Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total, di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES 18.
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Capítulo 7:
El nuevo huésped
— Próxima estación a Williamsburg —dijeron en el altavoz, lo que me sacó de mi ensoñación.
—Tenemos que bajar —le dije.
Asintió.
Cuando nos separamos fue muy raro, porque nos costó, simplemente fue difícil cortar la extraña conexión que nos unió de pronto en un par de segundos casi eternos y a la vez explosivamente rápidos.
Mientras nos acomodábamos cerca de las puertas, unas personas miraban raro hacia nuestra dirección, probablemente por Edward y su llamativa vestimenta.
—Qué gente tan maleducada —divagué.
Salimos extrañamente en silencio, como si ambos nos hubiéramos sumergido en pensamientos profundos. Mientras, nos metimos a la ya oscura calle para cruzar a mi barrio, un modesto sitio residencial que colindaba, lamentablemente, con otro al que frecuentaban algunos vándalos menores. Williamsburg ya no es lo que era.
—¿Todo esto es tu castillo? —me preguntó, mirando el edificio hacia arriba.
—No. —Me reí—. Solo un miserable metro cuadrado de esto, vivimos muchos aquí.
Saqué mis llaves y las metí en la cerradura de la entrada principal, abriendo de par en par para mi nuevo invitado. Debía estar loca para meter a un desconocido aquí, pero seguía sintiendo que Edward no era tal.
—Bienvenido.
Sabía que iba a ser la comidilla de las vecinas entrometidas por traer a un hombre al departamento, pero ¿qué me importaba lo que ellas pensaran?
Llegamos hasta mi planta y toqué a la puerta de Emmett, esperando que él me ayudara. De fondo se oía la música que ocupaba cuando estaba en su mundo, por lo que esperé pacientemente a que me escuchara.
—¡Bella…! —exclamó.
Al verme acompañada, pestañeó, extrañado.
—¿Hola? —Miró a Edward con el rostro arrugado.
Lo conocía como la palma de mi mano. Claro que estaba preguntándose qué clase de loco era él.
—¡Amigo mío! —expresé, moviéndole mis pestañas de manera encantadora.
Se quedó perplejo mientras lo abrazaba y luego me acercaba a su oído para susurrarle con tranquilidad.
—Tienes que ayudarme, me lo debes.
Cuando nos separamos, Edward nos observaba desde su lugar, intrigado, contemplando a Emmett con cierta inquietud. No supe descifrar qué pasaba por su mente, aunque me habría gustado.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Emmett, sin filtro alguno.
Le abrí los ojos para que fuera más gentil.
—Él es…
—Príncipe Edward —destacó el interpelado, manteniendo la mirada solemne y el pecho inflado.
Mi mejor amigo comenzó a reírse a carcajadas, causando mi conmoción.
—¿Esto es broma?
Tiré de su brazo para que dejara de hacerlo.
—Es un honor que me haya traído aquí, milady, pero creo que no soy bienvenido. —Iba a marcharse, pero lo sujeté del brazo.
—¡No! —exclamé, sosteniéndolo—. Claro que eres bienvenido aquí en mi… palacio.
Le lancé una mirada rápida a Emmett, que de pronto había fruncido el ceño.
—¿Te quedarías aquí? Al menos, mientras encuentras un lugar más seguro de los demás. Las personas aquí… no van a entenderte —susurré.
Nos contemplamos a los ojos unos largos segundos, los que me parecían cortos para todo lo que sentía en el instante. El color de su iris me parecía tan divino.
—Bella, ¿puedo hablar contigo un segundo? —Emmett me esperaba con sus brazos cruzados.
Asentí y nos alejamos un poco, lo suficiente para hablar sin que Edward pudiera escucharnos.
—¿De dónde es?
Suspiré.
—Es un paciente.
—¿Qué?
—Ha perdido la memoria. Comprenderás que es…
—Raro.
—Ajá.
—Pero vaya que te gusta.
Me acabé sonrojando.
