Sintió como la mano de Otabek sobre su espalda lo empujaba levemente para que caminara. Avanzó tomando de forma lenta velocidad hasta la gran puerta del recinto. ¿Hace cuánto que no iba a un hospital?. No recordaba, quizás desde que era pequeño, aunque muy rápido dejó de pensar en ello pues no importaba. Teniendo el pecho apretado y todas sus extremidades heladas como si fueran pedazos de hielo, llegó a la mesa de informaciones y apoyó ambas manos en la alta mesa que le llegaba a su pecho. La enfermera de turno, la cual tenía el pelo recogido y unas leves ojeras bajo los ojos, lo miró con una pequeña sonrisa que no le pareció nada cálida, pero no la culpó, pues todo en ese lugar lucía gélido. Después de que lograra sentir el aire nuevamente en su nariz, quiso hablar, preguntar por su abuelo teniendo la leve esperanza de que todo se tratara de una broma, pero su voz no salió, la tenía tan apretada en su garganta que el terror lo consumió más.

—Buenas tardes —habló Otabek a su lado asustándolo un poco, con todo lo que pasaba se había olvidado que el kazajo estaba ahí.

La enfermera le devolvió el saludo con la misma sonrisa que le dedicó a él y luego les preguntó qué necesitaban.

—Nos informaron que un familiar fue ingresado de emergencia aquí —respondió Otabek a la vez que colocaba su cálida mano en el hombro de Yuri brindándole así seguridad. Mentalmente le agradeció ese gesto que estabilizó su postura.

—¿Cuál es el nombre? —preguntó ella centrándose en el computador.

—Ni-Nikolai Plisetsky —dijo Yuri sin pestañear, viéndola a ella con insistencia. Su corazón se paralizó unos miles de segundos cuando ella se puso a buscar la información.

Por dentro comenzó a rezarle a algún dios para que no hubiera nada, para que todo solo fuera una mala broma… Para que su abuelo estuviera bien, que estuviera en casa, tranquilo, esperándolo junto a Potya para cenar todos juntos. Necesitaba que todo fuera solo una horrible pesadilla que su abuelo eliminaría de su mente al brindarle su cariño. Nada de lo que ahora sucedía debía ser real. Se negaba a aceptarlo.

—Sí. El paciente Plisetsky se encuentra aquí. Ha sido ingresado por un pre infarto.

La confirmación de la enfermera terminó por derrumbar sus esperanzas. Aquellas pequeñas y débiles ilusiones se borraron como el humo de su interior. Nacieron nuevamente sus ganas de llorar. Quería agacharse y hacerse una bolita en el piso dejándose hundir por el dolor y el miedo, sin embargo, se mantuvo de pie mirando a la mujer con sus afilados ojos vidriosos.

—¿Dónde se encuentra? —preguntó Otabek tan seriamente que Yuri pensó que él era todo un adulto. Fuerte y maduro que agradecía tenerlo a su lado.

La enfermera les dijo el lugar donde habían ingresado a Nikolai. Ambos, sin esperar segundo perdido, caminaron hasta el ascensor, aunque Yuri viendo que todo se demoraba mucho decidió subir rápidamente las escaleras hasta el segundo piso y Otabek siguió sus pasos sin decir nada. Llegaron a la sala de espera del lugar y Yuri miró a todos lados comenzando a desesperarse. La enfermera les había dicho que debían esperar al médico encargado para saber la situación de su abuelo. El ruso encontrándose al borde de un ataque de nervios chasqueó la lengua y caminó hasta las puertas que dividían a los pacientes de las visitas, no obstante, la fuerte mano de Otabek en su brazo derecho detuvo sus pasos.

—Hay que esperar aquí —le dijo el kazajo con una suave voz, aunque la preocupación logró notarse.

—No quiero esperar —gruñó Yuri frunciendo su ceño. Estaba dispuesto a moverse nuevamente pero la mano de Otabek no se apartó de él.

—Yura, sé que estás preocupado, yo también lo estoy, pero debemos permanecer aquí… por favor, sentémonos —el ruego del kazajo hizo que todas sus ansias disminuyeran como si se tratara de magia.

Dejando que su expresión se suavizara, asintió para luego retroceder y terminar sentándose en unos de los asientos más apartados de los demás. En la sala se encontraban once personas mal distribuidas sin orden alguno en los asientos. Lo único que se escuchaba eran ruidos de otras salas o teléfonos móviles sonando por alguna llamada. Todo en mayoría era silencio, un silencio ahogado y petrificante que parecía sacado de algún videojuego de terror. En las paredes predominaba el blanco, color tan ausente de vida que le dieron ganas de vomitar. ¿Por qué todo en los hospitales era tan desagradable? No quería quedarse ningún instante más en el lugar, el olor a desinfectante le revolvía el estómago, sin embargo al pensar en su abuelito se tragó la bilis imaginaria en su garganta y apretó sus manos contra su ropa para serenarse. Debía estabilizarse o llegaría a vomitar ahí mismo.

—¿Quieres que te traiga algo? —preguntó repentinamente Otabek colocando su mano derecha sobre la suya. La calidez de él le ayudó a componer el semblante.

—No —movió la cabeza oprimiendo sus labios. Sus ojos seguían vidriosos y su corazón estaba tan apretado que sentía como el miedo crecía más y más sin control alguno—. No te vayas a ningún lado… Por favor… —rogó aguantando sus lágrimas. No quería que Otabek se separara de él por nada en el mundo.

—No me iré a ningún lado, Yura —aseguró el kazajo despejando la vista de Yuri, apartando unos cuantos mechones corridos de la coleta ya caída—. Estoy contigo.

