Capitulo 44
La fuente de la juventud
Apenas Gilgamesh lo ordenó, Urshanabi se levantó de mala manera e hizo una seña con la mano para que le siguiera.
—Partiremos mañana. Hoy descansemos y…
—¿Te burlas de mí tú también? —dijo Gilgamesh sin mirarlo.
Caminó a su lado, sin montar en cólera, si no que lo suficientemente hastiado como para reprimir la rabia.
—Partir a esta hora es peligroso, estaremos en la mitad del bosque de noche.
—He estado en peores bosques de noche. No me importa y si te amedrenta, iré solo.
Urshanabi resopló y rodó los ojos.
—No, fue orden de Utnapishtim ir contigo y yo obedezco a mi amo. Iremos a la fuente mañana. Si quieres ir ahora y no escuchar mis consejos, tú debes asumir tus actos.
Ambos se adentraron a la casa de Utnapishtim y Gilgamesh fue recibido cálidamente por la esposa del dios.
—¡Gilgamesh! ¿Quieres pan? ¿Cerveza? Te daré ropa nueva, la que traes está estropeada.
—No, estoy bien—contestó de mala gana.
Gilgamesh se tiró a un taburete dispuesto cerca de la mesa para perder la vista mientras Urshanabi revolvía algunas cosas en un arcón. Parecía que preparara un equipaje, como si el viaje prometiera ser largo.
—Para qué llevas tantas tonterías, yo puedo hacer aparecer cosas por portales. No necesitamos acarrear nada.
—El ambiente es engañoso, tus portales podrían no funcionar, podríamos perdernos o necesitar armas, descuida, no llevaré muchas cosas. Busco un cuchillo especial para cortar la flor, no puede ser arrancada con cualquier cuchillo corriente.
—¿Lo harás tú?
—Por supuesto que no—Urshanabi se incorporó con un par de ollas pequeñas en sus manos—, tienes que hacerlo tú, está destinado a tus manos.
Gilgamesh se llevó los brazos tras la nuca y observó sin interés alguno como Urshanabi preparaba una pequeña mochila.
—Creo que lo mejor es que ahora comamos algo—continuó Urshanabi, dejando el equipaje de lado y sentándose en una modesta mesa donde la esposa de Utnapishtim colocaba cerveza, pan, vino y guisos.
Gilgamesh, cabizbajo, miró la mesa sin mucho interés, sin embargo, aceptó la invitación y se ubicó en dirección contraria a Urshanabi. Utnapishtim se adentró y se estiró.
—Querida—dijo, dirigiéndose a su esposa—, gracias por disponer de tan delicioso alimento para hoy. Hoy tenemos un invitado de honor y esperemos que nuestros humildes alimentos sean de su altura.
—Está bien—dijo Gilgamesh, ya más calmado, tomando un trozo de pan y mordisqueándolo con algo de violencia.
Utnapishtim se sentó en la mesa seguido de su esposa y comenzaron a comer en completo silencio. Urshanabi lucía algo incómodo, pero tenía hambre, por lo que comió con ganas.
—Dime Gilgamesh—comenzó Utnapishtim, con las barbas humedecidas en cerveza—, ¿Qué fue lo que te llevó a este viaje?
Gilgamesh enarcó una ceja y dejó de lado el vino, frunciendo los labios, mirándolo como si el líquido fuese agua estancada.
—Creo que todo el mundo ya lo sabe. Busco la inmortalidad, ¿Para qué preguntas?
—¿En serio es sólo eso? —preguntó Utnapishtim, tomando sopa de su cuenco—¿Qué hay de Enkidu?
—Está muerto. Los muertos pertenecen a Ereshkigal y nada se puede hacer el respecto.
Utnapishtim entrecerró los ojos y comió algo de pan.
—Siendo inmortal podrías ser acompañado por Shamash y recuperar su alma.
—Eso desequilibraría el orden natural de las cosas—dijo Gilgamesh, tomando un trozo de verdura asada—, así debe ser.
—Entonces…tu inmortalidad sería un error también. Tu destino es la muerte, como la de todos los humanos.
Gilgamesh levantó la cabeza y miró fijamente a Utnapishtim. Soltó un bufido parecido a una risa y sacudió la cabeza.
—Soy un semidiós. Los semidioses no somos mortales comunes y corrientes—tomó la cuchara y comenzó con su guiso.
Urshanabi negó como si considerara que Gilgamesh era un caso perdido y continuó con su comida.
