23. Es como si tuviera El libro de la selva metido en la puñetera barriga

He tenido una mala semana. Tacha eso, he tenido la madre de las malas semanas y aunque es viernes y en un par de horas se habrán acabado las clases, me siento como si llevara siglos soportando esta agonía. Verás, últimamente he estado viviendo un sueño con lo de Itachi y todo eso. No podría pedir un novio más atento y cariñoso que él, y el hecho de que ni siquiera él haya sido capaz de alegrarme empeora todavía más la situación.

Mi madre le ha mandado a mi padre un mensaje, sí, has leído bien, un mensaje, en el que le decía que no piensa volver y no sé qué mamarrachadas sobre descubrirse a sí misma. En mi opinión, es un poco pronto para tener una crisis vital, pero esa es precisamente la cuestión, que nadie me pregunta. A mi padre le da igual todo; hace años que lo único que le interesa de mi madre es el dinero de mi abuelo. Ha seguido como si nada con su vida y con su secretaria, que, si no me equivoco, el otro día le hizo un chupetón.

Mi madre volverá, ese no es el problema. Está demasiado preocupada por mantener las apariencias y a la larga su ausencia podría sembrar dudas. Eso explica por qué nos ha pedido que, si hablamos con las esposas del club de campo, les digamos que está en alguna aldea remota de África, trabajando de voluntaria para la prevención de la malaria. A veces me preocupa el alma de mi madre, de verdad que sí. Puede que no sea la mejor madre del mundo, pero tampoco se merece arder en el infierno para el resto de la eternidad. El problema de verdad es que cree que está dejando no solo a su marido, sino también a sus hijos. Ni Shikamaru ni yo sabemos ni una sola palabra de ella y eso me está volviendo loca.

Todo esto ha coincidido con «esa semana», ya sabes, ¿esa en la que te gustaría cortarle la cabeza a todo el mundo con un hacha sin afilar? Tengo problemas serios de abandono y la huida de mi madre no ha hecho más que avivar mis inseguridades hasta tal punto que creo que estoy psicótica. Me he tomado un descanso en mi trabajo, aunque solo voy dos veces por semana. Últimamente no estoy atenta en clase y he rechazado una noche de chicas con Ino y Temari. Aun así, nadie me presiona; todos saben lo que me pasa. Me alegro de que sean tan comprensivos, sobre todo Itachi. Entiende cómo me siento durante lo que él llama «tus días de mujercita» y me deja el espacio que necesito tan desesperadamente, pero esta vez es muchísimo peor. Gracias, mamá, de corazón.

Lo que me supone un problema es la facilidad con la que ha arrancado su vida de raíz y ha seguido como si tal cosa. Cuando las cosas se han puesto difíciles, se ha montado en el primer coche dispuesto a recogerla y ahora está decidida a reinventarse. ¿Cómo ha podido irse de esta manera sin pararse a considerar el daño que provocaría su marcha? Vale, tampoco es que fuera la madre del año, pero al menos estaba aquí. Ahora no hago más que oír historias de ella con socorristas y me pongo enferma. Lo que mis padres tienen ahora mismo es un matrimonio asquerosamente abierto, una vergüenza para la institución. ¿Por qué no se divorcian y nos dejan tranquilos de una vez? Al menos así sabría que se ha acabado; pero no, les encanta jugar con mis sentimientos.

Con ese pensamiento en la cabeza, cierro la taquilla de un portazo y me dirijo con paso decidido hacia la última clase del día. Es la que comparto con los hermanos Grimm y Karin la Zorra. Si se le ocurre mirarme mal, le saco un ojo con un lápiz del dos sin punta. Mis hormonas y yo estamos hasta las narices de sus miraditas, es hora de avanzar, hermana.

—Eh —me saluda Itachi tímidamente, como si estuviera comprobando el estado de las aguas.

Me apetece gritarle que no soy un tiburón. Ahora mismo estoy tan cabreada que me preocupa mi reacción, aunque no pueda hacer nada para actuar de otra manera.

