La Locura del Lord
6| UNA LOCURA
La visión de Naruto se tiñó de rojo por culpa de la furia. A pesar de ello vio a Hinata, peinada con los mismos elaborados tirabuzones que llevaba esa mañana, y a Fellows con su arrugado y gastado traje negro. Luego percibió la consternación en la mirada grisácea de Hinata.
Fellows se lo había contado. Maldito fuera, se lo había contado todo. El detective le clavó las uñas en las manos.
—Agredir a un oficial de policía es un delito.
—Cualquier cosa en la que usted esté involucrado es un delito. —Naruto le soltó y le empujó—. Largo.
—Naruto…
La voz de Hinata le hizo darse la vuelta. Ella era como una flor frágil y vulnerable, la única nota de color en un mundo gris.
Había deseado que Hinata no supiera nada de los sórdidos negocios de High Holborn, de todo lo que él había tenido que ocultar durante los últimos cinco años. Hinata era limpia e inocente.
Fellows lo había estropeado todo. Aquel cruel individuo arruinaba todo lo que tocaba. No quería que Hinata le mirara preguntándose si habría sido él quien había atacado a esas mujeres, quien acuchilló a aquella prostituta y luego manchó las paredes con su sangre. Quería que ella siguiera mostrando esa suave admiración cuando le mirara, que esbozara aquella tierna sonrisa cuando le gastaba una broma que él no era capaz de entender.
Naruto se preguntaba a veces si, llevado por la furia, habría sido él quien mató a Sally. En ciertas ocasiones no recordaba lo que había hecho. Pero se acordaba perfectamente de lo que había visto esa noche, de cosas que jamás había revelado a nadie, ni siquiera a Nagato.
Fellows se llevó las manos al cuello; tenía la cara roja. Esperaba no haberle hecho daño. El objetivo en la vida de tipos como Fellows era volver a la opinión pública contra Nagato, contra el propio Naruto, contra cualquiera que se apellidara MacUzumaki. Nagato y él se habían visto acosados por Fellows desde que le encomendaron el caso de High Holborn hacía cinco años, y tuvieron que advertirle que estaba arriesgando su trabajo al dedicarse a ello con tanto empeño.
Ahora, Fellows había regresado, lo que quería decir que se había enterado de algo nuevo.
Naruto pensó en Lily Martin. Tenía en la mente la imagen de ella tal y como la había encontrado la semana anterior, con las tijeras de costura clavadas en el corazón. Recordó la cólera y el pesar que había sentido. Su intención era protegerla y había fallado.
—Lárguese —le repitió a Fellows—. No es bienvenido aquí.
—Esta casa ha sido alquilada por lady Sumire MacUzumaki —dijo Fellows—. Y nadie me ha dicho que no puedo hablar con la señora Õtsutsuki. Ella no es una MacUzumaki.
Naruto miró a Fellows e ignoró la expresión de satisfacción en su cara.
—La señora Õtsutsuki está bajo mi protección.
—¿Su protección? —El detective esbozó una sonrisa burlona—. Qué manera más elegante de expresarlo.
—Le aseguro que no me gusta nada su insinuación —intervino Hinata—. Por favor, inspector, váyase. Ya me ha dicho lo que quería decirme y le agradecería mucho que se fuera.
Ao se inclinó en una reverencia. Tenía su ojo muy brillante.
—Por supuesto, señora Õtsutsuki. Buenas noches.
Naruto no quedó satisfecho viendo salir al hombre de la sala y le siguió hasta el vestíbulo, en donde dio instrucciones al lacayo para que no volviera a dejarle entrar bajo ninguna circunstancia. Luego permaneció en la puerta, observándole, hasta que Fellows se perdió en la calle abarrotada, silbando.
Se volvió y se tropezó con Hinata, que estaba justo detrás de él. Olía a flores, pero el aroma de su piel era vagamente perceptible. Tenía la cara ruborizada, las mejillas húmedas y la respiración acelerada.
¡Maldición! No sonreía, tenía el ceño fruncido. Él tenía dificultades para interpretar la expresión de las personas, pero la preocupación y la incertidumbre de Hinata le resultaban tan evidentes como si estuviera gritándoselas. ¡Maldito fuera Fellows! Ojalá ella no le hubiera creído…
La tomó del codo y la condujo de vuelta a la salita. Cerró las puertas y, mientras lo hacía, Hinata se alejó de él con los brazos cruzados.
