La palabra alemana 'Gang' hace referencia a un pasillo y a un camino, entre otras realidades similares. Por otra parte, 'doble' proviene del término latino 'duplex', que a su vez pasa a la lengua germánica como 'doppelt'.

De la unión de estos dos conceptos aparece el 'Dopplegänger'. Literalmente: un doble que camina a nuestro lado, bien literal, bien intangiblemente. Hay traducciones que lo definen como una especie de «gemelo maligno».

Y, a veces, en la mayor —e ínfima— lucidez de su odio, Bakugou Katsuki llegó a preguntarse si Midoriya Izuku era su Dopplegänger. O peor: que él mismo fuera ese «gemelo maligno», el antagonista vital del Héroe con mayúscula. Izuku siempre estuvo destinado a grandes cosas, incluso —o precisamente porque— nació sin don. Ese no sé qué que hacía especial al Héroe era, en realidad, lo que Bakugou no tenía. Ni podría tener nunca. Porque él era Ground Zero y no Deku; era el Otro y no el Uno. Y la tragedia del Otro es ser el reflejo —contrario e igual a la vez— del Uno.

—Oh, viene Kacchan—comentó Izuku, bajando la escopeta de Takeshi.

Isamu y el padre de Uraraka dejaron de observar las dianas, unas botellas vacías de cervezas sobre una valla, para darse la vuelta. En efecto, Bakugou acababa de salir de la casa y se dirigía hacia allí con grandes zancadas. El avance cortaba el viento con su cólera, casi bíblica.

—¡DEKU!

El peliverde sintió un escalofrío azotarle la espalda. Sus ojos se abrieron de par en par. Sólo atinó a levantar las manos a la altura de la cara, en signo de rendición. Había perdido el color.

—¿Kacchan…?

Apenas pudo dar un paso hacia atrás antes de que el aludido lo tomara del cuello de la camiseta y lo levantara en peso.

—Me tienes harto, pedazo de cabrón. Harto—gruñó desde el fondo de sus entrañas, acercándolo a sí. Izuku sintió el aliento del otro como el de un dragón cargado de furioso fuego.

—No sé por qué…

—¡Bakugou! ¡Baja ahora mismo a Deku, santo Dios!—intervino Takeshi, quien avanzó hacia ellos con una decisión que se desinfló en cuanto el rubio le clavó una mirada. Tartamudeó entonces: —Estamos en m-mi cas-sa. Aquí no-no utilizamos la viole-encia…

—Creo que ese es precisamente vuestro problema—replicó él; mas, soltó a Izuku. Lo señaló y, después, se señaló a sí mismo. —Tú y yo tenemos que hablar. Ahora.

Dicho esto, Bakugou comenzó a andar hacia el almacén, sin molestarse en comprobar que el otro héroe le seguía. Tras unos segundos de indecisión, este devolvió la escopeta al señor Uraraka y siguió al rubio.

Es interesante cómo nuestro cerebro conecta imágenes y conceptos en un amasijo casi inmundo por irreconocible. Y ahora, mientras Bakugou se colocaba frente a Izuku, separados por una rayuela dibujada en el suelo —seguramente por Ayumi—, pensó en Julio Cortázar.

«Hablando de sustituciones, nada me extrañaría que vos y yo fuéramos el mismo, uno de cada lado».

Kacchan—empieza él, con una decisión vengativa en los ojos—, no voy a tolerar que me trates así. Y mucho menos delante de los padres de Ochako.

—Me importa una mierda lo que vayas a tolerar o no—espetó. Se cruzó de brazos y, no supo si de forma consciente o inconsciente, Izuku también lo hizo. De ahí que Bakugou cambiase de postura, metiendo las manos a los bolsillos.

—¿Ves? Ese es tu problema. Por eso los papás de Ochako…

—¿Vas a tener los santos cojones de sermonearme? ¿En serio, Deku?

—Me preocupo por ti y por… Ochako.

—¡Te preocupas!—exclamó, lleno de rabia e incredibilidad. El matiz sarcástico siguió a sus palabras: —Disculpa, pensé que te la ponía dura darnos por culo a todos.

—He estado saliendo con esa chica durante seis años. Nos íbamos a casar. ¿Y todavía te sorprende que me preocupe por ella? ¿Por su futuro contigo y con su familia? ¿Tan difícil es de creer, Kacchan?

—Pues sí, sí que lo es. Porque, mira por donde, vengo de hablar con la vieja de mi suegra.

La cara de Izuku palideció un poco, pero su gesto se endureció. Se mantuvo callado.

Por su parte, el tono de Bakugou fue enfureciéndose conforme continuaba hablando.

—Resulta que ayer por la mañana, Ochako fue a tu dormitorio. Y según Hanako, la misma mujer que va a casarse conmigo no tenía otra puta cosa que hacer que follarse a su ex.

