Episodio 51: Untold secrets

Simon despertó en medio de un dulce sopor, tumbado en una cama sorprendentemente blanda y cómoda cuyo tacto no le resultaba conocido, estaba semidesnudo, o eso suponía, ya que sentía casi en toda su piel el tacto de las sábanas, y tapado por una tela similar al terciopelo.

Lentamente entreabrió los ojos y escudriñó, no quería abrirlos por completo ya que eso lo espabilaría, de modo que se conformaría con adivinar su entorno en función de las vagas sombras que vislumbraría.

Enseguida se dio cuenta de que se encontraba en una habitación grande y rectangular, sólo había una ventana un metro a su derecha, y más allá otra cama, en la distinguió una sombra erguida, cuya peculiar forma le recordó inmediatamente a su hermano y, en frente de éste, de pie, un hombre robusto que daba vueltas sobre sí mismo, inquieto.

Parecían hablar, pero sus oídos aún no tenían ganas de recoger sonido alguno.

- ¿Estás totalmente seguro de que fue tu corazón?

- Al cien por cien

- …No puede ser ¿No te habías recuperado totalmente?

- Eso es lo que pensaba yo, pero hacía demasiado tiempo que no libraba un combate de semejante intensidad.

Las voces llegaban lejanas a los oídos de Simon; a pesar de saber que Luis y su hermano se encontraban en la misma habitación que él, tenía la sensación de que, en su somnolencia, estaba a un kilómetro de ambos, de hecho, por un momento llegó a pensar que estaba soñando, pero el lacerante dolor de sus brazos – menor que al final de su batalla con las hermanas, todo había que decirlo – lo convenció de lo contrario.

- ¿Y ahora qué hacemos?

- No lo sé, tú eres el que está al mando.

- …Deberías volver a casa

- No puedes decirme que haga eso.

La voz de Luis expresaba preocupación y la Erik, firmeza, Simon no podía imaginar por qué, pero tenía la sensación de que hablaban de algo muy importante.

- Ya estuviste al borde de la muerte una vez ¿Lo recuerdas? Si aún te quedan secuelas de aquella misión…

- Luis, sabes que no quiero hablar de eso.

- Si lo hicieras, te lo sacarías de encima de una vez.

La voz de Erik se apagó de repente, no dijo nada, pero pudo discernir cómo giraba la cabeza, apartando la vista.

Luis bufó.

- Mira, ya de por sí estuve en desacuerdo con que Simon viniera con nosotros, me preocupa ¿Sabes? Esa herida puede ser muy peligrosa para él, y si ahora además resulta que tu corazón se debilita…

- ¡Estoy bien! ¿Vale? Ha sido sólo… un aviso, y en cuanto a Simon, es lo suficientemente fuerte como para sobreponerse a sus dificultades.

- En el próximo combate podrías sufrir un infarto – respondió Luis, exasperado – y en cuanto a Simon, no dudo de sus fuerzas, pero sabes tan bien como yo que esa herida, si no se cierra, se las irá mermando poco a poco.

- Tú lo has dicho – respondió Erik – si no se cierra, pero por ahora allá donde vamos encontramos un remedio provisional que ayuda a retrasarlo.

- Eso no me tranquiliza, Simon debería volver, y tú también.

- Puedo juraros que las vais a pasar putas si queréis convencerme de que vuelva – intervino el hermano menor con una voz tan débil que le hizo dudar de que fuera realmente la suya.

Los dos compañeros se sobresaltaron y miraron al muchacho.

- ¡Simon! – exclamó Erik, nervioso - ¿¡Desde cuando estás despierto!?

- Desde que a Luis se le ocurrió la chorrada esa de que deberíamos volver – mintió.

- No son chorradas – respondió inmediatamente el aludido – si tienes alguna objeción me gustaría que…

- ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? – lo interrumpió el joven, que no tenía la más mínima gana de escuchar sermones.

- Horas – respondió el Fernández – son las seis de la tarde, así que imagina.

- Me cago en la puta…

- Bueno, esa es la mala noticia – continuó – la buena – alzó la mano que no tenía visible, la derecha, mostrando a Simon un montón de papeles que parecían haber estado doblados – es que no he perdido el tiempo, hace poco volví de comisaría con órdenes de registro para inspeccionar los escenarios de las otras cinco abducciones.

Simon sonrió y levantó el brazo con el pulgar extendido en señal de aprobación, momento en el que se dio cuenta de que sus brazos estaban vendados.

- ¿Y nuestro siguiente objetivo es…?

- Recuperaros – lo interrumpió una voz que a los tres se les hizo familiar.

