6. Myoboku


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


El chalet, cercado por una huerta mal cuidada, se situaba en medio de una pequeña colina. El denso bosque alrededor le daba un aspecto lúgubre al lugar solitario.

Hinata no tenía idea de donde estaba, excepto que continuaba en Inglaterra, pues oía tramos de conversaciones entre los hombres de Naruto. Calculó que habían viajado hacia el norte, ya que el frío y la humedad eran intensos.

Una vez en tierra, habían cabalgado durante tres días, uno de ellos una tortura para Hinata, obligada a sentir el calor de Naruto, mezclado con su silencio y su desprecio. Había buscado alivio en ensayar discursos, en los cuales usaría las palabras adecuadas, así como el tono más apropiado para hacerlo comprender que había cometido un grave error.

Entonces, lleno de remordimiento, él le pediría perdón y los dos podrían finalmente retomar una vida de amor y confianza.

Sin embargo, eran apenas fantasías. Hinata no fue capaz de reunir el valor para pronunciar las palabras ensayadas, pues aquel Naruto, que volvió del mundo de los muertos, para vengarse y castigarla, era un hombre que la asustaba.

Ahora, ella observaba lo que sería su nuevo hogar con disgusto. Por las hileras de ventana, calculó que eran dos pisos. Más tarde, descubriría que la cocina quedaba al lado de un gran aposento, que hacía las veces de salón. En el piso andar de bajo, había también dos pequeños cuartos para criados.

Una escalera de madera llevaba al piso superior, donde tres cuartos ofrecían apenas la mínima comodidad necesaria.

¿Era allí donde ella pasaría a vivir? Los únicos criados, a la vista eran una mujer de mediana edad, cuya expresión era muy sombría, y un hombre alto y magro de apariencia desarreglada. Los dos observaron, solemnes, mientras Shikamaru ayudó a Hinata a desmontar.

—Esta es Koharu, y su marido, Homura – Naruto los presentó.

El chalet mal conservado, combinado con las expresiones reticentes de los criados fue la gota de agua que hizo que Hinata explotase. Nunca en su vida había sido sometida a tanta humillación, como en los últimos días. La rabia la invadió, provocándole una sensación agradable, comparada con el miedo paralizante que la venía dominando.

—No entraré a este lugar- declaró con voz controlada. Naruto estrechó los ojos.

Ella respiró profundo, manteniéndole la mirada.

—Esta casa no es adecuada para una dama. No pasaré por esa puerta.

—Como quieras — Naruto replicó, encogiéndose de hombros. — Poco importa donde vos vayas a dormir, pero es este el lugar en el que vas a permanecer.

Con eso, le dio la espalda, gritando órdenes a sus hombres y, entonces, se apartó, dejándola completamente sola.

Perpleja, Hinata miró a su alrededor, recordando inmediatamente las historias que había oído cuando era niña. Aquel lugar se parecía a los bosques encantados por brujas, donde criaturas malvadas vivían escondidas en las sombras. Se estremeció más de miedo que de frío.

—Para mí no me tiene diferencia si la señora quiere morir congelada aquí fuera, pero Homura y yo vamos a entrar.

Koharu la miraba con aquellos ojos pequeños y extraños, mientras su marido continuaba exhibiendo una expresión neutra.

—Pueden entrar - Hinata declaró en tono rudo.

—Muy bien, señora.

Aunque las palabras fuesen pronunciadas con cierta deferencia, el tono de voz de Koharu no presentaba la menor señal de respeto. La criada se dio vuelta y desapareció en la casa. Homura permaneció inmóvil por un largo momento, mirando fijamente a Hinata, antes de seguir a su esposa.

Los ojos de Hinata se llenaron de lágrimas, mientras ella se preguntaba, incrédula, ¿si Naruto tendría el coraje de dejarla allí, con aquellas dos personas tan extrañas?

Los hombres de Naruto volvieron del establo, donde habían guardado los caballos, y pasaron al lado de ella. Sintiéndose una gran idiota, Hinata se apartó un poco de la casa, caminando por entre los canteros, repletos de hierbas malignas. ¿Qué haría ahora? Había declarado, en voz alta, que no podría los pies en aquella casa. ¿Por qué había hecho tamaña tontería?