El resto de la cena transcurrió en silencio hasta que unos pastelillos de mantequilla aparecieron sobre la mesa. Utnapishtim y Urshanabi estaban felices, producto del alcohol y comenzaron a cantar, mientras la esposa sonreía al verlos. Gilgamesh por su parte, permanecía sombrío, reflexionando todo lo que ocurría a su alrededor.
Escondió sus ojos tras las manos apoyadas en la frente y miró su plato vacío.
Había perdido su oportunidad de ser inmortal de la manera más ridícula posible: durmiendo, durmiendo como un vil y simplón ser humano. Cerró los ojos con cierto movimiento de sus párpados. No podía contentarse con la idea de que algo así le hubiese ocurrido. Quería desaparecer un tiempo, dejar de ser el hazme reír de los dioses. Probablemente su viaje por la juventud sería otro error.
Entonces, ¿Para qué ir?
Resopló superado, levantándose de la mesa, dispuesto a ir a dormir. Se acercó a la mujer y preguntó:
—¿Dónde puedo dormir?
La esposa asintió e indicó a Gilgamesh que le siguiera. Lo apartó de la celebración y le indicó una habitación pequeña con una ventana y una cama. La mujer dejó caer la cortina y dejó a Gilgamesh a solas.
Aprovechó de quitar su parte de arriba y revisar sus brazos quemados y maltrechos. Se sentó en la cama y miró el jarrón de agua, inanimado.
Todo era culpa de Enkidu.
No pensó más y simplemente se tendió en esa cama dura, creyendo que todo era una simple pesadilla y que despertaría en su palacio con Enkidu a su lado.
—Ya levántate y toma el equipaje—dijo Urshanabi, pateando suavemente la mochila hasta los pies de la cama de Gilgamesh.
Gilgamesh se incorporó en el lecho y observó a Urshanabi con los ojos entrecerrados.
—No me hables así, barquero de tercera. Tú llevarás las porquerías que decidiste llevar.
—Son para los dos—Urshanabi no parecía muy feliz con su nueva misión, más no comprendía el comportamiento individualista de Gilgamesh. Como parecía que el rey no cedería, Urshanabi dejó caer los hombros y alzó la cabeza levemente—. De acuerdo, ya vamos, así tú quedarás libre de mí y yo de ti.
Gilgamesh aborreció en aquel momento a Urshanabi, pero al final de cuentas, dejar de verlo era un buen consuelo.
Se levantó de la cama y se lavó para quedar fresco y repuesto para el viaje. Mojó su cabello, bebió agua, comió una hogaza de pan y bebió leche. Se vistió con las ropas que le dio la mujer y salió de la habitación, con la mirada algo ida.
Urshanabi por otro lado, lucía animado. Llevaba el cabello negro trenzado y sus brazos morenos sostenían las mochilas que había preparado el día anterior. Con un gesto, llamó a Gilgamesh y ambos salieron de la modesta casa y caminaron por la playa, mientras Utnapishtim alzaba su mano y se despedía con una genuina sonrisa en su rostro.
La arena dio paso lentamente a la tierra y la tierra a los primeros arbustos y laderas de pendiente suave en donde árboles maravillosos como los del jardín del paraíso crecían. Una neblina misteriosa rodeaba los troncos como si fuese un perfume malicioso, inundando cada esquina y rincón recóndito del bosque. Aquel olor dulzón apaciguaba a Gilgamesh, no obstante, Urshanabi parecía firme ante la tentación.
—Aquí comienza el viaje por tu eterna juventud. Otra aventura más a tu vida.
—Créeme que no tengo ningún deseo de vivirla. Sólo quiero largarme luego de estos lugares. Quiero volver a Uruk.
—Entonces…—Urshanabi apartó su trenza y se adentró por las primeras raíces e invitó a Gilgamesh— ¿Por qué has accedido? Podrías haberte negado y negado. Asume que aún mantienes la esperanza de salir victorioso. No ganarás nada siendo joven hasta el día de tu muerte. No regresará Enkidu a tu lado, no vencerás a Ereshkigal cuando…
—Cállate—Gilgamesh parecía cansado de la charla tan rápido como empezó—. No me interesa oír tu opinión.
Caminaron un largo trecho en silencio. Urshanabi cortaba algunos arbustos con un cuchillo grande y afilado que colocó en su cinto. Gilgamesh se limitaba a cruzarse de brazos y mirar hacia adelante, perdido en sus pensamientos.
