31. Nada es para Siempre
Después de tres días de ensueño en Miami, en los que Hinata disfrutó de Sasuke y de toda su familia, regresaron de nuevo a casa para continuar con sus vidas.
Una vez allí, con tristeza, se vieron obligados a despedirse de la niñera, la mujer que cuidaba de los niños. Su madre había sufrido un accidente y debía ir a cuidarla, por lo que tuvieron que buscar una sustituta. Por recomendación conocieron a Matsuri. Cuando Hinata vio cómo era, la contrataron sin dudarlo.
Matsuri era un encanto de chica, conocía todos los dibujos que los niños veían y los gemelos rápidamente le cogieron cariño, aunque Hanabi protestó, porque no le gustaba. Tenían todo el verano por delante y Hinata, tras pedir vacaciones por primera vez desde que empezó a trabajar en el restaurante, viajó con Sasuke y los niños a Puerto Rico, a casa de sus padres.
Por su parte, Kiba y Shino se fueron a hacer su viaje de ensueño a Italia. Un viaje que disfrutaron como siempre lo habían imaginado.
En Puerto Rico se encontraron con Izumi y Itachi y sus pequeños y con Shisui y su niña. Fugaku, encantado de tener la casa llena de gente, y en especial de niños, disfrutó enormemente junto a Izumi y Hinata. Las llamaba las españolas.
Mei, a diferencia de otros años, no fue a Puerto Rico. Cuando Shisui fue a buscar a Harumi para llevársela a casa de su padre, el ruso y ella cogieron un avión y volaron a San Petersburgo. Yahiko quería enseñarle su tierra y presentarle a su familia. Un lugar precioso, increíble, maravilloso, pero que hizo que el corazón de Mei echara de menos el calorcito de Puerto Rico.
Durante los días que estuvieron en la isla, hicieron turismo todos juntos. Visitaban lugares de ensueño y por las noches, cuando los niños dormían y se quedaban con la Tsunade y Fugaku, Shisui, Sasuke, Hinata, Izumi y Itachi se iban a bailar salsa y a beber chichaítos, con moderación, hasta el amanecer.
Hinata vivía en una nube. Nunca había sido más feliz que en esos días, aunque ver cómo los periodistas los fotografiaban la seguía intimidando. Allí estuvieron casi un mes. Un mes plagado de diversión, de alegría y de felicidad, durante el cual Hanabi se lo pasó genial y los gemelos disfrutaron de lo lindo.
Lo único malo de todo aquello para Hinata era que ahora su cara salía en la portada de las revistas, que hablaban de su vida y de quién era.
¿Qué interés podía tener ella para la gente?
En septiembre comenzaron los colegios y Hinata volvió a trabajar. Los periodistas la esperaban todos los días a la entrada y la salida del restaurante, solo para fotografiarla e intentar que respondiera a preguntas absurdas sobre sus futuros planes de boda.
Pero todo lo bueno no dura para siempre...
Así que una mañana sucedió lo que tanto temía.
—Hola, peliazul —Dijo una voz detrás de ella.
La taza de café se le escurrió de las manos. Aquella voz. Sabía de quién era aquella maldita voz.
Toneri Otsutsuki la había encontrado.
Separados solo por la barra del bar, Hinata se echó hacia atrás y lo miró. Apenas había cambiado. Los mismos ojos, el pelo blanco y la descarada y fría sonrisa. Era un ser despreciable y un vividor. Hinata sintió asco cuando su indecente mirada la recorrió.
—Vaya… vaya… los años te han tratado bien, peliazul.
Hinata sintió que se quedaba sin aire en los pulmones. Preguntarle cómo la había encontrado era ridículo. Ya lo sabía. Lo miró nerviosa. Sabía que su presencia le iba a ocasionar problemas, pero no iba a dejarle ver el miedo que le tenía.
—¿Qué haces aquí?
Toneri sonrió y se apoyó en la barra.
—Te veo en prensa y televisión muy bien acompañada. Y quizá la pregunta correcta es ¿qué haces trabajando de simple camarera? —Ella no respondió y él continuó—: Vaya… vaya… mi peliazul es la novia de un ricachón.
