¡YA REGRESAMOS CON AMALIA-HEN!
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-Nagato-chan -le dijo Amalia al entrar al gabinete, parada y apoyando su mano de alabastro sobre la mesa de mármol negro- Yo no sé qué hacer, tú y tu amiga están cubiertas de sangre, necesitan mudarse y yo no tengo más trajes que los míos.
-Que nos sentarían perfectamente, si nos dieses también un poco de la belleza que te sobra, mi hermosa Amalia-chan. No te aflijas; dentro de un rato tendremos vestidos, tendremos todo. Por ahora Remi estará en tu mansión y mínimo dos o tres personas la visitaremos, después nos mudaremos al Inazumaya y así te evitaremos más problemas de los que te causamos, pero por ahora ven acá
Y llevando a su amiga a un pequeño sofá de damasco punzó, la sentó a su lado y continuó:
-Dime, Amalia-chan, ¿Cuáles son los criados en que tienes una perfecta confianza?
-Shuhei, Tae y la pequeña Azusa
-¿Cuáles son los demás?
-El chofer y la cocinera, y el señor Yazawa que cuida de la quinta
-¿El chofer y la cocinera son samurais?
-No, de hecho el chofer y la cocinera son hijos de una familia de granjeros, de Kujira y Hachurui respectivamente.
-¿Y el señor Yazawa?
-Era un ronin y es padre de cuatro hijos, de origen humilde. Su hija mayor está peleando en la Chushingura, si no mal recuerdo, es una samurái sirviente a la familia Kimino, una de las guerreras al servicio de Yuu Takasaki
-¿Con que una miembro del grupo Otonokizaka? Es interesante que Hitokiri Anata tenga "Su haren" de diversos tipos, clases y formas
-Y es por el momento un sostén para la familia pues sus hermanos son peque…
-Hmm… Interesante…- La pelirroja se puso una mano al mentón y cruzó de piernas hasta que se le prendió el bombillo de la conciencia- Entonces, como dice el dicho, a los blancos por blancos, y a los negros por negros
-¿Qué quieres decir con eso Nagato-chan?
-Simple, el señor Yazawa por ser ronin obviamente tendría antecedentes judiciales pues es bien sabido que la mayoría de samuráis que no tienen un señor o una familia a quien servir terminan siendo delincuentes o integrantes de bandas criminales y por consiguiente nos empeoraría en caso de que los Roshigumi o los perros de la shufuku descubran a nuestra sombra. Es doloroso decirlo como por su hija y su familia pero…
-Pero qué…
-Es necesario que lo despidas mañana en cuanto se levante y le des un solo ryu de liquidación por todos los años de servicio a ti como a tu familia
-¡¿Pero qué demonios?!- Sonó la indignación en su viva voz ante tan cruel decisión- ¿No crees que estás empeorando o destruyendo la vida de muchas personas con tal de proteger la vida de una sola?
-En esta vida la desesperación y la incertidumbre nos obligan hacer cosas desmedidas pero todo por un bien común y todo bien común se debe tener un precio
-Pobre hombre, sabes que si lo despido, él se quedará sin señor y su familia terminará en la calle, ¿Acaso no sabes medir las consecuencias?
-Claro que lo hago mi Amalia-chan, pero si no lo hago y no lo creo, yo dudo.
La pobre peliazul suspiró con pesadez y tristeza ante la triste decisión a que se llegó pero era inevitable, todo era necesario con tal de salvar y proteger a la kage mientras se recuperaba en la quinta Sagara.
-Oye, Amalia-chan, tus criados deben quererte mucho, porque eres buena, rica y generosa. Pero en el estado en que se encuentra nuestro pueblo, de una orden, de un grito, de un momento de mal humor se hace de un criado un enemigo poderoso y mortal, peor si anteriormente fue un ronin o un yakuza. Se les ha abierto la puerta a las delaciones, y bajo la sola autoridad de un miserable, la fortuna y la vida de una familia reciben el anatema de la Roshigumi.