La verdad, él no sabía por qué aceptó nuevamente otro ofrecimiento de un dios si últimamente todo iba de mal en peor. Seguramente era porque nada le quedaba en su vida: desprovisto del orgullo y la gloria que antes le rodeaba, su armadura de oro se disolvió en soledad, sus murallas cayeron ante la invasión de la incertidumbre, sus tesoros se convirtieron en un montón de baratijas molestas: su alma quedó completamente desnuda y corrompida.
Tras cada paso que daba, Gilgamesh intentaba pensar cómo es que alguien como él terminó en una situación tan lamentable como la que vivía: ¿En qué momento se desvió de su vida anterior? ¿En qué momento comenzó a ceder? ¿Cuál fue la maldita decisión que lo condenó a la miseria?
Se detuvo unos segundos y entrecerró los ojos.
—¿Por qué huele tan intenso? —preguntó Gilgamesh— ¿Qué lo produce?
—Son tus recuerdos materializados. Para mi huele a mar y sal, para ti es diferente.
Gilgamesh cayó en la cuenta: era el olor a tierra de Enkidu magnificado. Disimuló su vergüenza carraspeando e intentó hacer caso omiso a la embriagante fragancia que se apropiaba de sus sentidos.
—Si tengo que viajar a tu lado—dijo Urshanabi, descansando un momento para beber agua—, al menos háblame de ti.
—No tengo nada que decirte—contestó Gilgamesh con inusual calma—. Nada que no sepas.
Urshanabi le ofreció la bota de agua y aceptó. Bebió hasta saciarse y la devolvió.
—¿Cómo es que Enkidu y tú se hicieron amigos?
Gilgamesh cerró los ojos con un temblor en sus párpados. No quería recordarlo, siquiera estaba seguro de cómo ocurrió.
—Fue con el tiempo. Nuestra pelea fue un encuentro que demostró nuestra igualdad de fuerzas. Era alguien digno de considerar en una corte como la mía, un aliado.
—Bueno, esa alianza no sirvió de mucho.
Urshanabi ayudó a Gilgamesh a descender a través de una pequeña ladera del bosque. La niebla cada vez era más intensa y el día desaparecía tras las hojas de los árboles altos e imponentes.
—No es de nuestra incumbencia saber qué hubiese ocurrido si las cosas fueran diferentes, mejor no cuestionarse el pasado porque es lo único seguro que tenemos—añadió Gilgamesh, accediendo a tomar una de las mochilas del equipaje.
Su ropa sencilla y su rostro demacrado hubiese sido fácilmente confundido con el de un mendigo. El Gilgamesh de antes jamás imaginaría que ese sería su futuro. Seguramente se hubiese reído hasta apretarse el estómago de dolor. Urshanabi curvó las cejas al verle, pero no dijo nada.
—Una vez—comenzó Urshanabi, ya caminando en una superficie más plana—cuando navegaba por las aguas del mar del olvido, observé no muy lejos de mi embarcación un cuerpo flotando. Asustado me acerqué y pude ver que era una de esas pobres almas que se arrojan desde las laderas de Ereshkigal. Nunca había visto una tan reciente, sin disolverse en las aguas infernales. Miré su rostro y sus ojos vidriosos y pensé que ese mar era la verdadera muerte. Sólo era una mujer joven, seguramente en su edad casadera. Transcurrió el tiempo y finalmente el mar la convirtió en un polvillo brillante que se dispersó con el oleaje. Ese día quedé pensativo y tuve miedo de Ereshkigal.
—¿De qué sirve que me cuentes algo tan depresivo? —dijo Gilgamesh, mirando siempre hacia adelante—No me deja más tranquilo tu relato.
—¿No piensas que a Enkidu le ocurrirá tarde o temprano?
—Lo que tú quieres es sacarme de quicio—inquirió Gilgamesh, sin perder la calma—. No lo lograrás.
Urshanabi se detuvo y esperó a que Gilgamesh se volteara a verle.
—Sólo intento aterrizarte. Yo no soy un dios y sólo te digo lo que ocurrirá. No te ofrezco regalos ni propuestas para que logres lo que es imposible. Te habla un mortal común y corriente que no es tu vasallo. Hablo de hombre a hombre, en nuestra condición humana.
—De acuerdo—Gilgamesh reanudó la marcha, sin prestar atención.
Urshanabi chistó y le siguió.