¿Qué esperaba, después de todo? ¿Que Naruto le dijese: Ah, sí, déjame llevarte a Konoha, donde estarás más confortable?

Sacudió la cabeza, desolada. Mostrarse temperamental no le traería ninguna ventaja. Ahora, allí estaba ella, sola, helada, sin que nadie a quien le importase eso.

Entonces, se dio cuenta de un problema más. El aroma de sopa llegó a su nariz y, en el mismo instante, su estómago comenzó a rugir de hambre. Por lo tanto, estaba sola, helada y hambrienta. El aullido de un lobo cortó el aire, al mismo tiempo en que los primeros copos de nieve comenzaban a caer.

Dentro de la casa, Naruto se sobresaltó al oír el animal. Menma lo encaró y frunció el ceño, mientras Koharu servía sopa a los otros. Entonces, miró hacia la puerta, coma si estuviese pensando en ir a buscar a Hinata.

—No vayas - Naruto le advirtió, aunque él mismo se sintiese tentado a ceder.

Temía que su temeraria esposa se dejase devorar, antes de admitir la derrota y entrar.

—Está nevando - Shikamaru habló.

El comentario irritó a Naruto. Él mayor de sus caballeros tenía un corazón demasiado blando.

—Quieto - fue todo lo que Naruto dijo.

La verdad era que la tensión lo estaba invadiendo. El aullido del lobo lo había dejado realmente preocupado. Orgullo era una cosa, pero aquella tontería era una...

El sonido de la puerta abriéndose fue seguido por una ráfaga de viento que casi apagó las velas. Varias cabezas se levantaron, pero volvieron a bajar, ante la mirada amenazadora de Naruto.

Con la cabeza baja, los ojos fijos en el suelo, Hinata entró y se sentó en una punta del banco. A la luz de las velas, los cabellos negros adquirían un tono azulado, y, en sus mejillas y nariz presentaban una rojez por la caricia cruel del viento frío.

Naruto no pudo dejar de notar que la visión era tentadora. Era una pena que una fachada tan angelical pudiera esconder un corazón tan demoníaco.

Con las manos cruzadas sobre los muslos, Hinata aguardó en silencio a que su comida fuese servida. Naruto se aseguró, con la fuerza de su mirada, que ninguno de sus hombres hiciese siquiera mención de la posibilidad de ayudarla.

—¿Tengo permiso para comer?

Avergonzados, los hombres aclararon sus gargantas y fijaron los ojos en sus platos.

Naruto decidió ignorarla, forzándola a preguntar:

—¿Koharu, dónde está mi plato?

Hasta el mismo Naruto no estaba preparado para el tono airado de la criada

—Lord Naruto es mi patrón y es de él quien recibo ordenes. Sírvase, si tiene hambre. Esta será su última comida, si no comenzar a ayudar.

—Gracias, Koharu — Naruto agradeció, cuando Hinata se levantó. — Estoy demasiado cansado para envolverme en pequeñas discusiones. Hinata, toma tu plato y sírvete. Koharu, muéstrale donde está el cucharón y la sopa. — Ante la expresión atónita de Hinata, él explicó: — En el futuro, no serás servida por Koharu y Homura. En cuanto a tus obligaciones, conversaremos mas tarde.

—¿Obligaciones? —ella repitió con voz estridente.

—Más tarde - Naruto declaró, lanzándole una mirada furiosa.

Acabó de comer antes de que Hinata volviese de la cocina. Al levantarse, notó la mirada curiosa de Menma.

—Estoy cansado. Voy a acostarme. Ordena a Koharu que le dé el segundo cuarto a Hinata. Vos podes dormir en el tercero. Los hombres se acomodarán, aquí mismo, en el salón.

—Cuidaré de todo.

Cuando ya se encontraba en medio de la escalera, Naruto se dio vuelta hacia Homura.

—Lleva la vieja tina a mi cuarto y trae agua caliente.

