Sirius no sabía qué hacer. Por una parte, no tenía ni idea de cómo habrían terminado las cosas dentro del ministerio y por otro, tenía a su prima en su departamento de soltero, ocupando su habitación. No sabía si tenía que avisarle a Dumbledore o a alguien más dentro de la orden de que tenía allí a su familiar. No sabía si tenía que volver a Grimmauld Place y cerciorarse de que todo estaba bien o si tenía que quedarse callado.

Lo primero que pudo dilucidar después de largos minutos de pensar con calma y detenimiento, fue que no podía dar aviso que estaba con Bellatrix, por el hecho de que se la llevarían de vuelta a Azkaban y no quería ser el causante de que su prima falleciera dentro de ese horrendo sitio, sin contar con que él mismo era un prófugo y tendría el mismo final que ella. La bruja había sobrevivido a esa tortura con la esperanza de que su amo volviese a la vida y ahora con aquella decepción, no tendría nada por lo que luchar. La verdad es que tenía más que claro que nadie merecía llegar allí y decidió que su prima entraba dentro de esos "nadie". Lo segundo que pudo decidir, es que tenía que comunicarse con alguien de la orden para saber qué había pasado y si Harry estaba bien, puesto que había caído en cuenta que lo había olvidado por completo.

Se acercó hasta un pequeño escritorio que tenía dentro de su mobiliario y sacó tinta junto a dos pergaminos con sus respectivos sobres, sentándose luego para dedicarse a escribir.

Al pasar los minutos, de vez en cuando podía escuchar que desde la que era su habitación salían sonidos de llanto, sollozos y quejidos lastimeros, pero los apartaba de su mente y seguía escribiendo, tratando que su letra saliese lo más pulcra posible. Escribió a Remus y Harry, explicando que había tenido que escapar fuera del país porque cuando había comenzado la batalla entre el viejo director y el señor tenebroso, la mujer se le había soltado de su agarre al momento en que la estatua de la bruja los había alcanzado y había tratado de escapar, a lo que él había corrido para perseguirla, y luego se habían volteado los papeles, quedando Bellatrix persiguiéndolo a él para matarle, mientras rezaba que con aquello bastara para que le creyeran. Les dijo que estaba bien y que no podían enviarles cartas a no ser que fuese con su lechuza, puesto que no podía darles dirección, porque sería peligroso que interceptaran sus mensajes y supiesen en donde se estaba escondiendo. Al momento en que él se comunicase con ellos, le podían enviar la respuesta con el ave, el cual sabía tomar diferentes rutas antes de llegar a él. Pidió que por favor le contasen lo que había sucedido dentro del enfrentamiento con Voldemort y que le mantuviesen al tanto de cualquier cosa que sucediese, asegurando que volvería cuando considerara que fuese seguro hacerlo.

Selló ambas cartas y se acercó a la jaula dónde descansaba su lechuza, que había llegado mientras él bebía con su prima en el sillón

—Llévales esta carta a Remus y a Harry, por favor —indicó viendo como el ave salía volando ante su mandato después de ulular.

Se volteó y posó su mirada en la puerta de su habitación, escuchando como el llanto de su prima llegaba ligero, pero dejándole claro que estaba destrozada. Suspiró y se llevó la mano a la cabeza sin saber qué es lo que haría con ella, qué haría con su vida y golpeándose mentalmente por no tener claro aún qué había pasado dentro del cerebro de la mujer para haberle perdonado la existencia, aquello le estaba carcomiendo la cabeza.

Dentro del cuarto, Bellatrix estaba tirada sobre la cama de dos plazas, abrazada a una almohada y ahogando los gemidos lastimeros que salían de su cuerpo involuntariamente. No sabía en qué lugar se encontraba, pero era más que claro que aquella vivienda pertenecía al hombre que estaba del otro lado de la puerta. Pudo dilucidar aquello por los decorativos de Griffindor que se hallaban desperdigados por toda la habitación y porque olía a su primo, pero nada de eso era importante en aquellos momentos.