Echo mano de toda mi fuerza de voluntad, esbozo una tímida sonrisa y me dispongo a sacar los libros de economía de la mochila. Aún nos sentamos al fondo de la clase, pero ahora Itachi me ayuda con los apuntes. Formamos un buen equipo y, desde que estudiamos juntos, mis notas han ido mejorando. Debería estarle agradecida, pero ahora mismo me cabrea no poder ver la pizarra y que el profesor sea demasiado vago para levantar un poquito la voz. De pronto, veo a Karin en primera fila y me apetece estrangularla con un alambre de púas. Qué bien me vendrían ahora unos Kit Kat; tanto pensamiento violento no puede ser normal.

La clase avanza a toda prisa, pero mi libreta sigue intacta. Garabateo un poco en los márgenes, miro el reloj e ignoro que Itachi está mirando mi perfil. Solo quiero irme a casa y pasarme el fin de semana encerrada en mi habitación. Cuando por fin suena el timbre, soy la primera persona en levantarse de la silla.

—Sakura, espera —me dice Itachi desde detrás.

Mete los libros a toda prisa en la mochila y se la cuelga del hombro. Dios, qué guapo está cuando hace eso. Me posee la lujuria; culpemos pues a las hormonas. La gente dice que cuando miras a la persona de la que estás enamorado, notas como mariposas en el estómago, y luego estoy yo. Una sola mirada a Itachi y es como si tuviera El libro de la selva metido en la puñetera barriga. Se pasa una mano por el pelo y corre para alcanzarme con esa mirada de preocupación tan adorable.

Me coge de la mano y me aleja de la zona desde la que los dos miserables, Sasuke y Karin, nos miran. Por desgracia para ellos, tienen que sentarse juntos el resto del año. Supongo que debería sentirme mal por lo incómodo de la situación, pero soy incapaz de reunir ni un solo átomo de simpatía hacia ellos.

—Te llevo a casa, ¿no?

Asiento y enseguida me siento culpable. Esta mañana he venido con Ino en vez de con él porque me sentía especialmente malvada. Ino sabe cómo me pongo porque cuando le toca a ella es como Hulk hasta los dientes de esteroides. Tenemos algo parecido a un acuerdo tácito sobre nuestros cambios de humor, así que es lógico que intentemos pasar juntas el mayor tiempo posible, aunque solo sea para librar a los demás del horror. Temari nos evita como la peste y con razón. Por mucha bota que lleve y mucha sombra de ojos negra que se ponga, es una blandengue y una hippy.

Itachi parece un poco molesto, supongo que no debería quitármelo más de encima. Estos últimos días no he sido yo y he descargado toda la ira que siento en él. Si hay algo que debería poder hacer es comportarme como un ser humano por el bien del chico del que estoy enamorada.

—Claro, si no te importa.

Me mira como si hubiera perdido la cabeza y luego me empuja el hombro con el suyo mientras recorremos los pasillos de la mano.

—Claro que no me importa, Saku.

Con la cabeza apoyada en su hombro, nos dirigimos hacia su coche y yo me pongo el cinturón. Por ahora vamos bien, nada de momentos Hulk. Puedo hacerlo; sí, hormonas, estáis acabadas. Mirad cómo os aplasto como si nada. Soy la dueña de mi propio destino, la capitana de mi alma. En clase hemos estado estudiando a Henley, es imposible que no se me quede en la cabeza.

—¿Qué vas a hacer este fin de semana? —me pregunta y pone la mano que le queda libre sobre mi muslo, cubierto por la tela de los vaqueros.

Siempre hace lo mismo, ojalá pudiera pegársela con cola para que nunca la apartara. Es como un bálsamo para la ansiedad y los cambios de humor, aunque al mismo tiempo su presencia intensifica la potencia de mis emociones. Por eso llevo toda la semana evitándolo. Sí, con él voy de subidón en subidón, pero basta con una palabra equivocada para que yo acabe llorando en el lavabo de chicas.

—No lo sé, supongo que nada.

