Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


6. Vision


El joven Karashi jamás había visto a nadie trabajar con tantas ganas. Su nuevo compañero de faenas era un muchacho enclenque, pero con una voluntad de hierro. Lo miraba ir de un lado a otro, recogiendo los excrementos de los animales como si le fuera la vida en ello.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó, mostrando su sonrisa mellada.

—Nada, es que hoy necesito acabar pronto.

—¿Tienes una cita? —se mofó—. ¿Ya ha caído alguna de las doncellas del castillo en tus redes? ¡Qué suerte tienes, bribón! Esos ojos seguro que las vuelven locas...

Hinata detuvo sus quehaceres para mirarlo con asombro.

—¡No es nada de eso! —protestó, escandalizada. No cayó en la cuenta de que era un comentario muy típico entre hombres.

—Ah, ¿no? Pues oye, si alguna se te acerca y no tienes interés, mándamela a mí, que yo la consolaré... —Karashi soltó una risotada y Hinata enrojeció, muy consciente de la clase de consuelo del que hablaba su amigo.

—Es solo que... tengo cosas que hacer —musitó. Demasiado tarde se percató de que hubiera sido mejor seguirle la corriente y dejar que creyera que su cita era de índole romántica. Se suponía que el entrenamiento con Kizashi era un secreto.

El muchacho levantó las manos en señal de rendición.

—Bueno, bueno, no te pongas así. Si no quieres hablar de ello, no seré yo el que indague para conocer tus secretos. Ya te darás cuenta, es mucho mejor no interferir en la vida de los demás. Se vive más tranquilo...

Al punto, Karashi se alejó con los dos cubos de agua que cargaba para llenar los abrevaderos. Hinata lo observó con un sentimiento de alivio en el pecho: con él no tendría problemas. Al menos, así lo deseaba.

Se afanó lo que pudo para terminar todas sus tareas y para la hora del almuerzo consideró que sus deberes estaban ya realizados. A pesar de que le pesaba el cansancio de andar trajinando desde el alba, corrió como una liebre hasta el patio de armas donde entrenaban los hombres del laird. Una vez allí, se agazapó en una esquina para espiar sus movimientos y estar pendiente de Kizashi, al que interceptaría en cuanto el ejercicio hubiera finalizado.

Repasó con la mirada al grupo de guerreros que ahora simulaban combates de dos en dos, elevando las enormes espadas sobre sus cabezas y protegiéndose con los escudos de madera que portaban en la otra mano. Había que reconocer que todos ellos resultaban increíbles. Las anchas espaldas y los brazos musculosos delataban el duro entrenamiento al que se sometían. Sus ojos se detuvieron en la figura de laird, que luchaba como uno más.

No... como uno más, no.

Hinata constató que sus golpes sonaban más fuertes que el resto y su cara tenía una expresión feroz, como si en verdad el combate que libraba fuera a muerte. Ponía el alma en cada envite y, tras unos cuantos intercambios, logró desequilibrar a su adversario, que terminó tirado en el suelo con el filo de su hoja apoyado contra el cuello. Naruto Namikaze miró al hombre desde arriba y asintió, satisfecho con el resultado. Luego, le tendió la mano y le ayudó a levantarse.

Aquel gesto extrañó a Hinata.

Un despiadado asesino como él hubiera pateado el cuerpo de su adversario en lugar de ofrecerle su mano. Claro que, aquel guerrero no era un auténtico enemigo, se trataba tan solo de un entrenamiento.

Sin pretenderlo, la joven se encontró admirando el porte altivo del señor de los Namikaze. Era atractivo, si bien la fascinación que una mujer podía sentir frente a él era la misma que frente a uno de los bellos ángeles caídos que servían a Satanás. Sus encantos varoniles eran oscuros, seductores y peligrosos.

Hinata se estremeció solo con imaginar que un hombre así se le pudiera acercar... Suerte que a sus ojos ella no era más que un pusilánime jovenzuelo. ¿Cómo harían las mujeres para soportar las caricias de aquellas enormes manos? ¿Cómo podrían respirar encerradas en uno de sus abrazos? Sin duda el laird era muy capaz de aplastarlas contra el amplio pecho moreno lleno de cicatrices...