Estaba destrozada, dándose cuenta de que había estado en la prisión más horrenda del mundo por un ser inferior, por alguien que no tenía la misma pureza en su sangre, creyéndose alguien superior a ella que era sangre pura y hablando al resto como si lo fuese, que se había atrevido a pisotearla cuantas veces quiso. Se sintió estúpida por haber seguido de manera tan fiel a alguien tan patético como él que se había proclamado como alguien que no era, y que había perdido valiosos años de su vida clamando su regreso. No podía entender cómo había sido tan ciega de creer en todas sus palabras y haberse dejado arrastrar de aquella manera. Se sentía sucia y que su vida ya no valía nada. Quería correr, gritar y descargar toda su frustración en alguien más, pero más que nada, quería morirse.

Sirius estaba entrando en pánico por no saber qué estaba sucediendo con su prima, sobre todo porque de un segundo a otro se había quedado callada y ya no se podía escuchar ningún tipo de movimiento dentro de la habitación. Se acercó hasta la puerta y tocó ligeramente la madera con sus nudillos, pero no recibió respuesta alguna

—¿Bellatrix? —preguntó él, esperando que su prima le gritase que la dejara tranquila y que se fuera a molestar a otra parte, pero no sucedió nada. Se puso más nervioso aún, sintiendo que su corazón palpitaba en su cuello violentamente y volvió a llamarla, sin recibir respuesta.

Tomó todo el valor que tenía y giró la manilla de la puerta, adentrando lentamente la cabeza, para encontrar que la habitación estaba vacía. En el interior no estaba la mujer, pero se notaba que había estado acostada sobre la cama llorando por la disposición de las almohadas y lo corridas que estaban las mantas.

Entró completamente y miró a todos lados pensando en dónde se habría metido, pensando que quizá se había desaparecido, pero al mover la cabeza, se fijó que la puerta que daba hacia el baño estaba ligeramente abierta, dejando salir luz por la rendija que se apreciaba. Caminó hasta allí y volvió a tocar, haciendo que la puerta se moviese lentamente. Vislumbró que efectivamente como había supuesto, la mujer estaba dentro del baño y le estaba dando la espalda. No sabía si entrar definitivamente al cuarto o dejarla sola, pero se percató que estaba tensa, callada y eso alzó todas las alarmas que se habían mantenido apagadas hasta ese momento. Subió la mirada hasta el espejo que estaba frente a la bruja y se fijó que tenía los ojos en un punto fijo, totalmente perdida. Se posicionó al lado de la mujer con rapidez, para pillarla con la daga de plata que le había regalado su padre en su decimoctavo cumpleaños sobre el dorso interno de su brazo, acariciando la marca tenebrosa y presionando la piel, pero solo manteniéndola allí, sin moverla ni cortando la sección que estaba amenazando. Entendió inmediatamente que su prima se estaba viendo colapsada por todo y que había tomado la decisión de acabar con la causa de su dolor de raíz, pero que estaba dudando en hacerlo y se alegró internamente de que no hubiese hecho nada aún

—Bellatrix…, dame eso —dijo lentamente, intentando no sonar brusco ni agresivo. Se acercó más a ella y mostró su mano estirada pidiendo que le entregase la daga.

La Mortífaga no escuchaba nada más que su consciencia luchando por tomar una decisión. Había pensamientos contradictorios en esos momentos, puesto que por un lado su voz decía que lo hiciese y que cortase con todo de una buena vez, que no merecía seguir viviendo en aquella realidad que le había desmoronado todo; por otro lado, su otra voz le decía que no merecía la pena morir por alguien que no había hecho más que engañarla y que ella merecía mucho más que aquello, que bajase su daga y no hiciese una locura.