—Vaya, Bella, te conozco hace mucho y jamás había contemplado esa mirada. No sabía que te gustaban los locos.
—No le digas así.
Esta vez, quien suspiró fue él.
—¿Quieres que le eche una mano?
—Por favor —supliqué, haciendo mi expresión infalible de gato golpeado.
Bufó.
—Ya. Te debo esto y más por lo mierda que me comporté contigo. Pero si me encuentras muerto o en una bolsa de basura, dispuesto a ser enterrado, la culpa será tuya y vendré todas las noches a tirarte de los pies por haberme orillado a eso, ¿entendido?
Sonreí de oreja a oreja.
—¡Entendido! —Lo abracé y le di un beso en la mejilla, feliz por el "sí".
Cuando me giré hacia Edward, este nos miraba con seriedad, dubitativo y… extrañado. Me habría gustado preguntar qué le ocurría, pero no me atreví.
—Edward… Príncipe Edward —llamé, atrayendo su atención—. Él es mi mejor amigo, Emmett McCarty.
—Un honor —respondió Edward, entrecerrando sus ojos.
—Un honor —dijo Emmett también, bastante irónico, para ser sincera.
—Él… quiere ayudarte a que puedas descansar aquí por unos días, al menos mientras encuentras la forma de regresar…
—A mi palacio —completó por mí, agachándose suavemente—. Es un honor para mí estar en su morada. Será bien recompensado.
—Sí, sí, mientras sepas lavar los platos y meter la ropa en la lavadora —respondió Emmett por lo bajo—. Dormirás en el sofá.
—¿En el…?
—Ahora el rey soy yo —interrumpió Emmett, imponiéndose como un niño pequeño.
Puse los ojos en blanco y tiré de su brazo para que dejara de actuar como un tonto.
—Ponte cómodo —le dije a Edward, tirando de su mano.
Él sonrió cuando se la toqué, causando que me sonrojara una vez más.
—¿Usted estará aquí, milady? —inquirió, arqueando las cejas, como si la posibilidad de que me marchase no fuera de su agrado.
—Yo…
—No me sentiría a gusto sin usted.
Tragué.
—Vivo… al frente —señalé, mostrándole la puerta con la pequeña corona navideña como decoración.
Solo eran tres pasos de distancia entre la puerta de Emmett y la mía.
—Es poca distancia, cuando me necesites… aquí estaré.
Sus ojos comenzaron a brillar, lo que junto a su ropa y todo él le hacían parecer un príncipe de cuento de hadas… otra vez, ese príncipe que toda mujer quisiera tener consigo, viviendo una historia de amor digna de un libro.
—¿Y yo puedo ir a por usted? —susurró, mirándome los labios por unos cuantos segundos.
Iba a responderle que sí, que podía venir conmigo cuando quisiera, olvidándome de todo lo demás, sin embargo, Emmett comenzó a dar sus reglas dentro del departamento, cortando el momento. Le di una corta mirada y se calló, apretando los labios en el momento.
—Dejaré esto aquí —exclamó Edward, depositando su larga espada a un lado de la puerta de entrada.
Emmett lo contemplaba con los ojos desorbitados y se acercó otra vez a mí.
—¿De qué psiquiátrico sacaste a este tipo? —me preguntó.
—¡No digas eso! Solo… tuvo un golpe y está desorientado. Nadie sabe cómo se llama realmente, al menos no para averiguar sobre su familia o algo por el estilo —le comenté en un susurro.
—Si llego a aparecer en una bolsa de plástico a un lado del contenedor de basura…
—Ya sé, ya sé, pero él no es peligroso.
—¿Estás de broma? ¡Tiene una espada! ¡Y no es de juguete!
Suspiré.
—No nos hará daño, jamás lo haría —aseguré, sintiendo que lo conocía de toda mi vida.
Emmett me quedó mirando al decirle aquello con tanta convicción, pero no pudimos continuar charlando porque escuchamos el fuerte rugido proveniente del estómago de Edward. Cuando lo miré, noté que esta vez el sonrojado era él, lo que me enterneció más de lo que pude soportar.