Como el cuarto estaba mucho frío, Naruto encendió a chimenea. Cuando Homura llegó con la tina, él ya vestía apenas la ropa interior. Mientras el criado fue buscar el agua; Naruto caminó de un lado al otro, inquieto y agitado.

Estaba furioso. Hinata había conseguido parecer completamente ingenua y, peor aún, tentadora. Con aquellos ojos únicos y labios carnosos, ella tenía el don de parecer una criatura perdida e indefensa.

Se agachó ante la chimenea y atizó las brasas, sintiendo el calor calentarle la piel, aunque su corazón continuase frío. Decidió que tendría que tener cuidado con la pequeña perla, pues ella sería capaz de despertar piedad al mismo demonio.

Un sollozo sonó detrás de él e, inmediatamente, Naruto se dio cuenta de que estaba sin camisa, de espaldas a la puerta.

Las cicatrices.

Se dio vuelta y encontró a Hinata, parada en la puerta, cargando una pila de toallas. Su expresión era de horror.

Si, ella había visto las marcas, capaces de hacer palidecer a un guerrero con experiencia.

—Koharu me mandó a traer esto — ella habló con voz temblorosa, levantando la mirada. – Dijo que vos las precisarías.

Un sentimiento sombrío se instaló en el pecho de Naruto... Había dejado instrucciones claras a Menma, para que Hinata ocupase el otro cuarto. Aparentemente, Koharu había decidido probar la ira de su señor.

—¿Y entonces? —Qué crees? —él preguntó, satisfecho por la voz firme, que no delataba sus emociones. — No es agradable de ver, ya lo sé, pero creo que es bueno que vos le eches una buena mirada. Finalmente, fuiste vos quien hizo eso.

—No lo hice — ella negó con vehemencia, los ojos llenos de lágrimas. — ¡Nunca digas eso!

Mierda, ella era linda. A lo largo de aquellos meses, Naruto casi había se había olvidado de cuan bonita era ella. Ahora, sentía algo adormecido despertar en algún rincón de su alma.

La llegada de Homura en aquel exacto momento fue providencial. Detrás de él, vino Koharu, que extendió un jabón a Hinata y después de lanzarle una mirada significativa, salió, acompañada por el marido.

Hinata se dio vuelta hacia Naruto, sin saber qué hacer.

Naruto concluyó que Koharu los quería juntos aquella noche. Se preguntó si la criada sabía que el hecho de tener a Hinata en el cuarto, viendo sus cicatrices, tocándolas, lo enloquecería.

Se le ocurrió, con un escalofrío, que Koharu podría desear la muerte de Hinata.

—Fuera — ordenó y se dio vuelta para darle la espalda, intentando no pensar en lo que ella estaba viendo, o en la repulsa que ciertamente sentía.

—¿A dónde debo ir? - Hinata preguntó, insegura, cuando él entró en la tina.

—Debe haber un cuarto desocupado.

Ella se aproximó, para entregarle el jabón y, al hacerlo, sus dedos tocaron levemente la mano de él. A pesar de la ligereza, el contacto provocó un súbito cambio en Naruto, que tomó la mano de ella con firmeza.

—Pensándolo mejor — dijo, sin mirar para ella —, necesito que alguien me restriegues la espalda.

Si Hinata vacilaba, por un segundo siquiera, Naruto no sabría que sería capaz de hacer. Probablemente, habría saltado fuera de la tina y le hubiera agarrado aquel lindo cuello con las dos manos. El dolor y la amargura eran tan profundas, reprimidas con tanto esfuerzo, que Naruto dudaba ser capaz de controlarlos.

Sin embargo, Hinata no protestó. Al contrario, tomó de vuelta el jabón y comenzó a refregarlo con un trapo, hasta conseguir una buena cantidad de espuma.

Naruto se preparó para el momento en que Hinata tocase, pero cuando la mano delicada se deslizó sin reservas por sus espaldas, su reacción fue peor de lo que él había calculado.

El masaje suave y sensual relajó sus músculos, pero le provocó una erección y una mezcla de resentimiento y deseo. Naruto tuvo que apretar los dientes para no perder el control y, cuando las manos de ella alcanzaron su cintura, él no soportó.