Con esas palabras tan seguras fue víctima de un cosquilleo en su estómago. Otabek siempre producía miles de buenas sensaciones en él. Asintiendo para darle a entender al mayor que escuchó, notó como todo su cuerpo se encontraba rígido que apenas logró moverse, inconscientemente creía que no debía hacer movimiento alguno o todo se desvanecería volviéndose peor, ¿Por qué aún no despertaba de la mala pesadilla? No quería aceptar que estaba viviendo en carne propia la cruel realidad. Hace tanto tiempo que no era invadido de tanto miedo que hasta temía respirar.

—¿Mi… Mi abuelito estará bien? ¿Verdad?... ¿Lo estará? —preguntó angustiado. Sus ojos verdes, llenos de lágrimas, miraron con esperanza y miedo al mayor.

La mano de Otabek llegó a su mejilla derecha dándole un soporte.

—Lo estará, Yura. El señor Nikolai estará bien. Él es fuerte… Confía en él. Debes confiar en él.

Las palabras de aliento de su amigo llegaron suavemente a sus oídos calmando notablemente su ansiedad. Otabek tenía razón, debía confiar en su abuelo, él era el hombre más fuerte que conocía en la vida y sabía que no se rendiría por nada. Su abuelo era tan mágico que sin dudas estaría nuevamente de pie muy pronto. Debía tenerle fe a su fortaleza… Ya que él jamás lo dejaría. Su abuelo era todo lo que él tenía, sí o sí necesitaba mejorarse y el deber de Yuri era apoyarlo. No dejarlo solo nunca.

—Gracias… Tienes razón —susurró sintiendo como su voz se liberaba un poco de la prisión que se había formado en su garganta por tan fuerte nudo, aunque el dolor persistió.

Apoyó mejor su espalda en la supuesta silla que debía ser cómoda, pero que solamente le daba un ligero dolor en su cuerpo. Volvió a ver el lugar y al no notar cambio alguno, buscó la mano de Otabek para terminar entrelazándola sin importarle quien pudiera ver. En un hospital no podían decirte nada, todos estaban tan metidos en su propio dolor que no miraban a los demás, y sí lo hacían no prestaban mayor atención. Otabek le correspondió de forma inmediata apretando levemente su mano como si con ello le dijera sin palabras que estaba con él. Nuevamente agradeció tenerlo a su lado y sin poder evitarlo apoyó su cabeza en el hombro del kazajo, el aroma de su perfume invadió de inmediato su nariz y cerró los ojos para serenarse. No tenían más opción que esperar. Le frustraba intensamente, se sentía tan inútil, pero no podía hacer más. Cómo odiaba no saber nada.

Sintió a los segundos como Otabek, el cual miraba seriamente hacia la puerta, empezó a acariciarle sus dedos con los suyos de forma mansa, aquel actuar hicieron que sus ojos se volvieran a cristalizar y que su corazón se estremeciera en gran medida. Estar junto a él era como estar en casa, tranquilo, tan pacifico que el dolor parecía minúsculo. Sin duda Otabek era alguien con magia que podía calmar o poner su mundo de cabeza en tan solo cuestión de segundos o simples acciones como palabras. Se sentía tan bendecido tenerlo a su lado.

La espera fue larga. Lo segundos Yuri los sentía tan lentos que se sintió en un limbo. Entre ellos no se dijeron nada pues no habían palabras que decir, nadie sabía que decir exactamente en una situación así, no existía palabra alguna que aliviase el dolor por lo que solamente se quedaron juntos sin separarse brindándose su calor. Sus manos entrelazadas calzaban tan perfectamente que parecían piezas de un mismo rompecabezas. A la hora cumplida Yuri levantó un poco su cabeza del hombro de Otabek al ver a un doctor salir por aquella gran puerta que lo separaban de su abuelo, en ese momento el miedo volvió junto a la ansiedad y notó como todo por dentro se apretaba, pero se frustró de inmediato y volvió a su posición cuando aquel médico se dirigió a otras personas del lugar con un semblante serio. Definitivamente lo que el médico le informaba a la persona de la primera fila de asientos eran malas noticias, ya que a los segundos escuchó lamentos de esta persona para después volverse en un agonizado llanto. Sintió pena por eso, pero por dentro agradeció que aquella mala noticia y ese doctor no fueran para ellos.

Observó con el pecho adolorido como el extraño que lloraba se levantaba e iba junto al doctor a otro lugar. Apretó el agarre de su mano y obtuvo otro suave de Otabek. Ya no quería seguir más ahí.

—Realmente odio los hospitales —susurró con un hilo de voz. Temía que algún doctor llegara con ellos y les diera malas noticias.

—Y yo… —respondió Otabek dejando ir un pequeño suspiro.

Cuando ya comenzó a sentir que su trasero iniciaba a adormecerse por haber estado tanto sin moverse, se acomodó mejor en la silla sin alejar su cabeza del hombro de Otabek. Se preguntaba cómo estaba su abuelo y por qué se demoraban tanto en decirles algo. La desesperación lo estaba comiendo vivo y tenía unas fuertes ganas de explotar, juraba que si nadie venía a decirle nada en los próximos cinco minutos se levantaría e iría a exigir respuestas.

—Yura… Tengamos un poco más de paciencia —dijo Otabek quizás percatándose de la desesperación de su amigo.

Oprimió la mandíbula y dejó de golpear insistentemente el pie contra el suelo, no se había percatado de que le había dado vida a su miedo mediante a su pie. Posó su vista en sus manos entrelazadas y se preguntó cómo Otabek podía mantenerse tan calmo, si no fuera por él que lo mantenía en sus cabales estaba seguro que en esos mismos momentos le estaría gritando a todo el jodido mundo que se demoraban más que una tortuga en hacer algo.