—¿Tiene hambre, Su Majestad? —pregunté, sonriendo para él.
—Ha pasado el día —respondió—. Ya comienza a afectarme.
Conocía a Emmett lo suficiente como para asegurar que a pesar de ser un hombre de conocimientos gastronómicos, nunca tenía algo decente para comer en casa, por lo que decidí algo rápidamente.
—¿Qué le parece si vamos por algo para cenar? Merece comer algo mejor que lo que probó en el hospital, ¿no cree?
Sus ojos brillaron de entusiasmo en cuanto me escuchó.
—¿Quién es el chef de su palacio?
—Yo —respondí.
Levantó las cejas y una suave sonrisa se dibujó en sus labios carnosos y divinos.
—No tengo los manjares que posiblemente usted disfrutaba en palacio, pero puedo asegurar que con mi quiche de calabacín quedará encantado.
Parecía que el príncipe Edward no estaba tan interesado en mis palabras, sino más bien en el movimiento de mi boca, lo que nuevamente me estaba haciendo sonrojar.
—¿A dónde debo ir para disfrutar de eso?
—A mi departamento —susurré.
Emmett levantó las cejas y me dio una mirada pícara, la que no tomé en cuenta.
Dimos unos pasos adelante y mis tres gatos vinieron al encuentro, echándose a mí en cuanto tuvieron la oportunidad. El ver a Edward les hizo retroceder, un tanto tímidos, pero él los miraba con ternura, muy confiado en ellos.
—Este es mi hogar, no es muy grande, pero… es todo lo que tengo. —Me encogí de hombros mientras colgaba la llave en el gancho de la pared.
Edward estaba parado al medio, mirando mi estante lleno de libros y luego mis enciclopedias. Se detuvo mucho tiempo mirando las fotografías que resumían mi vida, y caminó hacia ellas, muy curioso. Yo aproveché de levantar algunos juguetes que estaban en el suelo y ordenar los cojines de mi sofá de lunares. Cuando me giré, esperando que me dijera algo, noté que él aún seguía pendiente de mis fotografías y que tenía en su mano el retrato que prometí sacar y que por falta de iniciativa no hice: éramos Félix y yo, él me besaba la mejilla y yo sonreía, en esos tiempos en los que era feliz a su lado.
—Debí sacar esa foto —murmuré, caminando hacia él.
—Creo que lo he visto.
—Sí —susurré—. Dámela, aprovecharé de guardarla.
Se la quité de la mano y la metí en el cajón del mueble más cercano.
Sentía sus ojos en mi espalda.
—No sabía que estabas…
—Él y yo ya no estamos juntos, es pasado —le expliqué a la brevedad.
No me contestó.
—Es precioso.
—¿Qué? ¿Félix?
—Oh… No, este lugar. Huele a usted.
Pestañeé.
—Uh… Gracias… Por encontrarlo precioso…
—Y tiene muchos libros. —Se acercó al estante y se quedó un buen rato mirándolos—. Una erudita.
Me reí.
—Yo no me llamaría así, solo me gusta leer…
—Yo solía ser Edward I, "el Gran Erudito".
—¿Solía?
—Digamos que luego me convertí en "El Gran Guerrero", la gente comenzó a olvidar que valía más el conocimiento que la guerra.
—Eso pasa en mi mundo también —susurré—, la guerra tiene más sentido que curar las enfermedades y quitar el hambre de los más desfavorecidos. —Suspiré—. ¿Por qué "erudito"? ¿En qué eres bueno?
Sonrió con nostalgia.
—Estudié las estrellas desde pequeño, usé instrumentos y contribuí en las leyes de mi tierra. Quería dedicarme a ello, pero Padre necesitaba de mí en la batalla y me preparé.
Hablaba con tanta convicción que por un instante me creí todas sus palabras.