—No le creas —suplicó Naruto con los dientes apretados—. Hace años que acosa a Nagato. No te relaciones con él. No quiero que te veas envuelta en esto.
—Ya es un poco tarde para ello. —Hinata no hizo ademán de sentarse, pero tampoco se paseó por la estancia. Se mantuvo inmóvil, salvo los pulgares con los que se frotaba los codos con inquietud—. Me temo que el inspector conoce muchos secretos.
—Sabe mucho menos de lo que cree. Odia a mi familia y hará cualquier cosa por desprestigiarla.
—¿Qué tiene contra ustedes?
—No lo sé. Jamás lo he sabido.
Naruto se pasó las manos por el pelo, presa de una frustrada furia que contenía a duras penas. Odiaba aquella furia, era lo que más había irritado a su padre y lo que le había hecho ganarse muchas palizas cuando era niño.
Crecía en su interior cuando quería explicar algo y no lograba dar con las palabras precisas, cuando no podía comprender los disparates que todos balbuceaban a su alrededor. Entonces había hecho lo único que podía: comenzar a dar puñetazos y gritar hasta que dos lacayos lo inmovilizaban. Los gritos sólo se detenían cuando aparecía Nagato. El pequeño Naruto MacUzumaki adoraba a su hermano Nagato, diez años mayor que él.
Ahora era lo suficientemente maduro como para controlar sus impulsos, pero seguía sintiendo aquella cólera, y luchaba contra ella todos los días, como si se tratara del demonio en persona. Había peleado contra ella la noche que Sally Tate fue asesinada.
—No quiero que te veas envuelta en esto —repitió.
Hinata se limitó a mirarle. Tenía los ojos gris malva y los labios exuberantes y rojos. Quería besarla hasta que ella se olvidara por completo de Fellows y sus revelaciones, hasta que desapareciera esa mirada de sus ojos.
Naruto quería tenerla bajo su cuerpo, quería conocer su calor, oír sus gemidos cuando se hundiera en ella. Necesitaba con todas sus fuerzas unirse a ella hasta que ambos se perdieran en la pasión. Deseaba que fuera su refugio desde que la vio sentada junto a Deidara Akatsuki en la ópera en Covent Garden.
Se la había arrebatado a Akatsuki; para ello había traicionado los secretos de ese hombre. Akatsuki tenía razón; se la había robado. Y no le importaba. Pero ahora Hinata conocía sus secretos y le tenía miedo.
—Debería de ser muy sencillo demostrar que usted no cometió el crimen —dijo ella—. Seguro que su cochero y su ayuda de cámara pueden dar fe de donde estaba.
Así que ella pensaba que era muy simple.
Naruto se acercó a Hinata y le puso la mano en la mejilla, embelesado por la suave piel bajo su palma.
—No quiero que sepas nada de esto. Es ruin y sucio. Te manchará.
No estaba seguro de lo que Fellows le había contado, aunque podía suponerlo. Pero imaginaba que el detective había narrado sólo la parte más banal del incidente. La realidad era tan intensa, los secretos tan sucios, que podían arruinarles a todos.
Hinata esperó, siguió esperando que lo aclarara todo con un par de frases, que la reconfortara. Pero Naruto no podía porque conocía la sombría verdad. Su maldita memoria no se confundía, no olvidaba; le mostraba lo que había visto, lo que había hecho. Las dos mujeres que se habían visto involucradas estaban muertas.
¿Le ocurriría a Hinata lo mismo?
—No —dijo con voz aguda.
—Naruto…
El susurro le hizo daño. Naruto la soltó de nuevo con aquella estremecedora furia a flor de piel.
—No deberías tener nada que ver con los MacUzumaki —afirmó con firmeza—.Destruimos todo lo que tocamos.
—Naruto, yo te creo.
Hinata le había puesto los dedos sobre la manga y los cerró sobre la tela. Deseó poder sostenerle la mirada, pero le resultaba imposible. Ella comenzó a hablar con rapidez.