Al no ver reacción por parte de Bellatrix, Sirius acercó su mano hasta la de ella y lentamente despegó sus dedos de la daga que tenía firmemente aferrada, logrando que la soltase y así poder guardarla él en su bolsillo trasero del pantalón. Levantó la cara de la bruja que yacía gacha y le hizo mirarlo a los ojos con delicadeza. Notó como sus orbes y cuencas estaban rojos por el llanto y su boca mostraba un puchero, siendo el mismo que le había visto cuando ella estaba triste de niña. Aquello le rompió el alma, y sintió una necesidad de abrazarla para que no estuviese de aquella manera, pero se contuvo. Corrió una nueva lágrima que caía por la mejilla blanquecina, alejándola de la piel

—Me quiero morir Sirius… —soltó ella llorando nuevamente, sintiendo que su vida no valía nada y que nada ni nadie podría cambiar aquello

El hombre sintió congoja y rabia —No vale la pena morir por él —contestó haciendo que la mujer volviese a llorar con fuerza. La tomó de la mano, rodeó su cintura con su brazo y la llevó hasta la habitación, sentándola sobre la cama con cuidado y cerciorándose que la daga seguía estando en su bolsillo —. No vale la pena que des nuevamente tu vida por alguien que no te valoró y que te mintió Bellatrix, tú eres más inteligente que esto. Siempre has clamado que la pureza de la sangre es lo más importante y has llevado al pie de la letra las enseñanzas que nos dieron de niños, no puedes ahora quererte morir por alguien inferior a ti y a mí —dijo sintiéndose extraño por incluirse dentro de los "sangre pura".

Ella le miró, sin ganas ya de saltarle encima y romperle la cara a golpes, sino que pidiendo de manera no verbal que la salvara, que le ayudase. —Todo esto —se apuntó a sí misma —, todo lo que soy es una puta mentira Sirius. Pasé años encerrada en esa mierda de Azkaban para después saber que estuve siguiendo a un ser que no vale nada. Que se cree importante y no es más que un maldito y asqueroso mestizo. ¡Me engañó Sirius!, ¡y fui la más leal a él, la única que esperó por quince putos años que volviese y así seguirlo en todo lo que él quisiera hacer!, ¡hasta lo amé de forma platónica e incondicional!, ¡yo le admiraba y daba todo de mi por él! —gritó, volviendo a sentir como las lágrimas se agolpaban en sus ojos, amenazando con caer con fuerza

Sirius se aguantó las ganas de hacer arcadas por imaginarse a su prima estando enamorada de ese cara de serpiente que no tenía nariz, y solo se aventuró a tomarle una de las manos y dejar pequeñas caricias en el dorso. No quería pensar en lo que pasaría el próximo día ni los que siguiesen, no quería que la realidad le llegase de golpe y tener que recordar que estaba tocando a una psicópata desalmada que no dudaría en matarle mientras estaba durmiendo, porque en aquellos momentos solo podía ver a su prima, su sangre, su familia; sufriendo sin poder tener consuelo alguno, casi rogando que le llegase la muerte lo antes posible. En otras circunstancias, lo más probable es que si hubiesen estado los dos en la misma habitación, no habrían dudado en matarse de cualquier manera que tuviesen al alcance, pero las cosas habían cambiado de un segundo a otro y no podía recordar que eran enemigos jurados

—No puedo volver, porque no sé si podré estar frente a él sin sentir asco o ganas de pasarle mi daga por el cuello y arrancarle la cabeza. No puedo regresar a la casa de mi hermana y caer en cuenta que toda mi puta existencia, que todo lo que he hecho en todos estos años y mis ideales, estaban en mano de alguien tan inmundo como él. No puedo regresar Sirius y lo único que me queda es morir —dijo ella mirándolo a los ojos —. Tienes mi daga en tu pantalón, tómala y cumple el juramento que hiciste en Azkaban, mátame y termina conmigo, por favor —suplicó ella, dejando que las lágrimas rodasen por sus mejillas, sin vergüenza alguna de que la viese en aquel momento de debilidad.

