Naruto Y Hinata en:

EL SECRETO DE NARUTO


Séptimo Capítulo


Esperare

—Naruto Uzumaki, ¿aceptas a Hinata MacHyuga como esposa? —el sacerdote hizo la pregunta de rigor con tono ceremonial, mirando al novio.

—Sí, acepto —contestó Naruto, con voz firme.

—Hinata MacHyuga —el religioso se volvió hacia ella—, ¿aceptas a Naruto Uzumaki como esposo?

Una vez más, su lengua se volvió un trapo mojado que costaba mover. Tiempo atrás, se había hecho la promesa de que aquel hombre no lograría interferir en su felicidad. Y, justamente, era con él con quien el destino había decidido que debía encontrarla... Si es que tal empresa era posible.

Observó de reojo al novio, que no parecía nervioso por su titubeo. Naruto no la presionó, no la miró siquiera. Sus ojos estaban clavados en la biblia que sostenía el padre Norris entre sus manos.

—¿Hinata? —le insistió este, al ver que ella dudaba.

—Sí... acepto —susurró al fin, dejando escapar el aire que retenía.

Naruto tomó en ese momento la mano de Hinata y la unió a la suya con una banda de su manto con los colores Uzumaki. El sacerdote asintió, satisfecho, e hizo la señal de la cruz en el aire al tiempo que recitaba:

—Que Dios os bendiga y que vuestra vida en común sea larga y dichosa.

Hubo vítores y aplausos tras aquel gesto y los contrayentes se volvieron hacia los asistentes a la ceremonia.

Ninguno de los dos sonreía.

Sai Campbell, de pie junto al resto de los invitados, se inclinó hacia su esposa Ino y musitó en su oído.

—¿Sería muy violento si pido en voz alta que se besen los novios?

—Sí, lo sería. Me da mucha pena... no debería ser así —respondió ella, apoyándose contra él al notar que su hermano no mostraba ningún signo de felicidad. Sai le pasó un brazo por los hombros para reconfortarla.

—Acabarán llevándose bien, ya lo verás.

—Eso espero.

Los novios salieron de la pequeña iglesia y todos los asistentes los acompañaron. Se dirigieron directamente al gran salón de Konohagakure, donde estaba todo preparado para la celebración que habría de durar todo el día.

En las largas mesas dispuestas para los invitados les esperaban ya enormes bandejas de pescado ahumado, cestas con panes tiernos y pucheros con guisos de carne y verduras. En el fuego, como ocasión especial, se asaban lentamente varios jabalíes, cuyo delicioso aroma impregnaba cada rincón del salón. Las jarras de vino y cerveza no tardaron en llegar y, nada más ocupar su sitio, Hinata se bebió una copa entera del líquido rojo para intentar aplacar la Yamatotia que sentía en el estómago.

Naruto, a su lado, hizo lo mismo. Después, volvió a servir más vino para los dos.

—No hemos tenido ocasión de hablar —le dijo, tras beber esa segunda copa—, pero eres la novia más hermosa que jamás he visto.

Hinata lo miró estupefacta. Era la primera vez que Naruto le dedicaba unas palabras apreciativas y se emocionó. No tanto por la alabanza en sí, sino por el momento que había elegido. Llevaba el traje de bodas de su madre, que ella misma con ayuda de Tenten había arreglado para que se ajustara a su cuerpo, más delgado que el de Hanna MacHyuga cuando se desposó. Se suponía que aquel era un momento especial en su vida, que jamás lo olvidaría, que su madre lloraría lágrimas de felicidad cuando la viera lucir su propio vestido, orgullosa.

Pero Hanna no estaba presente.

El piropo de Naruto, que había sonado sincero, calentó en parte su desolado corazón.

Hinata aprovechó que él volvía a llenarse la copa para apreciar su aspecto. También se había engalanado, con unas calzas oscuras, camisa blanca y una sobrevesta de color azul oscuro ceñida en la cintura con una correa de cuero ancho. No se había afeitado, sin embargo. Supuso que debía acostumbrarse a que su esposo luciera barba, por más que ella supiera lo atractivo que era el rostro que ocultaba. Tampoco era que necesitara rasurarse para resultar imponente. Naruto Uzumaki exudaba masculinidad por cada poro de su piel y una fuerza que a ella la empequeñecía. Cualquier mujer se hubiera sentido complacida con un esposo como él.