La joven pelirroja enfocaba sus verdes limas en su móvil cuya pantalla enfocaba los sitios web con sus noticias que por sus fuentes favorecían más al gobierno federal que a los civiles mismos o los unitarios tildados como los villanos en todo momento
-Venecia, en tiempo del consejo de los Diez, se hubiese condolido de la situación actual de nuestro país. Sólo hay en la clase baja una excepción, y son los sirvientes comunes de familias humildes, o bueno los pobres honrados y luchadores, aquellos que solo saben luchar con el sudor y las lágrimas por dar y lograr una vida venidera como prospera a los suyos, ¿Y que son los ronin y samuráis en la actualidad?
-No lo sé, Nagato-chan
-Simple, estimada amiga mía… En la actualidad son seres ensoberbecidos y prostituidos, lo han sido desde siempre pero los civiles, los pobres como verdadera gente trabajadora como fuente de ingresos para nuestro país, por esa propensión que hay en cada clase a elevarse y dignificarse, son casi todos enemigos de Roxas y de la shufuku, porque saben que los unitarios, nosotros la Chushingura, son la gente ilustrada y culta, a la que siempre toman ellos por modelo.
La joven miró su reflejo tenue al suelo
-Bien, lo despediré mañana aunque tema lo peor
-Duele mucho, pero la seguridad de Remi, la mía, la tuya propia, la de mi abuela, la de Heichou y de toda la Chushingura lo exigen así. Tú no puedes arrepentirte de la hospitalidad que has dado a un desgraciado, y...
-¡Oh, no, Nagato-chan, no me hables de eso! Mi casa, mi fortuna, todo está a la disposición tuya y de tu amiga hasta de toda la Chushingura si quiero
-No puedes arrepentirte pero sin embargo debes poner todos los medios para que tu virtud, tu abnegación, no dé armas contra ti a nuestros opresores. Del sacrificio que haces en despedir al señor Yazawa, te resarcirá pronto. Además, Remi no permanecerá en tu casa, sino los días indispensables que determine Miki-sensei; dos, tres a lo más, mientras tanto Heichou y Shizuka la visitarán durante ese lapso
-¡¿Tan pronto?! ¡Eso no es posible! Sus heridas son quizá graves, y sería asesinarla el levantarla de su cama. Yo soy libre; vivo completamente aislada, porque mi carácter me lo aconseja así; recibo rara vez las visitas de mis pocas amigas, y en las habitaciones de la izquierda podremos disponer un cómodo aposento para Kurosaki-san, y completamente separado de las mías.
-¡Gracias, gracias, mi Amalia-chan!- La envolvió fuertemente entre sus brazos y pegando sus mejillas con la de su amiga como si fuera el más hermoso animal de felpa- Bien sé que tienes en tus venas la sangre generosa de tu madre como de la difunta mía. Pero quizá no convenga que mi nakama permanezca aquí. Eso dependerá de muchas cosas que yo y quizás mi heichou sabremos mañana. Ahora, es necesario que vayamos a preparar la cama en que se habrá de acostar nuestra sombra después de su primera curación.
-Sí.., por acá, ven -Y tomando una lámpara electrica pasó con la mediaslargas a su alcoba, y de ésta a su tocador o baño.
Pero antes de seguir nosotros el paso y el pensamiento de Amalia, echemos una mirada sobre estas dos últimas habitaciones… Quizás juzguen a la presente autora por poner cosas irrelevantes e innecesarias pero la ocasión lo amerita así.
Toda la alcoba estaba tapizada con papel aterciopelado de fondo blanco, matizado con estambres dorados, que representaban caprichos de luz entre nubes ligeramente azuladas. Las dos ventanas que daban al patio de la casa, estaban cubiertas por dobles colgaduras, unas de batista hacia la parte interior, y otras de raso azul muy bajo, hacia los vidrios de la ventana, suspendidas sobre lazos de metal dorado, y atravesadas con cintas corredizas que las separaban, o las juntaban con rapidez.