Las manos le estaban sudando de un modo torrencial, por lo que se obligó a sacárselas de los bolsillos. Ya le querían emerger aquellas chispas rugientes; temía explotarse los pantalones por ellas. Intentó secárselas en la ropa, entre maldiciones. Izuku lo observó, aún sin articular palabra.

—¿Sabes qué me parece?—dijo Bakugou al fin, resuelto el problema de sus manos. Su locutor recibió con la cabeza bien alta su cruenta, roja mirada. Pocas veces, el peliverde lo había visto tan enfurecido; mas, tampoco se había mostrado tan frío con él antes. —Me parece que hay un capullo lamiéndoles el culo a los Uraraka para ver si, a lo mejor, su hija le hace un poquito de caso. Pero, vaya, resulta que Ochako prefiere seguir conmigo. ¿Y qué hace ese capullo? Decirle a la suegra que su hija, por fin, ha vuelto con su ex. Aunque sea por un polvo de mierda. Que, lo mismo esa vieja bruja se lo ha inventado todo por su cuenta (capaz, es). O lo mismo no; ha sido ese capullo quien va mintiendo como un cabrón... Me es indiferente, Deku. Me la suda tantísmo... ¿Sabes por qué?— En este punto, su voz ya se consumía a sí misma, ronca de ira. —Porque lo que a mí me jode es que toda esta historia pinta a Ochako como si fuera una zorra. ¿Es eso lo que piensas de mi mujer, Deku? ¿Todo porque estaba cansada de que el mayor capullo que he visto en mi puta vida pasara de ella? Durante, ¿cuánto has dicho? ¿Seis años? Debió dejarte antes. Tch. Eres patético.

El silencio que siguió a sus palabras caló a ambos.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué, Kacchan?

Uraraka estaba cansada. Esta especie de terapia de choque había resultado en el desastre que pronosticaba desde un principio. Y joder, aquello agotaba.

Observó las maletas casi con deseo. ¿Qué tal si las preparaba? Podrían irse, aunque fuera una noche, a algún motel de la zona. Cierto que todos eran un desperdicio de capital, sin embargo, ¿y lo bien que les sentaría estar solos? Sin la vigilancia carnívora o la desaprobación constante de sus padres. Sin la culpa carcomiéndole la conciencia… Como si resolver sus tensiones para con Bakugou fueran algún tipo de pecado. Que, bueno, técnicamente lo era porque no estaban destinadas a la perpetuación de la especie-cristiana, ¿no?

En fin, tampoco es para tanto. Un polvo rápido, lento, bélico, acaramelado, ansioso, bárbaro, sucio, cómodo, incómodo, ebrio, sobrio, húmedo, silencioso, sinfónico… Lo que el momento insinuara. Y, ya está, libres de sí mismos; preparados para soportar las tonterías de sus padres. Porque... ¿y si todo esto resultaba en una pelea real entre ellos? ¿Y si acababan separándose por culpa de esta situación?

Al menos, al resto de la familia le gustaba Bakugou.

Decidió meditar mejor esto en la piscina, dando un par de largos. El ejercicio le vendría bien. Se aproximó al armario y rebuscó entre las ropas de su él y las suyas. Puesto que no se aclaraba entre el montón, comenzó a sacar lo desordenado para doblarlo correctamente.

Así fue cómo Uraraka encontró un sujetador de lencería negro en medio de la ropa de su prometido. En la etiqueta, se leía «Talla S».

—Esto no es mío—murmuró, extrañada, para sí.

En ese momento, atravesó la calma otoñal una sucesión de explosiones.

Ninguno de los dos sabía quién atacó antes. Sin embargo, una cosa estaba clara: si Uraraka no hubiera intervenido, una épica batalla entre Deku y Ground Zero hubiera tenido lugar junto al huerto de su casa, al lado del almacén.

—¡Mofletes, como no me bajes ahora mismo, te mato!

La aludida puso los ojos en blanco, ignorando las amenazas mortales de su prometido con maestría.

—¿Se puede saber qué pasa? ¿Qué hacéis peleándoos como dos críos?

Bakugou no se sentía un crío ahora mismo, sino un puto globo. La castaña los había puesto a flotar en cuanto los encontró «resolviendo sus diferencias». Y, como un árbitro, los había separado a unos metros tanto de ella como del suelo.

A estas alturas de su relación, era incluso normal que Uraraka decidiera lidiar así con sus rabietas. Lo obligaba a flotar durante un rato —el tiempo que ella considerara adecuado, pues su potestad era absoluta en estos casos—, hasta que la rabieta de Bakugou sucumbiera. Una vez, y esto el héroe lo recordaba con rencor, lo tuvo con el culo en el techo una hora y media. «—Se me olvidó bajarte», tuvo los soberanos ovarios de decirle.