—Sé que temes que Fellows me haya apartado de ti. No lo ha hecho. Es evidente que está trastornado. Él mismo me dijo que no tenía pruebas, que jamás hubo ninguna acusación contra ti.
Eso era verdad, pero las cosas no eran tan simples.
—Déjalo —escupió—. Olvídalo.
Naruto deseó poder olvidarlo también, pero él no olvidaba nada. Los acontecimientos eran tan vívidos para él como haber estado allí sentado esa misma mañana tocando el piano con ella. Tan vívidos como cada uno de los experimentos que había realizado el médico con él en aquel sanatorio.
—No lo entiendes. —Hinata le soltó la manga pero puso la mano sobre el brazo—. Somos amigos, Naruto. Yo no hago amigos con facilidad… bien sabe Dios que no he tenido demasiados en mi vida.
«Amigos». Naruto pensó que no había oído nunca esa palabra referida a él. Tenía a sus hermanos y a nadie más. Gustaba a las prostitutas y ellas a él, pero no se hacía ilusiones de que siguiera siendo así si no les diera tanto dinero.
Hinata le miró con vehemencia.
—Lo que quiero decir es que no pienso tener un ataque de histeria por las acusaciones que ha formulado el inspector Fellows.
Ella todavía quería que él se lo aclarara, que proclamara su inocencia en voz alta. Pero a Naruto le costaba decir mentiras, no comprendía el objetivo de éstas, aunque también sabía retorcer la verdad a su antojo.
—No vi morir a Sally Tate —dijo con la mirada clavada en el marco de la puerta—. Y no le clavé las tijeras a Lily.
—¿Por qué sabes que la mataron con unas tijeras?
Él la miró a la cara y observó sus penetrantes ojos.
—La vi esa noche. Acudí a visitarla y la hallé muerta. Vio que Hinata tragaba saliva.
—¿No se lo has dicho a la policía?
—No. Salí de allí y cogí el tren hacia Dover.
—El inspector Fellows afirma que un testigo te vio entrar y salir de la casa.
—No vi a nadie, pero tampoco miré. Tenía que coger el tren y no quería que hubiera una conexión entre High Holborn, Lily y yo.
—De todas maneras, el inspector la estableció. La furia de Naruto revivió de nuevo.
—Lo sé. Intenté proteger a Lily de él y le fallé.
—Podría haberla matado cualquiera, un ladrón o un asaltante. No es culpa tuya.
Lily no había luchado. Fuera quien fuera la persona que le había clavado las tijeras en el pecho, la conocía y confiaba en ella. Eso es lo que había deducido y Shino lo confirmó con sus investigaciones.
—No la pude proteger. No puedo protegerte a ti tampoco. Hinata esbozó aquella pequeña sonrisa.
—A mí no es necesario que me protejas.
Santo Dios, ¿cómo podía ser tan inocente? Hinata estaba ahora relacionada con los MacUzumaki. Marcada a los ojos del mundo.
—Fellows te utilizará para llegar hasta nosotros. Es su manera de actuar.
—¿Utiliza a Sumire?
—Lo intentó. No lo consiguió. Fellows debió pensar que Sumire odiaría todo lo relacionado con los MacUzumaki después de que abandonó a Menma.
Supuso que ella le contaría todos sus secretos, pero se equivocó. Sumire era hija de un conde, era sangre azul la que corría por sus venas, y se negó a hablar con un simple policía. Su lealtad estaba con la familia de Menma.
—Ahí lo tienes —dijo Hinata—. Tampoco conseguirá nada conmigo.
—Te pesará compartir tu suerte con la nuestra.
—Ya te lo he dicho, es demasiado tarde para eso. He llegado a conocer muy bien a Sumire, y sé que no hablaría de ti con tanto cariño si pensara que eres capaz de asesinar.
Era cierto que Sumire tenía cariño por Nagato, Yahiko y él, aunque Dios sabía por qué. A Naruto le gustó Sumire en cuanto Menma se la presentó, al día siguiente de su huida. Era una joven muy inocente, pero había encajado a la perfección en su mundo masculino.
—Sumire cree en nosotros. Hinata suavizó su agarre.
—Si ella lo hace, yo también.