En realidad, lo tengo todo planeado al detalle. En cuanto Itachi me deje en casa, reuniré las provisiones necesarias, a saber, helado, Kit Kat y bastoncillos de queso. Luego sacaré la manta más gustosa que tenga, me pondré el pijama de una sola pieza más viejo que encuentre y me pasaré el resto del fin de semana en compañía de mi amigo McDreamy. Ino me regaló por mi cumpleaños una caja especial de Anatomía de Grey. Está claro que entiende los poderes terapéuticos del doctor Shepherd.

—¿Estás segura de que no quieres que me pase a verte?

—Te arrastraría conmigo. Estoy bien, Itachi, sobreviviré. Necesitas pasar tiempo con tus amigotes.

Últimamente pasamos mucho tiempo juntos y a veces me pregunto si estará harto de mí, pero, por otro lado, sé que estamos bien. Después de la conversación de la semana pasada, ahora que sé lo que vio y por qué decidió volver, mi fe en él ha ido a más. Le creo, ciegamente, así que quizá debería dejar de cuestionarlo todo.

—De eso quería hablarte. Unos amigos de la academia militar pasarán un par de días en la ciudad. Les dije que iría a verlos, me marcho hoy y no vuelvo hasta el domingo.

Me mira fijamente a la espera de mi reacción. No sé cómo sentirme. Quiero estar sola y que Itachi no se me acerque hasta que me haya tranquilizado. Es exactamente lo que necesitamos. Pero entonces ¿por qué me siento como si me acabara de seccionar la yugular?

—¿Saku?

Soy consciente de que estamos parados delante de mi casa, pero me quedo aquí sentada, con la barbilla temblando y los ojos llenos de lágrimas. Por fin me he trastocado del todo, es hora de llamar al manicomio. Siento la necesidad de cabrearme y montar un buen pitote. De pronto, me resulta imposible soportar la combinación entre las hormonas alteradas y el abandono de mi madre. Itachi también se va, seguramente a correrse una buena juerga con sus amigos los delincuentes. Habrá mujeres, moteras macizas y tatuadas con piercings en sitios en los que ni siquiera sabía que se pudieran llevar. Cuando me dé cuenta, ya estará montándoselo con una tal Yolanda y me dirá que me vaya a tomar por saco, que no molo lo suficiente para él.

—Vale, vete, pásatelo genial.

El sarcasmo que me sale por la boca escuece, incluso a mí misma, pero no puedo parar. Cojo la mochila, me levanto del asiento y cierro de un portazo. Él también se baja, al menos es lo que me parece oír, y cada sonido que hace basta para que me ponga de los nervios.

—Eh, espera. ¿He hecho algo malo?

Aprieto los dientes. ¿Cómo puede ser que los chicos sean todos tan despistados? Estoy a punto de explotar, necesito chocolate cuanto antes y solo me apetece cavar un agujero en el suelo y esconderme.

—Por favor, vete. No me apetece hablar.

—No, no me voy. Entiendo lo que te pasa, Saku; ha sido una semana difícil por tu madre y por otras cosas.

Se pone colorado al mencionar esas «otras cosas» y yo quiero morirme. No puedo creer que esté hablando de la regla con Itachi. Él sigue hablando, ajeno a mi malestar.

—Pero no puedes apartarme. No pienso permitir que nuestra primera pelea sea por algo tan estúpido.

—¿Estúpido? ¿Que mi madre se haya ido te parece estúpido? Pues lo siento, ¡siento haberte hecho perder el tiempo contándote mis estupideces!

—No quería decir eso —protesta Itachi—, me refería a que yo me vaya unos días. Si prefieres que no vaya, dilo.

—De ninguna manera, no permitas que mi estupidez y yo te arruinemos la diversión, Itachi. Venga, adelante, haz lo que quieras pero déjame en paz.

Intento irme pero me coge del brazo, y estoy a punto de estallar cuando, de pronto, aparece Shikamaru en el porche. Supongo que nos ha oído discutir o más bien me ha oído a mí comportándome como una auténtica arpía.

—Tío, será mejor que te vayas. Cuando está así, lo mejor es hacer lo que dice.