El camino por el bosque era plano. Cada vez más se internaron en lo profundo del bosque, sorteando raíces ocultas y pequeños charcos de agua que emitían una luminiscencia verduzca. Una que otra mariposa revoloteaba dejando una estela brillante, como si sus alas estuviesen cubiertas de polvillo de plata. Mientras más profundo era el bosque, más oscuro se hacía y la luz del día desapareció completamente para ser reemplazada con el brillo propio de las setas, los insectos y las flores. El agua fluía entre raíces y piedras como un líquido estelar, blanquecino, llevando consigo hojas y flores, guiando el camino hacia unos pequeños riachuelos rodeados de plantas de luz propia. La superficie del agua era visitada por libélulas de lapislázuli y oro, volando azarosamente, describiendo su trayectoria con un haz de luz dorado. La luz del ambiente rebotaba en el rostro de los presentes, destacando sus facciones en la oscuridad calcable que formaban las sombras.
—Este bosque es realmente hermoso—dijo Urshanabi luego de que una mariposa se posara en su dedo índice—, sin embargo, es nefasto. No debemos permanecer en él por más de un día. No por nada la planta promete juventud; este bosque se roba la vida de quienes lo visitan. Yo conozco el camino de regreso, pero el ambiente se vuelve traicionero y podría comenzar a olvidarlo. Es importante que avancemos sin retroceder y acabar esto pronto.
—¿Por qué existe algo así en el mundo? —Gilgamesh se sentó en el suelo y revolvió las cosas por un trozo de pan—¿Cuál es el objetivo de una fuente de la juventud? ¿Para que los dioses quieren algo así?
—Seguramente para ver cómo alguien como tú tiene el valor de ir por ella.
Gilgamesh alzó la cabeza y estrechó los ojos.
—O sea que sí buscan divertirse a mi costa.
Urshanabi tomó un trozo de queso y lo miró atentamente.
—No lo sé. No soy quien para juzgar a los dioses.
Gilgamesh se enojó. En ese momento consideró que era una buena idea regresar, pero pensar que algo tan simple como una planta le traería el tesoro de la juventud por el resto de sus días parecía como un premio imposible de perder.
Urshanabi abrió la boca para decir algo, no obstante, escucharon un susurro femenino viniendo entre los arboles.
La vocecilla revotó por el ambiente y luego una segunda se le sumó. Comenzaron un canto extraño, algo caótico que resonaba en los oídos de los presentes. Gilgamesh jamás había escuchado aquella lengua, mucho menos haber escuchado voces tan armoniosas: era como la voz de una niña con el tinte de una adulta.
—La canción del bosque—dijo Urshanabi mirando el techo forestal—, es la voz de la fuente.
Gilgamesh quedó genuinamente encantado por la voz. Miraba en todas las direcciones buscando a las dueñas de dicha voz. La podría escuchar cantar por siempre, le encantaría tener una doncella con aquella voz enigmática. Su risa era cautivadora, como el gorgoteo del agua.
—No caigas en el encanto—dijo Urshanabi, aburrido, comiendo otro trozo de queso—, te está seduciendo para que te internes en el bosque y tomar tu vida.
—¿Quiénes cantan? —preguntó Gilgamesh, sin lograr ver a nadie.
—Los troncos y el agua, las hojas, la brisa. Es como si fuese una mujer hecha bosque. Seguramente le gusta que los hombres pisen sus tierras.
"Un semidiós llegó y caminó por el Bosque de la Eterna Juventud"
"¡Qué alegría! ¡Qué dicha! Podremos tomar su hermoso cuerpo y hacer de su vida nuestro alimento"
"Será nuestro esposo y amante, el rey de la fuente"
"Tan lejano a Uruk, jamás regresarás a tu reino abandonado"
Gilgamesh miró hacia los cielos.
—Vaya…
Urshanabi le miró en señal de pregunta. Gilgamesh descendió la cabeza y contestó:
—La verdad, suena tentador. Ya todo lo que tenía o lo que alguna vez fui es sólo una sombra. Renacer en un lugar como este me daría la oportunidad de olvidar.
Urshanabi suspiró y negó con suavidad.
—Qué débil eres, rey de Uruk. Has caído fácilmente al hechizo de la fuente. A mí me susurra vida eterna, ser dueño del mar del olvido, ser el dios de los mares, pero nada de eso sucederá.
Las voces se sorprendieron de lo que Urshanabi habló y posteriormente un tumulto de risitas infantiles siguió a través de las hojas, con el soplido de una brisa fresca y agradable. Gilgamesh se levantó y miró por todos lados.