—¿Qué haces ahí escondido, Hin?

La voz de Mebuki la devolvió a la realidad. Pero, por desgracia, también la puso en evidencia, porque la mujer habló lo suficientemente alto como para que algunos de los guerreros la escucharan; entre ellos, el temible laird.

Hinata quiso que la tierra la tragara. Los ojos azules del líder de los Namikaze la taladraron, dejándola petrificada en el sitio. No podía apartar la mirada del furioso rostro de aquel ángel de los infiernos, convencida de que sería capaz de alcanzarla en dos zancadas y agarrarla por el cuello para pedirle explicaciones. Ella no debía estar allí, ya lo había dejado bien claro el día de su llegada.

—Hin, hijo, vamos. —Kizashi se acercó y agarró a su hijo del brazo para alejarlo cuanto antes del patio de entrenamiento.

Mebuki fue la encargada de excusar su comportamiento, una vez más.

—No era su intención molestar, mi señor, es solo un chiquillo curioso con ganas de convertirse en hombre cuanto antes.

Naruto no dijo nada. Se limitó a gruñir antes de darse la vuelta y desaparecer por la puerta del edificio principal. Mebuki miró al cielo y rogó para que aquel hombre tuviera paciencia con su Hin. En el poco tiempo que llevaban con él se había dado cuenta de que no era un muchacho como los demás. Y, por su bien, esperaba que la tontería se le pasara pronto y madurara de una vez por todas, o jamás saldría de las porquerizas...

No podía con la espada. Hinata apretó los dientes y lo intentó una vez más, pero el acero no se levantó más de un metro del suelo.

—Tal vez mi arma sea demasiado grande para ti —comentó Kizashi—. Aún tienes que desarrollar la musculatura.

La joven resopló por la decepción, jamás tendría los brazos de un guerrero. ¿Significaba eso que no podría enfrentarse con ninguno para que la aceptaran en su grupo? No, se negaba a creerlo. Tenía que haber una manera, debía colarse entre ellos para poder conseguir la información que perseguía. Quería tener la certeza de que el laird era el asesino de su hermano, y puesto que en aquella fortaleza nadie comentaba nada acerca del ataque a Byakugan, no tenía más remedio que indagar.

Apretó los labios en una mueca decidida. Cogió aire y lo intentó de nuevo. Esta vez, estrelló la espada contra el escudo que Kizashi sostenía, pero el hombretón ni siquiera se movió por el golpe.

—Bueno, no te desanimes, algo es algo. Inténtalo otra vez.

Desde luego, su padre adoptivo tenía mucha paciencia, reconoció Hinata. Se habían retirado a una zona detrás de las porquerizas, donde era improbable que nadie los descubriera entrenando. Allí, el fuerte olor de los animales del corral ahuyentaba a los curiosos. El sol ya descendía por el horizonte y una brisa helada anunciaba que la noche estaba al caer. Kizashi instó a su joven pupilo a intentarlo una y otra vez, hasta que después de muchas estocadas fallidas, por fin Hinata golpeó con acierto y potencia sobre el escudo.

—¡Bien! Muy bien, muchacho. —El hombre contempló a su discípulo y comprendió que estaba a un paso de desfallecer—. Lo dejaremos por hoy, es mejor acabar con la sensación de triunfo. Mañana intentaré hacerme con una espada más pequeña, seguro que se te dará mejor.

Hinata hubiera querido protestar. Lo que para Kizashi era un triunfo, para ella era un paso muy lento en su camino. Pero lo cierto era que le ardían los brazos y los pulmones le quemaban. El sudor le corría por la espalda empapando su camisa y tenía el rostro acalorado. Necesitaba un respiro.

—De acuerdo. Gracias por tu tiempo, Kizashi, te lo agradezco.