A no ser que conociera su verdadera naturaleza.

Ella la conocía. Y la cuestión era, ¿podría convivir con alguien así? ¿Podría olvidar la imagen que tenía de aquel muchacho que atravesó la garganta de Lío con su espada sin inmutarse? Unas palabras amables no lo redimían de los pecados que Hinata le achacaba. No lo disculpaban por todas las veces que, después de aquel lamentable incidente, se habían encontrado y él se había mostrado odioso e intratable.

—¿Qué te apetece comer? —le preguntó de pronto su recién estrenado esposo, rescatándola de sus recuerdos—. ¿Pido que nos sirvan un poco de asado?

—La verdad es que no... no tengo mucha hambre.

Él la miró con mucha seriedad.

—Ofenderás a nuestra cocinera si no pruebas bocado, Hinata. Eres la novia, todo el mundo espera que disfrutes de la fiesta.

—Siento tener el estómago cerrado. No pretendo ofender a nadie, pero si no quieres que termine vomitando, no me obligues a comer.

En ese momento, una de las criadas se acercó a su mesa con una enorme bandeja de tajadas de jabalí. La puso frente a Hinata y la miró con una sonrisa, esperando algo.

Tal vez fue el brillo de sus jóvenes ojos, la ilusión que vio en ellos por ser la encargada de servir a los mismísimos novios. El caso es que Hinata se sintió incapaz de defraudarla.

—Tiene un aspecto exquisito...

—Maggie, mi señora.

—Pues tiene un aspecto y un olor que hacen la boca agua, Maggie.

El rostro de la jovencita se iluminó tras sus palabras. Hizo una nerviosa reverencia y añadió antes de retirarse:—La cocinera es mi madre. Le diré que la comida es de vuestro agrado, se mostrará muy complacida.

Cuando la sirvienta desapareció, Naruto se inclinó hacia ella.

—Te agradezco lo que acabas de hacer. No hace falta que lo pruebes, yo me comeré tu parte.

Fue a retirarle el plato que Maggie le había preparado, pero ella sujetó su mano.

—No... Tienes razón, después de todo, este banquete es en nuestro honor. Comeré.

Naruto miró la pequeña mano de Hinata sujetando su brazo. Luego los ojos azules se elevaron hasta encontrar los suyos.

—Gracias por intentarlo —susurró con voz ronca.

Hinata volvió a sentir pellizcos en el estómago ante su tono, ante esa mirada que parecía ahondar en su interior. ¿Por qué de pronto era tan amable? ¿Por qué seguía resultándole tan familiar cuando se acercaba tanto, cuando eliminaba ese hielo de sus ojos?

—¡Un brindis por los novios! —gritó entonces Yamato, rompiendo la magia de aquel momento. El hombre se puso de pie con una jarra de cerveza en la mano y miró a los protagonistas de la velada—. ¡Que tengáis una vida dichosa, que Dios os bendiga con muchos hijos... y que esta noche tengáis un feliz estreno del matrimonio!

El comentario provocó carcajadas en la mayoría de los presentes, que levantaron también sus copas en honor a los recién casados. Hinata enrojeció hasta la raíz del cabello y hubiera jurado que Naruto, a su lado, también se envaraba.

Pero aún tuvieron que aguantar muchas más chanzas a su costa, puesto que los brindis se sucedieron uno tras otro, durante gran parte de la fiesta, que duró hasta bien avanzada la noche.

Cuando al fin los novios decidieron retirarse, Naruto se acercó a Arthur Scott para despedirse. A esas alturas, el orondo emisario del rey estaba ya bastante ebrio.

—Podéis decirle a su majestad que la boda se ha celebrado según sus deseos.

