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Capítulo 8

Candida. Tenía que llamarla. No podía postergarlo más, sería muy desconsiderado hacia la mujer que crió y educó a la chica de sus sueños.

Se preguntó por qué querría hablar con él. Como se sentía culpable de estar corrompiendo a su nieta, no auguraba nada bueno de esa conversación.

Así que se armó de valor y marcó el número.

Candida respondió al instante.

—¡Hola! — dijo alegremente.

—¿Qué tal, Candida? Soy Albert.

—¿Cómo está, querido?

—No tan bien como usted.

"Qué adulador es este joven", pensó complacida.

—Qué gentil. Albert, como se imaginará quería hablar con usted sobre Candy.

—¿Ella está bien? ¿Le ha pasado algo?

—Nada de eso. ¿Le importaría que nos veamos? Me gustaría conocerlo.

—Sería un placer. ¿Quiere que vaya ahora a su casa?

—Me encantaría. Lo espero.

Mientras tanto, Candy estaba en el consultorio, soñando despierta con Albert, y ni se imaginaba que unos minutos más tarde él y su abuela estarían tomando el té.

Sentada en su glorieta, con las bellas glicinas como marco, Candida aguardaba con el té listo. Esperaba que le gustara el té, pero siendo cubano, dudaba de que así fuera. Mejor, le serviría igual para probar los modales del joven.

Ni bien lo vio, Candida entendió por qué Candy ya no era la misma.

Albert tomó la mano que ella le tendía sin saber qué hacer. ¿Debía besarla? Optó por estrechársela y tomar asiento a su lado.

Se miraron de hito en hito. Detenidamente. Evaluándose.

Candida se dio cuenta de que no estaba ante una alerta naranja. Decididamente era alerta roja, con sirenas y todo.

El joven que tenía sentado frente a ella no sólo era apuesto. Era todo un hombre. Masculino, poderoso. Atractivo en todo sentido.

"Oh, Candy está perdida", pensó sofocada. Sabía que si le prohibía algo, ella haría lo contrario. No habría advertencia que valiera. La virtud de su nieta definitivamente tenía los días contados. Había llegado el momento que tanto temía. Evaluó las posibilidades que tenía de conseguirlo a él como aliado. Decidió intentarlo.

Luego de las cortesías de rigor, y el té que resultó muy bienvenido—era una buena señal— se aclaró la garganta, y se acomodó la falda. Y luego comenzó a hablar.

—Se preguntará por qué lo hice venir ¿verdad?

—Así es. Aunque por teléfono me dijo que deseaba conocerme. Y por favor, no me trate de usted.

—Está bien. Quería conocerte porque me interesan todas las amistades de mi nieta.

—Candida, ambos sabemos que yo no soy una amistad de Candy.

Ella se movió en la silla, incómoda. Era rápido como un rayo, y demasiado franco para su gusto.

Bueno, podía estar a la altura de las circunstancias, así que decidió hablarle con igual franqueza.

—Tienes razón, basta de eufemismos. Albert, me siento más vieja de lo que soy, tratando de averiguar tus intenciones con respecto a Candy. Esto no es fácil para mí, lo confieso.

Él asintió. Entendió que ese día su papel era escuchar, más que hablar.

—Lo cierto es que estoy alarmada, querido. Me has impresionado gratamente, pero me doy cuenta de que no eres un chico. Sé que estoy en desventaja con respecto a la influencia que ambos podemos tener sobre mi nieta. Y no quiero que esto se transforme en una lucha de poderes.

—Comprendo...

—Lo que te voy a decir se lo he dicho también a los otros dos chicos...

"¿Qué demonios está...? ¿De qué otros dos chicos está...?", y un sofocón truncó el pensamiento.

Candida seguía hablando

—... aunque sabía que no representaban un riesgo para la inocencia de Candy. Igual consideré que debía advertirles...

Albert tenía el ceño fruncido. Casi no la escuchaba. Lo único que tenía en mente era al hijo de puta de la bici y el otro. ¿Quién carajo sería el otro? Estaba ciego de celos retroactivos, totalmente injustificados.

—... en definitiva, Albert. Quería pedirte que respetes a mi nieta. Ella es sólo una niña y seguirá siéndolo mientras yo esté aquí para cuidarla.

Albert volvió a dirigir la atención a las palabras de Candida. No le gustaba nada el cariz que estaba tomando la conversación. ¿Qué era lo que quería decir esta mujer? Empezaba a comprender a Candy cuando la describía como terrible.