La puerta, que se hallaba en la pared del fondo, al lado del joven Belmont, se abrió, y por ella apareció Loretta, con una serena sonrisa en el rostro.

Simon, que hasta ese momento se había mostrado distendido, se recostó, tenso.

- ¿Qué quiere? – preguntó con hostilidad.

- Sentí que tu aura ardía de nuevo – respondió ésta con total normalidad – así que subí a ver como estabas… Dime ¿Qué tal tus brazos?

El chico no contestó, limitándose a mirarla con el ceño fruncido.

- Comprendo que desconfíes de nosotras – repuso la anciana – desde luego no ha sido el mejor recibimiento que podíamos brindaros, pero te aseguro que – miró a Erik – todo tiene una explicación, aunque por el momento haya alguna que otra que no podamos otorgaros – se dio la vuelta para salir de la habitación – ahora será mejor que os relajéis, los ungüentos no tardarán en hacer efecto, y os curarán con rapidez.

- ¡Espere! – la interrumpió Simon.

- ¿Sí?

- ¿Para qué no estamos preparados?

Loretta lo interrogó con la mirada, a la vez que Erik y Luis.

- Usted se lo dijo a su hermana cuando nos derrotaron.

- Ah, eso – su sonrisa se acentuó, aunque en su mirada parecía reflejar algo de culpa – me temo que es una de las explicaciones que aún no podemos daros, lo siento – se disculpó antes de cruzar la puerta y salir.

Simon se dejó caer sobre el colchón y bufó enfadado.

- Simon ¿Qué está pasando? – le preguntó Erik, extrañado.

- Francamente, eso quisiera saber yo – admitió el muchacho – desde que fuimos a la hermandad no dejan de pasarnos cosas raras.

- El aviso de Arikado, el comportamiento de Malaquías al final, la actitud de la policía francesa… - enumeró Luis.

- Y de la noche a la mañana nos vemos en casa de Stella y Loretta Lecarde, pasando una supuesta prueba, que vaya prueba, por cierto, sin ni siquiera saber por qué – completó el pelirrojo – lo único que sabemos es que se nos necesita.

Dejaron pasar un rato en silencio, sumergido cada uno en sus propios pensamientos, hasta que Simon se irguió repentinamente, poniendo en su rostro una mueca de dolor al sentarse, pero ávido de información.

- ¿A dónde vas? – le preguntó Luis - ¡Si no te puedes ni mover todavía!

Al llegar a la puerta, el joven Belmont se apoyó en el marco.

- Tenemos poco tiempo y muchas cosas que hacer ¡Y necesito respuestas! No pienso irme de esta mansión sin ellas.

Mientras, abajo, Loretta abría una puerta doble, dentro de la sala a la que daba que se hallaba su hermana mayor esperándola, sentada en un escritorio de espaldas a la puerta y frente a una gran pantalla plana que tenía sobre sí una pequeña webcam; no había nada más, salvo un panel de botones sobre la mesa, unos pocos cuadernos desperdigados y un portafotos, enmarcando un retrato en el que un hombre de pelo largo castaño y rasgos duros y una mujer cuyo pelo corto rubio tenía algunos reflejos verdosos posaban para la cámara, sonrientes.

- ¿Ya has llegado? – preguntó Stella a su hermana, mientras ésta cerraba la puerta - ¿Qué tal están?

- Bien, pero Simon desconfía un poco…

La mayor chasqueó la lengua.

- Se nos coló un idiota.

- No seas así, hermana, la verdad es que tiene motivos ¿Está todo listo ya?

En la mesa, el pulsador amarillo del panel se iluminó.

- Si – respondió Stella mientras lo pulsaba.

La pantalla se encendió de repente, mostrando con enorme nitidez una vista que daba a un gran ventanal desde el que podía verse la plaza central de la hermandad, segundos más tarde, una mujer rubia aparecía por la derecha, sentándose apresuradamente frente a la cámara.

- Uff – resopló – perdonad el retraso.

- ¡Rose! – exclamó Loretta, sonriente – Cuanto tiempo, pequeña.

- Ya empezábamos a echarte de menos – repuso Stella – tienes tan buen aspecto como siempre.

Rose Morris sonrió mientras negaba con la cabeza.

- No tía Stella, no, ojalá… siento haber tardado tanto en ponerme en contacto con vosotras, pero ya sabéis como están las cosas… desgraciadamente.

- ¿Jonathan sigue enfermo? – preguntó la hermana mayor con cierto deje de preocupación en su voz.

Rose negó de nuevo con la cabeza.

- Sigue mal, muy mal, anoche hablé con mi madre, la batalla de 1944 y todo lo que ha sucedido posteriormente lo han consumido, aunque quiera, ya no puede más.