—¿Familiares de Nikolai Plisetsky? —aquella pregunta hecha al aire sobresaltó el corazón de Yuri, un doctor ya con varios años marcados encima se adentró a la sala desde las grandes puertas y buscó con la mirada en todo el lugar.

Yuri no se hizo esperar nada y de un rápido brinquito se puso de pie levantando un poco su mano izquierda para hacerse notar. El médico al verlo asintió y se acercó a ellos a paso marcado, era como si sus pasos fueran el único sonido en el mundo. Otabek se levantó justo en el momento donde el profesional quedaba frente a ellos y se saludaron con leves movimientos de cabeza.

—Yo soy el doctor Andrey Kozlov, ¿ustedes son familiares del señor Nikolai Plisetsky? —preguntó el doctor, quien tenía una barba blanca que le delataba sus viejos años y combinaba con su bata.

—Sí… soy su nieto y él es amigo de la familia —respondió Yuri siendo secundado por Otabek en silencio.

—Bien. Qué bueno que hayan podido venir de forma inmediata. El señor Nikolai sufrió un pre infarto cuando iba por la calle a hacer unas compras. Gente del lugar que lo vio en mal estado llamó a urgencias y así logramos atenderlo antes de que algo peor ocurriera —contó el doctor.

—¿Y cómo se encuentra él actualmente? —preguntó Otabek ayudando a Yuri, el ruso menor nuevamente había sentido que la voz le quedaba atrapada en la garganta.

—El señor Plisetsky ya se encuentra estable, pero debemos hacerles algunos exámenes para descartar otros posibles padecimientos. Ahora será transferido a una habitación para que espere más cómodamente los exámenes que debe hacerse. Lo derivaremos a otro doctor para que lo trate de una forma más íntima y pueda llevar mejor su estado.

Yuri sintió sus piernas flaquear y estuvo a punto de caer al suelo, pero se mantuvo en posición ya que se aferró al brazo de Otabek para usarlo de apoyo. Sus ojos se inundaron nuevamente percibiendo como el miedo se iba lentamente. Las palabras del médico eran buenas, su abuelo ya estaba bien, ¿verdad? Ya no tenía que temer más, su abuelo debía estar en mejor estado y todo se había tratado de un mal sueño. Quería volver a respirar de forma tranquila, sin embargo algo le decía que aún no debía ilusionarse con que todo marcharía bien.

—Entonces… ¿El señor Nikolai se encuentra bien? —preguntó el kazajo colocando su mano libre sobre las manos de Yuri que rodeaban su brazo izquierdo.

—Por el momento se encuentra fuera de peligro —asintió el médico—. Pero como les dije, aún debe hacerse unos exámenes para saber su verdadero estado —Andrey les dio una pequeña sonrisa algo apretada—. Por el momento no puedo decir más. El señor Plisetsky irá a otra habitación, una enfermera vendrá a decirles el número de habitación y verán al nuevo doctor.

Diciendo esto el medico Andrey se despidió de ellos y entró nuevamente por aquellas puertas que parecía la entrada a un lugar tormentoso y desapareció de su vista. Yuri sin tener más fuerzas para mantenerse erguido, se dejó caer en la silla de un golpe y soltó un profundo suspiro. Eran increíbles todas las emociones que se aglomeraron en él en ese momento, no sabía que sentía realmente. Por una parte se sentía muy aliviado, su abuelo estaba fuera de estado crítico, pero por otro lado estaba más preocupado por aquellos exámenes que debía hacerse. ¿Por qué le había dado aquel pre infarto? No había razón, según él sabía su abuelo era un hombre muy sano y fuerte… ¿Entonces por qué le había dado eso?, ¿acaso su abuelito le había estado ocultando su verdadera salud para no preocuparlo? Frunció el ceño al pensar en eso. Aquella idea no era posible, él no sería capaz de mentirle con algo tan importante y delicado, entre ellos eran muy francos; aunque últimamente debía admitir que estaban algo más distanciados por el miedo y las dudas de Yuri.

—Yura —la voz de Otabek lo trajo nuevamente a la realidad, se había perdido en sus pensamientos. El nombrado levantó la vista para ver a su emisor—. ¿Ya estas mejor? —le preguntó acariciándole levemente la mejilla con su mano derecha. Yuri sonrió suavemente cerrando los ojos para disfrutar aquel pequeño toque.

—Sí… por ahora estoy mejor —dijo volviendo a ver a Otabek—. Aunque necesito verlo… necesito ver con mis propios ojos que se encuentra bien.

—Te entiendo —Otabek puso sus manos en los bolsillos de su pantalón y miró para todos lados, quizás en busca de la enfermera—. Ya podrás verlo, solo tenemos que esperar un poco más.

Le dio en la razón. Bajó sus ojos esmeraldas y observó sus manos delgadas sobre sus piernas, se veían tan ligeras, sin embargo las notaba tan, pero tan pesadas que dudaba poder moverlas a libertad. Todo su cuerpo pesaba tanto por el miedo vivido y su corazón le dolía cada vez que palpitaba. No estaría tranquilo hasta estar con su amado abuelito.

Esperaron unos diez minutos más hasta que la enfermera encargada se les acercó y les informó la nueva ubicación de Nikolai. Los dos sin necesidad de comunicarse con palabras, emprendieron rápidamente el paso hasta el tercer piso usando ahora el ascensor. Al llegar frente de la habitación 307C Yuri se quedó parado mirando la puerta recuperando el aire, luego de unos segundos donde se sintió nuevamente con fuerzas, puso ambas manos en la perilla y entró abriéndola rápidamente.