—¡Ah, no, señor mío! —exclamó, antes de beber lo que quedaba de su copa y pasarse el dorso de la mano por la boca—. No puedo completar mi misión hasta que no verifique que esta unión se ha consumado. —El hombre soltó una obscena carcajada y Naruto apretó los puños.

—Scott...

—Era una broma, Uzumaki —aclaró, palmeándole la espalda al guerrero—. Anda, ve con tu esposa y goza de tu noche de bodas. Hablaremos en el desayuno, antes de que parta hacia Stirling... ¡si es que te puedes levantar de la cama mañana! Esa damita bien merece que gastes todas tus energías cumpliendo como un hombre. —Volvió a reír ante su ocurrencia.

Naruto se alejó y agarró a la novia del codo para alejarla de los comentarios soeces de aquel individuo. La condujo hasta su propia alcoba, dejando atrás a sus invitados que continuaron la fiesta sin ellos, disfrutando de la música, el baile, la comida que quedaba y mucha más bebida. Después de la guerra y de las innumerables penas que habían tenido que soportar, los habitantes de Konohagakure no querían renunciar tan pronto a esa noche de alegría y diversión.

Hinata escuchó cómo se cerraba a su espalda la puerta de la alcoba que iba a ocupar junto a Naruto y dio un respingo.

Ya estaba allí, a solas con él.

El primer día del resto de su vida como esposa de un Uzumaki. El pensamiento hizo que se estremeciera.

Se fijó en que alguien había llevado sus cosas hasta esos aposentos. Además, habían preparado una tina con agua caliente junto al fuego. ¿Pensaba acaso Naruto que se desnudaría delante de él? ¿Que se bañaría con él en la habitación?

Enrojeció al darse cuenta de que no estaba siendo justa con él. Ahora era su esposo y, como tal, tenía todo el derecho a verla desnuda. Aun así... aquello era demasiado.

—He pensado que te gustaría darte un baño después de este largo día —dijo Naruto con tono monocorde—. Por eso he ordenado que lo prepararan.

—Yo no...

—No te apures. Aquí hay una mampara que te proporcionará intimidad. —Se acercó a la pared y arrastró un panel de madera hasta ocultar la tina con el agua—. Me mantendré al otro lado, tranquila.

—En ese caso... gracias.

Hinata se ocultó tras la mampara y, una vez lejos de la mirada de Naruto, respiró profundamente. Miró el agua, que humeaba tentadora junto al fuego, y le pareció que la ocurrencia de su nuevo esposo había resultado muy acertada. Sus músculos estaban agarrotados por la tensión acumulada durante todo el día y le vendría muy bien ese baño caliente.

Hasta que se dio cuenta de que no podría quitarse el vestido sin ayuda. Respiró hondo un par de veces más y salió de su escondite, casi arrastrando los pies.

—¿Podrías... podrías ayudarme con los cordeles de la espalda?

Naruto pareció sorprendido por su petición, mas se acercó, solícito. Ella se dio la vuelta y cogió aire, intentando relajar el temblor que no podía controlar en su cuerpo. Notó los dedos ásperos del hombre cuando le rozó el cuello con delicadeza y sintió que aquel leve contacto le ardía en la piel.

Se sofocó. Los molestos pellizcos en el estómago regresaron, tornándose más perturbadores según él iba deshaciendo las lazadas del vestido. Sentía su presencia imponente tras ella y notaba el calor que emanaba de aquel cuerpo masculino... Por un momento, se preguntó si él también querría bañarse, si tendría ocasión de verlo desnudo, y los temblores de su cuerpo se volvieron más violentos.

Aunque en esta ocasión, reconoció, no tenían nada que ver con el miedo primitivo que se apoderaba de ella cada vez que recordaba lo sanguinario que podía llegar a ser. En ese momento, lo que Naruto despertaba en su interior era otro tipo de inquietud.

Sin embargo, él debió entender que seguían en el mismo punto en el que siempre se habían mantenido, porque cuando finalizó la tarea, le habló con voz muy queda.