—Ochako, te juro que no sé por qué se ha puesto así Kacchan conmigo. Ha venido directamente montando bulla. ¡Pregúntale a tu padre, que lo ha visto antes!

—¡Serás hijo de puta!

—¡Katsuki, a Inko no la insultamos nunca, ¿vale?!—Uraraka lo alejó más del suelo como castigo, a lo cual respondió el rubio impulsándose con una explosión hacia ella. Regresó a su lugar correspondiente, insurrecto.

—¡Oi! ¡Que no soy un puto mono de feria!

—Si no te portaras como uno…—murmuró para sí Uraraka, antes de advertir: —Voy a bajaros. Quiero que os portéis como personas civilizadas, ¿de acuerdo?

—Define «civilizadas»…

Katsuki. A la estratosfera que vas.

Él se cruzó de brazos y cerró la boca, concentrando su mirada de odio en otro punto.

A unos quince metros de la escena, la familia de Uraraka presenciaba el intercambio de palabras. Vieron que Izuku, quien sí se ganó el privilegio de bajar, y Bakugou compartían más comentarios, todos venenosos. Al mismo tiempo, Uraraka tomaba de la mano a su prometido flotante y lo arrastraba a la casa.

No iba a preguntar por lo de Izuku. No quería saberlo. Sin embargo, él que quería hablar de ello, a pesar de que entonces estuvieran discutiendo en torno a ese sujetador.

—No sé, Ochako. ¿Tienes que meterte en su dormitorio a escondidas? ¿Se te ha perdido algo ahí? Por lo que yo sé, subí tus maletas a esta habitación, no a la suya.

Uraraka pegó la mano con el sujetador al fornido pecho del rubio, como dispuesta a clavarlo ahí. A pesar del fragor de su mirada, sus palabras se descubrieron frías. En el fondo, estaba sorprendida. ¿Quién se lo había dicho? Él no debía enterarse de su visita a Izuku. No porque hubiera algún secreto que ocultar, sino porque contárselo solo empeoraría su relación con él.

Y todos sabían que esa relación ya estaba bastante jodida.

—No vas a decirme qué y qué no puedo hacer, Katsuki. Ni ahora, ni cuando nos casemos.

—¡Oh, genial!—gritó, sarcástico. —Así que no me lo piensas decir.

—¿Decirte el qué?

Cada vez estaban más cerca. Puede que fuera la euforia, los nervios o la ansiedad; pero, como por instinto, sus cuerpos se fueron aproximando. Bakugou sintió el cálido aliento de su prometida sobre su boca. Se había inclinado para sostenerle la mirada.

—No sé. Por ejemplo: ¡¿por qué coño me lo ocultas?! ¿Qué es lo que no puedo saber, ah?

—¡No me grites!

—¡No te estoy gritando! ¡Tú estás gritando!

—¡No, estás gritando!

Aconteció un silencio sepulcral, a través del cual, se contuvieron la mirada. Como con un desafío amargo, rencoroso.

En ese instante, se coordinaron todas sus astucias deductivas: algo hizo clic en Uraraka.

—¿No me estarás acusando de haberme acostado con Deku? No serías capaz…

Soltó un bufido irónico. Para Bakugou, era evidente que su prometida no se había acostado con Izuku. Sin embargo, encontraba de sabor amargo el hecho de que no se lo hubiera contado. Algo la turbaba y, por alguna razón, había acudido a ese escombro humano en lugar de a él. ¿Por qué?

—¿Follarte a ese payaso? No me hagas reír.

—¿Qué es tan gracioso, eh? Cuando estábamos juntos…

—Venga, dilo.

Duda. Silencio. Duda otra vez.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

Con condescendencia. Y arrogancia. Y depravación.

Era sexy.

—¿Cómo te miro?—repitió en un susurro, esta vez, junto a sus labios.

Uraraka contuvo la respiración, como si el alma fuera a escapársele al próximo suspiro. Aquellos ojos la tenían en trance, dando tientos entre un obsceno, inmóvil instante, y el siguiente. Ese punto, ese punto predecesor a la acción; donde comprendes que lo estático y perfecto va a romperse, a violentarse. La violencia puede ser necesariamente deseable cuando es lasciva. Y mutará a otra cosa frenética y salvaje y gloriosa y oh Katsuki y oh ángel y el fuego que no cesa y llegaría el tacto de las nubes y…

Bakugou aprovechó la ensoñación de su prometida para quitarle el sujetador de las manos.

No vamos a decirle nada a tus padres de esto. ¿No te das cuenta de que solo va a empeorar las cosas? Me callé cuando invitaron al payaso de Deku aquí. ¿Esto?— Movió el sujetador que su suegra había colocado entre su ropa, como para acentuar los hechos. —Esto no es nada.