El piso estaba cubierto por un tapiz de Italia, cuyo tejido verde y blanco era tan espeso que el pie parecía acolchonarse sobre algodones al pisar sobre él. Una cama francesa de caoba labrada, de cuatro pies de ancho, y dos de alto, se veía en la extremidad del aposento, en aquella parte que se comunicaba con el tocador, cubierta con una colcha de raso color jacinto, sobre cuya relumbrante seda caían los albos encajes de un riquísimo tapafundas de cambray.
Una pequeña corona de marfil, con sobrepuestos de nácar figurando hojas de jazmines, estaba suspendida del cielo raso por una delgadísima lanza de metal plateado, en línea perpendicular con la cama, y de la corona se desprendían las ondas de una colgadura de gasa de la India con bordaduras de hilo de plata, tan leve, tan vaporosa, que parecía una tenue neblina abrillantada por un rayo del sol.
Entre la cama y el muro de la pared, había una pequeña mesa cuadrada, cubierta por un terciopelo verde, sobre la que se veían algunos libros, un crucifijo de oro incrustado en ébano, una pequeña caja de música sobre una magnífica copa de cristal; una caja de sándalo, en forma de concha, con algunos algodones empapados en agua de Colonia, y una lámpara de alabastro cubierta por una pantalla de seda verde.
Al otro lado de la cama se hallaba una otomana cubierta de terciopelo azul, marcado a fuego, y delante de la cama, estaba extendida una alfombra de pieles de conejo, blancas como el armiño, y con la suavidad de la seda. A los pies de la cama, se veía un gran sillón, forrado en terciopelo del mismo color que la otomana. Luego una papelera con incrustaciones de plata; y en los dos ángulos del aposento, que daban al gabinete contiguo a la sala, se descubrían dos hermosos veladores de alabastro en forma de piras, que contenían dentro las luces con que se alumbraba aquel pequeño y solitario templo de una belleza.
Y por último, una mesa de palo de naranjo apenas de dos pies de diámetro, colocada a la extremidad de la otomana, contenía, sobre una bandeja de porcelana de la India, un servicio de té para dos personas, todo él de porcelana sobredorada. Otra cosa, la más preciosa de todas, completaba el ajuar de este aposento, y era un par de zapatitos de cabritilla oscura bordados de seda blanca, de seis pulgadas de largo apenas, y de una estrechez proporcionada: eran los zapatos de levantarse de la cama, obviamente de Amalia, colocados sobre las pieles blancas que estaban junto a ella.
El retrete de vestirse estaba empapelado del mismo modo que la alcoba, y alfombrado de verde. Dos grandes roperos de caoba, cuyas puertas eran de espejos, se veían a un lado y al otro del espléndido tocador, cuyas porcelanas y cristales había desordenado Nagato pocos momentos antes.
Frente al tocador, estaba una chimenea de acero bruñido, guarnecida de un marco de mármol blanco completamente liso; y en continuación a ella, una bañadera de aquella misma piedra, cuya agua era conducida por caños que pasaban por los bastidores del empapelamiento.
Un sillón de paja de la India, y dos taburetes de damasco blanco con flecos de oro, estaban, el primero, al lado de la bañadera; y los otros, frente a los espejos de los guardarropas; y un sofá pequeño, elástico y vestido del mismo modo que los taburetes, se hallaba colocado hacia un ángulo del retrete.
Dos grandes jarras de porcelana francesa estaban sobre dos pequeñas mesas de nogal, con un ramo de flores cada una; y sobre cuatro rinconeras de caoba, brillaban ocho pebeteros de oro cincelado, obra del Perú, de un gusto y de un trabajo admirable.
Seis magníficos cuadros de paisaje, y cuatro jilgueros dentro de jaulas de alambre dorado, completaban el retrete de Amalia, en el que la luz del día penetraba por los cristales de una gran ventana que daba a un pequeño jardín en el patio principal, y que era moderada por un juego doble de colgaduras de crespón celeste y de batista.