El hombre le palmeó la espalda con afecto y se alejó rumbo al comedor. No quería perderse la cena que ya estaba a punto de servirse.

Hinata se dejó caer en el suelo, exhausta. Por un momento, se dejó vencer por el desaliento: no podría. Jamás blandiría una de esas enormes espadas como lo hacían los guerreros Namikaze; era físicamente imposible. Notó que las lágrimas amenazaban con escaparse de sus ojos y se los restregó con saña. No iba a llorar.

Se levantó, entumecida y sudorosa, soñando con una tina llena de agua caliente, algo de lo que en el pasado había podía disfrutar a su antojo, pero que en sus actuales condiciones estaba muy lejos de conseguir. Hacía días que no se lavaba y notaba cómo la mugre se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Miró hacia la alta muralla, visualizando el lago al otro lado. ¿Y si...? Era una locura, el agua estaría congelada, pero sintió que lo necesitaba con urgencia. Y no pensó en las consecuencias.

.

.

Los ojos del laird se paseaban de un lado a otro del salón, impacientes. El muchacho no estaba. ¿Dónde se había metido ese pillastre del demonio con cara de duende?

Allí se encontraba su familia: Sakura ayudando a servir las mesas, Kizashi sentado con los hombres en la otra punta y Mebuki organizando a los niños para que la comida no acabara toda por los suelos. ¿Acaso aquel mequetrefe se había tomado la noche libre, sin su permiso? ¿Estaría enfermo?

Naruto Namikaze se pasó una mano por la cara, exasperado. De haber sido cualquier otro de sus sirvientes, ni se hubiera dado cuenta. Pero tenía esos ojos grises metidos entre ceja y ceja, no recordaba haberse obsesionado así nunca con nada. Tal vez eran sus ganas de averiguar más cosas acerca de él. No era trigo limpio, había algo raro en su diminuta persona. Su modo de mirarlo fijamente, con temor pero también con una chispa de desafío y desdén, como si lo acusara de alguna felonía, no era lógico en alguien que acababa de conocer.

Al cabo de un rato, cuando ya era patente que ese... ¿Hin? Sí, Hin, no iba a aparecer, se levantó hecho una furia y fue en busca de Kizashi.

—¿Dónde está tu chico? —le espetó de malas maneras, al llegar a su altura.

El hombretón se sorprendió por su tono y, por unos segundos, no supo qué contestar.

Mebuki, que había observado la escena, se acercó al rescate de su esposo.

—No se encontraba bien, laird. Se ha... se ha quedado en cama —mintió.

Naruto entrecerró los ojos, la contempló unos instantes con una intensidad que la mujer soportó a duras penas, y salió luego del salón bufando como un animal enfurecido. Al momento, Mebuki se giró hacia Kizashi con la mirada alarmada.

—¿Dónde demonios está ese inconsciente?

El hombre solo pudo encogerse de hombros y ambos se preocuparon por la reacción del laird cuando diera con su paradero.

Naruto recorrió todo el patio y, luego, se dirigió hacia los aposentos de los sirvientes. Aún no era noche cerrada, por lo que no le hizo falta ninguna tea que le iluminara el camino, la penumbra del atardecer era suficiente para ver por dónde se andaba. Abrió la puerta de la pequeña choza con un golpe que rebotó contra la pared dispuesto a gritar mil improperios, pero allí no había nadie. Miró los catres vacíos y los rescoldos casi extintos en el hogar, sintiéndose estúpido. Salió de nuevo, más furioso aún que antes. Daría con ese mocoso aunque tuviera que mirar bajo cada piedra de Innis Rasengan.

Caminó paralelo a la gran muralla, siguiendo su curso, inspeccionando cada rincón. Y, de pronto, tuvo un presentimiento. Gruñó como un oso al sospechar que su idea no era tan descabellada y corrió hacia la portezuela secreta que había visto utilizar a Hin y a Karashi el día anterior. Efectivamente, la trampilla estaba abierta, sujeta con una piedra para que no se cerrara.