Parece un poco avergonzado y es entonces cuando me doy cuenta de mi nivel de neurosis. Si Shikamaru se siente obligado a disculparse con Itachi en mi nombre es que algo va muy, pero que muy mal.

—¡Lo siento!

Me tapo la boca con la mano, salgo corriendo y no paro hasta que llego a mi habitación. Me lanzo sobre la cama e intento controlarme, pero no soy suficientemente rápida. Grito de pura frustración y le doy un puñetazo tras otro a la almohada. No voy a llorar, no voy a llorar. Repito el mantra para mis adentros, pero obviamente no funciona y me pongo a llorar a mares.

Ni siquiera sé por qué lloro. Quizá es por mi madre o por mi padre, pero sé que la razón principal es porque acabo de cargarme lo único bueno que hay ahora mismo en mi vida. Quiero salir corriendo a buscar a Itachi para pedirle perdón y decirle que no quería discutir con él, pero seguro que se ha ido hace rato. Llevo horas encerrada aquí. Por el ruido de mis tripas, ya debe de ser muy tarde, demasiado incluso para besarse y arreglar las cosas.

Me pongo un pijama viejo y bajo a la cocina mareada como un pato. La cabeza me pesa una tonelada y me pican los ojos. Si a eso le sumamos la maldición de todos los meses, ahora mismo soy la viva imagen de la desgracia. De pronto, percibo un olor delicioso procedente de la cocina. Es Shikamaru, está inclinado sobre una olla y no deja de remover su contenido. Diría que está preparando su famosa receta de chili, mi preferida, y al verlo no puedo evitar salivar.

—Hola —murmuro con un hilo de voz mientras me siento en la isleta.

Shikamaru me sonríe, tapa la olla y baja el fuego. Rodea la isleta y se sienta junto a mí, con un brazo alrededor de mi hombro. Apoyo la cabeza en el suyo, cierro los ojos y me relajo por primera vez desde hace días.

—¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera pasado un autobús por encima. Dos veces.

Se ríe y me alborota el pelo.

—Me ha parecido oírte llorar un buen rato.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos hasta que finalmente decido responder.

—Odio a mamá por lo que ha hecho. Odio que sea tan egoísta y que a papá le dé igual. Odio que no se separen y ya está, que dejen de fingir.

—Cerezo, los dos sabemos que papá y mamá son un desastre. Hemos crecido sabiendo que para ellos la reputación lo es todo. Ojalá fueran distintos, pero no lo son. Cuesta aceptarlo, lo sé, pero no tienes más remedio que hacerlo, no puedes dejar que te hagan esto, créeme, no se merecen que llores por ellos.

Me acurruco contra su hombro.

—Pero no siempre han sido así. Los recuerdo felices, contentos. Antes éramos una familia normal, Shika. ¿Qué pasó?

—No lo sé —responde él y suspira—. Puede que siempre hayan sido infelices en su matrimonio y nosotros no nos enteráramos. Las cosas empeoraron cuando papá se convirtió en alcalde; a partir de entonces fue como ver un tren a punto de descarrilar. Siento no haber estado a tu lado todo este tiempo, Cerezo, te juro que haría cualquier cosa para compensártelo.

—No te disculpes —digo sorbiendo los mocos por la nariz—. Tú me hiciste de padre mucho mejor que ellos.

—Gracias, hermanita. —Sonríe y me abraza más fuerte—. Quizá al final consigamos salir de aquí con vida. Eso sí, se acabó volver a llorar por ellos.

Yo asiento.

—Vale.

—Ah, oye, Cerezo.

—¿Sí?

—Llama a Uchiha, ¿quieres? Lleva todo el día dándome la lata.

A las diez de la noche estoy delante de la puerta de los Uchiha. No tengo la menor idea de qué voy a hacer, pero lo que sí sé es que necesito estar cerca de Itachi. No ha ido a ver a sus amigos, me lo ha dicho Shikamaru. Lleva todo el día preguntando por mí y yo me siento fatal por haberlo tratado tan mal. Las ganas de estar con él superan con creces el sentimiento de culpabilidad. Es una locura, como si alguien me partiera en dos y se llevara una mitad. Necesito que sepa que soy una idiota, una estúpida que está coladita por él y que a veces no sabe qué hacer con el aluvión de emociones que se apoderan de ella.