—Escúchame, Hinata —la giró para poder mirarla a los ojos. Sus manos ascendieron muy despacio hasta que enmarcaron su rostro y ella se sintió desfallecer ante esa caricia tan tierna—. No soporto ver cómo te encoges cada vez que me acerco a ti. Y no quiero forzarte a hacer algo que sé que no quieres que ocurra. —Naruto suspiró y cerró los ojos un momento antes de seguir, como si le costara un mundo seguir hablando—. Quiero que estés tranquila, no debes tenerme miedo. Sé lo que piensas de mí, lo que yo siempre te he dado a entender... Y por eso, hoy tú y yo haremos un nuevo trato para no romper esta tregua que hemos acordado.

—¿Hablas de la promesa que te hice ayer?

Naruto entrecerró los ojos, confundido.

—¿Qué promesa?

—Te prometí que, una vez consumado nuestro matrimonio, no te obligaría a nada más conmigo.

Las palabras de Hinata, aunque fueron apenas un susurro, parecieron escocer bastante a Naruto, porque su mirada destelló con un brillo indignado.

—Será justo al contrario, si te parece bien.

Al fin, las grandes manos del guerrero abandonaron su rostro y se alejó un paso, permitiendo que Hinata pudiera volver a pensar con claridad.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, sin entender de qué estaba hablando.

—No consumaremos esta noche nuestro matrimonio, Hinata MacHyuga, no te tocaré. Te propongo que me concedas unos días para que puedas conocerme mejor. Verás que no soy el ogro que has visto siempre en mí y, tal vez, entonces, puedas dejar de temblar en mi presencia. Sé... sé que yo no soy Menma, y que es mucho pedir que pretenda que un día, no muy lejano, te entregues a mí por propia voluntad. No te pido que lo olvides, jamás podría hacer tal cosa. Pero te ruego que, al menos, tengas en cuenta que lo nuestro podría funcionar si llegamos a un entendimiento mutuo. Te prometo que sabré ser un buen esposo y cumpliré con todos mis deberes.

Hinata estuvo a punto de preguntarle si, entre esos deberes, se encontraba también el de amarla. Pero no lo hizo.

—¿Y qué sucederá si pasan los días y no deseo entregarme a ti? ―inquirió en cambio.

Naruto lo meditó. Se retiró el pelo de la cara con una mano y suspiró con resignación.

—Podrás repudiarme. Podrás decir a todos que tu esposo no ha cumplido como un hombre, que no hemos consumado el matrimonio y te concederán una anulación.

A Hinata se le desencajó la mandíbula al escucharlo. Casi podía ver cómo su hombría se rebelaba con fiereza en sus ojos al contemplar esa vergonzosa posibilidad. Y que estuviera dispuesto a sacrificar su viril reputación por ella hizo que lo viera bajo una nueva luz.

—Bien —dijo, observándolo con cautela—, esperaremos unos días entonces. ¿Dónde dormirás?

Él apretó los labios, como si su rápida aceptación de aquel trato descabellado también lo hubiera molestado. Hinata frunció el ceño, ¿acaso no había sido idea suya?

—Siento decirte que, aunque no pueda tocarte, no tenemos más remedio que dormir juntos. Al menos hoy. No me fío de Arthur Scott. Ese hombre despreciable puede presentarse aquí en mitad de la noche para dar fe de que nuestro matrimonio queda ratificado.

—¿Sería capaz? —preguntó Hinata, horrorizada al pensar en esa posibilidad.

—Me temo que sí. Así que no tienes más remedio que soportarme a tu lado esta noche. — Levantó las manos en señal de inocencia y añadió—. Me portaré bien.

Hinata le agradeció mentalmente que usara ese tono despreocupado para disminuir la tensión que flotaba en el ambiente. Un tono que, por otra parte, volvió a sentir demasiado familiar.

"Claro, porque Menma también se mostraba así de abierto contigo. Eso, junto a su aspecto, prácticamente idéntico, tiene que resultarte familiar a la fuerza", se dijo.

Notó un pinchazo de melancolía al pensar en su primer y único amor. Miró una vez más a Naruto, que se había sentado en la cama para quitarse las botas y comprobó, no sin cierto malestar, que el recuerdo de Menma había perdido un poco de fuerza. ¿Tal vez la presencia de su esposo era tan poderosa que eclipsaba el pasado? Por un breve y terrorífico momento, deseó que fuera así.