Al lado de uno de los roperos, había una puerta que se comunicaba con el pequeño aposento en que dormía Azusa, joven destinada por Amalia a su servicio inmediato, proveniente como ella de Takanistán, específicamente de la aldea Kalifa.
Ahora, sigámosla que entra al aposento de Luisa, dormida dulce y tranquilamente, y que tomando una llave de sobre una mesa, abre la puerta de ese aposento que da al patio, y atravesándolo con Daniel, llega al frente opuesto a sus habitaciones, y abriendo con el menor ruido posible una puerta, en un corredor que cuadraba a aquél, entra, siempre con la luz en la mano y con Daniel al lado suyo, a un aposento amueblado.
-Aquí ha estado habitando cierto individuo de la familia de mi esposo, que vino de Takanistán y partió de regreso hace tres días. Este aposento tiene todo cuanto puede necesitar Kurosaki-san.
Y diciendo esto, la peliazul abrió un ropero, sacó mantas de cama, y ella misma desdobló los colchones, y arregló todo en la habitación, mientras la pelirroja de coletas paradas se ocupaba de examinar con esmero un cuarto contiguo, y el comedor que le seguía, cuya puerta al zaguán estaba enfrente de aquélla de la sala, por donde una hora antes había entrado ella con la kage en los brazos.
-¿A dónde mira esta ventana? -preguntó a su amiga, señalando una que estaba en el aposento que iba a ocupar la pelipiña.
-Al corredor por donde se entra de la calle a la quinta, por el gran portón. Sabes que todo el edificio está separado, hacia el fondo, por una verja de hierro; y cerrada, los criados pueden entrar y salir por el portón, sin pasar al interior de la casa. Es por ahí que ha salido Shuhei.
-Es verdad, lo recuerdo... Pero... ¿No oyes ruido?
-Sí... Son...
-Es el ruido de una moto en galope...
El corazón de la joven viuda le batía en el pecho con violencia.
-Es probable que... Se han parado en el portón -dijo la pirata súbitamente, llevando la lámpara electrica al cuarto inmediato, volviendo como un relámpago, y abriendo un postigo de la ventana que daba al corredor de la quinta.
-¡Quién será, por el amor de Kamisama! -exclamó la peliceleste, pálida y bella como una azucena en la tarde.
-¡Ellos! -dijo la pelirroja, que había pegado su cara a los vidrios de la ventana.
-¿Quiénes?
-Miki-sensei y Shuhei…- La joven de ojos limas comenzó a saltar, hablar y gritar como si fuera una completa fangirl- ¡OOOOHHHH NNNNOOOO! ¡La buena, la noble, la generosa Sayaka Miki! ¡SAMURAI! -Y corrió a traer la lámpara que había ocultado.
En efecto, era el viejo veterano del Día Zero que estaba acompañado de una mujer entre los 25 y 30 años, cabellera larga azul celeste y orbes de ese mismo color decorados por anteojos rojos, usaba un vestuario de doctora, una bata blanca profesional, una camiseta azul con un corazón roto, y unos blue jean en donde estaba encintada su katana al costado izquierdo; portaba una especie de maleta de primeros auxilios en su mano derecha.
Aquella mujer era la tan mencionada Mahou shoujo, considerada en su generación como una de las mahou shoujo de gran poder, una mahou kenshin de primer nivel como una de las respetadas como poderosas y actualmente maestra de filosofía, medica y cirujana… Sayaka Miki.
El viejo Shuhei hízo entrar a la mujer por el portón, llevó la motocicleta ninja al garaje, y luego la condujo por la verja de hierro, de cuya puerta él tenía la llave.
-¡Gracias, sensei! –dijo Nagato, saliendo a encontrar a la doctora Miki en el medio del patio, y oprimiéndole fuertemente la mano.
-Veamos a Kurosaki-san, amiga mía -dijo la peliazul apresurándose a cortar los agradecimientos de la pelirroja.
