CAPITULO 6

Candy se cambió para la cena. Se quitó su vestido de lana, más grueso y de color oscuro, por uno más liviano de color verde, con una abertura en la falda que dejaba entrever una tela de color verde más claro. Su prima Annie había elegido uno azul cielo que acentuaba sus preciosos ojos del mismo color y que caía acariciando las pequeñas curvas de su cuerpo.

Candy se peinó el pelo parcialmente suelto, con un pequeño moño en la parte de arriba y el resto caía en cascada sobre su espalda con rizos ondulados de color oro y unos pequeños mechones que salían estratégicamente a los lados de su cara. Le daban un aire de ninfa, definitivamente un espécimen que no era de esta tierra. Un estornudo, seguido de varios más, la hizo detenerse.

Annie la miró con el ceño fruncido.

—¿Estás bien? No es la primera vez que estornudas y tienes los ojos un poco brillantes.

Candy maldijo interiormente. Sabía que había cogido frío cuando dos días atrás cabalgaron bajo la lluvia. Le había dejado su capa más gruesa a Annie cuando la de esta se empapó deprisa y la dejó tiritando. Candy se quitó la suya y se la dio a su prima hasta que llegaron a un refugio en donde permanecieron el tiempo necesario para que la lluvia amainara lo suficiente para poder seguir camino antes del anochecer.

—Estoy bien —contestó Candy intentando que su voz sonara clara. Hacía rato que le había empezado a molestar.

— ¿Seguro? Porque a mí no me lo parece. Puede que tengas algo de fiebre.

Candy le sonrió de medio lado.

—No te preocupes. Estoy bien y no tengo fiebre. Es solo un pequeño resfriado. En cuanto duerma esta noche, mañana estaré perfectamente.

Annie la miró detenidamente como si quisiese cerciorarse de que lo que Candy le estaba diciendo era verdad. Al rato pareció convencerse y quedarse tranquila, ya que desvió su vista para terminar de vestirse.

—No llevamos aquí ni un día y ya estoy deseando volver —dijo Annie con la voz rozando el enfado.

—¿Dónde está la aventurera que quería salir de las tierras de su clan y ver otras cosas? —preguntó Candy, ayudando a Annie con el pelo.

—Quería ver otras tierras, no salir de un clan para meterme en otro y no para lo que hemos venido a hacer aquí —dijo tozudamente.

Candy dejó un momento de cepillarle el pelo para volverla por los hombros y que la mirara.

—Debes aprovechar lo que tengas a mano. Esto es lo que hay. No te gusta por qué estamos aquí, vale, lo acepto, a mí tampoco, pero mira más allá. Estas tierras son totalmente distintas a las de nuestro clan. Nunca has salido de ellas. Y las tierras del norte no son igual que estas. Tendremos tiempo de salir a cabalgar y verlas. Tendrás también la oportunidad de conocer a otras gentes y a otros clanes, e incluso puede que ganes alguna amiga. Puedes aprender mucho estos días, así que coge todo ese mal humor y toda esa tozudez y lánzalos bien lejos. Aprovecha estos días para enriquecer tu mente, no para envenenarte. Y ahora déjame ver esa preciosa sonrisa…

La mueca forzada y deformada de Annie hizo que Candy riera.

—Si sonríes así en la cena, no te preocupes porque alguien intente acercarse a ti. Directamente lo espantarás. A mí me estás dando miedo.

Annie sonrió ahora de forma natural.

—Así me gusta. Mucho mejor.

Unos minutos después, Candy y Annie salieron de la habitación con mucha hambre y pocas ganas de compañía.

El salón principal estaba lleno de invitados. Se veían los colores de muchos clanes. Algunos ni siquiera le sonaban a Candy. Avanzó con Annie y Tom. El guerrero las había esperado a los pies de las escaleras hasta que ellas aparecieron. Su cara seria y en tensión evidenciaba que tampoco le hacía ninguna gracia encontrarse allí.