El hombre tuvo que tragar duro por la petición de su prima, sintiendo que le apretaba la mano con fuerza por su desesperación. Jamás en toda su vida había visto aquella mirada tan perdida, tan desconsolada y le generaba pavor. Su prima era una mujer fuerte a la que habían criado para ser el hijo perfecto, puesto que lo esperado era que hubiese sido hombre, pero su padre no se había detenido ante aquel cambio de eventos y le había educado como el heredero ideal, quien no agachaba la cabeza ante nadie y que siempre dejaba el nombre de su familia en lo alto de la cumbre, todo lo que él no había sido. No podía aguantar aquella mirada tan lastimera, tan derrotada y mucho menos que se estuviese rindiendo tan fácil —No Bellatrix, no lo haré —contestó con determinación —. No voy a matarte

Al escuchar la respuesta, Bellatrix se puso de pie fúrica —¡TE SALVÉ LA VIDA MALDITO HIJO DE PUTA!, ¡DEJÉ QUE SIGAS DISFRUTANDO DE TU PATÉTICA VIDA CON TU ASQUEROSO AHIJADO Y NO PUEDES CUMPLIR LO QUE JURASTE DENTRO DE TU MALDITA CELDA!, ¡ME LO GRITASTE POR DOCE PUTOS AÑOS Y AHORA QUE TIENES LA OPORTUNIDAD DE HACERLO NO LO QUIERES TOMAR!, ¡¿PERO QUÉ MIERDA TE PASA?!

Sirius se puso de pie de la misma forma que hizo ella y la tomó por las muñecas, obligándola a que le mirase —¡¿POR QUÉ ME SALVASTE LOCA DE MIERDA?!, ¡¿PARA DESPUÉS SACARMELO EN CARA COMO LO ESTÁS HACIENDO AHORA?!, ¡YO NO TE LO PEDÍ, LO HICISTE TÚ SOLA! —gritó él soltando su frustración de aquella manera

—¡NO SÉ PORQUÉ LO HICE, PERO AHORA ME ARREPIENTO!, ¡DEBÍ HABER DEJADO QUE TE CALLERAS EN EL VELO Y ASÍ NI TU CUERPO HABRÍAN RECUPERADO, ASQUEROSO TRAIDOR A LA SANGRE! —siguió alegando ella

Empezaron a forcejear, ella intentando que él la soltase y el hombre apretando más el agarre que tenía en las delgadas muñecas. Se retaban con la mirada, y como Bellatrix no conseguía que su primo liberase sus manos, las llevó hasta el pecho de él para comenzar a pegarle con fuerza, al menos con toda la fuerza que tenía en esos momentos. Sirius que no la quería soltar, la dejó desquitarse con su cuerpo, agradeciendo internamente porque no le había dado un cabezazo en la nariz, y vio que no era mucha la fortaleza que tenía la mujer en aquellos minutos, porque los golpes no le generaban un dolor insoportable

—¡SUÉLTAME!, MALDITA SEA SIRIUS, ¡SUÉLTAME DE UNA PUTA VEZ! —gritó nuevamente ella, desesperada por la presión en sus muñecas, recordándole a los grilletes que había tenido que usar en su estancia dentro de la prisión.

No supo por qué lo hizo, pero gracias a la desesperación, acercó su rostro al de la furibunda mujer y plantó sus labios en los de la fémina, haciendo que ella se detuviera enseguida, pasmada. Puso toda la fuerza que pudo en ese acto, haciendo que el ósculo resultara agresivo y violento. Tenía los ojos abiertos viendo las expresiones que tenía su prima en la cara, por lo que pudo observar que estaba completamente estupefacta de ello. La mujer tenía sus ojos abiertos de par en par, anonadada y tiesa, pero a medida que los segundos iban a avanzando y que seguían teniendo los labios unidos, ella se comenzó a relajar y cerró lentamente los ojos dejándose llevar por la situación, olvidando todo lo que les había llevado hasta ese momento.

Como Sirius vio que su acción estaba funcionando y su prima había cerrado los ojos, él hizo lo mismo, concentrándose en las sensaciones que estaban tomando protagonismo. Sintió como los labios llenos de su prima se movían lentamente sobre los suyos, empezando a entregarse al momento y él le correspondió con parsimonia, sin querer alejarse de aquello. Con las manos aun apresando las muñecas de ella, rodeó su propio cuello e hizo que la bruja se apoyase sobre él, para luego soltarla y llevar sus manos a la fina y delicada cara femenina. Sus labios se movían con lentitud, disfrutando las sensaciones que recorrían sus cuerpos, sensaciones de libertad y relajación puras.