La joven tardó unos instantes en descubrirse en la realidad. Pestañeó un par de veces, tratando de mejorar la condición de sus dilatadas pupilas.

—Katsuki, tenemos que decírselo. Es que esto ya es vergonzoso.

—¿Más vergonzoso que tu madre diciéndome que te acostaste con Deku?

Uraraka volvió a encontrarse sin palabras. Abrió la boca un par de veces, mas no salió ningún sonido de ellas.

—Exacto—asintió él. —Mofletes, está como una puta cabra. Y no lo digo porque sea mi suegra.

Se sentó en la cama, taciturna. Bakugou la analizaba, decidiéndose entre contar que Izuku había sido partícipe del engaño o esperar. Ella se adelantó, aun con un hilo de voz:

—Le dije a Deku por qué lo dejamos. Se lo expliqué todo. Él se enfadó y yo me fui de un portazo. Luego me encontré a mi tía con Ayumi y, bueno. Mandamos a la niña a otra parte y me quedé contándoselo a Michiko.

—¿Qué te dijo?

Uraraka frunció el ceño y, después, sonrió.

—Que tengo muchas agallas.

—Las tienes—concordó él, orgulloso.

Sus ojos castaños volvieron a él, cuales navíos de batalla en una tempestad, antes de abalanzarse a por el sujetador como un felino.

—¡Por eso! ¡Vamos a plantarles cara!

—¡Que he dicho que no!

Bakugou se encontró abocado en la ventana, con su novia subida sobre a la espalda. Los talones de ella le patearon el estómago sin escrúpulos; sus uñas se le clavaban por todas partes; le mordía el cuello y las mejillas más por diversión que por un objetivo real…; todo al tiempo que él, Ground Zero intentaba hacer trizas la lencería por la ventana.

—¡Dámelo, Katsuki!

—¡Te voy a dar una samanta a hostias, eso es lo que te voy a dar!

En qué momento Uraraka tocó el sujetador escapaba a su entender. No obstante, no pudo generar más explosiones controladas y pequeñas, dado que el sujetador medio roto comenzó a elevarse fuera de la mano de Bakugou. Este maldijo, mientras que Uraraka saltó triunfal de él. Y, como Peter Pan, quiso la heroína ir tras el flotante artículo. No obstante, no se esperaba que su prometido la cogiera del talón y la obligara a entrar otra vez a la habitación.

—¡Suéltame!

—Haz que baje.

Más valía tenerlo controlado en la Tierra que entre las estrellas.

—No.

—Pues ponte cómoda—contestó él, azotándola con una sonrisa pícara.

—¡Katsuki!

Después de muchos gritos y obscenidades varias, Uraraka dejó que el sujetador cayera, al menos, al tejado.

Por fin, acabaron tumbados en el suelo, mirando al techo con resignación.

—No se lo diremos.

—Sí lo haremos.

Silencio.

—No.

—Sí.

Más silencio.

—No te aguanto.

—Ni yo a ti.

—Pues no te cases conmigo.

—No pensaba hacerlo.

—¿Ah? ¿Me ibas a dejar plantado en el altar también?

—Sí.

Bakugou buscó su mano por el suelo. Al encontrarla, entrelazó sus dedos. No sudaba.

—Saldría a buscarte después.

Al sentir el tacto de aquellas yemas acostumbradas a la explosión, Uraraka dejó que su pecho se desinflara. Todas las tensiones se evadían de ellos; o ya no podían encontrarles.

Estaban a salvo.

—Pues me escondería.

—Eres malísima jugando al escondite. Juegas de pena.

—¡Oye! Eso no es verdad... Si jugáramos ahora, te ganaría.

—Permíteme dudarlo.

Uraraka lo miró observar el techo. Portaba esa sonrisa nítida, dulce y ligera con la que soñaba a veces. Le gustaba soñar con él.

—Vamos a jugar.

Lo supo entonces. Con una claridad extraordinaria, se presentó ante ella la firme convicción de que, pasara lo que pasara y viniera quien viniera, ella y Bakugou tendrían esto. Esa sonrisa íntima, esa comprensión como mágica y secreta, esa atracción fatal, ese sueño de tacto que no era tímido —pero lo parecía—, que no era protector del todo —pero lo era—, que no resucitaba —pero lo hacía—.

—Tengo veintisiete años, Mofletes. No voy a jugar al escondite.

—Oh, sí que lo vas a hacer.

—Y una mierda.

—¿Te da miedo perder?

Silencio. Luego, un chasqueo de dientes, un apretón de manos y un gruñido.

—Será mejor que te escondas bien. Si te encuentro, no tendré piedad.

Tan vulnerables, tan invencibles.