Dos camas separadas por una cortina blanca se presentaron en su visión. A su izquierda había un señor dormido que no logró ver bien, y a su derecha, frente a él se encontraba la camilla donde estaba su abuelo descansando con los ojos cerrados. Pasó saliva de forma rápida y rasposa y caminó hasta su familiar lentamente, no quería hacer casi ningún ruido, si resultaba que su abuelo dormía, no deseaba despertarlo.

—Abuelito… —susurró Yuri queriendo tomar su mano con la suya para sentirlo mucho más, sin embargo Otabek lo detuvo sosteniéndolo del hombro—. ¿Qué pasa?...

—Hay que desinfectarnos las manos —le informó con voz baja. Yuri se quedó pensando por unos segundos hasta que aceptó, después de todo el kazajo tenía la razón.

Con un gel desinfectante que estaba puesto en la pared se limpiaron las manos y se ganaron a lado de Nikolai. Yuri vio que su abuelo estaba dormido profundamente por eso se limitó solo a verlo, quería grabarse todo el rostro de su abuelito en la mente.

—Estaré afuera, Yura —informó Otabek dándole un pequeño cariño en la cabeza para luego retirarse, sin embargo Yuri, sintiendo que el miedo se agrandaba sin él lo retuvo de la chaqueta.

—No… Beka… Quédate.

Otabek le sonrió y volvió a acercarse a él. Yuri quiso abrazarlo en ese segundo pero se mantuvo firme.

—No, soldado. Necesitas estar con él a solas. Yo te esperaré afuera —le dijo Otabek suavemente acariciando su mejilla derecha para nuevamente descubrir su vista de sus mechones rebeldes—. No me iré a ningún lado.

Lo dejó ir sin decir más, se sentía algo solitario sin él, pero Otabek estaba en la razón —como siempre—, debía estar con su abuelo tranquilamente.

Corrió una pequeña sillita para quedar al lado de su abuelo y se sentó. Tomó la mano arrugada de su familiar y sintió como sus ojos se cristalizaron otra vez cuando Nikolai apretó un poco el agarre. Su abuelo, a pesar de que estaba dormido, debía saber que estaba junto a él. Al verlo tan sereno pareció irreal todo el mal momento vivido, no se veía para nada enfermo. La calidez que emanaba su vieja mano era la paz absoluta, significaba seguridad inmediata aunque al mismo tiempo algo de fragilidad y eso lo asustó. Yuri siempre había visto en su abuelo a un hombre fuerte, inquebrantable, duro de caer, sin embargo, ahora, al verlo en una camilla de hospital se daba cuenta de que su amado abuelo era frágil. Un ser que también necesitaba ser cuidado.

—Lo siento… —susurró quebrándose en llanto, aunque trató de mantener la voz baja para no despertar a nadie. Abrazó la mano de su abuelo con ambas manos y la llevó a su boca para darle un beso y llorar sobre ella—. Te he hecho preocupar mucho… últimamente —siguió dejando caer sin discriminación sus cálidas y tristes lágrimas—. Es mi culpa que estés aquí… nunca me di cuenta de que estás enfermo… Lo siento tanto… Yo debía cuidarte, pe-pero solo te he hecho preocupar al volverme distante… perdón, abuelito… Perdón… Lo siento tanto…

Se llevó su diestra a su boca para acallar sus gemidos lastimeros. Todo su cuerpo se había vuelto frío por lo que comenzó a tiritar. Estaba tan triste, tan arrepentido de haberse encerrado en sus miedos y dudas preocupando así a su abuelo, dejándolo solo sin saber si estaba bien o no. Se odiaba por ser tan tonto, si se hubiera preocupado más de su familiar nada de esto estaría pasando ahora.

—Sabía que este llanto solitario era solo de mi pequeño Pirozhki —la amable voz de su abuelo interrumpió su llanto.

Yuri alterado por eso abrió los ojos y vio al mayor mirándolo con una sonrisa, su gesto era cansado pero sus ojos brillaban tanto que parecían mágicos. El ruso menor se limpió rápidamente sus mejillas y su moquillo con las mangas de su suéter tratando de calmarse. Fue un momento de silencio donde solo se miraron, parecía irreal, hasta que Nikolai levantó su mano hasta su cabeza y revolvió sus cabellos dorados.

—Te desperté… —susurró Yuri lamentándose de haber interrumpido el descanso del mayor—. Lo siento.

—Ah, siempre con tan buen corazón. No te disculpes por nada, Yuratchka, nada de lo que ocurre es tú culpa —Nikolai tomó sus manos y las envolvió con amor. Ese agarre alivió su pesado corazón—. Perdóname tú a mí por hacerte preocupar tanto.

Negó con la cabeza a la vez que volvía a sorber por la nariz. No encontraba justo que su abuelo se disculpara cuando el culpable de todo era él.

—No es tú culpa, abuelito… Yo debería haber estado más pendiente para poder… —no logró acabar, su voz se perdió en su dolor.

Nuevamente asustado dejó caer la cabeza en la camilla y su abuelo lo acarició con ternura. Duró unos largos minutos llorando a la vez que recibía esos mimos que espantaban sus miedos. No quería despegarse más de él. Necesitaba cuidarlo todo el tiempo para que no le pasara nada más en la vida.

—Yuratchka, tranquilo, mi niño. Tu abuelo ya está bien, ¿Crees que algo así podría conmigo? —preguntó Nikolai seriamente, como digno hombre ruso.

Su nieto volvió a enderezarse en la silla donde estaba sentado, y fijó sus ojos esmeraldas en él.

—No… Yo sé que eres fuerte, hasta Beka me lo dijo… —desvió la mirada al recordar que había tenido mucho miedo, en esos momentos se había olvidado de la fortaleza de su abuelo—. Pero tuve tanto miedo, abuelito… Yo no sé qué haría si llegara a perderte. Eres todo lo que tengo en esta vida.