Tengo tan mala suerte que es Sasuke quien me abre la puerta. Parece sorprendido al verme o quizá le asusta mi aspecto. Tampoco es que me haya deslomado, llevo unos vaqueros normalitos y una camiseta blanca. Tengo el pelo un poco alborotado, pero, a pesar de las prisas, me ha dado tiempo a pasarme el cepillo y ponerme un poco de brillo.

—Hola.

Al parecer se ha quedado sin aliento y la idea no me gusta. Tiene que dejar de actuar como si mi presencia le afectara tanto. Si alguna vez Itachi se da cuenta de las miradas que me echa Sasuke cuando cree que nadie le ve, estoy segura de que llegarán a las manos.

—¿Quién es? —pregunta la voz de Mikoto desde la sala de estar, y yo me pongo histérica.

¿Qué pensará de mí, presentándome a estas horas en su casa para ver a su hijo, que seguramente ha pasado todo el día enfurruñado?

—Es Sakura —responde Sasuke sin apartar los ojos de los míos.

Empiezo a sentirme un poco incómoda, espero que deje de mirarme así o le pego un puñetazo.

—Hola, señora Uchiha —le digo, y sonrío con timidez.

Ella se dirige hacia mí.

—Hola, cariño. No sabía que venías.

Agacho la cabeza, avergonzada.

—Y no iba a venir, pero necesito hablar un momento con Itachi.

Me analiza y una sonrisa asoma por la comisura de sus labios.

—¿Esto tiene algo que ver con que lleve todo el día encerrado en su habitación?

Se me ponen las mejillas rojas al instante. Seguro que me odia, Itachi se merece algo mucho mejor que yo y encima ahora resulta que me dedico a jugar con sus sentimientos.

—Pues... no, es que... me equivoqué y necesito pedirle perdón.

—¿Os habéis peleado?

Reprimo el impulso de fulminar a Sasuke con la mirada. Se le nota contento y yo pienso para mis adentros lo mucho que me gustaría poder arrancarle la sonrisa de la cara con la ayuda de un cuchillo de carnicero. Tengo las palabras «métete en tus asuntos» en la punta de la lengua, pero no puedo decirlo delante de su madre, la misma madre que ahora mismo seguro que me detesta.

—Por favor, Sasuke, sube a tu habitación. No tienes derecho a hacer una pregunta tan personal —le espeta a su hijo y, de repente, siento que me enamoro aún más de esta mujer.

—Pero mamá...

—A tu habitación, Sasuke.

—Vale —protesta Sasuke, pero al final nos deja solas.

Mikoto posa una mano en mi brazo y me lo aprieta suavemente en un gesto claramente maternal. Luego señala con la cabeza hacia donde ha desaparecido Sasuke y sus ojos se llenan de calidez y comprensión.

—Será mejor que subas a ver a Itachi. Sea lo que sea, estoy segura de que lo arreglaréis.

—Gracias.

Sé que tengo los ojos llorosos, pero me da igual. Subo corriendo las escaleras hasta la habitación de Itachi y cuando abro la puerta me quedo petrificada.

No lleva camiseta, solo los pantalones del pijama, y está sentado en el borde de la cama. Tiene el móvil entre las manos, los puños apretados contra los ojos y los hombros caídos, y con cada respiración profunda los músculos del abdomen se mueven siguiendo el ritmo.

—Itachi.

Me sale la voz un poco ronca, pero me oye igualmente y enseguida sabe que soy yo.

—Saku.

Se levanta y el móvil cae al suelo con un sonido sordo. Nos miramos sin decir nada, uno a cada lado de la habitación. El silencio es agobiante y poco propio de nosotros. Siempre nos rodea un aura de tanta naturalidad que la tensión del momento se me hace extraña. Todo esto es culpa mía, tengo que arreglarlo cuanto antes.