-Un momento -dijo ésta, conduciéndola de la mano al aposento donde permanecía Amalia, mientras el viejo samurai los seguía con una caja de jacarandá debajo del brazo-. ¿Ha traído usted, señora, cuanto cree necesario para la primera curación, como se lo supliqué en mi carta pergamino?
-Creo que sí -respondió la doctora, haciendo una reverencia a la otra peliazul- Lo único que necesitaré son vendajes.
La pirata miró a su amiga y ésta partió volando a sus habitaciones.
-Este es el aposento que ha de ocupar Remi. ¿Cree usted que la debemos traer aquí antes del reconocimiento?
-Es necesario -respondió Miki, tomando la caja de instrumentos de las manos de Shuhei, y colocándola sobre una mesa.
-Shuhei –dijo la pelirroja- Espere usted en el patio; o más bien, vaya usted a enseñar a Amalia-chan cómo se cortan vendas para heridas, usted debe saber esto perfectamente. Ahora, señora, ya debo decir a usted lo que no le he dicho en mi carta: las heridas de mi nakama son oficiales.
-¿Quién fue el Roshigumi que la hirió?
-Okada Izo
-Con que una de los cuatro destajadores…- Una triste sonrisa vagó por el rostro noble, niveo y melancólico de la médico -¿Crees tú que no lo he comprendido ya? -Respondió, y una nube de tristeza empañó ligeramente su semblante-... Veamos a Kurosaki, Hozuki…-dijo después de algunos segundos de silencio.
Y la chica de coletas rebeldes atravesó con la medico el patio, y entró a la sala por la puerta que daba al zaguán. En ese momento, la kage estaba al parecer dormida aunque propiamente no era el sueño, sino el abatimiento de sus fuerzas lo que le cerraba sus párpados.
Al ruido de los que entraban, la chica del parche volvió penosamente la cabeza, y, al ver a la peliazul mayor de pie junto al sofá, hizo un esfuerzo para incorporarse.
-Quieta, sombra -dijo la exmahou shoujo con voz conmovida y llena de cariño- Quieta, aquí no hay otra persona que la gran médico Sayaka.
Y, sentándose a la orilla del sofá, examinó el pulso de la pelipiña por algunos segundos.
-¡Bueno! -dijo al fin- Vamos a llevarla a su aposento.
A ese tiempo, entraban a la sala por el gabinete Amalia y Shuhei. La joven traía en sus manos una porción de vendas de género de hilo no usado todavía, que habla cortado según las indicaciones del veterano.
-¿Le parecen a usted bien de este ancho, doctora? -Preguntó la peliazul menor
-Sí, señorita Sagara. Necesitaré una palangana con agua fría, y una esponja.
-Todo hay en el aposento.
-Nada más, señorita -dijo tomando las vendas de las manos de la menor, cuyos ojos vieron en el amatista de Remi la expresión del reconocimiento a sus oficiosos cuidados.
Inmediatamente Miki y Nagato colocaron a la chica sombra en una silla de brazos, y ellos y el viejo samurai la condujeron a la habitación que se le había destinado, mientras que la joven viuda quedó de pie en la sala sin atreverse a seguirlos.
Pálida, bella, oprimida por las sensaciones que habían invadido su espíritu esa noche, se echó en un sillón y empezó a separar con sus pequeñas manos los flequillos de sus sienes, cual si quisiese de ese modo despejar su cabeza de la multitud de ideas que habían puesto en confusión su pensamiento. Hospitalidad, peligros, sangre, abnegación, trabajo, compasión, admiración, todo esto había pasado por su espíritu en el espacio de una hora, quizás dos o más de eso.
Aquello era demasiado para quien no había sentido en toda su vida impresiones tan improvisas y violentas y a quien la naturaleza, sin embargo, había dado una sensibilidad exquisita, y una imaginación poéticamente impresionable, en la cual las emociones y los acontecimientos de la vida podían ejercer, en el curso de un minuto, la misma influencia que en el espacio de un año, sobre otros temperamentos.