—Ah, querido Yuratchka —Nikolai lo incentivó a abrazarlo y así Yuri por fin pudo estrecharlo entre sus tiritones brazos. El olor de su abuelo, que significaba hogar y lejanos recuerdos dulces, inundó su nariz. Después de muchas horas de agonía, sintió que al fin pudo respirar sin obstrucción—. Ya estoy bien. Si estoy junto a mi pequeño, Yuratchka, siempre estaré bien.

Sonrió apoyado en el pecho de su abuelo, aunque de inmediato dejó la sonrisa de lado, quiso decirle lo que le había dicho el doctor, que debía hacerse exámenes para saber su estado, sin embargo prefirió callar. Ahora solo deseaba estar junto a él sin más preocupaciones; sin querer ver las cosas malas.

—¿Has venido tú solo hasta aquí? —preguntó Nikolai después de que Yuri se calmara y de que recompusiera su postura en la silla.

—No —movió de inmediato la cabeza de forma negativa—. Beka me trajo hasta aquí… él ahora se encuentra afuera. Dijo que necesitaba este momento contigo a solas por eso se retiró.

Nikolai le sonrió y suspiró.

—Ese chiquillo sí que es una buena persona y un gran amigo, has sido bendecido al tenerlo a tu lado —comentó Nikolai con una voz dulce.

Aquellas palabras hicieron cosquillas en su estómago y de la misma medida un extraño dolor también lo azotó. Le encantaba que su abuelo pensara así de Otabek, pero le dolía tanto no poder confesarle sus verdaderos sentimientos por temor a que aquella percepción del kazajo cambiara.

—Sí… —respondió no queriendo pensar en eso ahora. Ya llegaría el momento para enfrentarlo, ahora solamente importaba la recuperación de su amado abuelito.

—Creo que esta noche me quedaré aquí —mencionó el mayor mirando hacia la ventana. El cielo estaba con un peculiar blanco a pesar de la hora que marcaba el reloj. Yuri volvió a recordar que las noches blancas seguían sobre la ciudad.

—Me quedaré contigo —habló Yuri casi sin pensárselo. No le importaba tener que dormir en el mismo asiento o en el suelo, él definitivamente se quedaría a su lado y lo cuidaría de todo. Quería espantar todos los posibles males que fueran tras su abuelo. Ahora era su turno de ser su protector.

Su familiar le sonrió y le iba a decir algo con su pacífica voz, no obstante en ese mismo momento la enfermera encargada entró a la habitación con una linda sonrisa y le informó a Yuri que debía chequear a su abuelo, por lo tanto debía abandonar unos momentos la habitación compartida. A regañadientes y no queriendo marcharse, Yuri obedeció prometiendo a Nikolai que volvería luego junto a Otabek y salió cerrando la puerta tras él. De inmediato se sintió intranquilo al dejar a su familiar, sin embargo al cruzar la vista con Otabek, el cual estaba apoyado en la pared contraria frente a la puerta con las manos en los bolsillos, la tranquilidad se mantuvo en su cuerpo.

—Yura —Otabek se despegó de inmediato de la pared y se acercó a él. Nuevamente Yuri tuvo ganas de abrazarlo pero de la misma forma se contuvo—. ¿Cómo se encuentra el señor Nikolai?

—Lo desperté sin querer —se lamentó pero de inmediato se recompuso—. Está bien. Se ve cansado pero debe ser normal, después de todo vivió algo difícil…

—Ya veo —Otabek le sonrió para proseguir, pero como su móvil comenzó a sonar avisando de un mensaje, lo sacó de su bolsillo y después de leer rápidamente respondió para volver a guardar el aparato—. Debe descansar ahora —comentó volviendo toda su atención a su compañero.

—Sí. Creo que pasará aquí la noche. Yo me quedaré con él —informó Yuri completamente decidido—. Tú… ¿Tú tienes trabajo?

—Tengo turno esta noche en una discoteca nueva —contó el kazajo cruzándose de brazos. Su expresión se había vuelto algo seria, más de lo normal.

—Hum —eso lo apenó un poco, no quería que Otabek lo dejara, pero sabía que era imposible que se quedara con él en el hospital, eso sería abusar mucho del kazajo—. Espero que te vaya bien. Debe ser importante para ti.

—Lo es. Estuve esperando esta oportunidad por mucho tiempo.

Yuri decidió dejar ir el malestar y el egoísmo y sonrió. Le encantaba que a Otabek le fuera bien en sus cosas, debía alegrarse de que la vida le sonriera a su amado amigo. "Algo bueno que suceda en esta jodida vida", pensó abrazándose a sí mismo. A pesar de que el lugar estaba temperado él seguía sintiendo mucho frío.

Se quedaron en silencio acompañándose mutuamente, cada uno metido en sus pensamientos. No era un silencio incómodo, era más bien uno de seguridad y tranquilidad. Otabek era el responsable de mantenerlo sereno y se lo agradecía.

La enfermera después de otros minutos, salió de la habitación y les informó que el señor Nikolai por el momento se encontraba estable, pero que por seguridad debía pasar la noche en el hospital y ya mañana se le harían los exámenes correspondientes. También les contó que el doctor que desde ahora se haría cargo de su caso llegaría mañana para hablarles mejor de todo, pues ahora estaba muy ocupado con otros pacientes ya que había escasez de personal. Yuri antes de despedirla y agradecerle, le consultó si podía quedarse a pasar la noche y ella le respondió que sí, pero que no podría estar en la habitación por comodidad de los pacientes, así que lo mejor era ir a casa y volver en la mañana. La enfermera dejando a ambos con todo esto claro se fue sin antes recordarles que solo quedaba media hora de visita y después de eso todos debían retirarse de la habitación.

