracia todo esto, ¿Eh? Malditos todos ustedes.
Urshanabi negó y se retiró del lugar, sus pies descalzos se hundían en la arena caliente y su cabello negro trenzado se fundió con la arena cuando se tendió al sol.
—Gilgamesh —dijo pacientemente Utnapishtim—Lleva a cabo esta misión y podrás regresar a Uruk sano y salvo. Es un premio a tu constancia, a como has cambiado desde que ingresaste al mundo de los dioses. No me regocijo de tu sufrimiento, me compadezco de tu tristeza que no asumes, de la pena que traes profundo en tu corazón. No quiero que creas que yo te he usado para mi propia diversión. Es lo último que haría un rey con su descendiente, prácticamente tenemos la misma sangre corriendo por nuestras venas.
Gilgamesh no parecía más tranquilo ante esas declaraciones, es más, tenía cierta sensación de que mentía elegantemente con sus frases de rey sabio y anciano para hacerle caer en otra trampa más.
Pero la eterna juventud le era tentadora.
—¿Dónde dijiste que quedaba la dichosa fuente? Esta es la última vez que confió en ustedes los dioses. Estoy cansado de sus intervenciones, de sus tonterías.
—Más bien la oportunidad es para ti, rey de Uruk. La fuente está al otro lado de esta isla, en lo profundo del bosque. La flor descansa al fondo del estanque, podrás sacarla si nadas y llevas un cuchillo contigo.
—Bien. Lo haré ahora mismo.
—Urshanabi te acompañará. Conoce el camino al estanque y te hará compañía.
—No quiero a nadie a mi lado.
Utnapishtim negó con suavidad y habló suavemente:
—Hazme caso, te perderás si vas solo. Ese bosque es engañoso y podrías caer en locura.
Gilgamesh tenía cara de pocos amigos. Tomó la manta del suelo, la colocó sobre uno de sus hombros y alzó la voz:
—Urshanabi, guíame a la fuente de la juventud.