—Basta. Ve a tu cuarto. Mañana, conversaremos sobre tus obligaciones. Como ya habrás notado la servidumbre es escasa y tendrás que hacer tu parte en el trabajo doméstico.

Hinata se quedó parada.

Rehusándose a mirar hacia ella, por miedo a perder el tenue control que todavía mantenía sobre sí mismo, Naruto tomó el jabón y comenzó a lavarse los cabellos. Con los ojos cerrados, oyó la puerta cerrarse con suavidad y supo que ella había salido.

La tensión se fue disipando, mientras Naruto terminaba su baño. Habría de conversar con Koharu, pues no quería más sorpresas. En cuanto a Hinata, ¿por qué debería importarle la repulsión que sus cicatrices podrían provocar en ella? Nada más justo, eran un feo recuerdo de la traición que él sufrió. El incidente fue un tanto perturbador y Naruto se sentía vulnerable, cuando se acostó y apagó la vela.


¡Las cicatrices!

Sola en su cuarto, sentada en la oscuridad, Hinata no se daba cuenta del frío, o del colchón duro sobre el cual tenía que dormir. Su mente se rehusaba a olvidar el recuerdo de aquellas cicatrices horribles. Ella había visto las heridas antes pero había creído que con el tiempo las marcas se borrarían, Ahora, sabía que ellas estarían siempre allí, no sólo las cicatrices en la espalda de Naruto, sino también aquellas en su corazón.

Cerró los ojos, afligida ante la dura verdad. No podía sentirse más infeliz. No tenía a nadie.

Solo tenía una familia de mentirosos, un marido que la despreciaba, criados que la odiaban. Una vida sin promesas, solitaria y desprovista de amor.

Lo peor de todo, era su preocupación por Hanabi. El recuerdo de la expresión aterrorizada en el rostro de su hermana perseguía a Hinata día y noche. Lamentaba no haber cuestionado a la niña, pero tuvo miedo de arrasarla todavía más.

¿Qué había llevado a Hanabi a mentir? Shion, claro. Hinata sólo podía concluir que su hermana mayor le había hecho alguna amenaza terrible, para forzar a Hanabi a cooperar. Pobre Hanabi. Hinata se acordaba de la angustia que había invadido a la niña, cuando Naruto fue apresado. ¡Ah, cómo había sufrido la pequeña!

La tristeza de Hinata se trasformo en rabia, cuando volvió a pensar en Shion. A causa de ella, Hanabi se había vuelto una criatura frágil y desequilibrada, y Naruto había cambiado de manera irrevocable, transformándose en un hombre consumido por el odio y por la amargura.

Y la vida de Hinata estaba arruinada para siempre.

Escondió el rostro entre sus manos, preguntándose qué había hecho para merecer un destino tan cruel.


—Si entendí bien, vos pretendes transformar a tu esposa en una criada — Menma declaró, mientras posicionaba el arco. Estaban en el bosque, cazando.

—No veo mal alguno en que Hinata aprenda a cocinar y a servir — Naruto replicó, encogiéndose de hombros.

Menma se inmovilizó y disparó la flecha.

—Ya atrapamos diez conejos—dijo. — Koharu es una criatura maligna. Ella puede intentar hacerle algún mal a Hinata.

Mientras se encaminaban hacia el animal muerto, Naruto se acordó que Koharu había mandado a Hinata al cuarto de él anoche.

—Soy perfectamente capaz de controlar a mis criados.

—Todavía no estoy convencido de que vos estés actuando de la manera correcta.

—No tengo alternativa.

—¿Ya pensaste en lo que Hyūga puede hacer, ahora que raptaste a su hija ?

—Ella no es mas su hija. Es mi esposa. Y no hará nada que él pueda hacer, sin delatar su propia conspiración. ¿Qué pasaría si todos supiesen que él casi mató a un noble, por nada más que su orgullo herido? Hyūga ya tuvo las cartas en la mano, pero erró la jugada y, ahora, perdió la ventaja que poseía.

—¿Y es eso lo que vos deseas? ¿Vivir con una mujer que desprecias, dedicándote a castigarla por el resto de sus días?