Acto seguido, se recriminó tal pensamiento. ¿Qué clase de mujer sería si olvidaba a su gran amor a las primeras de cambio?. Se escabulló de nuevo hacia la tina, a resguardo de los ojos de aquel hombre, dispuesta a disfrutar de su baño en la medida de lo posible.

Por eso, no vio la mirada cargada de anhelo que su flamante esposo le dirigió.

Los recién casados partieron hacia Balquhidder al día siguiente, junto con la dama de compañía de Hinata, su escolta de cuatro hombres y un grupo de cinco soldados Uzumaki.

La despedida había sido bastante sentida, sobre todo por parte de Ino, que en su estado se encontraba mucho más sensible de lo normal. Su hermano había tenido que aguantar que le mojara el hombro con sus lágrimas y le había tenido que prometer que iría a verla, junto con su nueva esposa, en cuanto sus deberes con el clan MacHyuga se lo permitieran.

Su padre le había deseado buena suerte, confiando en que haría un buen trabajo, y también le había dado un emotivo abrazo que Naruto sintió que valía por dos. Uno por él, y otro por Menma, a quien Minato no había tenido ocasión de despedir como hubiera querido.

Yamato y Sai también le habían deseado buena fortuna en la nueva vida que lo esperaba en las tierras de los MacHyuga.

—Si me necesitas, solo tienes que hacerme llamar —le dijo Yamato, con la voz enronquecida por la emoción.

Naruto le aseguró que así lo haría.

Por último, Chiyo se despidió de él con los ojos empañados. Le cogió la cara con sus huesudas manos y le miró a los ojos con solemnidad.

—Te mereces ser feliz, Naruto. No cargues a tu espalda con penas de las que no eres culpable. Deshazte de los fantasmas y busca tu propio camino. Estoy segura de que, al lado de Hinata, encontrarás la paz que tanto necesitas.

Al lado de Hinata.

Chiyo no estaba en sus cabales cuando le dio aquel consejo porque, precisamente, al lado de Hinata en su noche de bodas no había encontrado ningún tipo de paz.

Todo lo contrario.

Había permanecido en tensión todo el tiempo, durante las interminables horas que ella pasó durmiendo, hasta la primera luz de la mañana. Antes de eso, Hinata se había dado su baño relajante y él se había desnudado para meterse entre las sábanas de la cama. Su pulso, allí tumbado, se disparó al escuchar los sonidos que la joven hacía al sumergirse en el agua, al oír su suspiro de placer ante la agradable sensación, el ligero chapoteo mientras se lavaba, sus inconfundibles pisadas en el suelo de madera una vez abandonó la tina...

La imaginó desnuda. Se recreó pensando en cómo se vería aquella piel lechosa a la luz del fuego del hogar. ¿Tendría pecas también en sus suaves hombros? La visualizó una vez fuera del agua, con el cuerpo completamente empapado, con los pezones erectos por el cambio de temperatura, con los labios entreabiertos y la expresión relajada tras el delicioso baño.

Y, como no podía ser de otra manera, se excitó. Aun sabiendo que no podría tocarla, que su noche de bodas la pasaría en el más absoluto celibato, su cuerpo reaccionó solo y se excitó como nunca antes lo había hecho. Ardía en deseos de retirar su estúpido ofrecimiento y reclamar lo que ahora le pertenecía por derecho. Ella era su esposa. No había nada malo en desearla con desesperación.

Salvo porque le había dado su palabra, y pensaba cumplirla. Por su honor y en memoria de Menma, al que también le había prometido respetarla. No forzaría a la mujer que él amaba, no la obligaría a actuar contra su voluntad en el lecho que se veía obligado a compartir con ella.

Cuando Hinata al fin se dejó ver de nuevo, iba envuelta en un lienzo blanco que se había mojado al secar su propio cuerpo, revelando unas curvas tan suaves y tentadoras que Naruto casi enloqueció. Tenía el pelo recogido en la parte alta de la cabeza y varios mechones oscuros se habían soltado en torno a su glorioso cuello. Se le secó la boca. El deseo de enterrar la cara en ese cuello y aspirar su aroma era abrumador.

