Palabra: calor.


7. Manchas del pasado

My shadow's the only one that walks beside me
My shallow heart's the only thing that's beating
Sometimes I wish someone out there will find me
Till then I walk alone

Boulevard Of Broken Dreams, Green Day


Bakugo entierra los dedos en sus brazos hasta hacerse daño con las uñas. Eijiro lo siente en sus propios brazos, pero no dice nada. Sospecha que el otro no es consciente realmente del gesto y ese pequeño malestar en los brazos —que Midoriya también debe de estar sintiendo— no es lo más preocupante de todo lo que está ocurriendo.

Mira a Bakugo, de verdad, con atención, de esa manera en la que muy pocas veces se mira al otro y le asusta encontrarse con el miedo y el susto. No es que no haya visto las partes vulnerables de Bakugo, es que esa es la más profunda que ha atisbado —y sospecha que Midoriya sí se ha asomado hasta allá— y no sabe cómo reaccionar en ese caso.

—Cállate —espeta y se arrepiente al momento de su brusquedad—. No, espera… No lo siento. Carajo. —Se lleva las manos a las sienes, intentando poner orden en sus pensamientos. Hace demasiado calor allí para dos personas y si no tienen cuidado podrían acabar gritando.

Bien.

Ya sabía que Bakugo y Midoriya tenían historia.

Repetirlo es sólo volverse reiterativo hasta la saciedad.

Bakugo solía molestarlo. Todo el tiempo.

Eso es nuevo, pero no lo sorprende. Recuerda a Midoriya reaccionando con nerviosismo a Bakugo todo el tiempo, al menos al principio, como si estuviera alerta.

Bakugo le dijo que se suicidara.

Eso sí lo sorprende. No calza con la imagen que se había formado de Bakugo hasta el momento. No es algo heroico en lo absoluto. Es algo más propio de un villano o de alguien rastrero que de un adolescente que deseaba ser un héroe.

—Tengo una pregunta —dice, finalmente, después de un momento—. Es importante y es algo que me gustaría saber —agrega, quizá para darle más formalidad a todo lo que está ocurriendo—. Bakugo —lo llama, atrayendo su atención.

«Voltéame a ver».

Bakugo alza la cabeza.

Sus dedos dejan de clavarse en sus brazos y el malestar se va.

—¿Qué? —prácticamente ladra.

—¿Te arrepientes? —pregunta Eijiro—. Creo que…, creo que necesito saberlo. Es… complicado. —Suelta una risa nerviosa que muere demasiado pronto—. Nunca esperé que me dijeras eso. De todas las cosas que me pudiste decir.

Silencio.

Para ese momento, Eijiro está convencido de que el silencio es un ente que flota entre ellos y se traga todos los sonidos.

—¿Serviría de algo? —La voz de Bakugo, baja y débil, es extraña—. Si me arrepintiera, ¿serviría de algo? Kirishima. Responde.

—No sé. Sí. Supongo. Demostraría…

Bakugo lo interrumpe.

—Siempre habrá pasado y estará allí. En mi historia. En la de Deku. Así que responde, ¿serviría de algo?

—Demostraría que no eres ya la persona que lo dijo. —Eijiro se encoge de hombros en un intento de quitarle importancia, pero no funciona y el gesto queda mal y fuera de lugar—. ¡No lo sé, Bakugo! ¡Necesito saberlo!

Silencio. Otra vez.

Para entonces, Eijiro entiende todo lo que el silencio dice. Bakugo baja la cara y no lo mira.

—Sí.

Eijiro respira hondo con alivio.

Es un paso.

—Midoriya no lo sabe, ¿no?

Bakugo no responde.

—Si esto va a funcionar —sigue Eijiro—, tendrá que decirlo, verbalizarlo.

—Serían solo palabras. No serviría de nada.

—¿Has intentado hablar con él? Sin pelear. No, espera, ya sé que no. Hablan peleando. Tendrás que decirle algo, si quieres que esto funcione. Si no, seguirá convencido de que odias la idea de… Y… No la odias, ¿cierto?

Ve el esfuerzo que hace Bakugo al negar la cabeza.

—Ninguna parte de todo esto, Kirishima.

—Habla con Midoriya. Lo necesitan —insiste Kirishima. Hay una pausa después—. ¿Nadie lo detuvo nunca? Maestros, adultos…

—Él no tenía singularidad —interrumpe Bakugo—. A todos les parecía débil. Lo que ocurría era sólo lo que creían que era… que es el orden natural de la vida.

Eijiro frunce el ceño con desagrado.

—Idiotas. Tú podrías no saber…

—Sabía. Que estaba mal. No intentes convencerte de que… Deku me irritaba. Me irrita. Todo el tiempo creí que estaba mirándome con superioridad, joder. —La frustración se asoma en el tono de voz de Bakugo y duele. Eijiro no puede sentirla en su propia piel, porque sólo se siente el dolor físico. Pero ese es espiritual y le gustaría conocer abrazos para curarlo.

—Otros debieron haberlo detenido, Bakugo —musita Eijiro—. Al menos eso.

Se encoge de hombros.

Hay en su fatalismo un «así funciona el mundo» que a Eijiro se le antoja desesperado e injusto, pero tiene razón.

Carraspea.

—Yo también… Mi singularidad era débil —dice, en un intento de cambiar de tema—. Nada espectacular.

—Idiota, te he dicho que…

—No, espera. Escúchame. —Vuelve a acercarse a Bakugo, a acomodarse en su alfombra—. Nunca entrené demasiado. No le tenía mucho amor porque me había herido y no sabía controlarla del todo. Además, nadie la veía como material de héroe. A ti… ¿te dijeron alguna vez que podrías ser un héroe? —Bakugo asiente—. A mí no. Simplemente lo que podía hacer no entraba en el imaginario de la gente… No sé. Te hubiera parecido débil entonces. Es injusto, ¿no?

Bakugo gruñe, sin dar una respuesta.

—Lo sé. Es injusto. —Eijiro se responde a sí mismo—. Habla con Midoriya. Nada funcionará hasta que no lo hagas. Pero al menos… Al menos a mí… Me alegra saber que te arrepientes.

—Idiota —espeta Bakugo—. Eso no quiere decir que sea una buena persona.

Eijiro asiente, dándole la razón.

—Pero quiere decir que eres un poco mejor.


Notas:

1) Ayer estaba intentando desesperadamente acabar un libro, así que aquí está el capítulo atrasado. Si me da tiempo, tendrán otro más en la noche.

2) Eijiro y Katsuki sincerándose. Faltan muchas pláticas y cosas entre los tres, pero la sinceridad es el paso uno.


Andrea Poulain