—Uruk… —susurró, como recordando algo lejano.
Urshanabi guardó las provisiones y también se levantó, entregando la mochila a Gilgamesh.
—Vamos. No es hora de detenerse a ver cómo el bosque nos seduce.
Gilgamesh asintió y Urshanabi retomó la marcha.
Ambos caminaron en silencio. Los afluentes parecían ser más abundantes a medida que avanzaban. Al cabo de unos momentos incalculables, perdieron la noción del tiempo y simplemente progresaban entre los árboles, mientras las voces agradables rozaban la cordura: de pronto risitas agudas los rodeaba y desaparecían como fantasmas auditivos.
—Será mejor que nos apuremos—azuzó Urshanabi, con algo de sudor en la frente—, esto me está afectando.
Gilgamesh frunció el entrecejo mirándolo de reojo.
—Déjame aquí. Dime por donde continuar y yo seguiré solo.
—Sólo sigue los afluentes. No sucumbas ante las voces o te perderemos para siempre. Sé fuerte.
—Déjamelo a mí. No dudes de mis capacidades, no tienes el derecho. Vete—ordeno Gilgamesh, moviendo una mano—. Haré esto sólo.
—Ten cuidado—advirtió Urshanabi—, si regreso sin ti podría ser castigado.
Gilgamesh estrechó los ojos y alzó una mano con la intención de echar a Urshanabi. El barquero eludió y se perdió en la densa neblina fragante. Gilgamesh dejó caer la mochila y sólo se armó con el cuchillo de lapislázuli que le permitiría retirar la flor.
Los insectos eran preciosos. El ambiente era mágico, como si existiese en su propio universo. Gilgamesh estaba asombrado de ver hojas de plata y oro crecer al borde de los riachuelos.
Aprovechó de descalzarse y sumergir sus pies. El agua brillante con un aura fosforescente que quedaba impregnada en su piel. Caminó sobre el fango, donde las algas y los peces cosquilleaban entre sus piernas y a medida que avanzaba por los torrentes, se ensancharon y se volvieron profundos: se iba sumergiendo. Una suave llovizna adentro del bosque comenzó a caer sobre su cabeza.
Gilgamesh se permitió un momento para reflexionar.
Recordó cómo deseaba ir al estanque donde Enkidu vivió. Recordó sus planes de confesarle todo en aquel lugar y se encontró un estúpido por pensar eso, por alguna vez haber proyectado algo así. Pensó en Uruk, en Nidasag, en las noches donde Enkidu y él dormían desnudos. Rememoró los concilios, las risas y las disputas amistosas.
Sonrió con tristeza.
Juntó sus manos de manera que hizo una especie de hueco y las descendió para beber un poco de agua. Era dulce y agradable a la lengua, como un elixir sagrado. Enjuagó sus ojos y su rostro para liberarse de una vez por todas de todos esos sentimientos que le hacían sentir humano, que le removieron todos sus cimientos y seguridades para convertirlo en el despojo de rey que era ahora.
Gilgamesh decidió lanzarse a nadar y conforme avanzaba, se percató de la profundidad de las aguas. Tomó aire para sumergirse y abrió los ojos para observar su alrededor. Pequeños peces radiantes paseaban en grupitos y algunas algas, también luminosas, danzaban con el movimiento del agua. Salió a la superficie y con una mano llevó el cabello algo largo hacia atrás. El agua estaba agradablemente tibia y la corriente suavemente le movía hacia una especie de claro en el bosque. Nadó a favor y conforme avanzaba, pudo ver en una bifurcación, un enorme depósito de agua que brillaba tan intenso como la luna. Las sombras se plasmaron en el rostro de Gilgamesh, delineando su nariz y pómulos, tanto así que tuvo que alzar una mano para cubrir sus ojos.
Suspiró y se mentalizó. Respiró para calmarse.
"Esta vez no fallaré" se dijo, poniéndose un solo objetivo en mente: la flor.