—Son una jodida mierda los hospitales, siempre andan escasos de personal… —se quejó Yuri una vez quedaron ellos dos solos en el pasillo.

—Al menos la salud aquí es gratis para sus ciudadanos.

Yuri elevó la vista y observó detenidamente a Otabek. Recordó que él venía de otro país por lo tanto debía pagar por la atención.

—Bueno… algo es algo —afirmó y luego quiso cambiar de tema—. Ven, vamos adentro. Mi abuelo quiere verte.

El kazajo pareció querer decir algo, sin embargo Yuri se apresuró y entró tirando a Otabek del brazo. Los mayores se saludaron con unas sonrisas y luego comenzaron a hablar tranquilamente para tratar de imaginarse en otro lugar. Al parecer a los tres no les gustaban los hospitales y una conversación amena ayudaba a alejar la realidad. Cuando la hora de retirada llegó, Nikolai le agradeció al kazajo que estuviera ahí con Yuri y que lo apoyara en momentos difíciles.

—Deberías irte, Beka —dijo Yuri con pesar, no quería que se fuera pero sabía que debía—. Yo me quedaré aquí esta noche.

Otabek lo miró algo contrariado y su abuelo no se quedó atrás. En ese instante Yuri presintió que ninguno de sus contrarios estaba de acuerdo con su decisión.

—No. No te quedarás —dijo Nikolai de forma desaprobatoria—. Otabek, lamento el tener que aprovecharme más de tu amabilidad, pero ¿Podrías llevarte a Yuri a casa y quedarte con él? —pidió mirando fijamente al kazajo.

Casi se trapicó en ese instante y se levantó de inmediato de la camilla donde se había acostado con su abuelo. Sin creerlo miró a ambos y se quedó helado cuando escuchó la respuesta del kazajo.

—Por supuesto. No me es problema —aseguró Otabek con mucha seguridad que lo dejó extrañado, ¿acaso Otabek no debía trabajar?

—Ah, eres tan amable y encantador. Muchas gracias, Otabek. Dejo a mi pequeño Pirozhki en tus manos.

—Muchas gracias por la confianza, señor.

—¡Espera! —interrumpió Yuri en un grito—. ¡Ayyy! —se quejó a los segundos cuando su abuelo le dio un coscorrón en la cabeza—. Abuelo no me pegues…

—No grites en un hospital —regañó el mayor—. Hay una persona durmiendo al lado —le recordó indicando la camilla del lado separada por una cortina.

Bufó disimuladamente y luego centró sus ideas.

—Abuelo, no es necesario que Otabek se quede conmigo, ya te dije que me quedaré contigo —le reclamó con el ceño fruncido—. No pienso dejarte.

—Jovencito, te irás con Otabek y ya vendrás mañana a verme. No permitiré que te quedes aquí en la sala de espera, con lo atolondrado que eres es posible que llegues a perderte o que te de miedo en la noche. Prefiero que te vayas a casa y descanses tranquilo —ordenó Nikolai mostrando su lado autoritario. Yuri viendo que no podría ganarle pensó en rendirse, pero no quería dejarlo.

—Pero abuelo —dijo algo avergonzado por sus palabras, ¿tan despistado o tonto lo creía?—. Me quedaré… ya está decidido.

—Te quedarás con Otabek, eso es lo que está decidido —contradijo el mayor. Yuri con las mejillas más calientes negó—. ¿Vas a dejar a Potya toda la noche solo?, ¿y si te roban el gato por estar aquí? o peor, ¿sí él al ver que no lo quieres decide irse con otra familia?, ¿qué harías? Yo no permitiré que traigas otro gato a la casa.

Se quedó enmudecido con los labios apretados. Su abuelo había tocado algo muy importante para él y con eso no podía irse en su contra. Ahora había comenzado a preocuparse por su mascota, su gato debía estar hambriento y con frío si es que se había quedado fuera de casa. Bajó la mirada y en silencio maldijo el ingenio de su abuelo para hacerlo cambiar de opinión tan rápido.

—Yuratchka, yo estaré bien aquí. Ya mañana vienes y nos vemos nuevamente. Debes ir a casa, cuidar a tu mascota y descansar como un niño bueno. ¿Harás eso por mí? —preguntó su abuelo y su nieto no tuvo más remedio que asentir.

—Mañana te vendré a ver tempranito, ¿sí? —aseguró Yuri conteniendo nuevamente sus lágrimas al ver que debía irse y dejarlo.

—Lo esperare con ansias. Ahora ve y descansa —Nikolai después de darle un mimo bajo el mentón a su nieto miró al kazajo—. Otabek, de verdad muchas gracias, sé que cuidarás muy bien a Yuratchka… no sé cómo te pagaré todo esto, eres un chico increíble.

El nombrado le sonrió con calidez, gesto que conmovió a Yuri.

—No agradezca. Soy feliz de estar al lado de Yuri. Que usted también descanse. Mañana traeré a Yuri para que estén juntos.

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—¿Tú no tenías que trabajar? —preguntó Yuri viendo a Potya en los brazos de Otabek, se veía tan feliz que le dio cierta envidia.

—Tenía, pero me quedaré contigo —dijo el kazajo acariciando al minino. Yuri frunció un poco el ceño, ¿Le estaba hablando a él o al gato?

—Pero… ¿Esta noche no era importante para ti? —insistió Yuri sin pestañear.

—Lo era, pero para mí eres más importante tú —confesó Otabek haciendo al fin contacto visual con él y en ese instante Yuri se quedó sin respirar.