Sus pechos estaban pegados y sentían como el corazón del otro golpeaba con fuerza debajo de sus costillas, haciendo que el calor se les subiese hasta la cabeza y que un bombeo fuerte y potente se adueñara de todo su ser. Sirius deslizó la punta de la lengua sobre el labio inferior de Bellatrix pidiendo permiso para hacer la intrusión, a lo que ella sin preámbulos concedió de inmediato, entreabriendo sus labios. Él metió con lentitud el húmedo músculo en la cavidad semi abierta de la mujer, sintiendo el sabor a whisky que aún permanecía en ella para encontrarse en medio del camino con la lengua contraria que había decidido incorporarse en el reconocimiento. Comenzaron una danza húmeda y cadenciosa, en la cual ambos batallaban para ganar, pero disfrutando al mismo tiempo de aquella nueva forma de pelea que habían encontrado.

Al haber conseguido su cometido, Sirius decidió poner un alto al beso, puesto que estaba sintiendo una fuerte necesidad en otra parte de su anatomía. Se separó de ella con un ligero mareo en la cabeza, observando como lo miró con estupefacción

—¿Qué?... —intentó preguntar, queriendo saber por qué se había detenido

—Duérmete que es tarde y estás tan cansada como yo. Mañana hablaremos y veremos que hacer, pero al menos yo tengo sueño y me voy a dormir. Deja la puerta abierta y no intentes hacer nada, yo me iré a dormir en el sillón —indicó rodeándola por la espalda y lanzando un hechizo a la puerta para que permaneciese abierta, dándole un último vistazo a su prima que le miraba con los ojos abiertos, los labios semi separados y la cabeza ligeramente ladeada. Le dedicó una sonrisa ladina y se dispuso a caminar hasta el sillón del pequeño salón para descansar

—Sirius —habló la bruja antes de que el animago saliese por la puerta hacia el pasillo —, ven —pidió

Ante la curiosidad, Sirius se acercó hasta la atónita mujer y se plantó frente a ella con una ceja alzada.

Se miraron por algunos segundos directamente a las pupilas, queriendo descifrar sus más oscuros secretos, pero la femenina palma volteó la masculina cara con una sonora bofetada, la cual había dejado marcados los dedos en la mejilla, producto de la fuerza que la bruja había impuesto en su maniobra. Sirius se llevó la mano hasta la piel maltratada y se sobó con ahínco, mas no dijo nada, sabiendo que lo tenía más que merecido

—Ahora vete, porque me estorbas —espetó la azabache tragándose todo el nerviosismo que estaba sintiendo por aquella escena tan surrealista. El animago sin decir nada hizo caso de inmediato y se dirigió fuera de la habitación, llevando sus cansados y temblorosos pies.

Bellatrix vio como Sirius abandonó la habitación y se sintió completamente fuera de lugar. Se sentó en la cama y se llevó una mano a los labios deslizando los dedos sobre ellos, pensando en lo que había sucedido tan solo unos segundos atrás. No podía entender qué había sido aquello, no creía aún que había pasado y que, además, lo había disfrutado más que ningún otro beso que le hubiesen dado. No era capaz de hilar algún pensamiento coherente que le dijese qué hacer o cómo actuar, puesto que aún no salía del estado catatónico en el que el animago la había dejado. La pilló con la furia a tope y ella no supo reaccionar a la acción que él había per formado. Se dejó caer sobre el colchón con los pies fuera de la cama y luego de unos minutos se acomodó de forma correcta, tomando una almohada y posando su cara sobre esta mientras la abrazaba con fuerza. No tenía fuerzas para nada menos aún después de haber usado lo último que tenía en golpear a su primo, no se sentía capaz ni para sacarse las botas que aún tenía puestas en los pies, no habiendo nada más en su cabeza que el beso que le había dado el hombre, lo que había sentido al tener los labios moviéndose sobre los suyos y la lengua jugando con la suya. Su pecho golpeaba con fuerza y el aire iba volviendo a su cuerpo poco a poco, puesto que su primo se lo había quitado por completo con aquel ósculo.