Naruto no respondió. Trató de guardar la pieza de caza en un saco de montar, aunque las palabras de Menma le habían llegado profundamente.

Tiempo atrás, Naruto había creído que había encontrado la felicidad, juntamente con la mujer con quien él compartiría una vida de placer y satisfacción. No era fácil verse reducido a un tirano. Pero, como dijo, no tenía elección.

—Crees que estoy exagerando, ¿no es así? - indagó.

—¡Claro que no! Sólo me pregunto cuánto te va a costar lo que vos vas a ganar.

Naruto suspiró.

—¿Qué exactamente te preocupa Menma?

—Tu alma, hermano - el más joven respondió sin vacilar. — Es tu alma inmortal lo que me preocupa.


Hinata estaba en la cocina, cuando los hermanos retornaron de cazar. Menma depositó un saco sobre la mesa y subió la escalera. Naruto se apoyó en el marco de la puerta e hizo una señal para que Hinata abriese el saco.

Ella obedeció y, al encontrarse con varios animalitos muertos, soltó un grito y los arrojó al suelo.

—¿Es así que tratas la cena, esposa? Hinata lo miró, boquiabierta.

—¿Cena ? ¡Vos me diste un puñado de cosas... muertas!

—¿Nunca comiste un conejo?

—Si, claro, pero eran apenas pedazos de carne cocida. ¡No puedes esperar que yo toque eso!

—Es exactamente lo que espero. Para ser más específico, vas a sacarle la piel y las tripas y, luego, cocínalos para la cena.

—¡Pero no sé cómo hacer eso!

—Koharu te enseñará. Ahora, es mejor que los agarres —Naruto sugirió, apuntando hacia los animales en el suelo.

Hinata lo estudió por un largo momento, hasta ahora había obedecido las ordenes de él, excepto cuando se había rehusado a entrar en la casa, lo que fue una gran tontería. Si pretendía salvar su orgullo, debería pensar mejor antes de desafiar a su marido.

Sin embargo, no sería capaz de tocar aquellas criaturas peludas, ni por miedo a Naruto. Actuando por impulso, tomando gran coraje y, con todo cuidado, retiró un conejo del suelo y lo depositó sobre la mesa.

Girando hacia Naruto, sonrió, triunfante.

— ¿Te hacen feliz esas pequeñas conquistas, no? —Naruto murmuró algo y, entonces, se aproximó de manera amenazadora. — Trata de encontrar alivio en las tareas que puedes evitar, pues no podrás librarte de todas ellas con tanta facilidad.

El conejo se resbaló por entre los dedos temblorosos de Hinata, cayendo ruidosamente en el suelo. No cabía la menor duda acerca de lo que él quería decir. La proximidad de su cuerpo, la mirada intensa, la dejaron sin aliento.

Después de mirarla por un largo momento, él giró y salió.

Furiosa, Hinata tuvo de luchar contra el impulso de tomar un cucharón y tirárselo a Naruto. Entonces, se desanimó ante la idea de que el arma improvisada lo acertaría justo en la espalda. Se sintió avergonzada. ¡No podía siquiera fantasear, sin sentirse culpable!

En un acceso de petulancia, decidió imaginar que el cucharón lo acertaría en la cabeza. Tal imagen trajo una sonrisa a sus labios y ella la repasó en su mente diversas veces, mientras levantaba los animales del suelo con el cucharón.

Koharu entró, y miró las piezas de caza y dijo:

— Agarre el cuchillo grande y córtale los cuellos. Entonces, retira la piel, con cuidado para no despedazarla, pues vamos a usarlas para cobertores. Después, córtalos en piezas.

Hinata permaneció inmóvil por un largo momento. ¿Cortar los cuellos? ¿Retirar la piel? ¿Cortar carne?

¡Eso era suficiente! Decidió que ya había desempeñado el papel de muchacha dócil y sumisa por demasiado tiempo. Reuniendo toda su coraje, tomó los conejos, usando apenas el pulgar y el índice, y los arrojó, uno a uno, enteros, en el caldero.

Limpiándose las manos, sonrió profundamente satisfecha. Muy rápido. Había preparado la cena.