Algunas de las personas ya estaban sentadas en las mesas, mientras otras seguían hablando entre ellas, en pequeños grupos, mientras esperaban a que las viandas comenzaran a llegar a la estancia. Candy vio al anfitrión en una esquina del salón. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sus ojos se posaron en la figura del hombre que lo acompañaba y con el que estaba conversando de forma amigable. Aquella silueta… Desde allí no podía verle la cara, no en la posición en la que se encontraba, así que se vio a sí misma con la boca seca, las manos sudorosas y frías intentando atisbar solo una pequeña porción de la piel de aquel extraño para poder negarse aquello que su cuerpo reconocía a pesar de la distancia y del tiempo. Las voces parecieron alejarse de repente y el aire se hizo demasiado denso en sus pulmones. El hecho de que le costase respirar y de que su corazón hubiese emprendido una carrera peligrosa en su pecho, no la hicieron detener el ruego interno que suplicaba que aquel hombre al que no podía verle el rostro, no fuese y fuese al mismo tiempo él. Sintió que temblaba e intentó tomar el control de un cuerpo que la desobedecía con voluntad propia, con un anhelo, un odio y un deseo que creyó más que enterrado.

—¿Estás bien? —Candy escuchó el eco de esas palabras en sus oídos y eso la hizo reaccionar. Miró primero el gesto preocupado de su prima y después la expresión alerta de Tom.

—¿Qué? —atinó solo a preguntar mientras tragaba con fuerza la ausencia de saliva que la hizo apretar fuerte los dientes en un esfuerzo titánico por sobreponerse.

Annie miró detenidamente a su prima antes de hablar.

—No teníamos que haber bajado. Es evidente que no estás bien. Tenías que haberte quedado descansando.

Tom frunció en el entrecejo. Conocía a Candy desde hacía cuatro años y nunca la había visto quejarse. Era la mujer más fuerte que había conocido jamás. Y, aunque a veces era como una patada en las pelotas, siempre se sentía orgulloso de que fuera una MacLeod. No le temblaba el pulso a la hora de hablar y decir las cosas claras y siempre lo hacía con una elegancia que admiraba profundamente.

A Candy esos segundos extras la hicieron reaccionar. Aquello se le estaba yendo de las manos y no podía permitírselo. Cerró los puños y empezó a recobrar la serenidad y la frialdad que la habían acompañado desde que toda su vida se hizo añicos y decidió seguir adelante. Simplemente había sido la sorpresa, nada más.

—Estoy perfectamente. Solo es un pequeño dolor de cabeza, pero sé que en cuanto coma algo me sentiré mucho mejor.

Candy lo dijo con tanta convicción que vio cómo las preguntas y las dudas morían en los labios de Annie y en la mirada de Tom, aunque este último la siguiese mirando con cierto recelo.

—Buenas noches.

La voz de Archie MacLaren retumbó en los oídos de Annie.

Candy no los había visto llegar, centrada en convencer a su prima y a Tom de que estaba perfectamente.

Candy tomó aire y con una resolución que no sentía miró a los ojos del otro hombre. No dudó, no pestañeó y ni siquiera tembló. Simplemente se mantuvo allí de pie mirando a Albert McAndrew después de que pensara que jamás volvería a verlo y se tragó la intensidad de su mirada como si hubiese estado sedienta de ella, devolviéndole una igual, como si una lucha de titanes estuviese teniendo lugar en aquella sala ajeno a todo y a todos.

—Buenas noches —respondió Annie dándole una entonación de fastidio a la última palabra.

Archie sonrió abiertamente. Parece que aquella pequeña arpía no había cambiado su actitud en demasía.

—Ya que la finalidad de estas semanas es conocernos, me gustaría presentarle a alguien. Señora y señorita MacLeod, este es Albert McAndrew, un buen amigo y un hermano.

—Ya nos conocíamos —dijo Candy manteniendo la mirada de Albert.

Archie miró con cierta sorpresa a su amigo, que seguía mirando a Candy,

—No lo sabía —dijo Archie curioso, atento a Albert. Este tenía una sonrisa de las que él denominaba peligrosas, en el rostro.

—La señorita McWhite, señora MacLeod ahora, y yo nos conocimos hace años, en la celebración de una boda. Nuestros clanes limitan territorialmente, aunque no siempre han sido bien avenidos. No sabía si me recordaría —dijo Albert, como si el asunto no tuviera la mínima importancia.

A Candy aquellas palabras le escocieron como si le hubiesen echado sal en una herida abierta. A eso podían jugar los dos, pensó antes de hablar.

—Un vago recuerdo. Sabía que lo conocía, pero no sabía exactamente de dónde. Perdóneme. Tiendo a olvidar los detalles y soy muy mala para recordar las caras.

Albert tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no maldecir en aquel preciso instante.