No se veía capaz de poder conciliar el sueño, porque si antes estaba preocupada por lo que pasaría en adelante con la información de quien fue su amo, por su decisión de no volver a servirle y tener que dejar su vida atrás sin tener rumbo fijo al cual seguir; ahora tenía que preocuparse y pensar qué es lo que haría luego de aquello que había sucedido con Sirius. Un pensamiento le llegó de golpe y es que dentro de las ansias que siempre había sentido de matarle, muy en el fondo se hallaba escondido el deseo de tenerle solo para ella, porque él era su igual y nadie le podía hacer frente como lo hacía él, incluso había esperado poder ser ella la única persona que le matase, porque lo quería hacer ella y solo ella al pensar que no podía tenerlo de otra manera. Nadie podía imponerse y darle pelea como lo había hecho siempre él y era el único que realmente podría hacerle sentir algo tan fuerte como una confusión consigo misma como la que estaba sintiendo en aquellos momentos. Nunca había amado a nadie de forma carnal y mucho menos se había enamorado. Con Voldemort era algo platónico e idealizado, pero no sentía el fervor que inundaba su cuerpo como el que la embargaba cuando discutía y peleaba a gritos con Sirius, no le hacía sentir que tenía una competencia que ganar y mucho menos la hacía esforzarse mucho más por ser mejor que el otro, porque quien había sido su amo por años, siempre se proclamó mejor que ella, algo que, sin tener duda alguna, ella concedió.

Apretó más fuerte la almohada, respirando con más normalidad e intentando no darle vueltas al asunto, porque tal cual le había dicho su primo, tendría una conversación al otro día, una muy larga conversación, aunque había caído en cuenta de algo terrorífico y tremendamente preocupante; ella quería tener a Sirius solo para ella y cuando quería algo, siempre lo conseguía.

Fuera de la habitación, Sirius estaba teniendo los mismos pensamientos que su prima. Entró en un estado desesperante, "¡qué mierda hice!" era lo que se preguntaba una y otra vez mientras enterraba sus dedos en su cabello, porque había actuado sin pensar y había disfrutado como nunca lo había hecho con un simple beso. Dentro de su meditación interna, fue analizando la vida que había llevado hasta ese minuto y se dio cuenta que la única constante real había sido ella y gracias a ella es que había tenido un impulso de seguir luchando. En sus momentos de desesperanza mientras estaba en la prisión y luego fuera de esta, mientras estaba encerrado en Grimmauld Place y quería darse por vencido, recordaba que en otro lado estaba la mujer con quien se habían jurado la muerte, a quien más se quería topar cara a cara y que le hacía sentir vivo, quien le impulsaba a seguir adelante solo por tener una lucha con ella y experimentar la adrenalina que se apoderaba de su cuerpo cada vez que la tenía enfrente, algo que no le sucedía con ninguna otra persona. Esa mujer que hasta siendo prisioneros le había hecho olvidar el mundo y su realidad por seguir con su rencilla de nunca acabar y era, precisamente ella, la única persona que entendía lo que era su vida.

No tenía idea que pasaría de ahora en adelante, pero dejaría que las cosas sucediesen como tenían que suceder, teniendo en claro que, si su odio por ella lo había llevado a escaparse de todos y refugiarla, no la dejaría a merced de otros. Como un rayo que cae sobre la copa de un árbol incendiándolo, llegó una de las revelaciones más escandalosas de toda su existencia y es que se había dado cuenta que independiente de todo lo que acarreara el estar con la mujer ese esos segundos, la protegería de todos, porque si se la quitaban ahora, se moriría en vida

—Ahora sí que la has cagado Sirius…—se dijo así mismo antes de caer en el sueño profundo que le llamaba desde hacía horas.