—Me hizo sentir mejor mientras estaba en ese lugar; usted cuida y cura, eso te hace una erudita. Solo las personas más inteligentes son capaces de hacerlo. —Se giró a mirarme—. Imagino que tiene más para mostrar.
—Dejaré eso para cuando me conozcas mejor, ¿qué te parece?
—Buena idea —respondió.
—Yo también quiero ese quiche —exclamó Emmett, cortando el momento.
Boté el aire y le di una corta mirada, a lo cual él me miró sin entender.
Los hombres eran tan lentos.
—Ponte cómodo, iré a buscarte algo para que te cambies. Dudo que lo de Emmett te quede bien.
—Hey, ¿lo dices porque soy fornido?
—De huesos anchos —lo molesté.
—¿Qué tiene de malo mi ropa? —inquirió Edward.
Me encogí de hombros.
—En mi mundo, esa ropa no está muy bien vista. —Me mordí el labio, esperando que comprendiera.
Él se miró, curioso por sus caras telas y entallado traje elegante, sin comprender del todo.
—Pues, en mi mundo, esto dice que soy el príncipe Edward I, no cualquiera se ve tan guapo, ¿no cree, milady?
Miré al techo y me reí, sin querer contestarle que estaba en lo cierto.
—Siéntate, esta es tu casa —susurré con calidez.
Asintió obediente y se quedó tranquilo en el sofá, mirando nuevamente la decoración de mi modesto departamento.
Busqué entre mis cosas, esperando dar con algo adecuado para él. Tal como me temía, la ropa de Emmett no se ajustaba bien a su cuerpo. Cuando finalmente encontré algo, se lo entregué.
—Ten.
Él salió de sus pensamientos y miró mis manos.
—¿Qué es?
—Un pijama. Espero te quede bien.
Lo estiró y lo miró, extrañado.
—¿De quién es?
—De nadie que importe, nadie va a extrañarlo. Mientras compramos algo de ropa para ti, puedes usar este, estarás más cómodo. —Le guiñé un ojo.
Miró mi gesto unos segundos y yo sentí que mis mejillas se ponían ardientes por enésima vez en el día. Por Dios, me estaba convirtiendo en una adolescente.
Edward no lo pensó mucho y comenzó a desabotonarse el traje, comenzando a mostrar un poco de piel.
—Iré a la cocina —le comenté para huir de su desvergüenza—, te prepararé algo para comer.
Sus ojos se pusieron brillantes, tal como ese niño pequeño que dejaba escapar, lo que me enterneció de sobremanera.
—Tienes hambre, ¿no?
—La verdad, sí.
—No lo hago muy seguido, pero soy muy buena en la cocina. Te chuparás los dedos.
Levantó las cejas, maravillado.
—Estoy ansioso.
Sonreí.
—Te seguiré —dijo Emmett, guiado por mis pasos.
Rápidamente comencé a cortar las verduras mientras sentía la mirada penetrante de mi mejor amigo.
—Bella —me llamó.
—¿Qué? —inquirí.
—¿De verdad no lo conoces?
Pestañeé sin saber a qué se refería.
—Siento que se miran como si llevaran siglos conociéndose —susurró.
Fruncí el ceño, sintiendo algo extraño en mi interior y muy difícil de explicar. No supe qué decirle, estaba en blanco.
—Estoy hablando estupideces. No me tomes en cuenta —afirmó finalmente.
No tuve motivos para rebatirle. Sí, sentía que conocía a Edward de toda mi vida y que, de alguna forma, esos ojos habían sido parte de mí desde hacía mucho tiempo.
No tenía sentido, por lo que decidí enfocarme en la cocina mientras miraba la hora, expectante porque Sue llegase con Abby a casa.
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Estaba esparciendo un poco de orégano a mi quiche de calabacín antes de meterlo al horno cuando sentí su calor cerca de mí.
Fue inevitable que me estremeciera.
Me giré a contemplarlo y lo vi con la ropa que le había entregado. El pantalón estaba muy apretado, al igual que la playera. Podía verle la forma a su cuerpo de manera detallada, así que preferí evadirlo.