Cuando la había visto, allí en el salón, como una visión del pasado, sintió como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Y un sentimiento que creía extinto le dio una patada en el pecho retorciéndolo y despertando a un gigante que llevaba mucho tiempo dormido. Estaba aún más hermosa de lo que la recordaba, con ese aire elegante y esa mirada desafiante que tanto lo subyugó la primera vez que la vio.

—Lo… lo siento

Albert miró a la joven que acababa de caer en sus brazos. Tenía unos enormes y preciosos ojos verdes que parecían acariciarle el alma, y unas pecas deliciosas sobre el puente de su respingada nariz, ni que decir de los labios mas apetitosos que había visto jamas, eran rojos y carnosos, pero no demasiado, eran simplemente perfectos.

—¿Sueles caerte en brazos de desconocidos cada vez que bailas? —preguntó alzando una ceja.

La joven pareció salir de su azoramiento levantándose como si le hubiesen pinchado en el trasero.

Su mirada, antes dulce y avergonzada, ahora era intensa y retadora. Albert se miró el pecho porque salvo, por la ausencia de sangre, hubiese jurado que aquella dama le había atravesado con esa mirada echa de fuego.

—¿Y tú sueles ser tan sumamente arrogante y maleducado con todo el que te pide disculpas? —preguntó Candy con falta de aire debido al frenético ritmo del baile. Su primo Harold le había dado una vuelta con demasiado brío para después soltarla. Candy pensó que caería al suelo sin remedio cuando aterrizó en el regazo de aquel hombre. Las palabras que nunca le habían faltado se le atascaron en la garganta por su azoramiento dada la situación y porque había ido a parar a los brazos del hombre del que no había podido apartar la vista desde su llegada a la boda de Liz.

Alto, rubio y de ojos azules como el cielo en un día despejado, tenía la mirada más intensa que había visto jamás. Era un hombre que no solo posaba sus ojos a su alrededor por inercia, sino que miraba como si toda su atención y su concentración estuviese en ese momento contenida en ella, siendo capaz de memorizar cada línea, curva y movimiento de su entorno. Dios, era el hombre mas atractivo y perfecto que había conocido en su corta vida. El aura de poder que emanaba de el, solo se podía comparar a su perfecto físico envuelto en ese cuerpo musculoso y esa cara esculpida por los dioses. Era imposible que pasara desapercibido.

La risa natural, espontánea y sin cinismo alguno que surgió de aquel hombre hizo que su enfado se esfumase, y la mirada que le prodigó, entre admirativa y curiosa, le produjo una sensación extraña en el estómago.

—Espero que me perdones. No lo he dicho con mala intención. Soy Albert McAndrew —dijo el hombre que le hacía sentir que el aire en aquella habitación empezaba a escasear.

—Acepto sus disculpas —dijo Candy mirándole a los ojos. Podía estar confusa en cuanto a lo que su cuerpo experimentaba, pero le habían enseñado a mirar siempre a los ojos, a no rehuir nunca una mirada y a hacer frente siempre a tus temores.

Albert asintió con la cabeza en señal de gratitud, aunque la sonrisa que se extendió por sus labios dejó en Candy la certeza de que aquella no sería la última vez que la viera.

—Creo que su compañero de baile está un poco indispuesto —dijo Albert con una suave carcajada señalando el otro extremo de la estancia.

Candy miró en aquella dirección y vio a su primo Harold en el suelo, más borracho que una cuba.

—Eso me temo —rio Candy, y el sonido de su risa hizo que Albert se tensara como si su mero sonido pudiese afectarle.

Candy vio a su hermana y a su amiga Helen llamándola por señales desde el lateral del salón. Volvió la vista y se dio cuenta que Albert también se había percatado de ello.

—Tengo que irme —dijo Candy haciendo la intención de alejarse—. Mi nombre es Candice, Candy McWhite —dijo un segundo antes de volverse.

Candy… Albert pronunció ese nombre para sí mismo con una extraña añoranza.

….

Creía que podía decir que era un vago recuerdo, como si el que hubiesen estado prometidos en secreto, como si el hecho de haberse entregado el uno al otro no hubiese existido.

Desde luego que aquello ya no significaba nada, pero no iba a dejar que jugara con él. Ya no era el muchacho que confió en ella, que creyó en ella y que juró amarla toda su vida. Si quería jugar, maldita sea, él iba a hacer que nunca lo olvidara.