- Charlotte siempre decía – comentó Loretta con una sonrisa nostálgica – que la magia la consumiría a ella primero, o que al menos esperaba que así fuera… tiene que estar pasándolo mal… ¿Cómo lo llevan ella y tu hermana?

- Mi madre bien – respondió – con estoicismo, Selina se está derrumbando.

- De todas formas, ten fe – aconsejó Loretta a la Morris – Jonathan es muy fuerte, siempre lo ha sido, y os quiere mucho, no os abandonará sin luchar.

Rose dibujó una sonrisa que devino en una expresión de extremo cansancio; las hermanas Lecarde, que para ella siempre habían sido como sus tías – o incluso aún más cercanas – eran las únicas personas en el mundo que, para ella, tenían derecho a verla así, aplastada por el exceso de trabajo y hundida por sus propias circunstancias personales.

- En otro orden de cosas – su deseo de cambiar de tema era imperioso – hablé con François hace unas horas, me dijo que ahora Simon, Erik y Luis se encuentran bajo vuestra protección…

- Oh, es sólo algo temporal – aclaró Loretta – no creo que duren aquí más de un día, dos a lo sumo, tienen otras cosas que hacer.

- El caso de los niños – repuso Stella – ellos son los que están al cargo.

Rose asintió.

- Juanjo Fernández me informó de ello… ya que están con vosotras ¿Los habéis puesto a prueba?

- Si, pero no del todo – admitió Stella.

- Sólo las habilidades de combate de los Belmont – completó Loretta – y… me he tomado la libertad de hacer pasar a Simon por mi test particular.

- ¿Y bien? – preguntó Rose, expectante.

Las dos negaron con la cabeza

- Decepcionantes – contestó Stella de forma tajante.

- Sus capacidades de combate están por debajo de lo que esperábamos – explicó la hermana mayor – y psicológicamente tienen algunas… anomalías – pareció detenerse, pero cuando comprendió que esa expresión podía dar lugar a interpretaciones erróneas, decidió extenderse un poco más – les falta espíritu, hay algo que les cohíbe y les incapacita para luchar al cien por cien, en el caso de Simon es sólo baja autoestima, pero el problema de Erik temo que sea más profundo.

Rose se llevó la mano a la barbilla.

- Ya veo, así que no están preparados… - dedujo con cierta aflicción.

- Yo creo que directamente no son los adecuados para este cometido, no entiendo como habéis podido escogerlos, creía que los miembros de la alta esfera de la hermandad eran más juiciosos.

- ¡Stella! – la regañó su hermana menor.

- No es que hayamos elegido mal – replicó Rose – es que son los indicados para esto, tía Stella, no hay nadie más.

- Si, ya sé que Luis Fernández es el heraldo del santo, pero ¿Y los Belmont?

- Ellos son la siguiente generación de su clan y, como ya hablamos la última vez, han de estar ahí.

- No puedo estar de acuerdo – intervino Loretta – con la desaparición de Drácula, el clan Belmont ya no es necesario, y sin el látigo…

- ¿Estás segura de eso, tía Loretta? – la interrumpió Rose con tono sombrío – estoy segura de que tú también lo has notado… un inmenso poder crece en algún lugar de Europa…

- Cierto – convino ésta – pero las tres sabemos que es imposible que sea Drácula…

- Pero la pureza de ese poder es tal… sólo Simon y Erik se aproximan a ella.

- Cierto – admitió Stella – ni siquiera Julius poseía un aura tan limpia como la de Simon Belmont, el chico es débil, pero su poder es excepcional… Si sólo fuera un poco más fuerte…

Loretta, que se había echado a pensar después de sus últimas palabras, levantó la cabeza.

- Sí, el aura de Simon es de una pureza impresionante, pero Erik…

Rose y Stella la miraron fijamente.

- Loretta, explícate por favor – le pidió su hermana mayor.

- Puede que tenga que ver con las anomalías de las que os hablé antes… ese muchacho se consume en su dolor… no lo exterioriza, pero he sentido que la tristeza lo invade, está pervirtiendo su aura… se está oscureciendo.

- Bueno – repuso Stella – mientras sea tristeza y no ansia de poder…

Rose guardó silencio durante unos segundos, echó la cabeza hacia atrás y suspiró.

- Aún no ha sido capaz de superarlo – comentó con exasperación.

- ¿Te refieres a…?

- ¡Si! ¡Ha tenido dos años el muy hijo de puta!

- Fue algo muy duro para él – argumentó Loretta, como si intentara excusarlo – es normal que aún no se haya repuesto.

- Kraus Van Helsing se recuperó con rapidez – replicó Rose con brusquedad - ¡Y Luis también! ¿Cómo puede ser más débil que ellos dos?