—Te ha quedado pequeño —señalé con una risita.
—Algo así, creo que el antiguo dueño no era tan alto como yo.
—En definitiva, creo que sí eres bastante alto, imagino que un caballero como tú debe ser grande e imponente.
—Creo que sí —dijo con suavidad—. ¿Qué hace, milady? —preguntó, muy curioso.
—Una receta familiar. Mi abuela siempre decía que era el mejor plato antes de irse a la cama, especialmente para los recién salidos del hospital.
Se llevó un dedo a los labios.
—¿Estuve en un hospital? ¿Eso es… algo como un cuartel para enfermos…? En el ejército solo existía eso.
Sonreí, nuevamente enternecida.
—Es… un lugar especialmente dedicado a personas enfermas y que necesitan quedarse un tiempo en una cama para recibir los cuidados correspondientes —le conté pacientemente mientras cortaba—. Dame dos platos.
Él intentó buscar, quizá guiado por anteriores recuerdos, sin embargo, nunca logró dar con ellos. Emmett apareció con una cerveza en la mano para él y otra para el príncipe, mirándonos de forma curiosa.
—¿El príncipe no sabe dónde quedan las cosas? —inquirió Emmett en tono burlesco.
Edward me parecía muy torpe buscando detrás de las puertas de la alacena, incluso más al verlo nervioso por la demora. Yo lo miraba actuar con una sonrisa semioculta, no podía creer cómo un hombre tan guapo podía ser tan tierno, adorable y raro a la vez. De verdad era como si no perteneciera aquí.
—¡Aquí están! —celebró, muy orgulloso de sí mismo.
Emmett lo miraba con cara de extrañeza, mientras yo seguía disfrutando de su ternura.
—Ten, Príncipe Encantador. —Emmett le ofreció una botella de cerveza y Edward la tomó con timidez.
—¿Y esto? ¿Qué es?
Mi amigo se rio de forma burlona.
—Algo que te sabrá amargo al principio, pero luego te hará sonreír sin temor.
Esperaba que no lo fuera a emborrachar.
Finalmente, saqué el quiche del horno.
—Vaya, eso huele… fantástico —susurró el príncipe, acercándose de forma lenta.
—Vamos a la mesa. —Sonreí.
No cocinaba de manera elaborada hacía varias semanas, últimamente no dedicaba el tiempo a hacer las cosas que me gustaban, y si lo pensaba con detenimiento, no era justo para mí ni menos para mi hija. Saqué una botella de vino blanco y le serví a mi invitado, que esperaba con mucho entusiasmo. Por un momento estuve tentada a sujetarme la barbilla con las manos para mirarlo, maravillada con sus modales y su ternura, pero preferí actuar de manera quieta.
—Vaya, vino. Y me dice que no tiene un palacio, milady.
Lo apunté con un dedo.
—Te pedí que no me trataras con tanto respeto.
—Lo siento, es la costumbre.
—Imagino que a tus lacayos y a los aldeanos no los tratabas así —dije para seguirle la corriente mientras me llevaba la copa a los labios.
Negó, imitándome y bebiendo. Su expresión al probar el vino casi me saca un suspiro, parecía que sus ojos brillaban de un momento a otro.
—No, pero usted no es ni un lacayo ni una aldeana.
Negué, como si admitiera que este hombre no tenía remedio.
—En realidad, si viniera a mi mundo, sería realeza sin espacio a la duda.
Levanté las cejas mientras jugaba con la comisura de la copa, pasando el dedo de manera inquieta por el regocijo que me generaban sus palabras.
—Una princesa. —Me reí.
Edward ladeó la cabeza, como si no entendiera qué tenía de gracioso una aseveración tan seria como esa.
—¿Por qué no? —Sonrió finalmente.
Suspiré y me volví a comer el quiche.
—Para ser un desorientado caballero antiguo, sabes muy bien cómo decirles las cosas a las mujeres, ¿eh?
Se rio, sin comprender muy bien.