Por las palabras tan despreocupadas y sinceras de Otabek se sonrojó hasta la frente y temiendo que se desmayara en el lugar, se levantó para caminar hacía las escaleras. Hace ya más de una hora habían llegado a casa. Le dieron comida a Potya para luego ellos comer lo que había en el refrigerador y descansar un poco en el sofá, sin embargo, ahora con lo avergonzado que estaba sentía que debía escapar de ahí.

—Co-Como sea, hay que dormir —dijo Yuri de forma alterada. "Tonto… ¿cómo puede decir todo eso sin inmutarse?, ¿acaso es un jodido robot?"

—Tienes razón —Otabek se levantó con Potya—. Ve a ducharte, yo limpiaré los trastes.

El ruso asintió y se alejó mirando de reojo a su amigo. Luego subió las escaleras casi saltándoselas, al llegar arriba pasó rápidamente la habitación de su abuelo y se fue a la suya conteniendo la pena al ver que su familiar no estaba en casa. Esta sería la primera vez que dormiría en esa casa sin su abuelo. Sin dudas se trataría de una noche extraña.

Al estar en su habitación sacó de inmediato su pijama y se fue al baño para lavarse y cambiarse. Con pesar se dio una ducha calentita y se quedó unos largos minutos bajo el agua queriendo que esta se llevara sus preocupaciones, al acabar se secó el cabello con su secadora y se vistió para irse a la habitación. Al ingresar a ella se sonrojó al ver a Otabek sentado en su cama jugando junto a Potya con una varita de madera.

—¿Te secaste el cabello? —preguntó Otabek al verlo llegar.

Yuri asintió acercándose a ellos y se sentó a su lado. Miró a su feliz gato y sonrió. La tristeza y la preocupación aún estaban alojadas en su interior, pero también podía percibir tranquilidad al estar con Otabek y Potya, los dos le hacían muy bien.

—Bien, ahora a dormir —Otabek se levantó dejando al gato en el suelo y apartó las cobijas bien extendidas de la cama. Yuri como un niño bueno se metió bajo de ellas y dejó que el mayor lo arropara con cariño. Estaba tan cansado que no dudaba en que se quedaría dormido de inmediato—. Ten buena noche, Yura.

Yuri al ver que Otabek se marcharía abrió la boca.

—¿No dormirás conmigo? —inquirió sin una pizca de broma o de vergüenza. No deseaba pasar solo aquella noche tan dolorosa. Sabía que la compañía de Otabek iba a ser la mejor.

—Yura, no creo que sea… —el ruso lo interrumpió.

—Duerme conmigo, Beka… Yo no creo ser capaz de pasar esta noche sin tener pesadillas… Te necesito, por favor… quédate —rogó dejando de lado todo su orgullo. Quería acurrucarse junto a él y así refugiarse del miedo y la soledad.

Acariciando los cabellos de Yuri, Otabek asintió mostrando una linda sonrisa.

—Está bien, soldado. Me quedaré contigo.

Después de buscarle ropa ligera y adecuada para dormir a Otabek, Yuri se corrió hacia la pared dejándole espacio en su cama a su amigo. Otabek en silencio apagó la luz y luego se deslizó entre las mantas de la cama para quedar acostado a su lado. Yuri al notar que sus cuerpos quedaban muy juntos, puesto que la cama era para una sola persona, se sonrojó y sin dudarlo acortó la distancia que los separaba y abrazó al mayor hundiendo su rostro en el duro pecho del contrario. Suspiró de forma inmediata y sin tener más fuerzas soltó las lágrimas faltantes para apaciguar su pena. Todo era tan doloroso. El tener que pasar una noche sin su abuelo, el haber estado en aquel hospital por horas con la incertidumbre de no saber nada, el miedo que lo había invadido y lo invadía nuevamente. Todo era tan jodidamente doloroso que no sabía cómo debía llevarlo. Estaba tan asustado que las cosas salieran mal, que los exámenes que debía hacerse su abuelo dieran malos resultados; estaba aterrado de que le pasarán más cosas… De quedarse nuevamente solo. Ya no quería estar nuevamente acompañado de la soledad.

—Tranquilo, Yura —susurró de forma mansa Otabek. Su voz grave envuelta en preocupación conmocionó más a su corazón—. Estoy junto a ti —le informó con sinceridad mientras lo envolvía con sus brazos.

Yuri al estar protegido por él se sintió nuevamente completo. Era como si Otabek fuese su otra mitad. Su calma después de la tormenta.

—Hoy de verdad quería abrazarte así —confesó Yuri con pequeñita voz. Su rostro le ardía por tanto llanto soltado y por el leve cohibimiento que lo envolvió al decir eso—. Al fin puedo hacerlo…

Otabek lo apegó más a sí mismo para regalarle un beso en su frente.

—Yo también moría por hacerlo —reconoció el kazajo separando sus cabezas un poco para mirarse a los ojos, en ese momento Potya se movió sobre los pies de Yuri y este sonrió.

—Gracias por estar conmigo… no sé qué hubiera hecho sin ti. Te quiero tanto, Beka… —nuevas lágrimas volvieron a salir de sus verdes ojos mezclados con un leve azul marino—. ¿Él estará bien, verdad?

—Lo estará —avaló el mayor—. ¿Él te lo prometió o no? Quédate tranquilo. El señor Nikolai estará muy bien y pronto regresará a casa para estar contigo y Potya.

—¿Y si… Y si no es así? —preguntó con la voz rota. Otabek le secó las lágrimas con su pulgar— ¿Si resulta que está muy enfermo y no regresa luego a casa?

—Entonces tú estarás con él y lo cuidarás y lo apoyarás en todo —aseguró el kazajo denotando confianza—. Y yo estaré a tu lado… cuidándote y apoyándote con todo lo que se presente. No cargues todo esto solo, Yura. Yo no te dejaré nunca.