—A no ser que me prometas que vas a cuidarla por mí. Es decir, que me prometas que vas a respetar su inocencia, que no la vas a tocar. Si lo haces, yo permitiré que salgas con Candy de vez en cuando... En fin, les daré un poco de aire. Podrán frecuentarse y no haré preguntas, no tendrán que mentir, podrán incluso estar aquí, estando yo presente, claro.

Uh uh. Ahora entendía. Candida pretendía que le garantizara la virginidad de Candy hasta... ¿hasta cuándo? Ella no lo explicó y él tampoco preguntó. La verdad es que sería interesante salir con Candy sin preocuparse de la hora, sin inventar excusas, ni andar escondiéndose.

Además intuyó que si no le prometía lo que ella quería, Candida le iba a poner las cosas difíciles. Le iba a declarar la guerra, y de una forma u otra, terminaría influyendo negativamente en la incipiente relación.

Lo cierto es que estaba más preocupado por averiguar lo de los otros dos chicos que por las advertencias de Candida. ¿Por qué Candy le había ocultado que había tenido dos novios bastante formales? O por lo menos lo suficiente como para que su abuela haya considerado mantener la conversación.

—Bueno, ¿qué me dices, Albert? ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

—Entonces, ¿me prometes que la vas a respetar?

—¿No confía en que Candy se haga respetar, Candida?

Ella lo fulminó con la mirada, por lo que él se sintió impelido a responder.

—Sí, lo haré.

—¿Qué harás, querido?

—Prometo que la... respetaré.

Candida sonrió satisfecha.

No lo hubiese estado tanto si hubiera notado que Albert, en un gesto por demás infantil, cruzaba los dedos dentro de los bolsillos de su pantalón.

"Qué mujer más manipuladora", pensaba Albert esa noche cuando reflexionaba sobre la extraña conversación con la abuela de Candy. Por un lado le parecía una verdadera arpía la tal Candida. Pero por otro, estaba agradecido porque había sido la guardiana de la virginidad de Candy. La había preservado para él.

"Yo seré quien te enseñe a gozar en la cama, hermosa. Veré la expresión de tu rostro en el instante mismo en que me tengas adentro de ti. A la mierda Candida y sus tonterías", pensó.

De él no tenía sentido cuidarla, si sólo quería hacerla feliz... No haría nada que ella no quisiera. Esa sería la promesa. Pero prometer no tocarla... diablos, eso sería imposible. Si no podía mantener sus manos apartadas de ella.

Candida le había pedido discreción. Bien, no se lo contaría a nadie más, además de Candy. Tenía que hacerlo, sobre todo para saber sobre los otros dos malditos chicos que habían recibido el aleccionador discurso de la abuelita.

Era tarde para llamarla, lo haría al día siguiente. Y también la invitaría a bailar. Pero en ese momento debía abordar un tema que era imposible continuar soslayando: Katerine.

Se sentó en el sofá y leyó los papeles que Martin, el abogado de la empresa le había enviado. La cifra era astronómica. Las condiciones del acuerdo para no ir a juicio eran casi un chantaje.

"Katerine está loca si cree que le daré esa cantidad. No es por el dinero en sí, sino por la sensación de sentirme estafado. Aquí se lee entre líneas que si no se lo doy, iremos a juicio y en el mejor de los casos quedaré ante la opinión pública como un hijo de puta. En el peor, me procesarán, mi carrera se arruinará y perderé a Candy. Maldito el día en que puse los ojos en ella".

Tomó su móvil y llamó a Martin.

—Martin. Soy yo. Sí, lo he leído... ¿Qué quieres que te diga? Ya lo sé. Estoy en un tremendo lío... ¿Qué? ¿Qué has dicho?... ¿Y cómo lo sabe? ¿Un detective?... Mierda. Esa mujer está verdaderamente mal de la cabeza, Martin. Bien, pensaré en ello, y el lunes lo hablaremos, de acuerdo.

Cuando colgó estaba tan alterado, que estuvo a punto de arrojar su BlackBerry por la ventana. No lo hizo porque recibió un mensaje de... ¿Candida? ¿Otra lunática? No, eso era demasiado para un solo día.

Cuando lo abrió, su rostro se iluminó con una sonrisa. Era Candy desde el móvil de su abuela: "Le he robado el telefonito a mi abuela sólo para decirte que te echo de menos. Candy".