Maldijo mil veces a ese muchacho inconsciente y salió de la fortaleza en su busca. No tuvo que caminar mucho; tras un recodo, resguardado por un grupo de enormes piedras recubiertas de musgo, encontró al joven Hin terminando de atarse las calzas. Tenía el pelo mojado y alborotado, por lo que supuso que se había estado lavando en las frías aguas del lago. ¿Estaba mal de la cabeza?

—¡Hin!

El grito furioso sobresaltó al chico, que levantó la cabeza y lo miró con los ojos espantados.

Allí, bajo la extraña luz brumosa, el pelo mojado, la piel pálida de la cara limpia y los ojos brillantes, parecía más que nunca una criatura fantástica de leyenda. Naruto quedó sobrecogido por la imagen y tuvo que sacudir la cabeza para deshacerse del hechizo y dejar que todo su enfado saliera como un torrente incontenible.

Se abalanzó sobre él y lo agarró brutalmente por el brazo. El chico gimió de dolor, pero eso no lo conmovió.

—¿Te has vuelto loco? ¿Qué diantres estás haciendo aquí fuera?

Lo sacudió con energía y Hinata se encogió ante la expresión asesina de su rostro. Sus ojos refulgían de oscuridad y ardían de ira. —Yo solo quería...

—¡Cállate! ¡Jamás he conocido a nadie con tan poca sesera!

—Necesitaba asearme... y no estaba tan fría —protestó ella, intentando liberar su brazo sin conseguirlo.

El laird acercó tanto su cara que Hinata temió que le arreara un cabezazo. Una vena latía enloquecida en su cuello y, por primera vez desde su llegada, la joven sintió auténtico pánico en presencia de ese Namikaze. Podría matarla allí mismo y nadie haría nada para evitarlo.

—¿Crees que me preocupa que cojas un enfriamiento? ¡Me trae sin cuidado lo enfermo que caigas!

Ella boqueó, impotente, sin comprender absolutamente nada.

Naruto emprendió el regreso al interior de la fortaleza arrastrándola consigo, sin importarle que su presa tuviera que correr para poder seguirle el ritmo. Era eso o que le arrancara el brazo.

Una vez dentro, el laird volvió cerrar y asegurar la portezuela, y se giró para fulminarla con la mirada.

—Has puesto en peligro a mi gente, nadie sale de la fortaleza por la noche. Y mucho menos usando la trampilla secreta, dejándola abierta para que cualquiera que nos aceche tenga la oportunidad de colarse dentro.

La joven pensó que el laird exageraba, pero no dijo nada. Bastante enfadado se lo veía ya.

—¿Quién te ha desvelado el secreto?

El corazón de Hinata latió desbocado. Temió por su compañero y decidió mentir, a pesar de ser muy consciente de que la mano que la sujetaba cada vez apretaba más fuerte.

—Nadie. Lo descubrí yo solo.

Naruto no se molestó por el embuste, al contrario. Pensó que, al menos, el chico tenía algo de honor al proteger a Karashi con su silencio.

—Y ahora descubrirás lo que les ocurre a aquellos que ponen en peligro la seguridad de mi casa —le susurró con ira contenida.

Volvió a arrastrarla, esta vez en dirección al edificio principal. Se hizo el silencio en el salón donde todos cenaban cuando aparecieron y el laird no se detuvo, sino que avanzó hacia las escaleras de piedra ubicadas al fondo, que daban acceso al piso inferior. Hinata notó un frío atroz en los huesos cuando comprendió que se dirigían hacia las mazmorras. ¡Cielo Santo! ¿Tan grave había sido el crimen? Ella no lo consideraba así y odió aún más la crueldad de ese hombre.

Una vez abajo, Naruto abrió una de las celdas y la empujó dentro con violencia, haciéndola caer al suelo. Después, cerró de un portazo y Hinata se quedó completamente a oscuras.

Tuvo miedo.