Naruto sintió que su cólera se apagaba, que la desesperación que le embargaba se evaporaba. Hinata le creía. Era tonta al hacerlo, pero lo cierto era que su fe conseguía llenar los vacíos que sentía en su interior.
—¿Crees en la palabra de un loco? —preguntó él.
—No estás loco.
—Me encerraron en aquel sanatorio por esa razón. No logré convencer a la comisión de que estaba cuerdo.
Ella sonrió.
—Una de las fieles de la congregación de mi marido creía firmemente que era la reina Victoria. Vestía con prendas de bombasí negro y hablaba constantemente del pobre y difunto Alberto. Tú no eres tan excéntrico como ella.
Naruto se apartó, obligándola a soltarle el brazo.
—Cuando salí del asilo, no hablé durante tres meses. La oyó detenerse detrás de él.
—Oh…
—No había olvidado cómo se hacía… sencillamente no quería. No sabía lo que estaba afligiendo a mis hermanos hasta que me lo dijeron. No soy capaz de percibir lo que sienten los demás. Tienen que decírmelo explícitamente.
Ella esbozó una temblorosa sonrisa.
—Por eso no te ríes de mis chistes tontos. Y yo que pensé que había perdido mi habilidad natural.
—He aprendido lo que debo hacer observando a los que me rodean, como aplaudir en la ópera cuando todos lo hacen. Es como aprender un idioma extranjero.
Pero no puedo seguir una conversación cuando estoy en medio de una multitud.
—¿Por eso no hablaste demasiado cuando viniste al palco de Akatsuki en Covent Garden?
—No me cuesta tanto hablar con una sola persona. —Se limitaba a constatar un hecho. Podía concentrar su atención en lo que decía una persona, pero si intentaba seguir un diálogo entre varias, acababa perdido. De niño le habían castigado por no responder en la mesa o por no tomar parte en una conversación. Su padre le había llamado maleducado.
«Mírame cuando hablo contigo, chico». Hinata entrecerró los ojos.
—Queridísimo Naruto, entonces ambos somos lobos de la misma camada. La señora Barrington tuvo que enseñarme cómo comportarme en sociedad desde el principio, y todavía no comprendo todas las reglas. Por ejemplo, ¿sabías que es de mala educación comer helado con una cuchara? Al parecer se debe usar el tenedor, lo que me resulta bastante ridículo. Lo más difícil para mí es dejar algo de comida en el plato, se supone que debo hacer creer que no me apetece comer más; pero pasé tanta hambre en mi juventud, que ésa cuestión me deja muy perpleja.
Naruto dejó que siguiera hablando sin molestarse en comprender lo que decía. Le gustaba su voz, era sosegada y suave, como el río de montaña en el que él pescaba en Escocia.
—Ahora me tuteas y me llamas Naruto —dijo.
Ella parpadeó.
—¿De verdad?
—Sí. Ya me has llamado así cuatro veces desde que entré.
—¿Ves? Ya te considero un amigo.
«Amigos». Él quería ser mucho más que eso. Hinata le miró entre las pestañas.
—Naruto, hay algo que tengo intención de preguntarte desde hace algún tiempo.
Él esperó, pero ella dio un paso atrás mientras jugueteaba con el anillo de plata que llevaba en la mano izquierda. Sabía lo suficiente de joyas como para saber que no era muy valioso, la única piedra que tenía era minúscula. Se lo había regalado alguien que no disponía de mucho dinero, pero ella lo conservaba con cariño, sin embargo, había devuelto la sortija de diamantes a Akatsuki sin titubear. Esta sin embargo era preciosa para ella.
—Naruto, me pregunto si quizá…
Él no escuchaba sus palabras. Estaba absorto en la cadencia de su voz, en el agitado ritmo ascendente y descendente de sus pechos, en el movimiento de sus labios.
—Como parece que yo te gusto un poco —musitó ella—, me preguntaba si estarías interesado en mantener una relación conmigo…
Las últimas palabras las dijo corriendo y Naruto por fin se concentró en lo que ella decía.
—Me refiero a mantener relaciones carnales —continuó Hinata—, en aquellas ocasiones en las que a ambos nos convenga.
Continuará...