—Soy idiota —tartamudeo.

—Saku...

—Soy imbécil, gilipollas, tonta, una cabeza hueca, una pardilla, una anormal...

Itachi da dos pasos largos y se planta delante de mí, sujetándome la cara entre las manos.

—¿Acabas de decir cabeza hueca y pardilla?

Me está apretando las mejillas, así que ahora mismo tengo morritos de pez.

—Chi.

Me planta un beso en los labios, rápido pero embriagador, y luego se echa a reír a carcajadas.

—Dilo otra vez.

—Soy una cabeza hueca, haciendo énfasis en la parte de hueca.

Itachi se ríe con más ganas.

—¡La otra también!

—Pardilla, Itachi. Soy. Una. Pardilla.

Se me escapa la risa y en cuestión de segundos acabamos encima de la cama tronchándonos como un par de hienas. Itachi me coge de la mano y entrelaza nuestros dedos, como suele hacer.

—¿Se te ocurre algo más?

—Cierra el pico —murmuro sobre su piel y escondo la cara en el hueco de su cuello.

Soy consciente de que va medio desnudo y sí, lo prefiero así.

—No, en serio, ha sido alucinante. ¡Quiero más!

—Mala suerte, se acabó el espectáculo.

—Y menudo espectáculo.

Le doy un tortazo en el hombro.

—¡No hace gracia!

—¡Era broma, era broma, perdona!

Me rodea con el brazo y me aprieta contra su costado. Nos quedamos así, tumbados y en silencio, disfrutando el uno del otro. Los dos hemos tenido un día duro y supongo que queremos estar seguros de que el otro sigue ahí. Me aterra tanto la posibilidad de perderlo que espero no montar nunca más un numerito como el de hoy.

—Lo siento, Itachi.

—No hace falta que te disculpes, bizcochito.

—Sí hace falta. No debería haberte gritado así. Es que... es como si en mi familia todo fuera mal.

Me aprieta más fuerte y me da un beso en lo alto de la cabeza.

—Lo sé, preciosa. No tienes que darme explicaciones.

—Pero ibas a ver a tus amigos y al final no has ido. Te has quedado por mí. No puedo creer que te haya hecho sentir culpable a propósito para arruinarte el fin de semana —murmuro.

Itachi chasquea la lengua.

—Yo estoy bien mientras esté contigo, bizcochito. Además, el domingo aún andarán por aquí, puedo hacer el viaje mañana.

Ah. Vale, admito que me apetecía pasar el día con él. Prácticamente tengo las hormonas bajo control y, la verdad, echaba de menos estar con él, pero tiene su propia vida y no puedo entrometerme a todas horas.

—Sí que hay una cosa... —continúa, ajeno a mi festival del drama.

—¿El qué?

—Les he dicho que me llevaría a mi novia.

De repente se me dispara el corazón. Estoy flotando, ligera como el algodón de azúcar; del rosa, claro. Disimulo la sonrisa de oreja a oreja que amenaza con devorarme y le doy un beso en el cuello, justo donde él siempre me los da a mí.

—¿Quieres que vaya contigo?

—Si tú quieres. No creo que sea capaz de salir del pueblo si no te tengo a mi lado.

Tengo la palabra que empieza por «a» en la punta de la lengua. Quiero gritarla desde los tejados y tatuármela en la frente, decírsela y luego arrancarle la vida a base de besos, pero este no es el momento. Los dos estamos un poco asustados, nos sentimos vulnerables. No me tomaría en serio por mucho que lo intentara.

—Me encantaría conocer a tus amigos.

Noto que sonríe sobre mi piel y me pongo nerviosa al pensar que puedo influir en sus cambios de humor de una forma tan drástica. Conocer a Yolanda será pagar un precio ridículo a cambio de la felicidad de Itachi. Haría casi cualquier cosa por él.

—Genial, pues te recojo a las siete de la mañana.

Nótese que he dicho casi cualquier cosa, algunas no están abiertas a discusión.

—Es broma, ¿no?