Se aferró a la remera de Otabek y en voz bajita le dio las gracias juntando sus frentes. Encontraba increíble que hubiera pasado tantos años de su vida sin aquel hombre a su lado, ¿dónde se había metido antes? Ya no quería soltar nunca a Otabek. Él se había convertido en una de las personas más importantes en su vida. De verdad le gustaba tanto que el fuerte sentimiento lleno de pureza lo asustaba un poco.

Envueltos por el silencio de la mágica noche blanca que iluminaba todo el cuarto con su luz de sol y luna, Yuri cerró los ojos y besó los labios de Otabek de forma mansa. Un pequeño beso que consistió solo en el roce de sus labios, un leve mimo que calmó de manera asombrosa todos sus miedos y tristeza. Fue un beso que Otabek recibió de buena forma colocando sus manos en sus mejillas sonrojadas para después devolverle el casto beso. Las cosquillas y la placidez se presentaron en su anatomía y al separarse sus miradas se conectaron de forma cómplice.

—Buenas noches, Beka… —murmuró Yuri sintiendo el corazón calmo, como si flotara por agua pacifica, cálida y poco profunda.

—Buenas noches, soldado —Otabek le dio un pequeño beso en la frente y luego hizo que Yuri se acurrucara mucho más en su pecho—. Te quiero.

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Al llegar al hospital en la mañana, cerca de las diez, Yuri quedó mirando con insistencia a una enfermera encargada en la recepción para que los dejara pasar a ver a su abuelo. Odiaba tener que respetar el horario de visitas que se abría en una hora más, y más odiaba estar cerca de su familiar y no poderlo ver por el maldito protocolo de la salud pública. En esos momentos, sentado junto a Otabek en las incómodas sillas del hospital, se lamentó no tener más dinero para llevar a su abuelo a alguna clínica privada para que lo atendieran mejor y la esperas se acortaran; como detestaba ser menor y aun no poder trabajar en un buen lugar y ganar mucho dinero para tener como rey a su abuelito y a Potya.

—Algún día seré rico y dominaré el mundo —soltó Yuri aún sin dejar de ver a la enfermera que ya parecía ponerse nerviosa por su afilada mirada.

—¿Esa es tu ambición? —Otabek le sonrió y le puso la mano derecha sobre sus ojos para que dejara de ver a la mujer—. No la molestes, ella solo hace su trabajo.

—Ah… —suspiró Yuri volviendo a pestañear para enfocar nuevamente su vista—. Sería bueno tener mucho poder y hacer lo que quisieras… yo sería el jefe y después vendría Puma Tiger Scorpión. Si quieres ayudarnos vendrías después de Potya —contó Yuri viendo de reojo a la enfermera que parecía muy aliviada al no tener sus ojos de chico malo sobre ella.

—Vengo después de un gato… no sé cómo debería sentirme con eso —expresó Otabek fingiendo preocupación. Yuri teniendo presente que el aburrimiento les hacía hablar de cosas tontas, sonrió.

—No te quejes, es Potya, no es cualquier gato.

Los dos sin poder evitarlo rieron por sus palabras locas y luego Yuri suspiró para dejar caer su cabeza sobre el hombro de Otabek. Por largos minutos comenzó a ver el lugar que no tenía nada llamativo y por eso emprendió a contar a la gente que pasaba. Cuando la cuenta ya iba cerca de las 87 personas, Yuri alzó la cabeza al escuchar su apellido.

—¿Plisetsky?

Miró a su derecha para encontrarse con un doctor joven de cabello negro y ojos claros acercándose a ellos. Yuri de inmediato se levantó junto a su compañero para recibirlo sintiendo como la expectación se presentaba.

—Yuri Plisetsky, ¿verdad? —preguntó el doctor con una sonrisa.

—Sí —respondió el nombrado algo extrañado, ¿cómo era que él sabía su nombre?

—Buenos días, soy el doctor a cargo del señor Nikolai —informó el hombre dejando un poco más tranquilo al ruso. Pensó que quizás por eso él sabía su nombre, sin dudas su abuelito habría hablado de él.

—Oh, ¿y cómo se encuentra él? ¿Ya lo examinó? —preguntó Yuri con cierta exigencia, ya no aguantaría más demoras con la salud de su abuelo.

—Vengo de revisarlo, ha despertado muy bien y muy animado —contó el doctor—. Ahora debe hacerse unos exámenes para ver su estado real. Hum, hablaré con la enfermera para que puedan pasar a verlo unos minutos antes de que lo muevan de la habitación.

Yuri miró algo emocionado a Otabek por aquella noticia, ya deseaba ver al ruso mayor lo antes posible.

—¿Entonces podemos pasar ahora? —inquirió dejando expuesta su impaciencia.

El doctor le sonrió viéndolo fijamente para después revolverle su cabello, acción que congeló por completo a Yuri desactivando por completo su cerebro y cuerpo.

—¿Qué rayo…? —escupió liberándose del amable toque del doctor para mirarlo de forma enojada.

—Vaya, al parecer de verdad no me recuerdas, Yuratchka —dijo el doctor alterándolo mucho más, ¿Quién rayos era para llamarlo así? Iba a reclamar de inmediato pero el mayor le ganó la palabra—. Soy Luka, Luka Kozlov. Éramos muy buenos amigos cuando niños.

Yuri pestañeó extrañado por eso hasta que sus neuronas hicieron clic y los recuerdos de ese tiempo abordaron su mente. Era Luka, aquel Luka de su infancia.

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Tenemos un nuevo personaje, quizás lo amen o lo odien, esos ya se sabrá.

Saludos a todos y gracias por leer.

Bye!