Cuando el sonido de los pasos del laird se perdió en la distancia, el silencio se cernió sobre ella añadiendo más desasosiego a su ánimo. Era como si la hubieran tirado a un pozo negro donde los sentidos quedaban anulados y solo podía escuchar el latido de su corazón y su respiración atormentada. Palpó a ciegas los alrededores y dio con la pared helada y húmeda. Se sentó en el suelo y se acurrucó sobre sí misma, temblando. Allí dentro hacía frío y ella tenía el pelo y las ropas aún mojados por el baño. Las piedras de aquellos muros exhalaban un pestilente olor a orines y temió que el silencio que gobernaba el lugar se viera interrumpido por los correteos de algún roedor.

No pudo contenerse más. Las lágrimas acudieron a sus ojos calientes y saladas, enormes, y rodaron por su rostro hasta que se durmió tiritando de frío y de miedo.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que despertó de nuevo. Se sorprendió al notar algo cálido sobre la mejilla y abrió los ojos. El tenue resplandor de una antorcha se colaba por el ventanuco de la puerta, arrojando una leve claridad al interior de la celda que disipaba la aplastante oscuridad. Tocó con curiosidad lo que tenía encima del cuerpo y descubrió que era una gruesa piel, seguramente de oso. Agradeció a quien quiera que se hubiera preocupado por ella el haberle dejado aquel maravilloso regalo, se acurrucó de nuevo tapándose hasta la nariz y volvió a sumirse en un sueño intranquilo.

En el sueño, Hinata corría por un prado de un verde intenso. El cielo era azul brillante sin nubes y el aire primaveral traía olores a tierra húmeda y a hierba. Tras ella, las carcajadas de sus hermanos la instaban a imprimir más velocidad a sus pequeñas piernas: estaban a punto de alcanzarla. Giró la cabeza un momento y ese fue su gran error. Tropezó, cayó rodando por el suelo y enseguida tuvo encima a su hermano Tokuma, que la atrapó entre sus brazos con una sonrisa de triunfo en la cara.

—¡La tengo, la tengo! ¡La joya de Byakugan es mía!

Hinata no podía parar de reír. Solo Tokuma la llamaba de ese modo; era su niña mimada. Neji también los alcanzó, colorado y sudoroso. Nunca había podido correr tan rápido como Tokuma o la propia Hinata, pero, a cambio, era el muchacho más fuerte de todo Byakugan.

—¿Qué haremos con ella, Tokuma? —preguntó, con una enorme sonrisa.

—No sé... ¿la tiramos al lago?

—¡No! —protestó ella, riendo.

—¡Ya sé! La obligaremos a que nos haga unos pastelillos para el postre —exclamó Neji.

—¡Ja! ¿Y cómo piensas obligarme?

Su hermano la miró alzando ambas cejas repetidas veces y le mostró las manos, colocadas como las garras de un oso. Tokuma lanzó una carcajada al verlo y lo imitó. Hinata chilló porque sabía lo que venía a continuación, pero por más que forcejeó no pudo escaparse. Sus hermanos se lanzaron sobre ella y le hicieron cosquillas hasta que le dolió la tripa de la risa.

—¡Basta, me rindo, me rindo! ¡Os haré los pastelillos, los haré!

Y mientras reía, un feo nubarrón oscuro tapó el sol de aquel cielo antes límpido. Los alegres gritos de sus hermanos cesaron y Hinata se encontró de pronto sola en aquel prado, desorientada. Se levantó del suelo y se abrazó el cuerpo intentando protegerse del frío gélido que de pronto flotaba en el ambiente.

La hierba verde a su alrededor se secó y perdió su brillante color. Todo era silencio y el aire se volvió gris. Notó una pesadez amarga en el estómago y un desamparo brutal, sola en medio de aquel páramo. Y entonces a lo lejos divisó una figura oscura, que se acercaba montada sobre un enorme caballo que pateaba el suelo con sus poderos cascos en dirección a ella. Se estremeció de terror. Era la muerte, seguro, que venía a buscarla.

Pero no.

Cuando se acercó lo suficiente, Hinata pudo ver el rostro del jinete y le tuvo aún más miedo que a la propia parca.