Oh, con qué poco se podía ser feliz. Un simple mensaje de la chica que adoraba, y la noche de pesadilla, se transformó en una de ensueño.

Tenía que responderle: "Y yo a ti. Te echo de menos a ti y a tu maravillosa boca. Daría lo que fuera por besarte ahora. Te necesito".

Ella respondió al instante: "¿Mi boca y yo te tendremos mañana? De verdad, quisiera verte".

Se sentía como un adolescente intercambiando mensajitos con su novia, pero lo cierto era que cualquier tipo de contacto con ella, lo hacía tocar el cielo con las manos. "Tu boca y tú me tendrán cuando lo deseen. Mañana y siempre. Iremos a bailar, Princesa. Y espero que tu boca aún me eche de menos, porque pienso besarte hasta hacerte daño. Bórralo todo, y vete a dormir que es tarde, y las niñas buenas deberían estar ya en su cama".

En su cama... algún día ella dormiría en la suya, y no sería una niña buena, precisamente, se dijo Albert sonriendo.

Se fue a acostar también, sabiendo que soñaría con Candy, y sólo por eso valdría la pena dormir.

A la mañana siguiente, Candy se mostró sorprendida por la respuesta de Candida cuando le pidió permiso para salir esa noche.

—No hay problema, querida. ¿Vas con Albert?

¿Cómo mierda sabía? ¿Y por qué no se transformaba en dragón y echaba fuego por la boca como era su costumbre?

—Ehh... sí.

—Bien, sólo te pido que no bebas.

¿Sólo que no beba? ¿Y de lo otro ni hablamos?

Mejor no tentar a la suerte. Era sábado, y la noche prometía.

Asesorada por su prima Anny, se puso un pantalón negro ajustado, y altísimas botas. Cubría sus senos con un top de un solo hombro, negro también, que le dejaba el ombligo al aire. Se miró al espejo y sonrió. La inscripción del top se veía al revés... Because I can. Otra de las famosas frases de E.L. James, en la boca de su personaje estrella, Christian Grey. ¿Podía? ¿Qué cosa? ¿Resistirse a la sonrisa de Albert? ¿A la exploración de sus manos? ¿A sus propios deseos?

No lo sabía. Lo único que sabía era que esta noche saldría a bailar con él, y que su cuerpo traicionero ya empezaba a dar señales de lo que Albert le provocaba por el mero hecho de existir.

Cuando sonó el timbre su corazón se disparó. Desde su dormitorio escuchó cómo Candida le abría y lo saludaba amistosamente. Esa no era su abuela.

La mirada llena de admiración y deseo que él le dirigió cuando bajó la excitó.

"Ay, corazón. Si con una mirada haces que tenga ganas de subir a cambiarme las bragas, no quiero ni pensar lo que pasará después. Será una noche muy larga". Albert se sentía totalmente subyugado. "¡Qué hermosa está, por Dios! ¡Qué cuerpo tan bello, qué rostro perfecto!".

Inmediatamente percibió la mirada de Candida clavada en él y recordó la bendita promesa. Como por arte de magia, sintió ceder su erección. Candida podía enfriar a cualquiera.

Fueron a tomar algo a una disco de moda. Candy recordó la recomendación de su abuela y sólo pidió un refresco. Albert recordó la promesa que le hizo a Candida y aun sabiendo que era una estupidez, hizo todo lo posible por mantenerse fuera de la "zona de comodidad" de Candy. La evitaba, muy a su pesar.

"Maldita arpía. Voy a exorcizarme de esa bruja. Le diré todo a Candy", decidió.

—Cuéntame de tus otros dos novios.

Candy se atragantó con la bebida.

—¿Mis otros dos qué? Estás loco, yo no he tenido ningún novio.

—Candida me lo dijo.

—¿Estuviste hablando con Candida a mis espaldas?

—Ajá.

—Muy bonito... mira, no sé lo que ella te contó, pero te juro que yo no he tenido novio. He salido con un par de chicos, pero nada serio.

—Candida no lo creyó así. Y consideró bueno advertirme, al igual que lo hizo con esos dos tipos, que mantuviese mis manos y todo lo demás lejos de tu cuerpo.

Candy se sonrojó. Maldita Candida. Con razón esos dos pobres chicos, los únicos con los que había compartido unos tímidos besos y caricias, habían huido despavoridos. Pero Albert no lo había hecho. Él aún estaba aquí.