Se sumergió y nadó. Avanzó a través del afluente y vio en el fondo de lo que parecía ser un abismo acuático, un enorme matorral brillaba más que cualquier cosa. Gilgamesh salió a la superficie para respirar y regresó a la orilla, donde se sentó a reflexionar en cómo llegaría hasta el fondo de aquel estanque. Buscó por alguna piedra a su alrededor, pero sólo encontró pequeñas rocas de minerales y metales preciosos desperdigadas sobre la tierra húmeda. Se levantó de su lugar y escudriñando entre la hermosa vegetación y halló una piedra enorme de oro. Se desnudó para quitarse un cinturón que traía encima y usarlo de cuerda para sujetarse a la roca y que así el peso de esta lo llevara al fondo del abismo. Decidido, ató su pierna a la roca y se colocó la daga entre los dientes. Tomó la piedra y se aproximó al borde del abismo. Mentalizándose en no perder la daga para poder sobrevivir, lanzó la piedra y la fuerza súbita le dio poco tiempo para respirar.
Conforme descendía lentamente, vio pequeñas cuevas con pequeños peces brillantes que se escondían a su paso. Burbujas azules brillantes ascendían a la superficie y flores acuáticas escalaban por las paredes del abismo, creando enredaderas dignas de un palacio de los dioses.
Gilgamesh mantenía el aire en los pulmones la mayor parte del tiempo posible hasta que finalmente la roca tocó fondo. El arbusto se hallaba a metros de él y quitó la daga de entre los dientes. Cortó el cinturón y algo mareado por la enorme presión del agua sobre su cuerpo, nadó hacia el matorral.
El arbusto era espinoso, lleno de hojas filosas como una espada y brotes de flores de rubí y esmeralda. Sólo existía una única flor blanca y sencilla, de pétalos suaves y mundanos que era protegida por múltiples espinas.
Con una mano, Gilgamesh se introdujo dentro de la planta para tomar la flor y con la otra, la daga alcanzó el tallo y rebanó la unión de la flor a su origen, dañando sus brazos con el filo de las hojas y espinas, causando que el agua se tiñera de rojo. Tan rápido como pudo, Gilgamesh comenzó a liberar el aire de los pulmones y ascendió velozmente, sujetando con fuerza la flor entre sus dedos. Al llegar a la superficie, la sostuvo sobre su cabeza y sonrió victorioso. Hace mucho que él no sonreía con tanta alegría.
Apenas obtuvo su recompensa, su cabeza se enfrió: no debía caer tan rápido en algo que parecía a todas luces ser una trampa. La sonrisa se borró de su rostro y conforme lo pensaba, nadó hasta el borde del estanque y se dispuso a pensar.
Si realmente tenía propiedades rejuvenecedoras, la flor daría de vuelta sus años mozos al hombre más anciano de Uruk. Gilgamesh se planteó en llevarla a Uruk y darle uno de los pétalos al viejo y ver qué ocurría: él no correría el riesgo de ser envenenado o algo peor. Si era realmente una planta mágica, el consumiría uno de sus pétalos y mantendría los demás en su bóveda de tesoros infinitos.
Mientras pensaba en esto, Gilgamesh dejó la flor a su lado, distraído, completamente sumergido en sus pensamientos cuando un cuerpo extraño y frío se deslizó entre sus dedos. Gilgamesh se sobresaltó y vio una serpiente escabullirse entre las plantas. Procurando evitar sus dientes, buscó los extremos para ver donde se encontraba su boca cuando…
Esa serpiente devoraba la flor.
Gilgamesh estalló en rabia. Tomó la serpiente y estiró su cuello con tal violencia que el animal pegaba coletazos con fuerza. Tenía la esperanza de sacar la flor desde su garganta cuando en el intento desesperado de recuperar su tesoro, la piel de la serpiente se deslizó entre los dedos de Gilgamesh, para quedar con una vieja y horrible costra en una mano y en la otra una serpiente preciosa de colores increíbles. El animal se contorsionó y cayó al agua, serpenteando hasta llegar a los matorrales de oro y plata y desaparecer.
Gilgamesh se quedó en silencio con los ojos desorbitados, superado, anonadado y estupefacto, completamente destruido por dentro, como si hubiese sido maldito.
Fue Ishtar. Fue Enlil, Fue Shamash, incluso Enkidu quizás. Gilgamesh se sentía maldito por todos ellos y ahora el despojo de lo que él fue alguna vez, sonreía derrotado.
La sonrisa perpleja dio paso a una risa lamentable y luego a una risotada, tan fuerte que revotó en los troncos. Se llevó una mano a los ojos y continuaba riendo: sabía que lucía lamentable y probablemente todos los dioses se reían también.
De todas formas sí era una situación hilarante, al menos así le pareció.
Rio y rio hasta que no pudo más. Comenzó a calmarse y una sombra de incertidumbre se plasmó en sus facciones.
Ya jamás sería el Gilgamesh de antes.
