Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que, aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Sor Juana Inés de la Cruz
Nicoletta peinó el cabello falso con sus propios dedos mientras tarareaba una cancioncilla que recordaba de su infancia, cerrando los ojos para disfrutar de la brisa que movía la superficie del agua del riachuelo.
- Ya es hora de que vuelva a mi teatro. – Susurró mientras se ponía de pie, rebuscando en un bolso que llevaba colgado de la cintura su máscara de turno, colocándola sobre su rostro.
- ¡Olive! – Escuchó una voz a sus espaldas, apretando los puños antes de girarse y regresar definitivamente al mundo de espejos y humo que se había creado.
- Olive? Chi è Olive? (¿Olive? ¿Quién es Olive?) – Cuestionó la duquesa, ladeando la cabeza para mirar al sueco, sus ojos resplandeciendo a pesar de la máscara. - Vuoi l'olio d'oliva? (¿quiere aceite de oliva?)
- Es usted…- Susurró decepcionado Hans, sus grandes ojos grises cerrándose para aguantar las lágrimas que amenazaban con salir. Primero Oscar, creía ver a Olive en Oscar y ahora estampaba el rostro aún borroso de su esposa en una simple máscara de yeso, aunque…
- Sei un idiota (Eres un idiota) – Susurró burlonamente la mujer, adelantándose un paso para pasar por el lado, siendo detenida de forma inconsciente por el conde, quien la sujetó de un brazo. - Che cosa vuole? (¿Qué quiere?)
- ¿Dónde está? Sé que la vi, no puedo estar tan loco, se que estaba aquí y estaba usando un vestido muy parecido…al suyo. – Sus palabras salieron de su boca como un suspiro, la duquesa gruñendo sin saber muy bien que hacer. – Olive usaba lo mismo que usted.
- Cosa? (¿Qué?)
- Yo… ¿podría quitarle la máscara? – Los ojos de Nicoletta se abrieron desmesuradamente, sabía lo que esa petición significaba, era revelar su verdadera identidad y dejar su libertad de lado para volver a su lugar a cumplir su deber de esposa.
- Mi lasci in pace, maledetto tarato. (Déjame en paz, maldito tarado) – Hans apretó su agarre cuando ella trató de soltarse.
- Por favor, solo un vistazo. – Susurró como un demente, aferrándose a la pequeña esperanza que detrás de la máscara estuviese a quien tanto deseaba traer de vuelta y, con eso, su vida regresara a la normalidad.
El conde solo la soltó para poder enredar sus brazos alrededor del cuerpo de la mujer, evitando que pudiese huir, respirando profundo el perfume de rosas y azahar que desprendía, olor a primavera, cálido, suave, un aroma puro que no se parecía al de sus amantes que parecían preferir ahogarse en combinaciones dulces e intoxicantes que a la larga aburrían.
La fragancia a primavera le recordaba a Olive, ella era su primavera y la quería de vuelta.
La duquesa sintió como un temblor la recorría de pies a cabeza, recordando levemente el beso que le había robado el hombre en su oficina en la mansión de París, aunque él pensara que ella era uno de su mismo género.
Quizá podía dejarse llevar, solo por un momento y creer… creer que podían ser felices sin que nadie se inmiscuyese en sus vidas, pero el recuerdo de del engaño del conde la golpeó como una roca en medio del pecho, un gemido lastimero huyendo de su boca casi al mismo tiempo que Hans se separaba de ella llevándose una mano a la cabeza, la mujer aprovechando para alejarse y mirar a un niño con una piedra en la mano observarlos como si fuesen un par de locos.
- Pierre! Grazie! Grazie mille! (¡Gracias!¡Muchas Gracias!) – Gritó, alejándose rápidamente del inglés para correr al lado del muchacho que no parecía tener más de diez años.
El niño solo la miró antes de asentir para luego girarse, la duquesa caminando con él a paso rápido mientras dejaba detrás a Hans.
- Dios, si este es mi castigo por herir a Olive, solo me queda volverme loco. – Murmuró, volviendo su vista al agua. – Por favor…por favor ten piedad de mí y ponla de nuevo en mi camino. – Un par de lágrimas bajaron por sus mejillas, sintiendo como su piel se calentaba por el dolor que estaba sintiendo, las lágrimas bajando en gran cantidad mientras de su boca salían quejidos llenos de un sufrimiento que jamás había pensado sentir.
Julie comió con gusto el pastelillo que habían comprado a una anciana en la plaza del pueblo, la joven lamiéndose los labios después de terminar para quitar los rastros de crema que habían quedado.
- Cualquiera que los vea pensaría que están enamorados. – Alain se sobresaltó, alejando su mirada de la joven pelirroja cuando su hermana habló.
- Y si así fuera ¿qué? Algún día también te vas a enamorar, Diane.
- Solo que jamás había pensado en que tú, tan obsesionado con negarte a enamorarte, hicie…
- Dejen de hablar tonterías y vamos a ver los ensayos del coro de la iglesia, el padre Juvenal es quien los guía mientras son observados por el padre Alessio.
- Pero yo solo quería saber si…
- Diane, Diane…si estamos enamorados o solo somos amigos no es tu problema, es nuestro, ahora ya vamos, que el padre Juvenal es bastante estricto sobre quienes pueden y quienes no ver sus ensayos.
Sin esperar una respuesta de parte de los hermanos Soissons, Julie caminó con paso seguro hasta el gran campanario de piedra que se alzaba a unos cuantos metros de la plaza.
Diane alzó los hombros, como si no entendiese la actitud de su amiga, pero sabía que después podría sonsacarle la verdad. Por su parte, Alain solo pudo ver fascinado a la mujer de la que se estaba enamorando, porque, debía reconocerlo, se estaba enamorando de Julie de Jarjayes y era un sentimiento maravilloso.
Solo esperaba ser correspondido.
La duquesa apenas pudo entrar en su habitación, sus manos temblaban y su corazón latía con fuerza. Aún estaba nerviosa por culpa de Hans, pero podía agradecer al cielo que Pierre hubiese llegado en el momento preciso para salvarla del conde.
Había pagado esa labor de salvataje con un par de monendas de oro que el niño había llevado de inmediato donde su mamá, seguro de que era mucho dinero.
Por suerte solo les quedaba el día siguiente como visitas de la ilustre duquesa de Montmorency y ella podría volver a Paris y volver a ser Oscar de Jarjayes mientras ellos se marchaban a Marsella.
Solo le quedaba esperar que Hans no volviese a acercársele en lo que le quedase de estadía y, si tenía suerte, en lo que le quedaba de vida.