Hinata cerró los ojos.
—No soy tu peliazul.
—Lo eres hasta que yo decida que dejes de serlo —Aquel tono autoritario le recordó tiempos pasados—. ¿Acaso has olvidado lo bien que lo pasamos? —Hinata no respondió. Se negaba a hacerlo—. Te encantaba cómo te poseía, cómo te besaba, ¿no te acuerdas?
—Eso pertenece al pasado —Dijo ella—. Y, la verdad, no me gusta recordarlo.
Toneri sonrió con malicia.
—¿Cómo está mi pequeña Hanabi? ¿Se acuerda de mí?
A Hinata se le revolvió el estómago.
—Ni la menciones. Para ella no existes. Por suerte, nunca ha vuelto a nombrarte y quiero que siga siendo así.
—Qué injusta eres, peliazul. Yo me ocupé de sus gastos de hospital mientras estuviste conmigo, ¿acaso lo has olvidado? —Y cambiando el gesto, resopló—: Me robaste, me dejaste, me humillaste delante de mis amigos, ¿eso también lo has olvidado?
Incómoda, miró hacia sus compañeros. Todos estaban trabajando.
—No te robé. Era mi dinero y solo cogí mil dólares para poder largarme de tu lado. Ese dinero lo ganaba yo corriendo aquellas malditas carreras para ti, ¿te has olvidado tú de eso?
Toneri sonrió.
—Vamos, peliazul, ese dinero era mío y lo sabes, cariño.
—No me llames cariño. ¡No soy tu cariño! Y no, no era dinero tuyo.
Sin previo avisó Toneri se estiró y la agarró de la mano para retenerla.
—Tu novio es rico, muy rico, y tú estás muy… muy rica. Creo que me voy a dar un festín contigo por los viejos tiempos —concluyó con lascivia.
—¡Suéltame!
Se deshizo de su mano de un tirón.
—Tú me robaste mil dólares y me los vas a devolver.
—¡¿Qué?!
—Me los vas a devolver con intereses. Quiero seis mil dólares o la prensa verá unas fotos muy bonitas que tengo tuyas y mías en actitud más que fogosa. Y, sinceramente, creo que tú tienes más que perder que yo.
Al oír eso, Hinata maldijo en silencio sintiendo su estomago contraerse. Creía haberse llevado todas aquellas fotos, pero por lo que le acababa de decir no había sido así. Le daba asco de solo recordarlas.
—Eres un cerdo —Masculló.
—Lo sé —rió él—. Un cerdo que espera una recompensa.
—Me das asco.
El hombre soltó una carcajada.
—Las fotos que tengo no dan a entender eso.
—¡Fuera de aquí! ¡Márchate! —Le dijo furiosa.
—Seis mil dólares, peliazul. Eso es lo que quiero por las fotos. O te aseguro que tu novio será el hazmerreír de todos.
Hinata se quería morir. No podía hacerle eso a Sasuke.
—Pero yo no tengo ese dinero, ¿de dónde quieres que lo saque?
—Sasuke Uchiha sí lo tiene. Quítaselo a él como me lo quitaste a mí.
Hinata lo miró horrorizada.
—Tienes tres días. Si regreso y no lo tienes —sonrió—, atente a las consecuencias, peliazul.
Y dicho esto se marchó, dejando a Hinata temblorosa y totalmente alterada. Durante el resto de la mañana trabajo como pudo. Estaba tan nerviosa que era incapaz de concentrarse. Cuando salió del trabajó llamó a Kiba. Necesitaba hablar urgentemente con él.
—Cachorra, no me asustes, ¿qué ha pasado? —Preguntó su amigo cuando Hinata llegó a su casa.
—Me ha encontrado. Toneri me ha encontrado.
—¡Ay, Diosito! —Exclamó Kiba.
Hinata sintió sus manos temblar y su mundo derrumbarse. Los ojos le picaban.
—Dice que quiere seis mil dólares o si no enviará a la prensa unas fotos de nosotros dos juntos en la cama.
Kiba la miró angustiado.
¿De dónde iban a sacar ese dineral?
Hinata se echó a llorar. Aquello acabaría de nuevo con su vida.