Stella suspiró.

- ¿Y qué esperabas? Es humano, como nosotras tres.

La lideresa echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de su asiento, el cansancio que la afectaba era en aquel momento bien visible.

- De alguna forma – murmuró – Erik DEBE recuperarse… la antigua coalición se reunirá pronto…

- ¿Él es el receptor del legado de Trevor? – preguntó Loretta con curiosidad.

Rose asintió con la cabeza.

- El es el único… reúne las condiciones necesarias para ello…

Se hizo el silencio, limitándose sólo a mirarse, las hermanas a Rose y Rose a las hermanas, ellas dos prácticamente eran sus otras madres.

- Rose… una cosa más – solicitó Stella de repente.

- ¿Sí?

- ¿Qué se sabe de… Sapphire?

El gesto de la mujer se ensombreció

- La respuesta es la misma de siempre, tía… se la ha tragado la tierra… no se han tenido noticias de ella en veinte años, y nuestros activos siguen buscándola.

La anciana agachó la cabeza, con los puños cerrados sobre la mesa.

- Esa… ¡Arpía! Si algún día llegara a atraparla… yo…

Los ojos de Loretta se desviaron a la foto que descansaba sobre el escritorio.

- Tía Stella, créeme que lo comprendo, pero en estos mismos momentos debemos pensar en la situación actual…

- Lo comprendo, Rose – contestó la hermana menor – pero antes de que nuestro tiempo se acabe, nos gustaría… vengarlo – suspiró – se llevó algo muy preciado para las tres.

La Morris se pasó la mano por la cara con gesto de dolor, su mente se remontó a los años pasados, a sus recuerdos felices, aquellos que ahora le resultaban dolorosos…

- Sea como sea – replicó – ahora nuestra prioridad es el esclarecimiento de los sucesos actuales, os ruego que tengáis paciencia… ya en su momento juré encontrarla y hacerla pagar.

Las hermanas asintieron, en realidad lo comprendían, pero aquel día, vigésimo aniversario de la pérdida de Richard Lecarde, el dolor las ahogaba.

Sonrieron con resignación, alzaron la vista y miraron a la mujer que les devolvía la sonrisa tras la pantalla.

Por sus ojos sabían que ya no quedaban más temas que tratar.

- Saluda a Charlotte de nuestra parte ¿Vale? – se despidió Stella.

- Pronto pasaremos a ver a Jonathan – indicó Loretta – si hay algún cambio, sea para bien o para mal, comunícanoslo.

Rose asintió con una sonrisa y se despidió con la mano para, acto seguido, pulsar una tecla del ordenador, tras lo que la pantalla quedó totalmente negra.

La habitación quedó en silencio junto a ellas, Stella había bajado la mirada de nuevo, mirando sus manos, impotentes desde hacía dos décadas, mientras que Loretta se sumía en sus pensamientos.

Pasaron casi diez minutos hasta que la menor habló.

- ¿Crees que… deberíamos contárselo?

- ¿Qué y a quienes? – respondió la mayor con desgana.

- A Simon y a Erik, todo lo que está sucediendo.

- No – contestó tajante – no deben saber nada de esto, no hasta que estén preparados.

- Personalmente, no creo que puedan estarlo sin saber qué les espera.

Stella alzó la cabeza y cruzó sus ojos con los de Loretta.

- ¿Crees que esos chicos están en condiciones de saber la verdad? – preguntó con brusquedad - ¿Crees que les sentará bien saber que la búsqueda de Alicia Fernández es sólo un pretexto? ¡Es una camisa de once varas! No podrán asimilarlo… ¡Son simples marionetas en manos de la iglesia!

- A veces… los hilos que sujetan a una marioneta pueden romperse… cuando toman conciencia de lo que son…

La hermana mayor frunció los labios, las dudas se apelotonaron en su mente, la iglesia era demasiado grande, demasiado poderosa, decírselo no merecería la pena.

Pensó en Erik concretamente, a quien tal vez le hubiera tocado la peor parte.

- Esa pobre muchacha… Claire Simons… - susurró – Si Erik supiera el por qué…

Loretta abrió la boca para hablar de nuevo, pero entonces la manija de la puerta giró, y por ella apareció repentinamente Simon, casi doblado de dolor.

- Vaya… al fin… que grande es esto, leches…

Las dos hermanas se dieron la vuelta, y Stella se levantó.

- ¡Simon!

- ¿¡Qué haces aquí!? – exclamó la mayor – ¡Tendrías estar en cama!

El muchacho negó con la cabeza.

- De eso ni hablar… necesito respuestas ¡Y las necesito ahora!