—Eres muy diferente a todos los hombres que he conocido, Edward Cullen.
—¿Eso es bueno o malo?
Me mordí el labio. No podía creer que me lo preguntara. O de verdad actuaba muy bien o en definitiva era único en un mundo lleno de peces aburridos e iguales.
—Es lo mejor del mundo —señalé.
Se quedó un momento saboreando mis palabras y entonces pareció quedarse en paz con sus preguntas, comer y sonreír de la manera más adorable que le era posible.
Se veía muy feliz de estar acá, lo que era raro porque nosotros éramos desconocidos y él apenas me conocía.
Nuestra conversación se vio interrumpida porque Emmett estaba haciendo ruido mientras una voz chillona y chiquita llamaba mi atención.
—¡Y nos metimos al catillo! —contaba mi pequeña Abby, haciendo que Edward levantara sus cejas.
—Qué guapo estás, Emmett, ¿cuándo me invitas a salir? —preguntó Sue, que siempre solía poner a mi mejor amigo muy nervioso.
No pude centrarme en seguir escuchando, porque de pronto, Abby apareció corriendo con otro de sus vestidos y una tiara en sus desacomodados cabellos rizados. Parecía una rebelde princesa.
—¡Mamita! —exclamó, subiéndose a mis brazos.
Edward continuaba contemplándonos, deteniéndose en Abby una vez más, mirándola de una forma que me llenó totalmente el corazón.
¿Por qué la veía como…?
Edward carraspeó, se levantó de la silla y de forma educada se agachó delante de ella, sonriéndole de forma dulce.
—Buenas noches, su majestad, me presento, soy el príncipe Edward Cullen —afirmó, provocando que mi hija lo mirara con sus imponentes ojos marrones.
Buenos días, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Al fin pude actualizar, lamento mucho no haber podido hacerlo antes. ¡Pero ya tengo un horario de trabajo más establecido y ya puedo estar actualizando como antes! De hecho, el capítulo 8 ya está listo para ustedes, por eso depende siempre de su entusiasmo. ¡Y lo mejor es que se acerca el momento entre Abby y Edward! ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlasAgradezco los comentarios de LadyRedScarlet, DanitLuna, Cris, dana masen cullen, bbluelilas, Coni, rjnavajas, Pam Malfoy Black, Sther Evans, Cristal82, llucena928, Wenday 14, Valevalverde57, krisr0405, AnabellaCS, Jeli, Ana Karina, Belli swan dwyer, Tereyasha Mooz, Dominic Muoz Leiva, Liliana Macias, Eli mMsen, calia19, SeguidoradeChile, alyssag19, Lore562, marieisahale, Diana, Rose hernandez, Tata XOXO, PANCARDO, cavendano13, Vall, PanchiiM, ale173, Elmi, Valentina Paez, Gladys Nilda, MakarenaL, LuAnKa, BreezeCullenSwan, Ivette marmolejo, MarieCullen28, Ana Cullen Lutz, Ady, CCar, TheYos16, Freedom2604, jenni317, Liz Vidal, kathlenayala, Elizabeth Marie Cullen, Jocelyn, sollpz1305, patymdn, Mime Herondale, jackierys, maribel hernandez cullen, EloRicardes, Josi, catableu, caritofornasier, JMMA, Noriitha, Kamile Pattz-Cullen, , NarMaVeg, Cristal82, alejandra1987, Adriu, Brenda Cullenn, ELLIana.11, esme575, valem00, Vero Morales, MariaL8, valentinadelafuente, Yoliki, PielKnela, Claribel Cabrera, Pameva, Aidee Bells, Rero96, NoeLiia, Mapi, viridianaconticruz, AndreaSL, Toy Princes, barbya95, Salve-el-atun, debynoe12, lolitanabo, beakis y Guest, espero volver a leerlas nuevamente, cada gracias que ustedes me dejan es invaluable para mí, no tienen idea del impacto que tiene su cariño, entusiasmo y palabras que me dan, de verdad muchas gracias
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