Ella avanzó y, cuando sus miradas se encontraron, Naruto contuvo el aliento. No supo de dónde sacó fuerzas para resistirse y no lanzarse sobre ella. Le dolían las ganas que tenía de hacerla suya.

Así que lo único que pudo hacer para evitar la tentación fue darle la espalda en la cama, mirar hacia otro lado y apretar los dientes.

Escuchó, con un oído que de pronto parecía tener híperdesarrollado, cómo Hinata se deshacía de la tela que la cubría. Sintió el roce del lino contra su piel, el sonido de los pliegues de aquella prenda cuando la dejó con suavidad a los pies de la cama. Notó cómo el colchón de lana se hundía bajo el delicado peso de su cuerpo delgado y desnudo.

Desnuda.

A su lado.

Habían decidido dormir de esa manera en previsión de que el entrometido Arthur Scott tuviera a bien obsequiarles con una visita inesperada. Encontrar una pareja sin ropa en la cama era sin duda lo que estaría buscando, así pues era mejor no arriesgarse. Aunque esa decisión, definitivamente, iba a acabar con su cordura.

Hinata, para su sorpresa, se durmió enseguida. Pero él fue incapaz. No pegó ojo en toda la noche.

Y así se encontraba esa mañana, enfurruñado, molesto y bastante afectado por la despedida de sus familiares; a lomos de su caballo, rumbo al hogar de su esposa, a un lugar lleno de MacHyuga que a buen seguro lo detestarían por no ser uno de los suyos y, a pesar de eso, ostentar el título de jefe por deseo del propio rey Indra.

Naruto bufó y espoleó a su caballo para alejarse del carruaje en el que viajaban Hinata y su dama de compañía. Realmente, debía de estar perdiendo la cabeza, porque hubiera jurado que podía incluso oler su tentador aroma desde allí.

—¿Vas a guardar el secreto, en serio? —inquirió Tenten una vez más, mirando a una pensativa Hinata.

La joven suspiró y centró la atención en su amiga.

—Es indecente que me hagas ese tipo de preguntas —respondió, evasiva.

—Lo indecente es que no confíes en mí. Vamos, estoy deseando que me cuentes si debajo de la ropa ese cuerpo está bien formado. Si es como yo me lo imagino, tiene que ser increíble.

Hinata se sonrojó por el descaro de su dama de compañía.

—La verdad es que no... no pude verlo bien.

—¿No? —Se extrañó—. ¿No había suficiente luz? ¿O acaso se te echó encima demasiado rápido y no tuviste ocasión?

—Cuando salí de la tina, él ya se había metido en la cama y tapado con las mantas.

Tenten estudió la expresión de su joven señora. Entrecerró los ojos al preguntar de nuevo:

—Pero al menos, sabrás cómo puede ser por el tacto, ¿verdad? ¿Es duro como una roca?

¿Tiene músculos de acero?

—No... no lo sé.

—¿Cómo es posible? —Tenten se mostraba en verdad estupefacta.

—Él no me tocó, Tenten —Hinata suspiró y se alisó la falda del vestido con nerviosismo.

Su dama de compañía dejó escapar un jadeo de sorpresa y se tapó la boca con una mano.

—¿No pudo? Ese hombre tan viril, de aspecto tan fiero... ¿no fue capaz consumar?

A Hinata le molestó que a su amiga se le hubiera ocurrido algo así. De un modo extraño, la ofendía que lo primero que hubiera pasado por su cabeza fuese que Naruto no era lo suficientemente hombre para ella.

—No es eso —le explicó, tratando de sonar calmada—. Él no quiso forzarme a esa unión... Hicimos un trato. Me ha dado tiempo para que lo conozca mejor, para que deje de temerlo y para que sea yo la que decida.

Tenten la contemplaba de hito en hito. Abrió la boca para decirle algo, pero la volvió a cerrar. Pasó así algunos minutos, sin ser capaz de articular palabra. Hinata esperó con paciencia, porque sabía que su amiga no dejaría las cosas así. Y no se equivocó.