Y mientras ella comenzaba a darse cuenta de cuanto acaba de pasar por su espíritu, pasemos nosotros al aposento de Remi.
La kage desnudada con gran trabajo, porque la sangre había pegado al cuerpo sus vestidos, Miki pudo al fin reconocer las heridas.
-No es nada –dijo la medico después de sondar la que encontró sobre el costado izquierdo- La katana ha resbalado por las costillas sin interesar el pecho ni tampoco esta herida es de gravedad- Continuó después de inspeccionar la que tenía sobre el hombro derecho- El arma era bastante filosa y no ha destrozado… Muy bien, veamos el muslo -Prosiguió.
Y a su primera mirada sobre la herida, de diez pulgadas de extensión, la expresión del disgusto se marcó sobre la fisonomía elocuente de la peliazul mayor. Por cinco minutos a lo menos examinó con la mayor prolijidad los músculos partidos en lo interior de la herida, que corría a lo largo del muslo.
-¡¿Pero qué mierdas estoy viendo?! ¡Esto es un hachazo horrible! -exclamó- No cabe duda de que es un ataque digno de uno de los cuatro destajadores pero ni un solo vaso ha sido interesado aunque hay gran destrozo solamente.
-Shuhei, ¿A él mismo entregó usted la carta pergamino? -preguntó la pirata dirigiéndose al veterano
-Sí, Nagato-sama, a él mismo.
-Entonces, salga usted a ver. Es imposible que sea otro que mi mono
Un minuto después, volvió el viejo samurai acompañado de un pequeño y simpático mono tití, dicho pequeño primate usaba sombrero de paja, una camiseta verde amarella y unas botas negras. Era el tan mencionado Musou-sama, la pequeña mascota de la pirata que tuvo desde muy niña.
-¿Has traído todo, Musou-sama? -le preguntó la pelirroja a su pequeño amigo el cual se fue corriendo hacia el veterano que le dio un grueso atado de ropa el cual nuestro querido mono capuchino lo tomó con una fuerza digna de Hercules a pesar de su tierna y minima apariencia hasta dejarlo sobre una silla
La mediaslargas con un gesto ordenó al tití que fuera sobre su hombro, el primate acató sin chistar la orden correteando sobre el hombro derecho de la pirata la cual se apresuró entonces a sacar del lío la ropa interior que necesitaba Remi, y a vestirle con ella, pues en aquel momento la doctora Miki terminaba la primera curación. Y en seguida, entre los dos, colocaron a la pelipiña sobre su lecho.
Nagato pasó al cuarto inmediato con Shuhei y Musou-sama, y en pocos momentos se lavó y mudó de pies a cabeza, con las ropas que le acababan de traer, sin dejar un minuto de dar al viejo samurai disposiciones sobre cuanto debía de hacer, relativas a los demás criados, a limpiar la sangre de la sala, a quemar las ropas ensangrentadas, etc.
Y en seguida lavó ella misma las heridas, e hizo en ellas la curación que se llama de primera intención no haciendo uso del cerato simple, ni de las hilas, que había traído en su caja de instrumentos, sino simplemente de las vendas.
En este momento se sintieron una especie de marchas de pasos como si fueran un grupo de personas que fueran en tropel a lo que el escurridizo mono fue hacía de las ventanas viendo que en efecto, un grupo de roshigumi pasaban por la calle Nagakura, unos treinta en total yendo en fila larga de dos personas al mando de su jefe encargado.
El viejo Shuhei decidió unirse junto al pequeño mono y sin olvidar a Amalia mientras tanto la pirata como la médico ya sabían que aquella solitaria calle no era la excepción cuando se trataba de rondas de policía a lo que volvieron a su lugar siguiendo imperturbable el vendaje que se le hacía sobre el hombro de la chica sombra.
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¡YA REGRESAMOS CON AMALIA-HEN!