Era Naruto Namikaze, que se acercaba cada vez más, con el rostro contraído en una mueca feroz y violenta, con la espada desenvainada y los ojos inyectados en sangre. Cuando estuvo casi sobre ella, Hinata, aterrada, solo pudo gritar.

Despertó sobresaltada. Se incorporó y notó que tenía los dedos crispados alrededor de la piel que la cubría. Miró a su alrededor con ojos espantados hasta que recordó que se encontraba en la mazmorra de Innis Rasengan.

—Chico, ¿te encuentras bien?

La voz del guardia le llegó desde detrás de la puerta de madera. No, no se encontraba bien, pero no tenía ganas de explicárselo a un desconocido.

—¿Por qué has gritado? —insistió el hombre.

—Hay una rata —se inventó.

Escuchó las carcajadas secas al otro lado y no le extrañó que se riera de ella. Supuso que él, en su lugar, habría cogido la rata con una mano y le habría arrancado la cabeza de un solo mordisco. Así eran los hombres Namikaze.

—Chico, o endureces la piel, o lo vas a tener muy crudo para ganarte el favor del laird.

Justo lo que ella pensaba.

—¿Ya ha amanecido? —le preguntó, cambiando de tema. No iba a explicarle que ella jamás llegaría a ser el guerrero que todo el mundo pretendía.

—Hace un rato, sí.

—¿Y aquí no dan desayuno a los presos?

Se acercó hasta el ventanuco de la puerta para poder ver al hombre que hablaba con ella, pero en cuanto asomó la nariz, el guarda dio un golpe a la madera, sobresaltándola.

—No tientes a la suerte y aléjate un poco. No debo darte conversación.

Las tripas de Hinata rugieron como protesta a semejante trato. No había cenado la noche anterior y su estómago se lo recordaba clamando con insistencia. —¿Cuánto tiempo me van a tener aquí?

Silencio.

—¿Puedo ver a Kizashi o a Mebuki?

Más silencio.

—¿Soy el único preso en las mazmorras?

—¡De acuerdo! Cierra la boca. Eres más molesto que un enjambre de abejas... —El guarda bufó al otro lado de la puerta y dejó ver su rostro a través del ventanuco. Hinata comprobó que era un hombre moreno con barba, de ojos claros, al que parecía hacerle tan poca gracia como a ella estar en aquel lugar—. Supongo que ahora te bajarán algo de comida, el laird no suele dejar morir de hambre a sus prisioneros. No puedes ver a nadie, eres el único preso y saldrás cuando el laird lo estime oportuno. Y ahora cállate, aléjate de la puerta y no me crees problemas.

Hinata se apartó, con el corazón encogido ante las perspectivas que se abrían en su futuro. Naruto Namikaze era realmente un hombre cruel. La imagen de su sueño regresó con fuerza cuando cerró los ojos para respirar hondo, y volvió a abrirlos, espantada. Era un monstruo, no encontraba otro apelativo.

Notó entonces que, como cada mañana al despertar, su vejiga necesitaba ser vaciada. Miró a su alrededor, desesperada. ¿Tenía que hacerlo allí mismo? Desde luego, por el olor de aquel lugar, no era la primera persona que se veía obligada a ello. Cogió aire y se armó de valor para pasar por esa humillación lo antes posible.

Se dirigió a una esquina y se echó mano a la cinturilla de las calzas para bajárselas... Gracias al cielo, la oscuridad le otorgaba la intimidad suficiente como para que el guardia, en caso de que sintiera curiosidad y mirara a través del ventanuco, no advirtiera que era una mujer. Sin embargo, el alivio le duró un instante, justo hasta que el sonido que delataba su necesidad llenó aquella mazmorra sumida en el más desesperante de los silencios. Se sintió mortificada y humillada, su cara ardía por la vergüenza.

De nuevo las lágrimas asomaron a sus ojos mientras recomponía su ropa. Se dirigió al rincón opuesto de la celda y se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas. Odió al laird con todas sus fuerzas y juró que un día se las pagaría todas juntas.

Continuará...