—Pero entonces... ¿No habéis consumado el matrimonio? —Tenten, sentada frente a ella, se inclinó y atrapó una de sus manos con gesto de alarma—. ¡Pero eso es muy peligroso! Si alguien se entera podría reclamar la anulación de este enlace.

—Ese alguien seré yo —le aclaró Hinata—, si no consigo hacerme a la idea de que ahora soy la esposa de Naruto Uzumaki.

Tenten se echó hacia atrás en su asiento, con la espalda muy recta y los ojos muy abiertos.

—¿Te has vuelto loca? Irías contra la voluntad de nuestro rey.

—Pero tendría un buen motivo. Ni siquiera el rey podría excusar a uno de sus guerreros si este no fuera capaz de cumplir con su esposa para, al menos, darle hijos. Solo por la memoria de mi padre, que le sirvió hasta el fin de sus días, Indra no permitiría que siguiera unida a él.

—¿Y Naruto está conforme con quedar ante todos como un hombre impotente?

Hinata se encogió de hombros.

—La idea fue suya.

Las dos mujeres se quedaron en silencio una vez más. Hinata mirando por la ventanilla, y Tenten estudiándola a ella. Al fin, la dama de compañía abrió de nuevo la boca.

—Entonces, ¿habéis dormido juntos, en la misma cama, confiando en que no te tocaría? ¿Cómo has sido capaz? ¿No le tenías tanto miedo?

—Es difícil de explicar. Una vez que hizo la promesa, supe que la cumpliría. Lo tenía por un hombre sanguinario, y tal vez lo sea, pero creo que su honorabilidad no admite dudas. Es más, una vez que me metí en la cama, estaba tan agotada a causa de la tensión de todo el día, que me dormí enseguida. Sabía que no me tocaría. La verdad, no me resultó nada incómodo compartir el lecho con él, por sorprendente que pueda parecer.

Mientras hablaba, Tenten negaba con la cabeza, desaprobando sus palabras.

—Escúchate. No tiene sentido —le dijo con tono firme, y más serio de lo que Hinata esperaba —. ¿Dices que te sentiste aliviada al saberte a salvo? No estarás a salvo si pones fin a este matrimonio, Hinata. ¿Qué crees que hará Indra si se ve obligado a anular la unión? No te dejará tranquila para que llores por siempre la pérdida de tu amor de juventud. Menma no volverá, por más que así lo desees. El rey te buscará enseguida otro esposo. ¿Y quién será en esta ocasión? Tal vez no sea alguien joven, tal vez no sea alguien honorable, tal vez sea mal parecido y hasta desagradable... ¡Podría ser tu propio primo, esa rata de Toneri!

Hinata se estremeció de asco al pensar en esa posibilidad.

—Aunque él diga que es mi primo, no nos une ningún lazo de sangre —susurró.

—Pues mejor se lo pones.

Tenten tenía razón. Aquel odioso pariente era hijo de su tía política, Kaguya, pero no era hijo de su tío Owein, hermano de su madre. Kaguya ya era madre cuando se casó con Owein y Toneri pasó a ser parte de su familia, por desgracia. Y tanto si era en verdad su primo o no, Hinata suponía que a Indra no le importaría en ningún caso. Si ella repudiaba a Naruto, el rey se sentiría ofendido también, porque el guerrero había sido su candidato. Y como escarmiento, bien podría emparejarla con Toneri, aun considerándolo poco apropiado para ella.

Hinata se retorció las manos con evidente nerviosismo ante el giro que tomaban sus pensamientos. Para su consternación, Tenten aún no había terminado de hablar, y con su última frase plantó una semilla de confusión y malestar en la boca de su estómago.

—Debes ser muy cauta, Hinata. Un hombre que renuncia a su noche de bodas, que está dispuesto a esperar, que soportaría la humillación de que lo tilden de impotente si tú así lo proclamas... Un hombre así no se encuentra fácilmente, querida amiga. Piénsalo bien.

Continuará...