"No sólo está aquí sino que está bastante celoso otra vez. Oh, me apetece jugar con él. Quiero tentarlo. Se ha mostrado muy distante esta noche, y ahora sé por qué. Candida puede amedrentar hasta al más valiente, maldita sea."

—¿Y lo harás? —preguntó atrevida, mientras Albert la conducía a la pista.

—¿Si haré qué cosa?

—Mantener tus manos lejos de mi cuerpo.

Albert se sorprendió de que ella se mostrara tan audaz. Cuando la vio pestañear arrepentida por su osadía, estuvo a punto de compadecerse y cambiar de tema. Quería darle tiempo, porque sabía que ella lo deseaba, pero no si estaba lista para ello. Y también quería controlar sus impulsos. Tenía que estar seguro de que no iba comportarse como un adolescente en su primera vez, terminando antes de comenzar.

"Mi cielo, no podría mantener mis manos alejadas de tu cuerpo ni que me fuese la vida en ello. No debería morder tu anzuelo, pero tú quieres jugar, y no puedo resistirme... Juguemos, entonces".

—¿Tú qué crees? —ronroneó, increíblemente seductor.

Y acto seguido, la tomó de la nuca y le mordió los labios. Ella dejó escapar un gemido, y él lo ahogó con su lengua, invadiendo su boca.

Candy se estaba volviendo loca. Él la oprimía contra su cuerpo para que sintiera cuanto lo excitaba, y ella no se retiró. Por el contrario, se acercó aún más. Albert la arrinconó contra la pared y empujó la pelvis hacia adelante, para que no le quedaran dudas de lo que ella le hacía sentir. Las manos de Candy le recorrían la espalda ansiosamente. Y la muy descarada se puso de puntillas, para sentir la erección más abajo de su vientre, en su propio sexo. Él lo notó y descendió un poco y luego la elevó presionando más, para que tuviese lo que estaba buscando.

"¿Querías sentirlo, mi amor? Aquí lo tienes, todo tuyo. ¿Ahora qué harás con ello?", pensaba Albert mientras le mordía el cuello suavemente.

Con una mano le elevó ambos brazos por encima de la cabeza y con la otra le acarició un seno.

Candy estaba descontrolada.

"Oh Dios mío, esto es lo que estaba buscando. Es lo que deseo. Haría cualquier cosa por ti Albert. Cualquier cosa. Sácame de aquí. Quiero tocarte. Quiero acariciarte todo el cuerpo. Quiero tu boca en el mío. Si me sigues haciendo eso perderé el control, lo juro".

Gemía, jadeaba, se apretaba contra su pene. Le ofrecía su boca... Una vez más, dejaba de ser ella y se transformaba en una hembra. Se sentía primitiva y sensual, y se dejaba hacer...

Súbitamente, consciente de que estaban ofreciendo un espectáculo casi triple equis, Albert la soltó.

Ella se sentía frustrada. Una vez más la había dejado temblando de deseo. Él la abrazó con mucha ternura, la envolvió con sus brazos y le besó la frente.

—Tranquila —susurró.

Luego la alejó un poco y la miró. Tomó el rostro entre sus manos y murmuró sobre su boca:

—¿Eres mía, Candy?

"Lo soy, toda tuya mi vida, cuando quieras, donde quieras", pensó ella.

Pero sólo asintió con la cabeza y cerró los ojos. La música de Roberta Flack los envolvía, y permanecieron abrazados, escuchando...

"Strumming my pain with his fingers

Singing my life with his words

Killing me softly with his song

Killing me softly with his song

Telling my whole life with his words

Killing me softly, with his song..."

Eso, eso es lo que ella le estaba haciendo: lo estaba matando, suavemente, pero lo estaba matando.

"Ah Candy... No sé qué voy a hacer contigo. Estoy enamorado de ti. Perdidamente enamorado. Y haré lo que sea por tenerte. Faltaré a mis promesas, lidiaré con Candida, y cuando llegue el momento te llevaré a mi departamento, cerraré la puerta y ya no volveremos a salir de allí", se dijo, mientras la oprimía entre sus brazos más de la cuenta.

Candy mientras tanto escondía su rostro en el cuello de él. Estaban tan cerca... Se sentía embriagada por su perfume. Se separó un poco y mientras se apartaba el pelo de la cara, miró sobre el hombro de Albert, y allí, en la oscuridad, se encontró con los ojos del Dr. Leonard que la estaba observando con su acostumbrada cara de póker.

Si no hubiese sido por él, esa noche habría sido perfecta.

CONTINUARA